TERCER MISTERIO DE GLORIA


TERCER MISTERIO DE GLORIA

(Hech. 2, 1-36

            LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

ESPÍRITU SANTO:

YO SOY EL AMOR

No hago uso de Mi Propia Voz, por cuanto mi Voz se encuentra en todo lo creado y más allá de lo creado. Me derramo como el éter por todo cuanto existe. Enciendo el fuego, circulo como la sangre.

Estoy Presente en todas las palabras de Cristo y florezco en los labios de la Virgen; purifico y vuelvo luminosa la boca de los profetas y de los santos. YO SOY AQUEL QUE INSPIRO TODAS LAS COSAS ANTES DE QUE FUESEN; ya que mi poder es el que puso en movimiento, como un latido, el Pensamiento Creador del Eterno.

Todas las cosas se hicieron por Cristo. Más todas las hice YO-AMOR, puesto que Soy yo, Quién con mi Secreta Fuerza, moví al Creador a realizar tal Prodigio.

Cuando nada había, EXISTÍA YO. Y estaré asimismo, cuando nada quede sino el Cielo.

Yo Soy el Inspirador de la Creación del Hombre, al que se le entregó el mundo para su deleite. Este Mundo en el que desde los océanos, hasta las estrellas; de las nevadas cumbres de las montañas, hasta los delicados pétalos de las flores, aparece impreso Mi Sello.

Yo seré quién ponga en los labios del último hombre, esta invocación: “¡VEN SEÑOR JESÚS!”

Yo Soy Aquel que habla sin palabras dondequiera y a través de toda doctrina que tenga su origen en Dios.

Yo Soy Aquel que para aplacar al Padre, infundí la idea de la Encarnación y bajé como Fuego Creador a hacerme Germen en las entrañas purísimas de María; iniciando la Encarnación de Dios y la Redención del Hombre: Sangre Divina, híbase formando del manantial de sangre humana. Corazón del Hijo que latía al ritmo del Corazón de la Madre. Carne Eterna que se formaba de  la Carne Inmaculada de la Virgen, para subir después convertido en Hombre a la Cruz y de la Cruz al Cielo; para estrechar con un Aro de Amor, la Nueva Alianza entre Dios y los hombres. Lo mismo que con un Abrazo de Amor, estrechara al Padre y al Hijo, engendrando la Trinidad.

Yo estaba al lado del Verbo Inmolado por más que al parecer, no hubiese indicios de que estuviera allí. ÉL invocó al padre por tenerlo Ausente; más no a Mí. Yo me encontraba en Él cuando sublimaba al Amor a fuerza de Sacrificio. Yo estaba en ÉL infundiéndole fuerza para sufrir el Infinito Dolor del Mundo; de todo el mundo y para el Mundo. Pues formé su Cuerpo Santísimo, justo era que estuviese en el Corazón de la Víctima del Amor, para recoger sus méritos y presentarlos al Padre.

YO FUI EL SACERDOTE DEL CALVARIO, EL QUE ELEVÉ LA VICTIMA OFRECIÉNDOLA.

Y fui el Sacerdote, porque en el sacrificio es siempre el Sacerdote, -y lo es de un modo indispensable- EL AMOR.

Yo descendí a revestir con mi Poder a los Doce reunidos en el Cenáculo. Y me derramé también sobre María. Más si para todos fue conocimiento, por el que se les hizo patente la Tercera Persona con sus Dones Divinos; para María no fue sino un más vivo reencuentro. Para todos fue Llama, para Ella fue Beso. Y, EL ETERNO PARÁCLITO ERA SU ESPOSO DESDE HACÍA TREINTA Y CUATRO AÑOS, en que mi Fuego la poseyó de tal forma; que hice de su Candor un cuerpo de Madre. Y aún después de los Esponsales Divinos, hasta tal punto la colmé de Mí, que ya no podía añadir más a la ya Llena de Gracia.

PERFECCIÓN SOBRE PERFECCIÓN. Y la Purísima Carne de la Virgen se convirtió en el Arca Viviente, que guardó el Misterio de la Encarnación.

La Obra de nuestra mutua entrega, ya se había realizado. Nuestro Hijo había vuelto al Cielo, tras haber dado cumplimiento a Todo. Vine a depositar el segundo beso de agradecimiento a la Esposa Santa, que con cada latido de su corazón repetía, alegrando a Dios Uno y Trino: ¡Santo, Santo, Santo y Bendito seas Tú, Señor Excelso!

Bajé por segunda vez a reiterar mi abrazo de Esposo, mientras mi Presencia se hizo visible en una flama. Prometí a María la Tercera y definitiva Unión, en la feliz morada del Cielo. Porque el Cielo era su meta. Porque en Ella ya no había más que un deseo: POSEER A DIOS. No por unos instantes, sino en un eterno presente.

Yo transformo en mi esposa al alma que me llama con un corazón puro y amante: EL AMOR SE DA A QUIEN SE ARREPIENTE, A QUIEN CREE, A QUIEN ESERA, A QUIEN PERDONA, A QUIEN AMA…

*******

No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. Sólo están los Doce y María Santísima.  La habitación parece más grande porque los muebles y enseres están colocados de forma distinta y dejan libre todo el centro de la habitación, como también dos de las paredes. A la tercera ha sido arrimada la mesa grande que fue usada para la Cena.

La Virgen, sentada sola en su asiento tiene a sus lados en los triclinios, a Pedro y a Juan. Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo. La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto.  Todos los demás tienen la cabeza descubierta.

María lee atentamente en voz alta. Pero por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto. Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.

El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!: es, verdaderamente, la Rosa mística…

Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel). A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los ojos y  por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.

Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee y cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.

La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el sonido que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos.

María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la imitan…

Entonces un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos. La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.

Los apóstoles levantan la cabeza al escuchar  ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios que se acerca cada vez más. Algunos se ponen de pie preparándose para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.

El único que no se asusta es Juan y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual levanta  la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan que, como Ella, se han arrodillado.

Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.

Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha levantado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites). Y pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno- y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.

Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes: es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios; a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad… gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.

El Espíritu Santo fulguran sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas,  que incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.

El Fuego permanece así un tiempo… Luego se disipa… De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar… es el perfume del Paraíso…

Los apóstoles vuelven en sí… María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza… nada más… continúa su diálogo con Dios… insensible a todo… Y ninguno osa interrumpirla.

Juan, señalándola, dice:

–              Es el altar y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor…

Pedro confirma con sobrenatural impulsividad:

–              Sí. No perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras, en medio de los pueblos.

Santiago de Alfeo dice:

-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí.

Matías agrega:

-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes…

Salen como empujados por una vigorosa fuerza que los impulsa a llevar el Reino de Dios a todos los hombres…

 

Oración.

VEN ESPÍRITU SANTO:

Ven Espíritu Santo y envía desde el Cielo, los rayos de tu virtud. Ven Padre de los pobres. Ven Dador de los dones, ven Luz de los corazones. Consolador Magnífico; Dulce Huésped del Alma, Suavísimo Dulzor. Descanso en la fatiga, Brisa en el ardiente estío, Consuelo en el Dolor. ¡Oh Fuego Dichosísimo inunda en resplandores el corazón del fiel! Sin tu Divina Gracia, nada hay puro en el hombre, pobre de todo bien. Lava el corazón sórdido; riega el que está marchito; sana el que enfermo está. Doblega al duro y rígido; inflama al tibio y endereza al que extraviado va. Da a tus oyentes súbditos que sólo en Ti confían, el Septiforme Don. Danos preciosos méritos, danos dichoso tránsito y eterno galardón. ¡Oh, Divino Amor! ¡Lazo Sagrado que unes al Padre y al Hijo! Espíritu Todopoderoso, Fiel Consolador de los afligidos; penetra en los abismos de mi corazón; haz brillar en él tu esplendorosa Luz. Esparce ahí tu dulce rocío, a fin de hacer cesar su grande aridez. Envía los rayos celestiales de Tu Amor, hasta lo profundo de mi alma, para que penetrando en ella se enciendan todas mis debilidades, mis negligencias, mis languideces. Ven Dulce Consolador de las almas desoladas; Refugio en los peligros y Protector en la miseria. Ven Tú que lavas a las almas de sus manchas y curas sus llagas. Ven Fuerza del débil y Apoyo del que cae. Ven Doctor de los humildes y Vencedor de los orgullosos. Ven Padre de los huérfanos, Esperanza de los pobres, Tesoro de los que están en la indigencia. Ven Estrella de los navegantes, Puerto seguro de los náufragos, Ven, Fuerza de los Vivientes y salud de los que van a morir. Ahuyenta al enemigo, infúndenos tu calma, dirige nuestros pasos y nuestro mal aparta. Enséñanos al Padre y al Hijo nos declaras. Y en Ti de ambos Espíritu, Fe de nuestra alma. ¡Ven Espíritu Santo! Ven y ten piedad de mí. Haz a mi alma sencilla, dócil y fiel. Compadécete de mí debilidad con tanta bondad, que mi pequeñez encuentre gracia ante tu Grandeza Infinita. Mi impotencia la encuentre ante la multitud de tus misericordias. Por nuestro Señor Jesucristo, mi Salvador, que contigo y con el Padre, Vive y Reina, siendo Dios, por los siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

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