Archivos diarios: 31/03/12

PRIMER MISTERIO DE DOLOR


LA ORACION DE JESÚS EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ

“Después, Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar les dijo: ‘Oren para que no caigan en tentación.’ Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra y doblando las rodillas oraba con estas palabras: ‘Padre, si quieres aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.’ (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo) Después de orar se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos.  Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. Le dijo: ‘¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.’ Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado por Judas, uno de los Doce. Como se acercara a Jesús para darle un beso, Jesús le dijo: ‘Judas, ¿Con un beso traicionas al Hijo del hombre?’ (Lucas 22, 39-48)

Dice Jesús:

“OREN PARA QUE NO CAIGAN EN TENTACIÓN” 

Fue lo que dije a mis discípulos en aquella noche del Jueves Santo, poco antes de mi aprehensión.  Fue lo que Yo hice… Para resistir en la terrible prueba de la Hora que se aproximaba.

Estaba abatido por la tristeza. Como un hombre que ha sido herido de muerte y que siente que la vida se le escapa, como a alguien que está oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas.

Yo Soy el Hijo de Dios Altísimo; pero también Soy el Hijo del Hombre.

Y en este momento mi Divinidad estaba aniquilada, por el Amor y la Obediencia.

Era solamente el hombre a quien Dios, NO ayudaba más.

Mi sufrimiento y mi abatimiento eran tan intensos que se convirtieron en una agonía en aumento, hasta llegar el momento en que sudé sangre; por el tremendo esfuerzo que hice para vencerme y resistir el peso que se me había impuesto.

Mis ojos habían leído en el corazón de Judas Iscariote.

Judas era doble, astuto, ambicioso, lujurioso, ladrón, inteligente. Su apariencia siempre intachable y muy elegante.

También era más culto que los demás y había logrado imponerse a todos.

Era un hombre  tan  audaz, que me allanaba el camino más difícil.

Y mi alma agonizaba por el doble esfuerzo que tenía que hacer, al tratar de vencer los dos más grandes dolores que un hombre pueda soportar:

 La despedida de una Madre sin igual y la proximidad del Amigo Infiel…

Dos heridas que me taladraban el corazón, una con su Llanto y otra con su Odio.

Judas amaba desenfrenadamente tres cosas: el dinero, las mujeres y el poder.

Creyó en Mí como Mesías, pero al sentirse defraudado en lo que esperaba: ser el ministro de un poderoso rey terrenal; volcó sobre Mí todo su odio y lo único que deseó fue vengarse.

Por eso me traicionó.

Tuve que compartir el pan con mi Caín y sonreírle como a un amigo, para que los demás no se diesen cuenta y así evitar un crimen.

No existió Dolor más grande; más absoluto que el mío.

Era Yo una sola cosa con el Padre. Me amaba y lo amaba, como sólo el Dios que es Amor,  puede amar.

Las víctimas expiatorias han probado el rigor de Dios.

Después viene la gloria, pero sólo después de que la Justicia se ha aplacado.

También Yo sentí cómo la severidad de mi Padre aumentaba de hora en hora y supe lo que se sufre, cuando Dios lo abandona a uno.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Fue cuando me sentí solo, desamparado y totalmente indefenso…

`Todos me han traicionado, todos me han abandonado y el Padre Dios, no viene en mi ayuda.’

 Era la Hora de las Tinieblas.

Y AL ALEJARSE EL PADRE, LLEGÓ SATANÁS 

Había venido al Principio de mi Misión para que no la realizase y ahora regresaba.

Judas tenía a Lucifer y Yo lo tenía cerca; él en el corazón, y Yo a mi lado.

Fuimos los dos personajes principales de la Tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros.

Después que empujó a Judas hasta el punto sin retorno, se volvió contra Mí…

De una manera vívida y cruel, me presentó todos los tormentos y torturas que iba a sufrir por manos de los hombres y trató de convencerme de que mi sufrimiento era inútil, por la ingratitud e incredulidad humanas.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, Padre! todo es posible para Ti, aparta de Mí esta copa; pero  no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú’

Y el espíritu dominó el terror que sentía la carne.

Vencí la tentación física.

Trató luego de halagarme y atormentó mi alma con el recuerdo de mi Madre y sus sufrimientos…  

La inutilidad de mi muerte por los hombres ingratos…

Me ofreció vivir rico, feliz y amado…

Realizando un largo apostolado en el que él me ayudaría.

Dios me perdonaría, al ver cuántos hombres se salvarían al creer en Mí y además no sufriría una muerte tan atroz.  

También en el desierto me había tentado con poner a Dios a prueba con la imprudencia.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa. Pero no sea como Yo quiero, sino como quieras Tú.’

El espíritu superó la Tentación Moral. El alma venció sus pasiones.

Entonces se burló de Mí.

Me presentó el Abandono del Padre. Que el Cielo estaba cerrado para Mí y que Dios no me amaba más; porque al estar cubierto con todos los pecados del mundo, le causaba asco y por eso me entregaba al escarnio de una plebe feroz y que me había dejado completamente solo…

Totalmente solo… En manos de él…

 Que podía destruirme y nadie me defendería.

 Los hombres, o eran indiferentes o me odiaban.

Yo redoblé mis plegarias para cubrir las palabras satánicas.

Pero mi Oración subía a un Cielo que estaba cerrado y volvía a caer sobre Mí como una piedra…

Y fue entonces que probé toda la amargura del Cáliz: el sabor de la desesperación.

Quise vencer la desesperación y a Satanás, que es su origen y FUE CUANDO SUDÉ SANGRE…

Satanás quería vencerme con la desesperación, para convertirme en su esclavo…

 Sentí el sabor de la muerte, cuando decidí daros la vida…

Y cubierto con la lepra de vuestros pecados, siendo solamente el hombre culpable a los ojos de Dios; ACEPTÉ SER EL MALDITO Y CON ELLO, ACEPTÉ TAMBIÉN EL CASTIGO.

Y vencí la desesperación y a Satanás, para servir a Dios y daros a vosotros la Vida…  

Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del Crucificado, (No fue tan dolorosa)

Sino la Muerte Total…

La Muerte Consciente…  

La Muerte que cae después de haber triunfado, con un corazón destrozado…

Con una sangre que se pierde por la herida de un esfuerzo muy superior a la fuerza humana.

Y sudé sangre. ¡Sí, la sudé!…

Para ser fiel a la Voluntad de Dios.

El espíritu venció la Tentación Espiritual.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, PADRE! Todo es posible para Ti; aparta de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras TÚ…’

No tengo más que recordar esta Hora para llamaros hermanos.

¿Puedo Yo que he probado; no comprender vuestra degradación y no amaros porque estáis degradados?… Os amo por esto.

Porque en aquella Hora no era el Verbo de Dios…

Era el Hombre Culpable.

Mi mejilla arde por el beso de los traidores…  

Curádmela con el beso de la Fidelidad. ¡Convertíos y amad!

Para que el Padre os pueda llamar: ¡Hijos!

El Ángel que me acompañó en mi dolor, me habló de la esperanza de todos los que se salvarían con mi Sacrificio y fue el bálsamo para mi agonía…

Mi mirada se extendió a través de los siglos…

Y OS MIRÉ….

Y FUE CADA UNO DE VUESTROS NOMBRES como una inyección de fortaleza, para las horas dolorosísimas que se aproximaban…

Fuisteis mi consuelo cuando vi que os salvaríais…  

QUE ÉRAIS DIGNOS DEL SACRIFICIO DE UN DIOS.

Y desde aquel momento os he llevado en mi Corazón…

Y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra, quise estar presente a vuestra llegada, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh, benditos míos!.. ¡Consuelo mío cuando agonizaba!.. Mi Madre, mi Apóstol, las mujeres piadosas…

Pero también TÚ…

Tú que estás leyendo esto y a quién mi Madre ha guiado hasta aquí…

MIS OJOS AGONIZANTES TE MIRARON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS…

Junto al rostro adolorido de mi Madre…

Y los cerré gozoso porque vi que te salvarías al corresponder a mi llamado a la Conversión y al Amor…

Mi mayor dolor, fue pensar para cuántos mi Martirio sería estéril…

Todos los que rechazarían la Salvación y preferirían las Tinieblas a la Luz…

A éstos también los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte…

Y corrí al encuentro de mi Martirio, que se inició con un beso…

EL BESO DE LA TRAICIÓN.

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Oración:

Amado Padre Celestial: Llénanos el corazón de arrepentimiento y amor, para ser Agradecidos al Amor tan incomprendido en su profundidad y plenitud, que sólo un Dios Único y Trino, infinitamente maravilloso como TÚ, podías manifestar como lo hiciste por nosotros los hombres. Ayúdanos a conocerte y amarte, adorarte y servirte. Porque no bastarían un millón de vidas de adoración y sacrificio, para corresponderte aunque solo fuera un poquito, de lo mucho que te debemos. Gracias ABBA. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

QUINTO MISTERIO DE GOZO


JESÚS PERDIDO Y ENCONTRADO EN EL TEMPLO

“Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Fiesta de Pascua. Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser. Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran.  Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo ente sus parientes y conocidos, como no lo encontraron volvieron a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: ‘Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.’ ÉL les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre? Pero ellos no comprendieron esta respuesta. Jesús entonces regresó con ellos llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles. Su madre por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón. Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres. (Lucas 2, 41-52)

María revela:

“Y ¿POR QUÉ ME BUSCABAN? ¿NO SABEN QUE TENGO QUE ESTAR DONDE MI PADRE?

El Padre permitió mi angustia de madre; pero no me ocultó el profundo significado de las palabras de mi Hijo: sobre el padre y la madre está Dios, el Padre Celestial. Sus intereses y sus afectos están sobre cualquiera y se debe dejar todo para obedecer a Dios; a sus llamadas nunca se pregunta ¿Por qué?

Dice el Evangelio: “Ellos no comprendieron, lo que les acababa de decir.”

Yo ya lo sabía desde antes y entendí las palabras de mi Hijo. Pero guardé silencio para no mortificar a  mi José, que no tenía la plenitud de la Gracia.

Yo era la madre de Dios; pero también debía ser mujer respetuosa para el que para mí, era un compañero amoroso y tierno protector.  Nos amábamos profundamente con un amor santo y nuestra única preocupación era: nuestro Hijo.

En ninguna circunstancia nuestra familia tuvo grietas de ninguna especie. Jesús es modelo de hijos, como José lo es de maridos. Mucho fue el dolor que recibí del mundo; más mi Santo Hijo y mi Justo esposo, no me hicieron derramar otras lágrimas, que las motivadas por su dolor.

Aunque José era padre adoptivo, se hizo pedazos en el trabajo, para que no nos faltara nada.

Jesús aprendió de él, a ser un hombre trabajador y un buen carpintero.

José era la cabeza de nuestro hogar; su autoridad familiar era indiscutible y no obstante ¡Cuánta humildad había en él! Jamás abusó de su poder y me convirtió en su dulce consejera. Yo me tenía por su sierva y le atendía con amor y respeto.

Cuando quedé viuda, sufrí un agudo dolor; porque perdí al compañero al que dediqué seis lustros de una  vida fiel. José fue para mí, padre, esposo, hermano, amigo y protector. Su ausencia me hizo sentir una terrible soledad y fue como si perdiera el muro principal de mi vida. . Me sentí sola, como sarmiento arrancado de la vid y sólo hallé consuelo cuando me abracé de Jesús.  Dios era la fuerza que me sostenía en mis horas de dolor.

El día que fuimos a Jerusalén y al volver advertimos que no venía con nosotros; como todo lo compartíamos con amor, pensando solo en nuestro Hijo; nuestra preocupación y angustia fue muy grande, mientras lo buscábamos.

En este misterio mi Hijo quiso darnos una enseñanza sublime ¿Podríais acaso  suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? ¡Todo lo contrario! Porque mis lágrimas, mi búsqueda por haberlo perdido, mi intenso y crudo dolor se repercutía en su corazón…

Y durante aquellas horas tan penosas El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba… Para demostrarme que Yo también un día debía SACRIFICAR SU MISMA VIDA AL QUERER SUPREMO.

En esta pena indecible no te olvidé, alma mía y pensando que ella te iba a servir de ejemplo, la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad.

Cuando lo hallamos en el Templo, la alegría volvió nuevamente a nuestro corazón, al tomarlo nuevamente de la mano, humilde y obediente para volver a Nazaret.

El mundo se desquicia en ruinas porque se insiste en destruir la unidad familiar. Nuestra familia es el modelo que debéis imitar. 

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Oración:

Amado Padre Celestial. Con tu bendito amor sana nuestras relaciones familiares. Únenos más en Ti, cada día. Reunifica  a las familias que está separadas. Da el consuelo a los que sienten solos y desamparados. Haz que se sienta tu Presencia en nuestros hogares y que lleguen a ser como en la Sagrada Familia. Llénanos de humildad, de ternura y consideración para los demás. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACION DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

CUARTO MISTERIO DE GOZO


JESÚS ES PRESENTADO EN EL TEMPLO

“Asimismo cuando llegó el día en que, de acuerdo con la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la Purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, tal y como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También ofrecieron el sacrificio que ordena la Ley del Señor: una pareja de tórtolas o dos pichones. Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor.  El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.  Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: ‘Ahora Señor ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.’ Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: ‘Mira, este niño traerá a la gente de Israel caída o resurrección. Será una señal de contradicción, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres.’ Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Casada cuando joven, había quedado viuda después de siete años; hacía ya ochenta y cuatro años que servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones y no se apartaba del Templo. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios, hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se desarrollaba lleno de sabiduría y la Gracia de Dios permanecía con él. (Lucas 2, 22-40)

María revela:

“ Ya están por cumplirse cuarenta días del nacimiento del pequeño Rey Jesús, y el FIAT Divino nos llama al templo para cumplir la Ley de la Presentación de mi Hijo. Era la primera vez que salía junto con mi dulce Niño.

Una vena de dolor se abrió en mi Corazón: ¡Iba a ofrecerlo como Víctima por la salvación de todos! Si el Querer Divino no me hubiera sostenido Yo habría muerto al instante de puro dolor…

Sin embargo me dio vida para empezar a formar en Mí el REINO DE LOS DOLORES DEL REINO DE SU DIVINA VOLUNTAD.

“LLEVADO DEL ESPÍRITU SANTO”  dice el Evangelio. Es el Espíritu Santo el Amigo Perfecto, el Maestro que guía, fortalece y consuela con infinita sabiduría; porque Es la Sabiduría Misma cuando se derrama sobre el alma que lo invoca y reúne las condiciones que no alejan a este Amor de la Santísima Trinidad. Dios nunca niega la efusión de su Espíritu, al alma que se lo pide y que tiene un corazón despierto por la fe, la humildad, la obediencia, la pureza, el perdón, la caridad, la generosidad y… LA ORACIÓN.

LA ORACIÓN. Esa bendita comunicación del hombre con Dios, que nos vigoriza y nos dispone a pertenecerle cada vez más.

A través de la oración le había sido revelado a Simeón, que él vería al Mesías Prometido y el Espíritu Santo le llevó al Templo, el mismo día que nosotros fuimos a cumplir con el precepto de la consagración del primogénito.

A DIOS SE LE SIRVE MÁS AMANDO QUE CUMPLIENDO FORMALIDADES.

Si los sacerdotes sumergidos en sus ritos, hubiesen tenido el corazón despierto, hubiesen visto lo que Simeón vio: al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador en forma de niño que le sonreía.

Simeón llevó una vida honesta y piadosa. Los largos años transcurridos hasta el momento de encontrarnos en el Templo, estuvieron llenos de trabajos y de pruebas, que no disminuyeron su fe en el Señor, ni en sus promesas. Jamás dudó y su perseverancia obtuvo la sonrisa de Dios en los labios infantiles de Jesús.

No fue preciso que Simeón hablase para conocer mi destino. El futuro de la vida de Jesús, no tenía secretos para mí.

Y aunque esto era un tormento; era a la vez felicidad; porque nuestra Misión al hacer la voluntad de Dios era: Obtener la anulación de la culpa y redimir para unir con Dios a los hijos separados.  

Aumentar la gloria del Padre y devolver al hombre la grandeza caída, devolviéndole su dignidad perdida: hijo verdadero de Dios.

También las palabras de Ana consolaron mi corazón; porque Dios da siempre con la prueba, la fortaleza para resistirla. 

Y cuando salimos del Templo, tanto José como yo sabíamos que Dios junto con sus ángeles, velaba por nuestro Niño.  

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Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

TERCER MISTERIO DE GOZO


JESÚS NACE EN BELÉN

“Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en todo el imperio. Éste fue llamado ‘el primer censo’, siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos pues empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén; porque era descendiente de David; allí se inscribió con María su esposa que estaba embarazada.  Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa. En la región había pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus rebaños. Se les apareció un Ángel del Señor y la Gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy asustados. Pero el Ángel les dijo: ‘No tengan miedo pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría, para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor.  Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.’ De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al Ángel y alababan a Dios con estas palabras: ‘¡Gloria a Dios en lo más alto del Cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su Gracia!’ Después que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos pues hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer.’ Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.  Entonces contaron lo que los ángeles habían dicho del Niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían. María por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. Después los pastores regresaron alabando y glorificando a Dios, por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado. Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el Nombre de Jesús, nombre que había indicado el Ángel antes de que madre quedara embarazada.” (Lucas 2, 1-21)

María revela:

Mi José era un hombre santo. Desde que Dios le descubrió su secreto y le dio la misión de cuidar a su familia, no hubo un hombre más amoroso y tierno. ¡Con qué diligencia y solicitud, cuidó siempre de Jesús y de mí!

Cuando llegamos a Belén, su mortificación fue muy grande al no encontrar posada.  Y en la fría gruta en la que nos alojamos por fin, trató de hacer acogedor aquel pesebre. Él se quedó junto a la entrada e hizo una hoguera para atenuar el frío de aquella noche invernal.

Yo me retiré al fondo de la gruta y los dos nos arrodillamos a orar. La Oración era la reina de nuestras ocupaciones;  nuestras fuerzas, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tistes era consuelo, en las alegres era un cantar. Era el alimento de nuestra alma, que nos separaba de la tierra,  del destierro. Y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, hacia la Patria. Nos sentíamos unidos a Dios cuando orábamos, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía en Dios adorándolo y que era abrazado por ÉL.

Las plegarias son vivas, cuando están alimentadas del verdadero amor y del sacrificio. La Oración era nuestro alimento, ¡TODO! Y sumergidos en aquella profunda adoración a nuestro Padre y Creador, di a luz al Verbo de Dios.

¡De cuánta riqueza se despojó Eva! Al ser desconocedora de culpa, tampoco conocí el dolor de dar a luz como las demás mujeres. Un éxtasis fue la Concepción de mi Hijo. Y un mayor éxtasis su Nacimiento.

ÉL, que vino para ser la Luz del Mundo, inundó en un mar de luz aquel lugar. Y fue aquella luminosidad la que percibió José, cuando me vio arrodillada; cuando con lágrimas y sonrisas besaba a mi Niño Divino.

Mi José sintió una gran alegría y un gran dolor.

Felicidad y dolor fueron como un puñal en su corazón al verlo a ÉL, la Voz de Padre hecha carne entre mis brazos; aniquilándose por amor, hasta la condición de un pequeñín con voz de corderillo. Un bebé totalmente indefenso.

Felicidad al ver las profecías realizadas. Dolor al contemplar al Altísimo Padre, Creador del Universo, en aquella miserable gruta; en medio de la pobreza extrema y que él sólo podría proteger con su pobre oficio de carpintero…

Yo amaba profundamente a mi esposo de la tierra. José estaba temblando empavorecido  cuando le ofrecí abrazar a Jesús y murmuraba: ‘¿Yo? ¿Me toca a mí? ¡Oh no! ¡No soy digno! ¡Imposible tocar a Dios!’  

Sin embargo sus lágrimas también mojaron el rostro infantil de mi Hijo, cuando lo estrechó contra su pecho varonil, para protegerlo del frío; mientras yo corría por los pañales y los lienzos, con los que cubriría su delicado cuerpecito de bebé, que estaba envuelto en mi velo.

Dimos gracias al Eterno y el primer Padre Nuestro, lo pronuncié yo en aquel momento, teniendo levantado entre mis brazos a mi Cordero Divino; venido al mundo para ser sacrificado y dar vida a los muertos en el espíritu. El ‘HÁGASE TU VOLUNTAD’ brotó de mis labios llorando y una oleada de amor atenuó un poco el Dolor de aquella ofrenda.

Y me sentí arder en el fuego del Amor de Dios. Superé el amor de creatura al amar con el Corazón de la Madre de Dios. Dejé de ver a las creaturas con mentalidad de mujer y empecé a verlas como Esposa del Altísimo y Madre del Redentor.

Aquellas creaturas eran mías. Los hombres también eran míos. Fue entonces que también se inició mi maternidad espiritual y me convertí en Vuestra Madre.  ¡Oh, hijitos míos tan pequeños y descarriados! ¡Tan desobedientes y sin embargo tan amados! ¡TAN DOLOROSAMENTE MÍOS!

Un pesebre fue la primera cuna de Jesús.  Y envueltos en profunda adoración sobre esa cuna, fue que nos encontraron los pastores que fueron avisados por los ángeles.

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Oración:

Amado Padre Celestial: en tu infinita Bondad y Misericordia, llénanos de una fe viva y activa, para hacer de nuestro corazón un nuevo pesebre, donde renazca el verdadero amor por tu Verbo y por tu Evangelio.  Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACION DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…