11.- EL RESCATE DEL BAUTISTA


Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean. Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres. En la ribera del río hay cuatro hombres que apacientan muy pocas ovejas.

Un poco lejos, en un entronque del camino, aparece Jesús con sus tres discípulos. Cuando los pastores lo ven, corren a su encuentro. El rostro de Jesús se ilumina con una inefable sonrisa y levanta los brazos en un gesto de amorosa bienvenida. ¡Es la sonrisa de Dios! Las ovejas trotan, arreadas por los pastores.

Cuando se encuentran con Él, los saluda diciendo:

–                 ¡La paz sea con vosotros, Simeón, Juan y Matías, mis amados discípulos y discípulos de Juan, el Profeta! ¡La paz sea contigo, José! –y lo besa en la mejilla.

Los otros tres se han arrodillado y besan la orla de su túnica.

Jesús agrega:

–                 Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra. Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–                 Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo. Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–                 Todavía está en prisión. Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida. Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos. Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido. Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías. Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–                 Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. –y señalando a Juan, les pregunta- ¿Conocéis a éste?

–                 Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista. Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía y dice:

–                 El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’ Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero. Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista. Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías. No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a éstos. Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama. Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–                 Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo. Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna.  Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho. Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–                 ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–                 No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes. Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los avarientos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados. Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista. Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer. Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–                 ¿Cuánto quiere esa persona?

–                 Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–                 Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.

Judas contesta contundente:

–                 Hermosas y preciosas.

–                 Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–                 Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–                 Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–                 Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–                 ¿Estás seguro?

–                 Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas. Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas. Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos. Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes. No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–                 Eran sus cadenas, Judas.

–                 Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–                 ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–                 ¡Oh! ¡A muchos!

–                 Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–                 ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–                 ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  Es maldito. ¡Sí!… Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’ Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado. Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado. Así que dime, ¿Quién es el comprador?

–                 Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida. Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa. Lo interrumpe:

–                 ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–                 Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. -Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–                 ¿Podrá comprarlas?

–         Pienso que sí. Jamás le falta el dinero. Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido; lo despluma a su gusto. Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–                 Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–                 Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya. Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado. –mirando a Judas, agrega- Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta. Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera. Pero el apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

–           Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–                 Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–                 Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–         Sólo quién es bueno, sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–           ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice:

–           Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas. Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo. Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas. Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–           Sí. Yo lo conozco. Hay muchos repliegues en el corazón de ese hombre. Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot. Hay que ayudar a ese lado bueno que es muy humano, para llevarlo a una bondad que sea espiritual. Entonces sí que Judas será como quieres que sea. Es joven…

–           También Juan es joven; tiene solo diecisiete años…

–           Y concluyes en tu corazón, que es mejor. ¡Pero Juan, es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas. Te lo ruego. Si lo amas te parecerá más bueno.

–           Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río. Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante que hay algo dentro de mí que me previene contra él.

–           ¿Qué cosa es, Simón?

–           Nada en concreto. Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–           No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla. Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza, Simón grita:

–           ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.

Cuando se reúnen, Judas dice a Jesús:

–           Ven. Ven, Maestro. Creo que lo hice bien… Pero ven conmigo. En la calle no se puede hablar.

Jesús pregunta:

–           ¿A dónde, Judas?

–           A la fonda. Aparté cuatro habitaciones. ¡Oh! Son modestas, no te asustes. Lo hice tan solo para poder descansar en un lecho, después de tantos sinsabores. De este calor. Volver a comer como gentes y no como pajaritos, junto al pozo. Y hablar también tranquilamente. Hice una buena venta. ¿Verdad, Juan?

Juan asiente sin muchas ganas.

Pero Judas está tan contento de su obra, que no se fija ni en la poca alegría de Jesús ante la perspectiva de un alojamiento cómodo; ni ante el poco entusiasmo de Juan.

Y continúa su informe:

–           Después de que vendí en más de lo que había pensado me dije: ‘Es justo que tome un poquitín: cien denarios, para dormir y comer. Si nosotros que siempre hemos comido, estamos agotados; mucho más debe estarlo Jesús. ¡Mi deber es cuidar de que no se enferme mi Maestro! Deber de amor. Porque Tú me amas y yo también. Hay lugar para todos y para vuestras ovejas. –dice a los pastores- He pensado en todo.

Jesús no dice una palabra. Lo sigue con los demás. Llegan a una plaza secundaria y Judas extiende su brazo y señala:

–           ¿Veis aquella casa sin ventanas en esa calle y con la puertecilla tan estrecha que parece una hendidura? Es la casa del orfebre Diomedes. Parece una casa pobre. ¿No es así? Pero adentro hay tanto oro, como para comprar a toda Jericó. Y ¡Ah! ¡Ah! –Judas ríe con malicia- Y en ese oro se pueden encontrar muchos collares, copas y muchas otras cosas de personas muy influyentes en Israel. Diomedes. ¡Oh! Todos fingen no conocerlo; pero todos lo conocen. Desde los herodianos, hasta… Bueno…

Todos, son todos. En esa pared lisa y pobre, se podría escribir: ‘Misterio y secreto’ ¡Si hablase! Juan, nadie se podría escandalizar del modo en cómo hice el trato. Tú te morías, ahogado de vergüenza y de escrúpulos. Escúchame, Maestro. No vuelvas a mandarme con Juan a ciertos negocios. Por poco hace que todo saliera mal. No sabe agarrarlas al vuelo. No sabe negar. Y con un astuto como Diomedes, es necesario ser rápidos.

Juan dice entre dientes:

–           Decía cada cosa tan rara y tan… tan… ¡Sí, Maestro! No me vuelvas a mandar. Sólo soy capaz de amar. Yo…

Jesús responde muy serio:

–           Difícilmente tendremos necesidad de ventas semejantes.

Judas señala una edificación muy grande y dice:

–           Allí está la fonda. Ven, Maestro. Yo hablaré, porque es a mí al que conocen.

Entran y judas habla con el dueño que hace que lleven las ovejas al establo y después conduce a los huéspedes a un salón donde hay esteras para lecho; sillas y una mesa preparada. Se retira al punto.

Judas dice apresurado:

–           Hablemos pronto, Maestro. Mientras los pastores están ocupados en acomodar a sus ovejas.

–           Te escucho.

–           Juan puede decir si soy sincero o no.

–           No lo dudo. Entre honrados no es necesario ni juramento, ni testimonio. Habla.

–           Llegamos a Jericó a la hora de la siesta. Estábamos sudados como animales de carga. ¡Preparé un plan cuando veníamos por el camino! Y primero venimos aquí para descansar; refrescarnos y arreglarnos. No quería dar a Diomedes la impresión de que tenemos necesidad urgente. ¡Oh! Juan no quería acicalarse con ungüento, ni arreglarse los cabellos. Me costó mucho trabajo convencerlo. Y cuando ya estábamos descansados y frescos; como dos ricachones en viaje de placer, al atardecer dije: ¡Vámonos! Y nos fuimos hacia la casa de Diomedes. Cuando estábamos a punto de llegar, le dije a Juan: ‘Tú me secundas. No me desmientas y sé rápido en comprender’

Pero hubiera sido mejor que lo dejara afuera. Para nada me ayudó. Al contrario.

Por buena suerte, soy rápido por los dos y todo salió bien. En ese momento salía el alcabalero. Usurero y ladrón como todos sus iguales. Siempre tiene collares que ha arrancado con amenazas y usuras, a los desgraciados a quienes impone una tasa mayor de lo lícito, para poder gozar así de más crápulas y con mujeres. Es un amigo de Diomedes que compra y vende oro y carne. Entramos después de que me di a conocer. Digo entramos, porque una cosa es ir al lugar donde finge trabajar honradamente el oro y otra, bajar al subterráneo donde él hace sus verdaderos negocios. Es necesario que él lo conozca a uno muy bien, para poder hacer esto.

Cuando me vio me dijo: ‘¿Otra vez quieres vender oro? La situación es muy difícil y tengo poco dinero.’ Su acostumbrado cantar. Y le respondí: ‘No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyeles de mujeres que sean bonitos; preciosos y de oro puro? Diomedes quedó estupefacto y preguntó:

–         ¿Quieres una mujer?

–         No te preocupes. No se trata de mí. Se trata de este amigo mío que está comprometido y quiere comprar oro para su amada.

Y aquí, Juan empezó a portarse como un chiquillo. Diomedes lo estaba mirando.

Vio que se ponía colorado y como el viejo lujurioso que es, dijo:

–        ¡Eh! El muchacho solo al oír la palabra ‘prometido’, siente fiebre de amor. ¿Es muy hermosa tu dama?

Le di un puntapié a Juan para despertarlo y hacerle comprender que no hiciera el tonto. Y respondió con un ‘sí’ tan apagado, que Diomedes comenzó a sospechar.

Entonces yo tomé la palabra:

–           Sí. Hermosa. Y eso no debe importarte viejo. Ella no será jamás del número de mujeres por el que merecerás el infierno. Es una doncella honesta y en breve será una buena esposa. Saca tu oro. Soy el padrino de bodas y tengo el encargo de ayudar al joven. Yo soy judío y ciudadano; él es Galileo. ¿O no? ¡Siempre os entregáis por esos cabellos!

–           ¿Es rico?

–           ¡Mucho!

Enseguida fuimos abajo y Diomedes abrió sus cofres y sus tesoros. -Judas se vuelve hacia Juan-  Pero di la verdad Juan, ¿No parecía uno estar en el Cielo ante tantas joyas de oro maravillosas y llenas de piedras preciosas? Gargantillas y collares entretejidos, brazaletes, aretes, redecillas de oro y piedras preciosas para los cabellos; peinetas, broches, anillos. ¡Ah! ¡Qué esplendor! Con mucha calma escogí de aquí y de allá. Elegí joyas como las de Aglae. Todo tal y como lo tenía en la bolsa y en igual número. Diomedes estaba aterrado y preguntó:

–           ¿Todavía más? Pero, ¿Quién es éste? Y la novia, ¿Quién es? ¿Acaso una princesa?

–           Cuando tuve todo lo que quería, dije:

–           ¡El Precio!

¡Oh! ¡Qué letanía de lamentos preparatorios sobre la situación actual; sobre las tasas; los peligros, los ladrones! ¡Oh! ¡Qué letanía de afirmaciones de honradez! Y luego, la respuesta:

–           Porque se trata de ti, te diré la verdad sin exageraciones. Pero menos no puedo, ni siquiera un dracma. Pido doce talentos de plata.

–           ¡Ladrón! ¡Vámonos, Juan! En Jerusalén encontraremos uno que sea menos ladrón que éste.

Simulé que salía y corrió detrás de mí.

–           Mi muy grande amigo. Mi amigo predilecto. Ven. Escucha a tu pobre siervo. No puedo menos. De veras que no puedo. Mira. Hago un verdadero esfuerzo. Me arruino. Lo hago porque siempre me has brindado tu amistad. Y me has traído buenos negocios. Once talentos. ¿Qué tal? Es lo que daría si tuviera que comprar este oro a quien tiene hambre. Ni un céntimo menos. Sería como quitarme la sangre de las venas.

¿Verdad que así hablaba? Causaba risa y náuseas.

Cuando vi que se mantenía en el precio, le di el golpe:

–           Viejo sucio. Comprende que no quiero comprar, sino vender. –Judas saca la bolsa y agrega- Mira. Es hermoso. Oro de Roma y de nueva cuña. Muchos lo querrán. Es tuyo por once talentos. Lo mismo que pediste por esto. Tú pusiste el precio. Paga tú.

–           ¡Uff! ¡Entonces es una traición! ¡Has traicionado la estima que tenía de ti! ¡Eres mi ruina! ¡No puedo dar tanto!- aullaba- ¡No puedo!

–           Mira que lo llevo a otros.

–           No, amigo.

Y extendía sus manos ganchudas, sobre las joyas de Aglae.

Entonces paga. Yo debería pedir doce talentos, pero me conformo con tu último pedido.

–           No puedo.

–           ¡Usurero! Mira que tengo aquí un testigo que te puede denunciar como ladrón…-y le dije otras virtudes que no puedo repetir porque aquí está este muchacho. En fin. Como tenía necesidad de vender y de hacerlo pronto. Le hablé al oído y dije una cosita entre él y yo que no observaré. Pues, ¿Qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y cerramos el trato en diez talentos y medio. Llegamos a este acuerdo en medio de lloriqueos y afirmaciones de amistad y… de mujeres. Y Juan casi se pone a llorar. Pero ¿Qué te importa que piensen que eres un vicioso? Basta con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que eres un aborto del mundo? Un joven que no conoce a lo que sabe una mujer. ¿Quién quieres que te crea? Y si te creen… ¡Oh! ¡No me gustaría que pensasen de mí, lo que pueden pensar de ti, quienes creen que no tienes deseos de mujer!

Judas entrega la bolsa a Jesús y agrega:

–           Mira, Maestro. Tú mismo cuenta. Después de cerrar el negocio y porque Diomedes me lo dijo; pasé con el alcabalero y le dije: ‘Tómate esta porquería y dame los talentos que Diomedes te dio’.

Así pues por último y cuando me despedí de él, le dije: ‘Acuérdate que el Judas del Templo, no existe más. Ahora soy discípulo de un santo. Disimula no haberme conocido jamás, si en algo estimas el cuello.’ – Y por poco se lo tuerzo, porque me respondió de muy mala manera.

Simón pregunta con indiferencia:

–           ¿Qué te dijo?

–           Me dijo: ¿Tú, discípulo de un santo? Jamás lo creeré. O muy pronto veré aquí también al santo, venir para pedirme una mujer. Diomedes es una vieja alimaña en el mundo. Pero tú eres la joven. Yo todavía podré cambiar, aunque he llegado a ser lo que soy de viejo. Pero tú no cambiarás, porque ya naciste así. – se vuelve hacia Jesús- ¡Viejo lujurioso! ¡Niega tu poder! ¿Entiendes?

Simón dice:

–           Y como buen griego, dice muchas verdades.

–           ¿Qué insinúas Simón? ¿Lo dices por mí?

–           No. Por todos. Es uno que conoce el oro y los corazones, de la misma manera. Es un ladrón en todos sus negocios y tiene muy mala fama. Pero se escucha en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal con siete branquias de pecado. Pulpo que destroza el bien, la honradez, el amor. Tantas otras cosas en sí y en los demás.

–           Pero no conoce a Dios.

–           ¿Y tú se lo querrías enseñar?

–           ¿Yo? Sí, ¿Por que no? Los pecadores son los que tienen necesidad de conocer a Dios.

–           Así es. Pero el maestro debe conocerlo; para poder enseñarlo.

Jesús interviene:

–           Paz, amigos. Ya vienen los pastores. No perturbemos su corazón con estas peleas entre nosotros. ¿Contaste tú el dinero?

Judas afirma con la cabeza.

–           Es suficiente. Lleva a buen término todas tus acciones; cómo has llevado esta. Y te lo repito: si puedes, en lo porvenir no mientas. Ni siquiera para realizar una acción buena.

Los pastores entran y Jesús les dice:

–           Amigos, aquí hay diez talentos y medio. Faltan solo diez denarios que Judas tomó para gastos de alojamiento, tomadlos.

Judas pregunta:

–           ¿Lo das todo?

–           Todo. No quiero ni siquiera un céntimo. Nosotros tenemos la limosna de Dios y de éstos que le buscan honradamente. Y jamás nos faltará lo indispensable. Creedlo. Tomadlos y sed felices, por causa del Bautista, como lo soy Yo. Mañana iréis a su prisión, vosotros, Juan y Matías. Simón y José irán con Elías a contárselo y a darle instrucciones para el futuro. Elías sabe. Después José regresará con Leví. El encuentro será dentro de diez días en la Puerta de los Peces, en Jerusalén, al amanecer. Ahora, comamos y descansemos. Mañana temprano parto con los míos. No tengo otra cosa que deciros. Más tarde tendréis noticias de Mí.

Unos días después…

Es una bella campiña donde se encuentra Jesús. Hay magníficos árboles frutales; espléndidos viñedos con racimos a punto de colorearse de oro y rubí. Jesús está sentado bajo un árbol y come la fruta que le ofreció un campesino. Juan Simón y Judas comen sabrosos higos, sentados sobre una pequeña barda.

El hombre dice:

–           ¡Oh, Maestro! Nosotros bebemos tus palabras. Como en verano lo hace el sediento al beber agua miel en una jarra fresca. ¿De veras partes mañana, Maestro?

Jesús contesta:

–           Sí. Mañana. Pero regresaré otra vez para agradecerte lo que has hecho por Mí y por los míos. Y para pedirte una vez más, pan y descanso.

–           Aquí siempre los habrá para Ti, Maestro.

Se adelanta un hombre que trae un borriquillo cargado de verduras. El campesino agrega:

–           Mira, si tu amigo quiere ir; mi hijo va a Jerusalén para el mercado de Pascua.

Entonces Jesús dice a su discípulo más joven:

–           Ve. Juan, sabes lo que hay que hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo.

Jesús abraza a Juan y lo besa. También Simón hace lo mismo.

Y Judas dice:

–           Maestro, si me permites iré con Juan. Necesito ver a un amigo. Cada sábado está en Jerusalén. Iré con Juan hasta Betfagué y después seguiré yo solo. Es un amigo de casa. Mi madre me dijo…

Jesús lo interrumpe:

–           Amigo, nada te he preguntado.

–           Mi corazón llora al dejarte. Pero dentro de cuatro días, estaré de nuevo contigo. Y te seguiré en tal forma que hasta te cansarás de mí.

–           Ve, pues. Dentro de cuatro días al rayar el alba, los espero en la Puerta de los Peces. Hasta entonces. Que Dios te guarde.

Judas besa al Maestro y se va caminando cerca del borriquillo que trota sobre la senda polvorienta. Lentamente, la tarde va bajando sobre la campiña y la envuelve en el silencio. Simón observa el trabajo de los hortelanos que riegan los surcos.

Minutos después, Jesús se levanta y camina rodeando la casa por detrás, por el sendero que va al huerto. Se dirige hasta un tupido grupo de granados que están separados entre sí por parras silvestres. Se aísla detrás de los árboles. Se arrodilla y ora. Luego se postra con su rostro entre la hierba y llora con suspiros profundos y entrecortados. Es un llanto sin sollozos, amargo y muy triste.

Pasa el tiempo. La luz crepuscular agoniza lentamente. En esta semipenumbra se asoma el rostro feo, pero honrado de Simón. Éste busca con la mirada y descubre la figura encorvada de Jesús, cubierta con el manto azul oscuro, que casi hace que se pierda entre las sombras del suelo. Tan solo sobresalen la rubia cabeza y las manos unidas en Oración, que van más allá de la cabeza que está apoyada sobre los codos.

Simón escucha los suspiros y comprende…

Lo llama:

–           Maestro.

Jesús levanta el rostro.

En la cara de Simón se reflejan la sorpresa y el dolor, al preguntar:

–           ¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites que vaya a dónde estás?

Jesús lo invita dulcemente:

–           Ven, Simón. Amigo mío.

Jesús está sentado sobre la hierba, recargado contra el tronco de un árbol. Simón se acerca y se sienta frente a Él. Le pregunta:

–           ¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no puedo consolarte como él lo haría. Aunque es mi dolor el sentirme incapaz de hacerlo aunque lo deseo con todo mi corazón. Dime, ¿Te he causado algún desagrado en estos días, de tal forma que te agobie el que tengas que estar conmigo?

–           No, buen amigo. Desde que te vi, no me has causado ningún desagrado y creo que jamás me serás causa de llanto.

–           ¿Y entonces, Maestro? No soy digno de tu confianza, pero por mi edad podría ser padre tuyo. Siempre he tenido una gran sed de hijos. Permíteme que te acaricie como si fueses un hijo mío. Yo sé que tienes necesidad de tu Madre, para olvidar muchas cosas…

–           ¡Oh, sí! ¡De mi Madre…!

–           Pues bien, mientras llega el momento de que sea Ella la que te consuela, permite a tu siervo la alegría de hacerlo, Maestro. ¿Lloras porque hubo alguien que te disgustó? Hace días que tu rostro es como un sol cubierto por nubes. Te he estado observando. Tu Bondad oculta la herida, para que no odiemos al que nos hiere. Pero esta herida te duele y te provoca náuseas. Pero dime, Señor mío; ¿Por qué no alejas a la fuente de esta pena?

–           Porque humanamente es inútil. Y sería contra la caridad.

–           ¡Ah! ¡Has entendido que me refería a Judas! Tú sufres por él. ¿Cómo puedes Tú, Verdad absoluta; soportar a ese mentiroso? Miente y ni siquiera cambia de color. Es más falso que un político. Más cerrado que una piedra. Ahora se ha ido… ¿Qué es lo que va a hacer? ¿Será posible que tenga tantos amigos como dice? ¡Aleja a ese hombre de Ti, Señor mío!

–           Es inútil. Lo que debe ser será.

–           ¿Qué quieres decir?

–           Nada en particular.

–           Lo dejaste ir de buena gana, porque… Porque te causó asco su modo de obrar en Jericó.

–           Así es, Simón. Una vez más te digo: Lo que debe ser será. Y Judas forma parte de ese futuro. También él debe ser…

–           Juan me ha contado que Simón Pedro es franqueza y fuego. ¿Tolerará a éste?

–           Lo tiene que soportar. También él está destinado a lo suyo. Y Judas es la tosca tela en la que él debe tejer su parte. O si te parece mejor: es la escuela en la que Pedro se ejercitará más, que con cualquier otro. Ser buenos con Juan. Entender los corazones como Juan; también es virtud de tontos. Pero ser buenos con quién es un Judas… Saber comprender los corazones como el de Judas… ser médico y ser sacerdote para ellos, es muy difícil. Judas es vuestra enseñanza viviente. 

–           ¿La nuestra?

–           Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la tierra. Se irá después de haber comido el pan más duro y bebido el vino más amargo. Pero vosotros os quedaréis para ser mis continuadores y… debéis saber. El Mundo no termina con el Maestro; sino que continúa con el regreso final del Mesías y hasta el Juicio Final del hombre. En verdad te digo que por cada Juan; Pedro; Simón; Santiago; Andrés; Felipe; Bartolomé y Tomás… Hay por lo menos otras tantas veces: siete Judas.

Simón reflexiona en silencio… Luego dice:

–           Los pastores son buenos. Judas los desprecia, pero yo los amo.

–           Yo los amo y los alabo.

–           Son almas sencillas como las que te agradan.

–           Judas ha vivido en la ciudad.

–           Su único pretexto. Muchos también han vivido así y sin embargo… ¿Cuándo irás a la casa de mi amigo?

–           Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos solos tú y Yo. Me imagino que es un hombre culto y experto como tú.

–           Sufre mucho. En el cuerpo y en el corazón. Maestro… me gustaría pedirte un favor: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes nada referente a su casa.

–           No lo haré. Sé por quién sufre. Pero no quiero confidencias forzadas. El llanto tiene su pudor.

–           Yo se lo he respetado. Pero me causa tanta pena…

–           Tú eres mi amigo y habías dado ya un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo, soy el Rabí Desconocido. Cuando me conozca… entonces… ¡Vámonos! Ya entra la noche. No hagamos esperar a los que nos hospedan, que deben estar cansados. Mañana al amanecer, iremos a Betania.

–           Lázaro estará feliz al conocerte y sé que te amará mucho.

Se levantan, caminan y entran en la casa.

Cuanto se es mejor, más se sufre. Jesús es el Santo de los santos. El Amor, la Bondad y la Sabiduría; vestidos con carne mortal. ¡Cuánto sufrimiento en el choque frontal con la Maldad!

Lo que Jesús no dijo a Simón fue que en Judas, Jesús como Dios está enfrente de Satanás, su acérrimo Enemigo. Que había visto sus intenciones y lo que iba a hacer… Y por esto sufre. Al ver al Traidor y a los ingratos. Y por eso se alegra de que alguien lo ame y se convierta a ÉL. Y por eso su alma se duele profundamente y llora ante el cadáver espiritual de Judas…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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