6.- CONSECUENCIAS EN BELEN


Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso; polvoriento, que el sol del estío ha quemado, bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles. El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación. Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada. Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

–                     ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–                     Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

–                     No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad. Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

–                     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano. Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece y Jesús le pregunta:

–                     ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–                     Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–                     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–                 ¿También Tú eres perseguido? La familia.

–                 Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–                 ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–                 Treinta.

–                 Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–                 ¿Quién?

–                     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes! Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos. Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra. ¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–                 Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–                 Porque… Óyeme: ¿A dónde vas?

–                 A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes. Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–                 Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana. Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado. La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–                 Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–                 El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos. Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–                 Yo te ayudo.

–                 No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

–                 Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador- Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no. – al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–                     Decidnos donde está la hortaliza.

–                     Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–                     Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro. Los otros tres se van con ella. Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van. Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz. Su bello rostro se ilumina al decir:

–           No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro. Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–           ¿Por qué lo dices, Judas?

–           Porque se la trae contra el Mesías. Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?” Y ella me respondió: “No lo odio a Él. Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías” Y… puesto que Eres Tú…

–           No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–           No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–           Hiciste bien. No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarme cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–                 La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–                 Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien. Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–                 Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos. Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–                 De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–           Mujer. Trae la comida. -Agrega mirando a sus invitados- No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–                 Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–                 ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–                 El huésped es de Belén, te lo dije. Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–           ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–                 ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–                 Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–                 ¡Ah! Comprendo. De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–                 No.

–                 ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados. Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron. Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más… ¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No! ¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–                 ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

–                     En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones. Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas… Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?… Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza. Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva! Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña. Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas. Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces… ¿Cómo podía ser la Virgen? En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos… ¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén. Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes. Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–                 ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–                 ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres… ¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados! ¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–                 Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–                 No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera. Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda. ¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna! Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–                 Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos? Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor. ¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló? ¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–                 Porque no se habían cumplido los años de la Profecía. Después lo reflexionamos. Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

–                 Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador? ¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–                 En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–                 ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel? ¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?… Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá. El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre -de otro modo no sería virgen- sino por la Voluntad Divina y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas; esto es, a los paganos; con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías? Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada? Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–                 Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo. Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–                 Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–                 ¡Sí!

–                 Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras. Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá. La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos. Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–                 ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–                 ¿Los conoces?

–                 No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices. Quiero ir a verlos.

–                 ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros. Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana! Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón. Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal. Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–                 Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–                 Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–                 Ellos creyeron hacer un bien.

–                 Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos. Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados. Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–                 Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas: ‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.’ Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza. Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia. Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí. Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David. Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–                 ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí; Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo. Toma del brazo al campesino y lo sacude, al tiempo que dice amenazante:

–                 Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto.

–                 ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado. Interviene diciendo:

–                 Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–                 Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–                 No digas nada. Están ciegos… y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón. Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer que toda contrita les dice:

–                 Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo. Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–                 No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–                     ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?… ¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho! ¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–                     ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–                     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–                     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–                     Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–                     Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí. No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera. Le siguen Simón, Judas y por último, Juan. En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–                     ¿Quién llora?

Judas contesta:

–                     Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–                     No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura, pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–                     Entonces ¿Por qué lloras?

–                     Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo. ¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor. Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–                     No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron. Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron. –Juan redobla su llanto y Jesús le pide- ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–                     Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–                     Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías. Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida. Los Galileos…

Jesús ordena:

–           Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo            . También estadlo vosotros. Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús, que le dice:

–                     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–                     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla. Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.

Más tarde…

La noche cubre la tierra. La luna ilumina con su claridad. Los ruiseñores cantan entre las ramas de los olivos. Un río cercano es como una cinta de plata melodiosa. De los prados segados se levanta el olor del heno. Algún mugido. Algún balido… Y estrellas… estrellas y más estrellas. En campo lleno de estrellas en el manto del cielo, que parece una sombrilla de piedras preciosas, sobre las colinas de Belén. Siguen caminando hasta…

Judas dice:

–                     Pero aquí son ruinas… ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá.

Jesús contesta:

–                     Lo sé. Ven. Sigue el río, detrás de Mí. Unos pocos pasos más y después… Después te ofreceré la habitación del Rey de Israel.

Judas encoge los hombros y calla.

Llegan a un montón de casas en ruinas. Restos de habitaciones. Una cueva entre dos hendiduras de una gran muralla.

Jesús pregunta:

–                     ¿Tenéis yesca?

Simón saca de su alforja una lamparita y se la da.

Jesús avanza hasta la entrada y levantando la lamparita, dice:

–                     Entrad. Ésta es la alcoba en donde nació el Rey de Israel.

Judas está espantado y pregunta:

–                     ¿Juegas, Maestro? Esta es una cueva. De veras que yo aquí no me quedo. Me repugna. Está húmeda, fría, apestosa, llena de escorpiones, tal vez de serpientes…

Jesús dice:

–                     Y con todo, amigos. Aquí, el veinticinco de las Encenias. De la Virgen nació Jesús, el Emmanuel; el Verbo de Dios hecho carne por amor del hombre. Yo que les estoy hablando. Entonces como ahora, el mundo fue sordo a las voces del Cielo que le hablaban al corazón. Y rechazó a mi Madre. Y aquí…

No, Judas. No apartes con disgusto tus ojos de esos murciélagos que andan revoloteando. De esas lagartijas, de esas telarañas. No levantes con desdén tu hermosa y recamada vestidura, para que no roce el suelo cubierto por el  excremento de animales. Esos murciélagos descienden de los que fueron los primeros juguetes que miraban los ojos del Niño a quién cantaban los ángeles el ‘Gloria’ que escucharon los pastores que estaban ebrios solamente de alegría extática; de la verdadera alegría. Esas lagartijas color esmeralda, fueron los primeros colores que hirieron mi pupila, junto con el blanco vestido y el rostro de mi Madre. Esas telarañas fueron el baldaquín de mi cuna real. Ese suelo…

¡Oh! Lo santificaron los pies de Ella; la santa, la gran santa, la Pura, la inviolada, La Doncella Deípara, la que tenía que dar a  Luz. La que por obra de Dios dio a luz sin intervención humana. Ella, la sin Mancha; ha hollado este suelo. Tú puedes pisarlo y a través de las plantas de tus pies, quiera Dios que suba a tu corazón, la Pureza que Ella derramó…

Simón se ha arrodillado.

Juan va derecho al pesebre y apoyando la cabeza sobre la madera, llora.

Judas está aterrado…piensa…

Recuerda las Profecías…

Reflexiona…

Finalmente se deja vencer por la emoción…

Y olvidando su hermosa vestidura. Se arroja al suelo. Toma la orla de la túnica de Jesús, la besa y se golpea el pecho diciendo:

–           Maestro Bueno, ¡Ten misericordia de la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae… Te veo cual Eres. No el rey que yo pensaba. Sino el Príncipe Eterno, el Padre del Siglo Futuro. El Rey de la Paz. ¡Piedad, Señor mío y Dios mío! ¡Piedad!

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–           Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos en donde durmieron el Infante y la Virgen. Allí donde Juan ha tomado el lugar de mi Madre en adoración… aquí, en donde Simón parece mi padre adoptivo. O si os parece, os platicaré de aquella noche…

Judas exclama:

–                     ¡Oh! ¡Sí, Maestro! Háblanos de tu florecimiento a la vida.

Simón confirma:

–                     Para que sea perla de luz en nuestros corazones y para que lo podamos contar al mundo.

Juan dice sonriendo y llorando:

–                     Y venerar a tu Madre, no solo porque es tu madre, sino por ser… ¡Oh! ¡La Virgen!

Jesús los invita:

–                     Venid al heno. Escuchad.

Y Jesús empieza a hablar de la Noche de su Nacimiento…

–           Cuando ya mi Madre estaba próxima a dar a luz, llegó por orden de César Augusto, el bando que publicó su delegado imperial Publio Sulpicio Quirino. En Palestina el gobernador era Senzio Saturnino. El bando era para hacer el censo de todos los habitantes del imperio. Los súbditos tenían que ir a su lugar de origen para inscribirse en los registros del imperio. José, el esposo de mi Madre y Ella, obedecieron. Salieron de Nazareth, para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Era invierno y estaba haciendo mucho frío…

Todos escuchan muy atentos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

2 comentarios

  1. hola! leí todo, pero quisiera saber en que libro de la biblia viene descrito esta historia? yo soy cristiana y leo la biblia todo el tiempo y no encuentro esta historia!! no es para atacar solo era mi duda!! espero saberla de tu parte….. Dtb!!

    1. Amada hermanita en Cristo, esta historia está escrita en una Obra que se llama: el Poema del Hombre Dios y es de una mística italiana que se llama María Valtorta. Creo que la puedes encontrar en las librerías católicas. Espero que esta información te sirva y que nuestro Señor Jesucristo te bendiga junto con los tuyos.

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