Archivos diarios: 14/05/12

55.- EL EDICTO


La liberalidad del César  y los auxilios que ha distribuido entre el populacho, no fueron suficientes para contener la indignación de los romanos. Solo están contentos los ladrones, criminales y facinerosos sin hogar, que comen, beben y roban a su placer. Pero las personas que han perdido sus propiedades y sus seres queridos, no pueden ser ganadas mediante la apertura de jardines, las dádivas y la promesa de juegos. La catástrofe ha sido demasiado grande y no tiene paralelo en el mundo.

Otros, en cuyo corazón está latente el amor patrio por su ciudad y su orgullo por el imperio, se rebelan ante la noticia de que Roma va a desaparecer junto con las cenizas de la ciudad, porque el César piensa crear una nueva capital llamada Nerópolis. Y este rumor hace crecer una corriente de odio entre las adulaciones de los augustanos y las calumnias de Tigelino.

Nerón, más sensible que ninguno de sus predecesores al favor del público, está alarmado ante la posibilidad de que entre la mortal lucha que se ha iniciado con los patricios en el Senado, pueda llegar el momento de que le falte el apoyo popular. También los augustanos están alarmados porque en cualquier momento puede llegar para ellos la hora de la destrucción…

Tigelino quiere traer las legiones que Vespasiano tiene en el Asia Menor. Haloto, que siempre está riendo, ha perdido su buen humor. Y Vitelio que siempre está comiendo, el apetito. Otros toman consejo entre sí, sobre la mejor manera de evitar el peligro, porque todos saben que si el César se ve envuelto en la vorágine de una rebelión, no escapará ninguno de los augustanos, a excepción quizá de Petronio.

Pues es a la influencia de ellos y a sus iniciativas; que se atribuyen las locuras de Nerón y todos los crímenes que comete. De ahí que el odio hacia los augustanos, sea igual que el que sienten por su emperador. Es por eso que algunos intentan evadir las responsabilidades que los puedan inculpar en el incendio de la ciudad. Más comprenden que para librarse de ellas, también es necesario alejar del César toda sospecha, pues de otra manera nadie creerá que no fueron ellos los causantes de la catástrofe.

Tigelino consultó el asunto con Haloto, que es aún más cruel que él y hasta con Séneca, a quién odia casi tanto como a Petronio.

Popea, totalmente convencida de que en la ruina de Nerón está incluida su propia sentencia, pide el dictamen de sus confidentes y de los rabinos hebreos, pues desde hace varios años, es prosélito de la doctrina de Jehová.

Nerón por su parte, fluctúa entre varios sentimientos: tiembla de miedo o hace berrinches, pero sobretodo se queja continuamente.

En un área del Palatino que ha escapado a la destrucción Incendio, están todos reunidos y enfrascados en una larga discusión.

Petronio declara:

–           Creo que será preferible abandonar este foco de inquietudes y hacer el viaje a Acaya que ha sido proyectado desde hace tiempo. ¿Para qué aplazarlo más, cuando en Roma solo hay tristezas y peligros?

Nerón exclama con entusiasmo:

–           ¡Por Zeus! Es lo más sensato que he oído esta mañana.

Pero Séneca, después de meditar unos instantes, dijo:

–           La partida será fácil. Pero no lo será tanto el regreso.

Petronio replica:

–           ¡Por Marte! Podemos volver a la cabeza de las legiones de Vespasiano.

El emperador confirma:

–           ¡Eso es! ¡Eso haremos!

Tigelino sabe que la idea de Petronio es la más indicada; pero como a  él no se le ocurre nada; está decidido a evitar que Petronio sea por segunda vez, el único capaz de salvarlos y de conjurar todo peligro en los momentos difíciles.

Y por eso dijo al César:

–           ¡Escúchame divinidad! ¡Ese consejo es destructor! Antes de que tú llegues a Ostia estallará una guerra civil y si eso sucede; hay el peligro de que alguno de los sobrevivientes del divino Augusto, se declare César. Y ¿Qué haremos nosotros si las legiones le siguen?

Nerón contestó tajante:

–           Pensaremos entonces en la manera de que no haya descendientes de Augusto. No quedan muchos en la actualidad. Por lo tanto, será fácil librarnos de ellos.

–           Lo malo es que no se trata solo de ellos. Ayer mismo algunos de mis soldados oyeron decir a la plebe que un hombre como Trhaseas, debiera de ser el César.

Nerón se mordió los labios.

Trhaseas se estremeció, pero guardó silencio.

El emperador, después de un momento, alzó la vista y dijo:

–           ¡Insaciables ingratos! Tienen trigo en abundancia y fuego para cocer su pan. ¡Qué más quieren!

Haloto exclamó:

–           ¡Venganza!

Hubo un profundo silencio y cada quién se sumergió en sus propios pensamientos. Enseguida el César se levantó, extendió la mano y dijo declamando:

–           ¡Los corazones piden venganza y la venganza exige una víctima!

Pasaron unos segundos en los que resonó en el aire esta sentencia. Y luego Nerón, con el rostro lleno de alegría, exclamó:

–           Dadme una tablilla y el stylus, para escribir este gran pensamiento. Marcial jamás hubiera concebido algo tan sublime. ¡Habéis notado cómo me llegó tan espontáneamente!

Un coro de voces exclamó al unísono:

–           ¡Oh! ¡Incomparable! ¡Excelso!

Nerón escribió el pensamiento y dijo:

–           Sí. La venganza pide una víctima. -Y mirando a os que lo rodeaban agregó- ¿Y si corremos la voz de que Haloto ordenó el incendio de la ciudad y luego lo entregamos a la cólera del pueblo?

Haloto exclamó aterrorizado:

–           ¡Oh, divinidad! ¿Quién soy yo?

–           Cierto. Requerimos una persona más importante. ¿Qué tal Vitelio?

Vitelio palideció, pero se dominó. Embromándose a sí mismo, contestó riendo:

–           Mi gordura podría renovar el incendio.

Pero Nerón tenía otra cosa en la mente. Necesita la víctima que pueda saciar la cólera del pueblo… Y la encontró:

–           Tigelino. ¡Tú fuiste quién incendió a Roma!

Todos los presentes se estremecieron. Comprendieron que el César hablaba en serio y quedaron pasmados y expectantes.

El semblante de Tigelino se contrajo de tal forma, que su boca pareció la de un perro rabioso a punto de morder. Y dijo como un rugido:

–           ¡Yo puse fuego a Roma, por orden tuya!

Y aquellos dos hombres se miraron uno al otro, como dos demonios acusadores y agresivos al máximo. Siguió tal silencio que se puede escuchar el zumbido de una mosca.

Nerón interrogó suavemente:

–           Tigelino. ¿Me eres fiel?

–           Tú lo sabes señor.

–           Sacrifícate entonces por mí.

Tigelino contestó mordaz:

–           ¡Oh, divino César! ¿Por qué presentarme el dulce cáliz que sabes que no he de llevar a mis labios? El pueblo murmura y se levanta ¿Acaso quieres que también se levanten los pretorianos?

Todos los que oyeron estas palabras se quedaron petrificados.

Tigelino es el Prefecto de los pretorianos y la amenaza fue tan clara como impactante.

Nerón lo comprendió en toda su magnitud y palideció completamente.

En ese mismo instante, entró Epafrodito el liberto del César, anunciando que la divina Augusta, deseaba ver a Tigelino. Que había en sus aposentos unas personas a quienes era indispensable que el Prefecto oyera.

Tigelino hizo una reverencia a César y salió con rostro sereno y desdeñoso. Ahora, cuando se había intentado darle el golpe, se volvió como una fiera acorralada y mostró los dientes. Había hecho comprender a todos, incluyendo a Nerón, quién era.

Y sabiendo lo cobarde que es el emperador, está seguro de que el amo del mundo jamás volverá a atreverse a levantar su mano contra él.

Nerón permaneció silencioso en su asiento por largos minutos. Y al ver que los demás esperaban una respuesta, dijo:

–           He estado alimentando una serpiente en mi seno.

Petronio se encogió de hombros dando a entender que no es difícil arrancar la cabeza de una serpiente semejante.

Nerón lo miró y le dijo:

–           ¿Qué opinas tú? ¡Habla! ¡Aconséjame! Sólo en ti confío porque tienes más juicio que todos los que me rodean y sé que me amas.

Petronio estuvo a punto de decirle: ‘Hazme Prefecto de los Pretorianos. Entregaré al pueblo a Tigelino y pacificaré en un día a la ciudad.’

 PERO NO LO DIJO.

            Y en ese momento se escribió la historia…

Que marcó los acontecimientos que ya habían sido decretados por el destino.

Prevaleció en él su prudencia. Ser Prefecto representa llevar sobre sus hombros la persona del César y responsabilizarse de un considerable número de administraciones públicas. Entre ellas, la estabilidad del imperio con la comandancia de las legiones. ¡Y no está dispuesto a echarse encima esa labor! Pues ello significa arriesgarlo todo y equilibrar aún más, para gobernar a través del impulsivo y demente emperador; a un imperio que ahora está más inestable que nunca.

Y por eso se limitó a contestar:

–           Te aconsejo el viaje a Acaya.

Nerón no ocultó su desilusión:

–           ¡Ah! Yo esperaba más de ti. El Senado me aborrece. Si nos vamos, ¿Quién me asegura que no se sublevará y nombrará César a otro? El pueblo me ha sido leal hasta ahora, pero hoy estará de parte del Senado. ¡Por las parcas! ¡Ah, si ese senado y ese pueblo, tuviesen solo una cabeza!

Petronio replicó con una sonrisa:

–           Permíteme hacerte una observación divinidad: que si deseas salvar a Roma, es necesario salvar siquiera a algunos romanos.

–           ¿Y qué me importan a mí Roma y los romanos? Me tendrían que obedecer desde Acaya. Estoy completamente solo. Todos me abandonan y hasta ustedes mismos ya se están preparando para traicionarme. ¡Yo lo sé! –Dijo Nerón con acento quejumbroso- ¡Lo sé! ¡Lo que dirán de vosotros las edades futuras, si abandonáis a un artista como yo! –y aquí se dio un golpe en la frente exclamando-¡Claro! En medio de todos estos problemas, casi me olvido de quién soy…

Y volviéndose con el rostro iluminado por la inspiración, dijo a Petronio:

–           Petronio, el pueblo murmura y se alza. Pero si yo llevara mi laúd y me dirigiera al Campo de Marte. Si les entonara el canto que me oísteis durante el incendio ¿No crees que los conmovería, como Orfeo conmovió a las fieras?

Amino Rebio se impacientó y declaró:

–           Sin duda alguna César. En caso de que te permitan empezar… – Las palabras resuenan tajantes, porque lo único que desea es regresar para divertirse con los esclavos que ha traído de Anzio.

Entonces Nerón exclamó enojado:

–           ¡Vámonos a Grecia!

Pero en ese momento entró Popea, seguida por Tigelino.

Todas las miradas se posaron en éste último, porque jamás un triunfador había ascendido las gradas del Capitolio, con más arrogancia que el Prefecto de los Pretorianos al presentarse de nuevo ante el César.

Empezó a hablar lenta y enfáticamente con un tono mordaz:

–           ¡Necesitábamos una víctima y ya la tenemos! ¡Los dioses cuidan de nosotros!

Nerón lo conoce demasiado bien. Lo mira con suspicacia y pregunta:

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           ¡Escúchame! ¡Oh, César! Porque ahora puedo decirte lo que he encontrado. El pueblo tiene sed de venganza y quiere una víctima. Tendremos no una, sino centenares. Miles de ellas.

Nerón lo mira estupefacto y dice:

–           ¡Qué! Pero, ¿Cómo…?

Tigelino prosigue triunfal e implacable:

–           ¿Has oído hablar de Cristo? ¿Aquel a quién Poncio Pilatos hizo crucificar en la Palestina? ¿Ya sabes quienes son los cristianos? ¿No? Son hombres cuyos nefandos crímenes, con sus abominables ceremonias y sus predicciones de que el mundo será destruido por el fuego, ¡Por eso son los incendiarios culpables de nuestra tragedia!  El pueblo los aborrece y sospecha de ellos. Nadie los ha visto en ningún Templo, porque consideran a nuestros dioses como espíritus malignos.

Jamás las manos de un cristiano te han tributado ningún aplauso. Ninguno te ha reconocido como dios. Son los enemigos de la raza humana, de la ciudad y enemigos tuyos. El pueblo murmura contra ti, pero tú no me has dado orden de incendiar Roma. Y no he sido yo quien la ha incendiado. El pueblo quiere venganza… ¡Se la daremos! El pueblo quiere sangre y fuego. ¡Los tendrán! El pueblo sospecha de ti. ¡Hagamos que sus sospechas tomen otra dirección!

Nerón escuchó atónito al principio.

Más a medida que ha avanzado la exposición de Tigelino, se demudó su rostro de histrión y se fueron pintando en él sucesivamente: la cólera, el pesar, la simpatía, la indignación.

De repente se levantó, alzó sus manos al cielo y permaneció en silencio por unos momentos, antes de decir con acento trágico:

–           ¡Oh, Zeus, Apolo, Hera, Atenea, Proserpina y todos vosotros dioses inmortales! ¿Por qué no habéis venido en nuestro auxilio? ¿Qué delito cometió esta desventurada ciudad, contra esos seres tan desdichados como crueles, para que de manera tan inhumana la hayan incendiado?

Popea intervino sentenciando:

–           ¡Son los enemigos de la humanidad y tus propios enemigos!

Varias voces exclamaron al mismo tiempo:

–           ¡Haz justicia! ¡Castiga a los incendiarios! ¡Los mismos dioses claman venganza!

Nerón se sentó. Inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio por segunda vez, como si le hubiese anonadado la perversidad de lo que acaba de escuchar.

Después, agitando los brazos dijo:

–           ¡Qué torturas podrían castigar un crimen semejante! Espero que los dioses nos iluminen. Y auxiliado por el poder del Tartarus (Infierno) he de dar a mi pobre pueblo un espectáculo tal, que en los siglos venideros me recordarán con gratitud todas las generaciones, como su principal benefactor.

Hizo luego una señal a Epafrodito y éste se adelantó para escribir el nuevo Edicto.

Nerón se levantó. Extendió sus brazos y decretó:

         “QUE LOS CRISTIANOS NO EXISTAN.”

Una nube oscureció la frente de Petronio.

Comprendió el peligro que amenaza las cabezas de Marco Aurelio y de Alexandra a quienes ama. Y las de todas aquellas gentes cuya religión él no acepta, pero de cuya inocencia está totalmente convencido. Sabe también que va a empezar una de esas orgías sangrientas tan insoportables para él.

Su corazón se alarma y piensa:

–           Debo salvar a Marco Aurelio. Él se volverá loco si llega a perder a su esposa.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

54.- EL MEJOR ACTOR: ¿NERÓN?


Al tercer día del incendio, los soldados con ayuda de algunos habitantes, estaban demoliendo casas en el Esquilino y el Celio, así como en el Transtíber. Y por eso, estos barrios se salvaron en parte.

Pero en la ciudad quedaron destruidos una cantidad incalculable de tesoros acumulados a través de los siglos y las conquistas. Inestimables obras de arte. Espléndidos templos y los más preciosos monumentos de Roma y de su pasado glorioso.

Y Tigelino enviaba a Anzio correo tras correo, implorando al César que viniese a calmar la desesperación de su pueblo con su presencia. Pero Nerón solamente se movió, cuando el fuego alcanzó la ‘Domus Transitoria’ y aceleró su regreso a fin de no perder el momento, en que la conflagración se encontrara en todo su apogeo.

Entretanto el fuego había llegado hasta la Vía Nomentana, rodeó el Capitolio y se extendió a lo largo del Forum Boarium, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, hasta llegar al Palatino.

Tigelino, después de haber reunido a los pretorianos, despachó otro correo al César, anunciándole que no perdería nada de la grandeza del espectáculo, porque el fuego había seguido aumentando y ya casi abrasaba a toda la ciudad. Pero Nerón, que ya venía en camino, quería llegar de noche, a fin de extasiarse en la contemplación de la agonizante y ardiente capital del imperio. Y por esto se detuvo en los alrededores de Aqua Albano e hizo venir a su tienda, al trágico Alituro.

Estudió junto con él, las actitudes y miradas que debía adoptar a la vista del incendio. Así como también los ademanes y gestos más adecuados; disputando porfiadamente con el actor, acerca de sí al pronunciar las palabras: ‘¡Oh, tú sagrada ciudad que parecías más resistente que Ida!’, Levantaría las dos manos. O si conservando una de ellas sobre la forminga y cayendo a un lado, solamente alzase la otra. Éste era el asunto que para él parecía tener la mayor importancia sobre todos los demás.

Luego, mandó llamar a Petronio y le pidió consejo sobre la conveniencia de agregar a los versos en que hacía una descripción de la catástrofe, unas cuantas grandilocuentes blasfemias contra los dioses, que parecieran lo más naturales y plausibles, desde el punto de vista del arte, en boca de un hombre colocado en su situación. Un gran hombre como él, cuyas palabras quedarían legadas a la posteridad.

Antes de responder, Petronio inclinó la cabeza, con un movimiento que escondió la expresión de su rostro y luego dijo al César las palabras que éste deseaba oír.

Después emprendió la marcha casi al amanecer y llegó cerca de las murallas, a la media noche, acompañado de su numerosa corte, compuesta por los augustanos, nobles, senadores y todos los que habían estado en el desfile de su partida, excepto los Flavio que habían sido despachados a Judea y Rodrigo y Tigelino que estaban en Roma.

Veinte mil pretorianos dispuestos en línea de batalla a lo largo del camino, velaban por la seguridad y el orden a su entrada. Y mantenían a raya al indignado populacho. Éste vociferaba, silbaba y maldecía a la vista del César y su comitiva, pero no se atrevía a atacarlo. En algunos puntos se escuchaban aplausos de aquella plebe. Eran los que no poseyendo nada, tampoco habían perdido nada en el incendio y sí esperaban a cambio una distribución gratuita de trigo, aceitunas, vestidos y dinero, más abundante que la ordinaria.

A la orden de Tigelino sonaron las trompetas y los cuernos, que ahogaron todos los gritos y vociferaciones. Nerón, al llegar a la Puerta Ostriense, se detuvo y dijo con un lamento:

–           Soberano sin hogar de un pueblo sin techo. ¿En donde posaré esta noche mi infortunada cabeza?

Después siguió adelante y atravesó el Clivus Delphini, subió al acueducto Apio, por sobre gradas construidas expresamente para esta ocasión. Le siguieron los augustanos y un coro de cantantes con sus instrumentos musicales. Y todos los miembros de su comitiva contuvieron el aliento, ante la expectativa de que el césar pronuncie una frase de efecto especial, que en interés de su propia conservación, deban ellos de retener en su memoria. Pero él se mantuvo solemne, silencioso, vestido de púrpura y oro. Extático ante la contemplación de aquel inmenso mar de fuego.

Y cuando Terpnum le pasó el áureo laúd, alzó los ojos al cielo y miró los destellos rojos de la gigantesca conflagración. Durante un largo momento, pareció esperar a que la inspiración batiera sus alas sobre él. El pueblo le señalaba desde lejos, al verle de pie, en medio de aquel fulgor sangriento.

El fuego crepita devorando los más antiguos y sagrados edificios: el Templo de Hércules construido por Evandro. El Templo de la Luna, levantado por servio Tulio. La casa de Numa Pompilio. El Santuario de Vesta y el Capitolio. La Domus Transitoria… el pasado de Roma, su espíritu, su historia, están siendo consumidos por el poderoso foco ígneo.

Mientras que César está ahí, con una cítara en la mano, en teatral expectación, pensando; no en su patria arruinada. Sino en la mejor manera de causar la impresión adecuada y precisa. Con la expresión de su rostro, sus ademanes y en su voz, con las patéticas palabras con que mejor pueda describir, la magnificencia del espectáculo de aquella catástrofe y despertar la mayor admiración, para así recibir las más entusiastas aclamaciones.

En lo profundo de su corazón, la verdad es que odia esta ciudad y detesta a sus habitantes. ¡Oh! ¡Si tan solo pudiese lograr que el corazón del imperio fuese como Athenas y la gloriosa Grecia! Ama tan solo sus propios versos, su canto, su arte. En lo profundo de su alma experimenta un gran regocijo al ser por fin espectador de una tragedia de aquellas dimensiones. Y poder describirla es un éxtasis.

El poeta está feliz. El histrión inspirado. El buscador de emociones extático ante aquel horrendo espectáculo. Su ánimo deleitado por la idea de que la destrucción de Troya es una cosa baladí, comparada con la ruina espectacular que está presenciando. Esto es más de lo que hubiera podido ambicionar jamás. ¡Su nombre pasará a la historia y será más grande que Príamo y Homero juntos!

Allí está Roma, la poderosa, la señora del mundo, envuelta en llamas. Y él de pie, erguido sobre los arcos del Acueducto. El hombre más poderoso del mundo, admirado, poético, magnífico. A sus pies, el dantesco espectáculo de una tragedia inmortal.

¡Pasarán los siglos y la humanidad conservará el recuerdo y glorificará el nombre del poeta que en esta magnífica noche, cantará la Caída y el Incendio de Roma! ¡¿Qué es Homero a su lado ahora?!

Y al pensar en esto, levantó los brazos. Luego pulsó las cuerdas, pronunciando las palabras de Príamo:

–           ¡Oh! ¡La de mis padres, cuna querida!…

Su voz al aire libre, en medio de aquel horrendo estrépito del siniestro y el distante rumor de la muchedumbre enfurecida, se oyó bastante débil, incierta y apagada. Y los sones del acompañamiento se oyeron lúgubres y discordes completamente, ante la magnitud de la tragedia.  Pero toda la comitiva de Nerón reunida a su alrededor, se mantiene con las cabezas inclinadas, escuchando el canto de su emperador.

Durante largo rato cantó Nerón sus trágicos versos melancólicos. Cuando se detiene a tomar aliento, el coro de cantantes repite el último verso.

Entonces Nerón deja caer de su espalda la Syrma trágica, (vestidura talar con cola, de los actores trágicos), con un gesto que le enseñó Alituro. Pulsó de nuevo el laúd y siguió cantando…

Cuando terminó su composición, empezó a improvisar buscando comparaciones grandiosas, acordes al espectáculo que está frente a él. Y se demudó su semblante. Pero no porque le importe la ruina de su capital; sino porque lo patético de sus propias palabras le ha deleitado a tal punto, que se conmovió y brotaron lágrimas de sus ojos. Por último, dejó caer con estrépito el laúd a sus pies y envolviéndose en la syrma, permaneció inmóvil. Petrificado como una de las estatuas de Niobe que adornan el patio del Palatino.

Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tempestad de aplausos, que fueron contestados por los alaridos de la muchedumbre.

Nadie tiene ya la menor duda acerca de que el César había decretado el Incendio de Roma, a fin de darse el inefable placer de aquel espectáculo y consagrarle allí su mejor canto.

Nerón, al escuchar el poderoso alarido que sale de las gargantas de centenares de miles de personas, se volvió hacia los augustanos con la triste y resignada sonrisa de un hombre que está siendo víctima de la incomprensión y de la injusticia. Y dijo:

–           ¡Ved como estiman los quirites a la poesía y a mi persona!

Vitelio exclamó:

–           ¡Perversos! ¡Ordena, oh señor, que los pretorianos caigan sobre ellos!

Entonces Nerón preguntó a Tigelino:

–           ¿Puedo contar con la fidelidad de los soldados?

El Prefecto contestó:

–           Si, divinidad.

Pero Petronio, encogiéndose de hombros, dijo:

–          Con su fidelidad sí, más no con su número. Mejor permanece donde estás, aquí estamos más seguros. Pero hay necesidad de pacificar al pueblo.

Séneca y el cónsul Valerio Máximo, fueron de la misma opinión.

Mientras tanto, crecía la agitación abajo y el pueblo estaba armándose con piedras, palos y pedazos de hierro. Luego se presentaron los jefes de los pretorianos, diciendo que las cohortes ya no podían contener más a la multitud. Y sin orden de ataque, no sabían que hacer.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses!¡Qué noche! ¡Por un lado el incendio y por otro los tumultos populares!

Y se puso a buscar las expresiones más gráficas y brillantes que pudieran representar el peligro del momento. Pero al observar las miradas de alarma y la palidez en los semblantes de los cortesanos, le invadió el miedo como a los demás.

Y ordenó:

–           Dadme mi manto oscuro con su caperuza. ¿Entonces realmente hay conato de sublevación?

Sofonio Tigelino contestó con voz temblorosa por el miedo:

–           Señor. He hecho cuanto me ha sido posible para restablecer el orden, pero el peligro es inminente. Habla, ¡Oh, señor, al pueblo! ¡Y hazle promesas que le aplaquen!

Nerón rechazó:

–           ¿Hablar el César a la plebe? Que algún otro lo haga en mi nombre. ¿Quién quiere encargarse de ello?

Hubo un intercambio de miradas temerosas, envueltas por un largo y denso silencio.

Petronio, que había permanecido con la cabeza inclinada, escondiendo la expresión de su rostro, finalmente habló con calma, voz grave y pausada:

–           Yo lo haré.

Nerón contestó presuroso:

–           Ve, amigo mío. Tú siempre me has sido fiel en la hora de la prueba. Ve y haz todas las promesas que consideres necesarias.

Petronio se volvió entonces a los cortesanos y con una expresión irónica, les dijo:

–           Que me sigan los senadores aquí presentes y también Pisón, Nerva y Plinio.

Y descendió lentamente las gradas del arco del acueducto.

Las personas designadas vacilaron un poco y le siguieron confiadas al observar la calma que demuestra Petronio. Éste se detuvo al pie de las gradas y ordenó que le trajesen un caballo blanco. Y montando en él, emprendió lentamente la marcha, en medio de las filas de los pretorianos, hacia la arremolinada y rugiente multitud.

Va desarmado, llevando en la mano un delgado bastón de marfil que usa de ordinario. Avanzó y desvió su caballo hasta mezclarse entre la muchedumbre. Y vio a la luz del incendio, los puños que se levantan amenazantes y los proyectiles en las manos, listos para ser lanzados. Todos los rostros lo miran enfurecidos, lanzando toda clase de injurias al César. Petronio prosigue su marcha con una fría calma y se abre paso entre la furiosa plebe, que se ha quedado atónita por esta intrépida indiferencia…

Lo que no saben los que lo miran asombrados, es que es la segunda vez que tiene que calmar a una turba enfurecida.

La experiencia fortalece la confianza… La primera fue en Jerusalén, en el conflicto causado por las estatuas de Calígula. Ahora algunos entre la plebe lo reconocen y empiezan a gritar por todos lados:

–           ¡Es Petronio! ¡El Arbiter Elegantiarum! ¡Petronio! ¡Petronio!

Y a medida que este nombre corre, pone de manifiesto la gran popularidad de que éste goza. Disminuye el estrépito de las injurias; porque este exquisito y elegante patricio, aunque nunca se ha esforzado por captarse la voluntad del pueblo, sigue siendo su favorito. Tiene fama de ser un hombre generoso y magnánimo.

Su popularidad aumentó desde el día que por su intervención, se suspendió la sentencia por la que habían sido condenados a pena capital, todos los esclavos del Prefecto Floro. Y solo por esto el pueblo lo ama y en forma especial, los esclavos. Con ese amor agradecido que los oprimidos y desgraciados, consagran a quienes les dan su simpatía y les demuestran ser sus benefactores.

Se hace el silencio para saber lo que el enviado del César les va a decir.

Petronio se yergue sobre su cabalgadura y dice con voz clara y firme:

–           ¡Ciudadanos de Roma! ¡Escuchadme y repetid mis palabras a los que se encuentran más lejos! ¡Y entretanto, sabed conduciros todos vosotros como hombres y no como fieras del circo!

Un coro de voces le replicó:

–           ¡Así lo haremos! ¡Así lo haremos!

–          Pues bien. ¡Oíd! : La ciudad será reconstruida y se abrirán los jardines imperiales. Mañana empezará la distribución de trigo, vino y aceitunas de tal forma que todos quedarán plenamente satisfechos. Además, el César organizará juegos y espectáculos como no se han visto nunca hasta hoy, durante los cuales tendréis banquetes y espléndidos obsequios. Y se les resarcirán de tal forma sus pérdidas, que seréis más ricos después del incendio, que antes.

Le contestó un murmullo inmenso que se fue extendiendo desde aquel punto como centro hacia todos lados, igual que se expande una onda sobre el agua, donde se ha lanzado una piedra. Y todos van repitiendo las palabras de Petronio, hasta llegar a los más distantes. Y enseguida llegó la respuesta. Voces de cólera y aplausos que por último se unieron en un solo grito:

–           ¡Pan y Juegos!

Petronio permaneció inmóvil por unos momentos, como una estatua de mármol.

El rumor aumenta hasta ahogar el crepitar de las llamas. Pero es evidente que el augustano no ha terminado. Cuando se restablece la calma, imponiéndose de nuevo con un ademán, dice:

–           Ya os he prometido pan y juegos. El César os alimenta y os viste. Sed agradecidos y aclamadlo. Ahora gritad: ¡Viva el César!

La muchedumbre lo mira asombrada y renuente. Todos se quedan callados.

Petronio insiste:

–           ¡Viva el César!

Es una orden perentoria e irresistible. La actitud de Petronio no admite réplica. Todos le obedecen. Tres veces repite el grito y tres veces Nerón es aclamado.

Enseguida, con su mano en alto, los despide diciendo:

–           Podéis retiraros a descansar, pueblo querido, porque muy pronto amanecerá.

Y después de esto volvió la brida de su caballo y se regresó con paso lento hacia la valla de los pretorianos.

Cuando llegó al pie del acueducto, sobre éste había un verdadero pánico, pues los cortesanos habían interpretado mal los gritos de la multitud, tomándolos como una expresión de ira popular. Ni siquiera esperaban que Petronio se salvara en medio de aquella tempestad.

Así que cuando Nerón lo vio, se adelantó corriendo hacia las gradas y pálido por el susto, preguntó:

–           ¿Qué pasó?

–           Les he prometido trigo, vino, aceitunas. Libre acceso a los jardines y a los juegos. -Ahora han vuelto a adorarte y están aullando en tu honor. ¡Oh, dioses, qué difícil es manipular las turbas!

Tigelino exclamó despechado:

–           ¡Mis pretorianos se encontraban listos! Y si tú no hubieras calmado a todos esos turbulentos, yo los hubiera hecho callar para siempre. ¡Qué lástima César que no me hayas permitido hacer uso de la fuerza!

Petronio le miró son desdeñosa ironía. Y encogiéndose de hombros dijo:

–           No te ha de faltar ocasión. Puede que necesites hacer uso de ella mañana mismo…

Nerón intervino apresurado:

–           ¡No! ¡No! Mandaré que abran los jardines y les distribuyan lo que les dijiste. ¡Gracias Petronio!…  Haré disponer juegos y repetiré en público, la canción que habéis escuchado ahora. –puso su mano sobre el hombro de Petronio y le preguntó- Dime con sinceridad. ¿Qué concepto te formaste de mí, cuando cantaba?

Petronio lo miró fijamente antes de decir muy despacio:

–           Te creí digno del espectáculo. Así como el espectáculo es digno de ti…  Pero sigamos contemplándole.-miró reflexivo hacia la ciudad, y agregó con voz fuerte y enigmática- Y demos al postrer adiós a la Antigua Roma…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA