PRIMER MISTERIO DE GLORIA III


TERCERA PARTE: CONFIRMANDO LA FE

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Las mujeres piadosas van al sepulcro
(Escrito el 2 de abril de 1945)

Las mujeres que habían partido, caminan a lo largo del muro sumido en la penumbra. Por algunos minutos no hablan. Van bien arropadas y miedosas de tanto silencio y soledad. Luego, cobrando ánimo a la vista de la absoluta tranquilidad que reina en la ciudad, se reúnen en grupo y, dejando el miedo, hablan.

Susana pregunta:
–           ¿Estarán ya abiertas las puertas?

Salomé responde:

–           Claro. Mira allá al primer hortelano que entra con verduras. Se dirige al mercado.- y añade- ¿Nos dirán algo?

Magdalena interroga:

–           ¿Quién?

–           Los soldados, en la puerta Judiciaria… Por allí… entran pocos y salen menos… Podríamos levantar sospecha…»

–           ¡Y qué con eso! Nos verán, y verán a cinco mujeres que van al campo. Nos pueden tomar por quienes, después de haber celebrado la pascua, regresan a su ciudad.

–           Pero… para no llamar la atención de ningún malintencionado, ¿Por qué mejor no salimos por otra puerta y luego damos vuelta a lo largo del muro?…

–           Se haría más largo el camino.

–           Pero estaríamos más seguras. Vamos a la puerta del Agua…

Magdalena responde secamente:

–           ¡Oh, Salomé! ¡Si yo fuera tú, escogería la puerta Oriental! Sería más largo el recorrido. Hay que hacerlo pronto y volver presto.

Todas le ruegan:

–           Entonces escojamos otra, pero no la Judiciaria. Sé buena…

–           Está bien, y ya que lo queréis, pasaremos por donde Juana. Nos pidió que se lo hiciéramos saber. Si fuéramos derecho, no habría necesidad. Pero como queréis dar una vuelta más larga, pasemos por su casa…

–           ¡Oh, sí! También por los guardias que hay allí… Juana es conocida y respetada…

Martha dice:

–           Propondría que se pasase por la casa de José de Arimatea. Es el dueño del lugar.

Magdalena se detiene y contesta:

–           ¡Claro! ¡Hagamos ahora un cortejo para que nadie repare en nosotras! ¡Oh, qué cobarde hermana tengo! Más bien, Marta, hagamos así. Yo me adelanto y espero. Vosotras venís con Juana. Me pondré en medio del camino si hay peligro alguno, me veréis y regresaremos. Os aseguro que los guardias ante esto que lo he pensado (enseña una bolsa llena de monedas) nos dejarán hacer todo.

Susana dice:

–           Lo diremos también a Juana. Tienes razón.

Magdalena decide:

–           Entonces id, que yo me voy por mi parte.

Martha dice temerosa por ella:

–           ¿Te vas sola, María? Voy contigo.

–           No. Tú vete con María de Alfeo a la casa de Juana. Salomé y Susana te esperarán cerca de la puerta, del lado del afuera de los muros. Luego tomaréis juntas el camino principal. Hasta pronto.

Magdalena no da pie a otros posibles pareceres y se va veloz con su bolsa de perfumes y el dinero en el seno. Pasa por la puerta Judiciaria para llegar más pronto. Nadie la detiene…
Las otras la miran… Y se van.  Más adelante en otra calle, vuelven a dividirse. Salomé y Susana siguen por la calle, entre tanto que Marta y María de Alfeo llaman al portón de hierro, de la rica mansión de Juana de Cusa. Cuando están en el atrio, esperándola; sucede el breve y fuerte terremoto que vuelve a aterrorizar a todos los habitantes de Jerusalén, que no han olvidado los sustos del Viernes.

Magdalena por su parte, está exactamente en los linderos del huerto de José de  Arimatea; cuando la sorprende el poderoso rugir de esta señal celestial. María siente el sacudimiento y cae por tierra, murmurando:

–           ¡Señor mío!

Luego se levanta y corre veloz hacia la huerta. El celeste meteoro ha entrado destruyendo sello y cal puestos para refuerzo de la tumba. Con el estruendo cae la puerta de piedra, dejando como muertos a los guardias aterrorizados.

María al llegar ve a estos carceleros del Triunfador echados por tierra como un manojo de espigas segadas, pero no relaciona el terremoto con la resurrección. Y cuando  contempla aquel espectáculo piensa que haya sido un castigo de Dios contra los profanadores del sepulcro de Jesús y cayendo de rodillas grita:

–           ¡Ay de mí! ¡Lo han robado!

Queda destrozada. Se desploma llorando como una niña al encontrar la tumba vacía.

Luego se levanta y corre para ir a decirlo a Pedro y Juan. Y como no piensa sino en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de sus compañeras, ni de esperarlas en el camino. Como  una gacela regresa por la puerta Judiciaria y vuela por las calles y llega hasta el Cenáculo. Toca fuertemente en el portón y le abren.

Magdalena pregunta angustiada:

–           ¿Dónde están Juan y Pedro?

La mujer señala el Cenáculo y dice:

–           Allí.

Los dos discípulos la miran sorprendidos, cuando ella en voz baja por compasión a la Virgen, pero llena de dolor, dice:

–           ¡Se han llevado al Señor del Sepulcro! ¡Quién sabe dónde lo habrán puesto!

Los dos apóstoles dicen al mismo tiempo:

–           ¡Pero cómo! ¿Qué estás diciendo?

Magdalena responde ansiosa:

–           Me adelanté… para comprar las guardias… para que nos dejasen embalsamarlo. Están allí como muertos… El sepulcro está abierto, la piedra por tierra… ¿Quién habrá sido? ¡Oh, venid! Corramos…

Susana y Salomé han llegado a la muralla, cuando el terremoto las asusta. Pero el amor sobrepuja el miedo y rápidas se dirigen al sepulcro. Cuando entran en el huerto, ven a los guardias tirados por tierra… Y ven que sale una gran luz del sepulcro abierto. Luego se asoman al umbral y en la oscuridad de la gruta sepulcral ven a un ser muy luminoso y bellísimo, que les sonríe. Las saluda desde el lugar de donde está: apoyado a derecha de la piedra de la unción que desaparece con el inmenso resplandor.
Espantadas caen de rodillas.
Dulcemente el ángel les habla:

–           No temáis. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para ser feliz con su término. Jesús no siente más el dolor, ni la humillación de la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado a quien buscáis, ha resucitado. ¡No está más aquí! Vacío está el lugar donde lo pusieron. Alegraos conmigo. Id. Decid a Pedro y a los discípulos que ha resucitado, que se os adelanta en Galilea. Allá lo veréis por un poco de tiempo más, según lo había dicho.

Las mujeres caen con el rostro a tierra y cuando lo levantan, murmuran aterrorizadas:

–           ¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto el ángel del Señor!
En campo abierto se tranquilizan un poco.

Salomé dice:

–           Si contamos lo que vimos nadie nos creerá.

Susana contesta:

–           Si decimos que estuvimos en el sepulcro, los judíos pueden acusarnos de haber matado a los guardias. Y…

–           ¡Oh no! ¡No! ¡No podemos decir nada a nadie!

Y deciden callar sin decir nada ni a amigos, ni a enemigos. Espantadas, enmudecidas regresan por otro camino a casa. Entran y se meten al cenáculo. Ni siquiera tratan de ver a la Virgen… Allí piensan si lo que han visto, no habrá sido un engaño del demonio.

Como humildes que son, piensan…

“No puede ser que se nos haya concedido ver al enviado de Dios.” No. “Es Satanás que nos quiso aterrorizar.”
Y lloran, rogando como dos niñas espantadas por una pesadilla…

Mientras tanto…

El tercer grupo: el de Juana, María de Alfeo y Marta; van por la calle,  donde  las sorprendió el terremoto y ven a la gente aterrorizada, recordando lo sucedido el Viernes.

María de Alfeo dice:

–           ¡Mejor si todos están atemorizados! Tal vez hasta los guardias lo estarán y nos dejarán pasar.

Ligeras van a la muralla. Mientras caminan, Juan, Pedro y Magdalena han llegado al huerto Juan se adelanta y  llega primero al sepulcro. Ya no están los guardias. Tampoco el ángel. Juan se arrodilla temeroso y afligido en el umbral abierto y dice:

–           Simón, ¡No está! María ha visto bien. Ven, entra, mira.

La oscuridad, a estas horas de la mañana, es densa dentro del sepulcro.  Sólo se ilumina por la abertura de la puerta en la que se dibujan las sombras de Juan y Magdalena…

Pedro se esfuerza en ver y tembloroso toca la mesa de la unción y la siente vacía… Y dice:
–           Juan, ¡No está! ¡No está!… ¡Oh, ven también tú! Tanto he llorado que apenas si puedo ver algo con esta raquítica luz.
Juan se levanta y entra. Mientras lo hace Pedro descubre el sudario colocado en un rincón, bien doblado y con él la Sábana enrollada cuidadosamente.

Pedro dice muy triste:

–           De veras que lo han robado. No pusieron los guardias por nosotros, sino para hacer esto… Y nosotros permitimos que lo hicieran…

Magdalena pregunta:

–           Oh, ¿dónde lo habrán puesto?

Juan dice:

–           ¡Pedro, Pedro, ahora… todo se ha acabado!»

Los dos discípulos salen anonadados.

Pedro dice:

–           Vámonos, Magdalena. Lo dirás a su Madre…

Magdalena objeta:

–           Yo no me voy. Me quedo aquí… Podrá venir alguien… No me voy… Aquí hay todavía algo de El. Su Madre tenía razón… Respirar el aire donde estuvo El es el único consuelo que nos queda.

–           El único consuelo… Ahora tú misma lo ves que era una tontería esperar.

Por toda respuesta, Magdalena se abate hasta el suelo, junto a la puerta y llora mientras los otros despacio se van. Después de un rato levanta su cabeza, mira adentro y entre lágrimas ve a dos ángeles sentados a la cabeza y a los pies de la mesa donde se hizo el embalsamamiento. La pobre María está tan aturdida con la lucha que se traba entre la esperanza y la Fe, que los mira sin siquiera sorprenderse.

Y uno de ellos le pregunta:

–           ¿Por qué estás llorando, mujer?

Magdalena responde:

–           Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

El ángel mira a su compañero y sonríe. Con mucha alegría, los dos miran hacia el huerto
florido con los miles de corolas que se han abierto a los primeros rayos del sol en los manzanos que hay allí.

María se vuelve para ver lo que miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo al que no reconoce…

Él la mira con piedad y le pregunta:

–           Mujer, ¿Por qué estas llorando? ¿A quién buscas?

Entre sollozos Magdalena dice:

–        ¡Me han quitado al Señor Jesús! Había venido para embalsamarlo con la esperanza de que resucitase… Todo mi valor, todas mis esperanzas, toda mi fe giran en torno a mi amor por El… pero ahora no lo encuentro más… ¡Todo es inútil! Los hombres han robado a mi Amor y con ello todo se han llevado… ¡Oh Señor mío, si tú te lo llevaste, dime dónde lo pusiste! Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy a tus pies para suplicártelo como una esclava. ¿Quieres que te compre su cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. ¡Dime, dime, dónde está mi Señor Jesús! Hace tres días que la ira de Dios nos ha castigado por lo que se hizo a su Hijo… No agregues profanación al delito…

Jesús se revela en su triunfante fulgor y centellea al decir:

–        ¡María!

María al son de su grito que llena el huerto se levanta, se echa a los pies de Jesús. Quiere besarlos.

Pero Jesús tocándola apenas con la punta de sus dedos sobre la frente la separa diciéndole:

–        ¡No me toques! Aun no he subido a mi Padre con este vestido. Ve donde están mis hermanos y amigos y diles que subo a mi Padre y vuestro, a mi Dios y vuestro. Y luego iré donde están ellos.

Jesús desaparece envuelto en un destello.

Magdalena besa el suelo donde estuvo y corre a casa. Entra como un cohete hasta la habitación de la Virgen y la abraza llorando de alegría y gritando:

–           ¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!

Mientras acuden Pedro y Juan y del cenáculo salen espantadas Salomé y Susana, que escuchan lo sucedido; llegan de la calle María de Alfeo, Marta y Juana que con el aliento entrecortado y dicen:

–           ¡Estuvimos allí! Vimos dos ángeles que dijeron ser los custodios del Hombre-Dios. Y el ángel de su Dolor nos dio la orden de decir a los discípulos que había resucitado.

Pedro mueve la cabeza negando.

Martha confirma:

–           Sí.  Han dicho: “¿Por qué buscáis al Viviente entre los muertos? Él no está aquí. Ha resucitado como lo predijo cuando estaba en Galilea. ¿No os acordáis de ello? Dijo: ‘El Hijo del hombre debe ser entregado en las manos de los pecadores y será crucificado. Pero resucitará al tercer día’ ”

Pedro sacude su cabeza diciendo:

–           ¡Muchas cosas han sucedido en estos días! Os habéis quedado asustadas.
Magdalena levanta la cabeza del regazo de María y confiesa:

–           ¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y que luego vendrá. ¡Qué bello es!…

Y llora como nunca lo había hecho, ahora que no tiene por qué atormentarse a sí misma al luchar contra las dudas que le asechaban de todas partes.
Pedro y Juan dudan. Se miran. Su mirada dice:

–           ¡Imaginaciones de mujeres!
Ahora Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la inevitable diversidad de detalles: de los guardias que antes estaban como muertos y después, no; de los ángeles que son uno y dos, que los apóstoles no vieron; de que Jesús viene aquí y de que se adelanta a ellos en Galilea, hace que la duda crezca más en los apóstoles y que se persuadan que son “imaginaciones de mujeres”.
María, la feliz Madre; guarda silencio sosteniendo a Magdalena…

María de Alfeo dice a Salomé:

–          Vayamos nosotras dos. Veamos si todas estaban ebrias…

Y salen corriendo.
Las otras se quedan. Los dos apóstoles tranquilamente se burlan de ellas, cerca de María que no dice nada, absorta en un pensamiento que nadie comprende que sea un éxtasis.

Más tarde, vuelven las dos mujeres entradas en años, llorando de felicidad y diciendo:

–           ¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho, cerca del huerto de Bernabé: “La paz sea con vosotras. No tengáis miedo. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de pocos días a Galilea. Allí estaremos todavía un poco juntos”. Así ha dicho. Magdalena tiene razón. Hay que decirlo a los que están en Galilea, a José, a Nicodemo, a los discípulos de mayor confianza, a los pastores. Id. Haced algo… ¡Oh, ha resucitado!…

Los apóstoles les contestan incrédulos:

–           ¡Estáis locas!

–           ¡El dolor os ha trastornado la cabeza!

–           Habéis creído que la luz fuese un ángel, que el viento fuese voz, que el sol fuese Jesús.

–           No os critico. Os comprendo, pero no puedo creer sino en lo que yo he visto: el Sepulcro abierto y vacío y los guardias que huyeron después de haber sido robado el cadáver.

Salomé objeta:

–           ¡Pero si los guardias mismos lo están diciendo que ha resucitado! ¡Si la ciudad está alborotada y los jefes de los sacerdotes están que se mueren de rabia porque los guardias, aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan de modo diverso y para eso les han pagado. Pero ya se sabe. Si los judíos no creen en la resurrección, si no quieren creer, muchos otros creerán…

Pedro levanta sus hombros y hace intento de irse mientras murmura:

–           ¡Uhm, mujeres!…

Entonces la Virgen, levanta la mirada transfigurada y dice:

–           Realmente ha resucitado. Lo he tenido entre mis brazos. Lo he besado en sus llagas. –  Y luego se inclina depositando un beso sobre los cabellos de Magdalena y agrega- Sí, la alegría es más fuerte que el dolor, pero no es más que un grano de arena de lo que será tu océano de júbilo eterno. Bienaventurada tú que sobre la razón has hecho que hablase el espíritu.

Pedro ya no se atreve a protestar…  y luego dice:

–           Entonces, si es así, hay que hacerlo saber a los demás. A los que andan por los campos… buscar… hacer algo. ¡Ea!, levantaos. Si viniese… que por lo menos nos encuentre.- Y no cae en la cuenta que confiesa que no cree aun ciegamente en la resurrección.

María se retira a su habitación…

En eso se oye  que alguien llama en el portón.

Magdalena abrió y luego fue a buscar a María diciéndole:

–                       Es Mannaém. Quiere saber si en algo puede servir.

María contesta:

–                       Hazlo entrar. Siempre ha sido bueno. Tráelo hasta aquí.

Mannaém entra. No viene vestido de lujo, como antes. Parece un hombre acomodado, pero del pueblo. Su vestido es café oscuro, casi negro. Y un manto igual. No trae joyas, ni la espada. Con las manos cruzadas sobre el pecho, se inclina al saludar. Y luego se arrodilla, como si estuviera ante un altar.

María le dice:

–                       Levántate. Y perdona si no respondo a la inclinación. No puedo…

Mannaém contesta:

–                       No debes. No lo permitiría. Sabes quién soy. Por eso te ruego que me trates como tu siervo. ¿Te puedo servir en algo? Veo que no hay ningún hombre aquí. Por Nicodemo que es mi amigo, supe que todos huyeron. No se podía hacer nada. Esa es la verdad. Pero al menos le dimos el consuelo de que nos viera. Yo… yo lo saludé en el Sixto. Y luego ya no pude porque… Es inútil decirlo. También esto fue obra de Satanás. Ahora estoy libre… y vine a ponerme a tu servicio. Ordena, Mujer.

–                       Quiero reunir a todos los apóstoles. Unos están en casa de Lázaro y a todos los quisiera tener aquí.

–                       ¡Ah! ¡Voy! ¡Les avisaré!

Se levanta. Y al hacerlo no puede reprimir un gesto de dolor, que contrae su bello rostro varonil.

–                       ¿Estás herido?

–                       ¡Umh!… Sí. Es cualquier cosa… Un brazo que me duele un poco…

–                       ¿Acaso por nuestra causa? ¿Por eso no estuviste allá arriba?

–                       Sí. Por ello. Y esto es lo que más me duele. No la herida. –Mannaém comienza a llorar-  El resto de farisaísmo, hebraísmo, satanismo; que hubo en mí; porque satanismo es lo que ha llegado a ser el culto de Israel; salió con la sangre. Me siento como un bebé a quién después de habérsele cortado el ombligo, no tiene más contacto con la sangre de su madre. Y las pocas gotas que todavía quedan en el cordón recién cortado; no entran en él. Sino que caen inútiles… El recién nacido vive con su corazón y su sangre. Así yo. Hasta ahora no me había formado completamente. He llegado a término y he nacido a la Luz. Nací el Viernes… Mi madre es Jesús de Nazareth. Me dio a luz cuando lanzó su último grito… ¡Oh! ¡Sólo quisiera verlo!… ¡No he visto su Rostro de Redentor!… Cuando vayáis a su sepulcro decídmelo…

–                       Te está mirando, Mannaém. Vuélvete…

Mannaém que había entrado con la cabeza inclinada y que sólo había mirado a la Virgen, se vuelve un poco asustado y ve el Sudario de la Verónica…

María explica…

–                       Nique me ha traído este milagro, para consolarme. ¡Es el rostro de Jesús! Se imprimió…  ¡Vivo!…  En el lienzo; ¡Doloroso y sin embargo sonriente! Al que lo contemple… Está doloroso, pero está sonriendo…

Mannaém se postra en el suelo, en señal de Adoración… llora.

Luego se levanta. Arrodillado, se inclina ante María y dice:

–                       Me voy. ¡Bendíceme, Madre de los pecadores!…

María lo bendice como una Madre muy amorosa y lo besa en la frente. Y él se va.

Después de visitar a la Virgen…

Mannaém va subiendo con cierta dificultad, por una vereda hacia una hermosa casa en medio del olivar. Y como ya no hay nadie ante quién tenga que disimular, el dolor que lo atormenta… continúa por la vereda. Un grupo   de cedros del Líbano, rodean la casa a donde se dirige…

Los árboles gigantes que la resguardan, hacen más hermoso el panorama. Sin titubeo entra… y pregunta al siervo que ha acudido:

–                       ¿Dónde está tu patrón?

–                       Allá… -señala la terraza que da hacia el jardín-  Con José. Hace poco acaba de llegar…

–                       Diles que estoy aquí.

El siervo regresa con Nicodemo y José. Las voces de los tres, se mezclan en un solo grito:

–                       ¡Ha resucitado!

Se miran sorprendidos…

Luego, Nicodemo toma su amigo del brazo y lo lleva a una rica sala, blanca y lujosa. José los sigue. Toman asiento en los cómodos sillones. Un criado les lleva Agua fresca y frutas.

Mannaém es el que queda más cerca de la puerta. Y José nota el rictus de dolor que hizo Mannaém al sentarse…

Le pregunta:

–                       ¿Qué te pasa?

Mannaém contesta:

–                       Un regalo de mi hermano… Por eso no pude estar con Él. Pero espero que pronto se me pasará… En cuanto me vi libre, fui al Cenáculo. Ella quiere a todos los discípulos.

Nicodemo pregunta:

–                       ¿Tuviste el valor de regresar?

Mannaém:

–                       Sí. Él lo dijo. ‘¡Al Cenáculo!’  Quiero verlo… Quiero verlo glorioso para que se me borre el dolor del recuerdo de haberlo visto ligado y cubierto de suciedades como si fuera un malhechor, a quién el mundo pisoteaba con desdén.

José de Arimatea en voz baja dice:

–                       ¡Oh! También nosotros quisiéramos verlo… Para arrancar de nosotros el horror del recuerdo cuando lo vimos condenado. Con sus innumerables heridas. Él ya se apareció a las mujeres. Inclusive a las romanas…Y a Longinos y a Octavio; los dos centuriones que estaban encargados de la ejecución…  Fueron a decírselo a Ella. ¡Estaban tan felices!…

Nicodemo:

–                       Es justo. En estos años ellas han sido fieles siempre. Nosotros teníamos miedo. Su Madre lo ha reprochado: ‘En esta hora habéis demostrado un amor tan pobre’

José:

–                       Pero para desafiar a Israel que hoy más que nunca le es contrario, tenemos necesidad de verlo… ¡Si supieses! Los guardias hablaron… Ahora los jefes del Sanedrín y los fariseos, que ni con la Ira del Cielo se han convertido, andan buscando a quien sepa que ha resucitado, para echarlo a la cárcel. Yo mandé al pequeño Marcial, un niño no atrae la atención; a avisar a los de casa para que estén alertas. Han sacado dinero sagrado del Templo, para pagar a los guardias y que digan que los discípulos robaron el cuerpo. El soborno fue lo bastante cuantioso, para comprarles el testimonio de que lo de la resurrección fue una mentira por temor al castigo. La ciudad está en efervescencia como un paiolo. Ahora perseguirán a los que afirmen que Resucitó.

Mannaém:

–                       Tenemos necesidad de su bendición, para tener valor.

Nicodemo:

–                       Ya se le apareció a Lázaro. Era como la hora de tercia. Vimos a Lázaro como transfigurado.

José:

–                       ¡Oh! ¡Lázaro lo merece!… Nosotros…

Nicodemo:

–                       Tienes razón. Nosotros tenemos todavía la costra de la duda y del respeto humano, como una lepra que no hubiese sido sanada. Y solamente Él puede decir: ‘Quiero que quedéis limpios’

Mannaém:

–                        Somos los más imperfectos. Tal vez a nosotros no nos conceda el privilegio de verlo Resucitado. ¿Ya no nos hablará?

José pregunta:

–                       ¿Y ya no hará más milagros para castigo del mundo, ahora que ha resucitado de la muerte y dejado atrás las miserias de la carne?

Sus preguntas solo pueden tener una respuesta. La de Jesús que no viene. Los tres quedan muy desanimados.

Luego Mannaém dice:

–                       Me voy a ir al Cenáculo. Ahí lo esperaré. Si me matan, Él absolverá mis pecados y lo veré en el Cielo. Si no lo veo aquí en la Tierra. Mannaém es algo tan inútil en sus filas, que si cae; será como el tallo de una flor cortada en un tupido jardín; apenas si se nota su vacío…

En ese momento, una luz más brillante que el sol, pero que no lastima el mirarla; ilumina la puerta. Y de esta luz emerge la divina Presencia del Resucitado.

Jesús tiene las palmas de las manos abiertas, en actitud de abrazar. Los tres quedan estupefactos…  Jesús avanza hasta donde está Mannaém y le pone su mano derecha sobre el hombro izquierdo, deteniéndolo de levantarse mientras dice:

–                       ¡La paz sea contigo! La paz sea con vosotros. Quedaos donde estáis. –se inclina sobre Mannaém y le dice: ¡Quiero que seas sano!

Luego se yergue:

–                       Aquí me tenéis y pronuncio la palabra que queréis: “Quiero que quedéis  limpios de todo cuanto de impuro hay en vuestro creer” Mañana bajareis a la ciudad. Id a donde están los hermanos. Esta tarde quiero hablar sólo a los apóstoles. Hasta pronto. Dios esté siempre con vosotros. Mannaém, gracias. Has creído mejor que éstos. Gracias pues, a tu espíritu. A vosotros, gracias por vuestra piedad. Haced que se transforme en algo más alto, con una vida de Fe intrépida.

Jesús desaparece y la luz poco a poco se desvanece…

Los tres quedan felices y sin saber qué decir.

José pregunta:

–                       ¿Pero era Él?

Nicodemo responde:

–                       ¿No reconociste su voz?

–                       La voz… Puede tenerla aún un espíritu. Tú Mannaém, que estuviste tan cerca, ¿Qué te pareció?

Mannaém pega un brinco y dice emocionado:

–                       Un cuerpo verdadero. Hermosísimo. Respiraba. Sentí su aliento. Despedía calor. Y… he visto las llagas. Estaban abiertas. No manaban sangre, pero eran carne viva. ¡Oh, no dudéis más! No os vaya a castigar. ¡Hemos visto al Señor! Quiero decir: Jesús ha vuelto glorioso como su Naturaleza Divina lo exige. Y nos sigue amando… En verdad os digo que si Herodes me ofreciese el reino, le respondería: ‘Tu trono y corona son para mí, polvo y estiércol. Nada es superior a lo que poseo. ¡He visto el rostro de Dios!

Nicodemo se lleva las manos a la cabeza y en el colmo del asombro, pregunta:

–                       José, tú preguntaste si seguiría haciendo milagros… ¿Ya viste a Mannaém, cómo se levantó?…

Mannaém exclama:

–                       ¡Oh! Cuando me puso la mano en el hombro sentí un calor que me recorrió por todo el…  -y rápido se quita la ropa hasta quedar sólo con los calzoncillos de lino.

Los dos amigos miran asombrados la fuerte espalda de Mannaém que está surcada por un montón de líneas rojas, completamente cicatrizadas.

Nicodemo le acerca un espejo de plata, mientras le dice:

–                       ¡Vaya que hiciste enojar a Herodes! Mira cómo te dejó…

José cae de rodillas llorando…

Mannaém se postra adorando y diciendo:

–                       ¡Bendito seas Señor Jesús! ¡Señor mío y Dios mío! ¡Gracias!…

LUNES DE PASCUA

Esa noche en el Cenáculo…

Están los diez apóstoles. Han terminado de cenar, sobre los platos quedan los restos de pescado y dan sorbos a las copas de vino, mientras hablan. Sus palabras son breves; como si monologasen consigo mismos y mutuamente dejan que uno siga hablando sin hacerle caso.

Pero la conversación gira alrededor de Jesús.

Tadeo afirma:

–                       Longinos dijo que había pensado: ¿Debo pedirle que me cure o que crea? Su  corazón le respondió que pidiese ‘poder creer’ y eso pidió. Y la Voz de Él le dijo: “Ven a Mí”. Y experimentó la voluntad de creer y se sintió curado. Así me lo dijo.

Mateo, que está a su lado, pregunta:

–                       ¿A qué hora dijo Valeria y las romanas que lo habían visto?

Nadie responde.

Andrés:

–                       Mañana voy  a Cafarnaúm.

Silencio.

Bartolomé se felicita:

–                       ¡Qué maravilla! Coincidir exactamente en el momento en que llegó la litera de Claudia.

Juan suspira:

–                       Pedro, hicimos mal en habernos venido inmediatamente… Si nos hubiéramos quedado, lo habríamos visto como Magdalena.

Santiago de Zebedeo:

–                       No comprendo cómo pudo estar en Emmaús y en el palacio de Juana al mismo tiempo. Y cómo aquí, dónde está su Madre. Allá dónde estaba Magdalena… Y luego Valeria…

Pedro:

–                       No vendrá. No he llorado lo suficiente para merecerlo… Tiene razón. Pero, ¡Cómo! ¡Cómo pude haber hecho eso!

Zelote:

–                       ¡Qué transfigurado estaba Lázaro! Os aseguro que parecía un sol. Me imagino que le pasó lo mismo que a Moisés, después de que vio a Dios. ¿No es verdad vosotros, que os encontrabais allí?

Nadie lo escucha.

Santiago de Alfeo se vuelve a Juan y le pregunta:

–                       ¿Cómo dijo a los de Emmaús? Me parece que nos excusó, ¿No es verdad? ¿No dijo que todo había sucedido porque nosotros los israelitas comprendemos mal la naturaleza de su Reino?

Juan no responde. Y volviéndose a mirar a Felipe,  habla al aire; porque a Felipe no se dirige:

–                       A mí me basta saber que ha resucitado. Oraré porque mi amor sea cada vez más grande. Porque si pensáis bien; ha ido en proporción al amor que le tenemos. Primero a su Madre, a María Magdalena, luego los niños, a mi madre y la tuya; luego Lázaro, Martha… ¿Cuándo se apareció a Martha? Estoy seguro que cuando se puso a cantar el Salmo: “El Señor es mi pastor…” ¿Recuerdas como nos maravilló con su inesperado canto? ¡Qué bueno que ya encontró nuevamente su camino! Antes andaba como sin saber qué hacer… ¿Qué habrá querido decir con esponsalicios confirmados?

Felipe, que por un momento lo miró y luego dejó que hablara solo; da un suspiro y piensa en voz alta:

–                       No sabré qué decirle si viene… Huí… Y me parece que huiré. Antes lo hice por temor a los hombres, ahora será por temor a Él.

Bartolomé se pregunta:

–                       Dicen todos que es hermosísimo. Pero, ¿Puede ser más bello de lo que ya era?

Mateo:

–                        Yo le diré: ‘Me perdonaste sin decir palabra alguna, cuando yo era publicano. Perdóname también ahora con tu silencio; porque mi cobardía no merece que me hables.’

Zelote suspira:

–                       Yo no puedo dejar de pensar en Lázaro que al punto se le premió, después de haber ofrecido su vida… También yo lo he dicho: ‘Mi vida por tu gloria’ Pero no ha venido…

Pedro:

–                       ¿Qué estás diciendo Simón? Tú que eres culto, dime. ¿Qué debo decirle para darle a entender que lo amo y que le pido perdón? Tú Juan. Tú has hablado mucho con su Madre. Ayúdame. ¡No está bien dejar solo al pobre de Pedro!

Juan se compadece de su atribulado compañero y responde:

–                       De mi parte le diría sencillamente: ‘Te Amo’ En el amor está incluido todo el arrepentimiento y también el deseo de ser perdonado. Pero… no sé. Simón, ¿Qué dices tú?

Zelote responde:

–                       Yo pronunciaría el grito que provocaba los milagros: “¡Jesús, ten piedad de mí!” Y basta.

Pedro se angustia:

–                       En esto pienso y es lo que me hace temblar. ¡Oh! Me siento aniquilado por la vergüenza y el arrepentimiento… Aún ésta mañana tenía miedo de verlo. No me atrevo a enfrentarlo y…

Juan le da ánimos:

–                       Y fuiste el primero en entrar. No tengas miedo. Parece que no lo conocieras.

La habitación se ilumina como si un relámpago hubiese penetrado en ella.  Los apóstoles se tapan las caras temiendo un rayo. Pero al no oír el estruendo. Levantan la cabeza.

Jesús está en medio de la habitación, junto a la mesa. Abre los brazos diciendo:

–                       La paz sea con vosotros.

Nadie responde.

Todos lo miran asombrados. Quién con la palidez o con la vergüenza, con miedo y con reverencia. Se sienten atraídos y al mismo tiempo deseosos de huir.

Jesús, con una gran sonrisa, da un paso adelante. Y dice:

–                       No tengáis miedo. Soy Yo. ¿Por qué estáis acobardados? ¿No teníais deseos de verme? ¿No os había dicho que regresaría? ¿No os lo dije hasta la tarde de la Pascua?

Nadie se atreve a hablar. Pedro ha empezado a llorar. Juan sonríe. Los dos primos lo miran con los ojos brillantes y con un intento de decir algo que se queda solo en sus labios. Parecen dos estatuas representando el deseo.

Jesús dice:

–                       ¿Por qué dentro de vuestros corazones, traban lucha la duda y la Fe? ¿El amor y el temor? ¿Por qué queréis seguir siendo carne y no espíritu? Soy Jesús. Vuestro Jesús Resucitado.  –Levanta sus manos mostrando las llagas por ambos lados. Y agrega-  ¡Mirad! Tú que viste mis heridas y vosotros que no las visteis. Porque sabed que esto es muy diferente de lo que Juan vio. Tú primero. Ven, estás completamente limpio. Tanto que puedes tocarme sin temor. El amor, la obediencia, la fidelidad, te han purificado del todo. mi Sangre, con la que bañaste cuando me bajaste del patíbulo, completó todo. mira. Son mis propias manos, mis propias heridas. Contempla mis pies. ¿Ves como ésta es la señal del clavo?

Sí. Soy Yo. No soy un fantasma. Tocadme. Los espectros no tienen cuerpo. Yo tengo un cuerpo verdadero.  –Pone su mano sobre la cabeza de Juan que se le ha acercado- ¿Sientes? Tiene calor y es pesada. –Le sopla a la cara- Y esto es aliento.

Juan murmura:

–                       ¡Oh, Señor mío!

Jesús dice:

–                       Sí. Vuestro Señor. Juan no llores de miedo, ni de deseo. Ven a Mí. Soy quien siempre te ama. Sentémonos, como siempre, a la mesa. ¿Tenéis algo que comer? Dádmelo entonces.

Andrés y Mateo, caminando como sonámbulos: toman de la alacena pan y pescado asado. Y un tarro con miel apenas abierto, que está a un lado.

Jesús ofrece el alimento y come. Da a cada uno, un pedazo de lo que come. Los mira. Es Bueno; pero tan inmensamente Majestuoso, que están paralizados.

Santiago de Zebedeo es el primero que se atreve a hablar:

–                       ¿Por qué nos miras así?

Jesús contesta:

–                       Porque quiero conoceros.

–                       ¿Todavía no nos conoces?

–                       Igual que vosotros que no me conocéis. Si me conocierais, sabríais Quién Soy, cuánto os amo y encontraríais palabras para hablarme de vuestro tormento. Estáis callados, como lo estaríais enfrente de un desconocido, cuyo Poder imagináis y por eso teméis. Hace unos momentos hablabais… He venido y ahora os calláis. ¿Estoy tan cambiado que no me parezco? ¿O estáis tan cambiados que ya no me amáis?

Juan, que está cerca de Jesús, reclina su cabeza sobre su pecho, como solía hacerlo antes. Y con voz queda dice: ‘Te amo, Dios mío.’ Pero se estremece por haberse atrevido a recargar su cabeza sobre el resplandor que mana de Jesús, pese a que la carne de su Cuerpo, es semejante a la nuestra.

Jesús lo atrae sobre su corazón y entonces Juan se entrega libremente a un llanto de felicidad.

Esta es la señal para que todos se acerquen.

Pedro se desliza entre la mesa y el asiento y llorando, de rodillas le suplica:

–                       ¡Perdón! ¡Perdón! Sácame de este infierno en el que desde hace tantas horas me debato. Dime que comprendiste que mi error no fue error de mi corazón, sino de mi debilidad humana que se impuso sobre él. Dime que has visto mi arrepentimiento… Que hasta la muerte me durará…

Jesús le dice:

–                       Ven aquí, Simón de Jonás.

–                       Tengo miedo. Ven aquí. No quieras ser ahora cobarde.

–                       No merezco acercarme a Ti.

–                       Ven aquí. ¿Qué te dijo mi Madre? “Si no lo miras en este Sudario, no tendrás el valor de mirarlo otra vez.” ¡Eres un necio! ¿Con mi rostro, con mi dolorosa mirada, no te decía que te comprendía y que te perdonaba? Regalé ese lienzo para consuelo, para guía, para absolución y bendición…

¿Qué cosa os ha hecho Satanás, para cegaros en tal forma? Ahora Yo te digo: Si no me miras ahora, que sobre Mí he puesto un velo para ponerme al alcance de vuestra debilidad; jamás podrás venir a Mí, tu Señor, sin temor. ¿Y entonces qué cosa te volverá a traer? Pecaste por presunción, ¿Quieres pecar ahora por obstinación? Ven. Te lo mando.

Pedro se arrastra sobre sus rodillas, con las manos cubriendo su cara llena de lágrimas. Cuando llega a los pies de Jesús, lo detiene poniéndole una mano sobre su cabeza. Pedro, con lágrimas más abundantes, toma esa mano y se la besa mientras dice sollozando:

–                       ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Oh, Dios mío, perdón!

Jesús quita su mano y con ella levanta la cara del apóstol. Lo mira en esos ojos enrojecidos, quemados, destrozados por el arrepentimiento. La mirada de Jesús parece querer llegar hasta el fondo de su alma.

Luego dice:

–                       Vamos. Quítame el oprobio de Judas. Bésame dónde él me besó. Quítame con tu beso, la huella de su Traición.

Pedro levanta su cabeza al mismo tiempo que Jesús se inclina y le besa en la mejilla… después se reclina sobre las rodillas de Jesús y se queda en esta posición. Como un anciano que se comporta cual niño; que sabe que ha hecho mal, pero que sabe que ha sido perdonado.

Los demás, al ver la Bondad de Jesús; encuentran fuerzas para acercarse. Los primeros son sus primos. Quisieran decir tantas cosas… Pero no logran decir ni una palabra.

Jesús los acaricia y los anima con su sonrisa. Luego se acercan Andrés y Mateo.

Mateo dice:

–                       Como en Cafarnaúm…

Y Andrés:

–                       Yo… yo… te amo.

Bartolomé entre lágrimas:

–                       No fui un docto, sino un necio. Éste sí que lo fue.  –y señala a Zelote a quién Jesús sonríe.

Santiago de Zebedeo dice a su hermano, Juan:

–                       Díselo tú…

Jesús se vuelve y dice:

–                       Hace cuatro noches que lo dices y siempre he tenido compasión de ti.

Felipe muy inclinado, es el último en acercarse; pero Jesús le obliga a levantar la cabeza  y le dice:

–                       Para predicar al Mesías, se necesita mucho valor.

Ahora todos están alrededor de Jesús. Poco a poco ganan confianza. Vuelve la tranquilidad. La Majestad de Jesús es tan grande, que les impone un sumo respeto. Pero poco a poco, ellos atraviesan el límite que les imponía y empiezan a hablar.

Su primo Santiago se lamenta:

–                       ¿Por qué nos has hecho esto, Señor? Sabías que somos nada y que todo viene de Dios. ¿Por qué no nos diste las fuerzas para estar a tu lado?

Jesús lo mira y sonríe.

Zelote:

–                       Ahora todo se ha cumplido y nada tienes que padecer. Tus sufrimientos los imaginaba y esto acabó con mis fuerzas. Sentía que me ahogaba; pero te obedecí…

Jesús lo mira y sonríe.

Andrés:

–                       Señor. sabes lo que mi corazón anhelaba. Pero después me faltó todo. como si me lo hubiesen arrebatado, los verdugos que te aprehendieron. Y solo me quedó un agujero en la mente… ¿Porqué has permitido esto, Señor?

Felipe:

–                       Tú hablas del corazón… Yo me sentí como si hubiese perdido la razón, después que me dieran un mazazo en la nuca. De pronto en la noche me encontré en Jericó. ¡Oh, Dios, Dios! Me imagino que así será posesión. ¡No supe ni como había llegado allá!

Bartolomé:

–                       Felipe tiene razón. Yo miraba hacia atrás. Estaba tan aturdido, que no sabía nada de nada. Miraba a Lázaro, cruelmente atormentado, pero muy seguro. Y me decía: ‘¿Por qué él puede estar así y yo no?’

Santiago de Zebedeo:

–                       También yo miraba a Lázaro y decía: ‘Si por lo menos mi corazón fuera así.’ Porque yo solo experimentaba dolor, dolor y más dolor. Lázaro sufría, pero tenía paz.

Jesús los mira a cada uno de los tres y sonríe. Pero no dice nada.

Tadeo:

–                       Traté de ver lo que Lázaro veía. Pero no pude. Por eso me mantenía cerca de él. ¡Su cara parecía un espejo! Un poco antes del terremoto del Viernes, la tenía como si estuviera aplastado. Y luego de pronto, cobró un aire de majestad en su dolor. ¿Recordáis cuando dijo: ‘El deber cumplido, produce Paz’? Todos pensamos que era un reproche dirigido contra nosotros. Ahora pienso que lo dijo por Ti. Lázaro fue un faro en nuestras tinieblas. ¡Cuánto le has dado, Señor!

Jesús sonríe y calla.

Andrés confirma:

–                       Sí. La vida. Tal vez con ella le diste un alma diferente. Porque pensándolo bien, ¿En qué se diferencia de nosotros? Y sin embargo no es solo un hombre. Es algo superior. Por lo que fue en el pasado, debía ser menos perfecto en su espíritu. Pero ha logrado serlo. Y nosotros… Señor… mi amor ha sido como una espiga vacía. Sólo produce paja.

Mateo:

–                       No puedo pedir nada, porque ha sido mucho lo que he obtenido con mi conversión. Pero, ¡Si! Yo hubiera querido lo que tuvo Lázaro. Un corazón entregado a Ti. También yo pienso como Andrés…

Juan:

–                       También Magdalena y Martha fueron como faros. Vosotros no las visteis. Una era piedad y silencio. ¡La otra! ¡Oh! Si estuvimos juntos como un manojo de paja, alrededor de la Virgen, es porque Magdalena lo hizo con el fuego de su amor intrépido. Sí. El amor. Nos han superado en amar… Por esto fueron lo que fueron.

Jesús continúa sonriendo y sin decir una palabra.

Los apóstoles dicen al mismo tiempo:

–                       Pero han sido grandemente recompensados…

–                       Tú dejaste que te vieran.

–                       Los visitaste primero.

–                       A los tres.

–                       A María después de tu Madre…

Es indudable que en sus palabras se trasluce el tono de un cierto reproche, por estas personas privilegiadas. Que se hace más evidente en los que hablan luego, conforme se van atreviendo a más…

Felipe:

–                       Magdalena sabe desde hace muchas horas que has resucitado. Y nosotros sólo hora podemos verte…

Tadeo:

–                       No más dudas en ellos. Pero en nosotros, ¡Cuántas!… Mira. Sólo ahora comprendemos que nada ha terminado. ¿Si todavía nos amas y no nos rechazas? ¿Por qué entonces, solo a ellos; Señor?

Pedro:

–                        Sí. ¿Por qué a las mujeres y sobre todo, a María Magdalena? Le tocaste la frente. Ella asegura que le parece llevar una guirnalda eterna. Y a nosotros tus apóstoles, nada…

La sonrisa desaparece del rostro de Jesús.

Mira seriamente a Pedro y dice:

–                        Tenía Yo Doce discípulos. Los amaba con todo mi corazón. Los había elegido. Y como una madre cuidé de que crecieran durante mi vida. No tenía secretos para ellos. Todo les decía, les explicaba, les perdonaba. Tenía discípulos. Había ricos y pobres. Tenía mujeres discípulas, de un pasado turbio y de frágil constitución. Pero mis predilectos eran los apóstoles.

Llegó mi Hora. Uno me Traicionó y me entregó a los verdugos. Tres se echaron a dormir, mientras Yo sudaba sangre. Todos, menos dos; huyeron cual cobardes. Uno me negó por temor, no obstante el ejemplo del otro, joven y fiel. Y como si no fuera suficiente, entre los Doce he tenido un suicida desesperado y otro que ha dudado de tal forma de mi Perdón; que no quiso creer en la Misericordia de Dios, pese a las palabras de mi Madre. Si tuviera que ver a mis seguidores con ojos humanos, tendría que asegurar: ‘Fuera de Juan, fiel en el amor y de Simón, fiel en la obediencia, ya no tengo apóstoles.’ Esto debería haber dicho cuando padecía en el recinto del Templo, en el Pretorio, por las calles, en la Cruz.

Había mujeres. Una, la más pecadora en el pasado; fue la llama que soldó las fibras deshechas de los corazones. Esa mujer es María de Mágdala. Tú me negaste y huiste. Ella desafió la muerte para estar cerca de Mí. Al sentirse insultada se levantó el velo, para recibir los escupitajos  y burlas, pensando que así se asemejaba más a su Rey Crucificado. En el fondo de los corazones era objeto de burla porque creía en mi resurrección y pese a ello siguió creyendo. Destrozada ha vuelto a reaccionar. Y por la mañana pese a su Dolor dijo: ‘De todo me despojo, pero dadme a mi Maestro.’ Puedes repetir tu pregunta: ¿Por qué a ella?

Tuve discípulos pobres, que eran los pastores. Pocas veces tuve la oportunidad de estar cerca de ellos y sin embargo no dudaron en proclamar su fidelidad.

Tuve discípulas tímidas, como lo son todas las mujeres hebreas. Y con todo, no vacilaron en abandonar sus casas y avanzar en medio de la marea del odio de un pueblo que me blasfemaba; con tal de darme esa ayuda que mis apóstoles me negaron… Tenía el rostro cubierto de escupitajos y de sangre. Lágrimas y sudor corrían por mis heridas. Suciedad y polvo lo cubrían. ¿Cuál fue la mano que lo limpió? Ninguna de las vuestras. Éste estaba junto a mi madre. Éste juntaba a las ovejas dispersas. ¿Cómo podían ayudarme? Tú escondiste tu cara por miedo al desprecio del mundo; mientras tu Maestro se cubría con él. A esa delicada mano de mujer, le di el regalo de mi sonrisa.

Tuve paganas que admiraban al ‘filósofo.’ Porque eso era para ellas. Y cuando todo un mundo de ingratos me había abandonado… ellas; las poderosas romanas; no tuvieron empacho en aceptar las costumbres hebreas, para decirme: ‘Somos tus amigas’

Me moría de sed. La fiebre y el dolor se habían apoderado de Mí. Ya había manado Sangre de Mí, en el Getsemaní por el Dolor de ser Traicionado, abandonado, negado, azotado, sumergido por las culpas infinitas y por el Rigor de Dios. También corría sangre en el Pretorio… ¿Quién quiso dar una gota de agua a mi garganta que ardía de sed? ¿Una mano de Israel? No. Un pagano compasivo. La misma mano que por decreto eterno, me abrió el pecho para mostrar que el corazón tenía ya una herida mortal. Y era que la falta de amor, la cobardía, la Traición; ya habían abierto. Fue un pagano. Os lo recuerdo: “Tuve sed y me dio de beber” En todo Israel no hubo Uno, que me hubiese dado un solo consuelo. O porque no podían, como mi Madre, las mujeres fieles y los pastores. O por mala voluntad. Y un pagano tuvo para el Desconocido, un gesto de compasión que mi pueblo no me dio. En el Cielo encontrará el sorbo de agua que me dio… En verdad os digo que si rechacé todo consuelo, porque cuando se es víctima no conviene templar la suerte. No quise rechazar lo que me ofrecía el pagano; porque en ello probé la miel de todo el amor que los gentiles me brindarán, en recompensa de toda la amargura que me hizo beber Israel. No me quitó la sed. Pero sí el desconsuelo. Acepté ese sorbo, para atraer hacia Mí, al que ya se inclinaba hacia el Bien. ¡Que el Padre lo bendiga por su compasión!

¿No habláis más? ¿Ya no me preguntáis porqué he procedido como lo hice? No os atrevéis ¿Verdad? Os lo diré. Os diré los porqués de esta Hora.

¿Quiénes sois? Mis continuadores. Los sois pese a vuestro extravío. ¿Qué debéis hacer? Convertir al Mundo al Mesías. ¡Convertirlo!

Es la cosa más delicada y difícil, amigos míos. Los desprecios, las burlas, el orgullo, el celo exagerado, son cosas que se opondrán al éxito. Pero como nada, ni nadie os hubiese convencido para que usaseis bondad, condescendencia y caridad;  para con los que están en las Tinieblas. Fue necesario, ¿Comprendéis?… Que después de que se hubiera aplastado vuestro orgullo de hebreos, de varones, de apóstoles. Para comprender la verdadera sabiduría y la grandeza de vuestro ministerio. La mansedumbre, la paciencia, compasión y el amor sin límites.

Veis que aquellos que mirabais con desprecio o con orgullosa compasión, os han superado en la Fe y en el Obrar. Todos. La pecadora de otros tiempos. Lázaro, aficionado a la cultura profana, fue el primero que perdonó y guió. Las mujeres paganas. La débil mujer de Cusa. ¿Débil? En verdad que a todos os supera. Es la primera mártir de mi Fe. Los soldados de Roma. Los pastores. El herodiano Mannaém y hasta Gamaliel el rabino. No te estremezcas Juan. ¿Crees que mi espíritu estaba en las Tinieblas?

Y esto os ha sucedido, para que el día de mañana al recordar vuestro error, no cerréis vuestro corazón a quien se acerca a la Cruz. Y sin embargo Yo sé que no lo haréis hasta que la Fuerza del Señor, no os haya revestido con su Fuego.

Pedro. En lugar de estar llorando, tú que debes ser la Piedra de mi Iglesia, grábate ésta verdad en el corazón. La mirra se emplea para preservar de la corrupción, llénate de su amargura. Y cuando quieras cerrar tu corazón y la Iglesia a uno de otra fe; recuerda que no fue Israel, No Israel, sino Roma; quién me defendió y tuvo piedad. Acuérdate que no fuiste tú, sino una pecadora, la que tuvo la osadía de estar a los pies de la Cruz y por eso mereció ser la primera en verme. Y para que no te hagas digno de una reprensión, Imita a tu Dios. Abre tu corazón y la Iglesia diciendo: “Yo el pobre Pedro, no puedo despreciar; porque si lo hiciere; Dios me despreciará y mi error tornará cual es, ante sus ojos” ¡Ay de ti si no te hubiera reducido a este estado! Serías un Lobo y no un Pastor.

Jesús, revestido con toda su imponente majestad se pone de pie…

Hijos míos, os hablaré más veces, mientras esté con vosotros. Entre tanto os absuelvo y os perdono. Después de la Prueba que si  fue cruel y avasalladora. También fue necesaria y saludable. Descienda sobre vosotros la paz del Perdón. Y con ella en el corazón volved a ser mis amigos fieles y fuertes. Mi Padre me envió al Mundo. Yo os mando a él, para que continuéis mi Evangelización. Miserias de toda clase vendrán a vosotros en demanda de consuelo. Sed buenos, pensando en la miseria vuestra, cuando os quedasteis sin Mí. Llevad con vosotros la Luz. En las Tinieblas no se puede ver. Sed limpios, para que otros lo sean. Sed amor para amar. Luego vendrá El que es Luz, Purificación, Amor. Para prepararos a este Ministerio os comunico el Espíritu Santo. A quienes les perdonareis sus pecados, les serán perdonados. A quienes no, no se les perdonarán. Vuestra experiencia os haga  justos para juzgar. El Espíritu Santo os haga santos para santificar. Vuestra voluntad sincera de reparar vuestra falta, os haga heroicos para la vida que os aguarda. Lo que todavía no os digo, os lo diré cuando el que está ausente, haya venido. Rogad por él. Quedaos con mi paz y sin angustia alguna de que no os ame.

Jesús desaparece igual que como entró; dejando entre Pedro y Juan, el lugar vacío. Desaparece en medio de un resplandor que hace que los apóstoles cierren sus ojos. Cuando los abren; encuentran que solo la Paz de Jesús ha quedado como una flama que quema y que sana. Que consume las amarguras del pasado en un solo deseo: el  de servir.

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