Archivos diarios: 30/05/12

71.- LAS TEAS HUMANAS


RUGIENDO

Entre los jóvenes que iniciaron el espectáculo principal, que iban desnudos en las carretas y coronados con flores, están los cuarenta y cinco mártires del frustrado banquete del Palacio de Tiberio.

El césar ordenó que fuesen atados a los postes pequeños en el círculo que rodeaba el escenario. La mitad pereció con las fieras. Doce hombres y doce mujeres, fueron tomados en el primer martirio.

Los otros regresaron junto con otros supervivientes, poco heridos y algunos, prácticamente ilesos. Todos fueron incluidos para el espectáculo nocturno.

Nerón estuvo pendiente de ellos y se dio cuenta de que a Joshua las fieras ni siquiera se le acercaron. Es más, parecían huir de él. Como si una invisible presencia, las espantase…

A lo largo del camino del Circo al Palacio de Tiberio. En las vías principales y en todos los jardines imperiales y públicos, han sido colocados postes, como de cinco metros de altura y que ya están listos para ser utilizados.

El sol desciende hacia su ocaso y parece disolverse en los rojizos fulgores de la tarde. El espectáculo ha terminado.

La multitud sale del anfiteatro y se encaminan hacia los jardines. Solamente los augustanos se quedan en el Pódium, esperando a que el César regrese, después de haber cantado su Troyada. Aun cuando los espectadores no le escatimaron los aplausos, Nerón no está satisfecho, ya que él esperaba un mayor entusiasmo, casi rayano en el frenesí.

Tigelino le hace notar que ya empezó a anochecer y que apenas hay tiempo para iniciar los Juegos Nocturnos.

El César hace un gesto de fastidio, pero luego asiente y les dice a todos:

–           Tienes razón. ¡Vámonos!

Y salen hacia los jardines imperiales. Por las calles, puentes, plazas, por todas partes se oyen los gritos:

–           ¡Semaxii! ¡Sarmentitii!

En Roma ya se ha presenciado antes el espectáculo de hombres quemados en postes, pero jamás se había contado para tal suplicio con tan enorme cantidad de víctimas. El César y Tigelino, en su obsesión con exterminar a los cristianos, han decidido usarlos como antorchas para iluminar la noche. Pretextando que es preciso acabar con el contagio que diezma las prisiones y que desde allí se puede propagar por toda la ciudad. Por eso ha dado la orden de vaciar todos los sótanos, dejando en ellos tan solo un centenar de personas destinadas al espectáculo final.

Por este motivo, por toda la ciudad se ven postes y agujeros alternados. Porque Nerón ha ordenado que por exceso de prisioneros, unos sean antorchas y otros serán crucificados. Así que al salir a la calle se ven los postes revestidos de una capa de pez. Decorados con flores, mirtos y hiedras, parecen mástiles de buques o astas de banderas plantados en la tierra, junto a los agujeros donde estarán las cruces de los crucificados.

Conforme la noche avanza y empiezan a brillar las estrellas en el firmamento, los condenados son atados a los postes y cerca de cada uno de ellos, se para un esclavo antorcha en mano. Y cuando se deja oír el toque de las trompetas que anuncia el inicio del espectáculo, se hace un silencio expectante. Luego, se oye el agudo sonido del cuerno y los esclavos prenden los postes. La paja oculta bajo las flores arde al instante, soltando una llamarada, la cual empieza a ascender y con sus crepitantes lenguas, encienden las ‘Túnicas dolorosas’. Y en ese momento los cristianos se convierten en teas vivas que se consumen con el fuego y son las antorchas que iluminan toda la ciudad de Roma.

Y sin embargo no se escucha un solo lamento. Ni un solo quejido.

De aquellas gargantas se eleva un canto y una plegaria:

“PATER NOSTER…”

Desde que sonaron las trompetas, también hace su presentación el César, dirigiendo una espléndida cuadriga, tirada por cuatro soberbios corceles blancos. Viste de auriga, con el color de los rojos, que son sus favoritos. Le siguen otros carros, con todos sus cortesanos y sus músicos disfrazados de faunos y sátiros, tocando sus instrumentos musicales. Hombres y mujeres ataviados lujosamente y muy alegres.

Alrededor de la cuadriga del emperador, corren hombres que blanden tirsos adornados con cintas. Y otros, tocando tamboriles o esparciendo flores a su paso. Toda aquella colorida multitud avanza a los gritos de: ¡Evóe! Y aquello fue un delirante desfile entre las hileras humeantes, de los cuerpos de los cristianos que iluminan la sanguinaria y despiadada fiesta de crueldad…

En el carro de Petronio, van Marco Aurelio y Séneca, inmediatamente después de la cuadriga de Nerón…  El César va acompañado de Tigelino y de Haloto, en cuya compañía se complace grandemente.  Y guiando los caballos avanza a trote lento, mirando los cuerpos que arden y oyendo los gritos de la multitud.

De pie sobre el espléndido carro dorado, escuchando los vítores y aclamaciones de la gente, iluminado por las antorchas humanas que arden sin lamentarse, llevando en la cabeza, la corona de laurel. Con sus brazos desnudos asidos a las riendas, con una sonrisa sarcástica y sus salientes ojos azules entrecerrados. Nerón, sostenido por su egolatría, se conduce como una deidad terrible, dominante y poderosa.

A veces se detiene cuando se encuentra con una víctima que por una oscura razón llama su atención, lo observa… asoma una maligna sonrisa de satisfacción en su rostro que se contrae con un gesto de placer indescriptible y diabólico. Luego prosigue su marcha, seguido por su séquito excitado y turbulento.

De vez en cuando saluda al pueblo y recibe los homenajes a su divinidad y a su auto declarado e innegable talento, como el mejor histrión de su época. Y también el mejor cantante y compositor que las musas hayan inspirado.

Y cuando más saborea su victoria, se topa cara a cara con Joshua, que lo mira sonriente desde su patíbulo flameante…

El joven parece el pistilo de un tulipán color naranja y dorado, por las llamas que lo rodean. Y le dice con voz sonora y triunfante:

–           ¡Te dije que el fuego purifica! ¡Gracias! ¡Porque tú eres el instrumento que me lleva a la verdadera Vida! ¡Emperador, abre los ojos y contempla la verdadera gloria!…

El mártir muestra su júbilo en un rostro resplandeciente. ¡Lo más sorprendente es que su magnífico cuerpo luce intacto! Es una enorme antorcha fulgurante y asombrosa. Las llamas hacen un marco glorioso a su imponente prestancia varonil…

Nerón se repone pronto del impacto y espolea sus caballos… Sólo para encontrarse más adelante, con la majestuosa hermosura de Margarita. También su cuerpo escultural, es lamido por las rojas lenguas de fuego. Pero la blancura luminosa y alabastrina, se ha vuelto casi transparente y parece fundirse con el fuego que la cubre con un vestido resplandeciente…

Parece un sol refulgente y llameante.

La virgen lo ve desde su flamígero patíbulo. El fuego parece como si la respetase. Su negra cabellera ondea con el viento y sus ojos azules lo miran con severidad, mientras su voz resuena majestuosa:

–           ¡Oh, César! Te lo dije y te lo repito. Satanás es un amo cruel y despiadado. ¡Anda! Sube tú a mi patíbulo, a ver si él te defiende, como mi Señor lo hace conmigo. ¡No eres más que un pobre hombre y tu poder no es más que polvo! Pronto iré al encuentro con mi Señor Jesucristo y mi muerte es gloriosa. ¿Y la tuya? ¿Cómo será la tuya emperador?…  Reflexiona… Cuándo tiemblas a cada paso que das y deben probar tus alimentos, porque ni siquiera puedes comer tranquilo. ¡Oh, César que confías en tu poder tan engañoso! ¡Y sólo eres la marioneta y el esclavo del Homicida por excelencia!…

Margarita lo mira con infinita piedad.

Nerón se queda petrificado y luego espolea con furia sus caballos, como si desease huir… da vuelta en una calle que también está llena de postes llameantes. Y en el colmo de los colmos; esa noche, se topa con Oliver; que también es una antorcha viviente.

Como si una fuerza irresistible lo obligase; detiene su carro y le es imposible apartar la mirada que se cruza con la del valiente joven que le dice con firmeza:

–           El poder siempre tiene un límite dado por Dios. Y esto es para recordarnos que solo somos hombres y necesitamos de Él. Mira a tus dioses, emperador, ¿Te consuelan? ¿Te perdonan? ¿Te aman?…Porque Jesús hace todo esto y mucho más…

Y una voz en el poste de enfrente, completa con majestad:

–           Los tormentos que se sufren con amor y por amor a Dios nos glorifican. Recuérdalo César y contempla con detenimiento a los que has querido destruir…

Nerón voltea y reconoce a Iván. Pero antes de que pueda replicar nada, otra voz en el poste de al lado, lo remata:

–           Reconoce, ¡Oh, emperador! Que tus dioses no son dioses. Eres un hombre aterrado aunque estés lleno de poder y de riqueza. Nuestro Dios: Jesucristo. Es el Único Dios Verdadero. ¿Qué es tu fuego?… ¡¡¡Míranos!!!  Nosotros vamos a la Vida y tú vas hacia el Infierno, donde te espera Satanás y la Muerte Eterna…

Daniel, el joven que tan gravemente hiriera la noche anterior, ha hablado fuerte y sonoro. Luego eleva su hermosa voz en un canto, al que se unen los demás ajusticiados:

¡ALELUYA!

Los Cielos cantan las Obras del Señor

Y proclama el firmamento

Las Obras de sus Manos

¡Qué bueno es cantar a Dios!

¡Qué agradable y delicioso el alabarle!

Reconstruye el Señor Jerusalén

Reúne a los desterrados de su Pueblo

Sana los corazones destrozados

Y venda sus heridas.

Él cuenta las estrellas una a una

Y llama a cada una por su nombre

Grande es nuestro Dios, todo lo puede

Nadie puede medir su Inteligencia.

Tiende el Señor su Mano a los humildes

Pero humilla hasta el polvo a los impíos

Entonen a Jesús la acción de gracias

En honor a nuestro Dios toquen el arpa.

Porque Él viste los Cielos con sus nubes

Y prepara las lluvias de la Tierra

Hace brotar el pasto de los cerros

Y las plantas que al hombre dan sustento.

¡Glorifica al Señor Jerusalén y a

Jesús ríndele honores, Pueblo amado!

Los reyes de la Tierra y todas las naciones

Príncipes y gobernantes de la Tierra

Jóvenes y doncellas,

Los ancianos junto con los niños

Alaben el Santísimo Nombre de Jesús.

Solo su nombre es sublime

Su Majestad se eleva

Sobre la Tierra y el Cielo

Y ÉL ha dado a su Pueblo Gloria.

Esta es la alabanza de su Pueblo

De los hijos de Dios

Que el Padre ha elegido

¡Amén! ¡Aleluya!

Canten al Señor un canto nuevo

Alábenlo en la Asamblea de sus santos

Alégrese su Pueblo en su Creador

Que los hijos de Dios se alegren en su Rey

Porque Jesús ama a su Pueblo

Y viste de gloria a los humildes.

Alégrense los salvados en su gloria

Y griten de gozo en sus tronos…

¡Aleluya! ¡Grande es nuestro Dios!

¡Grande para siempre, mi Señor Jesús!

El canto resuena triunfal.

Nerón espolea sus caballos y sale disparado, dejando atrás a su séquito, tan estupefacto, como la multitud que lo rodea. Petronio, los contempla asombrado; pero hay en su mirada algo diferente…

Luego todos continúan la marcha, tratando de alcanzar a su emperador.

Y lo que había sido montado como un entretenimiento y diversión, para el pueblo romano y su César; se convirtió en un acontecimiento que va pasando de boca en boca, con un murmullo de admiración que hizo que muchos se detuvieran ante los postes donde flamean las teas humanas y se preguntasen llenos de sorpresa:

–           ¿Cómo es posible que fueran tantos los criminales? Y ¿Cómo entre ellos han sido ajusticiados, tiernos niños apenas capaces de caminar? y ¿Otros que ni siquiera han salido de la infancia estén en el suplicio, como incendiarios de Roma?

Y de la curiosidad pasan al asombro.

Y gradualmente se llenan de temor.

Miran a los mártires y no comprenden su forma de enfrentar, tanto los tormentos, como la muerte misma. ¡Jamás habían presenciado algo semejante!…

Nerón regresó a su palacio y se refugió en sus habitaciones. Se cambió de ropa. Nunca se ponía las mismas vestiduras dos veces. También cambió su collar de rubíes por otro casi igual. Se siente muy fastidiado…

Después de un rato, oyó llegar a su comitiva y se reunió con ellos, en el banquete de esa noche y que había tenido un preámbulo tan inesperado como desagradable.

El encuentro con los cristianos lo puso de mal humor. Pero lo disimuló con rapidez y se puso a presidir los festejos que habían sido organizados, para cerrar los Juegos de ese día.

La música, las flores, las viandas, el vino, los perfumes, las danzas… Nada logra distraerlo. Volvió a cantar su Troyada y a pesar de los atronadores aplausos y las aclamaciones, su ánimo no mejoró. En vano resuenan ahora en sus oídos, verdaderos himnos de alabanzas. En vano las vestales le besan su divina mano y Rubria reclinándose en su pecho, le manifiesta una delirante admiración; mientras le contempla con embeleso. Pitágoras y Esporo, no se cansan de alabarle su ‘genio’ de compositor.

Pero Nerón no está satisfecho y no disimula su fastidio. Además, le sorprende perturbándole al mismo tiempo, el silencio obstinado que guarda Petronio. Cualquier frase ingeniosa y lisonjera de sus labios, hubiera sido para él un gran consuelo.

Finalmente, incapaz de contenerse por más tiempo, el César lo llamó y lo invitó a que se sentara junto a él. Luego, cuando Petronio tomó la copa que el emperador le alargó, le ordenó:

–           ¡Habla!

El augustano contestó fríamente:

–           Guardo silencio,  porque no encuentro palabras. Te has excedido a ti mismo.

Nerón replicó impaciente:

–           Así me pareció a mí también. Sin embargo esa gente…

–           ¿Acaso esperas que esos ineptos sean capaces de comprender la poesía?

–           Es que tampoco han sabido apreciar justamente mis méritos.

–           Porque has elegido un mal momento…

–           ¿Cómo?

–           Cuando la ola de sangre obnubila el cerebro de los hombres, es imposible que no distraiga su atención.

Nerón apretó los puños y exclamó:

–           ¡Ah! ¡Esos cristianos!… Incendiaron Roma y ahora me injurian en mi arte ¿Qué nuevos castigos deberé inventar para ellos?

Petronio vio que sus palabras fueron contraproducentes al efecto que él pretendía. Así que para desviar la atención del César, se inclinó hacia él y le dijo al oído:

–           Tu canción es maravillosa, pero tengo que hacerte una observación: en el tercer verso de la cuarta estrofa, el metro deja algo que desear…

Nerón se ruborizó intensamente, como si lo hubieran sorprendido en un acto vergonzoso. Se dibujó una expresión de temor en su mirada y contestó en voz muy baja también:

–           Tú lo ves todo. Ya lo sé. Voy a rehacer ese verso. Pero creo que nadie más lo notó. Y tú no lo digas a nadie, si en algo estimas la vida.

Petronio contestó con fingida indignación:

–           Condéname a la pena capital. ! Oh, divinidad! Yo no te engaño y no le temo a la muerte.

–           No te enfades. Bien sabes que te amo.

–           Mala señal. –pensó Petronio.

–           Mañana después de la fiesta, voy a encerrarme a pulir ese maldito verso. Porque tal vez aparte de ti; lo pudo haber notado Séneca, Paris o Lucano. Pero pienso librarme pronto de ellos.

Entonces mandó llamar a Séneca y declaró que lo mandaba con Cluvio Rufio y Atico Vestinio a recorrer Italia y las demás provincias, en busca de dinero para terminar la reconstrucción de la ciudad y debía tomarlo de donde fuera y como fuese necesario.

Pero Séneca comprendió que el encargo de Nerón era solo una obra de rapiña, pillaje y sacrilegio. Y se negó rotundamente a participar.

–           Es necesario que me retire al campo, señor. A esperar allí la muerte, porque estoy viejo y mis nervios están muy enfermos.

Los nervios iberos de Séneca están más sanos y fuertes que los griegos de Prócoro. Su salud en general, está un poco quebrantada y ya es solo una sombra, del hombre que un día fuera. Sus cabellos han encanecido por completo.

El mismo Nerón al mirarlo, reconoce que no tendría que esperar mucho tiempo la muerte de aquel hombre. Y contestó:

–           No quiero exponerte a las fatigas de un viaje tan extenso, pero el afecto que siento por ti, me hace retenerte a mi lado. Así que en vez de ir al campo, te quedarás en tu casa y descansarás allí. Ya pensaré, a ver a quién mando.

Todos están encantados al ver que el César ha recuperado su buen humor y empieza a bromear como siempre. Y mirando a su alrededor, se queda viendo a Prócoro Quironio y éste se acercó diciendo:

–           Aquí estoy. ¡Oh, radiante hijo de Apolo! Me sentía mal, pero tú canto me ha restablecido.

–           Te voy a mandar a la Acaya. Tú sabrás hasta el último sestercio, cuanto hay en cada templo.

–           ¡Mándame, divinidad! ¡Y los dioses te pagarán un tributo superior a cuanto hayas tenido hasta ahora!

–           Bien quisiera. Pero no quisiera privarte de presenciar los próximos Juegos.

–           ¡Oh!…-suspiró Prócoro

Los augustanos rieron y exclamaron:

–           No señor. No prives a este valiente griego de admirar los juegos.

El griego suplicó:

–           ¡Oh, hijo de Apolo! Estoy escribiendo un himno en tu honor y desearía pasar unos días en el Templo de las Musas, para implorarles su inspiración.

Nerón exclamó muy divertido:

–           ¡Oh, no! Lo que quieres es escapar de los Juegos y no lo conseguirás.

–           ¡Te juro, señor, que estoy escribiendo un himno! –dijo Prócoro angustiado.

–           Entonces lo escribirás cuando puedas. Pide inspiración a Diana, después de todo, es hermana de Apolo.

Prócoro bajó la cabeza y miró con aire rencoroso a los presentes, que volvieron a reírse.

El César comentó:

–           ¿Sabéis que de los cristianos destinados para el día de hoy, apenas se dispuso de la mitad?

Haloto, gran conocedor de todo lo referente al Anfiteatro, meditó un momento y dijo:

–           Los espectáculos que se presentan sin armas y sin arte, duran más y son menos entretenidos.

–           Ordenaré entonces que les den armas. –contestó Nerón.

–           ¡Oh, divinidad! Si esto va a prolongarse y para evitar disturbios, sería conveniente llevar a los cristianos a los tribunales. Con el edicto que has decretado, por el hecho de confesarse cristianos, de negarse a sacrificar los dioses o a tu altar, divino César; podrán ser sentenciados sumariamente. Si se retractan de su Dios, su religión y aceptan sacrificar a nuestros dioses, otórgales tu perdón y así ya nadie podrá acusarte de crueldad o de que no eres generoso.

Nerón se queda pensativo unos momentos y luego, con su rostro iluminado con una gran sonrisa, dice:

–           ¡Estupenda idea! Encárgate de trasmitirla al senado. Te firmaré el ordenamiento de esa nueva ley.

–           De esta manera, los nuevos cristianos que sean arrestados, aunque sean de familias patricias, podrán ser condenados por crimen de lesa majestad.

–           Y todos los cristianos serán exterminados junto con su perniciosa religión, que está llena de criminales. –declara Nerón feliz, al ver su plan completamente redondeado con una nueva forma de lavarse las manos y poder desentenderse de tan enojoso asunto. Sabedor del carácter cruel y sanguinario de Haloto, agregó- A partir de hoy, tú te encargarás del exterminio de los cristianos y de la aplicación de las leyes contra ellos.

Petronio y Marco Aurelio se miran fugazmente.

Y la fiesta continúa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

70.- LAS PEQUEÑAS HOSTIAS


Los mártires saludan y se despiden de los que se quedan…

Gael, un jovencito se arrodilla para recibir la bendición de Mía, su madre. Después ella le dice con un suspiro:

–           Bendito tú que ascenderás con la corona del doble martirio… Bendíceme ahora tú a mí….

Gael se toca una de las heridas producidas por el zarpazo de un tigre y con su sangre hace lo mismo que Emma, una niña como de diez años que con su sangre como si fuera un crisma, marca una crucecita en la frente de Jennifer, su madre; a la que deja para marchar alegremente a la hoguera.

Nathan, abraza a los dos compañeros de armas. Y les dice:

–           Alegraos conmigo, voy a la conquista de un Reino eterno… Ojalá decidierais uniros a mí en la Fe y conozcáis la verdadera dicha de morir amando.

Jeffrey un anciano, besa a su hija moribunda y se aleja decidido.

Todos antes de salir obtienen la bendición del sacerdote Jonathan.

Los pasos que van a la muerte se alejan por el corredor…

Los que han sido comisionados para escoltar a los prisioneros, preguntan a los dos soldados:

–           ¿Os quedáis aquí vosotros?

Ellos contestan:

–           Sí. Nos quedamos.

–           ¿Por qué? Es… peligroso. Esta gente corrompe a los ciudadanos fieles.

Ambos soldados se encogen de hombros.

Y los intendentes se van, al mismo tiempo que penetran los fosores con sus camillas para llevar afuera a los muertos.

Se produce un poco de confusión, porque junto con los fosores, han entrado también los parientes de los muertos y los moribundos, produciéndose lágrimas y adioses que se cruzan unos y otros.

Los dos soldados aprovechan esta circunstancia para decirle a un niño:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Kevin.

–           Fíngete muerto y te pondremos a salvo.

Kevin los mira con una infantil severidad y les dice:

–           ¿Traicionaríais vosotros al emperador poniéndoos a salvo mientras él puso su confianza en vosotros para su gloria?

Los dos militares contestan al mismo tiempo:

–           ¡Niño!…

–           Ciertamente que no.

–           Pues tampoco traiciono yo a mi Dios, que murió por mí en la Cruz.

Los dos soldados se miran verdaderamente estupefactos y se preguntan:

–           ¿Pero quién les infunde tanta fortaleza?

Y después, con el codo apoyado en la pared, para sostenerse la cabeza, continúan observando meditabundos…

Regresan los intendentes con esclavos y camillas y dicen:

–           Aún son pocos para la hoguera. A ver… los menos heridos que puedan sentarse.

¡Los menos heridos!…

Quién más, quién menos, todos están agonizando y ya no pueden sentarse, pero las voces suplican:

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!

–           ¡Yo! Con tal de que me llevéis…

Escogen otros once…

Louanne, una joven que fue triturada por la boa, suspira:

–           ¡Dichosos de vosotros!

Samantha; otra que agoniza después del ataque de una pantera le dice a otra que estaba junto a ella y con la que una leona solo jugó:

–           ¡Ruega por mí, Rosalía!

Marlon, un jovencito  dice a otro que destrozó un leopardo:

–           ¡Adiós, Christopher!

Jerónimo dice, besando a Matilda:

–           ¡Madre, acuérdate de mí!

–           ¡Nos encontraremos en el Cielo!

Y corre jubiloso hacia la salida.

Mariana se despide de Lorenzo, un joven que agoniza por el ataque de un león:

–           ¡Hijo mío, cuando estés en el Cielo, llama pronto a mi alma!

Carolina le dice a Ian:

–           ¡Esposo mío, que la muerte te sea dulce!…

Y sale feliz al encuentro con el fuego…

Se entrecruzan los saludos y las despedidas.

Y los intendentes se llevan las camillas…

El sacerdote Jonathan, que se encuentra lívido y a punto de morir, hace acopio de todas sus fuerzas para decir:

–           Sostengamos a los mártires con nuestra plegaria y ofrezcamos el doble dolor de los miembros y del corazón que se ve excluido del martirio, por ellos. Pater Noster…

Apenas ha concluido la Oración sublime, cuando llega Mauricio corriendo jadeante y al ver a los dos soldados se para en seco y contiene el grito que ya estaba a punto de salir de sus labios.

Los dos legionarios le dicen:

–          Puedes hablar, hombre; que no te traicionaremos.

–           Nosotros, soldados de Roma, pretendemos ser soldados de Cristo.

Jonathan exclama:

–           La sangre de los mártires fecunda la gleba.-Y dirigiéndose a Mauricio, le pregunta-¿Traes los Misterios?

Mauricio responde:

–           Sí. He podido dárselos a los otros, momentos antes de que se los lleven a la hoguera. ¡Helos aquí!

Los soldados contemplan admirados la bolsa púrpura que el otro extrae de su seno.

Jonathan grita:

–           ¡Soldados! Vosotros que os preguntáis dónde encontramos la fortaleza: ¡Aquí la tenéis! ¡Éste es el Pan de los fuertes! ¡Éste es el Dios que entra a vivir en nosotros! Este…

Lo interrumpe el grito de Grace, anhelante ante los espasmos del ahogo final:

–           ¡Pronto! ¡Pronto, padre que me muero!… Dame a Jesús… Y moriré feliz…

Jonathan se apresura a partir el Pan, para dárselo a la jovencita, que después de recibirlo se recoge quieta, cerrando los ojos.

Fabio suplica:

–           A mí también… Y después llamad a los criados del Circo. Yo quiero morir en la hoguera... –borbollea un niño como de seis años, que tiene la espalda lacerada y rasgada la mejilla desde la sien hasta el cuello que sangra abundantemente…

Jonathan pregunta:

–           ¿Puedes tragar?

–           ¡Puedo! ¡Puedo!… No me he movido, ni hablado para no morir… Antes de recibir la Eucaristía. La esperaba… Ahora…

El sacerdote le da una miguita del Pan Consagrado, que el niño trata de tragar sin conseguirlo…

Uno de los soldados se inclina compasivo y le sostiene la cabeza. Mientras el otro, habiendo encontrado en un rincón un ánfora que contiene todavía un poco de agua, procura ayudarlo a tragar, instilándole el agua en los labios, gota a gota.

Mientras tanto Jonathan parte las Especies que distribuye a los que tiene cerca y después, les suplica a los soldados que lo transporten para distribuir la Eucaristía a los moribundos…

Por último, hace que le vuelvan a poner en el lugar donde estaba y dice:

–           Que nuestro Señor Jesucristo os recompense por vuestra piedad.

El pequeño Fabio que se esforzaba por tragar las Especies, sufre un ahogo y se agita…

Uno de los soldados lo toma compadecido entre sus brazos, más al hacerlo, un borbotón de sangre, brota de la herida del cuello, bañándole la lóriga reluciente.

–           ¡Mamá! ¡El Cielo! Señor… Jesús… –el cuerpecito se abandona y el niño expira.

Los soldados exclaman:

–           ¡Ha muerto!

–           ¡Y sonríe!…

–           ¡Paz al pequeño Fabio! –dice Jonathan, que va palideciendo siempre más.

–           ¡Paz! –suspiran los moribundos.

Los dos soldados hablan entre sí…

Después, uno de ellos dice:

–           Sacerdote del Dios Verdadero, termina tu vida admitiéndonos en tu milicia.

Jonathan responde fatigosamente:

–           No en la mía… sino en la de Jesucristo… Más… no es posible… porque antes… hay que ser… catecúmenos.

Ellos objetan:

–           No. Porque sabemos que en caso de muerte, se puede administrar el Bautismo.

El anciano jadea:

–           Vosotros… estáis… sanos…

Los dos replican:

–           Nosotros estamos a punto de morir, porque… Con un Dios como el vuestro, que os hace santos, ¿A qué continuar sirviendo a un hombre corrompido?…  Nosotros queremos la gloria de Dios. Bautízanos. Yo soy Fabio como el pequeño mártir y mi compañero es Nathan, como nuestro glorioso compañero de armas…  Y enseguida volaremos a la hoguera. ¿Qué valor puede tener la vida del mundo, una vez que hemos comprendido vuestra vida?

El sacerdote suspira y dice:

–           Ya no hay agua… ni líquido alguno… –Jonathan se queda quieto y pensativo, como si oyera una voz interior. Y luego, formando un hueco con su mano trémula, recoge la sangre que gotea de su atroz herida y ordena- ¡Arrodillaos!… Fabio, yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Nathan, yo te bautizo, en el Nombre del Padre. Del Hijo y del Espíritu Santo… El Señor esté con vosotros… Para la Vida… Eterna… Amén…

Al decir estas palabras…  los ha aspergeado con su sangre.

Cuando la Oración termina, el sacerdote también ha terminado su misión de sufrimiento y su vida… Ha muerto.

Los dos soldados lo contemplan… Luego observan por algún tiempo a los que van muriendo lentamente… serenos y sonrientes en medio de su agonía… Arrebatados por el éxtasis Eucarístico.

Luego Nathan el mayor, dice al otro:

–           Vamos Fabio… ¡No esperemos ni un momento más! ¡Con tales ejemplos, es segura la Vida! ¡Vamos a morir por Cristo!

Y marchan veloces por el corredor, al encuentro del martirio y de la gloria.  Cuando llegan a donde están los otros cristianos reunidos para ser conducidos a la hoguera, también ellos reciben de manos del diácono Máximo, el Pan de los ángeles y experimentan por primera vez, la sensación sublime de tener a Dios dentro de sí.

Nathan oye la confesión de Fe de sus antiguos camaradas y su sonrisa se vuelve más radiante al exclamar:

–           ¡Alabado sea Jesucristo! Vamos a pelear el Combate Final…

En la estancia que acaban de abandonar, los gemidos se van haciendo cada vez más tenues y escasos…

En el circo, todos los espectadores guardan silencio y escuchan atentos porque Nerón está cantando su Troyada…

Simultáneamente, en otro vasto salón en los subterráneos del Circo, donde la luz entra a duras penas por dos pequeñas aberturas al nivel del suelo y que sirven para que también entre el aire. Están los prisioneros cristianos que han traído de las cárceles para completar el espectáculo.

Son personas de todas las edades y condiciones sociales. El lenguaje es pronunciado con variación de estilos, según sean patricios o esclavos. Y mezclado al latín vulgar, se oye el griego, español, tracio, etc.

Pero si diferentes son los trajes y los acentos; los espíritus son iguales y están unidos por la Caridad. Ellos se aman sin distinción de raza o de nación. Se aman y buscan servir y ser de ayuda, unos para otros.

Los patricios de ricos vestidos, cuidan de los pobres, vestidos humildemente. Los más fuertes ceden los puestos más secos o menos incómodos, a los más débiles. Y los abrigan con sus vestidos y togas, permaneciendo ellos con la túnica corta que cubre el pudor.  Usan togas y mantos para hacer con ellos colchones, almohadas o para cubrir a los enfermos que tiemblan por la fiebre, o están heridos por las torturas.

Los más sanos cuidan a los más enfermos, dándoles de beber con amor un poco de agua o vendando las heridas con pedazos de tela arrancados a sus vestidos… Curando los miembros dislocados y lacerados. Mojando las frentes, ardientes por la fiebre. Y de vez en cuando, entonan en un canto suave, el Pater Noster y los salmos que hablan de amor y de esperanza…

Un niño gime en la semioscuridad y el canto se suspende…

Dimitry pregunta:

–           ¿Quién llora?

Stanislao,  contesta:

–           Es Cástulo. La fiebre y la quemadura no lo dejan descansar. Tiene sed y no puede beber, porque el agua lastima sus labios quemados por el fuego.

Georgiana, una patricia de aspecto imponente y voz suave, dice:

–           Aquí hay una madre que ya no puede darle la leche a su pequeño.

El sacerdote Pawel ordena:

–           Lleven a Cástulo con  Plautina.

Se levanta Stefan, un fornido hombre moreno y lleva con gran cuidado entre los brazos al niño de siete años, que está vestido con una tuniquita recamada de finas grecas, sucia y manchada de sangre.

Plautina se sienta en una piedra adosada a la muralla, que el anciano Matthew le cede…  Y se acomoda de tal forma que el niño pueda estar cómodo en sus brazos. Luego dice al portador del pequeño mártir:

–           Dámelo Stefan. Y que Dios te lo recompense.

Cuando Stefan lo deposita con mucho cuidado, queda al descubierto el rostro totalmente quemado del pobre niño martirizado. Cástulo es el hermoso chicuelo que consolara a Marco Aurelio en el Tullianum y después que lo suspendieran sobre las parrillas en el Circo,  ahora se ve monstruoso…

Sólo unos pocos cabellos quedan detrás de la cabeza. Adelante, la piel ha desaparecido por el fuego. No más frente, ni mejillas, ni nariz. Toda la carne es una viva tumefacción. Parece  como si la hubiera corroído un ácido. En el lugar de los ojos están dos llagas horripilantes y los labios son otra llaga que forma un agujero deforme. Este es el resultado de haberlo tenido inclinado sobre las llamas, únicamente con el rostro; porque la quemadura termina bajo el mentón…

Plautina se abre la túnica y hablando con el amor de una verdadera madre, se exprime su redonda mama llena de leche y hace destilar las gotas sobre los labios del pequeño que no puede sonreír, pero que le acaricia la mano para mostrarle su alivio.

Y luego, después de haberlo saciado; hace caer más leche sobre el pobrecito rostro, para medicarlo como si fuera un bálsamo.  Es sangre de madre convertida en alimento y que da el amor por otra, que ha perdido a su hijo…

Plautina los ha perdido a todos… sus siete hijos y su esposo murieron martirizados en la arena, prácticamente repartidos en todas las formas de suplicio. A ella no la tocaron las fieras, porque ya se habían hartado…

El niño no gime más. Refrescado, calmado su sufrimiento y arrullado por la mujer, se adormece respirando afanosamente. Plautina parece una madre dolorosa, tanto por la postura, como por la expresión. Mira al pequeño como si fuese verdaderamente su criatura y las lágrimas ruedan por sus mejillas. Gira la cabeza hacia atrás, para impedir que caigan sobre aquella carita que está totalmente quemada.

El canto se reanuda, dulce y melancólico…

La voz de Killian, otro sacerdote;  interrumpe en el fondo de aquel lugar…

–           Nos acaban de avisar que Fabio ha muerto. Oremos…

Todos dicen el ‘Pater Noster’…

Cuando terminan;  el anciano Joao exclama:

–           ¡Fabio es feliz!  Él  ya ve a Cristo…

Antonio le contesta:

–           Nosotros también lo veremos Joao e iremos a Él con la doble corona: la de la Fe y la del martirio. Seremos como renacidos sin sombra de mancha, porque los pecados de nuestra vida pasada serán lavados también con nuestra sangre. Pecamos mucho, nosotros que fuimos paganos por largos años. Y es muy grande que a nosotros venga el júbilo del martirio, para hacernos nuevos y dignos del Reino.

Otra voz muy conocida, retumba:

–           ¡Paz a vosotros, hermanos!

Muchas voces contestan:

–           ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Bendito seas!

Mucho movimiento sobreviene entre la multitud. Sólo Plautina se queda inmóvil, con su preciosa carga sobre su regazo.

–           ¡Paz a vosotros! –repite el apóstol. Y se mete hasta el centro- He venido a vosotros con Artyom y Alexander, para traerles la Vida.

Hugo pregunta:

–           ¿Y el Pontífice?

Pablo contesta:

–           Él les manda su saludo y su bendición. Está vivo por ahora… él quería venir; pero Joaquín, William y Amine, nos avisaron que lo están buscando y es conocido por los guardias. Por eso vengo yo, que soy menos notorio y ciudadano romano. A él debemos protegerlo en las Catacumbas. Hermanos, ¿Qué nuevas me tenéis?

Adam contesta:

–           Fabio ha muerto.

Noha agrega.

–           Cástulo ha sufrido el primer martirio.

Sienna dice:

–           Jade ha sido conducida a la tortura.

Johanna  informa:

–           A Franco y a Aidan los han transportado con Lars y sus hijos… No sabemos a dónde…

Pablo responde:

–           Oremos por ellos. Vivos o muertos, que Cristo dé a todos su paz…

Y Pablo, con los brazos abiertos en Cruz, ora. Está vestido como un siervo, con una vestidura corta, oscura y con un pequeño manto con capucha, que para orar, se ha echado para atrás. A su espalda están Artyom y Alexander, vestidos como él. Son muy jóvenes. Terminada la Oración, Pablo dice:

–           ¿Dónde está Cástulo?

Noha responde:

–           En el regazo de Plautina, allá en el fondo.

Pablo aparta a la multitud y se acerca al grupo. Se inclina y observa…  Bendice al niño y a la mujer. El niño despertó con los gritos que saludaron al Apóstol y levanta una manita, buscando tocar a Pablo, el cual la toma entre las suyas y le habla con dulzura:

–           Cástulo ¿Me escuchas?

El niño responde con fatiga:

–           Sí.

–           Sé, fuerte, Cástulo. Jesús está contigo.

Cástulo se lamenta:

–           ¡Oh! ¿Por qué no me lo habéis dado? ¡Ahora ya no puedo más! –y una lágrima brota entre aquellas llagas.

Pablo lo consuela:

–           No llores, Cástulo. ¿Puedes ingerir aunque solo sea un pedacito? ¿Sí?… ¡Bien! Te daré el Cuerpo del Señor. Después iré con tu mamá a decirle que Cástulo es una flor del Cielo. ¿Qué debo decir de tu parte a tu mamá?

–           Que soy feliz. Que he encontrado una mamá que me da su leche. Que los ojos ya no hacen más mal. ¿No es mentira decirlo, verdad? Es para consolar a la mamá. Y que yo estoy viendo el Paraíso y el lugar suyo y el mío, mejor que si tuviera los ojos todavía vivos. Dile que el fuego no hace daño, cuando los ángeles están con nosotros. Y que no tenga miedo, ni por ella ni por mí. El Salvador le dará fuerza. ¡Jesús es tan Bueno!

–           ¡Bravo, Cástulo! Le diré a tu mamá tus palabras. Dios ayuda siempre. ¡Oh, hermanos! ¡Y lo veis! Este es un niño. Tiene la edad en que no se puede soportar un pequeño malestar. Y vosotros lo veis y lo habéis escuchado. Él está en paz. Él está dispuesto a sufrirlo todo, aún después de haber padecido tanto, para ir hacia Aquel que él ama y que lo ama. Porque es uno de aquellos que Él amaba: un niño…

Y éste es un héroe de la Fe. Tomen el coraje de este pequeño, hermanos. Ustedes saben que yo me hago pasar junto con éstos como sepulturero, para poder recoger cuantos más cuerpos podamos y depositarlos en suelo santo. Por eso vivo junto a los tribunales y veo cómo viven los presos en el Circo y observo todo. Y me consuelo al pensar que yo también en mi hora, cuando Dios la reclame, seré por Él sostenido, como los santos que nos han precedido.

Hoy regresé de llevar al cementerio a Fátima, hija de Florián y de Valeria, no tenía más que catorce años y ustedes saben que estaba débil de salud. Con todo, ayer fue una gigante frente a los tiranos. El despecho de Nerón la torturó de muchas formas: lanzada, suspendida, estirada, desgarrada. Y siempre sanaba por Obra de Dios y siempre resistió a todas las amenazas. Ahora ella está en la Paz. ¡Valor hermanos! También a ella la nutrí con el Pan Celestial. Y con el sabor de aquel Pan, ella caminó a su último martirio. Ahora os daré también a vosotros aquel Pan, para que sea día de fiesta sobrenatural para vosotros. El Circo os espera… ¡Y NO TEMÁIS! En las fieras y en las serpientes ustedes verán apariencias paradisíacas, porque Dios cumplirá para vosotros este milagro. Las fauces y las roscas les parecerán abrazos de amor. Las llamas, rocío matinal. Los rugidos y los silbidos serán voces celestiales y como Cástulo, veréis el Paraíso, que ya desciende para recogerlos en su felicidad.

Todos los cristianos menos Plautina, se han arrodillado y cantan…

Mientras ellos cantan, han entrado también unos soldados romanos y los carceleros que al mismo tiempo que participan, montan guardia para que no entren personas enemigas. Y el canto se eleva, dulce y armonioso:

Como anhela la cierva

Estar junto al arroyo

Así mi alma desea, señor Jesús

Estar contigo.

Sediento estoy de Dios

Del Dios que me da la Vida

¿Cuándo iré a contemplar

El Rostro de mi Señor?

Lágrimas son mi pan

Noche y día

Cuando oigo que me dicen:

¿Dónde quedó tu Dios?

Yo me acuerdo y mi alma

Dentro de mí, se muere

Por ir hasta tu Templo

A tu casa, mi Señor y  Dios.

¿Qué te abate alma mía?

¿Por qué gimes en mí?

Pon tu confianza en Dios, que aún le cantaré

A Jesús. A mi Dios Salvador.

Pablo se prepara para el Rito y dice a Cástulo:

–           Tú serás nuestro altar ¿Puedes detener el cáliz sobre tu pecho?

–           Sí.

Extiende un lino sobre el cuerpecito del niño y sobre el lino apoya el cáliz y el pan. Y la Misa es celebrada para los mártires, por Pablo y los dos sacerdotes que lo acompañan. El lino palpita sobre el pecho de Cástulo, el cual por orden de Pablo, tiene entre sus dedos la base del cáliz, para que no se caiga…

Cuando Pablo hace la consagración, un temblor de sonrisa se dibuja sobre el rostro llagado del pequeñín y después la cabeza cae con una pesadez de muerte.

Plautina se estremece pero se domina…

Pablo prosigue como si no notase nada. Pero cuando toma la hostia para darle al pequeño mártir, un fragmento…

Plautina le dice:

–           Está muerto.

Pablo se paraliza por un momento y luego le da a ella, el fragmento destinado al niño que ha permanecido con los deditos cerrados alrededor de la base del cáliz, en la última contracción.

Y ellos le tienen que desprender para poder tomar el cáliz y darlo a los demás. Después de distribuida la Comunión, la Misa termina.

Pablo se despoja de los vestidos y pone todo lo que ocupó en la Misa, en una bolsa que lleva bajo el manto.

Después declara:

–           Paz al mártir de Cristo. Paz a Cástulo santo.

Y todos responden:

–           Paz.

Pablo dice:

–           Ahora lo llevaré a otro lugar. Denme un manto para envolverlo. Lo llevaré sin esperar la noche. Al anochecer vendremos por Fabio. Las pequeñas hostias que se consagraron juntas, han partido juntos al cielo también… Pero a éste lo llevaré como a un niño dormido. Adormecido en el Señor.

Jack, uno de los soldados da su clámide y allí depositan a Cástulo. Lo envuelven y Pablo lo toma en brazos, como si fuera un padre que lleva a otro lugar a su hijito dormido…  Con la cabeza sobre la espalda paterna.

Pablo se despide:

–           Hermanos, la Paz sea con vosotros y acuérdense de mí, cuando estéis en el Reino…

Y se va bendiciendo…

Un poco después, llegan los intendentes del Circo, para llevarlos a completar el espectáculo de aquella noche en que a los ojos del mundo, es el triunfo de la Hora de las Tinieblas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA