Archivos diarios: 26/08/12

8.- LA MANZANA DE EVA


Jesús viene bajando con Judas, Simón, Juan y tres pastores por un fresco valle en dirección al río Jordán.

Elías dice:

–                 ¿Ves, Maestro? Allá está Yutta. Pasaremos por el vado. Habría sido más corto si hubiéramos venido directo por Hebrón. Pero Tú no quisiste.

Jesús confirma:

–                 No. A Hebrón iremos después. Primero y siempre al que sufre. Los muertos ya no sufren cuando son justos. Y Samuel era justo. Por otra parte no es necesario que uno esté cerca de los huesos muertos que tienen necesidad de oraciones.

Llegan al vado y los pastores vigilan el paso de las ovejas que entran en el agua que solo tiene un palmo de profundo y beben del agua cristalina que se cubre de espuma al chocar con las rocas.

Jesús pasa sobre las piedras hasta la ribera opuesta, seguido por los discípulos hasta llegar a un prado.

Elías dice:

–                 Me dijiste que quieres que avise a Isaac que estás aquí. Pero… ¿No quieres entrar al poblado?

Jesús contesta:

–                 Así es.

–                 Entonces es hora de separarnos. Yo voy a donde está él. Leví y José se quedarán con el ganado y con vosotros. Subo por aquí y así llegaré más rápido.

Elías sube por la ladera hacia las casas blanquecinas que resplandecen al sol. Atraviesa el poblado y llega a la otra orilla, hasta una casita muy pobre que tiene la puerta abierta. En la paupérrima habitación, sobre un lecho miserable, hay un enfermo que es solo un esqueleto con la piel pegada a los huesos y pide entre lamentos una limosna.  Elías entra como un rayo diciendo:

–                 Isaac, soy yo.

El enfermo se incorpora un poco y le contesta:

–                 ¿Tú? No te esperaba. Viniste apenas la luna pasada.

–                 Isaac… Isaac… ¿Sabes porque he venido?

–                 Si tú no me lo dices… Estás excitado… ¿Qué pasa?

–                 He visto a Jesús de Nazareth. Ya es un hombre y es Rabí. Vino en mi busca y nos quiere ver a todos.

Isaac se derrumba sobre el camastro y Elías exclama:

–                 ¡Oh, Isaac, te sientes mal!

En realidad Isaac parece que fuera a morir. Pero toma aliento y dice:

–                 No. Es la noticia… ¿En dónde está? ¿Cómo es?… ¡Oh, sí lo pudiera ver!

–                 Está allá abajo en el valle. Me manda a qué te diga sólo esto: ‘Ven Isaac. Quiero verte y bendecirte’ Espérame. Llamaré a alguien para que me ayude y te llevaré allá abajo.

–                 ¿Así dijo?

–                 Así…

El enfermo se incorpora y Elías se asombra:

–                 Pero… ¿Qué haces?

–                 Voy…

Isaac hace a un lado las cobijas, mueve las piernas que estaban inertes. Las saca fuera del lecho y las pone en el suelo. Se levanta todavía un poco incierto. Todo sucede en un instante, bajo los ojos desencajados de Elías… Que al fin entiende y grita de alegría…

Se asoma una mujer curiosa y ve al enfermo de pie; que al no tener otra cosa, se echa encima una de las cobijas. Y ella escapa gritando como una ruidosa gallina.

Isaac toma del brazo al petrificado Elías y lo urge:

–                 ¡Vámonos! Vamos por acá para llegar más rápido y no toparnos con la gente… ¡Apúrate, Elías!

Y los dos salen de estampida por la parte posterior hacia un huerto… Y corren por una vereda que baja entre los huertos, los prados y los bosquecillos, hasta llegar al río.

Elías dice señalando:

–                 Mira, ¡Ahí está Jesús! Es aquel. El más alto, hermoso, rubio, vestido de blanco y que tiene el manto azul rey.

Isaac no necesita más. Corre; se abre paso entre el ganado que pace y con un grito que es una mezcla de triunfo, alegría y adoración, se postra a los pies de Jesús.

El Maestro le dice con dulzura:

–                 Levántate, Isaac. Ya vine a traerte paz y bendición. Levántate para que vea tu cara.

Isaac llora de felicidad.

Y Jesús le dice:

–                 Al punto viniste. No te preguntaste si podías…

–                 Tú me mandaste decir que viniese… Y he venido.

Elías agrega:

–                 Ni siquiera cerró la puerta. Tampoco recogió las limosnas, Maestro.

Jesús responde:

–                 No importa. Los ángeles cuidarán su habitación. ¿Estás contento Isaac?

–                 ¡Oh, Señor!

–                 Llámame Maestro.

–                 Sí, Señor. Maestro mío. Aunque no me hubieses curado, hubiera sido feliz al verte. ¿Cómo he logrado tener en tu Presencia, tanta Gracia?

–                 Tu fe y tu paciencia Isaac. Sé cuánto has sufrido…

–                 ¡Nada, nada! ¡Más que nada! ¡Te he encontrado! ¡Estás vivo! ¡Estás aquí! Esto es lo que vale. Lo demás… Todo lo demás pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro: ahora ya no te vas a ir, ¿Verdad?

–                 Isaac, tengo a todo Israel para evangelizarlo. Me voy… Pero si no puedo quedarme; tú me puedes seguir y servir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?

–                 ¡Oh, pero no serviré!

–                 ¿Sabrás declarar que Yo Soy?… A pesar de las burlas y las amenazas, ¿Podrás afirmarlo?… ¿Y decir que Yo te llamé y tú viniste?

–                 Aun cuando Tú no lo quisieras, todo esto diría yo. En esto te desobedecería Maestro. Perdona que te lo diga.

Jesús sonríe:

–                 Entonces,  ¿Tú comprendes que eres bueno para hacerla de discípulo?

–                 ¡Oh! ¡Si no hay nada más que hacer! Pensaba que sería otra cosa más difícil. Que tendría que ir a la escuela de los rabinos, para poder servirte; Rabí de los rabinos… Y así de viejo ir a la escuela… (Isaac es un hombre que tiene 57 años)

–                 Ya has terminado la escuela, Isaac.

–                 ¿Yo? ¡No!

–                 Tú. Sí. ¿Acaso no has seguido creyendo y amando; respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo; sin tener envidia. Sin desear lo que era de otros; ni lo que era tuyo y ya no poseías; diciendo siempre la verdad, aun cuando te perjudicase. Sin fornicar con Satanás, al no cometer pecado alguno? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?

–                 Sí, Maestro.

–                 ¿Lo ves? La escuela ya la has terminado. Sigue así y añade la revelación de mi Presencia en el mundo. No tienes que hacer otra cosa.

–                 Ya te he predicado, Señor Jesús… Les hablé a los niños que venían cuando ya estaba casi inválido, por los golpes que me dieron en Belén y llegué a este poblado pidiendo un pan. Y a los niños de ahora, hijos de los primeros… los niños son buenos y creen siempre… les contaba de cuando naciste. De los ángeles, de la estrella, de los Magos… y de tu Madre. ¡Oh! ¡Dime! ¿Ella vive todavía?

–                 Vive. Y te manda saludos. Siempre habla de vosotros.

–                 ¡Oh! ¡Si pudiera verla! …

–                 La verás. Algún día vendrás a mi casa. María te saludará: ‘Amigo’

–                 María, sí. Es como tener miel en la boca al pronunciar ese nombre. Hay una mujer en Yutta que cuando era niña; fue una de mis pequeños amiguitos y estoy vivo por ellos. Me dieron siempre refugio y ayuda.

–                 Vamos a visitarlos mientras baja el sol. Les llevaremos una bendición por su caridad.

Y se van por donde los guía Isaac…

Durante todo este tiempo, Judas ha podido observar el tratamiento y la adoración que Jesús recibe de los que lo reconocen como Dios Encarnado. Y sin que él mismo se dé cuenta, un germen de celos y envidia empieza a crecer en su corazón... Satanás no está dispuesto a soltarlo tan fácilmente y aumenta su control sobre él, inyectando más pasiones desordenadas…    

Más tarde, cuando emprenden de nuevo la marcha…

Jesús camina en el centro del grupo, detrás de las ovejas que mordisquean la hierba de las veredas. Pregunta:

–                 ¿A qué hora llegaremos?

Elías responde:

–                 Alrededor de las nueve. Son casi diez kilómetros.

Judas pregunta:

–                 ¿Y después vamos a Keriot?

Jesús contesta:

–                 Sí. También iremos allá.

–                 ¿Y no era más corto ir de Yutta a Keriot? No está muy lejos, ¿No es así, pastor?

Elías contesta:

–                 Son más o menos dos kilómetros.

–                 Así que caminaremos veinte, inútilmente.

Jesús inquiere:

–                 Judas… ¿Por qué estás tan inquieto?

Judas lo niega:

–                 No lo estoy, Maestro. Pero me habías prometido venir a mi casa.

–                 Iré. Yo siempre cumplo mis promesas.

–                 Mandé avisar a mi madre y como Tú dijiste que con los muertos se está aún con el espíritu.

–                 Lo dije. Pero piensa bien, Judas. Tú por Mí, no has sufrido todavía. Éstos, hace treinta años que sufren y ni siquiera han traicionado mi recuerdo. Ni siquiera el recuerdo.No sabían si estaba vivo o muerto… Y sin embargo permanecieron fieles. Se acordaban de Mí cuando estaba recién nacido… Un Niño que no tenía otra cosa que llanto y deseo de leche… Y siempre me han reverenciado como Dios.Por causa mía, algunos ya han muerto. Han sido golpeados, maldecidos, perseguidos como un oprobio de la Judea. Y con todo, su fe no vaciló. Con los golpes no se secó. Sino que echó raíces más profundas y se hizo más robusta.

Judas titubea un poco y luego dice con determinación:

–                 A propósito. Hace ya varios días que una pregunta me quema los labios. Estos son amigos tuyos y de Dios. ¿No es cierto? Los ángeles los bendijeron con la paz del Cielo… ¿No es así?… Permanecieron justos contra todas las tentaciones, ¿No me equivoco?… Entonces explícame: ¿Por qué fueron desgraciados?… ¿Y Anna? ¿La mataron porque te amaba?

–                 ¿Y por lo tanto concluyes que mi amor y el amarme traigan desgracias? 

–                 No… Pero…

–                 Pero así esMe desagrada verte tan cerrado a la Luz y tan preocupado por las cosas humanas. No te metas, Juan. Ni tú tampoco, Simón. Prefiero que él hable.

No regaño jamás. Tan sólo deseo que abráis vuestros corazones para introducirlos a la Luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Tú partes de un juicio que también tienen muchos y que otros tendrán. Dije juicio, debería decir error. Pero como lo decís sin malicia; por ignorancia de lo que es la Verdad; por eso no es error, sino un juicio imperfecto, como puede tenerlo un niño. Sois niños, pobres hombres. Y Yo estoy como Maestro, para formaros hombres adultos. Capaces de discernir lo verdadero de lo falso. Lo bueno de lo malo. Lo excelente de lo bueno. Escuchad pues, ¿Que es la vida?

Es un breve tiempo en el que el hombre está en la Tierra; diría Yo en el limbo del Limbo; que el Padre dios os concede para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o bastardos. Para reservaros a partir de vuestras obras, un futuro eterno que ya no tendrá pruebas.

Decidme ahora:

¿Sería justo que alguien que ya tuvo el bien extraordinario de poder servir a Dios de una manera especial; posea también por toda la vida un bien continuo? ¿No os parece que ya es mucho bien y por lo tanto puede llamarse feliz; aun cuando no exista la felicidad en lo humano?… ¿No sería injusto que quien tiene ya la Luz de la manifestación Divina en el corazón y la paz de una conciencia que no está intranquila; tenga también honores y bienes terrenales?… ¿No sería una cosa hasta imprudente?

Simón Zelote responde:

–                 Maestro, pienso que sería hasta profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas en donde Tú estás?… Cuando uno te tiene…  Y éstos te han tenido. Han sido los únicos ricos en Israel, porque durante treinta años te poseyeron. No debe tener otra cosa… y nada ¡Pero nada que no seas Tú, debe entrar en el corazón que te posee! ¡Oh! ¡Si yo fuese como ellos!

Judas contesta con una ironía mordaz:

–                 Pero te apresuraste a volver a tomar tus bienes, tan pronto viste que el maestro te había curado.

Simón reconoce:

–                 Es verdad. Lo dije y lo hice. Pero… ¿Sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no lo sabes todo? Mi administrador tuvo órdenes escuetas. Desde que me curé pertenezco sólo a Jesús y dispuse de los bienes que un hombre honrado me conservó y yo di órdenes… ¡No! Esto no lo diré.

Jesús dice:

–                 Simón, los ángeles lo dicen por ti y lo escriben en el Libro Eterno.

Simón mira a Jesús. Los dos cruzan miradas. Una, llena de sorpresa y la otra, de bendición.

Judas exclama:

–                 ¡Cómo siempre! ¡Estoy equivocado!

Zelote le contesta:

–                 No, Judas. Tienes sentido práctico, tú mismo lo dices.

Juan interviene, dulce y conciliador:

–                 ¡Oh, pero con Jesús!… ¡También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico y ahora es al revés!… También tú Judas, llegarás a ser como él. Hace poco tiempo que estás con el Maestro, nosotros tenemos más y nos hemos mejorado.

Judas contesta resentido y de mal humor:

–                 Él no me ha querido. De otra manera hubiera sido suyo, desde la Pascua.

Jesús corta la conversación, al dirigirse a Leví:

–                  Ya se ven las casas.

Leví responde.

–                 Es Hebrón. Es como un jinete entre los dos ríos. Aquel caserón que resalta entre lo verde, un poco más alto que los demás, es la casa de Zacarías. ¿La ves, Maestro?

–                 Apresuremos el paso.

Caminan presurosos y llegan hasta la casa.

Elías exclama.

–                 ¡Oh, está cambiada! ¡Aquí estaba el cancel! Ahora hay un portón de hierro y una barda muy alta que nos impide ver.

Leví, dice:

–                 Tal vez estará abierto por detrás. ¡Vamos!

Dan vuelta a un vasto rectángulo, pero la valla está igual por todas partes.

Juan la observa detenidamente y observa:

–                 Es una valla construida hace poco.

Un viejo leñador deja de partir un tronco caído y se acerca al grupo, preguntando:

–                 ¿Qué buscáis?

Elías le contesta:

–           Queríamos entrar en la casa para orar en el sepulcro de Zacarías.

El hombre contesta:

–                 Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabías? Desde que Juan, hijo de Zacarías está en prisión; la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque todas las ganancias de sus bienes, las daba a los pobres de Hebrón. Una mañana vino un hombre de la corte de Herodes. Arrojó afuera a Joel el administrador. Puso los sellos; después regresó con trabajadores y empezó a levantar la muralla. Destruyó el sepulcro.

En la casa del sacerdote Zacarías; aquel infame ahora tiene a sus amantes. Actualmente hay una actriz de Roma; por eso levantó la muralla. ¡La casa del sacerdote, convertida en un prostíbulo! ¡La casa del milagro y del Precursor! Y… ¡Cuantas dificultades hemos tenido por causa del Bautista! ¡Pero es nuestro Grande! ¡El haber nacido aquí, fue ya un milagro!

Isabel, vieja como un cardo seco, fue fértil como un manzano en Adar. Después vino una prima que era una santa, a servirla y a desatar la lengua del sacerdote. Se llamaba María. La recuerdo aun cuando casi no la veía; sino muy raramente. ¿Cómo fue? No lo sé. Lo cierto es que Zacarías, después de nueve meses de silencio; habló, alabando al Señor y diciendo que ya había llegado el Mesías.

Mi mujer asegura que oyó cuando Zacarías; al albar al Señor dijo que su hijo iría delante de Él. Ahora yo digo que no es como la gente cree. Juan es el Mesías…

Jesús pregunta:

–                 ¿Si alguien te dijese ‘Yo soy el Mesías’? ¿Qué dirías tú?

El leñador responde sin vacilar:

–                 Lo llamaría blasfemo y lo arrojaría a pedradas.

–                 ¿Y si hiciese un milagro para probar que es Él?

–                 Diría que estaba endemoniado. El Mesías llegará cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la mayor prueba. Él es astuto y sabe que él es el Mesías.

–                 No nació en Belén.

–                 Pero cuando salga se manifestará en Belén. También Belén espera esto. ¡Oh! ¡Atrévete a hablar a los betlemitas de otro Mesías, si es que tienes valor!… y entonces verás…

–                 ¿Tenéis sinagoga?

–                 Sí. Por esta calle, sigue derecho y a unos quinientos codos…

–                 Adiós. Que el Señor te ilumine.

El viejecillo se va y Elías dice:

–                 Tal vez estará abierto por detrás.

Dan la vuelta y en el portón hay una joven muy bonita y vestida de una manera muy provocativa y descarada.

¡Es increíblemente hermosa y  dice:

–                 ¿Señor, quieres entrar en la casa?… ¡Entra!

Jesús la mira severamente, como un juez; pero no dice nada.

Judas la trata con desprecio:

–                 ¡Métete desvergonzada! ¡No nos manches con tu vaho, perra hambrienta!

La mujer se sonroja y baja la cabeza. Apenada, trata de desaparecer, mientras pilluelos y transeúntes se burlan de ella.

Jesús dice enojado:

–                 ¿Quién es tan puro que pueda decir: ‘Jamás he deseado la manzana que Eva ofreció’ Señálenmelo y Yo lo saludaré como ‘santo’?

¿Ninguno?… entonces; si no por desprecio; más por debilidad; si os sentís incapaces de acercaros a ella; ¡Retiraos! No obligo a los débiles a una lucha desigual.-se vuelve hacia ella y le dice- Mujer, quiero entrar. Esta casa era de un pariente mío, muy querido.

Ella contesta ruborizada:

–                 Entra Señor; si no sientes asco de mí.

Jesús indica:

–                 Deja la puerta abierta. Que el mundo vea y no murmure.

Jesús pasa serio. Majestuoso. La mujer se inclina subyugada y no se atreve a moverse. Las palabras punzantes de la gente la hieren en lo más vivo y se va corriendo hasta el fondo del jardín.

Mientras Jesús llega hasta el pie de la escalinata. Mira detenidamente a su alrededor y luego se dirige a donde está el sepulcro, que ahora ha sido convertido en un lararium.

Cuando llega hasta ahí, Jesús dice:

–                 Los huesos de los justos, aunque secos y dispersos; manan bálsamo de purificación y esparcen semillas de Vida Eterna. ¡Paz a los muertos que vivieron en el Bien! ¡Paz a los verdaderos grandes del mundo y del Cielo! ¡Paz!

Jesús ha dicho estas palabras, como una bendición.

La mujer que ha dado la vuelta, junto a la valla que lo rodea; se acerca a Él. Y le dice:

–                 ¡Señor!

–                 ¡Mujer!

–                 ¿Cuál es tu Nombre, Señor?

–                 Jesús.

–                 Jamás lo había oído. Soy romana, actriz y bailarina. No soy experta en ninguna otra cosa más que en lascivias. ¿Qué significa tu Nombre? El mío es Aglae y quiere decir vicio.

–                 El mío: Salvador.

–                 ¿Cómo salvas?… ¿A quién?

–                 A quien tiene buena voluntad de ser salvado. Yo salvo al enseñar a ser puros. A preferir el Dolor a la honra. A amar el Bien a toda costa.

Jesús habla sin acritud; pero tampoco se vuelve a mirarla.

Ella continúa detrás de Él:

–                 Yo estoy perdida.

–                 Yo… Soy el que busco a los perdidos.

–                 Yo estoy muerta.

–                 Yo Soy el que da Vida.

–                 Yo soy porquería y mentira.

–                 Yo Soy Pureza y Verdad.

–                 Bondad también eres. Tú que no me miras; no me tocas y no me pisoteas. Ten piedad de mí.

–                 Ante todo, primero tú ten piedad de ti, de tu alma.

–                 ¿Qué cosa es el alma?

–                 Lo que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio, el pecado, la mata. Y cuando está muerta el hombre se convierte en un animal repugnante.

–                 ¿Podré verte otra vez?

–                 Quien me busca, me encuentra.

–                 ¿En dónde estás?

–                 Donde los corazones tienen necesidad de Médico y de medicinas para volverse honestos.

–                 Entonces… No te veré más… yo estoy donde no se quiere médico, ni medicinas, ni honestidad.

–                 Nada te impide que vengas a donde Yo estoy. Por las calles mi Nombre será voceado y llegará hasta a ti. Adiós.

–                 Adiós, Señor. permíteme que te llame ‘Jesús’ ¡Oh! ¡No por familiaridad!… Sino para que penetre un poco de Salvación en mí. Soy Aglae. Acuérdate de mí.

–                 Sí. Adiós.

La mujer se queda en el fondo del jardín.

Jesús, serio; sale. Mira a todos. Ve la perplejidad en los discípulos… La burla, en los hebrositas. Un siervo cierra el portón.

Jesús camina hacia la sinagoga. Cuando llama, se asoma un viejo enjuto y le dice:

–                 La sinagoga está prohibida a los que comercian con prostitutas. Este lugar es santo. ¡Lárgate!

Jesús se queda callado y se regresa por la calle caminando en silencio. Los suyos le siguen… Cuando están fuera de Hebrón, empiezan a hablar.

Judas exclama:

–                 Pero Tú lo quisiste, Maestro. ¡Una prostituta!

Jesús le dice:

–                Judas, en verdad te digo que ella te superará. Y bien; ahora que me lo hechas en cara; ¿Qué me dices de los judíos? En los lugares más santos de Judea, se han burlado de nosotros y nos han arrojado… Pero así es. Vendrá el tiempo en que Samaría y los gentiles adorarán al Dios Verdadero y el Pueblo del Señor estará sucio de sangre y de un crimen… 

De un Crimen  respecto al cual el de las prostitutas que venden su carne y su alma; será poca cosa. No he podido orar sobre los huesos de mis primos y del justo Samuel. Pero no importa… Descansad, huesos santos. ¡Alegraos!, ¡Oh, espíritus que habitáis en ellos! La primera resurrección está cerca. Después vendrá el día en que seréis mostrados a los ángeles, como los siervos del Señor…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

7.- RECEPCIÓN EN BELÉN


La mañana siguiente al amanecer, Jesús contempla los pajarillos que cantan, charlan, pelean, vuelan, se cortejan. Alimentan a sus polluelos, se bañan, juegan… Y sonríe al ver a sus criaturas tan alegres.

Simón pregunta detrás de Él:

–                     ¿Tan temprano, Maestro?

Jesús contesta:

–                     Sí. ¿Todavía están durmiendo los otros?

–                     Todavía.

–                     Son jóvenes. Yo me bañé en el río. El agua está fresca y despeja la mente.

–                     Ahora sigo yo.

Mientras Simón se baña y luego se viste; asoman la cabeza Judas y Juan.

Los dos saludan y preguntan:

–                     Dios te guarde, Maestro.

–                      ¿Estamos retrasados?

Jesús les contesta
amoroso:

–                     No. Apenas amanece. Pero apresurémonos, porque ya nos vamos.

Los dos se asean y se visten. Cuando están listos, Jesús arranca unas florecillas que han brotado entre las piedras.

Las guarda en una cajita de madera mientras dice:

–                     Se las llevaré a mi Madre. Le gustarán. ¡Vámonos!

Judas pregunta:

–                     ¿A dónde, Maestro?

–                     A Belén.

–                     ¿De veras? A mí me parece que no nos sopla buen aire…

–                     No importa. Iremos a donde bajaron los Magos y donde me encontraron a Mí.

–                     Si es así, Maestro. Perdona y permite que organice yo. En Belén, en el albergue, seré yo el que hable y pregunte. En Judea no hay mucho cariño para los galileos y mucho menos aquí. Tú y Juan parecéis galileos por los vestidos tan sencillos y luego… ¡Esos cabellos! ¿Por qué os gusta tenerlos tan largos?… Simón y yo os daremos nuestro manto y vosotros nos daréis el vuestro. Simón, dale el tuyo a Juan. Y yo al Maestro. –mientras habla, hace lo que dice- Así… así… ¿Ves? Al punto parecéis un poco más judíos. Ahora, esto…- lo cubre con el capucho. Se lo acomoda en las mejillas, para ocultar sus largos cabellos rubios. Luego hace lo mismo con Juan.

Judas admira su obra:

–                     ¡Ah! ¡Ahora está mejor! ¡Tengo el sentido práctico!

Jesús recomienda:

–                     Sí. Es cierto, Judas. Tienes el sentido práctico, no hay duda. Pero procura que no exceda al otro sentido.

–                     ¿A cuál, Maestro?

–                     Al sentido espiritual.

–                     Lo haré. Pero en ciertos casos es mejor comportarse como políticos, más que como diplomáticos.

Jesús pregunta perplejo:

–                     ¿Qué quieres decir con eso?

Judas explica conciliador:

–                     Escucha. No te enojes. Es por tu bien. No me desmientas si digo algunas cosas que no son tan verdaderas.

–                     ¿Qué quieres dar a entender? ¿Por qué mentir? Yo Soy la Verdad y no amo la mentira. Ni en Mí, ni en los míos.

–                     Pero… es que sólo diré medias mentiras ‘convenientes’. O más bien, verdades a medias. Por otra parte, seré yo el que hable. En el fondo, habrá un poco de verdad. Mentira más, mentira menos…

–                     Pero, Judas. ¿Por qué engañar?

–                     No te preocupes, Maestro. El mundo se gobierna con mentiras. Algunas veces son necesarias. Bueno, para contentarte, diré que venimos de lejos y que somos judíos. Esto es verdad en un 75% y tú, Juan. ¡No abras para nada la boca! Nos delatarías.

Juan dice:

–                     No diré nada.

Judas advierte:

–                     Si las cosas salen bien… aunque no estoy tan seguro; diremos lo que falta. Pero no lo espero. Soy astuto y las tomo al vuelo.

Jesús advierte:

–                     Ya lo veo, Judas. Y me gustaría que fueras más sencillo.

Judas toma una actitud despreocupada y dice:

–                     Ser así,  sirve para muy poco. En tu grupo seré yo el que tome las misiones difíciles. Déjame que yo me las arregle.

Jesús no lo desea mucho, pero cede.

Empiezan a caminar y rodean las ruinas.  Encuentran un grupo de camellos y dromedarios.

Entran en Belén. Van a la plaza. Es día de mercado y está llena de gente. Y llegan al albergue. Por el portón abierto sale una hilera de asnos cargados con mercancías.

Judas es el primero en entrar. Adopta una pose arrogante y mira altanero a su alrededor. Agarra a un mozo bajito, sucio, andrajoso y le grita:

–                     ¡Mozo! ¡El patrón! ¡Pronto! ¡Muévete rápido que no estoy acostumbrado a esperar!

El muchacho por ir rápido, tira la escoba.

Jesús exclama:

–                     ¡Pero, Judas! ¡Qué modales!

Judas responde sin abandonar su postura:

–                     Por favor, Maestro. No digas nada. Déjame que yo me las entienda. Nos deben creer ricos y de ciudad.

El patrón viene corriendo y se deshace en inclinaciones delante de Judas que se ve muy majestuoso con su rica vestidura de color oro pálido con rayas y franjas de diferentes colores y el manto rojo acerino de Jesús.

Judas habla con altivez:

–                     Nosotros venimos de lejos. Somos judíos de la comunidad asiática. –señala a Jesús- Este betlemita de nacimiento busca a sus queridos amigos de aquí. Y nosotros junto con Él venimos desde Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos informes?

El hombre contesta obsequioso:

–                     Señor, estoy para servirte. Ordena.

–                     Necesitamos noticias de muchos. Buscamos a Anna, la mujer que habitaba aquí frente al albergue.

–                     ¡Oh! ¡Desgraciada! No encontrarás a Anna sino en el Seno de Abraham y a sus hijos con ella.

–                     ¿Muerta? ¿Por qué?

–                     ¿No sabéis nada de la matazón de Herodes? ¡Todo el mundo habló de él y hasta César lo declaró: ‘Cerdo que se alimenta de sangre’ ¡Bah! ¡Oh, qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres en realidad judío?

–                     He aquí la señal de mi tribu. – Le muestra un símbolo bordado en su vestido-Así pues, habla.

–                     A Anna la mataron los soldados de Herodes, con todos sus hijos, menos una.

–                     ¿Pero por qué?… ¡Era muy buena!

–                     ¿La conociste?

Judas apenas tiene 23 años de edad y se le notan. Pero no se desconcierta en lo más mínimo.

Y miente descaradamente:

–                     ¡Vamos que sí!

El hombre hace un gesto evadiendo y responde:

–           La mataron porque dio hospitalidad a los que se decían ser padre y madre del Mesías… pero mejor vayamos a aquella habitación. Las paredes tienen oídos. Y hablar de ciertas cosas, es peligroso.

Los pasa a una habitación pequeña y se sientan sobre un diván. El hombre continúa:

–                     ¡Ea! ¡He tenido buen olfato! No por nada soy hospedero. Tengo la malicia en la sangre. En este negocio hay que usarla porque conoces mucha gente. Yo no los quise. Hubiera podido encontrarles un rincón. Pero sólo eran unos galileos pobres y desconocidos. ¡He! ¡A Ezequias no se le engaña! Luego, luego se notaba que eran diferentes. Aquella mujer tenía algo que me hacía rechazarla.

Anna era más inocente que una ovejilla. Y los hospedó un tiempo, ya con el niño. Decían que era el Mesías. ¡Oh! ¡Cuánto dinero gané en aquellos días! ¡Qué censo, ni qué nada! Venían aún aquellos que no tenían nada a qué venir. Durante meses vinieron muchos de tierras lejanas. ¡Qué ganancias tuve! Finalmente vinieron tres reyes poderosos.

Tres Magos… ¡Qué sé yo! Tenían un cortejo que no acababa nunca. Me rentaron todas las habitaciones y me compraron con oro tanto heno, como para todo un mes. Y al día siguiente se fueron, dejándolo todo. ¡Oh! Yo solo puedo hablar bien del Mesías verdadero o falso que haya sido. Me permitió ganar dinero por montones. Yo no he tenido ningún desastre. Ni siquiera muertos, porque apenas me había casado. ¡Pero a los demás!…

–                     Queremos ver los lugares de la matanza.

–                     ¿Los lugares?… pero eso ocurrió en todas las casas. Fueron muchísimos muertos. Venid conmigo.

Suben por una escalera hasta una gran terraza. Desde lo alto se ven grandes terrenos y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

–                     ¿Veis aquellas ruinas? Allí ardieron también las casas, porque los padres defendieron a sus hijos con las armas. ¿Veis aquello que parece un pozo cubierto de hierba?… son los restos de la sinagoga. Fue quemada junto con el arquisinagogo que aseguraba que aquel era el Mesías. La quemaron los que enloquecieron por el dolor en la matanza de sus hijos. Allá… ¿Veis aquellos sepulcros? Son los de las víctimas.

Todos eran unos niños inocentes. También los padres y las madres de ellos. ¿Veis aquel tanque de agua? El agua se volvió roja, después de que los sicarios lavaron sus armas y sus manos en ella. Allá está el río. También enrojeció con la sangre que recogía de las cloacas. Y allí, exactamente frente a mí. Está lo único que queda de Anna.

Jesús está llorando.

El hospedero le pregunta:

–                     ¿La conocías mucho?

Judas le responde:

–                     Era como una hermana para su Madre.-se vuelve hacia Jesús- ¿O no es así, amigo mío?

Jesús contesta:

–                     Sí.

El hospedero dice:

–                     Lo comprendo-y se queda pensativo.

Jesús se acerca a Judas y le dice algo en voz queda.

Judas dice al hospedero:

–                     Mi amigo quiere ir a aquellas ruinas.

–                     ¡Que vaya! ¡Pertenecen a todos!

Se van y el hospedero queda desilusionado, pues no le piden hospedaje. Atraviesan la plaza y suben por la escalera, que es lo único que está en pie.

Al subir, Jesús dice:

–                     Por aquí, mi Madre me hizo saludar a los Magos y por aquí bajamos para ir a Egipto.

Hay gente que los mira a los cuatro en las ruinas y uno pregunta:

–                     ¿Parientes de la muerta?

El hospedero contesta:

–                     Amigos.

Una mujer grita:

–           Por lo menos vosotros no hagáis daño a la muerta, como lo hicieron sus enemigos mientras vivía y después escaparon ilesos.

Jesús está de pie sobre el balconcillo, de espaldas al pequeño muro. Detrás de Él no hay nada. Esto hace que el sol al iluminarlo, resalta más su vestidura de lino blanquísimo, con el manto multicolor de Judas, cayéndole por la espalda.  Atrás, al fondo de lo que fuera el jardín de Anna y que ahora es una ruina llena de arbustos.

Jesús extiende los brazos…

Y Judas que ve el gesto, dice con angustia:

–                     ¡Oh, no!… ¡No hables! ¡Sé prudente!

Pero Jesús llena la plaza con su potente voz:

–                     ¡Hombres de Judá y de Belén, escuchadme! ¡Oídme vosotras, mujeres de la sagrada tierra de Belén! ¡Oíd a uno que viene de David. Que ha sufrido persecuciones. Que se honra con hablaros y lo hace para darles luz y consuelo! ¡Escuchadme!

La multitud deja de hablar, de pelear, de comprar y se amontona. Dicen varios al mismo tiempo:

–                     Es un rabí.

–                     Ciertamente que viene de Jerusalén.

–                     ¿Quién es?

–                     ¡Qué hermoso es!

–                     ¡Qué voz tiene!

–                     ¡Qué ademanes!

–                     ¡Y es de descendencia de David!

–                     ¡Entonces es nuestro!

–                     ¡Oigamos! ¡Oigamos!

Y todos se acercan a la escalera que ahora sirve de púlpito.

Jesús dice:

–                     De lejanas tierras he venido a  venerar la tumba de Raquel. He escuchado el bramido de dolor de Jacob, en el dolor de los esposos viudos que están sin mujer porque el dolor las mató… Lloro junto con vosotros. Pero oíd, hermanos de la tierra mía. Belén, tierra bendita, la más pequeña entre las ciudades de Judá, pero la mayor ante los ojos de Dios y del linaje humano…

Al principio todos quedan admirados con su sabiduría, pero a lo largo del discurso, al mencionar al Salvador y después a las profecías y a la Madre de Él, empiezan a dar indicios de agitación.

Judas suplica:

–                     ¡Calla, Maestro! ¡Por favor, vámonos!

Pero Jesús no le hace caso y continúa:

–                     …al Mesías que salvó la Gracia de Dios Padre de los tiranos, para conservarlo para el pueblo, para la salvación del mismo y…

Lo interrumpe una que mujer grita. Se abre el vestido y  mostrando una teta mutilada sin el pezón, dice:

–                     ¡Aquí! ¡Aquí en esta teta me degollaron a mi primogénito! ¡La espada le partió la cara, junto con mi pezón! ¡Oh! ¡Eliseo, mío! –el último grito es histérico.

Y empieza la gritería y el tumulto.

–           ¿Y yo?… ¿Y yo? He ahí mi palacio: tres tumbas en una que el padre vigila. Marido e hijos juntos.

–           Si existe el Salvador que me devuelva a mis hijos, a mi esposo y que me salve de la desesperación.

–           ¡Qué me salve Belcebú!

–           ¡A nuestros hijos! ¡A nuestros hijos!

–           ¡A nuestros maridos y padres!

–           ¡Qué nos los devuelva si existe!

Jesús agita los brazos para imponer silencio.

Luego dice:

–                     Hermanos de la misma tierra. Gustoso devolvería también la carne, es decir, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos. Resignaos. Perdonad. Esperad y alegraos con la esperanza. Regocijaos con la seguridad de que pronto volveréis a tener a vuestros hijos; ángeles en el Cielo, porque el Mesías va a abrir pronto la Puerta del Cielo y si fuereis justos, la muerte será vida que viene y amor que regresa…

Un hombre grita:

–                     ¡Ah!… ¡Así que Tú eres el Mesías!… ¡En el Nombre de Dios! ¡Dilo!

Jesús baja los brazos con un ademán dulce y calmado, que parece un abrazo y contesta:

–                     Lo Soy.

Esto es como un detonante.

–                     ¡Lárgate! ¡Lárgate!… Entonces… ¡Tú tienes la culpa!

Vuela una piedra entre silbidos e insultos.

Judas tiene un bello gesto…

¡Si así hubiera sido siempre! Se interpone ante el Maestro, con el manto desplegado. Enfrenta a la multitud enfurecida. Y sin miedo alguno recibe todas las pedradas.

La sangre le corre por las heridas y dice a Juan y a Simón:

–                     ¡Llevaos a Jesús a aquel bosque! ¡Yo iré después! ¡Id, en nombre del Cielo! –se vuelve hacia la multitud y les grita- ¡Perros rabiosos! ¡Soy sacerdote del Templo! ¡Y al Templo y a Roma os denunciaré!

Todos se paralizan por un momento, por el miedo. Pero luego retoman las piedras.

Judas las recibe impávido…

Es imposible no pensar ‘¡Qué formidable apóstol hubiera sido, si siempre se hubiera mantenido así! ¡Y con injurias responde a las maldiciones que le lanzan! Aún más. Coge al vuelo una piedra y la revierte contra la cabeza de un viejillo que grazna como garza desplumada. Y como tratan de atacar la escalerilla. Rápido toma una rama seca que está tirada en el suelo y le da vueltas sin piedad, azotando espaldas cabezas y manos, hasta que los soldados acuden y se abren paso con  sus lanzas.

Uno de ellos le pregunta:

–           ¿Quién eres y porqué esta riña?

Judas se sacude la tierra y dice con displicencia:

–           Un judío asaltado por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí a quién los sacerdotes conocen. ÉL hablaba a estos perros. Pero se han desencadenado y nos atacaron.

–           ¿Quién eres?

–           Judas de Keriot. Pertenecía al Templo, pero ahora soy discípulo del Rabí, Jesús de Galilea. Soy amigo de Simón el fariseo; de Yocana el saduceo; de Sadoc, el gran escriba; de José de Arimatea, consejero del Sanedrín. Y todo esto puedes comprobarlo con Eleazar ben Annás, el gran amigo del Procónsul.

–           Lo verificaré. ¿A dónde  vas?

–           Con mi amigo a Keriot y después a Jerusalén.

–           Vete tranquilo. Te cuidaremos la espalda.

Judas da al soldado unas monedas. Debe ser cosa ilícita pero usual, porque el soldado las toma, saluda y sonríe. Judas salta… Y se va brincando y corriendo a campo traviesa, hasta llegar a donde están sus compañeros.

Jesús le pregunta preocupado:

–                     ¿Estás muy herido?

Judas contesta alegremente:

–           No es gran cosa, Maestro. Y… ¡Fue por Ti! Pero también yo me defendí. Aunque creo que estoy todo manchado.

Juan dice:

–                     Aquí hay un arroyito.-Y moja un pedazo de tela y limpia la mejilla de Judas al tiempo que le dice- Tienes sangre en la cara.

Jesús agrega:

–                     Me desagrada, Judas… Pero mira que decir también a ellos que era judío, según tu sentido práctico…

–                     Pero eres judío por nacimiento…  Son unos brutos. Espero que te habrás convencido Maestro y que no insistirás…

–                     ¡Oh, no! No por miedo. Sino porque ahora es inútil. Cuando no se nos quiere, no se maldice y lo mejor es retirarse; rogando por las multitudes que mueren de hambre y que no ven el Pan. Vámonos por este camino retirado…  Creo que por aquí se puede llegar a Hebrón… Pastores sí que encontraremos…

–                     ¿Para qué nos den otra apedreada?

–                     ¡No! Para decirles “Yo Soy”

Judas levanta los brazos y exclama:

–                     ¡Ah! Está perfecto. ¡Diles que eres Dios! Entonces sí nos irá peor y ahora sí que nos darán de palos. ¡Hace treinta años que padecen por causa tuya!…

–                     Veremos…

Y se internan en un tupido bosque  sombrío y  fresco. Luego siguen por el camino indicado por Jesús. Después llegan a un pastizal, donde hay un gran rebaño de ovejas que están cuidando tres hombres. Uno es viejo, canoso y los otros dos están entre los treinta y los treinta y cinco años.

Jesús camina decidido, alto, hermoso, con el sol poniente sobre su rostro. Deslumbrante en sus vestiduras blancas.

Cuando llega al borde del pastizal, los saluda:

–                     La paz sea con vosotros, amigos.

Los tres se miran sorprendidos y luego voltean a verlo.

El más viejo dice:

–                     ¿Quién eres?

Jesús contesta:

–                     Uno que te ama.

–                     Serás el primero después de muchos años. ¿De dónde vienes?

–                     De Galilea.

–                     De Galilea… ¡Oh!

El hombre lo mira con más atención. Y dice:

–                  También Él era uno que venía de Galilea… ¿De qué lugar?

–                     De Nazareth.

–                     ¡Oh! Entonces dime, ¿Ha regresado por fortuna un Niño con una mujer que se llamaba María y con un hombre que era llamado José. Un Niño hermoso que nació en Belén de Judá, cuando fue el Edicto. Un niño que después huyó para fortuna del mundo. Un niño por quién daría la vida si supiera que está vivo y por ahora ya será un hombre.

–                     ¿Por qué dices que fue una gran suerte para el mundo que Él hubiera huido?

–                     Porque Él era el salvador. El Mesías y Herodes lo quería matar. Yo no estaba cuando huyeron… Cuando me enteré de la matanza y regresé… Yo también tenía hijos… y una mujer…(sollozo) Y me dijeron que fueron asesinados. (sollozo) Pero te juro por el Dios de Abraham que temblaba yo más por Él, que por mi propia carne. (sollozo)… Supe  que había huido y no pude ni siquiera preguntar. Ni recoger a mis propios hijos degollados… A pedradas como si fuera yo un leproso, un asesino, me trataron… Y tuve que huir para llevar una vida de lobo… ¡Hasta que encontré un patrón! ¡Oh! Anna no existe más… ¡Es cosa dura y cruel! Si pierdo una oveja, debo pagar el triple de su valor… pero ¡No importa!… He dicho siempre al Altísimo: Permíteme que vea a tu Mesías. Al menos que sepa que está vivo y todo lo demás no es nada.

Pude haber devuelto mal por mal o hacer el mal robando, para no sufrir con el patrón. Pero sólo he querido perdonar, padecer, ser honrado. Porque los ángeles dijeron: Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad…”

–                     ¿Exactamente así dijeron?

–                     Sí, señor. Créelo al menos tú que eres bueno. Al menos tú piensa y cree en el Mesías que ha nacido. Nadie lo quiere creer. Pero los ángeles no mienten… Y no estábamos borrachos como luego dijeron. Mira, éste era entonces un niño y fue el primero en ver al ángel. Lo único que bebía era leche.

PASTORCITO

¿Puede la leche emborrachar a alguien? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David, ha nacido el Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y lo reconoceréis así: encontraréis a un Niño, recostado en un pesebre, envuelto en pañales.”

–                     ¿De veras así dijeron? ¿No oísteis mal? ¿No os habéis equivocado, después de tanto tiempo?

–                     ¡Oh, no! ¿Verdad, Leví?…para no olvidar esto, -no lo habríamos logrado porque eran las palabras del Cielo, que se esculpieron con fuego del Cielo en nuestros corazones- Todas las mañanas cuando el sol se levanta y todas las noches, cuando brilla la primera estrella. Decimos esas palabras como una oración. Bendición, fuerza y consuelo, junto con su Nombre y el de su Madre.

–                     ¡Ah! ¿Decís Mesías?

–                     No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos Altísimos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Por Jesús el Mesías que nació de María, en un pesebre de Belén y que envuelto en pañales estaba allí. Él, que es el salvador del mundo.”

–                     Pero entonces… ¿A quién buscáis?

–                     Al Mesías. A Jesús, Hijo de maría. Al Nazareno. Al Salvador.

Jesús abre los brazos y dice sencillamente:

–                     Yo Soy.

Jesús resplandece al decirlo. Al manifestarse a estos hombres tenaces que lo han amado. Tenaces, fieles, pacientes.

–                     ¡Tú! ¡Señor! ¡Salvador nuestro! ¡Jesús!

Los tres se postran en tierra y besan los pies de Jesús, llorando de alegría.

Jesús dice:

–                     Levantaos. Levántate, Elías. También tú, Leví. Y tú…

El tercer pastor se presenta:

–                     José. Hijo de José.

–                     Estos son mis discípulos. Juan, galileo. Simón y Judas, judíos.

Los pastores, que ahora están de rodillas, adoran al salvador con ojos llenos de amor. Con los labios temblorosos por la emoción. Con los rostros colorados por la alegría. Jesús se sienta en la hierba.

Elías dice:

–                     No, Señor. En la hierba Tú, no; Rey de Israel.

Jesús, sonriendo con amor contesta:

–                     No os preocupéis amigos. Soy pobre. Un carpintero por el orbe. Rico solo de amor por el mundo y amor que los buenos me dan. Vine para estar con vosotros. Para compartir con vosotros el pan de esta noche. Dormir a vuestro lado, sobre el heno y recibir consuelo de vosotros…

Los tres dicen al mismo tiempo:

–                     ¡Oh!

–                     ¡Consuelo!…

–                     Somos hombres sin educación y perseguidos.

–                     También Yo lo estoy. Pero vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que aguanta durante años y al fin florece. ¿Lo veis? Supisteis esperarme al creer sin dudar que Yo era y… ¡Heme aquí!

Elías exclama:

–                     ¡Oh, sí! Has venido. Ahora aunque me muera. Ya no tengo nada que me dé dolor porque lo que esperé; ya lo tengo.

–                     No, Elías. Vivirás hasta después del triunfo del Mesías. Tú que viste mi alba, debes ver mi resplandor. ¿Y los otros? Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonathás, Daniel, Simeón, Juan, José y Benjamín. Mi madre me decía siempre vuestros nombres; porque era el nombre de mis primeros amigos.

Los pastores están cada vez más conmovidos.

Jesús insiste:

–                     ¿Dónde están los demás?

Elías responde:

–                     El viejo Samuel, hace veinte años que murió. Era ya un anciano. A José lo mataron peleando en la puerta de la salida, para dar tiempo a su esposa para que huyera con éste, al que hacía pocas horas había dado a luz. Yo lo recogí por amor a mi amigo… y también para tener niños alrededor. También tomé conmigo al pequeño Leví… Lo perseguían.

Benjamín con Daniel, pastorean en el Líbano. Simón, Juan y Tobías; que ahora prefiere que se le llame Matías, en recuerdo de su padre; al que también mataron; son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac está solo en Yutta, con los riñones despedazados y sumido en la mayor miseria.

Lo ayudamos cómo podemos… pero nos golpean a todos. Y son gotas de rocío en un incendio. Jonathás es ahora servidor de uno de los grandes de Herodes.

–                     ¿Cómo pudisteis, sobre todo Jonathás, Jonás, Daniel y Benjamín, encontrar esos trabajos?

–                     Me acordé de Zacarías, tu pariente… Tu madre me había mandado una vez con él. Y cuando nos encontramos en los desfiladeros de Judea; fugitivos y maldecidos, los llevé a su casa.

Se portó bien. Nos protegió. Nos dio de comer y nos buscó un patrón como pudo. Yo me quedé con el herodiano… Cuando el Bautista llegó a la edad adulta y empezó a predicar; Simeón, Juan y Matías, se fueron con él.

–                     Pero el Bautista ahora está prisionero.

–                     Sí. Y ellos cerca de Maqueronte  están de ronda; con un pequeño rebaño, para no levantar sospechas. Las ovejas son de un hombre rico que es discípulo de Juan, tu pariente.

–                     Me gustaría verlos a todos.

–                     Sí, Señor. Iremos a decirles: “Venid. Él está vivo, se acuerda de vosotros y os ama”

Jesús agrega:

–                     Y os quiere entre sus amigos.

–                     Sí, Señor.

–                     Pero primero iremos a ver a Isaac. ¿En dónde están sepultados Samuel y José?

–                     Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José no tiene tumba, Señor. Murió en su casa incendiada, por los soldados de Herodes.

–                     No entre las llamas de los crueles; sino entre las llamas purificadoras del Señor. Pronto estará en la Gloria. Yo te lo digo a ti José, hijo de José. Yo te lo aseguro. Ven a que te bese, para agradecer a tu padre.

El pastor más joven se acerca y Jesús lo abraza y lo besa en la frente, tomándole la cara entre las manos.

Elías dice:

–                     ¿Y mis niños?

–                     Son ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el ‘Gloria’, cuando el Salvador sea  coronado.

–                     ¿Rey?

–                     No. Redentor. ¡Qué cortejo de justos y santos! ¡Adelante irán las falanges blancas y purpurinas de los niñitos mártires! Y al abrirse las Puertas del Limbo; subiremos juntos al reino en donde no existe la muerte. ¡Y luego volveréis a encontrar en el Señor a vuestros padres, madres e hijos! ¿Lo creéis?

–                     Sí, Señor.

–                     Llamadme Maestro. Ya la noche va bajando. La primera estrella ha nacido. Di tu Oración antes de cenar…

Las ovejas ya no pastan. Se reúnen en un grupo compacto, esperando a que las lleven a su redil. Los pastores las guardan y prenden hogueras. Beben leche recién ordeñada. Los apóstoles se duermen pronto, pues están cansados. Jesús y los pastores hablan de José, de la Huida a Egipto y de lo que ha sucedido con los demás pastores…

Y después le preguntan a Jesús:

–           Somos pastores sin educación. ¿Qué podemos hacer para servirte?

–           Ahora voy por Judea. Siempre los discípulos os mantendrán informados. Después haré que vayáis conmigo. Entretanto, reuníos. Procurad que todos estén enterados de mi Presencia en el mundo, como Maestro y Salvador. No os prometo que siempre se os creerá. Pero así como supisteis ser fuertes y justos en la esperanza, así también sedlo ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yutta y luego a Hebrón. ¿Podéis venir?

–           ¡Oh, sí! Los senderos son de todos y los pastizales de Dios. Tan solo el odio injusto nos tiene alejados de Belén. Los otros poblados, sólo se burlan de nosotros. Nos llaman ‘Borrachos’ Por esto muy poco podremos hacer allí.

–           Os llamaré para que vayáis a otras partes. No os abandonaré.

–           ¿Por toda la vida?

–           Por toda mi vida.

–           No. Primero moriré yo, Maestro. Soy viejo.

–                      ¿Lo crees? ¡No! Yo. Una de las primeras caras que vi, fue la tuya, Elías. Y será una de las últimas. Llevaré conmigo en mi pupila, tu cara consternada de dolor a causa de mi muerte. Pero después tu cara llevará en el corazón; el irradiar de una mañana triunfal y con ella, esperarás la muerte: el encuentro eterno con Jesús, a quién de pequeñito adoraste. También entonces los ángeles cantarán el ‘Gloria’, para los hombres de buena voluntad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA