CUARTO MISTERIO DE DOLOR II


JESUS CON LA CRUZ A CUESTAS…

Jesús baja los tres peldaños que llevan del Pretorio a la plaza. Inmediatamente se ve que está muy débil, pues sus movimientos son vacilantes. Estorbado por la cruz, que le oprime la espalda llagada. Por la tablilla escrita que se balancea hacia delante y le corta el cuello. Por las diferentes posiciones que toma la cruz al moverse Jesús, para bajar los escalones y por lo áspero del suelo.

Los sacerdotes y los judíos, ríen al ver que se bambolea como un ebrio. Gritan a los soldados:

–                       Pegadle. Hacedlo caer. ¡Al polvo, el blasfemo!

Los soldados cumplen solo con lo que deben y ordenan a Jesús que se meta a la mitad del camino y que avance. Longinos espolea su caballo y el cortejo se pone en marcha lentamente.

Longinos quisiera hacerlo más rápido, tomando el camino más corto que lleva al Gólgota; porque no está seguro de la resistencia de Jesús. Pero la chusma de judíos, no es del mismo parecer. Los más astutos se han adelantado hasta el cruce donde la calle se bifurca, una hacia las murallas y la otra hacia la ciudad. Y arman confusión cuando ven que Longinos trata de tomar el camino hacia la muralla.

Furiosos gritan:

–                       ¡No puedes hacerlo! ¡No puedes hacerlo! ¡Es ilegal! La Ley dice que los condenados deben ser vistos por la ciudad donde pecaron.

Por amor a la tranquilidad, Longinos da vuelta por la calle que va a la ciudad y avanza un poco, pero hace señal a un decurión de que se le acerque y le da órdenes en voz baja. El oficial va rápido y transmite la orden a cada jefe de decuria…

Luego regresa  y rinde parte.

Jesús camina jadeando. Cada hoyo de la calle es una trampa para su pie vacilante y un tormento para su espalda llagada, para su cabeza coronada de espinas, sobre la que cae un sol ardiente, que de vez en cuando se esconde tras un montón de nubes plomizas. Jesús está congestionado por la fatiga, la fiebre, el calor. La luz del sol y el ruido de la gente lo hieren y lastima sus oídos… Cierra un poco sus ojos; pero tiene que abrirlos, porque tropieza con piedras y hoyos. Cada tropiezo le causa dolor, porque la cruz se mueve bruscamente e incrusta la corona de espinas. La llaga de la espalda se hace cada vez mayor y el dolor aumenta.

Los judíos ya no pueden pegarle directamente, pero le siguen lanzando piedras y palos. Las pedradas en las plazuelas y los palos en las vueltas, por las callejuelas que suben y bajan con escalones, en las cuales el cortejo se hace más lento. No les importa desafiar las lanzas romanas, con tal de herir a Jesús.

Los soldados lo defienden como pueden.

Pero al hacerlo lo golpean; porque las lanzas que blanden al aire son largas, lo alcanzan y lo hacen tropezar. Llegados a un determinado punto, los legionarios hacen una maniobra impecable y pese a los gritos y amenazas; el cortejo toma bruscamente por una calle va derecho a las murallas. Es de bajada y acorta el camino al lugar del suplicio.

Jesús jadea mucho más. El sudor le baña el rostro, junto con la sangre que le brota de las heridas causadas por la corona de espinas. El polvo se le adhiere al rostro sudado y lo mancha con huellas extrañas; porque todavía sopla el viento, con rachas a intervalos que arrastran consigo inmundicias; que le pegan en los ojos y en la garganta. En la Puerta Judiciaria, se ha reunido mucha gente. Un poco antes de llegar allí, la intervención pronta de un soldado sobre el que está a punto de caer, impide que Jesús caiga en tierra.

La gentuza a carcajadas le grita:

–                       ¡Déjalo! A todos decía: ‘Levántate’ Que Él se levante ahora.

Más allá de la Puerta, está el torrente del Cedrón con su puente. Otra fatiga más para Jesús que al caminar sobre esas vigas mal unidas, sobre las que rebota con mayor fuerza la Cruz, aumenta aún más su ya infinito Dolor. Y una nueva ocasión para que los judíos puedan arrojar sus proyectiles. Las piedras del riachuelo vuelan por el aire y lo golpean. Avanzan un poco más y…

Empieza la subida del Calvario.

Un camino desnudo, sin una pizca de sombra. Empedrado con piedras separadas y que directamente empieza a elevarse. El corazón de Jesús ya no funciona bien… Primero por el atroz sufrimiento moral;  el bárbaro sudor de sangre y la brutal flagelación. Su tormento aumenta al subir, llevando consigo el considerable peso de la Cruz…  Se topa con una piedra saliente y cómo va muy agotado, tropieza con ella…  Cae sobre la rodilla derecha…

Pero logra levantarse con la mano izquierda. La chusma grita de alegría… Avanza siempre más; inclinado y jadeante…  Congestionado y calenturiento…

La tablilla que lleva delante le estorba la vista. El vestido… al caminar más encorvado le impide avanzar. Nuevamente tropieza y cae de rodillas…

 

Hiriéndose de nuevo donde ya antes se había herido. La Cruz que se le escapa de las manos, cae golpeándolo duramente en la espalda. Lo obliga a agacharse para levantarla…

Y vuelve a ponérsela nuevamente sobre la espalda… Al hacer esto, se ve claramente, la llaga que la Cruz le ha formado con el roce y que le ha abierto las muchas llagas que le produjeron los azotes y que han formado una sola… de la que brotan suero y sangre… De tal modo que la túnica blanca está totalmente manchada en esa zona. La gentuza aplaude de alegría al verlo caer de ese modo tan miserable…

Longinos grita que se den prisa. Jesús parece que estuviera ebrio de Dolor. Pega contra una u otra hilera de soldados. La gente ve y grita:

–                       Se le ha subido a la cabeza su Doctrina. ¡Mira!…  ¡Mira como tropieza!…

Los sacerdotes y escribas, maliciosamente se ríen y dicen:

–                       No. Son los banquetes en la casa de Lázaro, que todavía le hacen efecto. ¿Eran sabrosos? Ahora come nuestra comida…

Longinos se compadece de Jesús y ordena que se detengan por unos minutos.  Lo insulta tanto la plebe, que el centurión Octavio ordena  a sus soldados atacar…

Al ver las lanzas que brillan amenazantes; los cobardes salen huyendo para todas partes. Y quedan  solo unos pocos discípulos fieles a Jesús. Que acongojados, desconcertados, afligidos y polvorientos; llaman con la fuerza de su mirada, a su Maestro.

Son los pastores… Jesús voltea. Los ve…  Los mira detenidamente, como si fueran caras de ángeles. Parece que hubiera recibido un refrigerio que calme su sed y le hayan dado fuerzas con sus lágrimas… Sonríe…

Se da la orden de volver a caminar.  Jesús pasa ante ellos y hasta sus oídos llegan sus gemidos. Fatigosamente dobla su cabeza, bajo el yugo de la Cruz y nuevamente sonríe…

Sus consuelos. Diez caras. Una parada bajo el sol abrasador…

Después viene el Dolor de la Tercera y completa Caída. Esta vez no es porque haya tropezado; sino porque perdió las fuerzas al sufrir un síncope. Cae cuán largo es. Pegando su rostro contra las baldosas y bajo el peso de la Cruz que le ha caído encima. Los soldados tratan de levantarlo; pero parece como si estuviera muerto.

Van a avisar al centurión. Mientras van y vienen, Jesús vuelve en Si… Y lentamente con la ayuda de dos soldados, de los que uno ha levantado la Cruz y del otro; que lo ayuda a ponerse de pie. Se coloca en su lugar; pero está completamente agotado.

La gentuza grita:

–                       Procurad que no muera más que en la Cruz.

Los sacerdotes y los Escribas dicen a los soldados romanos:

–                       Si lo hacéis morir antes, responderéis ante el Procónsul. Tenedlo muy en cuenta. El reo debe llegar vivo al suplicio.

Los legionarios los fulminan con la mirada; pero su disciplina no los deja hablar. Longinos piensa como los judíos; que Jesús puede morir en el camino…  Y quiere evitarse dificultades. Conoce su deber de Jefe de la Ejecución y provee de un modo que desorienta a los judíos. Ordena emprender el largo camino que sube en espiral por el monte y que es menos escarpado.  Este sendero es más largo; pero más frecuentado, por ser menos pesado. La gente que sigue a Jesús, aúlla de rabia, al ver desvanecerse su deseo de no perderse ni un jadeo; ni un gesto de dolor del Sentenciado.

Jesús llega hasta donde están el grupo de mujeres que aunque por sus atuendos, se ve que son ricas…  Lloran abiertamente y se inclinan profundamente en señal de saludo. Luego, valerosamente avanzan. Los soldados intentan detenerlas; pero una se levanta rápidamente el velo y algo dice…  Es Claudia Prócula… Cuando la reconocen, la dejan pasar inmediatamente.

Se acercan a Jesús llorando…  Se arrodillan a sus pies diciendo:

–                       Maestro te amamos. Tú Eres Dios…

Él se detiene jadeante… Y sin embargo les sonríe…

Una de ellas es Juana de Cusa. Tiene en su mano una jarra de plata y la ofrece a Jesús; que jadea tanto que aunque quisiera; ya no puede beber. Con la mano izquierda se seca el sudor y la sangre que le cae en los ojos y corre por sus mejillas amoratadas y el cuello; en el que se notan las venas hinchadas por el esfuerzo del corazón; hasta que le empapa todo el pecho. Otra mujer, trae consigo a una joven criada, con  pequeño cofre… Lo abre y saca un lino finísimo. Es cuadrado. Lo ofrece al Redentor que lo toma.

Y como no puede hacerlo con una sola mano; la compasiva mujer lo ayuda, procurando no moverle la corona. Jesús oprime el fresco lino, sobre su pobre rostro como si encontrara en él un gran consuelo. Y lo mantiene así por unos momentos. Devuelve el lino y dice:

–                       Gracias Juana. Gracias Nique. Sara, Marcela, Elisa, Lidia, Ana, Valeria y tú,…  Claudia… Pero no lloréis por Mí,…  hijas de Jerusalén. Sino por los pecados…  Los vuestros y por los de ellos… De vuestra ciudad… Bendice Juana,… de no tener más hijos… Mira… Es piedad de Dios… No tener más hijos… Vosotras madres,… llorad por vuestros hijos… Porque esta hora… no pasará sin castigo… Y… ¡Qué Castigo!… Así es para el Inocente…  Lloraréis…. de haber concebido y de tener… todavía vivos los hijos…  Las madres… de aquella hora… Llorarán,… Porque en verdad… os digo, que… será afortunada… quien en ese entonces… caiga bajo los escombros… Os bendigo… Idos a casa… Rogad por Mí…

En medio de clamores, de llantos y de injurias de los judíos; Jesús emprende de nuevo el camino…

Nuevamente está bañado de sudor. También los soldados y los otros dos que van al suplicio, sudan. Porque el sol de un día que amenaza tempestad, cae como fuego ardiente. ¿Qué no sentirá Jesús, con su vestido de lana que le dio Herodes y que trae sobre los azotes?… Pero no lanza ni un lamento. Pese a que el camino es menos pendiente y no hay las piedras sueltas que había en el otro; tan peligrosas para sus pies que va arrastrando; Jesús vacila cada vez más. Yéndose contra una o contra otra fila de los soldados; camina siempre más encorvado.

Piensan que podrán ayudarle atándolo con dos cuerdas a la cintura, para poder sostenerlo. Lo logran, pero no le quitan el peso. Las cuerdas al dar contra la Cruz, la mueven continuamente sobre la espalda y mueven también la corona que ha herido la frente de Jesús, que parece un tatuaje sangriento. Además, los lazos le restriegan la cintura, donde hay tantas heridas que de nuevo se abren, pues la túnica blanca se tiñe de rojo. Por quererlo ayudar, lo hacen sufrir más…

Continúa el camino. Da vuelta al monte y se encuentran a María y a Juan. Hay sombra detrás del declive del monte y Juan la ha llevado allí para protegerla del sol y hacer que descanse un poco. María está de pié, apoyada contra la tierra. Pálida como un cadáver, agotada, jadeante. Con su vestido azul oscuro, casi negro. María y Martha, las hermanas de Lázaro; junto con las demás mujeres, están en medio del camino y espían si llega el Salvador.

Al ver a Longinos, corren a avisarle a María. Ella, sostenida por Juan se separa del monte y espera…

El centurión, desde lo alto de su caballo, mira la palidez de María, muy majestuosa en su Dolor. Y a su rubio y joven acompañante, que tiene también los ojos azules y está tan pálido como Ella. Mueve la cabeza al pasar, seguido de sus once de a caballo.

Cuando pasan los de infantería, María valerosamente trata de pasar entre ellos para alcanzar a su Hijo; pero empiezan a llover piedras y los legionarios la rechazan con las astas. Son los judíos que protestan por tanta compasión y gritan:

–                       ¡Pronto! ¡Pronto! ¡Mañana es Pascua! Hay que acabar esta misma tarde. ¡Cómplices! ¡Befadores de nuestra Ley! ¡Opresores! ¡Muerte a los invasores y a su Mesías! ¡Lo aman! ¡Eh, cómo lo aman! ¡Os lo regalamos! ¡Metedlo en vuestra maldita urbe! ¡Os lo damos! ¡No lo queremos! ¡La carroña a las carroñas! ¡La lepra a los leprosos!

Longinos pierde la paciencia, da órdenes. Espolea su caballo seguido por diez lanceros contra la chusma que insulta y otra vez huye. Cuando hace esto, ve una carreta parada que había subido hasta allí. Es de las huertas que hay en la falda del monte y que está esperando con su carga de verduras a que pase la multitud, para ir a la ciudad.

La conduce un hombre como de unos cuarenta años, que junto con dos hijos que están recostados en el montón de verduras, miran y se ríen de los judíos que salieron huyendo.

Longinos lo mira, piensa y le ordena:

–                       ¡Oye! ¡Ven aquí!

Es un hombre de Cirene que finge no oír. Pero con Longinos nadie juega. Repite la orden en tal forma, que el cireneo deja las riendas del borrico a uno de sus hijos y se acerca al centurión.

Longinos le pregunta:

–                       ¿Ves a ese hombre?

Y al hacerlo se vuelve para señalar a Jesús. En ese momento, ve que María suplica a  los soldados, que la dejen pasar. Siente compasión y grita:

–                       ¡Dejadla pasar!  -y volviéndose hacia el cireneo, agrega-  No puede seguir así… Tú estás fuerte. Toma su Cruz y llévasela hasta la cima.

El hombre objeta:

–                       No puedo. Tengo el asno. Es asustadizo… Los muchachos no pueden sujetarlo…

Longinos le replica severo:

–                       Ve, si no quieres perder el asno y que se te den veinte azotes.

El hombre no se opone más. Grita a los muchachos:

–                       ¡Volved a casa y pronto! Decid que no tardo en regresar…

Y va donde está Jesús…

Llega en el momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre, a la que acaba de ver, ahora que Ella se ha acercado. Porque camina tan inclinado y con los ojos casi cerrados; como si estuviese ciego. Grita:

–                       ¡Mamá!

Es la primera palabra que manifiesta su dolor desde que está sujeto a Padecer. En ese grito están todos y cada uno de sus dolores del alma; de su corazón; de su cuerpo. Es el grito agudo y destrozado del niño que muere solo. Entre verdugos. En medio de los peores tormentos… Que tiene miedo hasta de su propio aliento. Es el lamento de un niño que delira, aterrorizado por visiones horrorosas…

Busca su Madre para que con su beso fresco, calme el ardor de la fiebre y para que con su voz ahuyente los fantasmas…  Para que su abrazo haga menos terrible la muerte… Para que con su presencia reciba la fuerza que necesita, para sufrir el Sacrificio final…

María se lleva la mano al corazón, como si hubiese recibido una puñalada. Se le ve que levemente vacila. Pero se recupera pronta, apresura el paso y con los brazos tendidos hacia su Hijo, grita:

–                       ¡Hijo!

Lo dice en tal forma, que solo el que tenga corazón de hiena, puede permanecer impasible.

Hasta los romanos se conmueven. Y eso que son hombres con cicatrices en sus cuerpos… Acostumbrados al  horror y a la violencia de la guerra, a las armas, a la muerte… Estas palabras que los estremecen, son las mismas para todos, en todos los idiomas. Donde quiera que se digan hacen nacer sentimientos del amor y la ternura más sublimes…

El Cireneo también se estremece. Como ve que María no puede abrazar a su Hijo, pues aunque levemente lo tocara, sería una tortura, Ella se abstiene. Los sentimientos más santos tienen un pudor profundo. Buscan que se les respete o que se les compadezca. No que se les burle o que se les mire con curiosidad. Se miran… Y sólo ambos corazones angustiados, se besan… En medio de la Ira del Viernes Santo; María se ha encontrado con su Hijo, en aquel cruce del Gólgota.

Las palabras: ¡Mamá! e ¡Hijo! Encierran un significado que solo ellos conocieron… Están rodeados de la Blasfemia; de la Crueldad, del Desprecio, de la Curiosidad. Resulta inútil frente a estas cuatro Furias, hacer manifestación alguna de sus corazones con sus latidos más santos. Se abalanzarían sobre ellos, para herirlos aún más; porque cuando los hombres llegan al colmo del mal; son capaces de cualquier delito no solo contra el cuerpo; sino contra la mente y los sentimientos de sus semejantes.

Se miran…

Jesús, que acaba de hablarles a las mujeres compasivas instándolas a que lloren por los pecados del mundo; no hace sino mirarla fijamente, a través de los velos del sudor, del llanto, del polvo y de la sangre; que forman una costra en sus párpados… Él sabe que María ruega por el mundo y que Ella hubiera querido volcar el Cielo en su auxilio aliviándole no el suplicio; pues éste debe cumplirse en virtud de un decreto eterno. Sino la duración del mismo. Lo hubiera querido aún a costa de un martirio de toda su vida. Pero se ve impotente. Es la Hora de la Justicia. Él sabe que Ella le ama más que nunca y Ella a su vez sabe cuánto le ama Él. Y que más que el velo de la piadosa Verónica y que cualquier otra asistencia, le consolaría tanto un beso de su Madre. Pero hasta esta tortura es precisa para redimir las culpas del desamor.

Sus miradas se encuentran. Se enlazan y se apartan, lacerando sus corazones…

El cortejo emprende de nuevo la marcha, al empuje del pueblo enfurecido y que los separa, haciendo a un lado a la Virgen contra el monte, expuesta a que ahora se burlen también de Ella…

Y la chusma zarandea y lleva a empellones a la Víctima hacia su altar…   Ocultándola de la otra Víctima que ya se encuentra sobre el Altar del Sacrificio: la Madre Dolorosa.

Ahora detrás de Jesús camina el Cireneo con la Cruz. Él, libre del peso camina mejor. Jadea fuertemente. Como ya no trae las manos ligadas,  se lleva con frecuencia la mano derecha a la región esterno-cardiaca como si tuviese una herida y un gran dolor en el corazón. Se echa los cabellos, empapados de sangre y de sudor, hacia las orejas; para sentir el aire sobre su rostro lívido. Se desata el cordón del cuello, porque le molesta para respirar… Los pies de Cristo, que tanto caminaron sobre el suelo de Palestina para hacer el Bien, ahora lo sienten más áspero e ingrato para su caminar;  por la mala voluntad humana. Más que las piedras, lo golpean el odio, la maldad, la ira, la violencia y la destrucción…

María se ha hecho a un lado, con las mujeres. Sigue el cortejo, una vez que ha pasado. Luego por una vereda, se dirige a la cima del monte; desafiando los insultos de la plebe enfurecida. Como Jesús está ya libre, el último tramo que faltaba, se hace más pronto. Ya están cerca de la cima llena de gente vociferante…

Longinos se detiene y da orden de que a todos sin excepción los echen para abajo, para que la cima, lugar de la ejecución, quede totalmente libre. La mitad de la centuria cumple sus órdenes empleando sus lanzas. Bajo la granizada de golpes y palos, los judíos son desalojados. Quieren quedarse en la explanada que hay abajo; pero los que están allí no lo permiten y se arma una gran riña… Todos parecen haber enloquecido.

El Calvario en su cima tiene la forma de un trapecio irregular. Sobre esta explanada hay tres agujeros profundos, cubiertos con ladrillos o pedazos de pizarra. Cerca hay piedras y tierra para reforzar las cruces. Otros agujeros están llenos de piedras. Es evidente que según el número de los sentenciados, es como se abren los hoyos…  Los soldados que arrojaron a la gente de la cima; usando la fuerza, calman la pelea que entre sí han trabado los judíos y abren paso para que el cortejo continúe su marcha sin dificultad. Forman una valla, mientras los tres sentenciados, rodeados de jinetes y protegidos por detrás por la otra media centuria; llegan hasta el punto donde deben detenerse: a los pies de la plataforma natural que es la cima del Gólgota.

Aquí están las Marías y las otras mujeres. Los pastores que lucharon contra los judíos que querían expulsarlos, pero su fuerza que duplica el amor y el dolor, los hizo vencer. Han formado un semicírculo libre, contra el que los cobardes judíos sólo se atreven a lanzar amenazas de muerte y enseñarles los puños. Porque los bastones de los pastores son gruesos y pesados… La fuerza de sus músculos ya la probaron y resultó ser mucho mayor de lo que pudieron imaginar. Se necesita un valor extraordinario para quedarse allí y desafiarlo todo; aunque sean pocos y se les tome por galileos seguidores del Rabí Galileo. Es el único lugar del Calvario, donde no se maldice a Jesús.

Los tres lados que bajan a la hondonada sin ninguna escarpadura, están llenos de gente. No se distingue el suelo amarillento. Bajo los rayos del sol, la multitud da la impresión de ser un prado florido, de corolas de todos colores; ¡Tan apretados se ven los capuchos y los mantos! Más allá del riachuelo, por el camino se ve más gente y también más allá de las murallas. El resto de la ciudad está vacío y silencioso; todos están aquí. Todo el amor y todo el Odio. Todo el silencio que ama y perdona. Toda la maldad que odia y maldice.

Los encargados de la ejecución preparan sus instrumentos y limpian bien los hoyos. Los sentenciados esperan en el centro. Los judíos que se han refugiado en el rincón opuesto a donde están las Marías, las insultan y especialmente a la Madre de Jesús:

–                       ¡A la muerte los Galileos! ¡A la muerte, galileos malditos! ¡A la muerte, el Galileo blasfemo! ¡Clavad también en la Cruz al seno que lo llevó! ¡Mueran las víboras que paren demonios! ¡A la muerte las rameras de Satanás! ¡A la muerte! ¡Limpiad a Israel de las mujeres que se unen a los machos cabríos!…

Longinos que ha bajado del caballo, mira a la Virgen… Y ordena callar aquella gritería. La media centuria que estaba detrás de los condenados y que es comandada por Octavio, ataca la chusma y limpia la plazoleta, mientras los judíos escapan por el monte, pisoteándose unos a otros. Los soldados de la caballería, bajan de sus monturas y los llevan a la sombra.

El centurión Octavio, baja de su caballo y se dirige a la cima. Juana de Cusa lo detiene. Le da una jarra de plata y una bolsa. Luego regresa al ángulo de la plataforma, donde estaba. Y se junta con las otras discípulas.

Arriba todo está listo. Se hace subir a los sentenciados. Jesús pasa otra vez cerca de su Madre… A María se le escapa un gemido que Ella misma trata de sofocar, llevándose el manto a la boca. Al ver esto, los judíos se carcajean y se burlan de Ella… El manso Juan que con un brazo sostiene a María, vuelve la cabeza hacia ellos con una mirada feroz…

En cuanto los sentenciados están sobre el cadalso, los soldados rodean la plazoleta por los tres lados. Solo queda vacío el que está escarpado.

El centurión Longinos,  ordena al Cireneo que se vaya, pero él prefiere quedarse y se va con los galileos a compartir con ellos los insultos que están recibiendo y manifestando así una adhesión silenciosa a los fieles a Jesús.

En medio de maldiciones, los ladrones echan al suelo sus cruces.

Jesús está silencioso.   El Camino Doloroso, ha terminado…

*******

Oración.

Amado Padre Celestial:

Gracias Abba, por darnos a Jesús. Bendito y Alabado seas eternamente por tu Bondad. Llénanos de fortaleza y amor, para saber negarnos a nosotros mismos y aceptar con amor y humildad, las pruebas de la cruz de nuestra vida particular. Danos por favor, todo lo que nos vas a pedir, junto con la sabiduría necesaria para reconocerte y amarte a través de las lágrimas. Y funde nuestra voluntad en la Tuya y nuestro corazón con el tuyo, para amar como Tú quieres que lo hagamos. Amén.

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

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