Archivos diarios: 8/04/12

PRIMER MISTERIO DE GLORIA I


Primera Parte. La plegaria de la Virgen

LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

En el Calvario ha concluido el drama, Jesús está muerto…

Por el campo, por el monte, muros y más allá; vagan en medio de un aire pesado, algunos con cara de estúpidos… Hay gritos, gemidos, lamentos…

Entre los del Sanedrín…

Cananías grita:

–                       ¡Su Sangre se convirtió en fuego para nosotros!

Eleazar ben Annás:

–                       ¡Se apareció en medio de los rayos Yeové, para maldecir el Templo!

Doras, llorando:

–                       ¡Los sepulcros! ¡Los sepulcros!

José de Arimatea, al entrar a la ciudad agarra a uno que se está dando golpes contra la muralla. Es Simón Boeto…

Lo sacude y le pregunta:

–                       Simón, ¿Qué estás haciendo? ¿Qué deliras?

El Fariseo, con la mirada extraviada por el terror, contesta:

–                       ¡Déjame! ¡También tú, eres un muerto!  ¡Todos los muertos!… ¡Todos están afuera!… ¡También mi padre!… ¡Y me cubren de maldiciones!

Nicodemo dice:

–                       Ha enloquecido.

Lo dejan y siguen aprisa hacia el Pretorio.

La ciudad es presa del terror. Mucha gente va de un lado para otro, golpeándose el pecho. Muchos dan un salto para atrás y se vuelven espantados al oír voces o pasos. En una vuelta de una calle, Nicodemo se encuentra con otro Fariseo que primero al verlo intentó huir. Luego lo reconoció e impelido por un sentimiento extraño. Se le colgó del cuello llorando histérico…

José exclama:

–                       Pero, ¡Si es Simón de Cafarnaúm!

El hombre aúlla aterrorizado:

–                       ¡No me maldigas! ¡Mi madre se salió de la tumba diciéndome: ‘Eres un maldito para siempre!’ –y se encorva estremecido por los sollozos gritando-  ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!…

Tanto José como Nicodemo dicen al mismo tiempo:

¡¡Todos están locos!

Llegan al Pretorio. Mientras esperan a que el Procónsul los reciba, se enteran del porqué de tanto miedo. Por la fuerza del movimiento telúrico, muchos sepulcros se abrieron y hay quienes juran haber visto esqueletos que por momentos parecían seres humanos íntegros e iban acusando a los culpables del Deicidio y los maldecían…

Los dos amigos entran en el atrio del Pretorio sin escrúpulo alguno de contaminación y hablan con Poncio Pilatos…

Mientras tanto en el Calvario, Gamaliel va subiendo casi sin aliento, los últimos metros antes de llegar a la meseta de la cima. Sigue angustiado, golpeándose el pecho y cuando llega a la primera de las dos plazoletas, se postra sobre la tierra. La blancura de sus vestiduras sacerdotales, contrasta con lo amarillento del suelo. Y entre sollozos suplica:

–                       ¡La Señal!  ¡La Señal! ¡Dime que me perdonas! ¡Un gemido! ¡Tan sólo un gemido! ¡Para decirme que me escuchas y me perdonas!…

Un oficial romano le pega con un asta. Es el centurión Octavio y le ordena con  severidad:

–                       ¡Levántate y deja de hablar!  ¡De nada sirve ya! Deberías haberlo pensado antes. ¡Está muerto! Yo pagano, te lo aseguro que Éste, a quién habéis Crucificado; era realmente el Hijo de Dios.

Gamaliel levanta su cara angustiada y aterrorizada. Quiere ver más allá de lo que le permite la luz crepuscular y exclama:

–                       ¿Muerto? ¿Has muerto? ¡Oh!…

Mira hacia el cadalso. Se convence de que Jesús ha muerto. Ve el grupo piadoso que trata de consolar a María. A Juan, llorando de pie, a la izquierda de la Cruz.  A Longinos de pie a la derecha. Respetuoso.

Gamaliel se arrodilla. Extiende sus brazos, lloroso y exclama:

–                       ¡Eras Tú! ¡Eras Tú! Ya no podemos esperar perdón.  Pedimos que tu Sangre cayese sobre nosotros. Y ahora grita al Cielo y él nos maldice. Pero Tú eres la Misericordia. Yo te lo digo. Yo, el rabí envilecido de Judá: ‘Que tu Sangre, por piedad, caiga sobre nosotros. Rocíanos con ella porque es la única que puede alcanzarnos el Perdón… -Llora. Luego confiesa su secreto tormento-  Tengo la señal pedida. Pero siglos y siglos de ceguera espiritual se yerguen contra mi vista interior. Y contra mi voluntad de ahora, se levanta la voz de mi pensamiento soberbio de ayer… ¡Piedad de mí! Luz del Mundo. De las tinieblas que no te comprendieron. Envíame un rayo tuyo. Soy el viejo judío fiel, con o que creí que era justicia. Pero era error. Soy ahora un desierto desnudo, sin ninguno de los antiguos árboles de esa fe. Sin ninguna semilla o tallo de la Fe nueva. Soy un desierto seco. Haz el milagro de que nazca una flor que tenga tu Nombre, en el pobre corazón de este terco, viejo israelita. Penetra Tú, en mi pensamiento esclavo de las fórmulas. Tú que Eres el Libertador. Isaías lo dijo: “…Pagó por los pecadores y tomó sobre Sí, los pecados de muchos.” ¡Oh! ¡También los míos, Jesús de Nazareth!…

Se levanta. Mira la Cruz que se ve cada vez más clara, porque la luz está poco a poco, más fuerte… Y se va encorvado. Envejecido. Aniquilado…

Vuelve el silencio al Calvario, apenas interrumpido por el llanto de la Virgen. Regresan aprisa Nicodemo y José, diciendo que tienen el permiso de Pilatos. Longinos manda a Octavio, para cerciorarse de lo que debe hacer con los dos ladrones. Éste parte al galope y después regresa con la orden de que se debe entregar el cuerpo de Jesús a los judíos que traen el permiso y de hacer el crurifragio en los otros. Longinos llama  los verdugos y ordena que los acaben a golpes de cachiporra. Éstos obedecen. Dimas no dice nada. Se le golpea en las rodillas y luego en el corazón. En medio de ambos golpes, pronuncia el Nombre de Jesús y muere pronunciando este Nombre… el Otro ladrón continúa con sus maldiciones y así lo hace hasta morir con un lúgubre estertor…

Mientras tanto José y Nicodemo, junto con Juan, desclavan el Cuerpo de Jesús y lo bajan de la Cruz. Lo entregan en brazos de su Madre, que lo recibe sobre sus rodillas. Parece un niño cansado que durmiera sobre el pecho maternal. María, lo llama con una voz desgarradora. Lo llena de besos y lágrimas que derrama sobre sus múltiples heridas. Le arregla la barba con cuidado y trata de arreglarle los cabellos, que también están pegajosos de sangre. Al hacerlo se encuentra espinas y se pica al querer quitar la corona.

Y no permite que le ayuden. Parece que tuviera entre sus manos la cabeza de un recién nacido. Tanta es la delicadeza y la ternura con que lo hace. Cuando logra quitar la corona, se inclina a besar las heridas que las espinas produjeron. Con mano temblorosa separa los cabellos desordenados y llora, con un llanto casi silencioso que es más impresionante. Sus lágrimas caen sobre el Cuerpo de su Hijo, que está helado y ensangrentado…

Lo acaricia delicadamente en todos esos miembros heridos y tan amados… Y lo baña con sus lágrimas. Una y otra vez, lo llena de besos, de lágrimas y de caricias. Toca con tanto amor su rostro, los agujeros de sus manos. Las rodillas y las piernas. El tórax. Y al hacerlo, su mano encuentra el desgarro del costado. La pequeña mano delgada entra casi toda en la amplia abertura de la herida. María se inclina y ve el pecho abierto y el corazón de su Hijo. Grita como si una espada le hubiera atravesado el corazón. Y se tumba sobre el cuerpo de su Hijo. Parece como si Ella también hubiera muerto.

La socorren. La consuelan. Quieren quitarle el cadáver y como Ella grita:

–                       ¿Dónde te pondré, Hijo mío? ¿Dónde, dónde; que esté seguro y que sea digno de Ti?

José se inclina profundamente ante Ella y le dice con la mano sobre su pecho y  con mucha reverencia:

–                       ¡Consuélate! Mi sepulcro es nuevo y digno de un noble. Lo entrego a Él. Y mi amigo Nicodemo que ya está en el sepulcro, ha traído los aromas que él ofrece de su parte. Te ruego que nos permitas hacerlo porque ya es la Parasceve. ¡Permítenoslo! ¡Oh, Mujer Santa!

María consiente. Y en los mantos que sirven de camilla, los tres varones de la pequeña comitiva, trasladan el Cuerpo de Jesús. Todos van al sepulcro.

En el Calvario quedan las tres cruces. La de en medio ya no tiene el cuerpo. Las otras dos tienen su vivo trofeo que muere.

El sepulcro es un lugar excavado en la piedra. En el extremo de un huerto en flor. La cámara sepulcral tiene varios nichos vacíos. Anterior a ésta hay una cámara preparatoria, que no es muy grande. Y tiene en el centro una mesa de piedra para la unción. Sobre ella colocan a Jesús.

En un ángulo hay otra mesa más pequeña y sobre ella; mientras Nicodemo y José preparan los aromas, María no se cansa de acariciar los miembros fríos y rígidos de Jesús. Vuelve  ver la herida que le hicieran con la lanza y ahora sobre la mesa, se aprecia mejor la punta del corazón que aparece clara, entre el esternón y el arco izquierdo de las costillas. Y la cortada hecha con la punta de la lanza, en el pericardio y cardio como de un centímetro y medio de largo. Un grito ahogado la dobla sobre el cadáver y la retuerce en su Dolor.

¡Pobre Madre! ¡Cuántos besos llenos de lágrimas da sobre la herida de unas tres pulgadas, que está en el costado exterior derecho! El Corazón  de Jesús, atravesado por la lanza, es la prueba irrefutable que su Hijo murió… y llora. Llora con un lamento desgarrador:

–                       ¿Qué te han hecho, Hijo mío?…

No soporta verlo así: desnudo y tieso sobre la mesa de piedra. Lo arrulla como lo hacía en la gruta de Belén. Y en un coloquio maternal con el alma de su Hijo, expresa todo su Dolor y todo su amor…

Luego, Nicodemo y José se acercan trayendo todo lo que han preparado y una Sábana limpia. Una aljofaina con agua y lienzos para secarlo. Ponen todo en un extremo de la piedra. María los ve y en voz alta, pregunta:

–                       ¿Qué pretendéis? ¿Queréis prepararlo? ¿Para qué? Dejadlo en el regazo de su Madre. Si logro darle calor, resucitará antes. Si logro consolar al Padre y a Él, por el Odio Deicida, el Padre perdonará cuanto antes. Y Él también, cuanto antes resucitará. Vosotros no creéis en su Resurrección. ¿Para qué preparasteis los aromas? Pensáis que es solo un pobre cadáver, hoy frío y mañana corrupto, ¡Y por esto queréis embalsamarlo! Dejad vuestras cosas. Venid a adorar al Salvador, con el corazón puro de los pastores betlemitas. ¡Mirad! Sólo es un Niño grande que duerme. Los pastores adoraron al Salvador durmiente. Vosotros adoráis al Salvador en su sueño de Vencedor de Satanás. como los pastores, id a decir al Mundo: “¡Gloria Dios! ¡El Pecado ha muerto! ¡Satanás ha sido vencido! ¡Paz hay en la Tierra y en el Cielo; entre Dios y el hombre! Preparad el camino para su regreso. Os lo mando. Yo, a quién la Maternidad hace sacerdotisa del Rito. Soy la Madre de la Iglesia.” Id. He dicho que no quiero que… Lo he lavado con mis lágrimas. Basta. No es necesario lo demás. Le será más fácil resucitar, libre de esas fúnebres e inútiles cosas. ¿Por qué me miráis así? ¿No os acordáis? “A esta generación malvada y adúltera que pide una señal, no se le dará más que la de Jonás… Así el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches, en el corazón de la tierra.” ¿No os acordáis? tercer día.” “El Hijo del Hombre está para ser entregado en las manos de los hombres que lo matarán; pero resucitará al tercer día.” ¿No recordáis? “Destruid este Templo del Dios Verdadero y en tres días lo levantaré.” El Templo es su Cuerpo, ¡Oh, hombres!… ¿Sacudes la cabeza? ¿Me compadeces? ¿Me tomas por una loca? Pero, ¿Cómo? ¡Resucitó a los muertos! ¿Y no podrá resucitarse a Sí Mismo? ¿Juan?…

El apóstol responde:

–                       ¡Madre!

María lo cuestiona:

–                       Sí. Llámame ‘madre’ No puedo vivir sin que así se me llame. Juan, tú estuviste presente cuando resucitó a la hija de Jairo y al Joven de Naím. Estaban muertos, ¿No es verdad? No se trataba de un sopor profundo, ¿Verdad? Responde.

–                       Estaban muertos. La niña había muerto dos horas antes. Daniel, un día y medio.

–                       ¿Y resucitaron a su mandato?

–                       Resucitaron.

–                       ¿Habéis oído vosotros dos?  ¿Por qué movéis la cabeza? Mi Niño es el Inocente. ¡Mi Hijo es Dios!

María mira con sus ojos inundados por la aflicción y la fiebre a los dos que preparan abatidos, pero inexorables; los lienzos mojados en los aromas. Pone delicadamente a su Hijo sobre la piedra. Da dos pasos y se inclina a los pies del lecho fúnebre, dónde de rodillas Magdalena. La toma por la espalda y la sacude…

La llama:

–                       María, responde. Estos piensan que Jesús no podrá resucitar porque es un hombre y está muerto. ¿Tu hermano no es mayor que Él?

Magdalena responde:

–                       Sí.

–                       ¿No estaba podrido antes de bajar al sepulcro?

–                       Sí.

–                       ¿Y no resucitó, después de cuatro días de asfixia y putrefacción?

–                       Sí.

–                       ¿Y entonces?

Un silencio profundo. Muy largo. Luego un grito aterrador de María. Ella vacila y se lleva una mano al corazón. Y parece rechazar a alguien que solamente Ella ve. Todos la miran asombrados ante lo que creen un delirio por la fiebre y el dolor.

Intentan acercarse para sostenerla, pero ella grita con autoridad:

–                       ¡Atrás! ¡Atrás, Cruel! ¡No ésta venganza! ¡Cállate! ¡No te quiero oír! ¡Cállate! ¡Vete! ¡En mí no hay nada que te pertenezca! ¡Nada! ¡Cállate!  ¡Ah que me muerde el corazón!

Juan pregunta:

–                       ¿Quién Madre?

María contesta:

–                       Satanás. Satanás está aquí y me dice: “No resucitará. Ningún profeta lo ha dicho.” ¡Oh, Dios Altísimo! Ayudadme todos. ¡Vosotros, espíritus buenos! ¡Mi razón vacila! No recuerdo más. ¿Qué dicen los profetas?  ¿Qué dice el Salmo? ¿Quién me repite las palabras que se refieren a mi Jesús?

Magdalena recita el Salmo 21 que se refiere a la Pasión del Mesías.

La Virgen llora más fuerte, sostenida por Juan.  Luego con voz entrecortada dice:

–                       María, David no dice… ¿Conoces a Isaías?

Magdalena repite el Cáp. 52 y 53 y termina con un sollozo:

–                       … Entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores; Él que quitó los pecados del Mundo y rogó por los pecadores”

María le grita al Jeque Árabe que sólo Ella ve:

–                       ¡Oh, cállate! ¡Muerte no! No entregado a la muerte. ¡No, no! ¡No te escucharé! ¡Mi Hijo es Dios! ¡Es el Profeta Supremo! ¡Yo creo y creeré siempre a las palabras que Él dijo! ¡Glorifica mi alma al Señor…!

Y se entrega a la Alabanza… Mientras Satanás huye furioso y derrotado…

Luego María dice:

–                       ¡No entregado a la muerte! ¡Él vencerá a Muerte! ¡Oh, que vuestra falta de Fe, unida con la Tentación de Satanás, me mete dudas en el corazón! ¿Y no creeré, Hijo? ¿No creeré a Tu Palabra Santa? ¡Dilo a mi corazón! Habla desde las riberas lejanas a donde has ido a liberar a los que esperaban tu llegada. Envía tu voz a mi alma, que está ansiosa de recibirla. Di a tu Madre que regresas. Di: “Al Tercer dia resucitare”  ¡Te lo suplico, Hijo y Dios! Ayúdame a proteger mi Fe. Satanás la envuelve en su espiral para ahogarla. Satanás ha quitado su boca de sierpe de la carne del hombre, porque Tú le arrebataste esta presa. Y ahora ha clavado sus dientes venenosos en la carne de mi corazón: paraliza sus movimientos, la fuerza, el calor. ¡Dios, Dios, Dios! ¡No permitas que yo desconfíe! ¡No permitas que la Duda me hiele! ¡No permitas a Satanás que me lleve a la desesperación! ¡Hijo, Hijo, introduce tu mano en mi corazón, para que arroje a Satanás! Introdúcela en mi cabeza. Os devolverá la Luz. Santifica con una caricia mis labios, para que fuertes digan: “¡Creo!” Creo aún contra todo un mundo que no cree. ¡Oh, qué dolor es no creer! ¡Padre! ¡Hay mucho que perdonar a quién no cree!  Porque cuando no se cree más… Cuando no se cree más… Es muy fácil caer en cualquier error. Lo digo porque estoy probando este tormento. ¡Padre! ¡Ten piedad de los que no tienen Fe! Dales, Padre Santo. Dales. Por esta Hostia Sacrificada y por mí, hostia que ahora se sacrifica… ¡Da tu Fe a los sin-fe! 

Sigue un prolongado silencio…

José y Nicodemo hacen una señal a Juan y a Magdalena. Éstos tratan de llevarla fuera del sepulcro.

María se yergue majestuosa y dice:

–                       Hacedlo. Pero Él resucitará. Inútilmente desconfiáis de mis palabras y no abría los ojos a la verdad que Él os dijo. Inútilmente trata Satanás de poner asechanzas a mi Fe. Para redimir al Mundo es necesaria aún la tortura, con la que Satanás Vencido, atormenta mi corazón. La sufro y la ofrezco por los que vendrán… ¡Adiós Hijo! ¡Adiós Amado mío! ¡Adiós Niño mío! Adiós Santo. Bueno. Amadísimo. Hermosura. ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Señor, ten piedad de mí!

Y el tormento continuó hasta el Alba del Domingo. En su Pasión, Jesús fue tentado una sola vez. Pero María expía por la mujer, culpable de todos los males. Con ataques periódicos; Satanás, con centuplicada ferocidad ataca a la Vencedora, en el corazón y el espíritu de la Madre; muchas veces. Quiere que dude y que no crea. Pero es la única que continúa creyendo…

A María se la llevan y los sacerdotes con una esponja lavan el cuerpo de Jesús. Lo ponen sobre la sábana limpia. Luego lo untan con ungüentos, lo cubren con el Sudario y otros lienzos. Y salen al huerto silencioso en medio de la luz crepuscular, que va a dar paso a la noche. Se corre la pesada piedra del sepulcro que sella la entrada.

La pequeña comitiva sale del huerto, rumbo al Cenáculo. Van adelante José y Juan. Nicodemo va detrás con las mujeres…

Y se topan con Elquías que dice furioso y con sarcasmo:

–                       Todos saben que entraste a la casa de Pilatos, profanador de la Ley. Darás cuenta de ello. ¡La Pascua se te prohíbe! Estás contaminado…

José responde:

–                       También Tú, Elquías. Me tocaste y estoy cubierto todo con la sangre del Mesías y de su sudor mortal.

–                       ¡Ay horror! ¡Lejos! ¡Esa Sangre, lejos!

–                       No tengas miedo. Ya te abandonó. Y te maldijo.

–                       También tú eres un maldito. Y no vayas a pensar, ahora que andas del brazo con Pilatos, que podrás substraer el cadáver. Ya hemos tomado nuestras providencias para esta jugada tuya.

Las mujeres se detuvieron con Juan. Nicodemo se adelanta.

José replica:

–                       Ya veo. ¡Perversos! ¡Tenéis miedo aún de un muerto! Pero de mi huerto y de mi sepulcro hago lo que me plazca.

–                       Lo veremos.

–                       Lo veremos. Apelaré a Pilatos.

–                       Sí. Fornica ahora con Roma.

Nicodemo da un paso adelante y responde:

–                       Mejor con Roma que con el Demonio. Que con vosotros, ¡Deicidas! Por otra parte dime, ¿Cómo te sientes con alas? Hace poco huías presa del terror. ¿Ya se te está pasando? ¿No se incendió una casa tuya? ¡Tiembla! ¡El castigo no ha terminado! Apenas empieza y es como la Némesis de los paganos que está amenazándote. Ni guardias, ni sellos impedirán al Vengador de levantarse y castigar.

–                       ¡Maldito!

Elquías se vuelve violentamente y choca contra las mujeres. Comprende… Mira a la Virgen y le lanza un insulto soez.

Juan da un brinco de pantera; se le echa encima y lo arroja por tierra. Apretándolo con las rodillas y con las manos enclavadas en su garganta, le grita:

–                       Pídele perdón o te estrangulo, demonio.

Y no lo suelta hasta que el maltratado fariseo, oprimido y medio asfixiado, grita:

–                       Perdón.

Pero su grito atrae a la ronda.

El decurión pregunta:

–                       ¡Alto ahí! ¿Qué pasa? ¿Otra revuelta? Quietos todos o sois muertos. ¿Quiénes sois?

–                       José de Arimatea y Nicodemo a quienes el Procónsul dio licencia para sepultar al Nazareno. Regresamos del sepulcro con su Madre, sus familiares y unos amigos y éste ofendió a su Madre. Fue obligado a pedir perdón.

–                       ¿Sólo eso? ¡Debiste haberlo degollado! Idos. Soldados, ¡Arrestad a éste! ¿Qué más quieren estos vampiros? ¿Hasta el corazón de las madres? Salve judíos.

Y ahora le toca a Elquías, probar la justicia romana.

Llegan al Cenáculo y María dice a Juan:

–                       ¡Ví a Judas y ví al Demonio en él! Y huyó porque no soporta mi voz. ¿Lo habrá dejado ya, de modo que pueda hablar a ese muerto? ¿Y yo, la Madre vuelva a concebirlo, con la Sangre de un Dios, para parirlo a la Gracia? Juan, júrame que lo buscarás y que no serás cruel con él. No lo soy, ni aún cuando tengo razón…

Juan le besa la mano con amor y le dice:

–                       Te lo juro, Madre. Pero por ahora debes descansar…

–                       Dejadme entrar en esa sala, donde la Voz de mi Niño pronunció en paz sus últimas palabras…

1. La mañana de la resurrección
(Escrito el 1° de abril de 1945)

Las mujeres vuelven a ocuparse de los aceites que, en la noche, debido al fresco del patio, se han hecho una masa espesa.

Juan y Pedro están poniendo en orden el Cenáculo y conversan.

Juan dice:

–                       ÉL lo ha dicho.

Pedro contesta llorando:

–                       También dijo: “¡No durmáis”! Lo mismo que: “No seas soberbio, Pedro. Ten en cuenta que la hora de la prueba está por venir”. Y… y añadió: “Tú me negarás…”-Pedro llora de nuevo mientras añade con gran dolor-  ¡Y yo renegué de El!»

–                       ¡Basta Pedro! Ya has tornado. ¡Basta de atormentarte!

–                       Jamás, jamás bastará. Aunque llegara a ser viejo como los primeros patriarcas, aunque viviese setecientos o novecientos años como Adán y Sus primeros descendientes no olvidaré jamás esta pena.

–                        ¿No confías en su misericordia?

–                       Sí. Si no confiase, sería como Iscariote, un desesperado. Pero aunque me perdone desde el seno del Padre a donde ha tornado, yo no me perdono. ¡Yo, yo! Yo que dije: “No lo conozco”, porque en esos momentos era peligroso conocerlo, porque tuve vergüenza de ser su discípulo, porque he tenido miedo del tormento… El marchó a la muerte y yo… pensé en salvar mi vida, y para esto lo rechacé como rechaza una mujer pecadora el fruto de su seno, después de haberlo dado a luz, porque es peligro para ella, y lo hace antes de que regrese su marido que no sabe nada. He sido peor que una adúltera… peor que…

Magdalena atraída por los gritos entra y dice

–                       No hagas tanto ruido. María te está oyendo. ¡Está tan agotada! No tiene fuerzas para nada y todo le hace mal. Tus gritos inútiles y tontos vuelven a recordarle lo que habéis sido…

Pedro replica:

–                        ¿Ves? ¿Lo ves, Juan? Una mujer puede hacerme callar. Y tiene razón, porque nosotros los varones, los consagrados al Señor, no hemos sabido más que mentir o huir. Las mujeres han sido valientes. Tú, joven y puro que pareces una mujercilla, tuviste el valor de quedarte. Nosotros, nosotros, los fuertes, los hombres, huimos. ¡Oh, qué desprecio debe tener el mundo de mí! ¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Ponme tú pie sobre la boca que mintió. Ponla bajo la suela de tu sandalia, donde habrá un poco de su sangre. Y solo esa sangre mezclada con el polvo del camino podrá perdonarme un poco, podrá dar un poco de paz al renegador. ¡Debo acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? Decídmelo: ¿Qué soy?

Magdalena responde con calma:

–                        ¡Eres un gran soberbio? ¿Te duele? Puede ser. Pero tú crees que de las diez partes de tu dolor, cinco, para no ofenderte con decir seis, proceden del dolor de poder ser despreciado. Si continúas chillando, haciendo tonterías como una estúpida mujercilla, de veras que te despreciaré. Lo hecho, hecho está. Los gritos necios no pueden reparar nada, ni anular algo. No hacen más que atraer la atención y mendigar una piedad que no merecen. Sé varón en tu arrepentimiento. No chilles. Yo… tú sabes lo que fui… Pero cuando comprendí que era más despreciable que un vómito, no me entregué a convulsiones. Lo hice públicamente. Sin pedir excusas, sin dármela. ¿El mundo me iba a despreciar? Tenía la razón. Lo merecía. El mundo decía: “¿Un nuevo capricho de la prostituta?” ¿Y el seguir a Jesús lo llamaba con una blasfemia? Tenía razón. El mundo no podía olvidar mi conducta anterior, que justificaba todo lo que se pensaba de mí. ¿Y qué? El mundo ha tenido que convencerse que María no era más pecadora. Con los hechos he convencido al mundo. Haz también tú lo mismo, y cállate.

Juan objeta:

–                       Eres dura, María.

–                       Más para conmigo que para con los otros. Lo reconozco. No tengo la mano tan suave como la tiene la Madre de Jesús. Ella es el amor. Yo… he despedazado mi pasión con el azote de mi querer. Y lo haré más. ¿Crees que me haya perdonado de haberme entregado completamente a la lujuria? No. Pero no lo digo más que a mí misma, y siempre me lo repetiré. Moriré con este secreto sentimiento de haber sido la corruptora de mí misma, en medio de un dolor inconsolable, de haberme profanado y de no haber podido dar a El sino un corazón pisoteado… Mira… he trabajado más que todos en la preparación de los bálsamos… Y con más valor que las otras lo descubriré… ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (Magdalena palidece al sólo pensarlo). Lo cubriré con nuevos bálsamos, quitando los que de seguro estarán ya fétidos sobre sus numerosas heridas… Lo haré, porque las otras parecerán clemátides después de un aguacero… Pero siento pena hacerlo con estas manos mías que regalaron tantas caricias lascivas, de acercarme con este cuerpo mío manchado junto a su santidad… Quisiera… Quisiera tener la mano de la Madre Virgen para hacer la última unción…

Pedro pregunta:

–                       ¿Dices tú que… tendrán miedo las mujeres?

Magdalena responde:

–                       No… Pero perderán su serenidad ante su cuerpo ciertamente ya corrupto… hinchado… negro. Y luego, esto es verdad, tendrán miedo de los guardias.

–                        ¿Quieres que vayamos con vosotras Juan y yo?

–                        ¡Ah, eso no! Nosotras todas vamos, porque fuimos las que estuvimos allá arriba. Por esto es justo que todas estén alrededor de su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí. Ella no puede quedarse sola…

–                        ¿No va Ella?

–                       No queremos que vaya.

–                       Está segura que resucitará… ¿Y tú?

–                       Yo, después de María, soy la que más creo. Siempre he creído que puede suceder así. Él lo ha dicho. El nunca miente… ¡El!… Antes lo llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor… Ahora, ahora me lo imagino tan majestuoso que no, que no me atreveré a darle un nombre… ¿Qué le diré cuando lo vea?

–                       ¿Pero crees que resucitará?…

Magdalena replica segura:

–                       ¡No hay duda! Con seguiros diciendo que creo y con el oíros decir que no creéis, terminaré también como vosotros. He creído y sigo creyendo. He creído y desde hace tiempo le tengo preparada la vestidura. Para mañana, porque mañana es el tercer día, se la llevará. La tengo a la mano…

–                        ¡Acabas de decir que estará negro, hinchado, feo!

–                       Feo jamás. Feo es el pecado. ¡Sí, estará negro! ¡Y qué! ¿Lázaro no estaba ya corrupto?, y con todo resucitó. Su cuerpo quedó curado. ¡Pero si lo afirmo!… No digáis nada, ¡vosotros faltos de fe! También dentro de mí la razón humana me dice: “Ha muerto y no resucitará”. Pero mi espíritu, “su” espíritu, porque El me dio un nuevo espíritu, grita, y parecen ser toques de trompetas doradas que dijeren: “¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!” ¿Por qué me arrojáis cual navecilla contra los arrecifes de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, Señor mío! Lázaro con profunda pena ha obedecido al Maestro y se ha quedado en Betania… Yo que sé quién es Lázaro de Teófilo: un valiente, no un cobardón, puedo medir su sacrificio de quedarse a la sombra y de no estar junto al Maestro. Pero ha obedecido. Más heroico obedeciendo de este modo que si lo hubiera arrancado de sus enemigos con las armas. He creído y creo. Y estoy aquí, en su espera. Dejadme ir. Se levanta el día. Tan pronto podamos .ver mejor, iremos al sepulcro…

Magdalena con su cara quemada del llanto se va. Va a donde la Virgen.

María está sentada en su silla afligidísima, exhausta  por tanto llorar. Y cuando la ve entrar le  pregunta:

–                        ¿Qué le pasó a Pedro?

–                       Una crisis de nervios. Ya se le pasó.

–                       No seas dura, María. El sufre.

–                       También yo sufro, pero no te he pedido ni siquiera una caricia. A él ya lo has curado… Y sin embargo yo pienso que la que necesita de ayuda eres tú, ¡Madre mía, santa, hermosa! Ten ánimos… Mañana es el tercer día. Nos encerraremos aquí dentro, nosotras dos, las dos que lo amamos tanto. Tú, la Enamorada santa, yo la pobre enamorada… que me esfuerzo en serlo. Lo esperaremos… A los que no creen los echaremos de aquella parte… Traeré aquí muchas rosas… Voy a hacer que traigan hoy el cofre… Pasaré por el palacio y le daré órdenes a Leví. ¡Largo todas esas cosas horribles! No las debe ver nuestro Resucitado… Muchas rosas… Tú te pondrás un nuevo vestido… No debes estar así. Te peinaré, te lavaré ese rostro que el llanto ha desfigurado. Joven eterna, te haré de madre… Finalmente tendré el consuelo de cuidar de alguien que es más inocente que un recién nacido.» Magdalena con su exuberancia cariñosa aprieta contra su pecho la cabeza de María que está sentada, la besa, la acaricia, le compone los cabellos detrás las orejas, le seca las lágrimas que siguen bajando por su vestido…

Entran las mujeres con lámparas, ánforas y vasos de bocas anchas.

María de Alfeo lleva un mortero pesado y dice:
–           No se puede estar afuera. Hace viento y se apaga la lámpara.

A la luz de lámparas de aceite preparan los aromas mezclándolos con sus lágrimas, pues todas traen los ojos enrojecidos por tanto llorar. Cuando terminan de preparar los bálsamos, se ponen los mantos.

También María se levanta, pero la rodean y le dicen que no debe ir. Sería muy cruel hacerle ver de nuevo a su Hijo que a estas horas del tercer día de muerto, estará ya todo negro por la putrefacción.  Además Ella está tan exhausta para poder caminar. No ha hecho más que llorar y orar. No ha comido nada, ni descansado.

María Salomé dice:

–                       No puedes estar de pie, María. Hace dos días que no tomas nada de alimento. Y sólo has bebido un poco de agua.

Magdalena confirma:

–                       Cierto, Madre. Vamos y pronto terminaremos. Regresamos inmediatamente.

Martha le dice:

–                       No tengas miedo. Lo embalsamaremos como a un rey. ¡Mira que bálsamos preciosos hemos preparado! ¡Y cuánto!…

María de Alfeo:

–                       No dejaremos miembro o herida. Lo haremos con nuestras propias manos. Somos fuertes y somos madres. Lo pondremos como se pone a un niño en la cuna. Los otros no tendrán que hacer sino cerrar su sepulcro.

La Virgen insiste:

–                       Es mi deber. Siempre yo tuve cuidado de El. Sólo en estos tres años que fue del mundo, lo cedí a los demás cuando estaba lejos de mí. Ahora que el inundo lo ha rechazado y renegado de El, nuevamente es mío. Torno a ser su sierva.

Al umbral se han asomado Pedro y Juan sin que las mujeres los vieran. Pedro al oír las últimas palabras se va. Se esconde en un rincón a llorar su pecado.

Juan no se mueve, pero no protesta. Quisiera ir también él, pero hace el sacrificio de quedarse junto a la Virgen.

Magdalena lleva nuevamente a María a su asiento. Se le arrodilla, la abraza en las rodillas, levantando su cara dolorosa y enamorada. Le dice:

–                       Él sabe y ve todo con su Espíritu. Pero a su cuerpo le diré tu amor, tu deseo con besos. Sé lo que es el amor. ¡Sé qué amargo aguijón es! ¡Qué hambre es! Qué nostalgia de estar con quién para nosotros es el amor. Y esto aun en los viles amores que parecen oro y no son más que fango. Ahora que la pecadora sabe lo que es el amor santo por la misericordia viviente, que los hombres no han logrado amar, mucho mejor puede comprender qué cosa sea tu amor, Madre… Todo lo que no he podido hacer por El, lo puedo hacer por ti aún… Madre a quien amo con todo mi corazón. Ten confianza en mí. Yo que supe tan dulcemente acariciar en la casa de Simón el fariseo sus santos pies; ahora, con mi alma que siempre se asoma a la gracia, sabré mucho mejor acariciar sus santos miembros, curar sus heridas, embalsamarlas más con mi amor sacado de mi corazón oprimido del amor y del dolor, que con los ungüentos. Y la muerte no tocará esos miembros que tanto amor manifestaron y tanto reciben. Huirá la muerte, porque el Amor es más fuerte que ella. El Amor es invencible. Yo, Madre, con tu perfecto amor y con el mío pleno, embalsamaré a mi Rey amado.

María besa a esta apasionada discípula que ha sabido encontrar a quien merece esta compasión y que cede a sus súplicas. Las mujeres salen llevando una lámpara. La última en salir es Magdalena, después de haber dado un último beso a la Virgen.
La casa queda oscura y silenciosa. La calle está solitaria.

Juan pregunta:

–                        ¿De veras no me necesitáis?

Magdalena responde:

–                       No. Puedes servir aquí. Hasta pronto.

Cuando Juan regresa donde María, murmura muy triste:

–                       No quisieron que las acompañara…

María lo anima:

–                       No te preocupes. Esas van donde Jesús, y tú te quedas conmigo, Juan. Oremos juntos un poco. ¿Dónde está Pedro?

–                       No sé. Por ahí ha de estar… No lo veo. Es… Creía yo que era más fuerte… También yo estoy afligido, pero él…

–                       Tiene en el corazón dos dolores. Tú uno solo. Ven. Oremos también por él.

María recita lentamente el «Padre nuestro». Acaricia a Juan y le dice:

–                       Ve donde Pedro. No lo dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas en estas horas, que no soporta ni siquiera la leve luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano extraviado. Empieza tu predicación con él. En tu camino que será largo, encontrarás siempre a muchos semejantes a él. Empieza tu trabajo con tu compañero…

–                       ¿Pero qué le debo decir?… No sé… Todo lo hace llorar…

–                       Repite su precepto de amor. Dile que quien sólo teme no conoce bien todavía a Dios, porque El es Amor. Si te replica: “He pecado”, contéstale que Dios tanto ha amado a los pecadores que por ellos ha enviado a su Unigénito. Dile que a tanto amor se le corresponde con amor. El amor da confianza en el bondadísimo Señor. Esta confianza nos sostendrá en el juicio porque reconocimos la Sabiduría y Bondad divinas. Digamos: “Soy una pobre criatura. El lo sabe y me da a Jesús como prenda de perdón v columna de sostén. Mi miseria desaparece al unirme con Jesús”. Todo se perdona en su nombre… Ve, Juan. Dile esto. Yo me quedo aquí, con mi Jesús…» y acaricia el Sudario.

Juan sale cerrando la puerta tras sí.

María se pone de rodillas como la noche anterior, mirando fijamente la santa Faz en el lienzo de la Verónica. Ora y habla con su Hijo. Muestra fortaleza para dar fuerzas a los demás. Pero cuando está sola se dobla bajo el aplastante peso de su cruz.

Sin embargo, ella lucha por levantar su alma hacia una esperanza que en Ella no puede morir, que más bien aumenta según las horas van pasando. Sus esperanzas las dirige al Padre. Sus esperanzas y su petición.

“ ¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Madre no sufre más el pensar que estás muerto allá. Tú lo dijiste y nadie te comprendió. ¡Pero yo sí! “Destruid el Templo de Dios y Yo lo reedificaré en tres días”. Ha empezado el tercer día. ¡Oh, Jesús mío! No esperes que se termine para regresar a la vida, para regresar a tu Mamá que tiene necesidad de verte vivo para no morir recordándote muerto, que tiene necesidad de verte bello, triunfante, para no morir recordándote en ese sepulcro en que te he dejado.
¡Oh, Padre, Padre, devuélveme a mi Hijo! Que lo vea regresar como Hombre y no como un cadáver, como a Rey y no como a un sentenciado. Después, lo sé, El volverá a Ti, al cielo. Pero lo habré visto curado de tanto mal, lo habré visto fuerte después de su gran debilidad, lo habré visto triunfante después de su gran lucha, lo habré visto como a Dios después de que tanto sufrió por los hombres. Me sentiré feliz aun cuando no lo tenga cerca. Sabré que estará contigo, Padre Santo, sabré que para siempre está fuera del dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar que está en el sepulcro, está allí muerto por los dolores que le hicieron sufrir, que El, mi Hijo-Dios, está sujeto a la suerte de los hombres en la oscuridad de un sepulcro, El, tu Viviente.
Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel “sí”… Nunca te he pedido nada porque siempre he obedecido tu voluntad, tu voluntad que es la mía. Nada debía exigirte por haber sacrificado mi voluntad a Ti, Padre Santo. ¡Pero ahora, ahora, por aquel “sí” que di al Ángel mensajero ‘, escúchame, oh Padre!

Después de las crueldades que padeció por la mañana, sufrió aquella agonía de tres horas, y ahora está ya fuera del alcance del dolor. Pero yo hace tres días que estoy agonizando. Tú ves mi corazón v oyes su palpitar. Nuestro Jesús ha dicho que ningún pájaro pierde una pluma sin que Tú no lo veas, que no se marchita ninguna flor en el campo, sin que no consueles su agonía con tu sol y tu rocío. ¡Oh Padre, muero de este dolor! Trátame como al pajarito que revistes de nuevo plumaje, como a la flor que refrescas, que calmas su sed con tu piedad. Estoy yerta del dolor. No tengo más sangre en las venas. Hubo un tiempo en que se convirtió en leche para alimentar a tu Hijo y mío; ahora es todo llanto porque no lo tengo más. Me lo han matado, matado, Padre, y ¡Tú sabes en qué forma!

¡No tengo más sangre! La he derramado con El en la noche del jueves, en el terrible viernes. Tengo frío como el que se ha desangrado. No tengo más sol, porque El está muerto, mi santo Sol, mi Sol bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría de su Mamá, para la salvación del mundo. No tengo más descanso porque no lo tengo más a El que es la más dulce de las fuentes para su Mamá que bebía su palabra, que calmaba su sed con su presencia. Soy como una flor en seco arenal. Me muero, me muero, Padre santo. No tengo miedo a morir, porque también mi Hijo ha muerto. ¿Pero qué harán estos pequeños, la pequeña grey de mi Hijo, tan débil, miedosa, voluble, si no hay quien la sostenga? No soy nada, Padre, pero por deseos de mi Hijo soy como un ejército armado. Defiendo, defenderé su doctrina, su herencia como una loba defiende a sus lobeznos. Yo, cordera, seré una loba para defender lo que es de mi Hijo y, por consiguiente, lo que es tuyo.

Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad arrancó las ramas de sus olivares, de sus jardines, sacó de sus casas a sus habitantes que todos hasta enronquecer gritaron: “¡Hosanna al Hijo de David; bendito el que viene en el nombre del Señor!” Y mientras pasaba sobre alfombras de ramos, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes se lo señalaban diciendo: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel”. Y cuando todavía no se habían secado esos ramos y las gargantas todavía estaban roncas de los hosannas, cambiaron sus gritos y se pusieron a acusar, a maldecir, a pedir su muerte; y con las ramas que emplearon para el triunfo hicieron garrotes para golpear al Cordero que llevaron a la muerte.
Si tanto han hecho cuando vivió entre ellos, les habló, les sonreía, los miraba con esos ojos que derriten el corazón, y hasta las mismas piedras se sienten conmovidas, les hacía bien, les enseñaba, ¿qué harán cuando El haya regresado a Ti?
Tú has visto cómo se portaron sus discípulos. Uno lo traicionó, los otros huyeron. Fue suficiente que hubiera sido aprehendido para que hubieran huido como ovejas cobardes; y no supieron estar a su alrededor cuando moría. Uno solo, el más joven, se quedó. Ahora viene el anciano. Renegó de El. Cuando Jesús no esté más aquí a defenderlo, ¿sabrá permanecer en la fe?

Yo soy nada, pero hay un poco de mi Hijo en mí, y mi amor suple lo que falta y lo anula. De este modo me convierto en algo útil a la causa de tu Hijo, a su Iglesia que no encontrará jamás paz y que tiene necesidad de echar raíces profundas para que los vientos no la arranquen. Seré yo quien cuide de ella. Como hortelana diligente vigilaré para que crezca fuerte y derecha en su amanecer. Después no me preocupará el morir. Pero no puedo vivir más si sigo sin Jesús.
¡Oh Padre!, que has abandonado a tu Hijo por el bien de los hombres, que después lo has consolado, porque ciertamente lo has aceptado en tu seno después de su muerte, no me dejes más en el abandono. Lo que sufro lo ofrezco por el bien de los hombres. Pero confórtame ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, Espíritu divino! Acuérdate de tu Virgen.»
Después, postrada contra el suelo, parece orar. Realmente es un ser destrozado. Se parece a esa flor muerta de sed de que habló. Ni siquiera advierte el sacudimiento de un terremoto breve que hace gritar y huir a los dueños de la casa, mientras que Pedro y Juan, pálidos cual muertos, se arrastran hasta el umbral de la habitación.

Al ver a la Virgen tan absorta en su oración, lejana de todo lo que no sea Dios, se retiran cerrando la puerta, y espantados regresan al cenáculo.