Archivos diarios: 23/03/12

27.- EL RAPTO


Dos semanas después, Marco Aurelio estaba en el triclinium cuando llegó Prócoro. Los sirvientes tenían orden de dejarlo pasar sin anunciarlo y admitirlo a cualquier hora del día o de la noche.

El griego lo saludó:

–           Salve noble Marco Aurelio. ¡Eureka!

Marco Aurelio saltó del asiento exclamando:

–          ¿Qué quieres decir? ¿La has visto?

–           He visto a Bernabé y he hablado con él. Trabaja cerca del mercado como liberto al servicio de un molinero, pero él no sabe quién soy. Y ahora cualquier esclavo de tu confianza puede ir y descubrir donde se esconden.

Marco Aurelio replicó:

–           Irás conmigo.

Prócoro se alarmó:

–           ¿Yo?…  Noble tribuno, yo solo me comprometí a indicarte el sitio donde ella está, más no en sacarla y entregártela. Piensa por un momento en lo que me sucederá si ese Bernabé y Mauro me atrapan. Además, si te pasa algo no quiero ser yo el responsable y quedarme sin recompensa después de haber trabajado tanto.

Marco Aurelio le entrega una bolsa llena de monedas de oro y le dice:

–         Tendrás otras dos iguales cuando Alexandra se encuentre conmigo en esta casa. Desde este momento, aquí te quedarás; aquí comerás y descansarás. Luego iremos juntos y me llevarás a donde ellos están.

El temor y la vacilación se pintaron en el rostro del griego… pero recordando el carácter del patricio, dijo:

–           ¿Quién puede oponerse a tu voluntad? Estoy dispuesto, señor…

Marco Aurelio que hasta ahora había vivido en un estado de tensión permanente, alentado por la esperanza de encontrar a Alexandra. Ahora que esa esperanza parece realizarse, se vio súbitamente invadido por la debilidad que se siente después de que se ha hecho un esfuerzo superior a la propia capacidad…

¡Está a punto de recuperar a Alexandra! Tan solo este pensamiento lo vuelve loco de felicidad. Recordó los consejos de Petronio y envió a dos esclavos en busca de Atlante.

Prócoro que conoce a todo mundo en Roma, se sintió muy tranquilizado cuando oyó el nombre del famoso atleta, cuyas fuerzas extraordinarias en la arena había podido admirar más de una vez y dejó de preocuparse por el peligro de la empresa. Estaba de muy buen humor cuando fue llamado a la mesa por el mayordomo y comió opíparamente.

Más tarde, cuando llegó Atlante, se dirigió al atrium y examinó con satisfacción a aquel gran gladiador, cuyo poderoso cuerpo parece llenar toda la estancia.

Atlante acaba de ponerse de acuerdo con Marco Aurelio y dice:

–         ¡Por Hércules! Ha sido muy oportuno tu llamado, señor; porque mañana debo partir a Benevento, a donde me reclama el noble Haloto a fin de que en presencia del César, luche con un tal Espícuro; que según parece es el mejor gladiador y el favorito de Nerón.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¡Por Marte!… ¿Estás seguro de que podrás ganarle?

El atleta respondió lleno de seguridad:

–           Acabaré pronto con él.

Prócoro intervino:

–          Y no dudo que lo hagas. Pero ahora prepárate y frótate todo el  cuerpo con aceite, porque acaso te encuentres con otro gladiador: el hombre que custodia a Alexandra, también tiene una fuerza excepcional.

Marco Aurelio confirmó:

–       Es verdad. Yo no lo he visto, pero arrebató a Alexandra de una veintena de hombres.

Atlante contestó con determinación:

–        Noble señor, me comprometo a traer a la doncella hasta tu casa, así tenga que  arrancarla de siete partos como el que me dices. Pero ten presente que mañana debo ir a Benevento.

Marco Aurelio sonrió complacido y dijo:

–           En un par de horas partiremos.

Después de esta declaración, Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribirle a Petronio.

Recuerda las palabras de Actea y su corazón palpitó con violencia. Está decidido a casarse con ella y hasta se siente capaz de volverse cristiano, si esa es la condición para tenerla. Si todo es cierto, ella le amará… y él está decidido a ser el esposo más cariñoso y amante.

Más tarde  los tres, guiados por Prócoro; llegaron a una casa situada en el barrio del Transtíber y se dispusieron a esperar…

Cuando la reunión terminó, muchos cristianos empezaron a salir. Luego, tres figuras aparecieron en el arco de la entrada y varias personas rodearon al anciano, mientras Bernabé y Alexandra se hicieron a un lado para esperarlo. Y se quedaron de pié, en la escalinata de la entrada, junto a una columna.

Marco Aurelio se quedó embelesado.

Alexandra está frente a la luz de una lámpara y la capucha ha caído de su cabeza despeinando sus cabellos. Tiene entreabiertos los labios y levanta su rostro hacia el apóstol, atenta totalmente a sus palabras, como si estuviese extasiada. Viste como una esclava y está envuelta en su manto oscuro de lana. Marco Aurelio nunca la había visto más hermosa…

Admiró la belleza y distinción de aquella elegante cabeza patricia, que sobresale entre sus vestidos humildes. Y el amor lo envolvió como una llama, mezclado con un prodigioso sentimiento de simpatía, atracción, admiración y ferviente anhelo. Siente correr por todo su ser, como una corriente eléctrica de felicidad, al contemplarla otra vez. De pie, junto al gigantesco parto, parece una niña… Y una ternura infinita invadió todo su ser. Quiere protegerla, amarla, poseerla. Notó también que se ve más delgada y frágil. Su cutis parece de alabastro. Una hermosa y blanca flor que irradia luz como si fuera una diosa.

            Todo esto sirvió para hacer más poderoso su deseo de poseer a aquella mujer, tan diferente de todas las que ha conocido antes. Está dispuesto a dar por Alexandra, todo cuanto posee.

Prócoro le advierte:

–           Ten cuidado, señor. Mira que son muchos.

El tribuno contestó:

–         No te preocupes. Esta vez no escapará.- Y Marco Aurelio señala a Alexandra y Bernabé, mientras dice a Atlante- Son ellos.

El atleta contestó:

–           Perfectamente. Me comprometo a entregarme a ti como esclavo, si no le rompo el espinazo a ese bisonte parto que la acompaña. Pero dejemos que lleguen a su casa. Allí me apoderaré de ella y la llevaré al sitio que me indiques.

A Marco Aurelio le agradó la respuesta y dijo:

–         ¡Por Hércules! Debemos hacerlo ahora. Mañana quizá no la encontremos, porque si nos descubren, se la llevarán a otra parte.

Atlante replicó:

–           No nos descubrirán. Hoy mismo la tendrás en tus brazos.

Prócoro gimió:

–           ¡Ese parto parece un hombre demasiado fuerte!

Atlante lo miró con despreció y le espetó:

–           Nadie te está pidiendo que sujetes sus manos.

Después de unos minutos, en el grupo al fin se despidieron y empezaron a caminar.

Prócoro exclamó:

–           Sí, señor. Tu doncella se encuentra bajo una poderosa protección. Ni más, ni menos que el gran apóstol Pedro. Ve como se arrodillan ante su paso.

Y Marco Aurelio vio con asombro una escena prodigiosa: había dos centuriones que se arrodillaron cuando Pedro pasó frente a ellos y se detuvo. Les puso la mano sobre la cabeza, que ellos habían descubierto y los bendijo. Hasta ese momento jamás se le había ocurrido que en el ejército hubiera cristianos…

Pero al parecer aquella doctrina ya se había infiltrado por todo el imperio. Y esto le hizo pensar que si ella hubiera querido huir de la ciudad, no le hubieran faltado guardianes que facilitaran su fuga. Y dio gracias a los dioses porque eso no sucedió.

Pero el abismo que esa maravillosa religión está abriendo entre él y Alexandra, se hace cada vez más grande…

Recordó todo lo sucedido y se dio cuenta de que en realidad no la conoce. Está seguro de que la ama y se siente deslumbrado por su hermosura incomparable. Pero ahora comprende que la religión que ella profesa, es lo que la hace tan diferente de las demás mujeres. Su grandiosa belleza interior es lo que la hizo rechazar lo que para las demás son incentivos: la opulencia, la pompa, el bienestar. Para ella no significan nada, porque ella posee algo distinto. Es como si ella perteneciera a otro mundo. Y una molesta inseguridad comenzó a atormentarlo… ¡¿Cómo la conquistará, si lo que él puede ofrecerle parece no significar nada para ella?!

De este caos mental lo sacó Prócoro, que comenzó a lamentarse de su suerte. Marco Aurelio le oyó y sacó la bolsa de oro. Se la arrojó diciéndole:

–           Ya la tienes. ¡Cállate!

Después de haber pasado por un erial, el grupo de cristianos empezó a diseminarse en distintas direcciones, quedando solamente Bernabé, Alexandra y otro hombre anciano. Esto hizo necesario seguirlos desde una mayor distancia y con más precaución, para no ser descubiertos. Prócoro hábilmente, se fue quedando paulatinamente atrás.

Llegaron a una calle estrecha y los vieron entrar a una ínsula.

Ellos se mantuvieron a una prudente distancia. Luego, Marco Aurelio mandó a Prócoro a que viese si esa casa tenía salida a la calle posterior. Éste fue a ver y cuando regresó, dijo:

–           No, señor. Solo hay una entrada.

Atlante comenzó a prepararse para el combate. En su rostro no hay la menor señal de temor y dice:

–           Yo iré adelante.

Marco Aurelio ordenó:

–           Tú me seguirás. –con una voz que no admite réplica.

Y en un instante los dos desaparecieron por la puerta de la entrada.

Prócoro corrió hasta la esquina y empezó a atisbar lo que va a suceder.

Es un edificio espacioso y con varios pisos. Un condominio como muchísimos que hay en Roma y que son verdaderas colmenas; edificados con el propósito de percibir la mayor renta posible. En ellas vive la gente más pobre y no hay portero.

Marco Aurelio y Atlante llegaron a un corredor que los condujo a una especie de atrium común para toda la casa, con una fuente en el centro. Desde las murallas arrancan hacia el interior  unas escaleras de piedra y de madera, que conducen a unas galerías en los cuales están los cuartos que conforman la vivienda. Es temprano y no hay nadie en el patio.

Atlante pregunta deteniéndose:

–           ¿Qué hacemos, señor?

Marco Aurelio contesta:

–           Esperaremos aquí. No permitiremos que nadie sospeche de nosotros.

En ese momento en el más lejano extremo del patio, aparece un hombre que trae en la mano un cedazo y se aproxima a la fuente.

–           ¡Es Bernabé! –dice Marco en voz baja a Atlante.

–           ¿Quieres que le rompa los huesos?

–           Espera… primero veamos a donde va.

Bernabé no se fijó en aquellos hombres que estaban parados en la penumbra de la entrada y empezó a lavar las legumbres en la fuente. Cuando terminó con su tarea y regresa por donde salió; Atlante y Marco Aurelio le siguen hasta otro corredor que lleva a un pequeño jardín en el cual hay unos cipreses, mirtos y rosales. En el fondo hay una pequeña casa edificada contra la pared del edificio contiguo.

Marco Aurelio valoró la situación y dijo decidido:

–           ¡Vamos por ella!

Bernabé iba a entrar en aquella casita, cuando el ruido de pasos llamó su atención y dejando el cedazo en la balaustrada de cantera, se voltea, ve a dos hombres y les pregunta:

–           ¿Qué buscan aquí?

Marco Aurelio le dice imperioso:

–          ¡Qué te importa! –Y en voz baja ordena a Atlante- ¡Mátalo!

Atlante se abalanza hacia Bernabé y antes de que éste tenga tiempo de reaccionar, el gladiador ya le ha cogido en sus brazos de acero.

Marco Aurelio tiene demasiada confianza en las extraordinarias fuerzas del atleta, para detenerse a presenciar el final de la lucha. Y dejando atrás a los combatientes, entra en la casita.

Alexandra está inclinada, añadiendo leños al fogón, junto al cual se encuentra sentado un anciano. Marco Aurelio entró tan repentina y bruscamente en la estancia, que cuando el la toma por la cintura levantándola en vilo para salir por la puerta, ella no lo reconoce.

El anciano trata de interceptarle el paso. Pero Marco Aurelio con un brazo estrecha a la joven contra su pecho y con el otro brazo, lo hace a un lado. Con el movimiento se le cae la caperuza y a la vista del rostro de Marco Aurelio que tiene una expresión tan terrible…

Alexandra se queda tan impactada, que está a punto de desmayarse.

Pero en el patio, las cosas estaban peores…

Cuando Marco Aurelio llegó hasta al jardín con su presa, también él se quedó congelado…

Bernabé tiene entre sus brazos un cuerpo completamente doblado hacia atrás, con la cabeza colgando y con la boca llena de sangre. Al ver el grupo que forman: Marco Aurelio, Alexandra y Nicomedes; Bernabé dio un nuevo puñetazo a Atlante en la cabeza, lo lanzó furioso hacia un lado y de un salto tomó a Marco Aurelio por el cuello, pues éste había soltado a Alexandra y lo miraba paralizado por el asombro.

Marco Aurelio, al sentirse levantado en el aire como si fuera un muñeco, piensa que ha llegado para él la hora de morir. Y entonces como en un sueño, oye lejana la voz de Alexandra que dice como un gemido:

–           ¡No matarás!…

Entonces sintió como si lo hubiese herido un rayo y cayendo en un negro pozo, todo desapareció…

Prócoro estaba escondido detrás del ángulo de la esquina, lleno de miedo y de curiosidad sobre el curso de los acontecimientos. Atisba impaciente porque el silencio que hay no presagia nada bueno y le parece que es más peligroso que nada…  Cada vez se siente más intranquilo. En eso, parece que alguien se asoma a la puerta y él se pegó más a la pared, conteniendo el aliento…

No se equivoca, pues efectivamente alguien se asomó, miró alrededor y se volvió a meter.

Y de súbito se le erizaron los cabellos. Con su mano se cubrió la boca para ahogar una exclamación:

–           ¿Qué…? ¡Por todos los dioses!

En la puerta de la casa apareció Bernabé llevando a cuestas el cuerpo de Atlante y luego empezó a correr con su carga, en dirección al río Tíber.

–           ¡Estoy perdido si me ve! –pensó Prócoro.

Pero Bernabé siguió de largo y desapareció. El griego no podía creer lo que había visto. El miedo se apoderó de él y huyó…

Después de correr un largo tramo, cuando se sintió a salvo, se dijo a sí mismo:

–           Debo conservar la calma… Necesito pensar bien… ¿Cómo debo proceder en este caso? Ha ocurrido algo terrible. Si Atlante está muerto, lo más seguro es que Marco Aurelio también… ¡Por Cástor! Pero él es un patricio amigo del César, pariente de Petronio, hombre famoso y poderoso en Roma. Es un tribuno militar. Su muerte no puede quedar sin castigo ¿Y si voy con el Pretor y con los guardias? ¡Mísero de mí! ¡Yo soy quién lo llevó a la muerte! Dirán que yo fui su causante… No puedo huir porque eso me haría más sospechoso…

El asunto por todos lados está muy mal…

Petronio es un hombre con tanta influencia, que puede impartir órdenes a la policía de todo el imperio y sacaría a los culpables de la muerte de su sobrino, de los confines de la tierra. Pero si él demuestra su inocencia con Petronio ya que él estará enterado de toda su participación, a los únicos que culparían serían a los cristianos…  Y eso les acarrearía una persecución general.

Decidió ir a buscar a Petronio y contarle lo ocurrido. Pero para ir, primero tendría que comprobar que le había pasado a  Marco Aurelio… Y como un rayo le llegó el pensamiento de que tal vez no se habrían atrevido a matarlo. Él es un hombre poderoso, amigo del César y alto funcionario del ejército imperial. Por las consecuencias terribles que tal crimen les acarrearía, tal vez solo lo habrán retenido. Y esta idea lo llenó de esperanza… Luego reflexionó:  ‘Si ese dragón parto no lo ha hecho pedazos en la primera embestida, él está vivo y él mismo será testigo de que yo no le he traicionado y entonces puedo contar con otra recompensa si le ayudo una vez más por rescatarlo.’

Y acarició las dos bolsas de oro que Marco Aurelio le dio.  Emprendió el camino a su casa para pensar en el modo de averiguar lo que le había ocurrido al tribuno, antes de ir con Petronio…

Cuando llegó al barrio del Suburra, se compró una botella de vino y se fue a casa a comer opíparamente para recuperar fuerzas. Bebió con abundancia, descansó, se dio un baño muy relajante y se durmió.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

26.- EL ENCANTO DE LA POESIA


Tito Petronio     a     Marco Aurelio Petronio:

Salve.

Eladio es de mi absoluta confianza envíame con él tu respuesta a esta carta. Cuando me vine para Anzio te dejé sobre una buena pista y lleno de esperanza. Espero que ya hayas calmado tu pasión en brazos de Alexandra. ¡Mi carísimo Marco Aurelio! Que la rubia Afrodita te guíe y que tú seas el spintria (Tiberio llamaba así a los maestros en la lujuria) de esa alba Alexandra que escapa del amor.

Recuerda que el mármol aún el más precioso, no es nada por sí mismo y no adquiere valor hasta que la mano del escultor lo transforma en una obra maestra. No basta amar. Es necesario saber amar y saber enseñar a amar. La plebe y los animales experimentan placer; pero el hombre verdadero se distingue por su aptitud, para hacer de ese placer un arte lleno de nobleza apreciándolo como un don divino. Y no solo experimentarlo, sino saber compartirlo. Así pues, sé tú el escultor de Alexandra y desea no solo su cuerpo, sino también su corazón. Y ámala.

Con frecuencia pienso en la vanidad,  la incertidumbre y el fastidio de nuestra vida. Y me pregunto si no has tomado tú la mejor parte y si la guerra y el amor no son las dos cosas por las cuales vale la pena haber nacido. En la guerra tú has sido afortunado y has sido un valiente guerrero. Y en el amor, conoces la dicha y la agonía…

Si sientes curiosidad por saber lo que ocurre en la corte de Nerón, te diré: aún lloramos a la pequeña Claudia Augusta. Cantamos himnos de nuestra composición y nuestro dolor aún no se calma. Y podemos exhibirlo en todas las actitudes que enseña la escultura. Todos los augustanos están aquí, incluyendo las quinientas burras de cuya leche se sirve Popea para sus baños.

¡Ay Querido! Nos estamos modernizando tanto en el teatro que ahora hacemos las cosas con el mayor realismo y Enobarbo se encarga de que las emociones sean siempre  más trepidantes en unos escenarios también cada vez más insólitos. Nos hemos salido del anfiteatro e ignoro que siga la próxima vez. Pienso que nosotros moriremos como bufones o comediantes; Nerón representó una comedia de Afranio el dramaturgo titulada “El Incendio” y entregó a los actores al pillaje de una casa que se incendió a propósito.

A Barba de Bronce esto le produjo un placer enajenante y creció su inspiración y su deleite por la actuación. Esto se tradujo en generosos regalos para todos nosotros, en nombramientos  para muchos otros y en que al verlo tan feliz, por fin puedo estar un poco más tranquilo respecto a seguir manteniendo nuestras cabezas en su lugar. Porque otros no han sido tan afortunados:

Salvidieno Orfito, el pobre ni siquiera sospecha que su muerte haya sido decretada ¿Y sabes por qué? ¡Porque alquiló a unos diputados tres habitaciones de su casa cerca del Foro! A Casio Longino, por haber conservado entre sus antiguos retratos de familia, el de Cayo Casio, uno de los asesinos de César ¡Y está ciego! Pero eso no le importa a Nerón, cuando tiene sed de destruir… ¡Sólo por eso no hay salvación para ellos! ¡Pero éste es nuestro mundo!

Vamos a tener una lidia de gladiadores. El actor Dato representó a Edipo y le pedí que me contestara como judío que es (su verdadero nombre es Nazario), si los cristianos y los judíos son una misma cosa. Me contestó que los judíos tienen una religión eterna, pero que los cristianos forman una nueva secta que se ha formado recientemente en Judea. Que en tiempos de Tiberio los sacerdotes de Jerusalén, crucificaron a cierto Hombre cuyos prosélitos aumentan diariamente y a quién los cristianos adoran como Dios. Parece que se niegan a reconocer a otros dioses y especialmente a los nuestros. No se me ocurre que daño les puede suceder si también los adoraran… en fin…

Tigelino me demuestra abiertamente su envidia y su odio… Y yo ni siquiera puedo considerarlo mi adversario. Solo me aventaja en dos cosas: tiene más apego que yo a la vida y al mismo tiempo es un canalla supremo. Y esto lo une más a Nerón.

Ellos acabarán por entenderse perfectamente, junto con Haloto que está lleno de violencia y es el hombre más cruel que el mundo haya conocido jamás. Este trío es el castigo de la humanidad. ¿Cuándo? No lo sé. En realidad poco importa la fecha, pero llegará.

 Mientras tanto yo me estoy divirtiendo como nunca. La vida sería muy aburrida si no fuera por nuestro Augusto Mono. Yo comparo la adquisición de sus favores a una carrera en el circo, con la cual la victoria solo halaga el amor propio. En este aspecto a veces creo que me parezco un poco a Prócoro Quironio. Cuando éste ya no te sirva, mándamelo. Le he tomado gusto a su conversación cínica y sugestiva. Presenta mis saludos a tu divina cristiana… y dime cómo te encuentras de salud. Háblame de tu amor. Dime cómo estás y cómo te sientes. Adiós.

Marco Aurelio estaba muy deprimido cuando recibió esta carta y la contestó inmediatamente.

Marco Aurelio Petronio     a     Tito Petronio:

Salve.

No se ha sabido nada de Alexandra. Si no fuese por la esperanza de encontrarla pronto, no recibirías esta carta. Quise comprobar que Prócoro no me engañaba. Me envolví en un capote militar y lo seguí a él y a Dionisio, el esclavo que mandé con él. Atestigüé la entrega y me regresé, porque sentí el impulso de ir hacia ellos y prometer recompensa a quién entregase a Alexandra. Pero tuve miedo de malograr el trabajo de Prócoro y contra mi voluntad mejor me retiré. Prócoro ha venido varias veces, pero dice que no ha podido encontrarla. Los cristianos se aman y se ayudan tanto, que va a tardar un poco dar con su paradero. Pero es mejor ir con paso seguro para no cometer errores. En cuanto suceda algo interesante te lo comunicaré. Adiós.

Marco Aurelio, además de sentirse herido en su orgullo; no logra comprender la oposición y la resistencia de Alejandra. Su misma fuga es un enigma que le tortura el cerebro y no encuentra respuesta. Sabe que Actea ha dicho la verdad y que ella no era indiferente a su amor. Es más, ella aseguró que lo amaba. Entonces ¿Por qué había huido?

Lo único que logra entender es que entre Alexandra y él hay un abismo que los separa y que tiene que ver, con el mundo romano que él conoce y el mundo cristiano en el que ella se desenvuelve. Pensar en esto lo llena de desaliento y lo único que le queda es renunciar a ella. Y esta idea lo desquicia, porque contra sí mismo y con inmenso dolor, ve que ya no puede vivir sin ella. Y pensar que era correspondido y que ella podía colmar sus más fervientes anhelos, hace que se apodere de él una angustia cruel. Y mientras su corazón desborda una inmensa ternura que lo envuelve como una poderosa ola y le hace exclamar en medio de las lágrimas:

–      ¿Dónde estás amada mía? ¿Por qué te fuiste y me abandonaste con tanta crueldad?…

Se siente verdaderamente enfermo y desgraciado. Anhela su amor tanto… Que hay instantes en que desearía matarla, para así acabar con su sufrimiento. Pero luego se dice a sí mismo, que si le dieran a elegir entre ser esclavo de Alexandra y no volver a verla jamás; preferiría ser su esclavo.

En estas alternativas de tortura, cavilación, incertidumbre y sufrimiento, está perdiendo la salud y su varonil hermosura…

Después de largas semanas de expectativa, un día llegó Prócoro y se presentó ante Marco Aurelio con el semblante muy contrariado. El joven tribuno se puso pálido y saltando de su asiento, preguntó:

–           ¿Qué pasó? ¿No está Alexandra entre los cristianos?

El griego contestó:

–          Sí está, señor. Pero también está Mauro y yo no me puedo acercar a donde está ella.

–           ¿De qué estás hablando y quién es Mauro?

Prócoro no supo cómo contestar y Marco Aurelio perdió la paciencia. Enojado, repitió la pregunta.

El griego contestó levantando su mano:

–           Según parece señor, has olvidado al hombre con el que viajé a Roma. Y en cuya defensa perdí estos dedos, mutilación por la que no puedo escribir. Los ladrones que le arrebataron a su mujer y a su hijo, le hirieron con un puñal. Yo le dejé agonizante en una fonda y le había llorado por muerto. Más ¡Ay! Ahora estoy convencido de que está vivo y en Roma pertenece a la comunidad cristiana.

Marco Aurelio no entiende nada. Lo único que le queda claro es que Mauro es el obstáculo que lo separa de Alexandra. Y por lo mismo, controlando su ira dijo:

–           Si todo sucedió como dices, él debiera estar agradecido y ayudarte ahora.

Prócoro respondió:

–          ¡Ah, noble tribuno! Ni los dioses suelen ser agradecidos. Pero por desgracia es un viejo senil y está confundido, porque según supe por sus correligionarios, me acusa de ser cómplice de los ladrones. Y me considera el causante de sus infortunios. ¡Así me paga la pérdida de mis dedos!

–           ¡Bribón! Estoy seguro de que las cosas pasaron como Mauro las refiere.

–          Entonces sabes más que él mismo, señor. Porque él solo tiene sospechas. Lo cual no le impide vengarse de mí cruelmente. Y ya lo hubiera hecho si conociera mi nombre. En el lugar donde nos encontramos no se fijó en mí. Pero yo lo reconocí de inmediato. Y ahora debo tener más cuidado con lo que hago. Cuando pregunté por él a conocidos suyos, me declararon que era el hombre que había sido traicionado por su compañero de viaje y por eso me enteré de semejante historia.

El tribuno contestó fastidiado:

–           ¿Y qué me importa a mí todo eso? Dime que noticias me tienes.

Prócoro replicó:

–          Cierto es señor, que a ti no te importa, pero a mí me va en ello la vida. Y en el deseo de que mi sabiduría sobreviva, prefiero renunciar a la recompensa que me has ofrecido, antes que exponerme por el simple lucro.

Entonces Marco Aurelio se le acercó y con mal reprimida cólera, le dijo:

–         ¿Quién te ha dicho a ti que la muerte te va a llegar por medio de Mauro, antes que por mis  propias manos? ¿Qué sabes tú perro, si dispongo de tu vida y se me antoja enterrarte en mi propio jardín?

Y Prócoro que es un cobarde, miró a Marco Aurelio y comprendió al instante que no es una broma. Una sola imprudencia más y estará perdido…  Y entonces exclamó:

–           ¡La buscaré, señor y la encontraré! ¡Te lo prometo!

Hubo un largo silencio.

Y cuando el griego comprendió que la cólera del patricio disminuía, dijo:

–           Un tiempo dudaste de la existencia de Félix y te convenciste de que te dije la verdad. Ahora tienes sospechas de que miento acerca de Mauro. ¡Ah! Si ésta fuese una mentira, yo podría mezclarme entre los cristianos sin peligro y si él me hubiese reconocido, no estaría yo hoy aquí. Y entonces ¿Quién te ayudaría a encontrar a la doncella?

            Marco Aurelio le ordenó que le dijera detalladamente todo lo que había hecho, en qué había empleado el tiempo y lo que había descubierto.

Pero Prócoro no tenía mucho que contar. Había montado vigilancia y no había rastros de Alexandra.

–           Hay un hombre. Un sacerdote al que ellos llaman Pontífice, que se llama Pedro y que fue discípulo directo de Cristo y ahora es su apóstol. Los cristianos le guardan una gran veneración. Van a tener una reunión muy importante y yo buscaré la forma de asistir y ver si puedo llevarte sin peligro. Es casi seguro que ella también asistirá y nosotros podremos verla. Los cristianos son personas pacíficas y ordenadas. ¡Y me sorprendí mucho, porque todas las acusaciones que les hacen son calumnias! Ellos no hacen nada de lo que la gente cree. No son licenciosos y todos son muy virtuosos. Su religión no incita al crimen y por el contrario, manda perdonar y amar a los enemigos.

Marco Aurelio recordó lo que Fabiola le había dicho en la casa de Actea. Y por lo general, le complacieron bastante los informes de Prócoro. Aun cuando los sentimientos que Alexandra le inspira son bastante tormentosos, sintió alivio al oír que la religión que ella profesa no es criminal, ni repulsiva.  Pero al mismo tiempo intuyó que es precisamente el amor reverencial a este Cristo desconocido y misterioso, el que ha levantado una muralla entre él y Alexandra. Y empezó a tener prevenciones contra esa nueva religión.

Pero a Prócoro lo que le interesa es huir de Mauro. De lo que narró a Marco Aurelio la verdad es que fue él, el que traicionó a Mauro. Le robó todo. Lo vendió a unos traficantes y le privó de su familia, vendiéndolos como esclavos. Apuñaló a Mauro y le dejó medio muerto en el campo, creyendo que no sobreviviría al asalto. Lo que nunca esperó fue que pudiera curarse de sus heridas y llegara hasta Roma. Ahora tiene miedo de encontrarlo de nuevo. Sin embargo más terror le infunde Marco Aurelio…  Y comprendió que la persecución y venganza de un poderoso patricio que tiene otro aliado más grande todavía: Petronio, no le deja ninguna alternativa. Todas estas consideraciones le impulsan a jurar:

–           Por Zeus te prometo, ¡Oh, señor! Que iré a averiguar más lo más pronto posible.

Más tarde…

Después que el griego se fue; llegó un correo con una carta de Petronio y Marco Aurelio se metió en la biblioteca a leerla.

Después de romper el sello, extendió la  vitela:

Tito Petronio               a          Marco Aurelio Petronio:

Salve.

Tu caso es muy malo, ‘carísimo’. Con bastante claridad veo que Eros ha perturbado tu cerebro y no piensas en otra cosa, más que en el amor. Por tu contestación a mi carta veo que sigues obsesionado con Alexandra. ¡Por Zeus! Encuéntrala pronto o perderás la razón. Y por favor ten presente esto: Bernabé, el esclavo de Alexandra es un hombre de una fuerza poco común y por lo mismo será mejor que te lleves a Atlante, cuando decidas rescatarla.   No esperes que los cristianos te la entreguen fácilmente. Atlante será un auxiliar muy útil para enfrentarte con Bernabé, cuando trate de defenderla. No te dejes saquear por Prócoro, pero tampoco economices tratándose de Atlante. De todos los consejos que mi cariño puede darte, éste es el mejor.

Aquí ya dejaron de decir que la Infanta pereció por causa de un maleficio. Desde que nos trasladamos a Nápoles, nos han atacado los remordimientos por los recuerdos de Agripina. Pero ¿Sabes hasta donde ha llegado Enobarbo? Pues a esto: Aún el asesinato de su madre se ha convertido tan solo en un tema para versos y un motivo para escenas trágico bufas. Antes tenía verdaderos remordimientos y le temía como el cobarde que es. Pero ahora se siente intocable.

Y como ningún dios se prepara  a tomar venganza, finge remordimientos para hacer escenas de teatro y ver cómo reaccionan los demás. También representó personajes de tragedia y exigió que las máscaras de los dioses, los héroes y las heroínas, se parecieran a él y a Agripina. Luego cantó: Panacea en el Parto; Orestes asesino de su madre; Edipo Ciego y Hércules Furioso. Estas son las novedades de nuestro regio histrión.

A veces me parece que de verdad odia a Roma. Busca los aplausos, la admiración y la aprobación de los griegos. Y a cada momento dice:

–      ¡Mira lo que son los griegos!

Y su proverbio favorito que repite siempre es: ‘La música no es nada, si se la mantiene oculta.’

En su greco manía, la plebe aullaba cada vez más y nuestro histrión estaba eufórico. Cierto es que los aullidos y los aplausos se traducen en distribuciones al pueblo de provisiones y regalos: pájaros exóticos por millares. Manjares, bonos pagaderos en trigo, trajes, oro, plata, piedras preciosas, perlas, cuadros, esclavos, fieras domesticadas, naves, islas, tierras, casa, banquetes, billetes de lotería y una nueva exhibición  del Bufón Imperial.

Y no deben extrañar los aplausos, pues semejante espectáculo, no habrá sido visto nunca antes. Para Nerón lo más importante es su canto y la acogida que le hace el público como artista. Cree que su voz es un don de los dioses y no pierde oportunidad para mostrarla. Sin  embargo tiene dudas de lo que dirá el pueblo romano a causa de su prolongada ausencia por la falta de los acostumbrados juegos y las distribuciones de cereales. Y aun así, vamos a Benevento a la chapucera exhibición que Haloto tiene preparada a nuestra llegada. Y de allí seguiremos hasta Grecia.

Por lo que a mí respecta, pienso que cuando un hombre se halla entre locos; loco se vuelve él también y encuentra cierto encanto en las extravagancias de los insanos. Grecia y el viaje de mil buques, es una especie de entrada triunfal de Baco, entre ninfas y bacantes. ¿Y creerás que yo que tengo buen sentido, me he dejado arrastrar por sus fantasías? Y lo hago porque al menos son grandiosas y exentas de vulgaridad.

Pero Barba de Bronce no logrará sus planes, porque en su fabuloso reino poético de oriental poderío, no ha dejado sitio para la traición, la vileza y la muerte. Y porque entre sus actitudes de poeta; se advierte al detestable cómico, al torpe auriga y al frívolo tirano.

Entretanto estamos matando a todo aquel que en una forma u otra nos causa desagrado. El pobre Salvidieno Orfito ya es solo una sombra. Se abrió las venas hace unos días. El viejo Trhaseas está sentenciado, porque tiene la osadía de ser honrado y tener cara de pedagogo. Tigelino todavía no alcanza la suficiente autoridad, para condenarme a mí. Me necesitan todavía para el éxito de la expedición a Acaya. Mientras llega para mí ese fatídico momento, he decidido que Nerón no tendrá mi vaso mirrino: ese que tú conoces y que tanto admiras. Si estás cerca de mí te lo daré, pero si estás lejos lo haré pedazos.

Cuídate y llévate a Atlante; de otra forma perderás otra vez a Alexandra. Cuando Prócoro Quironio ya no te sea útil, envíamelo. Cuando encuentres a tu amada, házmelo saber. Adiós.

Lo que Petronio no dijo a Marco Aurelio, fue que Eros también lo había herido profundamente y que al terminar de escribir la carta que el tribuno acaba de leer, compuso unos versos para Aurora en un poema que trató de ocultar, como lo haría un tímido adolescente.

Pero Aurora lo encontrará después, al limpiar la biblioteca y ordenar las cosas de la mesa del escritor, tareas que no permite que nadie más haga. Ella lo adora en silencio y admira su trabajo, atesorando todas y cada una de las palabras que él escribe. Y cuando lea el pequeño pedazo de pergamino, su corazón estallará llenándola de una alegría tan inmensa  que la hará llorar de felicidad…

El orgulloso augustano se niega a reconocer su amor por una esclava y trata de luchar contra su corazón. Está empleando todos los medios para mantener la distancia entre los dos, pero es una batalla que ya tiene perdida, porque finalmente se ha rendido al avasallador  sentimiento que lo invade, pues escribió:

Ofrenda a Aurora

En mi mente deifico la figura

De tu porte radiante de belleza

Porque tienes del alba la pureza

Y de flor en capullo la frescura.

Nunca pudo jamás con su hermosura

Competir a tus dones la realeza

De la grácil Helena que grandeza

Y atractivos aunaba en su estructura.

Yo te ofrezco de mi alma la ternura

La ilusión de mi ser, si lo prefieres.

Puedo darte también si acaso quieres

De mi vida la negra desventura.

En mi mente ha quedado bien grabada

La silueta de tu alma y compendiada

De tu faz la exquisita lozanía

Y contento he mirado virgen bella

Que refulges lo mismo que una estrella

En el cielo sutil del alma mía.

El caudal de mi amor será muy tuyo

Incluyendo con él, mi grande orgullo

Que jamás he querido quebrantar

Y anhelante le ofrezco a tu belleza

Todo el ser que me dio naturaleza

Porque quiero saber lo que es amar.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

25.- LA EUCARISTÍA


En la Puerta del Cielo, la voz del apóstol Pedro resuena triunfal:

“Jesús tuvo su trono terreno de Rey sobre la Cruz. Y sobre su cabeza gloriosa, fue escrita la causa de su muerte y su Insignia: “Jesucristo, Rey de los Judíos”

Los cristianos llevan el signo de Cristo humildemente esculpido también en la cima, como conviene a los hijos de estirpe real y súbdita del Reino Celestial. ¿En qué consiste el signo de la Cruz y donde está puesto? Está escrito con caracteres invisibles a los ojos humanos, en la frente y en la mano. Y son los hombres mismos con sus obras y durante la jornada terrenal, los que graban este signo que los hace dignos de ser salvados a la Vida. No es un signo material y no tiene nada que ver con el mundo material. Esplende con la luz gloriosa de Cristo en los espíritus vivos, en los que sirven a Dios y obedecen la Ley. El solo estar convencidos del deber de dar toda gloria y obediencia, lo graba en el alma haciéndola  irradiar una luz más brillante que el sol y una cruz esplendorosa. Tanto más esplendorosa, cuanto más unidos están a Cristo. Esto explica porque los que se entregan a Dios de una manera total, se ven envueltos en las venganzas de Satanás y sus vidas se trastornan con un huracán de sufrimientos. Son las lámparas que no se pueden ocultar.

Los que llegan a ver el mundo espiritual tal como es, contemplan con asombro como estas almas parecen luciérnagas en una noche muy oscura. Y para el cristiano, el más triste y desolador espectáculo es despertarse en medio de una gran ciudad y comprobar con consternación que la oscuridad es total y que no hay luciérnagas alrededor. Esta es la más aterradora de las soledades. Todas las almas-víctimas llega un momento en que tienen que enfrentarse a esta pavorosa experiencia, que nos enseña que solo la voluntad firme, puede impedir que esta luz se apague e impide que regresen al espantoso cementerio del que han salido. También Hace que con más resolución se fijen con todas sus potencias en Dios. Ellas con su confesión de Fe o su negación de Dios. Un ‘sí’ o un ‘no’, marcan la diferencia entre mantener esta luz o perderla para siempre. Esto es lo que llaman nuestra necedad, nuestra obstinación y nuestra locura, los muertos espirituales.

Cuando se conoce lo que es la Verdadera Vida, la vida terrenal adquiere su verdadero significado y la muerte del cuerpo no es nada. A lo que se tiene verdadero terror, es a la muerte espiritual.

NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE.

SOLO EL AMOR PUEDE ALIMENTAR EL AMOR. El hombre necesita del Pan Vivo bajado del Cielo, para alimentar el hambre del corazón. Por eso Jesús se ha entregado en el Don Inestimable de la Eucaristía. Él se ha hecho presente en Ella para ser el alimento de nuestra vida espiritual y formar en el alma una verdadera capacidad de amor y ser Él en nosotros, con nosotros y por medio de nosotros.

Jesús Eucarístico es el Pan Vivo bajado del Cielo. El Alimento que hay que comer para no tener más hambre. El Agua que hay que beber para no tener más sed. Él libera de la esclavitud física, moral y espiritual. Y ayuda a regenerarnos en la verdadera dignidad de hijos de Dios, que resplandece en el que de Él se alimenta. Por eso la Eucaristía debe ser el centro de nuestra vida, de nuestra Oración, de nuestro culto y de nuestras reuniones. Porque conocemos y poseemos el Amor de Fusión y el de Coparticipación. Somos almas Eucarísticas.

(Milagro Eucarístico en la Misa celebrada por el Obispo Claudio Gatti en la Fiesta de Pentecostés del año 2000, en la Iglesia de Madre de la Eucaristía en Roma, Italia)

Eucaristía quiere decir tener a Dios en sí con su Divinidad y su Humanidad. Por eso cuanto más nos nutrimos de Él, más llegamos a ser hostias con Él. ¿Qué amor puede ser más grande que aquel que sabe amar sabiéndose odiado? Jesús nos ha amado así. Su Amor más que humano y plenamente Divino, se manifestó en la Ultima Cena. Antes de ser clavadas y traspasadas, sus manos lavaron los pies de los apóstoles, también el de aquel al que hubiera querido lavarle el corazón. Y han despedazado el Pan. Y se despedazó su Corazón con aquel Pan, en el cual al darlo, se dio Él Mismo. Porque sabía que estaba próximo su retorno al Cielo y no quería dejarnos solos. Porque sabía cómo el hombre es fácil para olvidar y quería vernos reunidos como hermanos alrededor de su Mesa, para decirnos uno al otro: ¡Seamos de Jesús!

“ESTE ES MI CUERPO…”

En las Bodas de Cana se realizó el primer milagro del Hombre-Dios y cambió el agua en vino. En este hecho se encuentra el germen del último milagro del Hombre-Dios:

La Eucaristía. 

La Humanidad de Cristo, destinada a morir y padecer, era en un todo semejante los hombres. Después que fue destruida la Víctima por el Sacrificio, se produjo el primer milagro de Jesús-Dios-Hombre, cuando emergió su Cuerpo Glorificado con la Resurrección.

Jesús está en el Cielo, igual que como quiso estar en la Tierra. Es Él, Verdadero Dios y Verdadero Hombre, con su Divinidad, su alma, su Cuerpo y su Sangre. Infinito cual su Naturaleza Divina le corresponde. Contenido en un fragmento de Pan como su Amor y su Regia Voluntad lo quiso. Jesús trasmutó su cadáver en Viviente Eterno y dio a sus apóstoles el poder para transubstanciar las Especies del Pan y del Vino, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El Pan que los ángeles desean y por el cual suspiran.

En la Eucaristía, el Cordero que ya se inmolaba, se dio en Alimento Perpetuo a los hombres a fin de que su Sangre circulase en ellos para hacerles santos. Y la Carne Inmaculada fortificase su debilidad, mientras Dios Único y Trino habitan en ellos. Jesús dio la Eucaristía para que el hombre bebiese su propia Fuerza y fuese tan fuerte como Él y así ayudar al hombre a ser feliz, con su felicidad que es Eterna.

El Pan Eucarístico hace los mártires. De los hombres que antes de ser cristianos eran miedosos, débiles y viciosos; este Pan los convierte en héroes.

En la Mesa Eucarística están: la Sangre de Cristo que nos purifica y el Cuerpo de Cristo que nos santifica. La Sangre, de los pecadores hace justos. El Cuerpo, de los justos hace santos.  Y el que se alimenta de Dios…

Jesús desciende a nosotros y se ha hecho nuestra comida, porque nosotros sin Él, morimos. Él es el Alimento para el espíritu y para el pensamiento. El espíritu se nutre de la Carne de Dios y el pensamiento se nutre de la Palabra, que es el Pensamiento de Dios. Amar a Jesús Eucarístico es hacer que se produzca en nosotros el milagro de la Encarnación Mística, para vivir en el Corazón de Dios y que Él viva en nosotros, en el éxtasis del Amor de Fusión. Por eso la Eucaristía es Vida.

El alma que se nutre de Dios, vive en Dios y su vida permanece más allá del tránsito que es la muerte del cuerpo. Es por esto que la principal preocupación de Satanás, es mantener al hombre apartado de la Eucaristía. El Amor que llevó a Jesús a la Cruz, es el mismo que lo mantiene prisionero en el Misterio Eucarístico. Su amor por los hombres es Infinito y supera la maldad e ingratitud humanas.

El Pan Eucarístico debe ser adorado como el Arca que contiene a Dios. Dios obedece al mandato de sus sacerdotes y desciende para hacerse Sangre para lavar el corazón y Carne para nutrir el espíritu. A este abismo de humildad se ha sometido Dios, por Amor, para vivir en medio de los hombres y no dejarnos solos, aunque esto represente el quedar a merced de su Enemigo.

“ESTA ES MI SANGRE…”

El amor por la Eucaristía es el que hace que dé frutos el Océano de Potencia que es la Sangre de Jesús para las infinitas necesidades de las almas. Infundida con amor infinito produce milagros de Redención en donde encuentra amor; pero se vuelve condena sobre aquel que responde con ira y con odio al Sacrificio de un Dios. Porque la Sangre de Jesús que fue reclamada con ira sobre sí mismos; por los enemigos y acusadores de Jesús cuando iban a crucificarlo, no ha perdido su doble cualidad de Perdón y de Condena.

Y la Sangre de Jesús es la mejor defensa en la terrible lucha entre lo divino y lo demoníaco. Cristo ha vencido al mundo, a la muerte y al Demonio; al precio infinito de sus Sangre y Él la da como el arma más potentísima contra Lucifer y hay que venerarla con adoración. Cuando la Sangre de Jesús es amada, venerada, invocada y creída, mucho del mal que emana del Infierno es conjurado. Porque la Sangre de Jesús es Salvación.

Esta Sangre ha bañado al mundo redimiéndolo de las garras de Satanás y por eso no hay disculpa para los hombres que quieren seguir siendo malos, simplemente porque quieren serlo. La Gracia ha dado los medios para que el hombre ya no sea esclavo. Salvación o Condena… la respuesta la da cada alma en particular con la aplicación de la voluntad…

María fue el alma eucarística perfecta: sabía retener a Dios con un amor ardiente, una pureza súper angélica y una adoración continua. Ella vivía en Dios, con Dios y para Dios. Pedirle su ayuda para ser como Ella, es la única manera de obtener de la Eucaristía, todos los beneficios que ésta aporta. Porque el Cuerpo y la Sangre de Jesús fueron formados con el cuerpo y la sangre de su Madre Santísima. Y Ella, la Purísima, ayuda a que las almas puedan desprenderse de la humanidad, para que el espíritu sea el vencedor.

El sacerdote eleva el cáliz, ofreciéndolo por las necesidades del mundo. Y lo eleva colmado de la Sangre de Jesús y de las oraciones de los santos de la tierra, de sus padecimientos de amor para honrar a Dios. Porque toda santidad se alcanza a fuerza de sufrimientos y lucha contra las pasiones y tentaciones, contra los escarnios, las persecuciones, las enfermedades. He aquí el calvario de los santos. María es la única que ayuda a defendernos de las asechanzas y las venganzas de Satanás. Y Ella también, a través de la Eucaristía, por la unión que mantiene con Dios, nos llena de sus gracias para mantenernos fieles a Dios.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

24.- EL PESCADO Y SU SIGNIFICADO


Pasaron muchos días después de aquella entrevista y Prócoro no dio señales de vida. Marco Aurelio desde que supo por Actea que Alexandra le amaba, está más que obsesionado con encontrarla.

Ni pensar en pedir la ayuda del César, quién cada vez está más preocupado por la salud de la Infanta Augusta. No han servido de nada: ni los sacrificios en los templos, ni las plegarias a los dioses, ni las ofrendas, ni la ciencia de los médicos, ni todas las artes de los encantamientos a que ha recurrido como un recurso extremo.

Después de una semana, la niña falleció.

El duelo se hizo en la corte y en Roma entera. El César está loco de pena. Encerrado en sus habitaciones, durante dos días no probó alimento y canceló todas las audiencias.

Ese fallecimiento alarmó a Petronio.

En Roma todo el mundo sabe que Nerón lo ha atribuido a un maleficio. Los médicos apoyaron esa afirmación, para justificar la inutilidad de sus esfuerzos y su fracaso para curarla. Los sacerdotes cuyos sacrificios fueron impotentes hicieron lo mismo y también los hechiceros que temen por sus vidas.

Petronio se felicita ahora de que Alexandra haya huido, porque no le desea ningún mal a Publio ni a Fabiola. Y para él y Marco Aurelio desea todo el bien posible. Así pues, cuando quitaron el ciprés que había sido colocado en el Palatino en señal de duelo, acudió a la recepción destinada a los senadores,  para juzgar por sí mismo la situación con el César y con el propósito de neutralizar las posibles consecuencias.

Conociendo bien a Nerón pensó que aunque no le importan los hechizos, aparentará ahora creer en ellos para aumentar las proporciones de su dolor y poder tomar venganza sobre la cabeza de alguien…

De esta forma retirará de sí la sospecha de que los dioses le están castigando por sus crímenes.

Petronio sabe que César es incapaz de amar a nadie, ni aún a su propia hija y también esto forma parte del teatro en que ha convertido su vida, para conseguir sus fines perversos. Y Petronio no se equivocó.

Nerón escucha las palabras de consuelo que todos le dirigen, mientras en su interior piensa: ‘¿Qué impresión estará dando mi dolor a los demás?’ y de acuerdo a su percepción, aumenta o disminuye determinados gestos y actitudes.

Cuando vio a Petronio dio un salto, exclamó con voz trágica y de tal forma, que todos pudieron oírle:

–           ¡Ay! ¡Tú eres el causante de su muerte! ¡Ay! ¡Por tu consejo el mal espíritu atravesó estos muros! Sí, el mal espíritu que con una mirada arrancó del pecho su vida. ¡Mísero de mí! ¡Ojala mis ojos no hubiesen visto la luz de Helios! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! –y levantando más y más la voz, llegó a gritar con un clamor desesperado.

Pero Petronio hizo algo insólito: extendió la mano y se apoderó del pañuelo de seda que Nerón llevaba siempre alrededor del cuello. Y colocándolo en la boca del emperador, dijo con voz solemne:

–           Señor, Roma y el mundo se hallan transidos de dolor, pero tú debes conservar para nosotros esa voz.

Todos los presentes quedaron atónitos. El mismo Nerón quedó perplejo por un instante.

Solo Petronio permaneció imperturbable; sabe muy bien lo que está haciendo… Recordó que Terpnum y Menecrato tienen órdenes precisas de cerrar la boca del emperador, cada vez que éste levante demasiado la voz y la ponga en peligro de perjudicarla.

Petronio continuó con el mismo aire grave y apesadumbrado:

–           ¡Oh, César! ¡Hemos sufrido una terrible pérdida! ¡No nos quites lo que es tan valioso como un tesoro!

Un estremecimiento se percibió en el semblante de Nerón…

Después de un momento brotaron lágrimas de sus ojos y luego, súbitamente apoyó las manos en los hombros de Petronio, dejando caer la cabeza sobre su pecho. Y empezó a repetir entre sollozos:

–           ¡Sólo tú entre todos has pensado en esto! ¡Oh! ¡Solo tú, Petronio! ¡Solo tú!

Tigelino se puso verde de envidia.

Y Petronio contestó:

–          Trasládate a Anzio. Allí vino al mundo ella y allí te llenó de alegría. Allí has de encontrar el consuelo y el indispensable descanso. Que refresque la brisa del mar tu divina garganta y tu pecho aspire las emanaciones salinas. Nosotros tus devotos te seguiremos a donde vayas. Cuando hayamos mitigado tu dolor con la amistad, tú nos confortarás con el canto.

Nerón contestó con acento trágico:

–           ¡Cierto! Escribiré un himno en honor de ella y también le compondré la música.

–           Y enseguida irás en busca del cálido sol de Baias.

–           Y luego en demanda de olvido a Grecia.

–           Sí. A la tierra clásica de la Poesía y del canto.

Y gradualmente el estado sombrío de su ánimo se fue modificando y se entabló una conversación llena de melancolía y de planes para el futuro. Se planeó un viaje de exhibiciones artísticas y hasta de recepciones que habrían de prepararse con motivo de la visita del rey Tirídates.

Pero Tigelino se esforzó por traer de nuevo a discusión el tema del maleficio. Y Petronio, seguro ya de su triunfo, aceptó el reto sin ninguna vacilación:

–           Tigelino ¿Crees tú que los encantamientos pueden hacer daño a los dioses?

El Prefecto de los Pretorianos dijo con arrogancia:

–           El mismo César es quién ha hecho alusión a ellos.

–          El dolor era quién hablaba entonces, no César. ¿Pero tú qué opinas en este punto? –insistió Petronio.

–           Los dioses son demasiado poderosos  para estar sujetos a maleficios.

–           Entonces ¿Pretendes tú negar la divinidad del César y de su familia?

Marcial el poeta exclamó:

–          ¡Peractum est! (Se acabó. ¡Asunto concluido!) – repitiendo así el grito que el pueblo siempre profería cuando un gladiador recibía un golpe decisivo y aplastante.

Tigelino se mordió su propia cólera.

Desde hace tiempo existe entre él y Petronio, una declarada rivalidad en lo tocante a Nerón. Tigelino tiene esta superioridad: que en su presencia, Nerón se comporta sin ninguna ceremonia. En tanto que Petronio siempre lo ha vencido cuando están de por medio la superioridad de su refinamiento, su inteligencia, su ingenio y su cultura. Tigelino es el compinche perfecto para las bajezas de Nerón. Petronio es el Árbitro de la Elegancia y su asesor artístico.

Y así ha sucedido una vez más.

Tigelino permaneció silencioso y se limitó a grabar en su memoria los nombres de los senadores y patricios que al retirarse Petronio de la sala, le rodearon al instante, previendo que después del incidente ocurrido, seguramente seguirá siendo el primer favorito del César.

Al salir Petronio de Palacio, hizo que le llevaran a la casa de Marco Aurelio y le refirió la escena que sucedió con César y Tigelino.

Concluyó diciendo:

–           No solo he apartado el peligro de la cabeza de Publio y Fabiola, sino de las nuestras y hasta de la de Alexandra a quién ya no han de buscar por esta razón: he inducido a Barba de Bronce a que haga un viaje a Anzio y ese viaje lo hará pronto. Además, piensa hacer teatro en Nápoles y está soñando con Grecia, donde pretende hacer presentaciones para cantar en las principales ciudades y regresar con una entrada triunfal en Roma, trayendo todas las coronas que los griegos le han de otorgar. Lo mejor de todo esto es que durante todo ese tiempo podremos buscar a Alexandra sin que nadie nos estorbe y ponerla luego en un sitio secreto y seguro. ¿Y nuestro filósofo? ¿No ha regresado?…

Marco Aurelio respondió:

–          Tu filósofo es un pillo. No. No ha vuelto más y no creo que lo haga.

Petronio objetó:

–          Pero yo tengo un mejor concepto. No de su honradez, sino de su ingenio. Ya le hizo una vez una sangría a tu bolsa y volverá; aun cuando solo sea para hacerle una segunda.

–          Será mejor que lo piense dos veces, no sea que le haga yo la sangría en su propio cuerpo.

–         Sé prudente. Ten paciencia. Hasta que no estés plenamente convencido de su impostura, no le des más dinero. Prométele eso sí, una buena recompensa si te trae noticias verdaderas. Cuando las tengas, comunícamelas; pues debo partir para Anzio.

–         Así lo haré.

–        Y si una de estas mañanas al despertar decides que no vale la pena seguir atormentado y sufriendo tanto por ella, vente conmigo a Anzio. Allí hay bastantes mujeres y diversión.

Marco Aurelio no respondió.  Empezó a pasear agitado por la habitación…

Petronio lo observó unos momentos y por fin dijo:

–           Dime la verdad. ¿Sigues tan preocupado como al principio por Alexandra?

Marco se detuvo y miró a Petronio como si lo viera por primera vez. Y fue evidente su esfuerzo por reprimir un estallido. Lo miró con desamparo, dolor, cólera y  un invencible anhelo… Y brotaron de sus ojos gruesas lágrimas.

Esto fue para Petronio una respuesta mucho más elocuente, que las más patéticas frases.

Y dijo:

–           No es Atlas quién lleva el mundo sobre los hombros, sino la mujer. Y ésta a veces juega con él, como con una pelota.

–           Es verdad. –contestó Marco Aurelio.

Y empezaban a despedirse, cuando un esclavo anunció que Prócoro Quironio esperaba en la antecámara y pedía ser admitido a la presencia del amo.

Marco Aurelio ordenó que lo pasaran inmediatamente y Petronio exclamó:

–         ¡Por Zeus! Conserva tu sangre fría o Prócoro será quien te mande y no tú a él.

El griego entró haciendo una reverencia:

–           ¡Salve noble Marco Aurelio! ¡Salve a ti, señor!

Petronio contestó:

–           ¡Salve legislador del saber!

Marco Aurelio preguntó con calma:

–           ¿Qué me traes ahora?

Prócoro declaró:

–          La primera vez te traje la esperanza. Hoy te traigo la seguridad de que será encontrada tu doncella.

–           ¿Quieres decir que no la has encontrado aún?

–          Así es, señor. Ya he descubierto lo que significa el signo que le viste hacer. Sé quiénes son los que se la llevaron. Y cuál es el Dios entre cuyos adoradores hay que buscarla. ¿Estás perfectamente seguro señor, de que fue un pescado lo que ella trazó en la arena?

–           Sí. Ya te dije que sí. –afirmó Marco Aurelio.

–          Entonces Alexandra es cristiana. Y son los cristianos  quienes te la han arrebatado.

Petronio intervino:

–         Escucha Prócoro. Mi sobrino te ha reservado una suma considerable de oro para el caso de que encuentres a la joven. Pero también te destina una suma no menos considerable de azotes, para el caso de que lo estés engañando. Si es lo primero podrás comprar no uno, sino hasta tres esclavos escribientes. En lo segundo, ni todas las filosofías juntas, te servirán de ungüento.

Prócoro insistió angustiado:

–           La doncella es cristiana, señor.

Marco Aurelio gritó:

–          ¡Basta, Prócoro! Tú no eres un necio. Ella no puede pertenecer a las filas de esos oscuros adeptos que se dice que son enemigos de la raza humana. De los envenenadores de pozos y fuentes; de los adoradores de una cabeza de asno. De esas infames gentes sacrificadoras de infantes, practicantes de hechicerías y de rituales perversos.

Prócoro abrió los brazos en un ademán, como significando que él no tiene la culpa. Y enseguida pidió:

–           Señor, pronuncia en griego la siguiente frase: “Jesucristo Hijo de Dios, Salvador.”

Marco Aurelio dijo:

–         Iesous Christos Theo Uios Soter.  Bien. Ya la he pronunciado ¿Y qué con eso?

–           Ahora toma la primera letra de cada una de esas palabras y forma con ellas una sola palabra.

Ahora fue Petronio el que exclamó con admiración:

–           ICHTHUS. ¡Pescado!

–           ¡Eso! Y he aquí porqué el pescado es la contraseña de los cristianos. –dijo Prócoro muy ufano.

Siguió un largo silencio. Pero eran tan sorprendentes las palabras del griego, que los dos no podían asimilar sus noticias…

Finalmente Petronio dijo:

–           Yo no puedo creer que Alexandra sea culpable de los crímenes que cometen los cristianos. ¡Qué locura! Tú Marco Aurelio, estuviste en esa casa por algún tiempo; yo solo unas horas. Pero conozco bastante a los Quintiliano y podría decir lo mismo de Alexandra, para poder declarar que eso es una monstruosidad. Si un pescado es el símbolo de los cristianos y si ellos son cristianos; entonces es evidente que los cristianos no son, lo que hasta ahora hemos creído que son.

Prócoro replicó:

–           Tú hablas con la sabiduría de Sócrates, señor. ¿Quién ha examinado jamás a un cristiano? ¿Quién ha estudiado su Religión? Hace tres años conocí a un hombre llamado Mauro, de quién se decía que era cristiano, a pesar de que pude convencerme de que era un hombre virtuoso y bueno.

Petronio lo miró con suspicacia:

–           ¿No habrá sido ese hombre virtuoso y bueno, el que te ha hecho conocer lo que significa el pescado?

–           Desgraciadamente señor, en una fonda del camino, alguien dio una puñalada a ese pobre hombre. Su esposa y sus hijos fueron arrebatados por unos mercaderes de esclavos. Yo perdí en la defensa de todos ellos, los dos dedos que me faltan. Y como parece ser que entre los cristianos abundan los milagros, espero que pronto vuelvan a salirme dedos nuevos en la mano.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Cómo es eso? ¿Acaso te has hecho cristiano?

–           Desde ayer, señor. Desde ayer. El pescado me hizo cristiano. Ved que poder tiene. Por algunos días seré el más celoso prosélito de todos ellos, hasta que logre saber en dónde se esconde la doncella. Las investigaciones me imponen gastos considerables. Hace poco vi a un viejo en una fuente. Estaba sacando agua con un cubo y llorando. Tuve un presentimiento y dibujé un pescado con el dedo a la vista del viejo y él me lo dijo: ‘Mi esperanza también se halla cifrada en Cristo’. Entonces empecé a sonsacarlo con habilidad y me lo reveló todo. Su amo es un liberto y un mercader de mármoles. Tiene un hijo que es esclavo por deudas y está siendo tratado cruelmente. El hombre quiere rescatarlo. Trató de hacerlo. Pero el mercader se quedó con el dinero de la deuda, del rescate y el esclavo. Y ya no pudo hacer nada.

Petronio sentenció:

–           La justicia no es más que una mercancía pública. Y el caballero que preside el tribunal ratifica las transacciones.

Prócoro continuó:

–           Eres un hombre sabio, señor. Mientras me decía esto, el viejo volvió a llorar y yo mezclé mis lágrimas con las suyas. Empecé a lamentarme porque le dije que acababa de llegar de Nápoles, que no conocía a nadie de la hermandad y no sabía en donde se reunían. Él se sorprendió de que los hermanos de Grecia no me hayan dado cartas para los hermanos de Roma. Pero yo le dije que me habían asaltado en el camino y él prometió relacionarme con los dirigentes de aquí. Cuando escuché esto me llené de júbilo y le di al viejo la suma necesaria para el rescate de su hijo, con la esperanza de que el noble Marco Aurelio me devolviese doblada esa cantidad…

Petronio interrumpió:

–           Prócoro. En tu narración la mentira flota sobre la superficie de la verdad, como el aceite sobre el agua. Tú nos has traído noticias importantes, no puedo negarlo. Pero no las mezcles con tus falsedades ¿Cómo se llama el viejo con el que hablaste?

–           Félix. Me recordó a Mauro, aquel a quién defendí de los asesinos.

–           Creo que es verdad que has visto a ese hombre, pero no le has dado ningún dinero. No le has dado absolutamente nada.

–           Pero le ayudé a subir el cubo con el agua y le hablé de su hijo, con la más cordial simpatía. Sí, señor. ¿Qué puede sustraerse a la penetración de Petronio? Es verdad, no le he dado dinero. Pero ese acto es indispensable y útil porque con eso nos ganaríamos la voluntad de los cristianos. Me ganaría su confianza y me abrirían las puertas para introducirme entre ellos.

Petronio respondió:

–           Eso es verdad. Y es tu deber hacerlo así.

–           Por eso he venido a procurarme los medios para ello.

Petronio se volteó hacia Marco Aurelio:

–           Puedes ordenar que le entreguen el dinero. – y lo miró significativamente.

Marco comprendió y le dijo a Prócoro:

–           Te daré un joven que irá contigo, llevando la suma necesaria. Dirás a Félix que ese joven es tu esclavo y entregarás al viejo, en presencia de él, el dinero. Y puesto que me has traído noticias importantes, recibirás para ti una suma igual. Espera en el atrium. Luego iré a darte lo que necesitas.

Prócoro exclamó entusiasmado:

–           ¡Tú eres un verdadero príncipe! ¡Qué la paz sea con vosotros! Así se despiden los cristianos. Yo me compraré una esclava, quiero decir un esclavo… A los pescados se les atrapa con un anzuelo. Y a los cristianos con un pescado…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

23.- EL FILOSOFO DETECTIVE


En la casa de Petronio, los dos patricios están conversando animadamente qué hacer, para localizar a la fugitiva.

Petronio dice muy serio:

–           Casi todas las mujeres de Roma, rinden culto a deidades distintas. Yo creo que Fabiola la habrá educado en el culto a la deidad que ella misma adora. Y cual sea esa deidad, es algo que ignoro. Pero nadie la ha visto ofrecer sacrificios en ninguno de los templos. Una vez corrió el rumor de que era cristiana, pero eso no es posible.

Marco Aurelio contesta:

–           Dicen que los cristianos, además de rendir culto a la cabeza de un asno, son enemigos de la raza humana y cometen los crímenes más abominables.

–           ¡Es imposible que Fabiola sea cristiana! Porque su virtud es notoria. Y una enemiga de la raza humana, no podría tratar a los esclavos como ella lo hace…

            –           En ninguna casa romana los tratan como en la de Publio.

–          ¡Ah! Fabiola me mencionó a un Dios Poderoso y Clemente.

–           Si por ese Dios ella ha desterrado de su vida a los demás, está en su derecho de hacerlo.

–           Ha de ser un Dios muy débil, si sólo tiene un puñado de seguidores. A menos que haya muchos y sean ellos los que le ayudaron en la fuga.

–           Su fe prescribe el Perdón. Cuando en el Palatino estaba con Actea, me encontré a Fabiola y me dijo: “Que Dios te perdone el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra.”

–           Evidentemente ese Dios suyo, es de muy suave pasta. ¡Ah! Pues que te perdone. Y en señal de tal perdón, que te regrese a Alexandra.

–           ¡Si eso pasara, sería capaz de ofrecerle una hecatombe, (sacrificio de cien víctimas) para mañana mismo! No tengo deseos de comer, ni de bañarme, ni de dormir. Estoy enfermo. Quiero ir a buscarla…

Petronio le observó  y verdaderamente Marco Aurelio presenta un aspecto miserable y se ve enfermo. Y le dijo:

–           La fiebre te atormenta.

–           Así es.

–           Entonces óyeme. No sé qué prescriba el médico para estos casos, pero hay un proverbio extranjero que dice que un clavo saca otro clavo. Expresado de otra manera: lo que yo haría mientras encontramos a la prófuga, sería buscar en otra lo que por el momento se ha desprendido de mí, llevándoselo con ella. He visto en tu casa de campo mujeres muy bellas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando…

Y antes de que pueda decir palabra alguna, Petronio continuó:

–                      No me contradigas. Yo sé lo que es el amor y comprendo que mientras se desea a una mujer, no hay quién pueda ocupar su sitio. Pero en una bonita esclava es posible encontrar, aunque solo sea momentánea, una buena distracción.

Marco Aurelio replicó:

–           No la necesito.

Pero Petronio, que lo ama de verdad y desea suavizar su sufrimiento, se puso a meditar la manera de conseguirlo.

–           Acaso tus esclavos no tengan el encanto de la novedad. –y se puso a examinar a Aurora con aire reflexivo. Se decidió. La tocó en la cadera con la palma de la mano, empujándola suavemente- ¡Mira ésta gracia! Tiene una belleza perfecta. Puedes creer que yo mismo no me explico la razón, de por qué yo no me había fijado en ella hasta hoy. Pues bien. Te la doy. ¡Tómala para ti!

Cuando Aurora escuchó estas palabras, palideció y miró al tribuno con ojos de zozobra. Y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

Pero Marco Aurelio se levantó apretándose las sienes y moviendo la cabeza como quién no quiere escuchar nada.  Y sintiéndose verdaderamente enfermo, exclamó:

–           ¡No! No la quiero. Tampoco quiero a las otras. Te lo agradezco, pero no la necesito. Buscaré a Alexandra por toda la ciudad. Ordena que me traigan una capa con capucha. Ya me voy…

Y se apresuró a salir.

Petronio vio que era imposible detenerlo. Y tomó su negativa como una aversión temporal a las demás mujeres.

Y buscando consolarlo, dijo a la esclava:

–           Aurora, te bañarás, ungirás y vestirás. Y luego irás a la casa de Marco Aurelio.

Pero ella se postró a sus pies y le imploró:

–           Te lo suplico, amo: no me alejes de tu casa. Yo no iré a la casa de Marco Aurelio. Prefiero ser la última de las siervas en tu casa, a la favorita en la casa de él. ¡No quiero ir! ¡No puedo ir! ¡Te lo ruego, ten piedad de mí! ¡Ten piedad, amo! ¡Ten piedad! ¡Castígame, pero no me despidas!

Y temblando como una hoja por el temor y la emoción, extendió las manos hacia Petronio, quién la había estado escuchando verdaderamente asombrado.

Es algo tan insólito el que una esclava llegue a pedir que se le exima de cumplir una orden, llegando al punto de decir: ‘no quiero’ ‘no puedo’ que al principio Petronio no quiso dar crédito a sus oídos.

Finalmente frunció el ceño. Es un hombre demasiado refinado para mostrarse cruel. Sus esclavos, principalmente en lo que se refiere a diversiones, disfrutan de una mayor libertad que otros; pero a condición de hacer su servicio de una manera ejemplar y de rendir homenaje a la voluntad de su amo, como a la de un dios. Más en caso de faltar a cualquiera de estas dos reglas, él no puede prescindir de aplicar el castigo correspondiente.

Y como por otra parte es insoportable para él toda contrariedad que perturbe su norma, contempló un instante a la joven arrodillada y dijo:

–           Llama a Héctor y vuelve con él.

Aurora se levantó temblando y llorando. Después de un ratito, regresó acompañada del mayordomo griego.

Petronio le ordenó:

–           Llévate a Aurora y le darás veinticinco azotes de tal forma que no le maltrates la piel.

Y dicho esto, se fue a su biblioteca a trabajar en su nuevo libro.

Héctor se quedó pasmado…

Frunció el ceño, la miró y dijo:

–          ¡Aurora! ¿Qué hiciste?…

Aurora permaneció callada y con la vista en el  mármol del piso.

Héctor movió la cabeza, suspiró y ordenó:

–          ¡Vamos!

Dos horas después…

En la biblioteca Petronio le da vueltas entre sus dedos a su estilo. No ha escrito ni una sílaba.  La fuga de Alexandra y la enfermedad de la Infanta, lo perturbaron tanto que no se pudo concentrar.

A Petronio le preocupa que el César piense que Alexandra hechizó a la niña, pues la responsabilidad puede recaer también sobre él, porque por petición suya ella había sido llevada al palacio. Pero él espera poder convencer al César, de lo absurdo de esa idea.

Además ha notado cierta inclinación hacia él, que Popea cree tener cuidadosamente escondida… pero que no lo está tanto puesto que Petronio ya se dio cuenta.

Después de meditar un poco, decidió desechar estos temores, se encogió de hombros y fue al triclinium a almorzar.

Pero a su paso por el corredor vio a Aurora que está junto a un grupo de otros sirvientes y se olvidó de que no había dado ninguna otra orden referente a ella más que los azotes.

Frunció el ceño y llamó al mayordomo.

Un joven se adelantó diciendo:

–           No está aquí amo. Fue al almacén a recibir a unos proveedores.

Entonces le preguntó a Aurora:

–           ¿Recibiste los azotes?

La hermosa esclava le contesta feliz y agradecida:

–          ¡Oh, sí señor! ¡Los he recibido! ¡Oh, sí señor!

Es evidente que para ella los azotes recibidos  los considera como una compensación por no haber sido despedida de la casa y que cree que puede seguir permaneciendo en ella.

Cuando Petronio comprendió esto, tuvo que admirar la vehemente obstinación de la joven. Pero conoce demasiado la naturaleza humana, para no advertir que solo el amor puede dar alas a una resistencia semejante. Y la interrogó:

–           ¿Amas a alguien en esta casa?

Aurora alzó sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas y en una voz tan suave que apenas se oyó, dijo:

–           Sí, señor. –y se ruborizó.

Y Petronio miró su cara perfecta, que muestra  una expresión de temor y de esperanza. La vio tan bellísima y con una mirada tan suplicante, que no pudo reprimir un sentimiento de compasión. Y señalando a los siervos con un movimiento de cabeza, preguntó:

–           ¿A quién de éstos amas?

No hubo contestación.

Ella inclinó la cerviz hasta los pies de su amo y permaneció inmóvil.

Petronio miró entonces al grupo de esclavos. Los miró detenidamente y nada pudo leer en el semblante de ellos, salvo una sonrisa extraña…  Contempló entonces un momento más a Aurora, que seguía postrada a sus pies y se dirigió en silencio al triclinium.

Después de comer, ordenó que le llevasen a palacio y luego a casa de Sylvia, en cuya compañía permaneció hasta el día siguiente.

A su regreso hizo llamar a Héctor y le preguntó:

–           ¿Recibió Aurora los azotes?

Héctor contestó:

–           Sí, señor. Pero tú no has permitido que se le corte la piel.

Petronio añadió:

–           ¿Te di alguna otra orden respecto a ella?

El mayordomo se alarmó y contestó trémulo:

–           No, señor.

–           Está bien. ¿A cuál de los esclavos ama Aurora?

Héctor lo miró sorprendido y luego dijo:

–           A ninguno, señor.

–           ¿Qué sabes tú de ella?

Héctor comenzó a hablar con voz insegura:

–           Por la noche jamás sale de su cubículum en el cual vive con la anciana Penélope y Cloe. Después de que te viste, se encarga con otras esclavas del aseo de tu cubículum y de tu ropa. Hace ofrendas en el lararium y jamás entra a los departamentos de los baños y no se relaciona con nadie.  Las demás esclavas la ridiculizan por esto, llamándola Minerva (La diosa virgen)

¡Es suficiente! Mi sobrino Marco Aurelio la rechazó. Así pues, puede quedarse aquí. Ahora retírate.

–           Señor. ¿Me permites decirte otra cosa de Aurora?

–           Ordené que me dijeras todo lo que sepas.

–           Toda la familia comenta la fuga de la doncella que debía habitar la casa del noble Marco Aurelio. Después de tu partida Aurora me dijo que ella conoce a un hombre que la puede encontrar.

–           ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de hombre es ése?

–           No lo sé, señor. Pero he creído mi deber informarte del asunto.

–           Está bien. Encárgate de que ese hombre lo más pronto posible, la llegada de mi sobrino a quién pedirás en mi nombre que venga a verme.

–           Voy a hacerlo amo.

El mayordomo se inclinó y salió.

Pero Petronio se puso a pensar en Aurora.

Al principio creyó que la joven sierva deseaba que Marco Aurelio encontrase a Alexandra para no verse obligada a irse de la casa. Luego se le ocurrió que el hombre del que Aurora hablaba, pudiera ser su amante… Y esto no solo no le gustó nada, sino que le hizo sentir un extraño enojo.

La manera más sencilla de saber la verdad, era preguntándoselo a ella. Pero la hora ya era avanzada y él se sentía cansado. Cuando se retiró a su cubículum y sin saber por qué, recordó a Sylvia. Había notado que ya no era una jovencita y pensó que su belleza ya no era tanta, como se la celebraban en Roma. Por una extraña razón, ha dejado de gustarle…

Dos días después…

Petronio apenas acababa de vestirse en el unctorium, cuando llegó Héctor a avisarle que Marco Aurelio había llegado.

Éste entró detrás del mayordomo:

–           Salve, Petronio. –Dijo con una voz llena de ansiedad- Héctor me ha dicho que has encontrado a un hombre capaz de encontrar a Alexandra. ¿Es verdad?

Petronio confirmó:

–           Eso veremos. Aurora lo conoce. Ahora que venga a arreglar los pliegues de mi toga, lo sabremos con certeza.

–           ¡Ah! ¿La esclava que me cedías el otro día?

–           Sí. La misma que tú rechazaste y por lo cual te estoy muy agradecido, porque es la mejor camarera de toda la ciudad. Y también la más hermosa.

Ella entró cuando él decía estas palabras. Y tomando en sus manos la toga que estaba sobre una silla de ébano, abrió aquella vestidura y la puso sobre los hombros de Petronio. En su rostro hay una expresión de radiante felicidad.

Petronio la observó como si la viera por primera vez y se complació en su belleza. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios y una mirada reflexiva, ocultó sus más íntimos pensamientos; mientras ella con movimientos expertos empezó a arreglársela, inclinándose a veces para dar más amplitud a los pliegues.

Petronio la mira, no como el amo acaudalado que examina una adquisición que adorna su casa; sino que empezó a admirar la armoniosa hermosura de su conjunto: su piel alabastrina, que invita a ser acariciada… Y sin darse cuenta empezó a dejarse fascinar por el encanto que comienza a seducir, cuando un hombre se enamora de una mujer.

–           Aurora. –le dijo con voz suave- ¿Ha venido al llamado de Héctor, el hombre que mencionaste ayer?

Aurora contestó:

–           Ha venido, señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Prócoro Quironio.

–           ¿Quién es él?

–           Un médico, un sabio y un adivinador del futuro, que lee los destinos de los hombres.

–           ¿Te ha predicho a ti el futuro?

Un vivo rubor cubrió el rostro de Aurora hasta las delicadas orejas y todo su cuello, antes de decir:

–           Sí, señor.

–           ¿Y cuál ha sido su predicción?

–           Que el dolor y la felicidad me saldrían al encuentro.

–           El dolor te llegó en las manos de Héctor. De manera que ahora le toca el turno a la felicidad.

–           Ha llegado ya, señor.

Petronio la miró sorprendido:

–           ¿Cómo?

–           Me quedo. –dijo ella con un murmullo apenas audible.

Petronio puso una mano sobre su cabeza rubia y le dijo:

–           Has hecho bien tu trabajo y estoy muy contento contigo, Aurora.

Ante aquel ligero contacto, la jovencita se sintió desmayar de alegría. Y su corazón palpitó trepidante.

Petronio y Marco Aurelio pasaron al atrium, donde los esperaba el griego.

Cuando éste los vio, les hizo una profunda reverencia.

Y Petronio sonrió al recordar su sospecha del día anterior de que tal hombre pudiera ser el amante de Aurora…

Prócoro es un viejo de regular estatura, de cabellos rizados ralos que alguna vez fueron rubios y ahora lucen un color raro… Porque son evidentes los intentos por cubrirlos con una especie de tinte para disimular las canas, que también hay en su bigote y su barba. Tiene una cabeza más bien calva, con un rostro lleno de arrugas, en el que sobresale una protuberante nariz de beodo y más bien parece la cara de un sátiro, con una mirada de zorro.

Como tiene los ojos miopes y uno más que el otro, las patas de gallo se acentúan en el lado izquierdo. Son ojos de un verde desvaído con tintes amarillos y una expresión taimada, disimulada con una sonrisa hipócrita y servil.

Mueve con afectación unas manos blancas… Tan pequeñas y delicadas que parecen de mujer y que para nada ayudan a su figura grotesca y un tanto ridícula, por lo afectado de sus modales. Podría decirse que es un esclavo, intentando ser un patricio… Y sus vanos esfuerzos aumentan los defectos que trata de ocultar.

Definitivamente es una figura extraña. Vestido con una túnica de lana y un manto que alguna vez fuera un rico manto y en el que se notan algunos agujeros…

La vista de este personaje le hizo recordar a Petronio a Tersites, (griego feo, que en el sitio de Troya al hablar mal de Aquiles, fue muerto por éste de una puñalada) el de Homero. Así pues, contestando a su saludo con un movimiento de la mano, dijo:

–           ¡Salve, divino Tersites! ¿Dónde está la giba con que te obsequió Ulises en Troya y qué hace él ahora en los Elíseos?

Prócoro Quironio replicó:

–           Noble señor, Ulises el más sabio de los muertos, envía por mi conducto un saludo a Petronio, el más sabio de los vivos; junto con el encargo de que cubra mi futura giba con un manto nuevo.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Por Zeus! Esa respuesta bien merece un manto.

La continuación de este diálogo fue interrumpida bruscamente por Marco Aurelio, al preguntar:

–           ¿Tienes una idea clara de la empresa que vas a emprender?

Prócoro hizo una inclinación de cabeza ante Marco Aurelio, antes de decir:

–           Cuando todos los miembros de las dos nobles casas, no hablan de otra cosa. Y cuando Roma entera repite la noticia, no es difícil saberlo. Anteayer por la noche fue interceptada una doncella llamada Alexandra y que estaba en custodia en la casa de Publio Quintiliano. Tus esclavos… ¡Oh, señor! Cuando la conducían del palacio del César a tu casa, fue cuando se verificó el suceso. Yo me comprometo a encontrarla en la ciudad. Y si hubiera salido de ella, lo que es poco probable… A indicarte noble tribuno, a donde ha huido y el sitio donde se haya ocultado.

A Marco Aurelio le agradó la precisión de la respuesta y dijo:

–           Está bien. ¿Con qué medios cuentas para hacer esto?

Prócoro sonrió con malicia y expresó:

–           Tú tienes los medios, señor. Yo solo poseo el ingenio.

Petronio sonrió a su vez. Está muy complacido con su huésped y pensó: “Este hombre la va a encontrar.”

Marco Aurelio frunció el entrecejo y advirtió:

–           ¡Desdichado! Si llegas a engañarme por codicia, daré orden de que te apaleen.

Prócoro se defendió:

–           Soy filósofo, señor. Y un filósofo no es capaz de sentir el ansia de la recompensa. Especialmente la que con tanta magnanimidad me estás ofreciendo.

Petronio intervino:

–           ¡Ah! ¿Eres tú filósofo? Aurora me ha dicho que eres médico y adivino. ¿Dónde la conociste?

–           Ella acudió en demanda de mi ayuda, porque mi fama había llegado a sus oídos.

–           ¿Qué clase de auxilio necesitaba?

–           Para el amor, noble señor. Ella necesitaba ser curada de un amor no correspondido.

–           ¿Y la curaste?

–           Hice más que eso, señor. Le di un amuleto que asegura la reciprocidad. ¡Oh, señor! En Páfos, en la Isla de Chipre, hay un templo en el cual se conserva un cinturón de Venus. Le he dado dos hilos que proceden de ese cinturón, encerrados en una cáscara de almendra.

Me imagino que te hiciste pagar bien por ello.

–           Jamás puede pagarse suficiente por la reciprocidad en el amor. Y yo que carezco de dos dedos en mi mano derecha, me veo obligado a juntar dinero para comprar un esclavo copista, a quién pueda encargar la tarea de escribir mis pensamientos. Y conservar así el fruto de mi sabiduría, para el bien de la humanidad.

–           ¿A qué escuela perteneces?

–           Señores, yo soy cínico; porque llevo un manto agujereado. Soy estoico, porque soporto con paciencia la pobreza. Soy peripatético, porque no poseo una litera y voy a pie de una tienda de vinos a la otra y en el camino enseño a todo aquel que promete pagarme el valor de un cántaro de vino.

–           ¿Y ante el cántaro te vuelves retórico?

–           Heráclito declara que ‘todo es fluido’. ¿Podrías negar tú señor, que el vino es fluido?

–           Y ha declarado también que el fuego es una divinidad y por eso la divinidad irradia de tu nariz.

–           Los otoños son fríos y un sabio de genuina estirpe ha de calentar su inspiración y su cuerpo con vino. ¿Acaso podrías negar este consuelo a un pobre ser humano?

Petronio continuó con su interrogatorio:

–           Prócoro Quironio, ¿De dónde eres?

–           Nací en Macedonia. Soy oriundo de Estagira…

–           ¡Oh! Entonces tú eres grande.

El sabio respondió con aire reflexivo:

–           Y desconocido…

Marco Aurelio volvió a impacientarse.

Ante la perspectiva de la esperanza que ilumina de pronto su vida, toda esa conversación le pareció simplemente ociosa. Están desperdiciando el tiempo y se siente muy incómodo… Se decide y le pregunta al griego:

–           ¿Cuándo comenzarás con tus investigaciones?

Prócoro respondió con una sonrisa triunfal:

–          Las he comenzado ya. Y aun cuando ahora me encuentro aquí, respondiendo a tus preguntas, ya estoy trabajando en el asunto que te preocupa.

Petronio preguntó:

–           ¿Te has ocupado antes de servicios de este género?

–          Soy un filósofo incomprendido y tengo necesidad de buscar otros medios de subsistencia.

–           ¿Cuáles son tus recursos?

–           Averiguarlo todo y servir con mis noticias a quién de ello tenga necesidad.

–           ¿Y quién paga eso?

–          ¡Oh, señor! Necesito comprar un copista. De otra forma mi sabiduría perecerá conmigo.

Petronio lo miró evaluándolo y declaró:

–           Si hasta hoy no has reunido lo suficiente para comprar un manto nuevo, no pueden ser tan buenos esos servicios tuyos.

Prócoro no se amilanó:

–           Soy modesto. ¡No! Mis servicios no son pequeños. Ponme a prueba y lo verás…

Marco Aurelio pensó que este hombre era como un sabueso. Una vez puesto en la pista, no se detendrá hasta descubrir el escondite de Alexandra. E indagó:

–           Y bien. ¿Necesitas mayores indicios?

–           Necesito armas.

Marco Aurelio lo miró con sorpresa e indagó:

–           ¿De qué clase?

El griego extendió una mano y con la otra hizo ademán como si contara dinero.

–           Tales son los tiempos.-dijo suspirando.

Petronio intervino y preguntó:

–          ¿Entonces tú has de ser el asno que quiere ganarse la fortaleza con bolsas de oro?

Prócoro suspiró y contestó con humildad:

–           Yo soy tan solo un pobre filósofo. Ustedes tienen el oro.

Marco Aurelio le arrojó una bolsa que el griego cogió en el aire…

Y éste, respondió decidido:

–          Sé más de lo que tú crees. No he venido aquí con las manos vacías. Sé que no ha sido Publio Quintiliano quién interceptó a la doncella, porque he hablado con los esclavos del general. Sé que la princesa Alexandra no está en el Palatino, porque allí todos están preocupados sólo por la Infanta Augusta.

Y es posible que pueda yo adivinar porqué quieres buscar a la doncella con mi ayuda, antes que con los guardias de la ciudad y los soldados del César. Sé que su fuga se efectuó con la ayuda de un sirviente, un esclavo originario del mismo país en el que ella nació.

Los que le ayudaron al sirviente no fueron esclavos, porque ellos se ayudan unos a otros. Y nadie los hubiera podido coaligar contra los tuyos. Solamente algún correligionario ha podido prestarle ayuda.

Petronio exclamó:

–           ¿Lo has oído, Marco Aurelio? ¿No es eso, palabra por palabra, lo mismo que yo te he sostenido?

Prócoro dijo:

–           Es un honor para mí. Es indudable que la doncella rinde culto a la misma divinidad que adora Fabiola, esa dama virtuosa que es una verdadera matrona romana. He sabido también que Fabiola adora a un Dios extranjero, pero sus esclavos no supieron decirme qué Dios es; ni cómo se llaman los que le rinden culto. Si yo pudiera saberlo, iría a buscarlos y me convertiría en el más abnegado prosélito de esa religión y me ganaría su confianza… También sé señor, que tú pasaste una temporada en la casa del noble Publio y… ¿Tú no me puedes dar información sobre ese particular?

Petronio está más que admirado…

Marco Aurelio contestó:

–           No puedo.

Prócoro tomó el dominio de la situación:

–          Nobles señores, me han hecho ya varias preguntas. Permitid que ahora sea mí turno y os haga una: ¿No habéis visto a Fabiola o a tu divina Alexandra, llevar algún amuleto o adorar alguna estatua; presentar alguna ofrenda o celebrar alguna ceremonia? ¿No les has visto hacer algunos signos inteligentes solo para ellos?

                        Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Signos! ¡Espera!… Sí. Vi una vez a Alexandra dibujar un pescado sobre la arena.

–           ¿Un pescado? ¡Aaaah! ¡Ooooh! Y dime: ¿Ella hizo eso una o varias veces?

–           Solo una vez.

–           ¿Y estás seguro, señor; de que fue un pescado lo que dibujó?

A Marco Aurelio se le avivó la curiosidad y preguntó:

–          Sí. ¿Tú sabes lo que significa?

Prócoro Quironio dijo:

–           Lo averiguaré. –Se inclinó en señal de despedida y agregó- ¡Quiera la fortuna derramar igualmente sobre ambos, toda clase de beneficios, nobles y dignos señores!

Petronio al despedirse, especificó:

–           Ordena que te entreguen un manto.

El griego lo miró con respeto y dijo:

–           Ulises te da las gracias en nombre de Tersites.

Y salió haciendo una profunda reverencia…

Cuando se quedaron solos Petronio preguntó a Marco Aurelio:

–           ¿Qué opinas sobre este sabio?

Marco contestó alborozado:

–          Creo que encontrará a Alexandra. Pero también digo que si hubiera un reino de los pícaros, éste sería su más digno soberano. Es todo un pillo.

–           Coincido contigo. Por cierto… He de estudiar más de cerca a este estoico que viene tan perfumado.

El tribuno sólo encoge los hombros…

Mientras tanto Prócoro Quironio oprime en su mano bajo los pliegues de su manto nuevo, la bolsa que le diera Marco Aurelio, admirando tanto su peso, como su áureo retintín. Y se dirigió a la taberna de Quinto, a escanciar un poco de vino. Y a agradecer a la fortuna porque por fin ha encontrado lo que por tanto tiempo buscó…

Pensó: “Él es joven, irascible, opulento como las minas de Chipre y está dispuesto a pagar la mitad de su fortuna, con tal de recuperar a su amada. Éste es el hombre que me hacía falta. Y sin embargo debo tener mucho cuidado, pues su ceño no me augura nada bueno. ¿Conque ella trazó un pescado sobre la arena? No sé lo que significa eso, pero muy pronto lo sabré.”

Y con determinación siguió su camino…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA