Archivos diarios: 4/04/12

QUINTO MISTERIO DE DOLOR


CRUCIFIXION Y MUERTE DE JESÚS

(Juan, 19, 16-42)

Dice Jesús:

LA HORA DEL ODIO SATANICO

Juan que era el puro, fue el primero que se libró del influjo satánico, no me dejó y me llevó a mi Madre. Más que Job sumergido en un estercolero, podrido, para ocultar sus llagas; estuve Yo, cuando tomé sobre Mí, TODOS LOS PECADOS DEL Mundo.

Yo era más inocente que un bebé. Y de Mí, ¡SE HORRORIZÓ EL ALTÍSIMO!…  ESTA FUE MI PEOR TORTURA.

Un Diluvio de culpas sobre la Tierra. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable. No me atrevía a levantar los ojos al Cielo y gemía al sentir sobre Mí, el enojo del Padre acumulado en los siglos, además de las culpas por venir…

Cuando fui levantado en la Cruz, Yo ya estaba consumido de sufrimientos.

Mi Agonía comenzó mucho antes y se hizo completa, desde la Oración en el Huerto de Getsemaní. Todo sirvió para atormentar al Hijo de Dios, a vuestro Salvador. Me dislocaron los miembros, dejando al descubierto mis huesos, arrancando mis vestidos y causando a mi Pureza, la mayor de las torturas. Me enclavaron en un madero, levantándome como cordero degollado en garfios del carnicero; aullando alrededor de mi agonía, cual una manada de lobos hambrientos que al olor de la sangre se hacen más furiosos. Suspendido al sol, con tanta fiebre; que me golpeaba las venas, cual si fueran innumerables martillos.

Más no eran éstos los dolores más acerbos. Era la agonía del corazón y del espíritu, lo que más me atormentaba. Y mucho más atormentadora que esa: la certeza de que era inútil mi sufrir, para millones y millones de hombres. A pesar de tal certeza, no disminuyó ni un ápice mi voluntad de padecer por vosotros.

YO COMPRÉ CON MI SANGRE TODAS LAS ALMAS, realizando el pago por anticipado. Yo me di a Mí Mismo, para que vosotros me tuvieseis. ¿Quién puede negarme a Mis Hijos amadísimos?

TRAICIONADO, ACUSADO, VENDIDO, CONDENADO, NEGADO, MUERTO Y ABANDONADO También de Dios, porque sobre Mí estaban los crímenes que había tomado. Me vi más pobre que un mendigo a quien los bandidos hubieran robado. No se me dejó ni siquiera mi vestido, con qué cubrir mi amoratada desnudez de mártir; porque se las repartieron.

Ni siquiera después de muerto dejaron de insultarme. Sumergido bajo el fango de todos vuestros pecados. Arrojado al fondo tenebroso del Dolor. Levantando mis ojos al Cielo sin que nadie respondiese a mi mirada de agonizante, ni a mi última súplica:

DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Parece a veces que Dios abandona. Más no es así; sino que se esconde para que aumente la expiación y concede así mayor perdón. ¿Puede el hombre lamentarse con ira de ello, cuando él abandonó infinitas veces a Dios? ¡Qué de cosas pusisteis en vuestro corazón que no eran Dios!

Imitadme lanzando este grito, con nota de mansedumbre y humildad. Y no de blasfemia y reproche: ‘¿Por qué me has abandonado, si sabes que sin Ti nada puedo? Ven Padre. Ven a salvarme y haz que te sienta Padre…’

Isaías da la razón de tanto dolor: “¡Y con todo eran nuestras dolencias las que ÉL llevaba y nuestros dolores los que soportaba!… Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus Llagas hemos sido sanados.”

Sí. Por vosotros los llevé, para darles dulzura, para aliviarlos, para anularlos.

“Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados” Dice Isaías que con su mirada profética vio al Hijo del Hombre hecho un cuerpo amoratado, para sanar el de los hombres. ¡Si sólo hubiesen sido heridas de mi carne!…

Lo que más me heristeis, fue mis sentimientos y mi espíritu. De uno y otro hicieron el hazmerreír y el blanco. Fui golpeado a través de Judas, en la amistad depositada en vosotros. En la fidelidad, en las negaciones de Pedro. En la gratitud, por medio de los que había sanado y luego gritaron: ¡Crucifícale! En mis sentimientos a través del amor, por la angustia y las ofensas  infligidas a mi Madre. Por la religión, cuando me declararon Blasfemo.

Yo, qué por amor a la causa de Dios me había puesto en manos de los hombres al Encarnarme; padeciendo durante toda mi vida y entregándome a la ferocidad humana sin protestar, ni lamentarme. Hubiera bastado una mirada a mis acusadores, jueces y verdugos; para reducirlos a cenizas. No lo hice porque quise voluntariamente cumplir el Sacrificio como Cordero, pues Soy el Cordero de Dios, para la Eternidad. Me dejé llevar para ser despojado y matado. Para hacer de mi Carne Alimento para daros la Vida.

En todo esto deberíais pensar cuando sufrís. Y comparando vuestras imperfecciones con mi Perfección; mis dolores, con los vuestros;  VEREIS QUE EL PADRE OS AMA MAS QUE A MI EN AQUELLA HORA…

Y POR LO TANTO DEBERIAIS AMARLO CON TODO VUESTRO SER…

COMO YO LO AMÉ A PESAR DE SU SEVERIDAD.

Y con mi Sacrificio de Hombre y de Dios, os engendré a la Gracia; para devolveros a mi Padre y haceros reinar de nuevo: sobre el Mal, sobre las enfermedades y sobre la Muerte.

Compré el Cielo para vosotros. No os fijéis en el suplicio de aquel día; fue menos doloroso, que la resistencia que aun hacéis a mis llamados. Rechazáis mi Doctrina y os negáis a amar y a perdonar. A aceptar la Voluntad de Dios y a obedecer su Ley. No queréis renunciar a vuestro egoísmo y por lo tanto, al no negaros a vosotros mismos; rechazáis la Cruz y así se aumenta vuestro sufrimiento.

¿Cuál amor es más grande que aquel que sabe amar a quién lo tortura? Y sin embargo Yo os he amado así. AMAOS COMO YO OS HE AMADO. El Odio extingue la Luz. Aun el simple rencor, ofusca la paz. Dios es Paz, es Luz, porque Dios es Amor. PERO SI NO AMÁIS COMO YO OS HE AMADO, NO PODRÉIS TENER A DIOS.

Adán y Eva convirtieron al hombre en esclavo de Satanás, que negó a Dios la alegría de ser el Padre, de TODOS los hombres. Yo y mi Madre devolvimos al hombre, la dignidad perdida. Llevamos la Obediencia hasta el heroísmo y amamos cómo ningún otro ha amado.

Eva maldijo a Caín por haber matado a Abel. María sabía que Judas era el Caín de su Jesús y no maldice: ama y perdona llorando al Traidor. Pero judas cerró su corazón a la Gracia y NO QUISO CREER EN EL PERDÓN. Por eso se ahorcó.

Eva cargada de culpa, trasmitió a su hijo cuanto había en ella: Caín nació con un carácter duro, envidioso, iracundo, lujurioso, perverso y soberbio. Negando reverencia a Dios, a quien consideraba su Enemigo. Satanás lo empujaba a burlarse de Dios. Ese germen del Mal, aún se encuentra en el hombre. Y SI NO OS ARREPENTÍS Y NO OS ABRAZÁIS DE DIOS, NO PODRÉIS CAMBIAR, NI VENCEROS.

En la Cruz yo vencí a Satanás y OS DÍ LAS ARMAS PARA VENCERLO. Con mi Muerte, os di la Vida.

Mi Madre también luchó durante tres días y expió por la mujer, que era  la más culpable. Satanás la atormentó con dos llagas sobrepuestas: Mi Muerte y Ella también experimentó el Abandono del Padre; abriendo así  la Tercera Llaga: el terror de faltarle la FE, al atormentarla con la Duda. Si Ella hubiese dudado, habría caído en la Tentación del Demonio y hubiera dicho: ‘No es posible que resucite.’ NEGANDO A DIOS, SE HUBIERA CONVERTIDO EN NADA, TANTA REDENCIÓN. Ella, la Nueva Eva, habría mordido la manzana de la soberbia y habría deshecho la Magna Obra de mi Redención. Al final venció la Tentación más grande:

FUE LA ÚNICA QUE CONTINUÓ CREYENDO QUE YO RESUCITARÍA.

BENDITA SEA POR ESTA FE.

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Oración:

Amado Padre Celestial: Tú que Eres Infinitamente Bueno, Infinitamente Poderoso, Infinitamente Misericordioso; en el Nombre Santísimo de Jesús, te pedimos que llenes nuestro corazón de esa FE, con la que nuestra Benditísima Madre María, venció a Satanás; para que podamos ser verdaderos hijos tuyos, con humildad, mansedumbre y amor. Mensajeros de tu Amor y tu Misericordia. Gracias ABBA. Seas Bendito, Santificado y Alabado por los infinitos siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

CUARTO MISTERIO DE DOLOR II


JESUS CON LA CRUZ A CUESTAS…

Jesús baja los tres peldaños que llevan del Pretorio a la plaza. Inmediatamente se ve que está muy débil, pues sus movimientos son vacilantes. Estorbado por la cruz, que le oprime la espalda llagada. Por la tablilla escrita que se balancea hacia delante y le corta el cuello. Por las diferentes posiciones que toma la cruz al moverse Jesús, para bajar los escalones y por lo áspero del suelo.

Los sacerdotes y los judíos, ríen al ver que se bambolea como un ebrio. Gritan a los soldados:

–                       Pegadle. Hacedlo caer. ¡Al polvo, el blasfemo!

Los soldados cumplen solo con lo que deben y ordenan a Jesús que se meta a la mitad del camino y que avance. Longinos espolea su caballo y el cortejo se pone en marcha lentamente.

Longinos quisiera hacerlo más rápido, tomando el camino más corto que lleva al Gólgota; porque no está seguro de la resistencia de Jesús. Pero la chusma de judíos, no es del mismo parecer. Los más astutos se han adelantado hasta el cruce donde la calle se bifurca, una hacia las murallas y la otra hacia la ciudad. Y arman confusión cuando ven que Longinos trata de tomar el camino hacia la muralla.

Furiosos gritan:

–                       ¡No puedes hacerlo! ¡No puedes hacerlo! ¡Es ilegal! La Ley dice que los condenados deben ser vistos por la ciudad donde pecaron.

Por amor a la tranquilidad, Longinos da vuelta por la calle que va a la ciudad y avanza un poco, pero hace señal a un decurión de que se le acerque y le da órdenes en voz baja. El oficial va rápido y transmite la orden a cada jefe de decuria…

Luego regresa  y rinde parte.

Jesús camina jadeando. Cada hoyo de la calle es una trampa para su pie vacilante y un tormento para su espalda llagada, para su cabeza coronada de espinas, sobre la que cae un sol ardiente, que de vez en cuando se esconde tras un montón de nubes plomizas. Jesús está congestionado por la fatiga, la fiebre, el calor. La luz del sol y el ruido de la gente lo hieren y lastima sus oídos… Cierra un poco sus ojos; pero tiene que abrirlos, porque tropieza con piedras y hoyos. Cada tropiezo le causa dolor, porque la cruz se mueve bruscamente e incrusta la corona de espinas. La llaga de la espalda se hace cada vez mayor y el dolor aumenta.

Los judíos ya no pueden pegarle directamente, pero le siguen lanzando piedras y palos. Las pedradas en las plazuelas y los palos en las vueltas, por las callejuelas que suben y bajan con escalones, en las cuales el cortejo se hace más lento. No les importa desafiar las lanzas romanas, con tal de herir a Jesús.

Los soldados lo defienden como pueden.

Pero al hacerlo lo golpean; porque las lanzas que blanden al aire son largas, lo alcanzan y lo hacen tropezar. Llegados a un determinado punto, los legionarios hacen una maniobra impecable y pese a los gritos y amenazas; el cortejo toma bruscamente por una calle va derecho a las murallas. Es de bajada y acorta el camino al lugar del suplicio.

Jesús jadea mucho más. El sudor le baña el rostro, junto con la sangre que le brota de las heridas causadas por la corona de espinas. El polvo se le adhiere al rostro sudado y lo mancha con huellas extrañas; porque todavía sopla el viento, con rachas a intervalos que arrastran consigo inmundicias; que le pegan en los ojos y en la garganta. En la Puerta Judiciaria, se ha reunido mucha gente. Un poco antes de llegar allí, la intervención pronta de un soldado sobre el que está a punto de caer, impide que Jesús caiga en tierra.

La gentuza a carcajadas le grita:

–                       ¡Déjalo! A todos decía: ‘Levántate’ Que Él se levante ahora.

Más allá de la Puerta, está el torrente del Cedrón con su puente. Otra fatiga más para Jesús que al caminar sobre esas vigas mal unidas, sobre las que rebota con mayor fuerza la Cruz, aumenta aún más su ya infinito Dolor. Y una nueva ocasión para que los judíos puedan arrojar sus proyectiles. Las piedras del riachuelo vuelan por el aire y lo golpean. Avanzan un poco más y…

Empieza la subida del Calvario.

Un camino desnudo, sin una pizca de sombra. Empedrado con piedras separadas y que directamente empieza a elevarse. El corazón de Jesús ya no funciona bien… Primero por el atroz sufrimiento moral;  el bárbaro sudor de sangre y la brutal flagelación. Su tormento aumenta al subir, llevando consigo el considerable peso de la Cruz…  Se topa con una piedra saliente y cómo va muy agotado, tropieza con ella…  Cae sobre la rodilla derecha…

Pero logra levantarse con la mano izquierda. La chusma grita de alegría… Avanza siempre más; inclinado y jadeante…  Congestionado y calenturiento…

La tablilla que lleva delante le estorba la vista. El vestido… al caminar más encorvado le impide avanzar. Nuevamente tropieza y cae de rodillas…

 

Hiriéndose de nuevo donde ya antes se había herido. La Cruz que se le escapa de las manos, cae golpeándolo duramente en la espalda. Lo obliga a agacharse para levantarla…

Y vuelve a ponérsela nuevamente sobre la espalda… Al hacer esto, se ve claramente, la llaga que la Cruz le ha formado con el roce y que le ha abierto las muchas llagas que le produjeron los azotes y que han formado una sola… de la que brotan suero y sangre… De tal modo que la túnica blanca está totalmente manchada en esa zona. La gentuza aplaude de alegría al verlo caer de ese modo tan miserable…

Longinos grita que se den prisa. Jesús parece que estuviera ebrio de Dolor. Pega contra una u otra hilera de soldados. La gente ve y grita:

–                       Se le ha subido a la cabeza su Doctrina. ¡Mira!…  ¡Mira como tropieza!…

Los sacerdotes y escribas, maliciosamente se ríen y dicen:

–                       No. Son los banquetes en la casa de Lázaro, que todavía le hacen efecto. ¿Eran sabrosos? Ahora come nuestra comida…

Longinos se compadece de Jesús y ordena que se detengan por unos minutos.  Lo insulta tanto la plebe, que el centurión Octavio ordena  a sus soldados atacar…

Al ver las lanzas que brillan amenazantes; los cobardes salen huyendo para todas partes. Y quedan  solo unos pocos discípulos fieles a Jesús. Que acongojados, desconcertados, afligidos y polvorientos; llaman con la fuerza de su mirada, a su Maestro.

Son los pastores… Jesús voltea. Los ve…  Los mira detenidamente, como si fueran caras de ángeles. Parece que hubiera recibido un refrigerio que calme su sed y le hayan dado fuerzas con sus lágrimas… Sonríe…

Se da la orden de volver a caminar.  Jesús pasa ante ellos y hasta sus oídos llegan sus gemidos. Fatigosamente dobla su cabeza, bajo el yugo de la Cruz y nuevamente sonríe…

Sus consuelos. Diez caras. Una parada bajo el sol abrasador…

Después viene el Dolor de la Tercera y completa Caída. Esta vez no es porque haya tropezado; sino porque perdió las fuerzas al sufrir un síncope. Cae cuán largo es. Pegando su rostro contra las baldosas y bajo el peso de la Cruz que le ha caído encima. Los soldados tratan de levantarlo; pero parece como si estuviera muerto.

Van a avisar al centurión. Mientras van y vienen, Jesús vuelve en Si… Y lentamente con la ayuda de dos soldados, de los que uno ha levantado la Cruz y del otro; que lo ayuda a ponerse de pie. Se coloca en su lugar; pero está completamente agotado.

La gentuza grita:

–                       Procurad que no muera más que en la Cruz.

Los sacerdotes y los Escribas dicen a los soldados romanos:

–                       Si lo hacéis morir antes, responderéis ante el Procónsul. Tenedlo muy en cuenta. El reo debe llegar vivo al suplicio.

Los legionarios los fulminan con la mirada; pero su disciplina no los deja hablar. Longinos piensa como los judíos; que Jesús puede morir en el camino…  Y quiere evitarse dificultades. Conoce su deber de Jefe de la Ejecución y provee de un modo que desorienta a los judíos. Ordena emprender el largo camino que sube en espiral por el monte y que es menos escarpado.  Este sendero es más largo; pero más frecuentado, por ser menos pesado. La gente que sigue a Jesús, aúlla de rabia, al ver desvanecerse su deseo de no perderse ni un jadeo; ni un gesto de dolor del Sentenciado.

Jesús llega hasta donde están el grupo de mujeres que aunque por sus atuendos, se ve que son ricas…  Lloran abiertamente y se inclinan profundamente en señal de saludo. Luego, valerosamente avanzan. Los soldados intentan detenerlas; pero una se levanta rápidamente el velo y algo dice…  Es Claudia Prócula… Cuando la reconocen, la dejan pasar inmediatamente.

Se acercan a Jesús llorando…  Se arrodillan a sus pies diciendo:

–                       Maestro te amamos. Tú Eres Dios…

Él se detiene jadeante… Y sin embargo les sonríe…

Una de ellas es Juana de Cusa. Tiene en su mano una jarra de plata y la ofrece a Jesús; que jadea tanto que aunque quisiera; ya no puede beber. Con la mano izquierda se seca el sudor y la sangre que le cae en los ojos y corre por sus mejillas amoratadas y el cuello; en el que se notan las venas hinchadas por el esfuerzo del corazón; hasta que le empapa todo el pecho. Otra mujer, trae consigo a una joven criada, con  pequeño cofre… Lo abre y saca un lino finísimo. Es cuadrado. Lo ofrece al Redentor que lo toma.

Y como no puede hacerlo con una sola mano; la compasiva mujer lo ayuda, procurando no moverle la corona. Jesús oprime el fresco lino, sobre su pobre rostro como si encontrara en él un gran consuelo. Y lo mantiene así por unos momentos. Devuelve el lino y dice:

–                       Gracias Juana. Gracias Nique. Sara, Marcela, Elisa, Lidia, Ana, Valeria y tú,…  Claudia… Pero no lloréis por Mí,…  hijas de Jerusalén. Sino por los pecados…  Los vuestros y por los de ellos… De vuestra ciudad… Bendice Juana,… de no tener más hijos… Mira… Es piedad de Dios… No tener más hijos… Vosotras madres,… llorad por vuestros hijos… Porque esta hora… no pasará sin castigo… Y… ¡Qué Castigo!… Así es para el Inocente…  Lloraréis…. de haber concebido y de tener… todavía vivos los hijos…  Las madres… de aquella hora… Llorarán,… Porque en verdad… os digo, que… será afortunada… quien en ese entonces… caiga bajo los escombros… Os bendigo… Idos a casa… Rogad por Mí…

En medio de clamores, de llantos y de injurias de los judíos; Jesús emprende de nuevo el camino…

Nuevamente está bañado de sudor. También los soldados y los otros dos que van al suplicio, sudan. Porque el sol de un día que amenaza tempestad, cae como fuego ardiente. ¿Qué no sentirá Jesús, con su vestido de lana que le dio Herodes y que trae sobre los azotes?… Pero no lanza ni un lamento. Pese a que el camino es menos pendiente y no hay las piedras sueltas que había en el otro; tan peligrosas para sus pies que va arrastrando; Jesús vacila cada vez más. Yéndose contra una o contra otra fila de los soldados; camina siempre más encorvado.

Piensan que podrán ayudarle atándolo con dos cuerdas a la cintura, para poder sostenerlo. Lo logran, pero no le quitan el peso. Las cuerdas al dar contra la Cruz, la mueven continuamente sobre la espalda y mueven también la corona que ha herido la frente de Jesús, que parece un tatuaje sangriento. Además, los lazos le restriegan la cintura, donde hay tantas heridas que de nuevo se abren, pues la túnica blanca se tiñe de rojo. Por quererlo ayudar, lo hacen sufrir más…

Continúa el camino. Da vuelta al monte y se encuentran a María y a Juan. Hay sombra detrás del declive del monte y Juan la ha llevado allí para protegerla del sol y hacer que descanse un poco. María está de pié, apoyada contra la tierra. Pálida como un cadáver, agotada, jadeante. Con su vestido azul oscuro, casi negro. María y Martha, las hermanas de Lázaro; junto con las demás mujeres, están en medio del camino y espían si llega el Salvador.

Al ver a Longinos, corren a avisarle a María. Ella, sostenida por Juan se separa del monte y espera…

El centurión, desde lo alto de su caballo, mira la palidez de María, muy majestuosa en su Dolor. Y a su rubio y joven acompañante, que tiene también los ojos azules y está tan pálido como Ella. Mueve la cabeza al pasar, seguido de sus once de a caballo.

Cuando pasan los de infantería, María valerosamente trata de pasar entre ellos para alcanzar a su Hijo; pero empiezan a llover piedras y los legionarios la rechazan con las astas. Son los judíos que protestan por tanta compasión y gritan:

–                       ¡Pronto! ¡Pronto! ¡Mañana es Pascua! Hay que acabar esta misma tarde. ¡Cómplices! ¡Befadores de nuestra Ley! ¡Opresores! ¡Muerte a los invasores y a su Mesías! ¡Lo aman! ¡Eh, cómo lo aman! ¡Os lo regalamos! ¡Metedlo en vuestra maldita urbe! ¡Os lo damos! ¡No lo queremos! ¡La carroña a las carroñas! ¡La lepra a los leprosos!

Longinos pierde la paciencia, da órdenes. Espolea su caballo seguido por diez lanceros contra la chusma que insulta y otra vez huye. Cuando hace esto, ve una carreta parada que había subido hasta allí. Es de las huertas que hay en la falda del monte y que está esperando con su carga de verduras a que pase la multitud, para ir a la ciudad.

La conduce un hombre como de unos cuarenta años, que junto con dos hijos que están recostados en el montón de verduras, miran y se ríen de los judíos que salieron huyendo.

Longinos lo mira, piensa y le ordena:

–                       ¡Oye! ¡Ven aquí!

Es un hombre de Cirene que finge no oír. Pero con Longinos nadie juega. Repite la orden en tal forma, que el cireneo deja las riendas del borrico a uno de sus hijos y se acerca al centurión.

Longinos le pregunta:

–                       ¿Ves a ese hombre?

Y al hacerlo se vuelve para señalar a Jesús. En ese momento, ve que María suplica a  los soldados, que la dejen pasar. Siente compasión y grita:

–                       ¡Dejadla pasar!  -y volviéndose hacia el cireneo, agrega-  No puede seguir así… Tú estás fuerte. Toma su Cruz y llévasela hasta la cima.

El hombre objeta:

–                       No puedo. Tengo el asno. Es asustadizo… Los muchachos no pueden sujetarlo…

Longinos le replica severo:

–                       Ve, si no quieres perder el asno y que se te den veinte azotes.

El hombre no se opone más. Grita a los muchachos:

–                       ¡Volved a casa y pronto! Decid que no tardo en regresar…

Y va donde está Jesús…

Llega en el momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre, a la que acaba de ver, ahora que Ella se ha acercado. Porque camina tan inclinado y con los ojos casi cerrados; como si estuviese ciego. Grita:

–                       ¡Mamá!

Es la primera palabra que manifiesta su dolor desde que está sujeto a Padecer. En ese grito están todos y cada uno de sus dolores del alma; de su corazón; de su cuerpo. Es el grito agudo y destrozado del niño que muere solo. Entre verdugos. En medio de los peores tormentos… Que tiene miedo hasta de su propio aliento. Es el lamento de un niño que delira, aterrorizado por visiones horrorosas…

Busca su Madre para que con su beso fresco, calme el ardor de la fiebre y para que con su voz ahuyente los fantasmas…  Para que su abrazo haga menos terrible la muerte… Para que con su presencia reciba la fuerza que necesita, para sufrir el Sacrificio final…

María se lleva la mano al corazón, como si hubiese recibido una puñalada. Se le ve que levemente vacila. Pero se recupera pronta, apresura el paso y con los brazos tendidos hacia su Hijo, grita:

–                       ¡Hijo!

Lo dice en tal forma, que solo el que tenga corazón de hiena, puede permanecer impasible.

Hasta los romanos se conmueven. Y eso que son hombres con cicatrices en sus cuerpos… Acostumbrados al  horror y a la violencia de la guerra, a las armas, a la muerte… Estas palabras que los estremecen, son las mismas para todos, en todos los idiomas. Donde quiera que se digan hacen nacer sentimientos del amor y la ternura más sublimes…

El Cireneo también se estremece. Como ve que María no puede abrazar a su Hijo, pues aunque levemente lo tocara, sería una tortura, Ella se abstiene. Los sentimientos más santos tienen un pudor profundo. Buscan que se les respete o que se les compadezca. No que se les burle o que se les mire con curiosidad. Se miran… Y sólo ambos corazones angustiados, se besan… En medio de la Ira del Viernes Santo; María se ha encontrado con su Hijo, en aquel cruce del Gólgota.

Las palabras: ¡Mamá! e ¡Hijo! Encierran un significado que solo ellos conocieron… Están rodeados de la Blasfemia; de la Crueldad, del Desprecio, de la Curiosidad. Resulta inútil frente a estas cuatro Furias, hacer manifestación alguna de sus corazones con sus latidos más santos. Se abalanzarían sobre ellos, para herirlos aún más; porque cuando los hombres llegan al colmo del mal; son capaces de cualquier delito no solo contra el cuerpo; sino contra la mente y los sentimientos de sus semejantes.

Se miran…

Jesús, que acaba de hablarles a las mujeres compasivas instándolas a que lloren por los pecados del mundo; no hace sino mirarla fijamente, a través de los velos del sudor, del llanto, del polvo y de la sangre; que forman una costra en sus párpados… Él sabe que María ruega por el mundo y que Ella hubiera querido volcar el Cielo en su auxilio aliviándole no el suplicio; pues éste debe cumplirse en virtud de un decreto eterno. Sino la duración del mismo. Lo hubiera querido aún a costa de un martirio de toda su vida. Pero se ve impotente. Es la Hora de la Justicia. Él sabe que Ella le ama más que nunca y Ella a su vez sabe cuánto le ama Él. Y que más que el velo de la piadosa Verónica y que cualquier otra asistencia, le consolaría tanto un beso de su Madre. Pero hasta esta tortura es precisa para redimir las culpas del desamor.

Sus miradas se encuentran. Se enlazan y se apartan, lacerando sus corazones…

El cortejo emprende de nuevo la marcha, al empuje del pueblo enfurecido y que los separa, haciendo a un lado a la Virgen contra el monte, expuesta a que ahora se burlen también de Ella…

Y la chusma zarandea y lleva a empellones a la Víctima hacia su altar…   Ocultándola de la otra Víctima que ya se encuentra sobre el Altar del Sacrificio: la Madre Dolorosa.

Ahora detrás de Jesús camina el Cireneo con la Cruz. Él, libre del peso camina mejor. Jadea fuertemente. Como ya no trae las manos ligadas,  se lleva con frecuencia la mano derecha a la región esterno-cardiaca como si tuviese una herida y un gran dolor en el corazón. Se echa los cabellos, empapados de sangre y de sudor, hacia las orejas; para sentir el aire sobre su rostro lívido. Se desata el cordón del cuello, porque le molesta para respirar… Los pies de Cristo, que tanto caminaron sobre el suelo de Palestina para hacer el Bien, ahora lo sienten más áspero e ingrato para su caminar;  por la mala voluntad humana. Más que las piedras, lo golpean el odio, la maldad, la ira, la violencia y la destrucción…

María se ha hecho a un lado, con las mujeres. Sigue el cortejo, una vez que ha pasado. Luego por una vereda, se dirige a la cima del monte; desafiando los insultos de la plebe enfurecida. Como Jesús está ya libre, el último tramo que faltaba, se hace más pronto. Ya están cerca de la cima llena de gente vociferante…

Longinos se detiene y da orden de que a todos sin excepción los echen para abajo, para que la cima, lugar de la ejecución, quede totalmente libre. La mitad de la centuria cumple sus órdenes empleando sus lanzas. Bajo la granizada de golpes y palos, los judíos son desalojados. Quieren quedarse en la explanada que hay abajo; pero los que están allí no lo permiten y se arma una gran riña… Todos parecen haber enloquecido.

El Calvario en su cima tiene la forma de un trapecio irregular. Sobre esta explanada hay tres agujeros profundos, cubiertos con ladrillos o pedazos de pizarra. Cerca hay piedras y tierra para reforzar las cruces. Otros agujeros están llenos de piedras. Es evidente que según el número de los sentenciados, es como se abren los hoyos…  Los soldados que arrojaron a la gente de la cima; usando la fuerza, calman la pelea que entre sí han trabado los judíos y abren paso para que el cortejo continúe su marcha sin dificultad. Forman una valla, mientras los tres sentenciados, rodeados de jinetes y protegidos por detrás por la otra media centuria; llegan hasta el punto donde deben detenerse: a los pies de la plataforma natural que es la cima del Gólgota.

Aquí están las Marías y las otras mujeres. Los pastores que lucharon contra los judíos que querían expulsarlos, pero su fuerza que duplica el amor y el dolor, los hizo vencer. Han formado un semicírculo libre, contra el que los cobardes judíos sólo se atreven a lanzar amenazas de muerte y enseñarles los puños. Porque los bastones de los pastores son gruesos y pesados… La fuerza de sus músculos ya la probaron y resultó ser mucho mayor de lo que pudieron imaginar. Se necesita un valor extraordinario para quedarse allí y desafiarlo todo; aunque sean pocos y se les tome por galileos seguidores del Rabí Galileo. Es el único lugar del Calvario, donde no se maldice a Jesús.

Los tres lados que bajan a la hondonada sin ninguna escarpadura, están llenos de gente. No se distingue el suelo amarillento. Bajo los rayos del sol, la multitud da la impresión de ser un prado florido, de corolas de todos colores; ¡Tan apretados se ven los capuchos y los mantos! Más allá del riachuelo, por el camino se ve más gente y también más allá de las murallas. El resto de la ciudad está vacío y silencioso; todos están aquí. Todo el amor y todo el Odio. Todo el silencio que ama y perdona. Toda la maldad que odia y maldice.

Los encargados de la ejecución preparan sus instrumentos y limpian bien los hoyos. Los sentenciados esperan en el centro. Los judíos que se han refugiado en el rincón opuesto a donde están las Marías, las insultan y especialmente a la Madre de Jesús:

–                       ¡A la muerte los Galileos! ¡A la muerte, galileos malditos! ¡A la muerte, el Galileo blasfemo! ¡Clavad también en la Cruz al seno que lo llevó! ¡Mueran las víboras que paren demonios! ¡A la muerte las rameras de Satanás! ¡A la muerte! ¡Limpiad a Israel de las mujeres que se unen a los machos cabríos!…

Longinos que ha bajado del caballo, mira a la Virgen… Y ordena callar aquella gritería. La media centuria que estaba detrás de los condenados y que es comandada por Octavio, ataca la chusma y limpia la plazoleta, mientras los judíos escapan por el monte, pisoteándose unos a otros. Los soldados de la caballería, bajan de sus monturas y los llevan a la sombra.

El centurión Octavio, baja de su caballo y se dirige a la cima. Juana de Cusa lo detiene. Le da una jarra de plata y una bolsa. Luego regresa al ángulo de la plataforma, donde estaba. Y se junta con las otras discípulas.

Arriba todo está listo. Se hace subir a los sentenciados. Jesús pasa otra vez cerca de su Madre… A María se le escapa un gemido que Ella misma trata de sofocar, llevándose el manto a la boca. Al ver esto, los judíos se carcajean y se burlan de Ella… El manso Juan que con un brazo sostiene a María, vuelve la cabeza hacia ellos con una mirada feroz…

En cuanto los sentenciados están sobre el cadalso, los soldados rodean la plazoleta por los tres lados. Solo queda vacío el que está escarpado.

El centurión Longinos,  ordena al Cireneo que se vaya, pero él prefiere quedarse y se va con los galileos a compartir con ellos los insultos que están recibiendo y manifestando así una adhesión silenciosa a los fieles a Jesús.

En medio de maldiciones, los ladrones echan al suelo sus cruces.

Jesús está silencioso.   El Camino Doloroso, ha terminado…

*******

Oración.

Amado Padre Celestial:

Gracias Abba, por darnos a Jesús. Bendito y Alabado seas eternamente por tu Bondad. Llénanos de fortaleza y amor, para saber negarnos a nosotros mismos y aceptar con amor y humildad, las pruebas de la cruz de nuestra vida particular. Danos por favor, todo lo que nos vas a pedir, junto con la sabiduría necesaria para reconocerte y amarte a través de las lágrimas. Y funde nuestra voluntad en la Tuya y nuestro corazón con el tuyo, para amar como Tú quieres que lo hagamos. Amén.

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

CUARTO MISTERIO DE DOLOR I


JESUS CON LA CRUZ A CUESTAS…

Jesús ha sido llevado al atrio.

Pilatos dice:

–           ¡Bueno! Dejad que se vaya. Es un acto de justicia.

La multitud ruge:

–           ¡No! A la muerte. ¡Crucifícalo!

–           Os entrego a Barrabás.

–           ¡No! ¡Al Mesías!

–           Si es así, tomadlo vosotros. Yo no encuentro ninguna culpa en ÉL.

–           ¡Dijo que es Hijo de Dios! Nuestra Ley castiga con la muerte al reo de semejante blasfemia.

Pilatos se queda pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta sobre su silla. Se pone una mano sobre la frente y el codo sobre la rodilla. Mira atentamente a Jesús. Luego le ordena:

–           Acércate.

Jesús se acerca hasta la tarima.

Pilatos le pregunta:

–           ¿Es verdad? Respóndeme.

Jesús guarda silencio.

–           ¿De dónde has venido? ¿Qué es Dios?

Jesús contesta con dulzura:

–           El Todo.

–          ¿Y luego? ¿Qué quieres decir con el todo?  ¿Qué cosa es el Todo para quién muere? Estás loco… Dios no existe. Yo lo soy.

Jesús no replica. Ha pronunciado su Palabra Salvadora y se encierra en el silencio.

El tribuno se acerca y le dice:

–           Poncio, la liberta de Claudia Prócula te pide permiso para entrar.  Trae un recado para ti.

Poncio exclama:

–           ¡Oh, no! ¡Ahora las mujeres! Que venga.

Entra la romana. Se arrodilla. Le presenta al Procónsul, una tablilla encerada en la que Claudia le pide a su marido, que no condene a Jesús. La mujer se retira de espaldas, mientras Pilatos la lee… Luego el Gobernador dice a Jesús:

–           Se me aconseja que evite tu muerte.  ¿Es verdad que Eres más que un arúspice? Me infundes miedo…

Jesús no contesta.

Pilatos cuestiona:

–           ¿Pero no sabes que tengo poder para dejarte libre o para mandarte a la crucifixión?

Jesús dice:

–           No tendrías ningún poder, si no se te hubiese concedido de lo Alto. Por eso, quién me ha puesto en tus manos, es más culpable que tú.

–           ¿Quién es? ¿Tu Dios? Tengo miedo…

Jesús no responde.

Pilatos está en ascuas. No sabe qué hacer. Teme al castigo de Dios. Teme al de Roma.  Al de los vengativos judíos. Por un momento gana el temor de Dios y grita:

–           ¡No es culpable!

Los príncipes de los sacerdotes lo amenazan:

–           Si lo proclamas, eres enemigo de César. Quién se hace rey es enemigo suyo. Tú quieres libertar al Nazareno. Se lo notificaremos a césar.

Pilatos es presa del temor humano.

–           En una palabra. ¿Queréis que le mate o no? Que se haga. Pero que la sangre de este justo, no se le busque en mis manos.

Como poseídos por un frenesí, los judíos exclaman:

–           ¡Qué se le encuentre en las nuestras! ¡Qué caiga sobre nosotros y nuestros hijos! No le tenemos miedo. ¡A la Cruz! ¡Ala Cruz! ¡Crucifícalo!

Poncio ordena que le traigan una jofaina.  Se lava las manos delante del pueblo y luego regresa a su silla. Llama al centurión Longinos y a un esclavo. El esclavo le trae una tablilla sobre  la que pone un anuncio y ordena que se escriba:

“Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”

Lo muestra al pueblo

Los príncipes de los sacerdotes protestan:

–           ¡No! ¡No así! ¡No Rey de los judíos! Sino que se dijo que sería rey de los judíos.

Pilatos responde secamente:

–           Lo que escribí. Escrito queda.

Y de pie, con la palma vuelta hacia el frente, ordena a Longinos:

–           Que vaya a la Cruz soldado. Ve. Prepara la cruz.

Y pronuncia la sentencia:

“¡Ibis ad Crucem! I, miles expedí Crucem.”

(¡Va a ir a la Cruz!)  (A un soldado la cruz del problema)

Y baja del Pretorio sin voltear a ver ni a la gente que mete confusión, ni al Hombre que ha condenado. Sale del atrio y se retira a su palacio.

Jesús queda en el centro del atrio de la Torre Antonia, bajo la custodia de los soldados, en espera de la Cruz…

Detrás de la columna, Juan se cubre la boca para ahogar un grito de dolor… Es hora de ir por la Madre. Y se va rápido…

Dice Jesús:

La culpa cometida por el hombre, debía ser expiada por un hombre y por eso Dios tuvo que ser un Hombre, engendrado por una mujer; para rescatar al hombre.

Aun después de hacerlo así, de vivir treinta y tres años sobre la tierra; de comprobar históricamente mi existencia, os cuesta tanto tener fe en Mí. Me tenéis, porque María aceptó beber treinta y tres años antes, un cáliz de amargura. Su agonía duró treinta y tres años y terminó al pie de la Cruz. Por vosotros soportó la burla de la gentuza que la llamó madre de un demente y un poseído. Ella sufrió lo indecible. Yo le doy todo Gozo. Lo más difícil para Mí fue hacerla sufrir a Ella, que no era merecedora del Dolor y llevarla como mansa ovejita al suplicio. En el borde de la copa que bebí, entre sudores y sangre, encontré el sabor de los labios de mi Madre y el amargor de su llanto, estaba mezclado con la hiel de mi sacrificio.

El Abandono del Padre, el Dolor de mi Madre, la Traición del Amigo, en donde se compendiaban todas las traiciones futuras; HE AHÍ LOS DOLORES MÁS CRUELES, DE MI TORMENTO DE REDENTOR.

Yo, el Hombre; tuve que padecer por causa de las cosas, además de las personas. Los hombres me insultaron y atormentaron. Las cosas fueron sus instrumentos. Los pies del hombre se hicieron veloces para ir a capturarme; para arrastrarme por las calles, para darme puntapiés. La boca del hombre que debía haber pronunciado solo alabanzas y bendiciones; barbotó blasfemias, mentiras, injurias contra mi Persona. 

La inteligencia del hombre, signo de su Origen celestial, no dejó ningún resquicio para buscar con qué atormentarme. Y el hombre empleó todo su ser para atormentar al Hijo de Dios. No dudó en pedir auxilio a la tierra para torturarme.

Empleó las piedras como proyectiles para herirme. Las ramas de los árboles para azotarme. Las sogas para arrastrarme. Las espinas para que fueran mi corona. El hierro, para que fuera mi azote. Una caña para que fuera mi cetro y las piedras flojas del camino, para que no encontrase Yo un apoyo seguro a mis pies, que se doblaban, lacerados y agobiados por el peso de la Cruz.

Yo tenía tanto daño en los pulmones y en el diafragma; que cada respiración, cada movimiento, cada pulsación; eran un dolor añadido a otro dolor. Y no estaba en un lecho, sino agobiado por un peso y sobre unas calles cuesta arriba. A los elementos terrenales se unieron los del cielo. El frío del alba hirió mi cuerpo agotado, el aire golpeaba mis heridas y las esparcía con polvo y moscas. El sol las quemaba y ofuscaba mis ojos con sus resplandores. El cuero se convirtió en flagelo. La lana que es tan suave, se adhirió a mis heridas, de modo que cualquier movimiento, era un nuevo dolor.

Todo sirvió para atormentar al Hijo de Dios. Lo que fue creado por Él, en los momentos en que se convirtió en la Hostia de Dios, se convirtió en su enemigo; haciéndolo cómplice de los tormentos infligidos a su Salvador. Dislocándome los miembros, dejando al descubierto mis huesos, arrancando mis vestidos y causando a mi Pureza, la mayor de las torturas. 

Vestido con la púrpura de mi sangre fui presentado al pueblo, para conmoverlo. Pero fue peor. Y arrastrado como un delincuente, en medio de Blasfemias y diversos proyectiles, fui conducido al Calvario.

Cuando en la Ira de Aquel Viernes Santo, en un cruce que llevaba al Gólgota, me encontré con mi Madre, no salieron de nuestros labios otras palabras que: ¡Mamá! ¡Hijo!. Estábamos rodeados de la Blasfemia, la Crueldad y el Odio. Nos miramos. Acababa de decir a las mujeres compasivas, que llorasen por los pecados del Mundo. Yo sabía que Ella rogaba por el Mundo y qué no hubiese dado por aliviarme de aquel martirio. Pero estaba impotente. ERA LA HORA DE  LA JUSTICIA. ¡Cómo me hubiera consolado un beso de mi Madre!

Pero hasta esta tortura era precisa, para redimir las culpas del desamor. Nuestras miradas se encontraron, se enlazaron y se apartaron, lacerando nuestros corazones y después la plebe me zarandeó y me llevó a empellones al Altar de mi Sacrificio.

Sufrí al verme befado, odiado, calumniado, rodeado de curiosidad malsana. Padecí las mentiras de las personas que estaban a mi lado, las de los hipócritas fariseos, las de los que curé y se convirtieron en mis enemigos en la sala del Sanedrín, en el Pretorio, las de Judas que culminaron en un Beso de Amistad. Y las de Pedro, que mentía por temor humano. ¡Cuántas mentiras que me herían a Mí, que Soy la Verdad! ¡Y cuántas hoy en día se me dirigen! Afirmáis amarme, pero no es así. Tenéis mi Nombre en los labios; pero en vuestro corazón adoráis a Satanás y seguís una ley contraria a la Mía. 

Sufrí al pensar que ante el Valor Infinito de mi Sacrificio de Dios, muy pocos se salvarían. Todos los que en el correr de los siglos, preferirían la muerte a la Vida Eterna y de este modo convierten mi sacrificio en algo estéril. A éstos, también  los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte.

¡Oh, pequeños míos que creéis en Mí! Os digo; sed buenos en vuestra pequeña pasión. ¡Es tan pequeña, comparada con la Mía! Tened caridad que se derrama humilde y generosa, hasta sobre los culpables; como hice Yo en la Última Cena. Fundíos totalmente en la Voluntad de Dios, como hice Yo en el Getsemaní. Tened saludos de amistad para los Judas. Tened el heroísmo del silencio en las ofensas y del hablar a su debido tiempo; como hice Yo en el Sanedrín y en el Pretorio o en las salas infames del palacio de Herodes. Tened solícita premura para someteros a los tormentos y cargaros con vuestro dolor; como la tuve Yo sometiéndome a la Flagelación y abrazando la Cruz.

Tened constancia en la subida, por más que la Cruz os agobie y no os desaniméis, si la debilidad os hace caer. Os recuerdo que mis caídas fueron tanto más graves, cuanto más cercana tenía la meta. Para daros a entender que los tropiezos que pone Satanás; son tanto mayores, cuanto más se acerca el alma al Altar del Sacrificio, que la convierte en Hostia semejante a Mí. Levantaos y proseguid. Dios sabe distinguir las caídas y es Padre que levanta a los que caen, no por malicia; sino por debilidad de creaturas y tropiezo de Satanás.

Tened desapego absoluto y absoluto despojo, hasta de las cosas más lícitas. Igual que Yo, que me aparté de la Madre; me despojé de los vestidos y renuncié a la Vida. 

Y perdonad. Perdonad a quienes piensan distinto a vosotros y quieren lo que vosotros no queréis; cómo Yo perdoné a los jefes del Sanedrín que quisieron mi muerte para reinar ellos solos. Pensad que se castigan ellos mismos, al querer aquello que no los hará felices y que necesitan vuestro perdón para su consuelo, cuando reconozcan su error. No pongáis límites a estas mis palabras. Sirven para todos los tiempos y en todas las circunstancias. Porque siempre, allá donde haya un maestro y discípulos, habrá igualmente un pequeño Cristo, rodeado de discípulos y odiado por el mundo.

Permaneced ahora y siempre. Y descienda sobre vosotros, la Bendición de mis Manos Traspasadas.

La sentencia ha sido dictada.

Longinos, encargado de presidir la ejecución, da sus órdenes.

Antes de que Jesús sea sacado a la calle para recibir la Cruz y ponerse en camino; Longinos  lo ha mirado varias veces con una curiosidad impregnada de compasión. Y con la experiencia de alguien que conoce ciertas cosas…  Se acerca a Jesús con un soldado y le ofrece una copa con un líquido que vacía de una cantimplora militar diciéndole:

–           Te hará bien. Haz de tener sed. Afuera hace sol y el camino es largo.

Jesús responde:

–           Dios te pague tu compasión. Pero no te prives de ello.

Longinos dice:

–           Yo soy sano y fuerte. Y Tú…  No me privo. Y luego… Lo hago gustoso con tal de darte algún consuelo. Toma un sorbo para mostrarme que no odias a los paganos…

Jesús no rehúsa más y toma un sorbo. Cómo tiene las manos desligadas, pues ya no tiene la caña, ni la clámide. Lo hace por Sí Mismo. No bebe más, a pesar de que la bebida está fresca y es buena. Que le ayuda para la fiebre que se nota ya en las estrías rojizas de sus pálidas mejillas. Y en sus labios secos y agrietados…

Longinos lo anima:

–           Toma. Toma. Es agua con miel. Ayuda. Quita la sed. Siento compasión por Ti, de veras. Tú no eres el hebreo a quién se debía matar. ¡Bueno! Yo no te odio…  Y procuraré hacerte sufrir lo menos posible.

Jesús no bebe más. Realmente tiene sed. La sed de los desangrados y calenturientos. Sabe que no es una bebida narcotizada y de buena gana bebería; pero no quiere disminuir su sufrimiento porque quiere expiar completamente y devolver más sanos a los hijos al Padre Celestial. Y más que el agua con miel, lo consuela la compasión del romano.

Jesús le dice:

–           Dios te pague este consuelo con bendiciones.

Y trata de sonreírle con su boca hinchada, herida; que dolorosamente se cierra, porque entre la nariz y el pómulo derecho, se está hinchando cada vez más la parte donde le golpearan con el asta en el patio interior, después de la Flagelación…

Llegan los dos ladrones, rodeados cada uno por una decuria. Es la hora de ponerse en marcha.

Longinos da sus últimas órdenes. Una centuria se forma en dos filas distantes unos tres metros la una de la otra. Otra centuria, comandada por el centurión Octavio; se acomoda para rechazar a la gente que pueda estorbar al cortejo. Una decuria de soldados montados en caballos, va encabezada por el que lleva las insignias. Un soldado de infantería tiene las riendas, del caballo ruano del centurión. Longinos sube y se dirige a su lugar. Unos dos metros delante de los once de a caballo. Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más cortas. La de Jesús es más larga. Su palo travesaño mide como cuatro metros.

Antes de poner la cruz sobre Jesús, le cuelgan al cuello la tablilla en que se lee:

“Jesús Nazareno Rey de los Judíos”

El lazo con que va amarrada, pega contra la corona que se mueve, rasga la piel y penetra en diferentes lugares, causando nuevos dolores y haciendo que brote más sangre. L gente sádica, se ríe de gusto, insulta, blasfema.

Todo está listo. Longinos da la orden de ponerse en marcha:

–                       Primero el Nazareno. Detrás los dos ladrones. Una decuria alrededor de cada uno. Los otros siete formen ala y refuerzo. El soldado que haga herir a muerte a los condenados, será responsable de ello.

Y salen del Pretorio.

Comienza el Camino al Calvario…

Continúa en la Segunda Parte…