Archivos diarios: 9/04/12

PRIMER MISTERIO DE GLORIA II


SEGUNDA PARTE: EL TEMPLO PROFANADO y…

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Al día siguiente… el Sábado de gloria.

Amanece nublado y amenazando aguacero.

Muy entrada la mañana, Juan regresa y entra a la habitación de la Virgen… La saluda y le dice:

–                       Madre, no pude encontrar a Pedro. Sólo a… Judas de Keriot.

María pregunta:

–                       ¿Dónde está?

Juan la mira espantado y dice:

–                       ¡Oh, Madre! ¡Qué horror! Estaba yo en el camino del Monte de los Olivos y vi que sobre una saliente volaban en círculos los buitres, en medio de riñas. No sé por qué fui allí…  Y vi… ¡Que espanto! Está colgado de un olivo, hinchado y negro como si hubiera muerto hace más de una semana. Huele muy feo. Está horrible…

–                       ¡Qué horror! Dices bien… Más allá de la Bondad, ha estado la Justicia. En realidad la Bondad está ausente ahora… Pero Pedro… ¡Tenemos que encontrar a Pedro y a todos los demás!…

–                       Iré a buscarlos, Madre. No te preocupes.

Por la tarde de ese sábado, los sacerdotes del Templo hablan de un suceso impactante que ha impedido la Ofrenda del Incienso.

Annás y Caifás han sido notificados de que en sus casas, están esparcidas las entrañas de un cuerpo humano en descomposición.

Nadie se explica quién pudo cometer tan abominable sacrilegio. Pero las malas noticias no acaban ahí.

Un joven levita entra aterrorizado y dice que vayan al Lugar Santísimo a ver lo que está sucediendo. Que los ha mandado llamar Eleazar ben Annás.

Ellos corren y cuando llegan…

Annás dice a Caifás:

–                       No hace ni veinticuatro horas que el Velo se rasgó y el quicio del Altar se abrió, dejando al descubierto al Santo de los Santos, ¿Qué sucede ahora que pueda ser peor que eso?

Caifás contesta:

–                       ¡Es una locura! Desde la muerte de ‘Ese’ no acaban nuestras desgracias.

Lo ‘peor’ lo muestra Eleazar al verlos llegar jadeantes por la carrera. Y les pregunta horrorizado:

–                       ¡Ved! ¿Quién pudo haber hecho esto?…

El Sumo Pontífice se asoma al lugar donde sólo el sacerdote de turno puede entrar y queda paralizado por el espeluznante espectáculo.

Annás lo mira asustado y se asoma también.

La respuesta lo deja igual de pasmado…

cadaver

El cadáver putrefacto, lleno de gusanos, negro e irreconocible, está sobre el Altar. Junto al lugar donde se adora al Santo de los santos… ¿Pero quién …? ¿Por qué? ¿O?…

¿Qué es lo que está pasando?…

Caifás mira los vestidos. El color amarillo es inconfundible… Y la faja roja enredada en su cuello… Reflexiona y…

Se queda boquiabierto y se toca la herida en los labios, mientras murmura asombrado:

–                       ¡No puede ser! ¡Es Judas de Keriot!

Annás:

–                       ¿Quién pudo haberlo traído? ¡Esto es imposible!…

El Sumo Pontífice:

–                       ¡El Templo ha sido Profanado!…

Y se llevan las manos a la cabeza, sin poderlo creer… Y tampoco saben qué hacer, pues nadie se quiere contaminar…

Al día siguiente…

La Resurrección (Escrito el 1° de abril de 1945)

En el huerto todo es silencio y brillar de rocío.

El firmamento azul-negro lleno de titilantes estrellas, poco a poco va tomando un color zafiro más claro. El alba va empujando de oriente a occidente las zonas más oscuras, como la ola durante la marea alta que avanza cubriendo la playa oscura, sustituyendo el gris negro de la arena mojada y el de los arrecifes, con el azul marino del agua antes de que la luz del sol los cambie en otro color.

Las estrellas parpadean cada vez más débiles, bajo la luz blanco-verdosa del alba. Poco a poco, el cielo va perdiendo sus miríadas de estrellas, al mismo tiempo que va surgiendo la aurora, con sus fulgores purpúreos. Los pajarillos aún duermen entre el ramaje de un altísimo ciprés y en el seto de laureles que los defiende del viento.

Los guardias fastidiados, temblando de frío; aletargados por el sueño, guardan el sepulcro en diversas actitudes…

La puerta del sepulcro, ha sido reforzada con una gruesa capa de cal, como si fuese un contrafuerte. Sobre el color blanco opaco golpean las largas ramas del rosal y también sobre el sello del templo.

Solo quedan los rescoldos de una fogata; los huesitos pulidos con los que jugaron al dominó, sobre un tablero marcado en la vereda y las sobras de la cena consumida. Se han acomodado, unos para velar y otros para dormir.

El cielo tiene los tintes del alba antes del amanecer… Y de repente se asoma un meteoro brillantísimo, que desciende cual bola de fuego de un resplandor incomparable,  seguido de una brillante estela. Desciende velocísimo hacia la tierra, derramando una luz tan intensa, que pese a su belleza infunde temor.

La rosada luz de la aurora desaparece al contacto de esta blanquísima incandescencia.

Los guardias levantan espantados sus cabezas, porque junto con la luz llega un retumbo armónico y majestuoso que llena todo lo creado… Lo escuchan y por ser desconocido, no  lo pueden comprender…

Viene de las profundidades paradisíacas. Es el Aleluya, la gloria angelical que sigue al Espíritu de Jesús, que vuelve a su cuerpo glorioso.

El meteoro da contra la inútil cerradura del sepulcro; lo destruye, lo echa por tierra, esparce terror y fragor sobre los guardias, que habían sido puestos de carceleros del Dueño del Universo y al pegar contra la tierra provoca un nuevo terremoto como había sucedido cuando el Espíritu del Señor salió de la tierra…

Entra en la oscuridad del sepulcro que se ilumina con esa luz indescriptible y mientras permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu vuelve a entrar en el cuerpo sin vida bajo las fúnebres vendas.

Todo esto no sucedió en un minuto, sino en fracción de minuto. El aparecer, descender, penetrar y desaparecer de la luz de Dios ha sido velocísimo…  El «Quiero» del divino Espíritu a su frío cuerpo no recibe contestación. El «Quiero» lo dice la Esencia a la materia muerta. Sin embargo no se oye ni una palabra.

La carne recibe la orden y obedece con un profundo respiro…
No pasa más de un minuto y…

Bajo el Sudario y la Sábana; la carne muerta, se vuelve gloriosa y se transforma en una eterna belleza.

Despierta del sueño de la muerte, vuelve de la «nada» en que estaba. El corazón se despierta… Da el primer latido… Empuja en las venas la helada sangre que quedó e inmediatamente crea lo que necesitan las arterias vacías… Lo que necesitan los pulmones inmóviles, el cerebro…  Lleva calor, salud, fuerzas, pensamiento…  Un instante más…

Y un movimiento repentino se sucede bajo la Sábana.

Tan repentino que del instante en que El ciertamente mueve las manos cruzadas,  al momento en que aparece de pie: imponente, brillantísimo con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente hermoso y majestuoso; con esa solemnidad que lo cambia y lo eleva, siendo siempre el mismo; apenas si el ojo humano tiene tiempo de captar los cambios.

Y ahora nuestro espíritu puede admirarlo…

Han desaparecido todas las huellas de su atroz tormento. Está limpio, sin heridas, ni sangre. Despide luz de sus cinco llagas y la misma Luz brota también de cada poro de su piel.

Cuando da el primer paso — y al moverse los rayos que brotan de manos y pies le forman como aureola de luz, desde la cabeza nimbada de una corona que le hicieron las heridas de las que no brota sangre sino resplandor, hasta la orla del vestido.-  Cuando al abrir sus brazos que tiene cruzados sobre el pecho, descubre una luminosidad vivísima que se trasluce por el vestido encendiéndole a la altura del corazón — entonces realmente es la «Luz» que ha tomado cuerpo.

No se trata de la pobre luz terrena, ni de la de los astros, ni de la del sol; sino de la de Dios. Todo el brillo paradisíaco se junta en un solo Ser y le da su azul inimaginable por pupilas, su fuego de oro por cabellos, su candidez angelical por vestiduras y colorido y lo que no puede describir la palabra humana: el inmenso ardor de la Santísima Trinidad…  Que anula con su potencia abrasadora cualquier fuego del paraíso, absorbiéndolo en Sí,  para engendrarlo de nuevo en cada instante del tiempo eterno.

Corazón del cielo que atrae y difunde su sangre, las incontables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo cuanto es el paraíso: el amor de Dios, el amor a Él. Lo que forma al Jesús resucitado todo es luz.

Cuando se dirige hacia la salida… Su magnífico resplandor, permite ver dos luminosidades hermosísimas, cual estrellas con respecto al sol. Están a cada lado del umbral, postradas en adoración ante su Dios que pasa envuelto en su luz; derramando dicha en su sonrisa.

Sale. Deja su fúnebre gruta. Vuelve a pisar la tierra que se despierta de alegría y se adorna con el brillo del rocío, con los colores de las hierbas, de los rosales, con las corolas de los manzanos que se abren milagrosamente al primer beso que les da el sol. La tierra saluda adorando al Sol eterno que por ella pasa.

Los guardias están allí, semi-desmayados…

Los ojos mortales no ven a Dios, pero sí los puros del universo… Ven y admiran las flores, las hierbas, los pajaritos…  Al Poderoso que pasa en un nimbo de Luz que es suya, en un nimbo de luz solar. Su sonrisa, su mirada que se posa sobre las flores, sobre las ramas de los árboles; que se levanta al cielo…  Todo lo reviste de su Belleza.

Más suaves y transparentes que el del más bello rosal,  son los pétalos que forman una corona sobre la cabeza del vencedor.

El rocío le brinda sus diamantes. El cielo en sus ojos resplandecientes se refleja. El sol alegre pinta con sus colores una nubecilla de una ligera brisa, para que venga a besar a su Rey; trayéndole los perfumes de los jardines que extrajo y las caricias de los delicados pétalos.

Jesús levanta su mano y Bendice.

Los pajarillos se desgranan en trinos. El viento en perfumes. Jesús desaparece… dejando a su paso un rastro de incomparable dicha…

Jesús se aparece a su Madre
(Escrito el 21 de febrero de 1944)

La Virgen está postrada con el rostro en tierra. Parece un ser abatido, como la flor muerta de sed de que ha hablado.

La cerrada ventana se abre bruscamente…  Y con el primer rayo del sol entra Jesús.

María, que se estremeció al ruido y levanta su cabeza para ver qué clase de viento hubiera abierto las hojas de la ventana, mira a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso de lo que era antes de su pasión, sonriente, vivo. Luminoso más que el sol, con un vestido blanco que parece tejido con luz  y se acerca a Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y juntando sus manos sobre el pecho en cruz, habla con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, Dios mío.»

Y se queda extasiada al contemplarlo. Las lágrimas que bañaban su rostro se detienen. Su rostro se hace sereno, tranquilo con la sonrisa y el éxtasis.

Jesús no quiere ver a su Madre de rodillas como a una esclava…

Tendiéndole las manos de cuyas llagas salen rayos que hacen más luminoso su cuerpo, le dice:

–                        ¡Madre!

No es la palabra desconsolada de las conversaciones y de los adioses anteriores a la pasión, ni el lamento desgarrador de su encuentro en el Calvario y en su último suspiro…

Es un grito de triunfo, de alegría, de victoria, de fiesta, de amor, de gratitud.

Se inclina sobre su Madre que no se atreve a tocarlo…  Le pasa las manos por los codos doblados, la pone de pie, la estrecha contra su corazón y la besa.

¡Oh!, entonces María comprende que no es una visión…

Que es realmente su Hijo resucitado…  Que es su Jesús, su Hijo quien la sigue amando como a tal. Y con un grito se le echa al cuello, lo abraza, lo besa, entre lágrimas y sonrisas. Lo besa en la frente donde no hay más heridas; en la cabeza que no está despeinada, ni ensangrentada; en los brillantes ojos, en las mejillas sanas, en la boca que está hinchada. Luego le toma las manos, besa el dorso y la palma. Se arrodilla, besa sus pies al levantar la resplandeciente vestidura. Luego se pone de pie. Lo mira, pero no se atreve a hacer más…

Entonces Él sonríe y comprende. Entreabre su vestido, muestra el pecho y pregunta:

–                       ¿Madre, no besas ésta, que tanto te hizo sufrir y que eres la única digna de besar? Bésame en el corazón, Madre. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que fue dolor y me dará la alegría que falta aún a mi júbilo de resucitado.

Toma entre sus manos el rostro de la Virgen, le apoya sus los labios en la herida del costado de que manan ríos de vivísima luz.

El rostro de María se nimba con esa luz, pues está envuelto en sus rayos. Besa una y otra vez la herida, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que bebe de un manantial y que bebe las linfas la vida misma, que iba perdiendo.
Jesús habla:

– “Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte.

Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeros en mi viaje por la tierra y más allá. Conmigo fueron a la cruz y al limbo. Fueron el incienso que precedían al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mí Cielo. Fueron conmigo al paraíso, adelantándose cual voz angelical al cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba para que los ángeles estuviesen prontos a saludarme corno al Vencedor, que regresaba a su reino.

El Padre y el Espíritu vieron, oyeron tus plegarias, que tuvieron la sonrisa de la flor más bella; que fueron más melodiosas que el más dulce cántico que en el paraíso hubiera brotado. Los patriarcas los nuevos santos, los primeros ciudadanos de mi Jerusalén las oyeron y te traigo ahora su agradecimiento. Madre, al mismo tiempo que el beso y bendición de nuestros parientes, te traigo los de tu esposo de alma; José…

Todo el cielo canta sus hosannas a ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falaz como el que hace pocos días me brindaron…

Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí el pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez. Debo confirmar en la fe a quien aún no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir el ataque del mundo.

Luego subiré al cielo. Pero no te dejaré sola. Madre, ¿Ves ese velo? En mi aniquilamiento, quise mostrarte una vez mi poder con un milagro, para que te consolase.

Ahora realizo otro. Me tendrás en el Sacramento, real como cuando me llevabas en tu seno. No estarás jamás sola. En estos días lo has estado.

Este dolor tuyo era necesario a mi redención. Mucho se le irá añadiendo porque seguirá aumentando el pecado. Llamaré a todos mis siervos para que coparticipen de esta redención. Tú eres la que sola harás más que todos los santos juntos. Por esto era necesario también este abandono. Ahora no más.

No estoy más separado del Padre. Tú no lo estarás más de tu Hijo. Y al tener al Hijo, tienes a nuestra Trinidad. Cielo viviente, llevarás sobre la tierra a la Trinidad entre los hombres y santificarás la Iglesia.

Tú, Reina del sacerdocio y Madre de los que creerán en Mí. Luego vendré a llevarte… No estaré ya más en ti, sino tú en Mí; en mi reino, para que hagas más bello mi Paraíso.

Ahora me voy, Madre. Voy a hacer feliz, a la otra María. Luego subiré a donde mi Padre y de ahí vendré a ver a quien no cree.

Madre, dame tu beso por bendición. Mi paz te acompañe. Hasta pronto.”
Jesús desaparece en el sol que baja a torrentes del cielo matinal y tranquilo.

Dice Jesús:

La vida comienza cuando parece que termina,. La Muerte, es sólo la dolorosa transición hacia la Verdadera Vida. El hombre fue creado para el Cielo. Destinado desde un principio a ser Templo Vivo de Dios; su paso por la tierra, es solo la preparación de ese magnífico destino.

            El Infierno fue creado para castigo de Satanás y sus ángeles rebeldes a Dios. Ahora lo comparten los hombres que rechazan mi Salvación y mi Doctrina; por más que se nieguen a creer que existe.

En la noche del Viernes Santo, después de una muerte cuyos tormentos sólo pueden compararse a los del Infierno; bajé a él para atraer del Limbo a los que aguardaban el momento de mi Triunfo, que les abriría las puertas del Cielo, para llevarlos Conmigo.

¡Cuánto dolor sentí al entrar en aquel lugar tan atroz! ¡Qué espantoso es el Fuego del Rigor de Dios! ¡Qué terrible es perder el Amor, para vivir y respirar Odio; que es lo único que palpita en aquel Reino Maldito!

SOY VUESTRO SEGUNDO CREADOR. El pecado mató la Gracia en el hombre y su alma profanada por Satanás, quedó convertida en un cadáver. Os amé hasta el extremo de querer conocer la vida y la muerte de la Tierra, para hacerme Alimento de vuestra debilidad y Sacramento, para permanecer entre vosotros. Me despojé de la Vida para daros la Vida. Me despojé de mi vestidura de Dios y me cubrí con la vuestra de Hombre. Y aun ésta la perdí, por vosotros; despué de probar todos sus horrores:

Dolores, hambres, traiciones, torturas, fatigas, agonía y muerte.

¡Oh Redención del Hombre, cuánto me costasteis! Reparación y Obsequio ofrecido a mi Padre Santísimo. Como Consagrante, Constructor y Víctima, tengo derecho a ser Sacerdote Supremo.

Esto es lo que constituye mi Gloria: haber restituido a Dios los Templos Vivos de vuestras almas de nuevo consagradas. Y de esta Gloria me revistió el Padre; otorgándome el Poder de ser Juez de todas las creaturas que hice mías, al Precio de un Sacrificio sin Límites.

El aguijón de mi Cuerpo Destrozado, redoblaba las plegarias ardientes de mi Madre y para consolar su corazón agonizante, anticipé el Milagro de mi Resurrección.

Al alba del tercer día, mi Espíritu bajó como un rayo poderoso: destruí los sellos de los hombres, tan inútiles ante el Poder de Dios. Derribé la piedra y aterroricé a los guardias puestos para vigilar al que Es Vida, a quién ninguna fuerza humana puede impedir que lo sea. Con su Fuego Divino, calentó los fríos restos de mi cadáver y el Nuevo Adán, se dijo a Sí Mismo: Vive. Lo quiero.

Y mi cadáver sintió que la Vida volvía a Él. Como un hombre que se despierta después de un profundo sueño, doy un gran respiro. Ni siquiera abro los ojos. Lentamente la sangre vuelve a llenar las venas vacías, vuelve a latir el corazón, da calor a los miembros. Las heridas se cierran, los moretones desaparecen. ¡Cuán herido estaba Yo! Pero la Fuerza entra en actividad. Estoy sanado.  Me he despertado. He vuelto a la Vida. Estuve muerto. AHORA VIVO. Ahora me levanto. Me quito las sábanas en las que estuve envuelto. Me libro de los ungüentos. Aparezco tal cual Soy: la Belleza Eterna. La Perfección Absoluta. Me pongo un vestido que no es de esta tierra; me lo tejió mi Padre, que es el que teje la delicadeza de os lirios. Estoy revestido de resplandor. Mis Llagas son mis adornos. No manan sangre, sino Luz. Esa Luz que será la alegría de mi Madre, de los bienaventurados y terror de los Malditos, de los demonios en la Tierra y en el Último Día.

El Ángel de mi vida terrestre y el Ángel que me acompañó en mi Dolor, están postrados ante Mí y adoran mi Gloria. Mis dos ángeles. Uno para sentirse Bienaventurado a la vista del Hombre a quién guardó, que no tiene ya más necesidad de protección angelical. El otro que vio mis Lágrimas para ver mi Sonrisa; que vio mi Lucha, para ver mi Victoria; que vio mi Dolor, para ver mi Alegría. Salgo al huerto lleno de flores. Los manzanos abren sus corolas para formar un arco sobre mi Cabeza de Rey. Las hierbas se doblan para servir de alfombra a mis pies que vuelven a pisar la Tierra Redimida. Me saludan los primeros rayos del sol; el aire abrileño; las nubecillas que pasan y los pájaros. Soy su Dios. ME ADORAN.

Paso entre los guardias semidormidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no sienten cuando pasa su Dios.

Es Pascua ¡El Paso del Ángel de Dios! Su paso de la Muerte a la Vida. Su paso para dar Vida a los que creen en su Nombre. Es la Paz que pasa por el mundo. Voy a ver a mi Madre.  Con mi vestido de Hombre Glorificado, con su resplandor sin igual y de diamantes. Ella me puede tocar porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios. El Nuevo Adán va donde la Nueva Eva. El Mal entró en el mundo por la mujer y por la Mujer fue vencido. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres del veneno de Lucifer. Ahora SI QUIEREN, PUEDEN SALVARSE. Ha salvado a la mujer que quedó tan frágil, después de la herida mortal.

Después me presento a la MUJER REDIMIDA, a la representante de todas las mujeres a quienes he librado de la mordida de la Lujuria, para decirles que se acerquen a Mí para curarlas; que tengan fe en Mí; que crean en mi Misericordia que comprende y perdona. Que para vencer a Satanás, el Instigador de sus cuerpos, miren el mío adornado con sus Cinco Llagas.

No permito que me toque; todavía le falta mucho para purificarse con la penitencia. Pero su amor merece un premio. Supo resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio; deshacerse de Satanás que la tenía aferrada; desafiar al mundo por amor a su Salvador. Supo despojarse de todo lo que no fue amor; para no ser más que amor que arde por su Dios.

Y Dios la llama: ¡María!

Oye y responde: ¡Raboní!

Y en ese grito se oye su corazón. Le doy el encargo por haberlo merecido, de ser la Mensajera de mi Resurrección. Se le tacha de haber visto fantasmas; pero no le importa a María de Magdala, María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha visto Resucitado y esto le produce una alegría tal, que le impide cualquier otro sentimiento. AMO A LA QUE FUE CULPABLE, PERO QUISO SALIR DE SU CULPA.

Magdalena la resucitada a la Gracia, es la primera en verme.