Archivos diarios: 13/04/12

CUARTO MISTERIO DE GLORIA


LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

María revela:

¿Morí yo? SI. Si se quiere llamar muerte a la separación del espíritu del Cuerpo. NO. Si por muerte se entiende la separación del alma vivificadora del cuerpo y que provoca la corrupción de la materia.

Era el atardecer del viernes. Juan y yo hablábamos de Jesús, del Padre, del Reino de los Cielos…  Y nuestro espíritu volaba en pos de la Esencia de la Vida: DIOS.

En aquella tarde se unió al Fuego Ardiente que consumía mi espíritu por elevarme hasta Dios, una dulce languidez. Una misteriosa sensación de alejamiento de la materia, de lo que estaba alrededor. Era como si el cuerpo se durmiera, mientras la mente se sumergía en divinos resplandores.

Juan, amoroso y prudente; mi hijo adoptivo de acuerdo a la Voluntad de Jesús, me invito con dulzura a que descansara en mi lecho y se puso a orar cerca de mí. El ultimo sonido que oí en la tierra, fueron las palabras del virgen Juan. Él fue el único testigo de este dulce misterio. Me envolvió en el manto blanco, sin quitarme los vestidos ni el velo. Sin lavar el cuerpo, ni embalsamarlo. Yo ya le había dado instrucciones de lo que tenía que hacer. Y el ya sabía que yo no me corrompería.

Pensó en avisar a los demás apóstoles, para que me viese por última vez. Pero eran otros los designios de Dios. Bueno y justo para todos los creyentes; le envolvió en un profundo sueño para ahorrarle el dolor de ver como también mi cuerpo iba a serle quitado y regalo una verdad más, para que creyesen en la Resurrección de la Carne; en el Premio de la Vida Eterna y Dichosa.

En Jesús y en mi esta la promesa que espera a todos los bienaventurados. Mi espíritu estaba en adoración ante el Trono de Dios, cuando los ángeles sacaron mi cuerpo de la casita donde viví los últimos años sobre la tierra. CON AYUDA ANGELICA FUI ASUNTA LA CIELO EN CUERPO Y ALMA.

Me desperté de este místico sueño, en el momento en que mi espíritu se volvió a unir; pero ya en la Presencia de Dios, porque mi carne había alcanzado ya la perfección de los Cuerpos Glorificados.

Y AME Y ADORE A MI HIJO Y A MI SEÑOR UNO Y TRINO, COMO ES EL DESTINO DE TODOS LOS ETERNOS VIVIENTES.

Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un éxtasis aún mayor el darlo a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito de la Tierra al Cielo. Sólo durante la Pasión ningún éxtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.

La casa en que se produjo mi Asunción se debió a uno de los innumerables actos de generosidad de Lázaro para con Jesús y su Madre: la pequeña casa del Getsemaní, cercana al lugar de la Ascensión. Inútil es buscar los restos. Durante la destrucción de Jerusalén, por obra de los romanos, fue devastada y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos.

De la misma forma que para mí fue un éxtasis el nacimiento de mi Hijo y que, del rapto en Dios que en aquella hora se apoderó de mí, volví a la presencia de mí misma y a la Tierra teniendo ya a mi Hijo en los brazos, así mi impropiamente llamada “muerte” fue un rapto en Dios.

Mi muerte no fue la muerte dolorosa del que no tiene fe, sino un Rapto en Dios. Confiando en la Promesa que tuve en Pentecostés, yo pensaba en la última venida del Amor, cuando me llevaría con EL… Tendría un aumento del Fuego del Amor que ardía en mí y no me equivoque.

Cuanto más se acercaba el momento en que se me iba la vida, tanto más aumentaba el deseo de unirme a Dios. Deseaba ardientemente estar con mi Hijo y tenía la certeza de que jamás podría hacer tanto en favor de mis hijos de la Tierra; como intercediendo por ellos, orando a los pies del Trono de Dios.

Mi alma gritaba cada vez más fuerte: ¡Ven Señor Jesús! ¡Ven Amor Eterno!

La Eucaristía era el agua que saciaba mi sed de Dios; pero cuanto más pasaba el tiempo, más se hacía insuficiente para satisfacer el ansia incontenible de mi corazón. No me bastaba ya recibir a Jesús en las Sagradas Especies. Todo mi ser clamaba por el Dios Uno y Trino: pero no bajo los velos que escogió Jesús para esconder el inefable Misterio de Fe. Y en cada Encuentro Eucarístico, me llamaba con ternura infinita: ¡MAMA!

Y también percibía igualmente las ansias de mi Hijo por tenerme consigo. No deseaba yo otra cosa.

Ni siquiera existía ya en mí el deseo de tutelar a la Naciente Iglesia, en los últimos tiempos de mi existencia mortal.

Todo lo anulaba el deseo de poseer a Dios. Porque estaba segura de que todo lo podría cuando lo poseyera.

Llegad, Cristianos hijos de mi Hijo, a este Amor Total.

Que todo lo terrenal pierda su valor. Mirad solo a Dios. Cuando lleguéis a este punto; Dios se inclinara sobre vuestro espíritu para instruirlo primero y después tomarlo. Vosotros subiréis con EL para conocerlo y amarlo por toda una feliz eternidad.

Y estaremos todos unidos en el Amor: ADORANDO AL AMOR.

Dice Jesús:

–          Hay diferencia entre que el alma se separe del cuerpo por verdadera muerte y que momentáneamente el espíritu se separe del cuerpo y del alma vivificante por un éxtasis o rapto contemplativo.

El que el alma se separe del cuerpo provoca la verdadera muerte, pero la contemplación extática o sea, la temporal evasión del espíritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y ello porque el alma no se aleja y separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace sólo con su parte mejor, que se sumerge en los fuegos de la contemplación.

Llegada su última hora, como una azucena cansada que, después de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su cáliz de candor, María, mi Madre, se recogió en su lecho y cerró los ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una última, serena contemplación de Dios.

Velando reverente su reposo, el ángel de María esperaba ansioso que el éxtasis urgente separara ese espíritu de la carne, durante el tiempo designado por el decreto de Dios y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo descendía el dulce e invitante imperativo de Dios.

Inclinado también Juan ángel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarlo.

Y cuando la vio extinguida siguió velando, para que, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso más allá de la muerte, la inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan plácida y hermosa dormía. Una tradición dice que en la urna de María, abierta por Tomás, se encontraron sólo flores. Pura leyenda. Ningún sepulcro engulló el cadáver de María, porque nunca hubo un cadáver de María, según el sentido humano, dado que María no murió como todos los que tuvieron vida.

Ella se había separado, por decreto divino, sólo del espíritu y con éste que la había precedido, se unió de nuevo su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de María el que se unió de nuevo con el espíritu, después de la larga permanencia en el lecho fúnebre.

Todo es posible para Dios. Yo salí del Sepulcro sin ayuda alguna; sólo con mi poder. María vino a mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez. Es uno de los más fúlgidos milagros de Dios. No único, en verdad, si se recuerda a Enoc y a Elías, (Génesis 5, 24; Eclesiástico 44, 16; 49, 14 (para Enoc); 2 Reyes 2, 1-13; Eclesiástico 48, 9 para Elías) quienes, por el amor que el Señor les tenía, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que sólo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran, y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad sólo a Dios.

Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no tuvo sepulcro, y su cuerpo fue elevado al Cielo.

*******

María, en su pequeño cuarto situado arriba en la terraza, totalmente vestida enteramente de cándido lino (la túnica, el manto y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.

Los dobla y besa el manto ensangrentado de su Jesús. Luego se dirige hacia el arca en que están ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión.

Está cerrando el arca cuando  entra Juan preguntándole:

–           ¿Qué haces, Madre?

Maria responde:

–           He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.

Juan se acerca a Ella y dice:

–           ¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla – como temiendo que tan pálida y temblorosa como está- pueda sentirse mal y caer al suelo.

–           ¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora.

–           ¡Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…

Y por eso debería sufrir más, quieres decir. Y humanamente, no yerras. Pero no es así. Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina y  yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí. Cuando Jesús me dejaba, sufría… ¡Claro! Me sentía sola. El dolor que sufrí cuando siendo niño, me dejó ocultamente por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para manifestarse como Maestro… y ya había enviudado de José y estaba sola en una ciudad que, excepción hecha de muy pocas personas, no me quería. Yo sufría cuando me dejaba para ir al mundo; a ese mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en él le resultaba ya un sufrimiento…  ¡Pero, cuánta alegría cuando volvía! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete el dolor de la separación.

Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta que termine mi vida terrena. Ahora experimento el inmenso gozo igual como inmensa ha sido la pena; porque siento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra; la celeste, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado yo también, como mi Jesús; todo lo que debía consumar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría; única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales y atroces sufrimientos, que tuvo Jesús cuando pudo decir: “Todo está consumado”.

–           ¿Alegría en Jesús? ¿En aquella hora?

–           Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey. Gracias a esa luz Yo, tan angustiada como estaba; profundamente turbada por lo que estaba sucediendo… Asociada a mi Hijo en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para el mundo y también para mí. No por un justo castigo; sino porque debiendo ser la Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que Él había dicho… Todo lo que Él padeció en el espíritu desde el jueves hasta el viernes. Pero luego comprendí…. Cuando la Luz resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, la final alegría de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”.

Yo también he cumplido todo lo que ab aeterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica. Mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.

Dios está contento de ello y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección. Y lo mismo en número de cristianos y en potencia de doctrina. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor. Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón porque él; siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites.

Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”.

La Iglesia, para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas y no amarais a vuestros hermanos en el Señor; la Iglesia se volvería estéril. Raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres: para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.

Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención. Y desde ésta, hasta la fundación de la Iglesia y hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…

Juan la interrumpe diciendo:

–           También los otros aman y se aman».

–           Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica especial, como la tienen todas las criaturas. Tú entre los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Y ciertamente por ser tan puro amas tanto. ¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía. Santiago tu hermano, impulsivo; tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago primo hermano de Jesús, justo y heroico. Judas de Alfeo su hermano, noble y leal siempre; la descendencia de David era evidente en él. Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido.

Y Judas de Keriot ¡ay!, la oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue siempre el satánico embustero. Pero tú, todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros; para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío. Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo. Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me vendría por ello. Los profetas estaban presentes en mi mente y sus palabras la luz divina me las hacía clarísimas.

Por tanto, desde mi primer “Fiat” al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer. Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es  para cualquiera que lo use; fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo.

Sí, el amor es realmente llama que destruyendo todo lo caduco, hace del hombre;  aunque se trate de un desecho, un detrito, una escoria de hombre,  un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes al contrario amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vaya de nuevo a vivir después de la purificación; en esos templos vaciados y ensuciados por muchas cosas.

Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego infundiendo en ella su soplo; su amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios. Mi Hijo en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. A1 contrario, con amor los recogió y acogió y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como Él actuó. Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, ponedlas en práctica y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos; para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir.

El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios. Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos; padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban, Santiago y otros más… Cuando estés solo, salva esta arca…

Juan palidece y se turba. Más desencajado desde que María dijo  que siente cumplida su misión.

La interrumpe exclamando y preguntando:

–           ¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?

–           No.

–           ¿Entonces es que quieres dejarme?

–           No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo.

–           ¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…

–           No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… Sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no y está sujeta como todo cuerpo humano, a la muerte.

–           ¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!

–           Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero morir, moriré. Y has de saber hijo mío, que tengo un deseo mío total desde que Él me dejó, es la primera vez que prevalece, la primera voluntad mía. Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina. Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que ya se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí entre vosotros, siervos suyos.

Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿Por qué lloras, Juan?

–           Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!

–           Resistirás. Dios te ayudará a vivir y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.

–           ¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven. Para ti cristiana, para ti  la Purísima que estoy seguro de ello, no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, deificado como ningún otro cuerpo de mortal, por no haber tenido Pecado original y porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma: al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya,  conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada cómo eres ahora…

–           ¡No sigas llorando! – exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade- Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!

–           Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos de sangre y de misión, están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo y en medio de la más fuerte tempestad! – y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.

María se inclina hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:

–          No. Así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡Y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento… y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esta manera?! Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve murmullo  la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí. Uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina.

Y a las pías mujeres -si no a mí, fue porque el propio Rey de los ángeles había venido a mí- se les aparecieron ángeles en el amanecer del primer día después del sábado y dieron la orden de decirte a ti y de decirle a Pedro lo que debíais hacer. Ángeles y luz siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que descendiendo del trono de Dios a mí su sierva y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse.  Y también para crear un velo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación. También en este atardecer siento aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí.

Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz. Una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando 1o di al mundo; luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté antes del tiempo del Cielo al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu, para cantar eternamente con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero “Magníficat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.

–          No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.

–          Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan. Y di también esto a tus hermanos: ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu.

No temáis. Amad y no temáis. En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna esencia que es el mismo soplo de Dios por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios y obtiene del Omnipotente lo que desea. Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!

Juan, que escuchando a María se había calmado un poco aunque permanecía turbado y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él; palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:

–           ¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tú carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.

Y  amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.

Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

–          Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo, lo cual observa María con una sonrisa, diciendo:

–          ¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! – entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la “neo vulgata” se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a146; por último, entona el Magníficat.

Pero cuando llega al noveno verso se da cuenta de que María ya no respira, aunque parece que durmiera; tranquila y sonriente, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

Juan, con un grito desgarrador se arroja al suelo, contra la orilla del lecho y la llama. No quiere aceptar que Ella ya no puede responderle; que su cuerpo ya no tiene el alma vital. Pero tiene que rendirse ante la evidencia…

inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímpetu de dolor Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino y los del velo y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago.

Juan la contempla durante largo tiempo y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos. Luego acomoda los muebles, quita algunos y deja la cama; la pequeña mesa, contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María. Enciende una lamparita, porque ya está anocheciendo. Presuroso baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María. Y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):

–           Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, vía fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas… Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú.

Pero, ¿Y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que, entonces, obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo. ¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo, y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete y contempla orando, a María yacente.

¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerlo con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decirse que han pasado pocas horas. Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramas con hojas ya lacias, y por las otras flores mustias puestas -cada una de ellas como una reliquia- sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.

Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montañas. Juan, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, lo ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.

Al rayar el alba de repente, una gran luz llena la habitación, una luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfórica y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén en el momento de la Natividad divina. Luego, en esta luz paradisíaca, se hacen visibles criaturas angélicas (luz aún más espléndida en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes). Como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.

Las criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas -que aumenta el sonido que antes existía-, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el Sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo santísimo de su Reina, pero aún no glorificado y por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado. El sonido producido por las alas angélicas aumenta y ahora es potente como sonido de órgano.

Juan,  se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.

El apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y levanta la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del naciente Sol.

Y ve… Ve el cuerpo de María todavía inerte e igual en todo al de una persona que duerme. Lo ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angélicas y unas flores que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra del Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y por tanto, más leve.

Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y por un prodigio que Dios le concede, para consolarlo por su amor a su Madre adoptiva, ve con claridad que María envuelta ahora por los rayos del Sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie (porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados).

Juan mira, mira… el milagro que Dios le concede ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada por los ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.

Juan, permanece apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando que sube cada vez más. Y un último, supremo prodigio concede Dios-Amor a este perfecto amante suyo: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo, quien desciende rápido del Cielo llega junto a su Madre, la abraza contra su corazón y  juntos, más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido.

La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor por la pérdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora ya el júbilo supera al dolor.

Dice:

–           ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! Presentía que habría sucedido esto. Y quería estar en vela para no perder ningún episodio de su Asunción. ¡Pero llevaba ya tres días sin dormir! El sueño, el cansancio, unidos al dolor, me han abatido y vencido en el momento en que era inminente la Asunción… Pero quizás Tú mismo lo has querido, oh Dios, para que no perturbara ese momento y no sufriera demasiado… Sí, sin duda, Tú lo has querido así, de la misma forma que ahora has querido que viera lo que sin un milagro tuyo no habría podido ver. Me has concedido verla otra vez, aun estando ya muy lejana, ya glorificada y gloriosa, como si estuviera cerca de mí. ¡Y ver de nuevo a Jesús! ¡Oh, visión beatísima, inesperada, insuperable! ¡Oh, don de los dones de Jesús-Dios a su Juan! ¡Gracia suprema! ¡Volver a ver a mi Maestro y Señor! ¡Verlo a Él junto a su Madre! ¡Él semejante a un Sol y Ella a una Luna, esplendidísimos ambos por su estado glorioso y por la felicidad de estar unidos de nuevo y eternamente! ¿Qué será el Paraíso, ahora que vosotros resplandecéis en él, vosotros, astros mayores de la Jerusalén celestial?

De los tres milagros que había pedido a Dios, dos se han cumplido. He visto volver la vida a María y siento que vuelve a mí la paz. Todas mis angustias cesan, porque os he visto unidos de nuevo en la gloria. Gracias por ello, oh Dios. Y gracias por haberme dado la forma de ver en una criatura humana, cuál es el destino de los santos, cual será después del último juicio y la resurrección de los cuerpos y su nueva unión, su fusión con el espíritu subido al Cielo a la hora de la muerte. No tenía necesidad de ver para creer. Porque siempre he creído firmemente en todas las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán de que, después de siglos y milenios, la carne, convertida en polvo, pueda volver a ser cuerpo vivo. A éstos les podré decir, jurando por las cosas más excelsas, que no sólo Cristo volvió a la vida, por su propio poder divino, sino que también la Madre suya, tres días después de la muerte, si tal muerte puede llamarse muerte, reemprendió vida y con la carne unida de nuevo al alma, tomó su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo. Podré decir: “Creed, cristianos todos, en la resurrección de la carne al final de los siglos y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrenda para los culpables impenitentes.

 

 Creed y vivid como santos, de la misma forma que como santos vivieron Jesús y María, para alcanzar su mismo destino. Yo vi a sus cuerpos subir al Cielo. Os lo puedo testificar. Vivid como justos para poder un día estar en el nuevo mundo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús-Sol y junto a María, Estrella de todas las estrellas”. ¡Gracias otra vez, oh Dios! Y ahora recojamos todo lo que queda de Ella. Las flores que han caído de sus vestiduras, las ramas de olivo que han quedado en su lecho, y conservémoslo. Servirán… sí, servirán para ayudar y consolar a mis hermanos, en vano esperados. Antes o después los encontraré…

Recoge incluso los pétalos de las flores que se han deshojado al caer. Y con las flores y pétalos en un extremo de su túnica, entra en la habitación. Cierra el arca y se sienta en el taburete. Exclama:

-¡Ahora todo está cumplido también para mí! ¡Ahora puedo marcharme, libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca! ¡Ir y sembrar la divina Palabra que el Maestro me ha dado para que yo se la dé a los hombres! Enseñar el Amor…

Oración.

Amado Padre Celestial. Por tu infinita misericordia, te suplicamos ¡Oh, Señor Altísimo! Que al momento que nos llames a tu Presencia, no lleguemos a TI solamente con la carga de nuestras miserias y pecados. Haz posible que en ese hermoso y a la vez tremendo momento, podamos decirte con sinceridad: “Padre yo sé que lo que hice no estuvo perfecto. Pero TU sabes que lo hice lo mejor que pude.” Y mostrarte aunque sea unas cuantas florecillas, pero con todo el amor del que fuera capaz nuestro pobre corazón. Al penetrar en tu Justicia, tu Bondad infinita vea nuestra pequeñez y no nos arroje lejos de Ti… Ayúdanos a vivir cada día como si fuera el último y así estemos listos para tu llamado. Gracias ABBA, seas Bendito y Alabado por los infinitos siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARIA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FATIMA…

CANTO DE ALABANZA…