QUINTO MISTERIO LUMINOSO I


JESÚS INSTITUYE LA EUCARISTÍA

LA CENA PASCUAL

En la casa en donde se llevará a cabo la Cena Pascual, anexa al Cenáculo hay una amplia habitación, donde está María con todas las discípulas.La Virgen se ve muy demacrada y como si hubiera envejecido de repente. Se le nota la tristeza aun cuando sonría con dulzura. Sus ademanes son los de una persona cansada; como si estuviera oprimida por una idea muy dolorosa…

Jesús llega a la casa con los apóstoles y saluda:

–                       La paz sea en esta casa.

Y mientras los apóstoles se dirigen hacia el Cenáculo, entra en la habitación en donde está la Virgen.Las discípulas le saludan con profundo respeto y se retiran.

Jesús se abraza a su Madre y la besa en la frente. María besa primero la mano de su Hijo, luego su mejilla derecha. Jesús toma a María de la mano y hace que se siente, sin soltarla. También Él está absorto, pensativo, triste; aun cuando se esfuerza en sonreír.

María ve con ansia su rostro. ¡Pobre Madre que por la Graciay por el Amor, comprende que la Horaha llegado! En su rostro destacan arrugas de dolor. Sus pupilas contemplan una realidad espiritual… Pese a esto conserva su serenidad, al igual que su Hijo.

Jesús la saluda y se encomienda a sus oraciones:

–                       Madre, he venido para beber fuerzas y consuelo de ti. Soy como un pequeñín que tiene necesidad del corazón materno por su dolor y del seno de su madre para tener fuerzas. En estos momentos he vuelto a ser tu pequeño Jesús de otros tiempos. No soy el Maestro, Madre. Soy solo tu hijo, como en Nazareth, antes de abandonar mi vida privada. Sólo te tengo a ti y no tengo nada más. Los hombres en este momento no son ni amigos, ni leales a tu Jesús. Ni siquiera tienen valor para seguir el bien.  Sólo los malos son constantes y decididos en hacer lo que se proponen. Pero tú me eres fiel y en esta hora eres mi fuerza. Sostenme con tu amor, con tus oraciones. Entre los que más o menos me aman, eres la única que en esta hora sabe orar. Orar y comprender. Los demás están en la fiesta; pensando en ella o pensando en el crimen; mientras Yo sufro por tantas cosas…

Después de la Fiesta, muchas cosas acabarán y entre ellas su modo humano de pensar. Sabrán ser dignos de Mí. Todos… menos el que se ha perdido y a quién fuerza alguna puede llevarlo ni siquiera al arrepentimiento. Por ahora son todavía hombres lentos que esperan regocijarse creyendo que está muy cerca mi triunfo. No comprenden que estoy muriendo. Los hosannas de hace pocos días los han embriagado…

Madre, vine para esta hora. Y con alegría sobrenatural la veo aproximarse. Pero no dejo de temerla, porque este cáliz tiene dentro traición, desilusiones, blasfemias, abandono. Sostenme Madre, como cuando con tus oraciones atrajiste sobre ti al Espíritu de Dios, dando al Mundo por medio de Él, al Esperado de las gentes. Atrae ahora sobre tu Hijo la fuerza que me ayude a realizarla Obra para la que vine. Madre… Adiós. Bendíceme, Madre. También por el Padre. Perdona a todos. Perdonemos juntos desde ahora a los que nos torturan.

Jesús ha caído de rodillas a los pies de su Madre y la mira teniéndola abrazada  por la cintura. Reclinando la cabeza sobre sus rodillas y levantando su rostro para mirarla una y otra vez. La luz de una lámpara de aceite de tres mecheros que está en la mesa, cerca de la silla dela Virgen, da de lleno en el rostro de Jesús. Su cabellera está dividida a la mitad de la cabeza. Le cae en largas guedejas onduladas que terminan en pequeños rizos sobre la espalda. Una frente muy amplia, lisa; con las sienes un poco hundidas, en las que se notan las venas bajo la piel de un blanco marfileño, un poco tostado por el sol. Su nariz larga y recta. Con una leve curvatura para arriba en el nivel de los ojos. Cejas y pestañas tupidas,  largas y de color castaño que hacen marco a sus ojos color zafiro muy oscuro. Su boca es regular, de labios que no son gruesos ni delgados y muy bien delineados, con una bella curvatura en el centro. Sus dientes son regulares, fuertes, grandes y muy blancos. El rostro ovalado con pómulos perfectos. La barba tupida en el mentón, está partida en dos y es de un color rubio cobrizo oscuro. Igual que los bigotes que apenas cubren el labio superior. El conjunto es armonioso y bellísimo. Jesús tiene la perfección de la belleza varonil, aunada a una dulzura y una bondad, que lo hacen irresistible.

La Virgen es más blanca. Tal vez porque Ella no ha estado expuesta al sol como su Hijo. Su piel es de un blanco rosado y sus ojos azules, son más claros. Sus cabellos más rubios. Pero, ¡Cómo se parece a Jesús! Con una belleza perfecta, femenina y delicada.

María llora silenciosamente, con su rostro ligeramente alzado por la plegaria que desde su corazón eleva a Dios. Las lágrimas se deslizan abundantes por sus pálidas mejillas y caen sobre su pecho; sobre la cabeza de Jesús que la tiene apoyada contra Él. Luego le pone su mano blanca y pequeña sobre la cabeza, como para bendecirlo. Se inclina y lo besa entre los cabellos. Lo acaricia y se los acomoda. Los acaricia en su espalda, en sus brazos. Le toma el rostro entre las manos y lo vuelve hacia sí. Se lo estrecha contra el corazón. Con los ojos llenos de lágrimas, lo besa en la frente; una vez más en las mejillas, en sus ojos. Acaricia esa pobre y cansada cabeza, como si fuera la de un niño. Como lo hacía cuando Jesús era pequeño. Pero ahora no canta.

Y con una voz que desgarra el corazón…  sólo dice:

–                       ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Jesús! ¡Jesús mío!

Jesús se levanta y se compone el manto. Queda de pie frente a su Madre que sigue llorando.

La bendice y antes de salir, le dice:

–                       Madre, vendré otra vez antes de terminar mi Pascua. Ruega por Mí.

Y se va hacia el Cenáculo…

¡El Poder de la Oraciónde María!…

Jesús es un Dios hecho Hombre.  Un hombre que por no tener mancha alguna, posee la fuerza espiritual para domeñar la carne. ¡Y sin embargo invoca la ayuda dela Llenade Gracia! La cual, en aquella hora de expiación, también encontrará cerrado el Cielo… Pero no en tal forma que no pueda obtener un ángel… Ella, su Reina; para que consuele a su Hijo. ¡Oh! ¡No lo pide para Ella, pobre Madre! También Ella saboreó la amargura del abandono del Padre…

Mientras tanto en el cenáculo, los apóstoles se dan prisa en terminar los preparativos para la Cena. Judas se subió sobre una mesa y revisa si hay suficiente aceite  en todos los mecheros del gigantesco candil que parece una flor luminosa. Después, baja de un salto y ayuda a  Andrés a disponer la vajilla sobre la mesa, cubierta con un fino y hermoso mantel.

Andrés dice:

–                       ¡Qué espléndido lino!

Judas contesta:

–                       Uno de los mejores de Lázaro. Lo trajo Martha.

Tomás pregunta:

–                       ¿Ya vieron estas jarras y estas copas?  – admirando su propio reflejo en sus delgadas partes curvas y acaricia lentamente las asas labradas a cincel con su conocimiento experto.

Judas pregunta:

–                       ¿Cuánto costarán?

Tomás contesta:

–                       Es un trabajo a cincel. Mi padre moriría de gusto por verlas. El oro y la plata en lámina se doblan bien cuando están calientes. Pero tratados así… en un momento se puede echar a perder todo. Basta un golpe fallido… Se necesita tanto fuerza como habilidad. ¿Ves las asas? Las hicieron al mismo tiempo que el resto. No están soldadas. ¡Cosas de ricos!… Piensa que no se ve ni la limadura, ni el desbaste. No sí me comprendes…

–                       ¡Si te entiendo! Quieres decir que es algo así como quien hace una escultura.

–                       Exactamente.

Todos admiran las jarras. Después regresan a sus respectivas  ocupaciones, para terminar los preparativos para la cena.

Luego entran juntos Pedro y Simón.

Iscariote dice:

–                       ¡Oh, finalmente habéis regresado! ¿A dónde habéis ido otra vez?

Simón responde secamente:

–                       Teníamos algo que arreglar.

–                       ¿Estás de malhumor?

–                       ¿Tú que piensas?

–                       Me parece que sí…

–                        Con lo que se ha oído en estos días y lo que han dicho bocas no acostumbradas a la mentira…

Pedro rezonga entre dientes:

–                       Y con el hedor de ese… es mejor que te calles la boca, Pedro.

Judas le dice:

–                       ¡También tú!… Hace días que me parece que la cabeza no te funciona bien. Tienes la cara de un conejo que siente al chacal tras de sí.

Pedro le replica:

–                       Y tú tienes el hocico de la garduña. ¡Miras en una forma!… Miras como de reojo. ¿Qué esperas o qué quieres ver? Te das importancia y lo quieres demostrar. Pero también parece que tuvieras miedo…

–                       ¡Oh! ¡Claro que tengo miedo! Pero tú tampoco eres un héroe…

Juan interviene:

–                       Ninguno de nosotros lo es, Judas. Llevas el nombre del Macabeo, pero no lo eres. Yo digo con el mío: ‘Dios es favorable’ (Juan) Pero me siento como si estuviera en desgracia de Dios. Pedro, ‘la roca’ parece tan blando, como cera puesta al fuego; no puede controlarse más. Jamás lo vi que tuviera miedo, aún en las tempestades más furiosas. Mateo, Bartolomé y Felipe, parecen sonámbulos. Mi hermano Santiago y Andrés, no hacen más que suspirar. Mira a los dos primos, a quienes no solo el parentesco, sino el amor, lo unen con el Maestro. Parece que han envejecido. Tomás ha perdido su buen humor. Simón parece el leproso de hace tres años. Se le ve consumido por el dolor, lívido; sin fuerzas.

Iscariote observa:

–                       Tienes razón, Juan. A todos nos ha sugestionado con su melancolía.

Santiago de Alfeo grita:

–                       Mi primo Jesús, mi Maestro y Señor; como también lo es vuestro, no es un melancólico. Si eso lo dices porque está triste por el dolor que Israel le causa; de lo que somos testigos y por otro motivo que solo Él sabe, afirmo que tienes razón. Pero si con esa palabra insinúas que está loco, ¡Te lo prohíbo!

Iscariote replica:

–                       ¿Y no es locura una idea fija de melancolía? También yo he estudiado esas cosas. Las sé. Él dio mucho de Sí. Ahora es un hombre mentalmente cansado.

Tadeo, aparentemente muy tranquilo, le pregunta:

–                       Lo que significa que está loco, ¿No es verdad?

Iscariote responde con afectación llena de veneno:

–                       Así es. Tu padre comprendió bien las cosas. Tu padre, de santa memoria a quien te pareces tanto por tu rectitud y sabiduría. Jesús, que es el triste destino de una casa demasiado vieja y castigada por la senilidad psíquica; ha tenido siempre tendencia a esta enfermedad. En los primeros días era dulce. Ahora se ha vuelto agresivo… Tú mismo viste como atacó a los fariseos, escribas, saduceos y herodianos. Se ha hecho la vida imposible y ha convertido su camino en un sendero cubierto de piedras puntiagudas. Y fue Él mismo, el causante… Nosotros… Lo amamos tanto, que el amor nos impidió ver. Pero los que no lo amaron idolátricamente, como tu padre, tu hermano José y sobre todo Simón. Ellos sí que vieron las cosas en su punto justo… Deberíamos prestar atención a sus palabras… y no lo hacemos porque estamos sugestionados con su dulce fascinación de enfermo. Y ahora…

Judas se interrumpe abruptamente… Porque…

Judas Tadeo que es casi tan alto como Iscariote, está enfrente de él y ha aparentado escucharlo calmadamente… Pero de pronto, le ha dado un soberbio puñetazo, que lo arroja sobre uno de los asientos. Y con una cólera incontenible, se inclina sobre él; lo agarra por el cuello y lo levanta hacia él. Hasta tenerlo con la cara tan cerca, que Iscariote puede sentir su respiración agitada. Y mientras le clava una mirada terrible, le dice con voz ronca por la ira:

–                       Esto es por lo de la locura, ¡Reptil! Y solo porque Él está allí… -señala la otra habitación, donde Jesús está con María-  Y es la tarde Pascual, no te ahorco. Pero, ¡Piénsalo bien! Si le pasa algo malo y no puedo controlar mi fuerza, nadie te salvará… ¡Levántate! ¡Enervado libertino! ¡Y toma tus providencias!

Judas se levanta pálido y sin reaccionar en lo más mínimo. Paralizado de miedo de que Tadeo pueda estar al tanto de su traición…

¡Y lo más notable, es que nadie protesta por lo que acaba de hacer Judas Tadeo a Iscariote! Al contrario… Todos lo aprueban y cada quién continúa haciendo su labor respectiva.

Apenas se ha calmado el ambiente, cuando entra Jesús. Y abriendo los brazos, con su dulce pero triste sonrisa, saluda:

–                       La paz sea con vosotros.

Juan se le acerca y Jesús le acaricia su rubia cabeza. Sonríe a su primo Santiago y le dice:

–                       Tu madre te ruega que seas afable con José. Hace poco que preguntó por Mí y por ti. Me desagrada no haberlo saludado.

Santiago contesta:

–                       Lo podrás hacer mañana.

–                       ¿Mañana?… Siempre tendré tiempo para verlo. ¡Oh, Pedro! Al fin podremos estar un poco juntos. Desde ayer, tú y Simón parecéis un fuego fatuo. Apenas si los he visto…

Zelote contesta con seriedad:

–                       Nuestras canas que ya abundan, pueden asegurarte que no estuvimos ausentes porque tuviésemos hambre de carne…

Iscariote lo interrumpe de forma ofensiva:

–                       Aunque… Toda edad puede tenerla. ¡Los viejos!… ¡Peor que los jóvenes!

Simón lo mira y va a rebatirle, pero se detiene ante la mirada de Jesús, que pregunta a Iscariote:

–                       ¿Te duele alguna muela? Tienes la mejilla derecha hinchada y colorada.

Judas contesta:

–                       Sí. Me duele. Pero no es para tanto…

Nadie dice nada más y todos comienzan a comentar las actividades efectuadas.

Tomás dice:

–                       Me encontré con Nicodemo y José.

Iscariote, con un marcado interés, pregunta:

–                       ¿Los viste? ¿Hablaste con ellos?

–                       Sí. ¿Qué tiene de extraño? José es un buen cliente de mi padre.

Judas trata de borrar la impresión causada con su pregunta y comenta con gran hipocresía:

–                       Nunca lo habías dicho. Por eso me sorprendí…

Bartolomé dice:

–                       Raro es que no hayan venido a presentarte sus respetos. Tampoco han venido Cusa, ni Mannaém… Y ninguno de los…

Iscariote lo interrumpe con una risilla llena de sarcasmo:

–                       El cocodrilo se mete en su guarida cuando llega la hora…

Simón, en una forma insólita en él, con tono agresivo le pregunta:

–                       ¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas?

Jesús interviene con una  gran dulzura:

–                       ¡Paz, paz! ¿Qué os pasa? Nunca habíamos tenido un escenario tan digno para comer el cordero. Comamos la cena con espíritu de paz. Comprendo que os he turbado mucho con mis instrucciones en estas últimas noches. Pero ya hemos terminado. Juan, ve con alguien más a traer las jarras para la purificación y luego nos sentaremos a la mesa.

Juan, Andrés, Tadeo y Simón; traen lo requerido. Ponen agua en una gran palangana, ofrecen la toalla a Jesús y a los demás.

Cuando terminan esto, Jesús distribuye los asientos:

–                       Yo me siento aquí. A mi derecha Juan y a mi izquierda mi fiel Santiago. Los dos primeros discípulos. Al lado de Juan, mi fuerte Piedra. Al lado de Santiago, el que se parece al aire. No se le ve, pero siempre está presente y ayuda: Andrés. Junto a él, mi primo Santiago. No te lamentes querido hermano, si doy el primer lugar a los primeros. Eres el sobrino del Justo; cuyo espíritu palpita y revolotea a mi alrededor, esta noche, más que nunca. Tranquilízate, ¡padre de mi debilidad de pequeño! Tú que fuiste la encina bajo cuya sombra encontramos protección mi Madre y Yo. Junto a Pedro, Simón…Simón, ven un momento aquí. Quiero ver tu leal cara. Después no la veré tan claramente, porque otros me la ocultarán. Gracias, Simón. Por  todo.  –lo besa.

Simón al regresar a su lugar se lleva las manos a la cara con un gesto de dolor.

Jesús continúa:

–                       Enfrente de Simón mi Bartolomé. Dos hombres honrados y sabios que se parecen mucho. Y cerca tú, Judas Tadeo, hermano mío. Así te puedo ver y me parece que estamos en Nazareth… cuando alguna fiesta nos reunía alrededor de la mesa. También en Caná estuvimos juntos, ¿Te acuerdas? Una fiesta de bodas… El primer milagro… el agua cambiada en vino… También hoy es una fiesta… También hoy habrá un milagro. El vino cambiará su naturaleza y será…

Jesús se absorbe en sus pensamientos. Con la cabeza inclinada, como aislado en su mundo secreto.

Los apóstoles lo miran sin hablar.La Ley prescribe que se debe comer en la Pascua el cordero, según el rito que el Altísimo había dado a Moisés. Y Jesús, Hijo verdadero del Dios Verdadero, pese a ser Dios, no se siente exento de ella. Vive en la tierra. Es un Hombre entre los hombres y debe cumplir con su deber de israelita, mejor que todos los demás. Su misma perfección se lo exige…  Levanta su cabeza.

Mira detenidamente a Iscariote y dice:

–                       Te sentarás frente a Mí.

Judas dice:

–                       ¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón?

–                       Tanto te amo. Lo has dicho.

–                       ¿Por qué, Maestro?

–                       Porque eres el que más ha hecho para contribuir a esta Hora.

Judas mira a Jesús con un dejo de compasión irónica y luego pasea sus ojos sobre todos sus compañeros, con aire de triunfo.

Jesús continúa:

–                       Junto a ti, de un lado Mateo y del otro, Tomás.

Judas dice:

–                       Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha.

Mateo dice:

–                       Como quieras. Como quieras. Me basta con tener enfrente a mi Salvador.

Jesús agrega:

–                       Por último Felipe. ¿Veis? Quien no tiene el honor de estar a mi lado, lo tiene de estar frente a Mí.

Comienza el ritual.

Todos tienen ante sí grandes copas. La de Jesús es más grande y tiene además la del Rito. Jesús, erguido en su lugar, en la ancha copa que tiene delante de Sí; echa el vino, la levanta y la ofrece. La coloca nuevamente sobre la mesa.

Todos, en tono de Salmo, preguntan:

–                       ¿Por qué esta ceremonia?

Jesús, como cabeza de familia, responde:

–                       Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Sea bendito Yeové que ha creado el fruto de la viña. –bebe un sorbo de la copa ofrecida y la pasa a los demás.

Luego ofrece el pan. Lo parte, lo distribuye. Enseguida las hierbas impregnadas en la salsa rojiza que hay en las cuatros salseras. Terminado esto, cantan varios Salmos en coro, (112-117 Vulg.)  De la mesita traen la fuente en la que está el cordero asado y la ponen frente a Jesús. Pedro, que en la primera parte hizo el papel del que pregunta, vuelve a hacerlo:

–                       ¿Por qué este cordero así?

Jesús responde:

–                       En recuerdo de cuando Israel fue salvado por medio del cordero inmolado. Donde había sangre sobre los estípites y arquitrabes, allí no murió el primogénito.  Luego, mientras todo Egipto lloraba por la muerte de los primogénitos. En el palacio real, en la choza más humilde; los hebreos capitaneados por Moisés, se dirigieron a la tierra de liberación y de promesa. Vestidos ya para partir, con las sandalias puestas, en las manos el bastón. Los hijos de Abraham se pusieron en marcha cantando los himnos de gloria.

Todos se ponen de pie y cantan el Salmo 113.

–                       Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, la Judea se convirtió en su santuario… etc.

Ahora Jesús trincha el cordero. Prepara la otra copa. Bebe un sorbo y la pasa. Luego cantan el salmo 112.

–                       Alabad vosotros al Señor. Sea bendito el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos. Desde el oriente y el occidente debe de ser alabado, etc.

Jesús distribuye procurando que cada uno sea bien servido, como si fuera en realidad un padre de familia, que a todos sus hijos amase. Es majestuoso, un poco triste. Y dice:

–                       Con toda mi alma desee comer con vosotros esta Pascua. Ha sido mi mayor deseo, cuando enla Eternidad, he sido el Salvador. Sabía que esta hora precede a aquella y la alegría de entregarme anticipadamente, consolaba mi padecer… Con toda el alma he deseado comer con vosotros esta Pascua; porque no volveré a gustar del fruto de la vid hasta que haya venido el Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos al banquete el Cordero, para las nupcias de los que viven con el Viviente. A ese banquete se acercarán solo los que hayan sido humildes y limpios de corazón; como Yo lo soy.

Bartolomé pregunta:

–                       Maestro, hace poco dijiste que quién no tiene el honor del lugar, tiene el de tenerte enfrente. ¿Cómo podemos saber entonces, quién es el primero entre nosotros?

–                       Todos y ninguno. Si uno quiere ser el primero, hágase el último y siervo de todos. Los reyes de las naciones mandan. Los pueblos oprimidos, aunque los odien, los aclaman y les dan el nombre de ‘Beneméritos’ ‘Padres dela Patria’ Más el odio se oculta bajo el mentiroso título. Que esto no suceda entre vosotros. El mayor sea como el menor. El jefe, como el que sirve. De hecho, ¿Quién es el mayor? ¿El que está a la mesa o quién sirve? El que está sentado a la mesa y sin embargo Yo os sirvo. Y dentro de poco os serviré más. Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Yo dispongo para vosotros un lugar en mi Reino. Así como estaré Yo en él, según la voluntad de mi Padre; para que comáis y bebáis a mi mesa eterna y os sentéis sobre tronos a juzgar a las doce tribus de Israel. Habéis estado conmigo en mis pruebas… sólo esto es lo que os da grandeza a los ojos del Padre.

Varios preguntan al mismo tiempo:

–                       ¿Y los que vendrán?  ¿No tendrán lugar en el Reino? ¿Nosotros solos?

Jesús responde:

–                       ¡Oh, cuántos príncipes en mi Casa! Todos los que hubieran permanecido fieles al Mesías en sus pruebas de la vida; serán príncipes en mi Reino. Porque los que perseveran hasta el fin en el martirio de la existencia; serán iguales que vosotros que habéis estado conmigo en mis pruebas. Y me identifico con mis creyentes. El dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres, lo entrego como enseño a mis más selectos. Quien permaneciere fiel en el Dolor, será un bienaventurado mío, igual que vosotros, mis amados.

Pedro dice:

–                       Nosotros hemos perseverado hasta el fin.

–                       ¿Lo crees, Pedro? Yo te aseguro que la hora de la prueba todavía está por venir. Simón de Jonás; mira que Satanás ha pedido permiso para cribaros como el trigo. He rogado por ti, para que tu Fe no vacile. Y cuando vuelvas en ti, confirma a tus hermanos.

–                       Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado nunca lo he cometido; ni lo cometeré.

–                       No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará infinitas cosas. ¡Oh, cuántas!… Os dije antes: no temáis. Ningún mal os pasará, porque los ángeles del Señor, están con nosotros. No os preocupéis de nada. Yo os he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ya no son aquellos tiempos. Ahora os pregunto: ¿Os ha faltado alguna vez algo? ¿Fuisteis ofendidos alguna vez?

–                       Nada, maestro. El que fue ofendido fuiste Tú.

–                       Ved pues que mi Palabra fue verídica. Ahora el señor ha dado órdenes a sus ángeles, para que se retiren. Es la hora de los demonios. Los ángeles del Señor con sus alas de oro se cubren los ojos. Se los envuelven y sienten que no pueden expresar su dolor, porque es de luto. De un luto cruel y sacrílego… En esta noche no hay ángeles sobre la tierra. Están junto al Trono de Dios para superar con su canto, las blasfemias del Mundo Deicida y el llanto del Inocente. Estamos solos… Yo y vosotros. Los demonios son los dueños dela   Hora. Por esto ahora tomaremos la apariencia y el modo de pensar de los pobres hombres, que desconfían y no aman. Ahora quién tiene una bolsa, tome también una alforja. Quién no tiene espada, venda su manto y compre una. Porque también esto que la escritura dice de Mí, se debe cumplir: ‘Fue contado como uno de los malhechores.’

En verdad que todo lo que se refiere a Mí, tiene su realización…

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