EL DRAMA EN EL GETSEMANI I


 “Después, Jesús salió y se fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos y lo siguieron también sus discípulos. Llegados al lugar les dijo: ‘Oren para que no caigan en tentación.’ Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra y doblando las rodillas oraba con estas palabras: ‘Padre, si quieres aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.’ (Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo) Después de orar se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos.  Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. Le dijo: ‘¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.’ Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado por Judas, uno de los Doce. Como se acercara a Jesús para darle un beso, Jesús le dijo: ‘Judas, ¿Con un beso traicionas al Hijo del hombre?’ (Lucas 22, 39-48)

LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS

(El Poema del Hombre-Dios) (6 de Julio de 1944)

Dice Jesús:

 Cuando revelé el conocimiento de mi tormento del Getsemaní dije que no sería entendido y se convertiría en escándalo; porque la gente no admite al Demonio. Y quienes lo admiten, no aceptan que el Demonio haya podido vejar el alma de Cristo hasta el punto de hacerle sudar sangre… 

Aquí verás la verdadera Agonía de tu Señor. Todo el cúmulo de desolaciones que me abatió aquella noche y que nadie intuyó, que nadie comprendió salvo mi Madre y mi Ángel.

Mi sufrimiento y mi abatimiento eran tan intensos que se convirtieron en una agonía en aumento, hasta llegar el momento en que sudé sangre; por el tremendo esfuerzo que hice para vencerme y resistir el peso que se me había impuesto. 

(Describe María Valtorta)

Todo el grupo se reúne.

Y Jesús, que está sumamente afligido dice:

–           Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un cabello. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone…

Jesús empieza a caminar  y se separa de los apóstoles.

Simón Zelote enciende una hoguera en el extremo del olivar con unas ramas secas y resinosas que arden crujiendo y expanden su olor a enebro. Pedro le pide la antorcha y se va siguiendo a su Maestro, acompañado de Juan y de Santiago.

Judas Tadeo mira a su primo con una mirada tan intensa y doliente, que Jesús se vuelve para  buscar al que lo ha mirado. Pero Tadeo se esconde rápido detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse.

Jesús hace un gesto con la mano, que es a la vez una bendición y una despedida y luego prosigue su camino. La Luna llena está ya muy alta, envuelve con su luz la alta figura de Jesús y parece hacerla más alta todavía, espiritualizándola; haciendo más clara la túnica roja y más pálido el oro de sus cabellos.

Detrás de Él, aceleran el paso Pedro -con la antorcha- y los dos hijos de Zebedeo.

Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, que tiene unas pequeñas terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego de subir casi hasta la mitad del monte, Jesús se detiene en un pequeño terraplén formado por los accidentes del terreno y rodeado por un tupido bosquecillo. Mira a su grupo apostólico y enseguida…

Jesús dice:

–           Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡Orad! Vuestro Maestro está muy abatido.

En efecto, su decaimiento es ya muy profundo. Parece que un gran peso lo oprimiera y ha desaparecido el Jesús vigoroso que hablaba a las multitudes: hermoso, fuerte, de mirada dominadora, sonrisa serena, voz sonora y bellísima.

La congoja que lo abruma, ha obrado un cambio muy notorio: es como uno que hubiera corrido o llorado mucho. Tiene la voz cansada, entrecortada. Está triste, muy triste, infinitamente triste…

Pedro responde por los tres:

–          Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos. – y los tres se apresuran a recoger unas ramas con qué encender una hoguera para combatir el frío y que los mantenga despiertos.

Jesús camina, dándoles la espalda y de frente a la luz de la luna que ilumina en su cara, un tremendo  sufrimiento que dilata aún más sus ojos, marcándole profundas ojeras y su expresión refleja un cansancio tan grande que lo hace subir cabizbajo, suspirando y jadeando, como si le costara un gran esfuerzo, todo movimiento.  Está triste, muy triste, infinitamente triste…

“OREN PARA QUE NO CAIGAN EN TENTACIÓN”

Fue lo que dije a mis discípulos en aquella noche del Jueves Santo, poco antes de mi aprehensión.  Fue lo que Yo hice… Para resistir en la terrible prueba de la Hora que se aproximaba. Estaba abatido por la tristeza. Como un hombre que ha sido herido de muerte y que siente que la vida se le escapa, como a alguien que está oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas. Yo Soy el Hijo de Dios Altísimo; pero también Soy el Hijo del Hombre.

Y en este momento mi Divinidad estaba aniquilada, por el Amor y la Obediencia.

Era solamente el hombre a quien Dios, NO ayudaba más.

Mis ojos habían leído en el corazón de Judas Iscariote.

Judas era doble, astuto, ambicioso, lujurioso, ladrón, inteligente. Su apariencia siempre intachable y muy elegante.

También era más culto que los demás y había logrado imponerse a todos.

Era un hombre  tan  audaz, que me allanaba el camino más difícil.

Y mi alma agonizaba por el doble esfuerzo que tenía que hacer, al tratar de vencer los dos más grandes dolores que un hombre pueda soportar:

 La despedida de una Madre sin igual y la proximidad del Amigo Infiel…

Dos heridas que me taladraban el corazón, una con su Llanto y otra con su Odio.

Judas amaba desenfrenadamente tres cosas: el dinero, las mujeres y el poder.

Creyó en Mí como Mesías, pero al sentirse defraudado en lo que esperaba: ser el ministro de un poderoso rey terrenal; volcó sobre Mí todo su odio y lo único que deseó fue vengarse. 

Por eso me traicionó.

Tuve que compartir el pan con mi Caín y sonreírle como a un amigo, para que los demás no se diesen cuenta y así evitar un crimen.

De vez en cuando, su mirada tristísima, recorre el plácido olivar y sigue subiendo por la ladera del monte, recorriendo un sendero conocido,  hasta una voluminosa piedra, rodeada de olivos.

Jesús se detiene allí. Dándole la espalda a la ciudad de Jerusalén que aparece abajo, toda blanca  y reluciente, bajo la claridad lunar. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. Es una larga, ardiente oración.

De vez en cuando, un suspiro y algunas palabras más nítidas, brotadas desde lo más profundo de su corazón, en una alocución íntima con su Padre:

–           «Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré? Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él y mañana será un infierno…

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira detenidamente a Jerusalén…

Su cara va tomando una expresión increíblemente, todavía más triste…

Susurra:

–          Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?…

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta y brillante por el rocío. Está llorando… Y sus lágrimas brillan como pequeños diamantes, mientras caen  al suelo.  Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza. Y las mueve manteniéndolas unidas.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Fue cuando me sentí solo, desamparado y totalmente indefenso…

`Todos me han traicionado, todos me han abandonado y el Padre Dios, no viene en mi ayuda.’

 Era la Hora de las Tinieblas

Y AL ALEJARSE EL PADRE, LLEGÓ SATANÁS

Había venido al Principio de mi Misión para que no la realizase y ahora regresaba.

Judas tenía a Lucifer y Yo lo tenía cerca; él en el corazón, y Yo a mi lado.

Fuimos los dos personajes principales de la Tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros.

Después que empujó a Judas hasta el punto sin retorno, se volvió contra Mí…

De una manera vívida y cruel, me presentó todos los tormentos y torturas que iba a sufrir por manos de los hombres y trató de convencerme de que mi sufrimiento era inútil, por la ingratitud e incredulidad humanas.

No existió Dolor más grande; más absoluto que el mío.

Era Yo una sola cosa con el Padre. Me amaba y lo amaba, como sólo el Dios que es Amor,  puede amar.

Las víctimas expiatorias han probado el rigor de Dios.

Después viene la gloria, pero sólo después de que la Justicia se ha aplacado.

También Yo sentí cómo la severidad de mi Padre aumentaba de hora en hora y supe lo que se sufre, cuando Dios lo abandona a uno.

Cuanto más se acercaba la hora, de la Hora de la Expiación, más sentía que Dios se alejaba de Mí y empecé a sentir terror. 

Fue espantoso experimentar el ansia por la vida, la languidez, el cansancio y el tedio, hasta llegar a la desesperación…

Ya había sido tentado en el desierto. Una leve tentación porque entonces tenía tan solo la debilidad del alimento material. Ahora estaba hambriento de alimento espiritual y hambriento de alimento moral, y no había pan para mi espíritu ni pan para mi corazón. Ya no había Dios para mi espíritu. No había afectos para mi corazón.

Y he aquí entonces, sutil como un cuchillo de viento, penetrante como aguijón de avispa, irritante como veneno de culebra:

la voz de Lucifer.

Una flauta que suena en sordina, tan tenue; tan tenue que no suscita nuestra vigilante atención. Penetra con la seducción de su mágica armonía, nos hace dormitar, parece un consuelo, tiene el aspecto de consuelo sobrenatural.

¡Oh Engañador eterno, qué sutil eres! El yo sólo pide ayuda. Y parece que aquel sonido le ayude. Palabras de compasión y de comprensión, dulces como caricias sobre una frente febril, calmantes como ungüento sobre una quemadura, que aturden como el vino generoso dado a quien está en ayunas. El alma cansada se adormece.

Si no estuviera tan vigilante con su subconsciente, que vela tan sólo en aquellos que se nutren de la constante unión al Amor, acabaría cayendo en un letargo que la dejaría totalmente en las manos de Satanás, en un sueño hipnótico durante el cual Lucifer le haría cometer cualquier acción. Pero el alma que se ha nutrido constantemente del Amor no pierde la integridad de su subconsciente ni siquiera en la hora en que los hombres y Dios parece que se unan para enloquecerla. Y el subconsciente despierta al alma. Le grita: “Actúa. Levántate. Satanás está detrás de ti”.

La vida es amada por las honestas satisfacciones que proporciona.

Tener un amigo sincero, es como tener un compañero en el camino. Caminar solos es demasiado triste. Cuando Dios elige para la soledad de víctima a un alma, Él se hace su compañero, porque solos no se puede estar sin capitular.

Luego prosigue en su oración y meditación.  Y de pronto lo agita una pavorosa angustia; porque para evitarla se levanta  y  camina apresurado de un lado para otro,  susurrando palabras  casi incoherentes; alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia.

Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿Qué es lo que ve?

Ahora surgía el miedo de perder la vida. ¡La vida! Tenía treinta y tres años. Era hombre en aquel momento. Era el Hombre. Tenía por ello el amor virgen a la vida como lo había tenido Adán en el Paraíso terrestre. La alegría de estar vivo, de estar sano, de ser fuerte, bello, inteligente, amado, respetado. La alegría de ver y de oír, de poder expresarme. La alegría de respirar el aire puro y perfumado, de oír el arpa del viento entre los olivos y del río entre las piedras, y la flauta de un ruiseñor enamorado; de ver resplandecer las estrellas en el cielo como ojos de fuego que me miraban con amor; de ver platearse la tierra por la luna tan blanca y resplandeciente que cada noche vuelve virgen el mundo, y parece imposible que bajo su ola de cándida paz pueda actuar el Delito.

Y todo eso tenía que perderlo. No volver a ver, no volver a oír, no moverme más, no volver a estar sano, no volver a ser respetado. Hacerme el aborto purulento que se esquiva con el pie, volviendo la cabeza con repugnancia. El aborto expulsado de la sociedad que me condenaba para quedar libre de darse a sus vergonzosos amores.

¡Nostalgia de las multitudes humildes y francas a las que daba luz y gracia y de las que recibía amor! ¡Voces de niños que me llamaban con una sonrisa, voces de madre que me llamaban con un sollozo, voces de enfermos que me llamaban con un gemido, voces de pecadores que me llamaban con temblor! Todas las oía y me decían:

“¿Por qué nos abandonas? ¿Ya no quieres acariciarnos? ¿Quién podrá acariciar como Tú nuestros rizos rubios o morenos?”.

“¿Ya no quieres devolvernos las criaturas difuntas, curarnos las moribundas? ¿Quién como Tú podrá tener piedad de las madres, Hijo santo?”.

“¿Ya no quieres sanarnos? Si Tú desapareces ¿quién nos curará?”.

“¿Ya no quieres redimirnos? Sólo Tú eres la Redención. Cada palabra tuya es fuerza que rompe una cuerda de pecado en nuestro oscuro corazón. Estamos más enfermos que los leprosos, porque para ellos la enfermedad cesa con la muerte, para nosotros se acrecienta. ¿Y Tú te vas? ¿Quién nos comprenderá? ¿Quién será justo y piadoso? ¿Quién nos realzará? ¡Quédate, Señor!”.

“¡Quédate! ¡Quédate! ¡Quédate!” Gritaba la multitud buena.

“¡Hijo!” gritaba mi Madre.

“¡Sálvate!” gritaba la vida.

He tenido que quebrar estas gargantas que gritaban, sofocarlas para impedirles gritar, para tener la fuerza de destrozarme el corazón arrancando uno a uno sus nervios para cumplir la voluntad de Dios.

Con la Oración lo vencí: ‘¡ABBA, Padre! todo es posible para Ti, aparta de Mí esta copa; pero  no sea lo que Yo quiero, sino lo que quieras Tú’  

Y el espíritu dominó el terror que sentía la carne.

Vencí la tentación física.    

La primera parte de la oración había sido dolorosa, pero todavía podía sentir la mirada de Dios y esperar en el amor de los amigos.

Luego regresa con los tres apóstoles, que están sentados alrededor de la hoguera.  Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco y con los brazos cruzados, cabecea dominado por un intenso sopor.  Los hijos de Zebedeo, se han sentado sobre las protuberancias de una gruesa raíz que sobresale del suelo; pero a pesar de estar más incómodos que Pedro; también están adormilados.

Jesús dice angustiado:

–          ¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa:

–           Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto.

Jesús ruega:

–           Sí. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis.

Pedro habla decidido:

–           Sí, Maestro. Te obedeceremos.

Jesús se marcha de nuevo, muy desconsolado, doliente, envejecido. Sus ojos siguen muy abiertos, pero parecen empañados.  Su boca refleja un rictus de su cansancio. Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca; con su rostro abatido sobre sus manos y junto a un manojo de florecillas blancas que como copos de nieve, le acarician la mejilla, mientras ora ardientemente.

Para valorar la amistad Yo he querido llamar “amigos” a mis apóstoles, y he apreciado tanto este afecto que en la hora del dolor he pedido a los tres más queridos que estuviesen conmigo en el Getsemaní. Les he rogado que velaran y oraran conmigo, por Mí… Y al verles incapaces de hacerlo he sufrido tanto que me he debilitado aún más; siendo por ello, más susceptible a las seducciones satánicas. Una palabra, si hubiera podido intercambiar al menos una palabra con amigos solícitos y comprensivos de mi estado, no habría llegado a desangrarme antes de la tortura, en la lucha por repeler a Satanás.

La segunda parte de la Oración fue más dolorosa aún porque Dios se retiraba y los amigos dormían.

El silbo de Satanás y la voz de la vida ratificaban: “Te sacrificas para nada. Los hombres no te amarán por tu sacrificio. Los hombres no entienden”. 

Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza… Las mira, las acaricia, les dice:

–           ¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: “Cuando era pequeña, decía mi padre: “Eres una azucena diminuta toda llena de rocío celeste”… ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!…

Y rompe a llorar. Con la cabeza reclinada sobre las manos unidas;  un poco apoyado en los calcañares, lo estremecen los sollozos  mientras dice con las manos apretadas una contra la otra:

–           También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?…

La tremenda lucha da comienzo. El veneno ya está en nosotros. Por eso es necesario luchar contra sus efectos y contra las oleadas aceleradas, cada vez más vehementes y aceleradas, del nuevo veneno de la palabra satánica que se derrama sobre nosotros. 

Satanás me decía, porque la voz entraba aunque Yo la rechazara:

“Mira. Aún no has muerto y ya te han abandonado. Mira. Has ayudado y eres odiado. Lo ves. Ni siquiera el mismo Dios te socorre. Si Dios no te ama.  Y eres su Hijo, ¿Cómo puedes esperar que los hombres te agradezcan tu sacrificio?

¿Sabes lo que se merecen? La Venganza, no el Amor como Tú crees. Véngate, ¡oh Cristo!, de todos estos necios, de todos estos crueles. Véngate. Atácales con un milagro que les fulmine. Muéstrate cómo eres: Dios. El Dios terrible del Sinaí. El Dios terrible que me ha fulminado y que arrojó a Adán fuera del Paraíso. 

Hasta ahora has dicho tan sólo palabras de bondad. Tus escasos reproches siempre eran demasiado dulces para estas bestias que tienen la piel más espesa que el cuero del hipopótamo. Tu mirada curaba tus palabras. Sólo sabes amar. Odia. Y reinarás. El odio tiene curvadas las espaldas bajo su azote y pasa triunfante sobre estas filas serviles. Las aplasta. Y están felices de serlo. No son más que sádicos, y la tortura es la única caricia que aprecian y que recuerdan. 

Volví a rechazar las palabras satánicas  y me sumergí, en lo que hasta ese momento me abrumaba:

Mis tristezas. De hombre. Todas las pasiones del hombre se han levantado como serpientes encolerizadas silbando sus derechos de existir y Yo las he tenido que sofocar una a una, para subir libremente a mi Calvario.

 

  

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