Archivos diarios: 15/04/12

QUINTO MISTERIO LUMINOSO I


JESÚS INSTITUYE LA EUCARISTÍA

LA CENA PASCUAL

En la casa en donde se llevará a cabo la Cena Pascual, anexa al Cenáculo hay una amplia habitación, donde está María con todas las discípulas.La Virgen se ve muy demacrada y como si hubiera envejecido de repente. Se le nota la tristeza aun cuando sonría con dulzura. Sus ademanes son los de una persona cansada; como si estuviera oprimida por una idea muy dolorosa…

Jesús llega a la casa con los apóstoles y saluda:

–                       La paz sea en esta casa.

Y mientras los apóstoles se dirigen hacia el Cenáculo, entra en la habitación en donde está la Virgen.Las discípulas le saludan con profundo respeto y se retiran.

Jesús se abraza a su Madre y la besa en la frente. María besa primero la mano de su Hijo, luego su mejilla derecha. Jesús toma a María de la mano y hace que se siente, sin soltarla. También Él está absorto, pensativo, triste; aun cuando se esfuerza en sonreír.

María ve con ansia su rostro. ¡Pobre Madre que por la Graciay por el Amor, comprende que la Horaha llegado! En su rostro destacan arrugas de dolor. Sus pupilas contemplan una realidad espiritual… Pese a esto conserva su serenidad, al igual que su Hijo.

Jesús la saluda y se encomienda a sus oraciones:

–                       Madre, he venido para beber fuerzas y consuelo de ti. Soy como un pequeñín que tiene necesidad del corazón materno por su dolor y del seno de su madre para tener fuerzas. En estos momentos he vuelto a ser tu pequeño Jesús de otros tiempos. No soy el Maestro, Madre. Soy solo tu hijo, como en Nazareth, antes de abandonar mi vida privada. Sólo te tengo a ti y no tengo nada más. Los hombres en este momento no son ni amigos, ni leales a tu Jesús. Ni siquiera tienen valor para seguir el bien.  Sólo los malos son constantes y decididos en hacer lo que se proponen. Pero tú me eres fiel y en esta hora eres mi fuerza. Sostenme con tu amor, con tus oraciones. Entre los que más o menos me aman, eres la única que en esta hora sabe orar. Orar y comprender. Los demás están en la fiesta; pensando en ella o pensando en el crimen; mientras Yo sufro por tantas cosas…

Después de la Fiesta, muchas cosas acabarán y entre ellas su modo humano de pensar. Sabrán ser dignos de Mí. Todos… menos el que se ha perdido y a quién fuerza alguna puede llevarlo ni siquiera al arrepentimiento. Por ahora son todavía hombres lentos que esperan regocijarse creyendo que está muy cerca mi triunfo. No comprenden que estoy muriendo. Los hosannas de hace pocos días los han embriagado…

Madre, vine para esta hora. Y con alegría sobrenatural la veo aproximarse. Pero no dejo de temerla, porque este cáliz tiene dentro traición, desilusiones, blasfemias, abandono. Sostenme Madre, como cuando con tus oraciones atrajiste sobre ti al Espíritu de Dios, dando al Mundo por medio de Él, al Esperado de las gentes. Atrae ahora sobre tu Hijo la fuerza que me ayude a realizarla Obra para la que vine. Madre… Adiós. Bendíceme, Madre. También por el Padre. Perdona a todos. Perdonemos juntos desde ahora a los que nos torturan.

Jesús ha caído de rodillas a los pies de su Madre y la mira teniéndola abrazada  por la cintura. Reclinando la cabeza sobre sus rodillas y levantando su rostro para mirarla una y otra vez. La luz de una lámpara de aceite de tres mecheros que está en la mesa, cerca de la silla dela Virgen, da de lleno en el rostro de Jesús. Su cabellera está dividida a la mitad de la cabeza. Le cae en largas guedejas onduladas que terminan en pequeños rizos sobre la espalda. Una frente muy amplia, lisa; con las sienes un poco hundidas, en las que se notan las venas bajo la piel de un blanco marfileño, un poco tostado por el sol. Su nariz larga y recta. Con una leve curvatura para arriba en el nivel de los ojos. Cejas y pestañas tupidas,  largas y de color castaño que hacen marco a sus ojos color zafiro muy oscuro. Su boca es regular, de labios que no son gruesos ni delgados y muy bien delineados, con una bella curvatura en el centro. Sus dientes son regulares, fuertes, grandes y muy blancos. El rostro ovalado con pómulos perfectos. La barba tupida en el mentón, está partida en dos y es de un color rubio cobrizo oscuro. Igual que los bigotes que apenas cubren el labio superior. El conjunto es armonioso y bellísimo. Jesús tiene la perfección de la belleza varonil, aunada a una dulzura y una bondad, que lo hacen irresistible.

La Virgen es más blanca. Tal vez porque Ella no ha estado expuesta al sol como su Hijo. Su piel es de un blanco rosado y sus ojos azules, son más claros. Sus cabellos más rubios. Pero, ¡Cómo se parece a Jesús! Con una belleza perfecta, femenina y delicada.

María llora silenciosamente, con su rostro ligeramente alzado por la plegaria que desde su corazón eleva a Dios. Las lágrimas se deslizan abundantes por sus pálidas mejillas y caen sobre su pecho; sobre la cabeza de Jesús que la tiene apoyada contra Él. Luego le pone su mano blanca y pequeña sobre la cabeza, como para bendecirlo. Se inclina y lo besa entre los cabellos. Lo acaricia y se los acomoda. Los acaricia en su espalda, en sus brazos. Le toma el rostro entre las manos y lo vuelve hacia sí. Se lo estrecha contra el corazón. Con los ojos llenos de lágrimas, lo besa en la frente; una vez más en las mejillas, en sus ojos. Acaricia esa pobre y cansada cabeza, como si fuera la de un niño. Como lo hacía cuando Jesús era pequeño. Pero ahora no canta.

Y con una voz que desgarra el corazón…  sólo dice:

–                       ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Jesús! ¡Jesús mío!

Jesús se levanta y se compone el manto. Queda de pie frente a su Madre que sigue llorando.

La bendice y antes de salir, le dice:

–                       Madre, vendré otra vez antes de terminar mi Pascua. Ruega por Mí.

Y se va hacia el Cenáculo…

¡El Poder de la Oraciónde María!…

Jesús es un Dios hecho Hombre.  Un hombre que por no tener mancha alguna, posee la fuerza espiritual para domeñar la carne. ¡Y sin embargo invoca la ayuda dela Llenade Gracia! La cual, en aquella hora de expiación, también encontrará cerrado el Cielo… Pero no en tal forma que no pueda obtener un ángel… Ella, su Reina; para que consuele a su Hijo. ¡Oh! ¡No lo pide para Ella, pobre Madre! También Ella saboreó la amargura del abandono del Padre…

Mientras tanto en el cenáculo, los apóstoles se dan prisa en terminar los preparativos para la Cena. Judas se subió sobre una mesa y revisa si hay suficiente aceite  en todos los mecheros del gigantesco candil que parece una flor luminosa. Después, baja de un salto y ayuda a  Andrés a disponer la vajilla sobre la mesa, cubierta con un fino y hermoso mantel.

Andrés dice:

–                       ¡Qué espléndido lino!

Judas contesta:

–                       Uno de los mejores de Lázaro. Lo trajo Martha.

Tomás pregunta:

–                       ¿Ya vieron estas jarras y estas copas?  – admirando su propio reflejo en sus delgadas partes curvas y acaricia lentamente las asas labradas a cincel con su conocimiento experto.

Judas pregunta:

–                       ¿Cuánto costarán?

Tomás contesta:

–                       Es un trabajo a cincel. Mi padre moriría de gusto por verlas. El oro y la plata en lámina se doblan bien cuando están calientes. Pero tratados así… en un momento se puede echar a perder todo. Basta un golpe fallido… Se necesita tanto fuerza como habilidad. ¿Ves las asas? Las hicieron al mismo tiempo que el resto. No están soldadas. ¡Cosas de ricos!… Piensa que no se ve ni la limadura, ni el desbaste. No sí me comprendes…

–                       ¡Si te entiendo! Quieres decir que es algo así como quien hace una escultura.

–                       Exactamente.

Todos admiran las jarras. Después regresan a sus respectivas  ocupaciones, para terminar los preparativos para la cena.

Luego entran juntos Pedro y Simón.

Iscariote dice:

–                       ¡Oh, finalmente habéis regresado! ¿A dónde habéis ido otra vez?

Simón responde secamente:

–                       Teníamos algo que arreglar.

–                       ¿Estás de malhumor?

–                       ¿Tú que piensas?

–                       Me parece que sí…

–                        Con lo que se ha oído en estos días y lo que han dicho bocas no acostumbradas a la mentira…

Pedro rezonga entre dientes:

–                       Y con el hedor de ese… es mejor que te calles la boca, Pedro.

Judas le dice:

–                       ¡También tú!… Hace días que me parece que la cabeza no te funciona bien. Tienes la cara de un conejo que siente al chacal tras de sí.

Pedro le replica:

–                       Y tú tienes el hocico de la garduña. ¡Miras en una forma!… Miras como de reojo. ¿Qué esperas o qué quieres ver? Te das importancia y lo quieres demostrar. Pero también parece que tuvieras miedo…

–                       ¡Oh! ¡Claro que tengo miedo! Pero tú tampoco eres un héroe…

Juan interviene:

–                       Ninguno de nosotros lo es, Judas. Llevas el nombre del Macabeo, pero no lo eres. Yo digo con el mío: ‘Dios es favorable’ (Juan) Pero me siento como si estuviera en desgracia de Dios. Pedro, ‘la roca’ parece tan blando, como cera puesta al fuego; no puede controlarse más. Jamás lo vi que tuviera miedo, aún en las tempestades más furiosas. Mateo, Bartolomé y Felipe, parecen sonámbulos. Mi hermano Santiago y Andrés, no hacen más que suspirar. Mira a los dos primos, a quienes no solo el parentesco, sino el amor, lo unen con el Maestro. Parece que han envejecido. Tomás ha perdido su buen humor. Simón parece el leproso de hace tres años. Se le ve consumido por el dolor, lívido; sin fuerzas.

Iscariote observa:

–                       Tienes razón, Juan. A todos nos ha sugestionado con su melancolía.

Santiago de Alfeo grita:

–                       Mi primo Jesús, mi Maestro y Señor; como también lo es vuestro, no es un melancólico. Si eso lo dices porque está triste por el dolor que Israel le causa; de lo que somos testigos y por otro motivo que solo Él sabe, afirmo que tienes razón. Pero si con esa palabra insinúas que está loco, ¡Te lo prohíbo!

Iscariote replica:

–                       ¿Y no es locura una idea fija de melancolía? También yo he estudiado esas cosas. Las sé. Él dio mucho de Sí. Ahora es un hombre mentalmente cansado.

Tadeo, aparentemente muy tranquilo, le pregunta:

–                       Lo que significa que está loco, ¿No es verdad?

Iscariote responde con afectación llena de veneno:

–                       Así es. Tu padre comprendió bien las cosas. Tu padre, de santa memoria a quien te pareces tanto por tu rectitud y sabiduría. Jesús, que es el triste destino de una casa demasiado vieja y castigada por la senilidad psíquica; ha tenido siempre tendencia a esta enfermedad. En los primeros días era dulce. Ahora se ha vuelto agresivo… Tú mismo viste como atacó a los fariseos, escribas, saduceos y herodianos. Se ha hecho la vida imposible y ha convertido su camino en un sendero cubierto de piedras puntiagudas. Y fue Él mismo, el causante… Nosotros… Lo amamos tanto, que el amor nos impidió ver. Pero los que no lo amaron idolátricamente, como tu padre, tu hermano José y sobre todo Simón. Ellos sí que vieron las cosas en su punto justo… Deberíamos prestar atención a sus palabras… y no lo hacemos porque estamos sugestionados con su dulce fascinación de enfermo. Y ahora…

Judas se interrumpe abruptamente… Porque…

Judas Tadeo que es casi tan alto como Iscariote, está enfrente de él y ha aparentado escucharlo calmadamente… Pero de pronto, le ha dado un soberbio puñetazo, que lo arroja sobre uno de los asientos. Y con una cólera incontenible, se inclina sobre él; lo agarra por el cuello y lo levanta hacia él. Hasta tenerlo con la cara tan cerca, que Iscariote puede sentir su respiración agitada. Y mientras le clava una mirada terrible, le dice con voz ronca por la ira:

–                       Esto es por lo de la locura, ¡Reptil! Y solo porque Él está allí… -señala la otra habitación, donde Jesús está con María-  Y es la tarde Pascual, no te ahorco. Pero, ¡Piénsalo bien! Si le pasa algo malo y no puedo controlar mi fuerza, nadie te salvará… ¡Levántate! ¡Enervado libertino! ¡Y toma tus providencias!

Judas se levanta pálido y sin reaccionar en lo más mínimo. Paralizado de miedo de que Tadeo pueda estar al tanto de su traición…

¡Y lo más notable, es que nadie protesta por lo que acaba de hacer Judas Tadeo a Iscariote! Al contrario… Todos lo aprueban y cada quién continúa haciendo su labor respectiva.

Apenas se ha calmado el ambiente, cuando entra Jesús. Y abriendo los brazos, con su dulce pero triste sonrisa, saluda:

–                       La paz sea con vosotros.

Juan se le acerca y Jesús le acaricia su rubia cabeza. Sonríe a su primo Santiago y le dice:

–                       Tu madre te ruega que seas afable con José. Hace poco que preguntó por Mí y por ti. Me desagrada no haberlo saludado.

Santiago contesta:

–                       Lo podrás hacer mañana.

–                       ¿Mañana?… Siempre tendré tiempo para verlo. ¡Oh, Pedro! Al fin podremos estar un poco juntos. Desde ayer, tú y Simón parecéis un fuego fatuo. Apenas si los he visto…

Zelote contesta con seriedad:

–                       Nuestras canas que ya abundan, pueden asegurarte que no estuvimos ausentes porque tuviésemos hambre de carne…

Iscariote lo interrumpe de forma ofensiva:

–                       Aunque… Toda edad puede tenerla. ¡Los viejos!… ¡Peor que los jóvenes!

Simón lo mira y va a rebatirle, pero se detiene ante la mirada de Jesús, que pregunta a Iscariote:

–                       ¿Te duele alguna muela? Tienes la mejilla derecha hinchada y colorada.

Judas contesta:

–                       Sí. Me duele. Pero no es para tanto…

Nadie dice nada más y todos comienzan a comentar las actividades efectuadas.

Tomás dice:

–                       Me encontré con Nicodemo y José.

Iscariote, con un marcado interés, pregunta:

–                       ¿Los viste? ¿Hablaste con ellos?

–                       Sí. ¿Qué tiene de extraño? José es un buen cliente de mi padre.

Judas trata de borrar la impresión causada con su pregunta y comenta con gran hipocresía:

–                       Nunca lo habías dicho. Por eso me sorprendí…

Bartolomé dice:

–                       Raro es que no hayan venido a presentarte sus respetos. Tampoco han venido Cusa, ni Mannaém… Y ninguno de los…

Iscariote lo interrumpe con una risilla llena de sarcasmo:

–                       El cocodrilo se mete en su guarida cuando llega la hora…

Simón, en una forma insólita en él, con tono agresivo le pregunta:

–                       ¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas?

Jesús interviene con una  gran dulzura:

–                       ¡Paz, paz! ¿Qué os pasa? Nunca habíamos tenido un escenario tan digno para comer el cordero. Comamos la cena con espíritu de paz. Comprendo que os he turbado mucho con mis instrucciones en estas últimas noches. Pero ya hemos terminado. Juan, ve con alguien más a traer las jarras para la purificación y luego nos sentaremos a la mesa.

Juan, Andrés, Tadeo y Simón; traen lo requerido. Ponen agua en una gran palangana, ofrecen la toalla a Jesús y a los demás.

Cuando terminan esto, Jesús distribuye los asientos:

–                       Yo me siento aquí. A mi derecha Juan y a mi izquierda mi fiel Santiago. Los dos primeros discípulos. Al lado de Juan, mi fuerte Piedra. Al lado de Santiago, el que se parece al aire. No se le ve, pero siempre está presente y ayuda: Andrés. Junto a él, mi primo Santiago. No te lamentes querido hermano, si doy el primer lugar a los primeros. Eres el sobrino del Justo; cuyo espíritu palpita y revolotea a mi alrededor, esta noche, más que nunca. Tranquilízate, ¡padre de mi debilidad de pequeño! Tú que fuiste la encina bajo cuya sombra encontramos protección mi Madre y Yo. Junto a Pedro, Simón…Simón, ven un momento aquí. Quiero ver tu leal cara. Después no la veré tan claramente, porque otros me la ocultarán. Gracias, Simón. Por  todo.  –lo besa.

Simón al regresar a su lugar se lleva las manos a la cara con un gesto de dolor.

Jesús continúa:

–                       Enfrente de Simón mi Bartolomé. Dos hombres honrados y sabios que se parecen mucho. Y cerca tú, Judas Tadeo, hermano mío. Así te puedo ver y me parece que estamos en Nazareth… cuando alguna fiesta nos reunía alrededor de la mesa. También en Caná estuvimos juntos, ¿Te acuerdas? Una fiesta de bodas… El primer milagro… el agua cambiada en vino… También hoy es una fiesta… También hoy habrá un milagro. El vino cambiará su naturaleza y será…

Jesús se absorbe en sus pensamientos. Con la cabeza inclinada, como aislado en su mundo secreto.

Los apóstoles lo miran sin hablar.La Ley prescribe que se debe comer en la Pascua el cordero, según el rito que el Altísimo había dado a Moisés. Y Jesús, Hijo verdadero del Dios Verdadero, pese a ser Dios, no se siente exento de ella. Vive en la tierra. Es un Hombre entre los hombres y debe cumplir con su deber de israelita, mejor que todos los demás. Su misma perfección se lo exige…  Levanta su cabeza.

Mira detenidamente a Iscariote y dice:

–                       Te sentarás frente a Mí.

Judas dice:

–                       ¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón?

–                       Tanto te amo. Lo has dicho.

–                       ¿Por qué, Maestro?

–                       Porque eres el que más ha hecho para contribuir a esta Hora.

Judas mira a Jesús con un dejo de compasión irónica y luego pasea sus ojos sobre todos sus compañeros, con aire de triunfo.

Jesús continúa:

–                       Junto a ti, de un lado Mateo y del otro, Tomás.

Judas dice:

–                       Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha.

Mateo dice:

–                       Como quieras. Como quieras. Me basta con tener enfrente a mi Salvador.

Jesús agrega:

–                       Por último Felipe. ¿Veis? Quien no tiene el honor de estar a mi lado, lo tiene de estar frente a Mí.

Comienza el ritual.

Todos tienen ante sí grandes copas. La de Jesús es más grande y tiene además la del Rito. Jesús, erguido en su lugar, en la ancha copa que tiene delante de Sí; echa el vino, la levanta y la ofrece. La coloca nuevamente sobre la mesa.

Todos, en tono de Salmo, preguntan:

–                       ¿Por qué esta ceremonia?

Jesús, como cabeza de familia, responde:

–                       Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Sea bendito Yeové que ha creado el fruto de la viña. –bebe un sorbo de la copa ofrecida y la pasa a los demás.

Luego ofrece el pan. Lo parte, lo distribuye. Enseguida las hierbas impregnadas en la salsa rojiza que hay en las cuatros salseras. Terminado esto, cantan varios Salmos en coro, (112-117 Vulg.)  De la mesita traen la fuente en la que está el cordero asado y la ponen frente a Jesús. Pedro, que en la primera parte hizo el papel del que pregunta, vuelve a hacerlo:

–                       ¿Por qué este cordero así?

Jesús responde:

–                       En recuerdo de cuando Israel fue salvado por medio del cordero inmolado. Donde había sangre sobre los estípites y arquitrabes, allí no murió el primogénito.  Luego, mientras todo Egipto lloraba por la muerte de los primogénitos. En el palacio real, en la choza más humilde; los hebreos capitaneados por Moisés, se dirigieron a la tierra de liberación y de promesa. Vestidos ya para partir, con las sandalias puestas, en las manos el bastón. Los hijos de Abraham se pusieron en marcha cantando los himnos de gloria.

Todos se ponen de pie y cantan el Salmo 113.

–                       Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, la Judea se convirtió en su santuario… etc.

Ahora Jesús trincha el cordero. Prepara la otra copa. Bebe un sorbo y la pasa. Luego cantan el salmo 112.

–                       Alabad vosotros al Señor. Sea bendito el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos. Desde el oriente y el occidente debe de ser alabado, etc.

Jesús distribuye procurando que cada uno sea bien servido, como si fuera en realidad un padre de familia, que a todos sus hijos amase. Es majestuoso, un poco triste. Y dice:

–                       Con toda mi alma desee comer con vosotros esta Pascua. Ha sido mi mayor deseo, cuando enla Eternidad, he sido el Salvador. Sabía que esta hora precede a aquella y la alegría de entregarme anticipadamente, consolaba mi padecer… Con toda el alma he deseado comer con vosotros esta Pascua; porque no volveré a gustar del fruto de la vid hasta que haya venido el Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos al banquete el Cordero, para las nupcias de los que viven con el Viviente. A ese banquete se acercarán solo los que hayan sido humildes y limpios de corazón; como Yo lo soy.

Bartolomé pregunta:

–                       Maestro, hace poco dijiste que quién no tiene el honor del lugar, tiene el de tenerte enfrente. ¿Cómo podemos saber entonces, quién es el primero entre nosotros?

–                       Todos y ninguno. Si uno quiere ser el primero, hágase el último y siervo de todos. Los reyes de las naciones mandan. Los pueblos oprimidos, aunque los odien, los aclaman y les dan el nombre de ‘Beneméritos’ ‘Padres dela Patria’ Más el odio se oculta bajo el mentiroso título. Que esto no suceda entre vosotros. El mayor sea como el menor. El jefe, como el que sirve. De hecho, ¿Quién es el mayor? ¿El que está a la mesa o quién sirve? El que está sentado a la mesa y sin embargo Yo os sirvo. Y dentro de poco os serviré más. Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Yo dispongo para vosotros un lugar en mi Reino. Así como estaré Yo en él, según la voluntad de mi Padre; para que comáis y bebáis a mi mesa eterna y os sentéis sobre tronos a juzgar a las doce tribus de Israel. Habéis estado conmigo en mis pruebas… sólo esto es lo que os da grandeza a los ojos del Padre.

Varios preguntan al mismo tiempo:

–                       ¿Y los que vendrán?  ¿No tendrán lugar en el Reino? ¿Nosotros solos?

Jesús responde:

–                       ¡Oh, cuántos príncipes en mi Casa! Todos los que hubieran permanecido fieles al Mesías en sus pruebas de la vida; serán príncipes en mi Reino. Porque los que perseveran hasta el fin en el martirio de la existencia; serán iguales que vosotros que habéis estado conmigo en mis pruebas. Y me identifico con mis creyentes. El dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres, lo entrego como enseño a mis más selectos. Quien permaneciere fiel en el Dolor, será un bienaventurado mío, igual que vosotros, mis amados.

Pedro dice:

–                       Nosotros hemos perseverado hasta el fin.

–                       ¿Lo crees, Pedro? Yo te aseguro que la hora de la prueba todavía está por venir. Simón de Jonás; mira que Satanás ha pedido permiso para cribaros como el trigo. He rogado por ti, para que tu Fe no vacile. Y cuando vuelvas en ti, confirma a tus hermanos.

–                       Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado nunca lo he cometido; ni lo cometeré.

–                       No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará infinitas cosas. ¡Oh, cuántas!… Os dije antes: no temáis. Ningún mal os pasará, porque los ángeles del Señor, están con nosotros. No os preocupéis de nada. Yo os he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ya no son aquellos tiempos. Ahora os pregunto: ¿Os ha faltado alguna vez algo? ¿Fuisteis ofendidos alguna vez?

–                       Nada, maestro. El que fue ofendido fuiste Tú.

–                       Ved pues que mi Palabra fue verídica. Ahora el señor ha dado órdenes a sus ángeles, para que se retiren. Es la hora de los demonios. Los ángeles del Señor con sus alas de oro se cubren los ojos. Se los envuelven y sienten que no pueden expresar su dolor, porque es de luto. De un luto cruel y sacrílego… En esta noche no hay ángeles sobre la tierra. Están junto al Trono de Dios para superar con su canto, las blasfemias del Mundo Deicida y el llanto del Inocente. Estamos solos… Yo y vosotros. Los demonios son los dueños dela   Hora. Por esto ahora tomaremos la apariencia y el modo de pensar de los pobres hombres, que desconfían y no aman. Ahora quién tiene una bolsa, tome también una alforja. Quién no tiene espada, venda su manto y compre una. Porque también esto que la escritura dice de Mí, se debe cumplir: ‘Fue contado como uno de los malhechores.’

En verdad que todo lo que se refiere a Mí, tiene su realización…

CUARTO MISTERIO LUMINOSO


La Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor

 (Escrito el 3 de diciembre de 1945 y el 5 de agosto de 1944)

¿Qué hombre hay que no haya contemplado, por lo menos una vez en su vida, un amanecer sereno de marzo? Y si lo hubiere, es muy infeliz; porque no conoce una de las bellezas más grandes de la naturaleza a la que la primavera ha despertado…

En medio de esta belleza, que es límpida en todos aspectos… Desde las hierbas nuevas y llenas de rocío, hasta las florecitas que se abren… Desde la primera sonrisa que la luz dibuja en el día, hasta los pajarillos que se despiertan con un batir de alas y lanzan su primer “pío”, preludio de todos sus canoros discursos que lanzarán durante el día… hasta el aroma mismo del aire que ha perdido en la noche, con el baño del rocío; toda mota de polvo, humo, olor de cuerpo humano… Van caminando Jesús, los apóstoles y discípulos.

Con ellos viene también Simón de Alfeo. Van en dirección del sudeste, pasando las colinas que coronan Nazaret… Atraviesan un arroyo, una llanura encogida entre las colinas nazaretanas y un grupo de montes en dirección hacia el este. El cono semitrunco del Tabor precede a estos montes… Y llegan al Tabor.

Jesús se detiene y dice:

–       Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo, venid conmigo arriba al monte. Los demás desparramaos por las faldas, yendo por los caminos que lo rodean y predicad al Señor. Quiero estar de regreso en Nazaret al atardecer. No os alejéis mucho. La paz esté con vosotros.- Y volviéndose a los tres que ha mencionado, agrega- Vamos.

Y  empieza a subir sin volver su mirada atrás y con un paso tan rápido que Pedro apenas si puede seguirle… En un momento en que se detienen, Pedro colorado y sudando, le pregunta jadeante:

–       ¿A dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima está aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allá?

Jesús responde:

–       Hubiera tomado el otro camino. Estás viendo que le he volteado las espaldas. No iremos a la fortaleza y quien estuviere en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre y os he querido conmigo porque os amo. ¡Ea, ligeros!

Pedro suplica:

–       Oh, Señor mío, ¿No podríamos ir un poco más despacio y así hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos dio para estar hablando toda la noche?

–       A las citas con Dios hay que ir rápidos. ¡Fuerzas Simón Pedro! ¡Allá arriba descansaréis!

Y continúa subiendo…

Cuando llegan a la cima… La mirada alcanza los horizontes. Es un sereno día que hace que aun las cosas lejanas se distingan bien.

El monte no forma parte de algún sistema montañoso como el de Judea. Se yergue solitario. Y es muy elevado. Uno puede ver hasta muy lejos. El lago de Genesaret parece un trozo de cielo caído para engastarse entre el verdor de la tierra…  Una turquesa oval encerrada entre esmeraldas de diversa claridad. Un espejo tembloso, que se encrespa al contacto de un ligero viento por el que se resbalan con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas con esa gracia con que el halcón hiende los aires, cuando va de picada en pos de su presa.

De esa vasta turquesa sale una vena de un azul más pálido… El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en la verde llanura. Hay poblados sembrados a un lado y a otro del río… Algunos no son más que un puñado de casas y  otros más grandes, casi como ciudades. Los caminos principales no son más que líneas amarillentas entre el verdor. Aquí dada la situación del monte, la llanura está más cultivada y es más fértil, muy bella. Se distinguen los diversos cultivos con sus diversos colores que esplenden al sol que desciende de un firmamento muy azul. El trigo está ya crecido, todavía verde y ondea como un mar. Se ven los penachos de los árboles con sus frutos en sus extremidades como nubecillas blancas y rosadas en este pequeño mar vegetal. Y todos los  prados están en flor debido al heno por donde las ovejas van comiendo su cotidiano alimento.

Después de un breve reposo bajo el fresco de un grupo de árboles, por compasión a Pedro a quien las subidas cuestan mucho, se prosigue la marcha. Llegan casi hasta la cresta, donde hay una llanura de hierba en que hay un semicírculo de árboles hacia la orilla.

Jesús se detiene y dice a sus compañeros:

–       ¡Descansad, amigos! Voy allí a orar.

Y señala con la mano una gran roca que sobresale del monte y que se encuentra hacia el interior, en la cresta.

Jesús se arrodilla sobre la tierra cubierta de hierba y apoya las manos y la cabeza sobre la roca, en la misma posición que tendrá en el Getsemaní. No le llega el sol porque lo impide la cresta, pero todo lo demás está bañado de su luz, excepto la sombra que proyectan los árboles donde se han sentado los apóstoles.

Pedro se quita las sandalias, les quita el polvo y piedrecillas y se queda descalzo, con los pies entre la hierba fresca. Estirado, con la cabeza sobre un montón de hierba que le sirve de almohada.

Santiago lo imita; pero para estar más cómodo busca un tronco de árbol sobre el que pone su manto y apoya sobre él la cabeza.

Juan se queda sentado mirando al Maestro… Pero la tranquilidad del lugar, el suave viento, el silencio y el cansancio lo vencen. Baja la cabeza sobre el pecho y cierra sus ojos. Ninguno de los tres duerme profundamente. Se ha apoderado de ellos esa somnolencia de verano que invita a una tranquila siesta.

De pronto los sacude una luminosidad tan viva que anula la del sol… Y que se esparce, que penetra hasta bajo lo verde de los matorrales y árboles, donde están.

Abren los ojos sorprendidos y ven a Jesús transfigurado. Es ahora tal y cual está en las visiones del paraíso. Naturalmente sin las llagas o sin la señal de la cruz. Pero la majestad de su rostro, de su cuerpo es igual por la luminosidad, por el vestido que de un color rojo oscuro se ha cambiado en un tejido de diamantes… de perlas…  en un vestido inmaterial, cual lo tiene en el cielo. Su rostro es un sol esplendidísimo, en el que resplandecen sus ojos de zafiro. Parece todavía más alto, como si su glorificación hubiese cambiado su estatura. Hace parecer fosforescente hasta la llanura y la Luz  que hay en el universo y en los cielos, se funden hasta hacer indescriptible todo lo que lo rodea.

Jesús está de pie, suspendido en el aire, porque entre Él y el verdor del prado hay como un río de luz, un espacio que produce una luz sobre la que él esté parado. Pero es tan fuerte que pareciera que el verdor desapareciera bajo las plantas de Jesús. Es de un color blanco, incandescente…

Jesús está con su rostro levantado al cielo y sonríe a lo que tiene ante Sí…

Los apóstoles se sienten presa de miedo. Lo llaman con ansiedad porque les parece que no es más su Maestro.

–       ¡Maestro, Maestro!

Él no oye.

Pedro dice tembloroso:

–       Está en éxtasis. ¿Qué estará viendo?”

Los tres se han puesto de pie y quieren acercarse a Jesús, pero no se atreven.

La luz aumenta mucho más por dos llamas que bajan del cielo y se ponen al lado de Jesús. Cuando están ya sobre el verdor, se descorre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno es más anciano, de mirada penetrante, severa, de barba partida en dos. De su frente salen cuernos de luz que lo identifican como a Moisés. El otro es más joven, delgado, barbudo y velloso, algo parecido al Bautista, al que se parece por su estatura, delgadez, formación corporal y severidad. Es Elías. Mientras la luz de Moisés es blanca como la de Jesús, sobre todo en los rayos que brotan de la frente, la que emana de Elías es solar, de llama viva.

Los dos profetas asumen una actitud de reverencia ante su Dios encarnado y aunque les habla con familiaridad, ellos no pierden su actitud reverente.

Los tres apóstoles caen de rodillas, con la cara entre las manos. Quieren ver, pero tienen miedo.

Finalmente Pedro habla:

–       ¡Maestro! ¡Maestro, óyeme!

Jesús vuelve su mirada con una sonrisa.

Pedro toma ánimos y dice:

–       ¡Es bello estar aquí contigo, con Moisés y Elías! Si quieres haremos tres tiendas, para Ti, para Moisés y para Elías, ¡nos quedaremos aquí a servirte!…

Jesús lo mira una vez más y sonríe vivamente. Mira también a Juan y a Santiago, una mirada que los envuelve amorosamente. También Moisés y Elías miran fijamente a los tres. Sus ojos brillan  como rayos que atraviesan los corazones.

Los apóstoles no se atreven a añadir una palabra más. Atemorizados, callan. Parece como si estuvieran un poco ebrios, pero cuando un velo que no es neblina, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los tres gloriosos detrás de un resplandor mucho más vivo y los esconde a la mirada de los tres; una voz poderosa, armoniosa vibra, llena el espacio.

Los tres caen con la cara sobre la hierba.

La Poderosa Voz dice:

–       Este es mi Hijo amado, en quien encuentro mis complacencias. ¡Escuchadlo!

Pedro, postrado en tierra exclama:

–       ¡Misericordia de mí que soy un pecador! Es la gloria de Dios que desciende.

Santiago no dice nada…

Juan murmura próximo a desvanecerse:

–       ¡El Señor ha hablado!

Nadie se atreve a levantar la cabeza aun cuando el silencio es absoluto…

Y no ven por esto que la luz solar ha vuelto a su estado, que Jesús está solo y que ha tornado a ser el Jesús con su vestido rojo oscuro. Se dirige a ellos sonriente. Los toca…

Los mueve y los llama por su nombre.

–       Levantaos. Soy Yo. No tengáis miedo.

Ninguno de los tres se ha atrevido a levantar su cara e invocan misericordia sobre sus pecados, temiendo que sea el ángel de Dios que quiere presentarlos ante el Altísimo.

Jesús repite con imperio:

–       ¡Levantaos, pues! ¡Os lo ordeno!

Ellos Levantan la cara y ven a Jesús que sonríe.

Pedro exclama:

–       ¡Oh, Maestro! ¡Dios mío! ¿Cómo vamos a hacer para tenerte a nuestro lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo haremos para vivir entre los hombres, nosotros, hombres pecadores, que hemos oído la voz de Dios?

Jesús responde:

–       Debéis vivir a mi lado, ver mi gloria hasta el fin. Haceos dignos porque el tiempo está cercano. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvamos ahora entre los hombres porque he venido para estar entre ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos, fuertes, fieles por recuerdo de esta hora. Tendréis parte en mi completa gloria, pero no habléis nada de esto a nadie, ni siquiera a los compañeros. Cuando el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos y vuelto a la gloria del Padre, entonces hablaréis, porque entonces será necesario creer para tener parte en mi reino.

Santiago dice:

–       ¿No debe acaso venir Elías a preparar tu reino? Los rabíes enseñan así.

Jesús contesta:

–       Elías ya vino y ha preparado los caminos al Señor. Todo sucede como se ha revelado, pero los que enseñan la revelación no la conocen y no la comprenden. No ven y no reconocen las señales de los tiempos y a los que Dios ha enviado. Elías ha vuelto una vez. La segunda será cuando lleguen los últimos tiempos para preparar los hombres a Dios. Ahora ha venido a preparar los primeros al Mesías y los hombres no lo han querido conocer y lo han atormentado y matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien.

Los tres bajan pensativos y tristes la cabeza. Descienden por el camino que los trajo a la cima.

A mitad de camino, Pedro en voz baja dice:

–       ¡Ah, Señor! Repito lo que dijo ayer tu Madre: “¿Por qué nos has hecho esto?” Tus últimas palabras borraron la alegría de la gloriosa vista que tenían ante sí nuestros corazones. Es un día que no se olvidará. Primero nos llenó de miedo la gran luz que nos despertó, más fuerte que si el monte estuviera en llamas o que si la luna hubiera bajado sobre el prado, bajo nuestros ojos. Luego tu mirada, tu aspecto, tu elevación sobre el suelo, como si estuvieses pronto a volar. Tuve miedo de que disgustado de la maldad de Israel, regresases el cielo, tal vez por orden del Altísimo. Luego tuve miedo de ver aparecer a Moisés, a quien sus contemporáneos no podían ver sin velo, porque brillaba sobre su cara el reflejo de Dios y no era más que hombre, mientras ahora es un espíritu bienaventurado y Elías… ¡Misericordia divina! Creí que había llegado mi último momento. Todos los pecados de mi vida, desde cuando me robaba la fruta allá cuando era pequeñín, hasta el último de haberte mal aconsejado hace algunos días; vinieron a mi memoria. ¡Con qué escalofrío me arrepentí! Luego me pareció que me amaban los dos justos… y tuve el atrevimiento de hablar. Pero su amor me infundía temor porque no merezco el amor de semejantes espíritus. Y ¡Luego!… ¡luego! ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yeové habló! ¡A nosotros! Ordenó: “¡Escuchadlo!”. Te proclamó “su hijo amado en quien encuentra sus complacencias” ¡Qué miedo! ¡Yeové! ¡A nosotros!… ¡No cabe duda que tu fuerza nos ha mantenido la vida!… Cuando nos tocaste, y tus dedos ardían como puntas de fuego, sufrí el último miedo. Creí que había llegado la hora de ser juzgado y que el ángel me tocaba para tomar mi alma y llevarla ante el Altísimo… ¿Pero cómo hizo tu Madre para ver… para oír… para vivir en una palabra, esos momentos de los que ayer hablaste sin morir…?  Ella que estaba sola y era una jovencilla…  ¿Y sin Ti?…

Jesús explica dulcemente:

–       María, que no tiene culpa, no podía temer a Dios. Eva tampoco lo temió mientras fue inocente y Yo estaba. Yo, el Padre y el Espíritu. Nosotros que estamos en el cielo, en la tierra y en todo lugar, que teníamos y tenemos nuestro tabernáculo en el corazón de María.

Santiago dice:

–        ¡Qué cosas!… ¡Qué cosas!

Juan:

–       Pero luego hablaste de muerte… Y toda nuestra alegría se acabó…

Pedro:

–       Pero ¿por qué a nosotros tres? ¿No hubiera sido mejor que todos hubiesen visto tu gloria?

Jesús:

–       Exactamente… Porque muertos de miedo como estáis al oír hablar de muerte y muerte por suplicio del Hijo del Hombre, del Hombre-Dios; Él ha querido fortificaros para aquella hora y para siempre con un conocimiento anterior de lo que seré después de la muerte. Acordaos de ello, para que lo digáis a su tiempo. ¿Comprendido?

Juan:

–       Sí, Señor. No es posible olvidarlo.

Santiago:

–       Sería inútil contarlo.

Pedro:

–       Dirían que estábamos ‘ebrios’

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

TERCER MISTERIO LUMINOSO


 El anuncio de Jesús sobre el Reino de Dios

CURACIÓN DEL CIEGO DE CAFARNAÚM

7 de octubre de 1944.

Es un bellísimo atardecer en el Lago de Genesaret. El mar y el cielo están fundidos en un rojo fuego que enciende todo a su alrededor. Los caminos a Cafarnaúm están llenos de gente: mujeres que van a la fuente; pescadores que preparan las redes y las barcas para la pesca nocturna; hombres que van a sus negocios; niños que corren jugando; borriquillos que van con sus canastos a la campiña, para que los llenen de verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera. Más allá, se ve un caminito pedre­goso que bordea el lago. Es la casa de la suegra de Pedro y éste está en la orilla con Andrés preparando en la barca las cestas para el pescado y las redes; colocando asientos y rollos de cuerdas… Todo lo que se necesita para la pesca y Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús pregunta:

–           ¿Tendremos buena pesca?».

Pedro contesta:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará».

–           ¿Vamos solos?

–           ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–           No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacio hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y llena de guijarros, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–                      Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo y nos vamos juntos hasta el punto adecuado. Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; ¿Dijiste que quieres asirla?

Jesús contesta

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–           No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin enredarse. Lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.  Y sin nudos para evitar que se cierre la red, que se debe abrir como una bolsa o una vela hinchada por el viento. Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago, y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme. Y allí, cerca de la ribera, no antes, para no arriesgar a que se escapen los peces; no después, para no dañar a los peces ni a la red contra las piedras, la levantaremos. Es aquí donde se necesita un ojo certero, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado. Te lo encarezco Maestro, es nuestro pan. Ojo a la red; que no se rompa con las sacudidas de los peces pues defienden su libertad con fuertes coletazos y si son muchos… Tú entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán».

Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula, sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital. Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente y se termina en un acto violento contra el prójimo. ¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal y arrastran al abismo de la Gehena».

–           Tienes razón, Maestro… Pero, ¡somos tan débiles…!.

–           Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–           ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–           Con el viejo Simón podría ser severo; pero con mi Pedro el hombre nuevo, el hombre de su Mesías… no. No Pedro, Dios te ama y te amará.

Andrés pregunta:

–           ¿Y yo?

Jesús lo mira con amor infinito, sonríe y dice:

–           También tú Andrés y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

Pedro pregunta:

–           ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea….

Jesús responde con alegría:

–           ¡Oh…, muchos! Mi Reino está abierto a todo el linaje humano y en verdad te digo que mi pesca en la noche de los siglos; será más abundante que la más copiosa pesca que hayas hecho… Pues cada siglo es una noche en la que el guía y luz, no son la pura luz de Orión o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él. Noche que tendrá una aurora sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses; dioses menores, hijos de Dios Padre y semejantes a mí… Ahora no podéis entender. Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos. Pues bien, Yo obtendré, a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

Pedro insiste:

–           ¿Pero seremos nosotros tus únicos discípulos?

–           ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama… ¿Has contado alguna vez las estrellas?… ¿Y las piedras del fondo de este lago?… ¡No! No podrías. Mucho menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi corazón. ¿Has contado cuántas veces este mar besa la ribera con sus olas en el curso de dos lunas? ¡No! No podrías. Pero mucho menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Puedes estar seguro Pedro, de mi amor».

Pedro está muy conmovido, toma la mano de Jesús y la besa.

Andrés mira, pero no se atreve…

Pero Jesús pone la mano sobre su cabellera y dice:

–           También a ti te quiero mucho. Cuando llegue tu aurora verás a tu Jesús reflejado en la bóveda del cielo – le verás sin tener necesidad de levantar tus ojos – y que sonriente te dirá: “Te amo. Ven” y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial…

Andrés lo mira ruborizado y conmovido. Y en ese preciso instante…

Juan llega corriendo, mira a Jesús con mucho cariño  y dice jadeante:

–           ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy… ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara rápido tu barca. ¿Y Santiago?…

Juan explica:

–           Mira… Nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quiso esperar. Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Por qué no esperar otra noche?”. Pero no entiende razones…

Jesús le dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿No tendrías prisa de volver a ver a tu madre?».

–           ¡Eh!… ¡Claro!».

–           ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Viene con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo suelta.  Pero viene despacio, porque la ribera tiene muchas piedras y él se tropieza… Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan sale de estampida.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que empieza a ponerse azul acero; mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar y suspira.

Jesús le dice:

–           ¿Simón?

El apóstol exclama:

–           ¡Maestro!

–           No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–           ¿También esta vez?

–           Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederá la gracia de la abundancia.

Después de unos minutos, llega el ciego. El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Se deja conducir por los dos discípulos.

Juan le dice:

–              Pss. Hombre… Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla exclamando:

–           ¡Señor mío! ¡Ten Piedad!

Jesús le pregunta:

–           ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

El pobre hombre contesta:

–           Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesarea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla – y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes – saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…».

–           ¿Estás solo?

Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… De uno no conozco ni siquiera su cara… Y tengo también a mi madre que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo».

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–           Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. El leproso tuvo el atrevimiento de mezclarse entre la multitud con el riesgo de ser apedreado… completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu mirada le había infundido en el corazón una esperanza…. Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: ‘Ahí hay salud. ¡Ve!’. Y fui”. Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándole sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo le conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesarea. Y ahora he venido por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado… ¡Ten Piedad de mí!

Jesús lo toma por el brazo y le dice:

–           Ven. ¡La luz es muy fuerte para uno que sale de la oscuridad!

El ciego dice con una esperanza asombrada:

–           Entonces, ¿Me curas?

Jesús le conduce hacia la casa de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo. Se le pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente; sin preguntar nada como si fuera un niño… Cuando se detienen, el hombre se arrodilla…

Jesús extiende sus manos sobre la cabeza del pobre ciego y dice en voz alta:

–       ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida…

Pasa unos instantes llenos de suspenso… Luego…

El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–           ¿Qué ves?

El hombre responde emocionado:

–           ¡Oh!… ¡Oh!… ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… Me parece… ¡Oh!… ¿Qué veo?… Veo tu  vestido… Es blanco, ¿No es verdad?  Y una mano blanca… Y un cinturón de lana!… ¡Oh, Buen Jesús!… ¡Veo cada vez más claro, cuanto más me habitúo a ver!… ‘Eh!… La hierba en el suelo… y aquello ciertamente es un pozo, ¡Sí!… Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo; levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús… Un Jesús sonriente y lleno de de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo.

Pedro le detiene…

Pero ahora es Jesús quien abriendo los suyos, atrae a Sí al hombre que es mucho más bajo que Él. Y después de un momento le dice:

–           Ve a tu casa ahora. Ruega y sé feliz y justo. Ve con mi paz.

–           ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito seas! La luz… la veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos resplandores del sol y el primer atisbo de la luna… Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos y en Ti estoy viendo el más hermoso y verdadero Sol y resplandor puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives, que ayudas y obras!

Yo soy Luz de las almas. Sé hijo de la Luz

–           Siempre, Jesús. Renovaré este juramento a cada parpadeo sobre las pestañas de mis pupilas renacidas. ¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!

–           ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre se va feliz y dichoso. Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles descienden a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

SEGUNDO MISTERIO LUMINOSO


JESÚS EN LAS BODAS DE CANÁ

En la campiña de Caná, hay una hermosa casa situada en medio de huertos de higueras y manzanos. Los campos están cubiertos con espigas sin madurar y sobre las terrazas están las vides llenas de sarmientos. Dos mujeres se acercan a la entrada. Una es anciana como de 50años y la otra parece tener unos treinta y cinco. Su vestido es color amarillo pálido y su manto azul. Es muy bella, esbelta y tiene un aire majestuoso, aunque es muy gentil. Su piel es muy blanca, sus cabellos rubios y sus ojos azules como el cielo despejado que está sobre ellas. Cuando sonríe, se ilumina la cara de la Virgen María.

Cuando están a punto de entrar, salen a recibirlas muchos hombres y mujeres con trajes de fiesta y le rinden muchos homenajes.

El anciano anfitrión las acompaña y las dirige por la amplia escalinata exterior hasta el piso superior donde entran a un salón muy grande que está adornado con esteras, mesas, guirnaldas y vajillas,  para la recepción de una boda. En el centro hay una mesa bien provista con jarras, viandas, manjares y platos llenos de frutas. Platones con quesos, tortas con miel y variados dulces. En el suelo cerca de la pared, hay seis grandes tinajas con asas de metal.

María escucha atenta todo lo que le dicen y luego se quita el manto y ayuda a terminar de preparar la presentación de la mesa principal.

Se oye el rumor de instrumentos musicales y todos menos María corren a recibir al cortejo nupcial. Rodeados por sus padres y amigos, entran los novios lujosamente ataviados y con una alegre algarabía general se distribuyen a lo largo y ancho del amplio salón.

Mientras tanto en el camino que lleva al poblado, Jesús vestido con una túnica blanca y un manto azul marino, está conversando con Juan y su primo, Judas Tadeo. Al oír la música, Jesús amplía su sonrisa y les dice a sus compañeros:

–           Vamos a hacer feliz a mi Madre.

Y se dirige a través de los campos hacia la casa donde se encuentra María.

Cuando llegan, los anfitriones y el novio, junto con María; bajan a recibir a Jesús y lo saludan muy respetuosos. María pone su pequeña mano blanca en la espalda de su Hijo y le compone acariciándole por detrás su cabellera rubia. Es una caricia de enamorada pudorosa.

Jesús sube al lado de su Madre, seguido por sus discípulos y los demás que acudieron a recibirlo. Y entra en la sala del banquete, donde las mujeres se apresuran a poner asientos y platos en la mesa principal para los recién llegados.

Jesús saluda con su voz sonora y llena de majestad:

–           La paz sea en esta casa y la bendición de Dios con todos vosotros.

Domina a todos con su presencia  y con su estatura, pareciera el rey del banquete, a pesar de su humildad y su mansedumbre. Jesús se sienta junto a los novios y María frente a ÉL. Los discípulos quedan junto a María.

Jesús tiene a su espalda la pared donde están los enormes jarrones y la alacena y no ve el afanarse del mayordomo, ni los siervos que llevan los platones con la carne y que les son entregados a través de una puerta que está junto a la alacena.

Fuera de las respectivas madres de los novios y de María que está junto a la novia y frente a Jesús, ninguna otra mujer está sentada en la mesa principal. Las mujeres están todas reunidas en otra mesa aparte y se les sirve después que han sido atendidos los invitados de la mesa principal y los huéspedes de honor.

Empieza el banquete y los únicos que comen y beben poco, son Jesús y su Madre, que también habla muy poco. Jesús aunque es parco en el hablar, es muy cortés. Si le hablan, muestra interés, expone su parecer y siempre es gentil y sonriente.

Más tarde, María se da cuenta que los siervos discuten con el mayordomo y que éste se siente muy molesto. Comprendiendo la situación, se inclina sobre la mesa y llama la atención de Jesús diciéndole despacio:

–           Hijo, no tienen más vino.

Jesús sonríe aún con más dulzura y dice:

–           Mujer, ¿Qué más hay entre tú y Yo? –y deja entrever en esta frase una intención, un secreto de alegría que todos los demás ignoran. Y que María ha comprendido en el asentimiento  de sus ojos sonrientes.

María ordena a los sirvientes:

–           Haced lo que Él os diga.

Jesús ordena:

–           Llenad de agua los jarrones.

Los siervos obedecen. Corren al pozo y con el cubo los llenan lo más rápido que pueden.

Jesús observa todo con atención, mientras ora mentalmente. Cuando las tinajas están llenas, desde su asiento Jesús hace una imperceptible señal de bendición con la mano derecha sobre las tinajas y mueve ligeramente su cabeza, dando un asentimiento al mayordomo. Este se acerca al primer jarrón y mira pasmado lo que hay en la tinaja. Enseguida mira en las otras cinco y su asombro crece…

Luego el sorprendido mayordomo,  revuelve un poco de aquel líquido y lo prueba… Todavía más impactado, lo saborea y habla con el dueño de la casa y con el novio que estaban cerca.

María mira a su Hijo y sonríe. Después, correspondida con una amorosísima sonrisa de Él, baja la cabeza con un ligero sonrojo. Es feliz. Por la sala corre un murmullo y todas las cabezas se vuelven hacia Jesús y María. Algunos se levantan para ver mejor, otros van a los jarrones y después de un asombrado silencio, en coro alaban a Jesús.

Él se levanta y dice:

–           Agradeced a María.

Y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen. En el umbral se detiene y se vuelve repitiendo:

–           La Paz sea en esta casa y la bendición de Dios con vosotros. –Y añade-  Madre, te saludo.

Dice Jesús:

Aquel ‘más’ que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y le da su verdadero significado. Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre “Mamá” a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador. Y su tercera sublime y mística maternidad se realizó en el patíbulo del Gólgota al darme a la Cruz, haciéndome Redentor del Mundo.

¿Qué más hay entre tú y Yo? Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas y yo te obedecía. Te estaba sometido. Ahora pertenezco a la Misión. ¿No lo he dicho? “Quién pone la mano en el arado y vuelve atrás, a ver lo que queda, no es apto para el Reino de los Cielos.”  Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja, no terrones sino corazones y sembrar entre los hombres la Palabra de Dios. Quité de allí la mano, tan sólo cuando me la quitaron para enclavármela en la Cruz y abrir el Corazón de mi Padre, con el clavo que me atormentaba, haciendo salir de Él el perdón para el género humano.

Aquel ‘más’ que muchos olvidan, quería decir esto: Tú has sido todo para Mí Madre, mientras que fui tan solo Jesús el de María de Nazareth y eres todo para mi alma; pero desde el momento en que Soy el Mesías Esperado, pertenezco a mi Padre. Espera un poco más y terminada mi misión, seré nuevamente todo tuyo; me tendrás nuevamente entre los brazos, como cuando era pequeño y nadie te disputará este Hijo tuyo, considerado un oprobio del género humano, que te arrojará sus despojos para cubrirte de oprobio por haber sido la madre de un criminal. Y después me volverás a tener para siempre triunfante, en el Cielo. Pero ahora pertenezco a todos los hombres. Pertenezco al Padre que me ha enviado a ellos.

Ahí tenéis lo que quiere decir ese pequeño más.

Cuando dije a los discípulos: “Vayamos a hacer feliz a mi Madre” había dado a mis palabras un sentido más alto que el que parecían tener. No se trataba de la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad de milagros y la primera benefactora del género humano. No lo olviden nunca. Mi primer milagro se hizo por María.

El primero como prueba de que María es la Llave del Milagro. Yo no niego nada a mi Madre y por su plegaria anticipo también el tiempo de la Gracia. Conozco a mi Madre, cuya Bondad sólo Dios supera. Sé que el haceros un bien, es lo mismo que hacerla feliz, porque Ella es todo amor. Por esto dije: “Vayamos a hacer feliz a mi Madre.”

Por otra parte, quise manifestar al mundo su poder junto con su deseo y el mío. Destinada para estar unida conmigo en la carne, pues fuimos una carne; Yo en Ella y Ella en torno mío… Como pétalos de un lirio, alrededor del pistilo perfumado y lleno de vida. Unida a Mí por el Dolor, porque los dos estuvimos en la Cruz, Yo en Carne y Ella en el alma; así como el Lirio perfuma con su corola y con la esencia que de ella se saca,  era justo que también estuviese unida a Mí en el Poder…

Digo a vosotros lo que dije a los convidados: “Agradeced a María…”

Por Ella habéis recibido al Dueño del Milagro. Por Ella tenéis mi gracia y sobre todo, la de mi Perdón…

Quedaos en mi Paz. Estoy con vosotros….

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Oración:

Amado Padre Celestial: Así como realizaste el Primer milagro en las Bodas de Caná, para hacer feliz a Maria; sigue realizando los milagros que necesitamos para hacerla feliz a Ella y a Ti; para nostros poder alcanzar la felicidad eterna que Eres Tú y recupera todos los hijos perdidos para que TODOS  podamos ser felices, unidos a Ti en el Cielo, adorándote por los infinitos siglos de los siglos. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

PRIMER MISTERIO LUMINOSO


EL BAUTISMO DE JESUS EN EL RIO JORDÁN

En una llanura despoblada del Valle del Jordán, en un recodo del río donde el agua no es muy profunda y que colinda con el desierto, sobre un alto y escarpado peñasco está Juan el Bautista disertando sobre el Mesías, ante un vasto y heterogéneo auditorio, diseminado a su alrededor.  El Precursor es tan impetuoso y duro en su hablar, que exhorta sin ninguna piedad a que preparen los corazones y extirpen los obstáculos para su Venida.

Detrás de él, hay una vereda muy larga que bordea los árboles que dan sombra a lo largo del Jordán. Y en ella de pronto se perfila la alta figura de Jesús que viene solo. Camina despacio y parece ser otro más de los que se acercan a Juan, para recibir el bautismo y repararse para la venida del Mesías.

El Penitente del Desierto suspende su fulmíneo discurso al sentir la emanación espiritual de la Presencia de Jesús y se vuelve a mirar hacia atrás. Al punto desciende del peñasco que le servía de púlpito y se dirige veloz hacia Jesús, que se había detenido junto a un árbol. Los dos son muy altos y es en lo único que se parecen. Sus miradas se encuentran…

Jesús con sus ojos color zafiro llenos de dulzura y Juan con sus negrísimos ojos de mirar tan severo y fulgurante. Jesús tiene su larga cabellera rubia bien peinada. Su piel de un blanco marmóreo y su vestido sencillo, pero con su porte muy majestuoso.

Juan es hirsuto, los cabellos negros le caen sueltos y desiguales, por la espalda. La barba que le cubre casi todo el rostro, no impide ver su rostro ascético por el ayuno. Su piel está quemada por el sol y su vestido consiste en una piel de camello que lo deja semidesnudo; sostenida por un cinturón de cuero, le cubre el dorso y apenas los flancos descarnados y dejando al descubierto el costado derecho, con la piel tostada. Parece un completo salvaje.

Juan lo mira atentamente con sus penetrantes pupilas y aspirando profundamente se yergue aun más y grita señalándolo:

¡He aquí al Cordero de Dios! – Y agrega dirigiéndose a Jesús.- ¿Cómo es posible que venga a mí, EL que es mi Señor?

Jesús responde tranquilamente:

–           Para cumplir con el rito de penitencia.

Juan se inclina ante Él y dice:

–           Jamás Señor Mío. Soy yo quién debo venir a TI, para ser santificado. ¿Y Eres Tú el que vienes a Mí?

Jesús le pone la mano sobre la cabeza y le dice:

–           Deja que se haga como Yo quiero para que se cumpla toda justicia y tu rito se convierta en el principio de otro Misterio mucho más alto y se avise a los hombres que la Víctima está ya en el Mundo.

En los ojos de Juan se asoma una lágrima y lo precede hacia la ribera, donde Jesús se quita el manto y la túnica, quedándose solo con los calzoncillos cortos. Luego entra en el agua, donde Juan ya lo espera y lo bautiza echando sobre ÉL, con el tazón que le colgaba de la cintura, el agua del río.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en la pureza de su carne, en la modestia de su trato, en la mansedumbre de su mirar. Mientras Jesús regresa a la ribera, se viste y se recoge en oración; Juan lo señala a las turbas y les dice que lo reconoció por la señal que el Espíritu de Dios le había dado y que es la prueba infalible de que es el Redentor.

Dice Jesús:

Juan personalmente no tenía necesidad de la señal. Su alma pre-santificada desde el vientre de su madre, poseía aquella mirada de inteligencia sobrenatural que todos los hombres hubieran tenido de no haber mediado el Pecado de Adán.

En el Génesis se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente, éste no temblaba de miedo ante aquella Voz, ni se engañaba en conocerla. Tal era la suerte del hombre: ver y entender a Dios, exactamente como un hijo conoce a su padre. Después vino la Culpa y el hombre no ha osado mirar más a Dios. No ha sabido ver y comprender a Dios. Y cada día lo conoce menos.

Juan no tenía necesidad de la señal, pero fue necesaria para los testigos de este ritual. Igualmente Yo no tenía necesidad de bautismo, pero la sabiduría del Señor había decretado que aquel fuese el momento y el modo de encontrarnos. Trajo a Juan de su cueva en el desierto y a Mí de mi casa y nos juntó en aquella hora, para que se abriesen sobre Mí los Cielos y descendiese Él Mismo, Paloma Divina, sobre el que debía bautizar a los hombres con la misma Paloma y bajase el anuncio de mi Padre aún más potente que el que dieron los Ángeles en Belén: “He aquí a mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias.” Y esto fue para que los hombres no tuviesen excusa o duda en seguirme.

Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. A lo largo de toda mi vida terrenal, mi patria estuvo llena de manifestaciones. Como semilla que se arroja a los cuatro puntos cardinales, llegó a todas las clases sociales: a los pastores, poderosos, doctos, incrédulos, pecadores, sacerdotes, dominadores, niños, soldados, hebreos y gentiles. Todavía ahora las manifestaciones se repiten. Pero al igual que entonces, el mundo no las acepta. Aun peor, no recoge las actuales y olvida las pasadas.  Y sin embargo Yo no desisto. Vuelvo a tratar de salvaros para que tengáis fe en Mí.

 

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Oración:

Amado Padre Celestial: Te damos gracias por habernos dado a Jesús y al participar en el Sacramento del Bautismo, hemos renacido para Ti. Te rogamos por nuestros hermanos los que no han sido bautizados, para que participen del Bautismo de Jesús y puedan ser rescatados por tu misericordia infinita. Amén

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…