Archivos diarios: 23/08/12

5.- EL PRIMER DISCÍPULO


Jesús se dirige a la pequeña casa blanca que está entre los olivos y se encuentra con Juan. Los dos se abrazan afectuosamente.

Juan le dice:

–           Iba a buscarte… Pensábamos que estarías en Betania.

–           Así quería hacerlo. Debo comenzar a evangelizar también los alrededores de Jerusalén. Pero luego me entretuve en la ciudad… Para instruir a un discípulo nuevo.

Después que entran en la casa, Jesús pregunta:

–           ¿Hace mucho tiempo que llegaste?

Juan contesta:

–           No, Maestro. Con el alba salí de Docco, junto con Simón. Nos detuvimos en la campiña de Betania y hablamos de Ti a los campesinos. Simón fue a hablarle de Ti a un amigo suyo, al que conoce desde que eran niños y es el dueño de casi toda Betania. Mañana viene y me pidió que te dijera que es muy feliz al servirte. Simón es muy capaz. Yo quisiera ser como él. Pero sólo soy un muchacho ignorante.

Jesús le objeta:

–           No, Juan. También tú haces mucho bien.

–           ¿Estás de veras contento con tu Juan?

–            Muy contento, Juan mío. Muy contento.

–            ¡Oh, Maestro mío!- Juan se inclina y toma la mano de Jesús para besarla. Después levanta su alforja y dice- He traído pescado seco que me dieron Santiago y Pedro. Y al pasar por Nazareth, tu madre me dio pan y miel para Ti. Aunque caminé sin detenerme, pienso que ya está duro.

–            No importa Juan. Tendrá siempre el sabor de las manos de Mamá.

Juan saca sus tesoros y preparan la cena. Ésta termina pronto. Y luego salen al olivar. Caminan un poco, hasta llegar a un punto desde el cual se ve toda Jerusalén. Jesús se detiene y dice:

–            Sentémonos aquí y hablemos.

Juan se sienta sobre la hierba, a los pies de Jesús. Es solo un jovencito, que está junto a la persona que más quiere. Y dice contento:

–           Aquí también es hermoso, Maestro. Mira como la ciudad parece más grande ahora que es de noche. Más que de día.

Jesús contempla y comenta:

–           Es la luz de la luna que hace desaparecer los alrededores. Mira… parece como si el límite se extendiera dentro de una luz plateada. Allá está la cúpula del Templo. Parece como si estuviera suspendida en el aire, ¿O no?

Juan concluye:

–           Parece como si los ángeles lo tuviesen sobre sus alas de plata.

Jesús da un hondo suspiro.

–           ¿Por qué suspiras, Maestro?

–           Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y de santidad está solo en sus muros. Los que deberían darle ese aspecto al alma del Templo, son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Aunque sean muchos los que viven ahí; ni una décima parte son capaces de dar vida al Lugar Santo. Muerte sí que le dan. Le comunican la muerte que está en sus almas; las que están muertas para todo lo que es santo. Tienen fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres que tienen calor, tan solo por la putrefacción que los hincha. Y así como ahora los ángeles han abandonado el Templo, después el Espíritu Santo también abandonará la Iglesia, cuando sus sacerdotes repitan los errores que están cometiendo éstos.

Juan dice intranquilo:

–           ¿Te han hecho algún mal, Maestro?

–           No. Al contrario. Me dejaron hablar cuando lo pedí.

–           ¿Lo pediste?… ¿Por qué?

–           Porque no quiero ser el que empiece la lucha. Ésta vendrá por sí misma. Porque en algunos produciré un terror humano irrazonable. Y para otros, será un reproche. Pero esto debe estar en el libro de ellos, no en el mío.

Después de un rato de silencio, Juan vuelve a hablar:

–            Maestro, conozco a Anás y a Caifás. Mi padre los provee siempre con el mejor pescado. Y cuando estuve en Judea por causa de Juan el Bautista, venía también al Templo y ellos nos trataban bien a nosotros, los hijos de Zebedeo. Si te parece, hablaré de Ti al Sumo Sacerdote. Y también conozco a uno que hace negocios con mi padre. Es un rico mercante de pescado. Tiene una casa muy grande y hermosa cerca del hípico. Es un hombre bueno y sé que podemos contar con él. Estarías mejor y te cansarías menos. Para venir hasta aquí se debe pasar por ese suburbio de Ofel, tan sórdido y mugriento. Siempre lleno de burros y de gente que busca pleitos.

–            No, Juan. Te lo agradezco. Estoy bien aquí. ¿Ves cuanta paz? Se lo dije también al otro discípulo que me propuso lo mismo. Él decía que para ser mejor tenido.

–            Yo lo digo para que te canses menos.

–            No me canso. Caminaré mucho y jamás me cansaré. ¿Sabes que es lo que produce cansancio? La falta de amor. ¡Oh! Esto es una carga muy pesada en el corazón.

–            Yo te amo, Jesús.

–            Y me das consuelo. Te quiero mucho, Juan. Te querré siempre, porque jamás me traicionarás.

Juan está aterrado:

–           ¡Traicionarte!… ¡Oh!

–            Y con todo habrá muchos que me traicionarán… Juan, escucha. Te dije que me detuve a instruir a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.

–            Entonces te encontrarás mejor con él, que con nosotros, Maestro. Me alegra que tengas a alguien que sea más capaz que nosotros.

–            ¿Crees tú que me costará menos trabajo?

–            ¡Claro! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor. Te servirá excelente. Sobre todo si te ama perfectamente.

–            ¡Qué si lo has dicho bien! Pero el amor no está en proporción a la instrucción y ni siquiera con la educación. Uno que jamás ha amado y ama por primera vez, lo hace con toda la fuerza del primer amor. Lo mismo sucede con el primer amor del pensamiento. El amado penetra, se imprime más en un corazón y un pensamiento vírgenes de otro amor; que en aquel en quién ya ha habido otros amores. Pero Dios dispondrá. Oye, Juan. Te ruego que seas amigo suyo. Mi corazón tiembla al ponerte a ti, cordero sin trasquilar; con el experto de la vida. Él reconocerá tu inexperiencia. Pero también eres águila y si el experto te quisiera hacer tocar el suelo lleno de fango y oscuridad, del buen sentido humano; tú con un golpe de alas, sabrás librarte y volarás hacia el sol. Por eso te ruego que seas amigo de mi nuevo discípulo, porque los demás no lo aceptarán fácilmente, ni lo querrán mucho. Especialmente, Pedro.Quiero que le trasmitas tu corazón…

–            ¿Yo? ¡Oh, Maestro!… Pero ¿No bastas tú?

–            Soy el Maestro, al que no se dirá todo. Tú eres condiscípulo, un poco más joven, con quién más fácilmente se abre uno. No te digo que me repitas todo lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Pero te ruego que lo evangelices con tu fe y tu caridad. Con tu pureza. Es una tierra sucia con aguas muertas. Se puede secar con el sol del amor; purificarse con la honestidad de pensamientos, deseos y obras. Cultivarse con la fe. Puedes hacerlo…

–            Si crees que puedo… ¡Oh! ¡Si dices que puedo hacerlo, lo haré por amor a Ti!

–            Gracias, Juan.

–            Maestro, cuando regresamos de Cafarnaúm; después de Pentecostés, encontramos la acostumbrada suma del desconocido. El niño se la llevó a mi madre, ella la entregó a Pedro y él me la dio diciendo que tomase un poco para el regreso y que el resto te lo diese a Ti, para lo que puedas necesitar… Pues Pedro también piensa que aquí todo es incómodo. Yo solo tomé dos denarios para dos pobres que encontré. Viví con lo que me dio mi madre y con lo que me dieron los buenos a quienes prediqué en tu Nombre. Aquí está la bolsa.

–            Mañana la distribuiremos entre los pobres. De esta forma también Judas aprenderá nuestro modo de administrarnos.

–            ¿Ya vino tu primo?  ¿Cómo hizo para llegar tan pronto? Estaba en Nazareth y no me dijo que vendría.

–            No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo viste en Pascua, aquí. La tarde en que curé a Simón. Estaba con Tomás.

Juan exclama admirado:

–            ¡Ah! ¡Es él!…-Juan se queda perplejo.

Jesús confirma:

–            Es él. ¿Y qué hace Tomás?

–            Obedeció tus órdenes. Dejó a Simón Cananeo y fue al encuentro de Felipe y Bartolomé, por el camino del mar.

–            ¡Bien! Quiero que os améis sin preferencia. Os ayudéis mutuamente. Os compadezcáis, el uno al otro. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes; ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad, llegaréis a la perfección y lo que os falte, lo supliré Yo. Sois como los hijos de una familia santa, en la que hay muchos temperamentos desiguales. Quién es duro; quién suave. Quién valiente, quién tímido. Quién impulsivo y quién muy cauto. Si fueseis todos iguales, seríais una fuerza en un solo temperamento y una flaqueza en todo lo demás. Pero de esta manera hacéis una unión perfecta; porque os completáis mutuamente. El amor os une. Debe uniros el amor por un único motivo: Dios.

–            Y por Ti, Jesús.

–            La causa de Dios es primera. Y después el amor hacia su Mesías.

–            Y Yo… ¿Qué es lo que soy en nuestra familia?

–            Eres la paz amorosa del Mesías de Dios. ¿Estás cansado Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a Orar.

–            También yo me quedo contigo a Orar. Déjame que me quede contigo a Orar.

–            Quédate.

Jesús recita unos salmos y Juan lo sigue. Pero la voz se acaba pronto y el jovencito se queda dormido, con la cabeza apoyada en las rodillas de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre la espalda del más joven de sus apóstoles. Lo mira con amor y mentalmente hace la comparación entre éste y el otro discípulo que acaba de aceptar. Juan era discípulo del Bautista y se ha despojado hasta de su modo de pensar y juzgar; entregándose completamente, para ser moldeado por su Maestro.

Judas es el que no se quiere despojar de sí mismo y trae consigo su ‘yo’ enfermo de soberbia, sensualidad, avaricia. Conserva su manera de pensar y con ello neutraliza los efectos de la Gracia y no se entrega. Jesús suspira y piensa: “Judas, cabeza de todos los apóstoles fallidos… ¡Y son tantos!…Juan: cabeza de los que se hacen ‘hostia’ por amor a Mí. Judas investiga, cavila, escudriña, aparenta ceder pero en realidad no cambia su modo de pensar. Juan se siente nada. Acepta todo. No pide razones. Se contenta con hacerme feliz. Es mi descanso su confianza absoluta: “Todo lo que Tú haces Maestro; está bien hecho.” Y por eso será el Predilecto. Porque será mi paz llena de amor.

Jesús también necesita consuelo… Y continúa orando mentalmente.

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–           ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–           Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.- Jesús se detiene y mira fijamente a Judas. Lo tiene frente a Sí. Lo estudia. Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta- Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–            ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–                         Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia? No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos. Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–            Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo. Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba. Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho. Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”  Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–                         Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel. El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo. Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús. Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.” Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–            ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón. Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–             Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–            No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra. Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada. Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–            Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–            Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–            En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción. Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero… ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

–            ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–            Desde el día siguiente.

–            ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–            ¿Judas?…

–            Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo. Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–           ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–           Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–           ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–            No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–            Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–            Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–            No es imposible.

Judas interrumpe:

–           Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–           Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.  Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud. Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–            ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–            Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías. Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–            Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–            Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–            Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–            ¿Es un deseo o una orden?

–            Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–            Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–            Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán… Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo. Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… y agradezco mucho la ayuda.

–            Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–            No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–            Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–           Así sea. –Y luego dice con voz más fuerte- Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.  

Al día siguiente. Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas; en la cocina de la casita. Y les dice:

–                 Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–                 ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–                 El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–                 Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra. Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma. Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente. Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa. El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–                 No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–                 ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–                 Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él? Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’- y mirando a Jesús agrega- Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–                 Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor. Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–                 ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–                 No, Judas.

–                 ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–                 Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–                 ¿No lo estás haciendo ya?…

–                 Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.” Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–                 ¡Oh! ¿También milagros?

–                 Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–                 ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y dice con un dejo de tristeza en la voz:

–                 Entonces ya no estaremos más con el Maestro. Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–                 Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–                 Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–                 Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–                 Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré” y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia. Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales, entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–                 Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace. Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–                 No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías. Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado. Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué? Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos. También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu. La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte! Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–                 Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento. Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante. Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–                 ¿Saldremos por ella?

–         Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura. Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–                 Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–                 No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar. Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA