Archivos diarios: 7/04/12

EL DRAMA DEL CALVARIO III


Por un momento, Jesús suelta el cuerpo hacia delante y hacia abajo, como si ya estuviese muerto.  No jadea. La cabeza le cae inerte…

La Virgenlanza un trágico grito:

–                       ¡Ha muerto!

Jesús parece realmente muerto. Las mujeres hacen eco a María y hay una pequeña confusión. La luz es tan débil que parece que todos estuvieran envueltos en una nube de ceniza volcánica.

Los sacerdotes gritan:

–                       ¡No es posible! ¡Es un pretexto para que nos vayamos! Soldado, pícale con la lanza. Es un buen remedio para devolverle la voz.

Y como los soldados no les hacen caso. Una descarga de piedras vuelan haciala Cruz.Pegándolea Jesús y cayendo sobre las corazas romanas. I

Irónicamente el remedio produce su efecto. Una piedra dio en el blanco y Jesús lanza un gemido doloroso y vuelve en Sí. El tórax vuelve a respirar fatigosamente. Con gran esfuerzo, Jesús se apoya una vez más, sobre sus pies torturados; encontrando fuerza solo en su voluntad.

Superando con la fuerza de su voluntad de héroe; con el ansia de su alma angustiada, el impedimento de sus mandíbulas tiesas, su lengua abultada y el edema de su garganta; Jesús emite un fuerte grito:

–                       ¡Eloí, Eloí, lamma scebactani!

Siente morirse en medio de un completo abandono del Cielo y lo declara abiertamente. Este supremo tormento espiritual, que tortura a los condenados en el Infierno, provoca el lamento de cómo su Padre lo trata.

La chusma ríe y lo befa. Lo insulta:

–                       ¡Dios no sabe qué hacer contigo! ¡Él maldice a los demonios! ¡Veamos si Elías al que ha invocado, viene a salvarlo! Dadle un poco de vinagre para que se limpie la garganta. Sirve para limpiar la voz. Elías o Dios; porque no se sabe lo que ese loco quiere; están lejos… ¡Grita más para que te oigan!…

Y se carcajean como hienas endemoniadas.

Pero ningún soldado le da vinagre y nadie baja del Cielo para consolarlo. Es la agonía solitaria… Total… Cruel…  Hasta sobrenaturalmente cruel de Jesús-Víctima.

Torna el alud de dolor sin consuelo que en Getsemaní lo aplastó.

Tornan las olas de los pecados de todo el Mundo. Torna la avalancha de acusaciones de Satanás, que hace que se sienta convencido de ser un condenado y de estar separado de Dios para siempre. Es el Hombre Culpable. El Océano de culpas lo sumerge en su amargura. Torna sobre todo la sensación más dura que la misma Cruz. Más cruel que cualquier tormento; de que Dios lo ha abandonado y de que su plegaria no llega a Él…

Es el tormento extremo, el que apresura la muerte; porque exprime las últimas gotas de sangre de los poros. Porque machaca las restantes fibras del corazón. Porque acaba con el que el saberse abandonado había empezado: La Muerte.

Esta fue la primera causa de la muerte de Jesús.

¡Oh, Dos mío que lo castigaste por nosotros! Después de tu abandono… Por causa de él, ¿Qué es el hombre? O un loco o un muerto. Jesús no podía enloquecer, porque su inteligencia es divina. Y espiritual como es; la inteligencia se sobrepone al golpe recibido de Dios. Muere pues, el Inocente. El Santo muere. Muere El que Es la Vida.  Matado por el Abandono de Dios y por nuestros pecados.

La oscuridad es más densa. Jerusalén desaparece. El mismo Calvario parece como si no tuviera faldas. Solo la cima es visible. Como si las tinieblas la conservasen arriba para dejar pasar la última luz, ofreciéndola como un regalo con su trofeo divino y sobre un lago de ónix líquido, para que el odio y el amor la vean.

Entre la oscuridad se oye la voz lastimera de Jesús:

–                       ¡Tengo sed!

Se siente en verdad un viento que produce sed aún en los sanos. Un viento que se ha vuelto violento, lleno de polvo, frío. Un viento pavoroso. Que contribuye a torturar aún más al Agonizante.

Un soldado toma un vaso donde los verdugos echaron vinagre con hiel para que su amargor aumente la salivación de los condenados al suplicio. Toma la esponja que estaba dentro de la bebida; la pone sobre una caña delgada y la ofrece a Jesús, que la espera con ansia. Parece un niño hambriento que busca el seno materno.

María ve esto, llora y apoyándose en Juan, dice:

–                       ¡Oh! ¡Y yo ni siquiera le puedo dar una gota de llanto!… ¡Oh, seno mío que no tienes leche! ¡Oh, Dios! ¿Por qué, por qué nos abandonas? ¡Haz un milagro a favor de tu Hijo! ¿Quién me levanta para calmarle su sed con mi sangre, pues ya no tengo leche?…

Jesús que ha succionado ávidamente la agria y amarga bebida; tuerce su cabeza ante el desagradable sabor, que ha sido como un corrosivo en sus labios heridos y abiertos. Se retrae. Se encoge. Se suelta…

De las caderas para arriba está separado del palo y así se queda. La respiración se hace más jadeante y más parece un estertor que un respiro. De vez en cuando tose… y con la tos aparece en sus labios una espuma rojiza. La separación entre cada respiración se hace cada vez mayor. El abdomen no tiene movimientos. Sólo el tórax los tiene; pero fatigosos y separados. La parálisis pulmonar se acentúa mucho.

Y cada vez más débil, vuelve a repetir su lamento infantil:

–                       ¡Mamá!

María contesta:

–                       Aquí estoy tesoro mío.

Y cuando la vista se le nubla:

–                       ¡Mamá! ¿Dónde estás? Ya no te veo. ¿También tú me abandonas?

Su voz es un murmullo que María oye más con el corazón que con los oídos de quien recoge cada suspiro del Agonizante…

Ella responde:

–                       ¡No, no, Hijo! ¡No te abandono! Óyeme querido mío… Mamá está aquí… Aquí está… Sólo sufre por no poder llegar a donde estás…

Es un desgarro del alma… Juan llora abiertamente.

Jesús oye ese llanto, pero no habla…

Longinos ha tomado la actitud, como si estuviese junto al trono imperial. En sus ojos hay un brillo de lágrimas que controla la disciplina militar. Los otros soldados que estaban jugando a los dados, dejan el juego y se han puesto de pie. Todos están como estatuas.

Y se yergue como si estuviese sano. Alza su rostro, mirando con ojos bien abiertos, el Mundo extendido a sus pies… Piensa… Recuerda lo que le dijo su ángel en el Huerto de Getsemaní y  una luminosa sonrisa se dibuja en sus labios tan heridos… Cierra los ojos y los vuelve a abrir. Se queda mirando a lo lejos…

Y murmura con una voz casi inaudible:

+ “Mi mirada se internó a través de los siglos y os ví. Desde aquella hora os bendije… Desde aquellos momentos os he llevado en mi Corazón y cuando sonó el momento de que vinieseis a la tierra… Quise estar presente a vuestra llegada. Regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había brotado en el mundo y que viviría para Mí…

¡Oh benditos míos! ¡Consuelo mío en mi agonía!… Mi Madre, mi apóstol, mis amigos pastores… Las mujeres piadosas que me acompañaron en mi amargura y mi Infinito Dolor… Todos los que están presentes y me aman, sabiendo que voy a morir… Pero también tú… Mis ojos agonizantes te miraron a través de los tiempos; junto con el rostro adolorido de mi Madre… Y los cerré gozoso porque había visto que os salvaríais… Que eres digno del Sacrificio de un Dios.”  +

Luego mira a  la ciudad que apenas se distingue toda blanca;  en medio de la lobreguez, que ha dejado la luz que ha huido. Y hacia el cielo negro cerrado. Que parece una laja de pizarra…

El silencio es absoluto.

Luego resuenan en la oscuridad completa, las palabras:

–                       ¡Todo se ha cumplido!

Pasa el tiempo…

Entre estertores que se van espaciando cada vez más. Luego se oye a Jesús que ora con infinita dulzura:

–                       ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!…

Y se viene la última contracción de Jesús. Una convulsión atroz que parece querer arrancar el cuerpo enclavado. Por tres veces empieza de los pies a la cabeza. Recorre los nervios torturados. Levanta el abdomen de un modo anormal. Es un arco tenso, vibrante y luego un grito fuerte con la primera sílaba de la palabra: ¡Ma-má!…

Y luego… Nada. La cabeza cae sobre el pecho. El cuerpo está hacia delante. El respiro termina…  Ha muerto.

Pasan unos segundos impactantes…

Y la tierra responde al grito del que acaba de morir, con un poderoso bramido… parece como si miles de gigantescas trompetas arrojasen un solo sonido y en este tenebroso acorde, se escuchan las notas separadas de los  relámpagos que rasgan el Cielo en todas direcciones, cayendo sobre la ciudad, sobre el Templo. Sobre la gente… Los rayos son la única luz intermitente que permite ver algo…

Y de repente, junto con las descargas fulmíneas, la tierra se sacude violentamente. Al terremoto le sigue un ciclón y se juntan para dar un castigo apocalíptico a los blasfemos. La cima del Gólgota se balancea y se mueve, como un plato en la mano de un loco. Las cruces danzan en tal forma que parece que van a saltar.

Todos se agarran de donde pueden para no caer.

Los soldados se refugian en el centro de la explanada. Para que los peñascos no los arrojen hacia abajo.

Los ladrones aúllan de terror.  La multitud igual y tratan de escapar, pero no pueden.

Caen unos sobre otros y se pisotean. Mientras que otros se precipitan por las hendiduras del terreno.

Por tres veces se sucede el terremoto y el ciclón…

Luego, todo queda inmóvil y en silencio.

Es impactante ver cómo relámpagos sin trueno, corren por el firmamento iluminando a los judíos que huyen enloquecidos por el terror.

Poco a poco la oscuridad disminuye y así es posible ver que hay muchos que fueron fulminados y yacen tirados en el suelo. Así como también, muchas casas están ardiendo.

Las llamas se elevan y son un punto rojo, en el verde ceniciento de la atmósfera.

María levanta su cabeza del pecho de Juan y mira a su Hijo. No lo distingue bien por la poca luz y porque sus ojos están anegados en lágrimas. Lo llama:

–                       ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!…

Es la primera vez que lo llama por su Nombre desde que está en la Cimadel Calvario.

Finalmente, al resplandor de un relámpago que refulge como una corona sobre la cresta del Gólgota, lo ve inmóvil, pendiente hacia delante. Con la cabeza inclinada en tal forma…

Que comprende y tiende sus brazos y sus manos temblorosas hacia la Cruz…  gime:

–                       ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!…

Luego escucha…tiene la boca abierta, por el estupor. No puede creer que su Hijo haya muerto…

Juan, que ha comprendido que todo ha acabado, la abraza y le dice:

–                       Ya no sufre.

Ella grita:

–                       ¡No tengo más Hijo!  -y caería desvanecida si Juan no la sostuviera…

Las mujeres acuden llorando para auxiliarla…

Los soldados hablan entre sí…

–                       ¿Has visto a los judíos?

–                       ¡Ahora sí estaba aterrorizados!

–                       Y se golpeaban el pecho.

–                       Los más espantados eran los sacerdotes.

–                       ¡Qué miedo! He sentido otros terremotos. Pero como este… ¡Jamás!

–                       ¡Mira! La tierra está llena de hendiduras.

–                       Allí se ve el hundimiento del camino ancho.

–                       Hay muchos cuerpos…

–                       ¡Déjalos! Mientras menos sierpes, mejor.

–                       ¡Oh! ¡Hay otro incendio en la campiña!…

–                       Pero, es muy pronto. ¿De veras ha muerto?

–                       Y ¡No lo estás viendo!…

–                       ¿Todavía dudas?

Por detrás de la roca, se asoman José y Nicodemo. Se refugiaron detrás del baluarte del monte, para librarse de los rayos.

Se acercan a Longinos y le dicen:

–                       Queremos el cadáver.

Longinos contesta:

–                       Sólo el Procónsul lo concede. Id aprisa porque he oído que los judíos van a ir al Pretorio para pedir el crurifragio. No quisiera que a Él le rompan las piernas.

Nicodemo:

–                       ¿Cómo lo sabes?

–                       Informes del alférez. Id. Os espero.

Los dos corren camino abajo, por la abrupta pendiente. Desaparecen tras un enorme peñasco…

Ahora es Longinos el que se acerca a Juan y le dice algo en secreto.

Juan asiente con la cabeza…

Longinos pide a un legionario una lanza. Mira a las mujeres que están atendiendo a María que poco a poco recupera sus fuerzas.

Longinos pide a un legionario una lanza. Mira a las mujeres que están atendiendo a María que poco a poco recupera sus fuerzas.

Longinos se pone frente al Crucificado. Estudia bien el golpe y arroja la larga lanza, que penetra profundamente de abajo para arriba. De derecha a izquierda.

Juan, que se encuentra entre el deseo y el horror de ver, vuelve por un instante sus ojos…

Longinos dice:

–                       Está hecho, Amigo.  –y mirando a Juan concluye-  Es mejor así. Como a un valiente. Y sin romperle los huesos… ¡Era en realidad un hombre justo!

De la herida gotea mucha agua y un hilito insignificante de sangre, que tiende a coagularse.

Mientras que en el calvario no hay más que tragedia, José y Nicodemo bajan por una vereda que acorta mucho el camino al Pretorio y tratan de llegar más pronto. Están casi en la falda, cuando se encuentran con Gamaliel, que al parecer va a usar la vereda con el mismo propósito, pero hacia arriba…

Viene despeinado, sin capucho, sin manto. Con su vestidura que siempre está impecable y ahora está sucia de tierra, rasgada por las espinas de las zarzas del camino.

Un Gamaliel muy diferente del estirado de siempre. Un Gamaliel que corre subiendo jadeante. Con la manos en los cabellos ralos y muy canosos, propios de su avanzada edad. Conversan por unos momentos…

José y Nicodemo dicen asombrados:

–                       ¡Gamaliel! ¿Tú?

Gamaliel:

–                       ¿Y tú José? ¿Lo abandonas?

José:

–                       Yo no. Pero, ¿Por qué tú por aquí? ¿Y así?

Gamaliel exclama:

–                       ¡Cosas horribles! ¡Estaba yo en el Templo! ¡La señal…! ¡Los quicios de las Puertas del Templo abiertos! El velo de color púrpura y jacinto, está colgando, desgarrado de arriba abajo. ¡El Sancta Santorum al descubierto! ¡Anatema sobre nosotros!…

Ha hablado corriendo como loco hacia la cima; impresionado por la prueba de la que fue testigo…

Los dos lo miran irse… Se miran entre sí. Y dicen al mismo tiempo:

–                       “¡Estas piedras se estremecerán con mis últimas palabras…!”   ¡Se lo había prometido!…

Y continúan con su carrera…

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FATIMA…

CANTO DE ALABANZA…

EL DRAMA DEL CALVARIO II


El escenario del calvario está completo. los detractores de Jesús continúan con su ofensiva.

Eleazar ben Annás:

–                       ¡No heches a perder la cruz con los golpes de tu cabeza! Debe servir para tus secuaces. Una legión entera morirá sobre ella, te lo juro por Yeové. Y al primero que pondremos será a Lázaro. Veremos si lo libras entonces de la muerte.

Cananías, Sadoc y Elquías:

–                       Muy bien. Muy bien. Vamos a donde está Lázaro. Clavémosle en la parte posterior dela Cruz.

Y con una sorna satánica, remedan las palabras de Jesús:

–                       “Lázaro, amigo mío, ¡Ven fuera! Desligadlo y dejadle que ande…”

–                       ¡No! Dijo a Martha y a María, sus mujeres: “Yo soyla Resurrecciónyla Vida” ¡Ja, ja, ja!  ¡La Resurrecciónno puede arrojar de Sí la muerte! ¡Yla Vida, muere! ¡Ja, ja, ja!

Ismael ben Fabi, Félix y Nahúm:

–                       Allí están María y Martha. Vamos a preguntarles donde está Lázaro y lo buscamos.

Con un gran revuelo de vestidos, los seis se adelantan a donde están las mujeres y preguntan con arrogancia:

–                       ¿Dónde está Lázaro? ¿En su palacio?

Sólo unas cuantas se quedan en su sitio. Las romanas permanecen impasibles y las demás corren aterrorizadas a refugiarse detrás de los pastores…

María Magdalena da un paso adelante. Se levanta el velo, hallando en su dolor la antigua intrepidez de cuando era pecadora y dice desafiante:

–                       Id. Encontraréis en mi palacio a los soldados de Roma y a quinientos armados de nuestras tierras que os castrarán como a viejos cabrones, destinados para servir de alimento a los esclavos que trabajan en los molinos.

Nahúm y Sadoc exclaman furiosos:

–                       ¡Desvergonzada! ¿Así hablas a los sacerdotes de Jerusalén?

María explota con Ira:

–                       ¡Sacrílegos! ¡Sucios! ¡Malditos! ¡Volteaos! En vuestras espaldas estoy viendo llamas infernales…

Los cobardes se voltean realmente aterrorizados; pues la afirmación de Magdalena no deja lugar a ninguna duda.

Pero lo que tienen a sus espaldas son las lanzas puntiagudas romanas, porque Longinos ha dado la orden a los soldados que estaban en descanso, de entrar en acción y pican las nalgas de los primeros que encuentran.

Huyen gritando y maldiciendo; pero Roma es más fuerte…

La media centuria se queda para cerrar el paso de las dos entradas y para hacer de baluarte a la plazoleta.

Magdalena se baja el velo y regresa con las demás mujeres.

Gestas el ladrón de la izquierda, continúa los insultos desde su cruz. Parece como si compendiase las blasfemias de los demás. Concluye diciendo:

–                       Sálvate y sálvanos; si quieres que se te crea. ¿Tú el Mesías? ¡Eres un loco! El mundo es de los listos y Dios no existe. Yo existo. Es la verdad. Y para mí todo es lícito. ¿Dios?… Es una locura puesta para manteneros quietos. ¡Viva nuestro yo! ¡Solo él es el rey y dios!

Dimas el otro ladrón, que casi tiene a sus pies a María a quien mira más que a Jesús, le dice:

–                       ¡Es la Madre! ¡Cállate! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esto? ¿Por qué insultas a quién es Bueno? Él está en un suplicio mayor que el nuestro. Él no ha hecho nada malo…

Pero el otro ladrón sigue con sus imprecaciones.

Jesús sigue callado. Jadeando por el esfuerzo de la posición. Por la fiebre. Por el estado cardiaco y respiratorio, consecuencia de la atroz Flagelación y también por el infinito sufrimiento en el Getsemaní. Trata de encontrar alivio aligerando el peso que cae sobre los pies, colgándose de las manos y haciendo fuerza con los brazos, para evitar el calambre que siente en los pies y que se nota en el estremecimiento muscular.

Se nota el mismo temblor en los brazos helados en sus extremidades, porque están en alto y la sangre no circula por ellos. Llega apenas a las muñecas de donde mana sin llegar a los dedos; sobre todo en la mano derecha. Tienen ya un color cadavérico. No se mueven y se han doblado sobre la palma. También los dedos de los pies muestran su tormento: los pulgares se mueven para arriba y para abajo. Se abren.

El tronco se cansa sin encontrar alivio. Los riñones que fueron casi destruidos  y desdela Flagelacióndejaron de funcionar, incapaces de filtrar más; han causado que la urea se haya acumulado y esparce por todo su cuerpo una aguda intoxicación urémica, torturándolo con este sufrimiento que se agrega a los demás.

Las feroces contusiones de sus riñones, serán los agentes químicos más poderosos en el milagro del Sudario. Quien sea médico o haya estado enfermo de uremia, puede comprender cuales sufrimientos le están dando las toxinas urémicas tan abundantes y que serán el reactivo que trasudando su cadáver y mezclándose con los aromas; fijarán la impresión indeleble sobre la tela, haciendo que Dios conceda la prueba irrefutable dela Crucifixióny de las precedentes torturas…

Las costillas muy anchas y altas, porque la estructura del Cuerpo de Jesús es perfecta; se han dilatado más de lo imaginable por la posición del cuerpo y por el edema pulmonar. Y sin embargo no pueden aligerar el esfuerzo de respirar; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con sus movimientos al diafragma, que poco a poco se va paralizando.

La congestión, la asfixia; aumentan minuto a minuto, como lo muestra el color azulado que ya se ve en los labios. El color rojizo de la fiebre, con matices de un rojo violeta que ya se distingue en el largo cuello, con las yugulares hinchadas. Los rasgos llegan hasta las mejillas, por las orejas y las sienes. La nariz se ha afilado exangüe. Los ojos se hunden cada vez más, dejando una lividez donde la sangre de la corona no los baña.

Bajo el arco izquierdo costillar, se destaca el golpe con que bate la punta cardiaca. Irregular pero fuerte. Y de vez en cuando, por una convulsión interna, el diafragma tiene un sacudimiento profundo, que se revela por una distensión total de la piel obligada al máximo; en este cuerpo herido y agonizante.

El rostro tiene la nariz torcida y el ojo derecho casi cerrado por la hinchazón. La boca está abierta con su herida en el labio superior, que ya es una costra. Teniendo en cuenta la pérdida de sangre, la fiebre, el sol, todo esto hace que la sed sea un martirio insoportable. Tanto que Él, maquinalmente, bebe las gotas de su sudor y de su llanto. Y también las de su sangre, que bajan por la frente hasta su bigote y que Él recoge con la lengua…

La corona de espinas le impide apoyarse al tronco de la cruz para poder sostenerse con los brazos y así poder aliviar sus pies. Los riñones y toda la espina se arquea hacia fuera; separando dela Cruzla pelvis, haciendo que cuelgue suspendido, el Cuerpo de Jesús.

Los judíos, arrojados más allá de la plazoleta; no dejan de insultar y Gestas el ladrón impenitente se hace eco.

Dimas el otro, que mira con mayor compasión a la Virgen, llora y le reprocha duramente cuando oye que también Ella es insultada soezmente:

–                       ¡Cállate! Acuérdate que naciste de una mujer. Piensa que nuestras madres han llorado por nosotros. Y fueron lágrimas que la vergüenza les arrancó… Porque somos unos criminales. Nuestras madres ya murieron… Quisiera pedirle perdón… ¿Lo podré? ¡Era una santa! ¡La maté con los dolores que le ocasioné! Soy un pecador. ¿Quién me perdona?…  –y volviéndose a María implora-  Madre. En Nombre de tu Hijo que agoniza, ruega por mí. Soy Dimas…

María levanta su rostro desgarrada por el dolor. Mira a este malvado que a través del recuerdo de su madre, se encamina hacia el arrepentimiento. Y parece como si lo acariciara con su mirada de paloma. Dimas llora recio, lo que provoca mucho más las befas de la chusma y de su compañero.

María levanta su rostro desgarrada por el dolor. Mira a este malvado que a través del recuerdo de su madre, se encamina hacia el arrepentimiento. Y parece como si lo acariciara con su mirada de paloma. Dimas llora recio, lo que provoca mucho más las befas de la chusma y de su compañero.

Una sonrisa ilumina su pobre boca herida y responde:

–                       Te digo esto: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Dimas, el ladrón arrepentido se tranquiliza y dice como si fuera una jaculatoria:

–                       Jesús Nazareno Rey de los Judíos, ten piedad de mí. Jesús Nazareno, Rey de los Judíos, espero en Ti. Jesús Nazareno Rey de los Judíos, creo en tu Divinidad.

El otro continúa con sus blasfemias.

El cielo se pone más lóbrego. Las nubes se cierran y no se abren para que pase el sol. Se amontonan unas sobre otras con copas plomizas, blanquecinas y verdosas. El viento las empuja y cabalgan sobre sí. Se enredan y desenredan, según las rachas de un viento frío que a intervalos, atraviesa ruidoso el firmamento y luego baja a la tierra. Más tarde se calla. Parece ser más siniestro cuando se calla, pesado y muerto; que cuando silba cortante y veloz. La luz que hasta ahora había sido fuerte, está tomando un tinte verdoso bastante extraño; casi como el que se ha visto alguna vez en un eclipse total de sol…

Las caras reflejan facciones estrambóticas…

Los soldados, bajo sus yelmos y corazas que antes brillaban; ahora se han empañado en la luz verdosa y bajo un firmamento cenizo, muestran sus perfiles duros y parecen estatuas esculpidas. Las de los judíos que en su mayoría tienen los cabellos negros; parecen ahogados de color térreo. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la palidez que la luz les va marcando.

Jesús se pone extremadamente lívido, como si ya hubiera muerto. La cabeza le cuelga sobre el pecho. Ya no tiene fuerzas. Tiembla pese a la fiebre que lo consume. En su debilidad murmura el nombre que antes solo ha dicho en o íntimo de su corazón:

–                       ¡Mamá! ¡Mamá!

Lo dice tan bajito que es como un suspiro en su delirio de agonizante.La Virgenlo escucha con el ansia inmensa, de extender sus brazos y socorrerlo.

La cruel gentuza se ríe de esas contracciones musculares y de quién las sufre. Los sacerdotes y escribas suben de nuevo hasta la plazoleta donde están los pastores. Y como los soldados quieren echarlos hacia abajo otra vez. Ellos protestan:

–                       ¿Están los Galileos? También nosotros debemos comprobar que se cumple la justicia. Y desde lejos, en medio de esta extraña luz, no podemos ver bien.

De hecho, muchos empiezan a impresionarse por la luz que va envolviendo todo y empiezan a sentir miedo.

También los soldados señalan el firmamento y una especie de cono color pizarra por lo oscuro; que se levanta como un pino detrás de una cima…   Parece una tromba marina.

Se levanta cada vez más y parece como si engendrara nubes cada vez más negras. En medio de esta luz crepuscular pavorosa, Jesús entrega la persona de Juan a María y viceversa.

Con la cabeza inclinada; porque su Madre se ha puesto más bajo la Cruz, para verlo mejor, le dice:

–                       Mujer, he ahí a tu hijo. Hijo, he ahí a tu Madre.

El rostro de María se desconsuela más después de estas palabras de Jesús que son su testamento. No tiene nada más que dejarle, más que a un hombre; El, que por amor al hombre la priva de Sí Mismo; de quién de Ella había nacido.

María llora calladamente. Las lágrimas brotan a pesar de sus esfuerzos por contenerlas; aun cuando trata de reflejar en su rostro desconsolado algo de serenidad, a fin de consolar a su Hijo…

Los sufrimientos son cada vez mayores. En esta luz azul-verdosa que disminuye lentamente, se dejan ver detrás de los judíos, Nicodemo y José de Arimatea que ordenan:

–                       ¡Haceos a un lado!

Los soldados preguntan:

–                       No se puede. ¿Qué queréis?

–                       Pasar. Somos amigos del Mesías.

Los del Sanedrín preguntan desdeñosamente:

–                       ¿Quién es el que atreve a declararse amigo del Rebelde?

José responde con valentía:

–                       Yo. José de Arimatea. El Anciano; noble miembro del Gran Consejo y conmigo Nicodemo. Jefe de los Judíos y Príncipe de los Sacerdotes.

Eleazar ben Annás:

–                       Quien se pone del lado del Rebelde, es un rebelde.

José:

–                       Y quien a favor de los asesinos, un asesino; Eleazar de Annás. He vivido como un justo. Estoy ya viejo y próximo a la muerte. No quiero ser malo cuando ya el Cielo desciende sobre mí. Y con él, el Juez Eterno.

–                       ¿Y tú, Nicodemo? ¡Me maravillo!

Nicodemo contesta firme:

–                       También yo. Una sola cosa me duele y es que Israel se haya corrompido tanto, que no sepa reconocer a Dios.

–                       Me causas asco.

–                       Entonces hazte a un lado y déjame pasar. Solo quiero eso.

–                       ¿Para contaminarte mucho más?

–                       Si no me he contaminado estando cerca de vosotros; ninguna otra cosa me puede contaminar.

José:

–                       Soldado, aquí tiene la bolsa y la contraseña, para que me dejéis pasar.

El decurión más cercano toma la bolsa y la tablilla encerada. Éste las mira y ordena:

–                       Dejadlos pasar.

José y Nicodemo se acercan hasta donde están los pastores. Los pasan y quedan una veintena de metros adelante de ellos… No se atreven a ir más allá.

Se sienten como si estuvieran ante el altar sagrado, ante el Santo de los Santos… Ven a Jesús… y lloran abiertamente con un inmenso dolor.

Sin importarles la lluvia de injurias e improperios que de parte del Sanedrín, ahora les llueven a ellos…

Los sufrimientos de Jesús se hacen más intensos. Su Cuerpo experimenta los primeros arqueos tetánicos y cada grito de la chusma debe molestarle muchísimo. La insensibilidad de sus tendones, se extiende desde las extremidades hasta el tronco y respira con mayor dificultad. La contracción del diafragma es cada vez más débil y el movimiento cardiaco se torna irregular. Su rostro pasa del rojo intenso a la palidez verdosa del que muere por desangramiento. Su boca se mueve con mayor fatiga; porque los nervios del cuello y la cabeza, que sirvieron de palanca a todo el cuerpo y lo dirigían  hacia el travesaño dela Cruz, extienden el calambre hasta las mandíbulas. La garganta hinchada con las carótidas obstruidas, extiende su edema a la lengua que se ve abultada y que apenas se mueve. La espina dorsal, aún en los momentos en que las contracciones tetánicas no la arquean completamente desde la nuca hasta las caderas, de dobla hacia delante cada vez más. Porque los miembros se hacen más pesados, a causa de las partes en donde ha empezado ya la muerte. La luz tan tenue hace que solo quién está cerca dela Cruz, pueda verlo todo.