9.- UN SUEÑO EQUIVOCADO


En un valle entre las montañas de Judea. Por los campos bien labrados se ve la cebada, el centeno y los viñedos. También en las partes más altas, hay bosques de pinos, de abetos y otros árboles de maderas preciosas. Por un camino ondulante llegan a un pequeño poblado, Jesús y tres de sus apóstoles.

Judas dice muy agitado:

–                 Este es el suburbio de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después vamos a Keriot. ¿Me permites que vaya adelante, Maestro?

Jesús le contesta:

–                 Ve, si quieres.

Judas se va y Simón dice:

–                 Maestro, Judas ha preparado algo grande. Antes lo sospechaba, pero ahora estoy seguro. Tú dices: ‘Espíritu, espíritu, espíritu…’ Pero él no lo entiende así. Jamás te entenderá, pues solo piensa en lo material. O lo hará muy tarde… -corrige finalmente para no disgustar a Jesús.

Jesús da un suspiro y calla.

Llegan a una bella casa que está en medio de un jardín frondoso y muy bien cultivado. Judas sale con una mujer que tiene alrededor de unos cuarenta años. Es muy alta y muy hermosa. Inmediatamente se nota que es de ella, de quién Judas ha heredado su belleza y su cabello castaño oscuro, abundante y ondulado. Sus ojos son iguales y diferentes. Tienen el mismo color gris oscuro; pero los de ella, tienen una mirada suave y más bien triste; mientras que los de Judas, son imperiosos y astutos.

Cuando llegan ante Jesús, ella se postra como una verdadera súbdita y dice:

–                 Te saludo, Rey de Israel. Haz el favor de que tu sierva te dé hospitalidad.

Jesús la mira con amor y dice:

–                 La paz sea contigo, mujer. Y Dios sea contigo y con tu hijo.

Ella contesta con una voz que es más bien un suspiro, que una respuesta:

–                 ¡Oh sí, con mi hijo!…

–                 Levántate madre. También yo tengo una madre y no puedo permitir que me bese los pies. En nombre de mi madre te beso, mujer. Es tu hermana en el amor… -añade enigmáticamente- … y en el destino doloroso de madre de los señalados.

Judas pregunta un poco inquieto:

–                 ¿Qué es lo que quieres decir, Mesías?

Pero Jesús no le responde. Está abrazando cariñosamente a la mujer, a la que ha levantado del suelo y a quién besa en las mejillas. Y luego, de la mano con ella; camina hacia la casa. Entran en una habitación fresca y adornada con festones. Sobre las mesas hay bebidas y frutas frescas. Ella hace una señal a la sierva y ésta trae agua y toallas.

La madre de Judas trata de quitar las sandalias a Jesús, para lavarle los pies llenos de polvo; pero Jesús se opone diciendo:

–                 No, madre. La madre es una criatura muy santa.  Sobre todo cuando es honrada y buena como tú lo eres; para permitir que lo hagas como si fueras una esclava.

Ella voltea y mira fijamente a Judas, con una mirada extraña. Y luego se va.

Mientras tanto Jesús se ha refrescado y cuando está a punto de ponerse las sandalias, la mujer regresa con un par nuevo y dice:

–                 Aquí están éstas, Mesías nuestro. Creo que las hice bien… Tal y como las quería Judas. Él me dijo: ‘Un poco más grandes que las mías, pero igual de anchas’

Jesús mira a Judas con un mudo reproche y pregunta:

–                 ¿Por qué, Judas?

Judas responde:

–         ¿No quieres permitirme que te haga un regalo? ¿Acaso no eres mi Rey y mi Dios?

–                 Sí, Judas. Pero no debías haber molestado tanto a tu madre. Tú sabes como  Soy Yo…

–                 Lo sé. Eres Santo. Pero también debes aparecer como un Rey Santo. Así es como debe ser. El mundo en el que nos movemos está compuesto de tontos. A nueve de cada diez, les importan mucho las apariencias y es necesario imponerse con la presencia. Esto es muy importante… Yo lo sé.

Jesús calla y se amarra las sandalias de fina piel roja, que van desde el empeine hasta las pantorrillas. Son mucho más hermosas, exquisitas y elegantes; que las sencillas sandalias de obrero que usa Jesús. Son semejantes a las de Judas, que parecen unos zapatos a los que apenas si se les ve algo del pie.

Entonces la madre de Judas, le entrega una túnica nueva y dice:

–                 También el vestido Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas. Pero él te lo regala. Es de lino; fresco y nuevo. Por favor, permite que una madre te vista, como si fueses su hijo.

Jesús vuelve a mirar a Judas, pero no contradice. Se suelta en el cuello la cinta… y cae la amplia túnica. Se queda solamente con la túnica corta. La mujer le pone el vestido nuevo y le ofrece un cinturón que es una faja muy rica, recamada con hilos de oro; de la que sale un cordón, que termina con muchos hilos. Es indudable que los elegantes vestidos frescos y limpios de polvo, son muy confortables. Pero Jesús no parece muy contento…

Los demás también se han aseado.

Y Judas; como el anfitrión perfecto, invita:

–                 Ven Maestro. Son de mi pobre huerto. Éste es el jugo de manzanas que mi madre prepara. –le alarga un vaso de cristal labrado exquisitamente. Y agrega- Tú Simón, tal vez te guste más, este vino blanco. Toma. Lo elaboramos en mi viñedo. Y tú Juan, ¿Igual que el maestro?

Juan asiente con la cabeza.

Judas está feliz, mostrando sus hermosos vasos y en lo más profundo de su corazón, se regodea con la oportunidad de presumir que lo que posee, no sólo es lo mejor de lo mejor; sino que sólo un sacerdote, descendiente de la clase sacerdotal; es decir, la élite del Pueblo de Israel; tiene la riqueza y la clase para honrar a Dios.

La madre habla poco. Mira una y otra vez a su Judas. Pero mira mucho más a Jesús. Y cuando Él antes de comer; le ofrece la fruta más hermosa y jugosa: un durazno muy grande y de un color que manifiesta su punto óptimo, para ser ingerido; mientras le dice:

–                 Primero es la madre.

Una lágrima como una perla, asoma a sus ojos.

Judas pregunta:

–                 ¿Mamá; todo lo demás está listo?

Ella contesta titubeante:

–                 Sí, hijo mío. Creo que todo lo he hecho bien. Yo he vivido siempre aquí… Y no sé…  no conozco las costumbres de los reyes.

Jesús interviene interrogante:

–                 ¿A qué costumbres te refieres, mujer? ¿A qué reyes?  Pero… ¿Qué has hecho, Judas?

Judas contesta a la defensiva:

–                 Pero… ¿Acaso no eres Tú, el Rey Prometido a Israel? Es hora de que el mundo te salude como a tal. Lo que debe suceder, tiene que ser por vez primera aquí en mi ciudad y en mi casa. Yo te venero como a tal. Por el amor que me tienes, respeto tu Nombre de Mesías, de Rey. El Nombre que los profetas te dieron por orden Yeove. Y por favor no me desmientas.

Jesús se dirige a todos:

–                 Mujer… Amigos, permítanme un momento. Debo hablar con Judas. Debo darle órdenes precisas. –su Voz es una orden perentoria.

La madre y los discípulos se retiran.  Y Luego; volviéndose hacia el discípulo que conoce perfectamente su identidad:

–                 Judas, ¿Qué has hecho? ¿Hasta ahora me has entendido tan poco? ¿Por qué me has rebajado hasta el punto de hacerme tan solo un poderoso de la tierra? ¿Aún mucho más: a uno que se esfuerza en ser poderoso? ¿No entiendes que es una ofensa a mi misión y hasta un obstáculo? Israel está sujeto a Roma. Tú sabes lo que ha sucedido cuando alguien con apariencia de cabecilla, ha querido levantarse contra Roma y crea sospechas de fomentar una guerra de liberación. Has oído justamente en estos días, como se encrudecieron contra un Niño, tan solo porque se pensó que fuese un futuro Rey, según el mundo.

¡Y tú!…  ¡Tú! ¡Oh, Judas!…  ¡Pero qué es lo que esperas de un poder mío, humano!  ¿Qué esperas?…  ¡Te he dado tiempo para que pensaras! Y decidieras. Te hablé muy francamente desde la primera vez. Te he rechazado, porque sabía…  Porque sé. Sí. Porque sé…  Porque lo leo y veo, lo que hay en ti. ¿Por qué quieres seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te hagas daño y no me lo hagas… ¡Vete!…  Es lo mejor para ti. No eres un obrero apto para esta obra… Es muy superior a ti. En ti hay mucha soberbia. Concupiscencia con sus tres ramas. Autosuficiencia. Tú misma madre debe tener miedo de ti. Tienes inclinación hacia la mentira. ¡No! Así no debe ser el que me siga…

Judas, Yo no te odio. No te maldigo y tan solo te digo con el dolor del que ve que no se puede cambiar al que ama… Tan solo te digo: ‘Vete por tu camino. Ábrete camino en el mundo, que es el lugar que tú quieres: pero No te quedes conmigo’ 

¡Mi camino! ¡Mi Palacio! ¡Oh, cuánta aflicción hay en ellos! ¿Sabes en donde seré Rey? ¿Sabes cuándo seré proclamado Rey?…

¡Cuando sea levantado en un madero infame y tendré mi Sangre por púrpura! ¡Por corona un tejido de espinas; por bandera un cartelón de burla! Por trompetas, tambores, organillos y cítaras, que saluden al proclamado Rey: ¡Blasfemias de todo un pueblo! De mi Pueblo, que no habrá entendido nada. Corazón de bronce en quién la soberbia; el sentido y la avaricia, habrán destilado sus humores. Y éstos habrán producido como flor: un montón de serpientes que se unirán como una cadena contra Mí y como maldición en contra de él.

Los demás no conocen así; tan claramente, mi suerte… y te ruego que no lo digas. Que esto quede entre tú y yo. Por otra parte es un regaño…  Y tú callarás por no decir: ‘Me regañaron’ ¿Has entendido, Judas?

Judas está muy colorado. De pié ante Jesús, está avergonzado, con la cabeza baja. Se deja caer y llora con la cabeza pegada a las rodillas de Jesús. Suplica:

–                 Maestro, te amo. No me rechaces. Soy un necio. Sí, soy soberbio… pero no me apartes de Ti. No, Maestro. Será la última vez que falto. Tienes razón. No he reflexionado. Pero también en este error, hay amor. Quise proporcionarte mucho honor. Y que los demás te lo diesen porque te amo. ¡Ea, pues; Maestro! Yo estoy a tus rodillas. Me has dicho que serás para mí un padre y te pido perdón. Te pido que me hagas un adulto santo. No me despidas, Jesús. Jesús, Jesús, Jesús… No todo es maldad en mí. ¿Lo ves?… Por Ti he dejado todo y he venido. Tú vales más que los honores y victorias que obtenía yo, cuando servía a otros. Tú en realidad Eres el amor del pobre e infeliz Judas; que querría darte tan solo alegrías y que en cambio te da dolores…

Jesús lo interrumpe:

–                 ¡Basta, Judas! Una vez más, te perdono. -Jesús parece muy cansado- te perdono esperando… Esperando que en lo porvenir comprendas…

Pero Judas insiste y sin querer revela el verdadero motivo por el que no quiere ser expulsado del grupo apostólico:

–                 Sí, Maestro, sí. Ahora ya no quieras en modo alguno, desmentirme. Pues esto haría de mí, una burla. Todo Keriot sabe que he venido con el descendiente de David; el Rey de Israel… Y esta ciudad mía se ha preparado para recibirte. Pensé que hacía bien. Quise presentarte de tal forma, que todos te temieran y te obedecieran.

También Simón y Juan… Y a través  de ellos trasmitir a los demás… cómo se equivocan al tratarte como un igual. Ahora…  también mi madre será objeto de burla, por ser la madre de un hijo mentiroso y loco. Por ella, Señor mío, te suplico… Y te juro que yo…

Jesús lo interrumpe:

–                 No jures por Mí. Jura por ti mismo, si puedes; para no pecar más en este sentido. Por tu madre y por los ciudadanos, no me marcharé. Levántate…

–                 ¿Qué dirás a los demás?

–                 La verdad.

–                 ¡Nooooo!

–                 La Verdad. Ya te he dado órdenes para hoy. Siempre existe la manera de decir la Verdad con caridad… Llama a tu madre y a los demás.

Jesús está severo y no sonríe.

Judas va por su madre y los demás discípulos. La mujer escudriña a Jesús… Pero al verlo complaciente; toma confianza. Aun así se nota que es un alma que está muy afligida…

Jesús dice:

–                 ¿Vamos a Keriot? He descansado y te agradezco madre, tu gentileza. El Cielo te recompense y te conceda, por la caridad que usas conmigo; reposo y alegría a tu esposo, por quién lloras.

Ella trata de besarle mano. Pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola y no permite que se la bese.

Judas, dice:

–                 La carreta está lista, Maestro. Ven.

En esos momentos llega una carreta tirada por bueyes, sobre la que hay unos almohadones que sirven de asientos y un pabellón de tela roja.

Judas dice:

–                 Sube, Maestro.

Jesús contesta:

–                 La madre, primero.

Sube la mujer, después Jesús y al último los demás.

–                 Aquí, Maestro. –Judas ya no lo llama Rey.

Jesús se sienta adelante y a su lado Judas. Detrás la mujer y los discípulos. El conductor que va de pie, con la garrocha pincha a los bueyes para que caminen. Aparecen pronto las primeras casa de Keriot.

Un niño que está en el camino, los mira y parte como un rayo. Los pobladores salen a recibirlo con banderas y ramas; gritando de júbilo y haciendo reverencias. Jesús no puede despreciar estos homenajes y desde lo alto de su bamboleante trono, saluda y bendice.

La carreta llega hasta la plaza, da vuelta por una calle y entra hasta una aristocrática casa que tiene el portón abierto. Se detienen y bajan.

Judas dice solemne:

–                 Mi casa es tu casa, Maestro.

–                 Paz sea en ella, Judas. Paz y santidad.

Entran. Atraviesan el vestíbulo y llegan a una sala amplia, con muebles incrustados de color café. Los principales del lugar, entran con Jesús y los demás. Todo es inclinaciones, curiosidad y gran pompa.

Un viejo imponente y elegante; pronuncia un pomposo discurso de bienvenida al ‘Señor y Rey’

Jesús lo agradece con sencillez, habla de la Bondad del Eterno Padre  y termina diciendo:

–                 … sino a Dios Altísimo van dirigidas las gracias, honor y gloria y alabanza. No a Jesús, siervo de la voluntad eterna; sino a esta Voluntad amorosa.

El hombre dice:

–                 Hablas como santo… Soy el sinagogo. Hoy no es Sábado, pero ven a mi casa a explicar la   Ley. Tú, sobre quién más que el aceite real, está la unción de la Sabiduría.

–                 Iré.

Judas objeta:

–                 Acabamos de llegar de un viaje. Mi Señor tal vez estará cansado.

Jesús dice:

–                 No, Judas. Jamás me canso de hablar de Dios. Y nunca tengo deseos de quitar las esperanzas de los corazones.

El sinagogo insiste:

–                 Entonces, ven. Todo Keriot está afuera, esperándote.

–                 Vamos.

Jesús  sale, entre Judas y el arquisinagogo. Pasa bendiciendo. Atraviesa la plaza y entra a la sinagoga. Jesús se dirige hacia el lugar donde se enseña.

Empieza a hablar. Jesús habla de las profecías y de cómo se deben  preparar los corazones, para ser mansiones purificadas y poder ser templos vivos que reciban al Espíritu de Dios. Su vestidura es muy blanca. Su rostro inspirado. Los brazos extendidos según la costumbre. Finaliza diciendo:

–                      … y Príncipe de Paz soy Yo. Os he traído la Ley, no otra cosa. La paz sea con vosotros.

La gente que ha escuchado atenta, un poco inquieta murmura entre sí.

Jesús habla con el sinagogo. Se les unen otras personas de los principales del pueblo. Y le preguntan:

–                 Maestro… ¿Pero no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho…

–                 Lo Soy.

–                 Pero Tú has dicho…

–                 Que no poseo y que no prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la Verdad. Y así es. Conozco vuestro pensamiento. Pero el error proviene de una mala interpretación y de un sumo respeto hacia el Altísimo. Se os dijo: ‘Viene el Mesías’ y pensasteis como muchos en Israel, que Mesías y rey fuesen una misma cosa. Levantad más hacia lo alto el espíritu. Hasta el inimaginable Paraíso, a donde el Mesías conducirá a los justos muertos en el Señor. Hay una infinita diferencia entre la realeza mesiánica que el hombre imagina y la verdadera; que es todo divina.

–                 Pero, podremos nosotros pobres hombres ¿Levantar el espíritu hasta donde Tú dices?

–                 Tan solo con que lo queráis. Y si lo quisierais, al punto os ayudaré.

–                 Entonces ¿Cómo te debemos llamar si no eres Rey?

–                 Maestro. Jesús. Como queráis. Maestro soy y Soy Jesús el Salvador. Dejemos a los Césares y a los tetrarcas con sus botines. Yo tendré el mío. Pero no será un botín que merezca el castigo de fuego. Antes bien, arrancaré del Fuego de Satanás; presas y botines, para llevarlas al Reino de la Paz.

Todos se quedan meditando en las palabras de Jesús…

Al fin, un viejo dice:

–                 Señor. Hubo una ocasión hace mucho tiempo; cuando fue el edicto de Augusto; que llegó la noticia que había nacido en Belén el Salvador. Yo fui con otros… Vi a un pequeñín, igual que los demás. Pero lo adoré con fe. Después supe que había un hombre santo que se llamaba Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?

–                 Juan es el Precursor del que tú adoraste. Un gran santo a los ojos del Altísimo; pero NO el Mesías.

–                 ¿Eras Tú?

–                 Yo era. Y… ¿Qué viste alrededor de Mí, cuando apenas había nacido?

–                 Pobreza y limpieza. Honradez y pureza… Un carpintero gentil y serio que se llamaba José, pero de la estirpe de David. Una joven mujer rubia y gentil de nombre María; ante cuya belleza las rosas más hermosas de Engadí palidecen y los lirios de los palacios reales, son feos. Y un niño, con los ojos grandes color de cielo y cabellos oro pálido. No vi otra cosa.

Y todavía me parece oír la voz de su Madre que me dijo: ‘Por mi Hijo yo te digo, sea el Señor contigo hasta el encuentro final. Y su gracia venga a tu encuentro en tu camino.’ Tengo ochenta y cuatro años. El camino se está acabando. No esperaba más que encontrar la Gracia de Dios. Pero te he encontrado. Y ahora no deseo ver otra Luz que no sea la tuya…

¡Oh! ¡Sí! ¡Te veo cual eres bajo esos vestidos de piedad que son la carne y que has tomado¡ ¡Oh! ¡Te veo! Escuchad la voz del que al morir ve la Luz de Dios.

La gente se agolpa alrededor del viejito inspirado que está en el grupo de Jesús y que arrojando el bastón, levanta los brazos trémulos.

Tiene la cabeza toda blanca. La barba larga y partida en dos. Parece un verdadero patriarca y profeta.

Y dice señalando a Jesús:

–                 Veo a Éste: al Elegido; al Supremo; al Perfecto; que habiendo bajado por amor, vuelve a subir hasta la Diestra del Padre. A volver a ser Uno con Él. Pero no veo su Voz y Esencia incorpórea, como Moisés vio al Altísimo… Y como refiere el Génesis que lo conocieron los Primeros Padres y hablaron con Él, al aura del atardecer. Lo veo subir como un verdadero hombre hacia el Eterno. Cuerpo que brilla. Cuerpo Glorioso. ¡Oh, Pompa del Cuerpo Divino! ¡Oh, Belleza del Hombre Dios! Es el Rey. ¡Sí, es el Rey! No de Israel, sino del Mundo.

Ante Él se inclinan todas las realezas de la Tierra. Y todos los cetros y coronas palidecen, ante el fulgor de su cetro y de sus joyas. ¡Una corona! Una corona tiene en su frente. Un cetro tiene en su mano. Sobre su pecho tiene un escudo. Hay en él perlas y rubíes de un esplendor jamás visto.

Salen llamas como de un altísimo horno. En sus muñecas hay dos rubíes y un lazo de rubíes sobre sus santos pies. ¡Luz! ¡Luz de rubíes! ¡Mirad, ¡Oh pueblos! al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! ¡Subo contigo!… ¡Ah, Señor! ¡Redentor nuestro!… ¡Oh! ¡La Luz aumenta en los ojos del alma! ¡El Rey está adornado con su Sangre!… la corona… ¡Es una corona de espinas que sangran! El cetro… el trono… ¡Una Cruz!… ¡He ahí al Hombre! ¡Helo!… ¡Eres Tú!…  ¡Señor, por tu Inmolación ten piedad de tu siervo! ¡Jesús, a tu piedad confío mi espíritu!…

El anciano, que había estado erguido y que se había rejuvenecido con el fuego del profeta, se dobla de improviso… Y caería al suelo, si Jesús rápido no lo levantase contra su pecho.

La gente grita:

–                 ¡Saúl!

–                 ¡Se está muriendo Saúl!

–                 ¡Auxilio!

–                 ¡Corred!

Jesús dice:

–                 Paz en torno al justo que muere.

Mientras habla, poco a poco se ha arrodillado, para sostener mejor al viejo que cada vez se está haciendo más pesado. Hay un silencio total.

Jesús lo coloca en el suelo, se yergue y dice:

–                 Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz y en la espera que será breve; verá el Rostro de Dios y será feliz. No existe la muerte para aquellos que mueren en el Señor.

Pasados algunos minutos la gente se aleja comentando lo sucedido. Quedan los ancianos; Jesús, los suyos y el sinagogo. Éste dice:

–                 ¿Ha profetizado, Señor?

–                 Sus ojos han visto la verdad. –volviéndose a los suyos, ordena- Vámonos.

Y salen.

Simón pregunta:

–                 Saúl ha muerto revestido con el Espíritu de Dios. Quienes le hemos tocado ¿Estamos limpios o inmundos?

Jesús contesta:

–                 Inmundos.

Judas exclama:

–                 ¡Oh! ¡NO! ¡Ya no…!

Jesús es terminante:

–                 Yo como los otros. No cambio la Ley. La Ley es ley y el Israelita la observa. Estamos inmundos. Dentro del tercero y último día, nos purificaremos. Hasta entonces estamos inmundos. –se vuelve hacia el apóstol y agrega- Judas, no regreso a la casa de tu madre. No llevaré inmundicia a su casa. Comunícaselo por medio de alguien que pueda hacerlo. Paz a esta ciudad. ¡Vámonos!

Y se van a través del huerto…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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