CUARTO MISTERIO DE DOLOR I


JESUS CON LA CRUZ A CUESTAS…

Jesús ha sido llevado al atrio.

Pilatos dice:

–           ¡Bueno! Dejad que se vaya. Es un acto de justicia.

La multitud ruge:

–           ¡No! A la muerte. ¡Crucifícalo!

–           Os entrego a Barrabás.

–           ¡No! ¡Al Mesías!

–           Si es así, tomadlo vosotros. Yo no encuentro ninguna culpa en ÉL.

–           ¡Dijo que es Hijo de Dios! Nuestra Ley castiga con la muerte al reo de semejante blasfemia.

Pilatos se queda pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta sobre su silla. Se pone una mano sobre la frente y el codo sobre la rodilla. Mira atentamente a Jesús. Luego le ordena:

–           Acércate.

Jesús se acerca hasta la tarima.

Pilatos le pregunta:

–           ¿Es verdad? Respóndeme.

Jesús guarda silencio.

–           ¿De dónde has venido? ¿Qué es Dios?

Jesús contesta con dulzura:

–           El Todo.

–          ¿Y luego? ¿Qué quieres decir con el todo?  ¿Qué cosa es el Todo para quién muere? Estás loco… Dios no existe. Yo lo soy.

Jesús no replica. Ha pronunciado su Palabra Salvadora y se encierra en el silencio.

El tribuno se acerca y le dice:

–           Poncio, la liberta de Claudia Prócula te pide permiso para entrar.  Trae un recado para ti.

Poncio exclama:

–           ¡Oh, no! ¡Ahora las mujeres! Que venga.

Entra la romana. Se arrodilla. Le presenta al Procónsul, una tablilla encerada en la que Claudia le pide a su marido, que no condene a Jesús. La mujer se retira de espaldas, mientras Pilatos la lee… Luego el Gobernador dice a Jesús:

–           Se me aconseja que evite tu muerte.  ¿Es verdad que Eres más que un arúspice? Me infundes miedo…

Jesús no contesta.

Pilatos cuestiona:

–           ¿Pero no sabes que tengo poder para dejarte libre o para mandarte a la crucifixión?

Jesús dice:

–           No tendrías ningún poder, si no se te hubiese concedido de lo Alto. Por eso, quién me ha puesto en tus manos, es más culpable que tú.

–           ¿Quién es? ¿Tu Dios? Tengo miedo…

Jesús no responde.

Pilatos está en ascuas. No sabe qué hacer. Teme al castigo de Dios. Teme al de Roma.  Al de los vengativos judíos. Por un momento gana el temor de Dios y grita:

–           ¡No es culpable!

Los príncipes de los sacerdotes lo amenazan:

–           Si lo proclamas, eres enemigo de César. Quién se hace rey es enemigo suyo. Tú quieres libertar al Nazareno. Se lo notificaremos a césar.

Pilatos es presa del temor humano.

–           En una palabra. ¿Queréis que le mate o no? Que se haga. Pero que la sangre de este justo, no se le busque en mis manos.

Como poseídos por un frenesí, los judíos exclaman:

–           ¡Qué se le encuentre en las nuestras! ¡Qué caiga sobre nosotros y nuestros hijos! No le tenemos miedo. ¡A la Cruz! ¡Ala Cruz! ¡Crucifícalo!

Poncio ordena que le traigan una jofaina.  Se lava las manos delante del pueblo y luego regresa a su silla. Llama al centurión Longinos y a un esclavo. El esclavo le trae una tablilla sobre  la que pone un anuncio y ordena que se escriba:

“Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”

Lo muestra al pueblo

Los príncipes de los sacerdotes protestan:

–           ¡No! ¡No así! ¡No Rey de los judíos! Sino que se dijo que sería rey de los judíos.

Pilatos responde secamente:

–           Lo que escribí. Escrito queda.

Y de pie, con la palma vuelta hacia el frente, ordena a Longinos:

–           Que vaya a la Cruz soldado. Ve. Prepara la cruz.

Y pronuncia la sentencia:

“¡Ibis ad Crucem! I, miles expedí Crucem.”

(¡Va a ir a la Cruz!)  (A un soldado la cruz del problema)

Y baja del Pretorio sin voltear a ver ni a la gente que mete confusión, ni al Hombre que ha condenado. Sale del atrio y se retira a su palacio.

Jesús queda en el centro del atrio de la Torre Antonia, bajo la custodia de los soldados, en espera de la Cruz…

Detrás de la columna, Juan se cubre la boca para ahogar un grito de dolor… Es hora de ir por la Madre. Y se va rápido…

Dice Jesús:

La culpa cometida por el hombre, debía ser expiada por un hombre y por eso Dios tuvo que ser un Hombre, engendrado por una mujer; para rescatar al hombre.

Aun después de hacerlo así, de vivir treinta y tres años sobre la tierra; de comprobar históricamente mi existencia, os cuesta tanto tener fe en Mí. Me tenéis, porque María aceptó beber treinta y tres años antes, un cáliz de amargura. Su agonía duró treinta y tres años y terminó al pie de la Cruz. Por vosotros soportó la burla de la gentuza que la llamó madre de un demente y un poseído. Ella sufrió lo indecible. Yo le doy todo Gozo. Lo más difícil para Mí fue hacerla sufrir a Ella, que no era merecedora del Dolor y llevarla como mansa ovejita al suplicio. En el borde de la copa que bebí, entre sudores y sangre, encontré el sabor de los labios de mi Madre y el amargor de su llanto, estaba mezclado con la hiel de mi sacrificio.

El Abandono del Padre, el Dolor de mi Madre, la Traición del Amigo, en donde se compendiaban todas las traiciones futuras; HE AHÍ LOS DOLORES MÁS CRUELES, DE MI TORMENTO DE REDENTOR.

Yo, el Hombre; tuve que padecer por causa de las cosas, además de las personas. Los hombres me insultaron y atormentaron. Las cosas fueron sus instrumentos. Los pies del hombre se hicieron veloces para ir a capturarme; para arrastrarme por las calles, para darme puntapiés. La boca del hombre que debía haber pronunciado solo alabanzas y bendiciones; barbotó blasfemias, mentiras, injurias contra mi Persona. 

La inteligencia del hombre, signo de su Origen celestial, no dejó ningún resquicio para buscar con qué atormentarme. Y el hombre empleó todo su ser para atormentar al Hijo de Dios. No dudó en pedir auxilio a la tierra para torturarme.

Empleó las piedras como proyectiles para herirme. Las ramas de los árboles para azotarme. Las sogas para arrastrarme. Las espinas para que fueran mi corona. El hierro, para que fuera mi azote. Una caña para que fuera mi cetro y las piedras flojas del camino, para que no encontrase Yo un apoyo seguro a mis pies, que se doblaban, lacerados y agobiados por el peso de la Cruz.

Yo tenía tanto daño en los pulmones y en el diafragma; que cada respiración, cada movimiento, cada pulsación; eran un dolor añadido a otro dolor. Y no estaba en un lecho, sino agobiado por un peso y sobre unas calles cuesta arriba. A los elementos terrenales se unieron los del cielo. El frío del alba hirió mi cuerpo agotado, el aire golpeaba mis heridas y las esparcía con polvo y moscas. El sol las quemaba y ofuscaba mis ojos con sus resplandores. El cuero se convirtió en flagelo. La lana que es tan suave, se adhirió a mis heridas, de modo que cualquier movimiento, era un nuevo dolor.

Todo sirvió para atormentar al Hijo de Dios. Lo que fue creado por Él, en los momentos en que se convirtió en la Hostia de Dios, se convirtió en su enemigo; haciéndolo cómplice de los tormentos infligidos a su Salvador. Dislocándome los miembros, dejando al descubierto mis huesos, arrancando mis vestidos y causando a mi Pureza, la mayor de las torturas. 

Vestido con la púrpura de mi sangre fui presentado al pueblo, para conmoverlo. Pero fue peor. Y arrastrado como un delincuente, en medio de Blasfemias y diversos proyectiles, fui conducido al Calvario.

Cuando en la Ira de Aquel Viernes Santo, en un cruce que llevaba al Gólgota, me encontré con mi Madre, no salieron de nuestros labios otras palabras que: ¡Mamá! ¡Hijo!. Estábamos rodeados de la Blasfemia, la Crueldad y el Odio. Nos miramos. Acababa de decir a las mujeres compasivas, que llorasen por los pecados del Mundo. Yo sabía que Ella rogaba por el Mundo y qué no hubiese dado por aliviarme de aquel martirio. Pero estaba impotente. ERA LA HORA DE  LA JUSTICIA. ¡Cómo me hubiera consolado un beso de mi Madre!

Pero hasta esta tortura era precisa, para redimir las culpas del desamor. Nuestras miradas se encontraron, se enlazaron y se apartaron, lacerando nuestros corazones y después la plebe me zarandeó y me llevó a empellones al Altar de mi Sacrificio.

Sufrí al verme befado, odiado, calumniado, rodeado de curiosidad malsana. Padecí las mentiras de las personas que estaban a mi lado, las de los hipócritas fariseos, las de los que curé y se convirtieron en mis enemigos en la sala del Sanedrín, en el Pretorio, las de Judas que culminaron en un Beso de Amistad. Y las de Pedro, que mentía por temor humano. ¡Cuántas mentiras que me herían a Mí, que Soy la Verdad! ¡Y cuántas hoy en día se me dirigen! Afirmáis amarme, pero no es así. Tenéis mi Nombre en los labios; pero en vuestro corazón adoráis a Satanás y seguís una ley contraria a la Mía. 

Sufrí al pensar que ante el Valor Infinito de mi Sacrificio de Dios, muy pocos se salvarían. Todos los que en el correr de los siglos, preferirían la muerte a la Vida Eterna y de este modo convierten mi sacrificio en algo estéril. A éstos, también  los tuve presentes y a sabiendas de ello, me dirigí a la Muerte.

¡Oh, pequeños míos que creéis en Mí! Os digo; sed buenos en vuestra pequeña pasión. ¡Es tan pequeña, comparada con la Mía! Tened caridad que se derrama humilde y generosa, hasta sobre los culpables; como hice Yo en la Última Cena. Fundíos totalmente en la Voluntad de Dios, como hice Yo en el Getsemaní. Tened saludos de amistad para los Judas. Tened el heroísmo del silencio en las ofensas y del hablar a su debido tiempo; como hice Yo en el Sanedrín y en el Pretorio o en las salas infames del palacio de Herodes. Tened solícita premura para someteros a los tormentos y cargaros con vuestro dolor; como la tuve Yo sometiéndome a la Flagelación y abrazando la Cruz.

Tened constancia en la subida, por más que la Cruz os agobie y no os desaniméis, si la debilidad os hace caer. Os recuerdo que mis caídas fueron tanto más graves, cuanto más cercana tenía la meta. Para daros a entender que los tropiezos que pone Satanás; son tanto mayores, cuanto más se acerca el alma al Altar del Sacrificio, que la convierte en Hostia semejante a Mí. Levantaos y proseguid. Dios sabe distinguir las caídas y es Padre que levanta a los que caen, no por malicia; sino por debilidad de creaturas y tropiezo de Satanás.

Tened desapego absoluto y absoluto despojo, hasta de las cosas más lícitas. Igual que Yo, que me aparté de la Madre; me despojé de los vestidos y renuncié a la Vida. 

Y perdonad. Perdonad a quienes piensan distinto a vosotros y quieren lo que vosotros no queréis; cómo Yo perdoné a los jefes del Sanedrín que quisieron mi muerte para reinar ellos solos. Pensad que se castigan ellos mismos, al querer aquello que no los hará felices y que necesitan vuestro perdón para su consuelo, cuando reconozcan su error. No pongáis límites a estas mis palabras. Sirven para todos los tiempos y en todas las circunstancias. Porque siempre, allá donde haya un maestro y discípulos, habrá igualmente un pequeño Cristo, rodeado de discípulos y odiado por el mundo.

Permaneced ahora y siempre. Y descienda sobre vosotros, la Bendición de mis Manos Traspasadas.

La sentencia ha sido dictada.

Longinos, encargado de presidir la ejecución, da sus órdenes.

Antes de que Jesús sea sacado a la calle para recibir la Cruz y ponerse en camino; Longinos  lo ha mirado varias veces con una curiosidad impregnada de compasión. Y con la experiencia de alguien que conoce ciertas cosas…  Se acerca a Jesús con un soldado y le ofrece una copa con un líquido que vacía de una cantimplora militar diciéndole:

–           Te hará bien. Haz de tener sed. Afuera hace sol y el camino es largo.

Jesús responde:

–           Dios te pague tu compasión. Pero no te prives de ello.

Longinos dice:

–           Yo soy sano y fuerte. Y Tú…  No me privo. Y luego… Lo hago gustoso con tal de darte algún consuelo. Toma un sorbo para mostrarme que no odias a los paganos…

Jesús no rehúsa más y toma un sorbo. Cómo tiene las manos desligadas, pues ya no tiene la caña, ni la clámide. Lo hace por Sí Mismo. No bebe más, a pesar de que la bebida está fresca y es buena. Que le ayuda para la fiebre que se nota ya en las estrías rojizas de sus pálidas mejillas. Y en sus labios secos y agrietados…

Longinos lo anima:

–           Toma. Toma. Es agua con miel. Ayuda. Quita la sed. Siento compasión por Ti, de veras. Tú no eres el hebreo a quién se debía matar. ¡Bueno! Yo no te odio…  Y procuraré hacerte sufrir lo menos posible.

Jesús no bebe más. Realmente tiene sed. La sed de los desangrados y calenturientos. Sabe que no es una bebida narcotizada y de buena gana bebería; pero no quiere disminuir su sufrimiento porque quiere expiar completamente y devolver más sanos a los hijos al Padre Celestial. Y más que el agua con miel, lo consuela la compasión del romano.

Jesús le dice:

–           Dios te pague este consuelo con bendiciones.

Y trata de sonreírle con su boca hinchada, herida; que dolorosamente se cierra, porque entre la nariz y el pómulo derecho, se está hinchando cada vez más la parte donde le golpearan con el asta en el patio interior, después de la Flagelación…

Llegan los dos ladrones, rodeados cada uno por una decuria. Es la hora de ponerse en marcha.

Longinos da sus últimas órdenes. Una centuria se forma en dos filas distantes unos tres metros la una de la otra. Otra centuria, comandada por el centurión Octavio; se acomoda para rechazar a la gente que pueda estorbar al cortejo. Una decuria de soldados montados en caballos, va encabezada por el que lleva las insignias. Un soldado de infantería tiene las riendas, del caballo ruano del centurión. Longinos sube y se dirige a su lugar. Unos dos metros delante de los once de a caballo. Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más cortas. La de Jesús es más larga. Su palo travesaño mide como cuatro metros.

Antes de poner la cruz sobre Jesús, le cuelgan al cuello la tablilla en que se lee:

“Jesús Nazareno Rey de los Judíos”

El lazo con que va amarrada, pega contra la corona que se mueve, rasga la piel y penetra en diferentes lugares, causando nuevos dolores y haciendo que brote más sangre. L gente sádica, se ríe de gusto, insulta, blasfema.

Todo está listo. Longinos da la orden de ponerse en marcha:

–                       Primero el Nazareno. Detrás los dos ladrones. Una decuria alrededor de cada uno. Los otros siete formen ala y refuerzo. El soldado que haga herir a muerte a los condenados, será responsable de ello.

Y salen del Pretorio.

Comienza el Camino al Calvario…

Continúa en la Segunda Parte…

 

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