Archivos diarios: 29/08/12

13.- EL AMOR ENTRE EL SUFRIMIENTO


Por una vereda entre campos segados, quemados y amarillentos; Jesús camina entre Leví y Juan. Detrás vienen José, Judas y Simón. Es de noche, pero no hay alivio. La tierra es un fuego que continúa quemando después del incendio del día.

Todos caminan en silencio, fatigados y acalorados.

Jesús sonríe y pregunta a Leví:

–           ¿Lo encontraremos?

El pastor contesta:

–            Ciertamente. Por este campo guarda la mies y todavía no ha empezado la recolección de frutas. Los campesinos por eso están ocupados en vigilar los viñedos y los árboles frutales, protegiéndolos de los ladrones. Sobre todo cuando los amos son aborrecidos, como el que tiene Jonás. Samaría está cercana y cuando ellos pueden… ¡Oh! Con gusto a nosotros los de Israel, nos causan daño. Aunque saben que luego a los criados se les apalea. Pero como nos odian tanto.

–            No tengas rencor, Leví.

–            No. Pero Tú mismo verás como por culpa suya, Jonás fue golpeado hace como cinco años. Desde entonces pasa la noche en guardia. El flagelo es un suplicio cruel…

–           ¿Todavía nos falta mucho para llegar?

–            No, Maestro. ¿Ves allá donde terminan estos campos y empieza aquel monte oscuro? Allá están las arboledas de Doras, el duro fariseo. Si me permites, me adelanto para que me oiga Jonás.

–            Ve.

Juan pregunta a Jesús:

–           Pero Señor mío. ¿Así son todos los fariseos? ¡Oh! ¡Yo jamás querría estar a su servicio! Prefiero la barca.

Jesús, un poco serio, pregunta a su vez:

–           ¿Es la barca tu predilecta?

Juan se apresura a contestar:

–           No. ¡Eres Tú! La barca lo era cuando ignoraba que el Amor estaba en la tierra.

Jesús ríe de su vehemencia y dice bromeando:

–           ¿No sabías que en la tierra estaba el Amor? Entonces ¿Cómo naciste, si tu padre no amaba a tu madre?

–           Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor. Tú eres el Amor sobre la tierra para el pobre Juan.

El rostro de Jesús se ilumina y atrae al joven hacia Sí y dice:

–           Tenía deseos de oírlo decir. El Amor está sediento de amor. Y el hombre da y dará a su avidez siempre, gotas imperceptibles. Como éstas que caen del cielo y son tan pequeñitas, que se evaporan en el aire, al calor del estío. También las gotas de amor de los hombres se evaporarán en medio del aire, muertas al calor de tantas cosas. El corazón todavía las exprimirá… los intereses, los amores, los negocios, avaricia y tantas… tantas cosas humanas las consumirán. ¿Y qué subirá para Jesús?…

¡Oh! ¡Muy poca cosa! Los restos. Lo que queda de todos los latidos interesados de los hombres, para pedir, pedir, pedir cuando la necesidad apremia. Amarme sólo por amor, será una propiedad de pocos: de los Juanes. De los que quieran y aprendan a ser hostias…

Jesús suspira.

Han llegado al huerto y se detienen. El calor es tan fuerte, que sudan aún sin traer manto. En silencio, esperan. Del follaje espeso, apenas iluminado por la luna, emergen dos figuras. Una es Leví, que dice:

–           Maestro, Jonás está aquí.

Antes de que Jonás se acerque a Él, Jesús dice:

–           Mi paz llegue a ti.

Jonás no contesta. Corre y llorando se arroja a sus pies y los besa. Cuando puede hablar dice:

–           ¡Cuánto te he esperado! ¡Cuánto! ¡Qué desconsuelo al saber que la vida se iba, que venía la muerte y que tenía que decir: ‘Y no lo vi’ y sin embargo no moría toda la esperanza! Ni siquiera cuando estuve a punto de morir. Recordaba que Ella dijo: ‘Vosotros, una vez más le serviréis’ y Ella no podía decir algo que no fuese verdad. Es la Madre del Emmanuel. Por esto nadie más que Ella, tiene a Dios consigo. Y tiene a Dios y sabe lo que es Dios.

–           Levántate. Ella te saluda. La tienes cerca, muy cerca. Nazareth la hospeda.

–           Tú y Ella… ¿En Nazareth? ¡Oh! ¡Si lo hubiese sabido! Por la noche. En los meses fríos de invierno, cuando la campiña duerme y los malos no pueden causar daño a los agricultores, hubiese ido corriendo a besaros los pies. Y hubiera regresado con mi tesoro de estar en lo cierto. ¿Por qué no te manifestaste, Señor?

–           Porque no era la hora. Pero ya ha llegado. Es necesario saber esperar. Tú lo dijiste: ‘En los meses helados, cuando la campiña duerme’ y sin embargo ya ha sido sembrada, ¿No es verdad? Yo también era como el grano sembrado. Tú me viste cuando fui sembrado. Después desaparecí bajo un silencio obligatorio, para crecer y llegar al tiempo de la mies. Y resplandecer a los ojos de quienes me vieron recién nacido y a los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado. Ahora el recién nacido está listo para ser el Pan del Mundo. Ante todo, busco a mis fieles y les digo: ‘Venid. Saciaos conmigo’

Jonás lo escucha con una sonrisa radiante de felicidad y exclama:

–           ¡Oh! ¡Eres Tú! ¡Eres exactamente Tú!

Jesús le pregunta:

–           ¿Estuviste a punto de morir? ¿Cuándo?

–           Cuando me medio mataron porque a dos parras mías les habían robado. ¡Mira cuantos cardenales! –se baja el vestido y muestra la espalda, que es como una pintura de cicatrices caprichosas. Y agrega- me pegó con un cordel de hierro. Contó los racimos que se habían llevado y revisó donde las uvas fueron arrancadas. Y por cada una, me dio un golpe más… hasta que quedé medio muerto. Me socorrió María, la hija del administrador. Me curó. Y después de dos meses me alivié, porque con el calor las llagas se infectaron y tenía mucha fiebre.

Dije al Dios de Israel: ‘No importa. Haz que vea otra vez a tu Mesías y no importa lo que sufro. Tómalo como sacrificio. No tengo nada que ofrecerte. Soy esclavo de un hombre y eso Tú lo sabes. Ni siquiera se me permite ir a tu altar en Pascua. Tómame por hostia… pero permite que lo vea otra vez.

–           Y el Altísimo contestó: ‘Jonás, ¿Quieres servirme como tus compañeros lo hacen?

–           ¿Y en qué forma?

–           Como ellos lo hacen. Leví sabe y te dirá cuán sencillo es servirme. Quiero tan solo tu voluntad.

–           Ésa te la dí, desde que apenas habías nacido. Por Ella, todo lo he vencido. Tanto los desconsuelos como los odios. Sucede que aquí no se puede hablar.  El amo, en cierta ocasión me pegó porque yo insistía en que Tú ya estabas. Pero cuando él no estaba y a los que les podía tener confianza… ¡Oh! ¡Cómo les contaba el prodigio de aquella noche!

–           Pues bien. Hoy es el prodigio de encontrarnos. Casi a todos os he encontrado. Y a todos, fieles. ¿No es esto una maravilla? Tan sólo por haberme contemplado con fé y amor, os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

–           ¡Oh! ¡Y desde ahora tendré valor! ¡Mucha valentía! Porque sé que estás y puedo decir: Él está aquí. Id a donde está. Pero, ¿A dónde, Señor mío?

–           Por todo Israel. Hasta Septiembre, estaré en Galilea. Nazareth o Cafarnaúm, frecuentemente me hospedarán. Y allí se me podrá encontrar. Después… estaré por todas partes. He venido a reunir a las ovejas de Israel.

–           ¡Señor mío! Encontrarás muchos que no son ovejas. Desconfía de los grandes de Israel.

–           No me harán ningún daño hasta que no llegue la hora. Tú dí a los muertos, a los que duermen y a los vivos: ‘El Mesías está entre nosotros’

–           Señor, ¿A los muertos?

–           A los muertos en su corazón. Los demás, los muertos en el Señor; se regocijarán con la alegría cercana de verse liberados del Limbo. Dilo a los muertos. Yo Soy la Vida. Dilo a los que duermen: Soy el Sol que se levanta y quita el sueño. Dilo a los vivos: Yo Soy la Verdad que buscan ellos.

–           ¿Y curas también a los enfermos? Leví me contó lo que hiciste con Isaac. Tan solo para él hay un milagro porque es tu pastor, ¿O también para todos?

–           Para los buenos, hay milagro como premio justo y para empujarlos hacia la verdadera bondad. También para los malvados. Para sacudirlos y persuadirlos de que Yo Soy y que Dios está conmigo. El milagro es un regalo.

–           Señor, no te desdeñes de entrar en mi casa. Si me aseguras que en los terrenos no entra un ladrón; quiero hospedarte y llamar a tu alrededor a los pocos que te conocen a través de mi palabra. El patrón nos ha doblado y quebrado como tallos inútiles. No tenemos otra cosa, más que la esperanza de un premio eterno. Pero si te muestras a los corazones intimidados, renovarán su fortaleza.

–           Voy. No tengas miedo por los árboles, ni por los viñedos. Puedes creer que los ángeles harán guardia.

–           ¡Oh, Señor! Yo he visto a tus siervos celestiales. Creo y estoy seguro contigo. ¡Benditas estas plantas y estas viñas que tienen viento y canción de alas y de voces angelicales! ¡Bendito este suelo al que santifican tus pies! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Oh! ¡Está con nosotros el Mesías!

Jonás está exultante de alegría. Y los lleva hacia su pobre choza.

Tres días después…

Jonás y los otros desgraciados campesinos como él, se despiden de Jesús. Es la hora de separarse.

Jonás pregunta:

–           ¿No te volveré a ver, Señor mío? Nos has traído la luz al corazón. Tu bondad ha hecho de estos días, una fiesta que durará toda la vida. Tú has visto cómo nos tratan. A las plantas se les cuida mejor que a nosotros, porque valen dinero. Nosotros somos tan solo máquinas que lo fabrican y se nos hace trabajar hasta morir por esta causa. Pero tus palabras nos han llenado de esperanza. Has compartido el pan con nosotros;  el pan que él ni siquiera da a sus perros. Vuelve Señor; para cualquier otro sería una ofensa ofrecer  un albergue y una comida que hasta los mendigos desdeñan. Pero Tú…

–           En ellos encuentro un aroma y un sabor celestial, porque hay en ellos fe y amor. Regresaré, Jonás.

–           Señor, cuando Tú nos amas, no se sufre. Antes no teníamos a nadie que nos amase. ¡Si al menos pudiese ver a tu Madre!

–           No te angusties. Cuando la estación sea más suave, vendré con Ella. No te expongas a castigos inhumanos, por el ansia de verla. Adiós a todos vosotros. Mi paz sea el escudo contra la dureza de quien os llena de temor. Adiós, Jonás. No llores. Con fe paciente has esperado tantos años. Te prometo ahora, que esperarás muy poco. No te dejaré solo. Tu bondad dio seguridad a mi llanto infantil.

–           Sí. Pero te vas y yo me quedo…

–           Jonás, amigo mío. No dejes que me vaya afligido por el peso de no poderte ayudar.

–           No lloro, Señor. ¿Pero cómo lograré vivir sin verte, ahora que sé que estás vivo?

Jesús vuelve a acariciar al viejo deshecho y luego se separa. Pero de pie, en los bordes de la miserable área, abre los brazos y bendice la campiña. Luego se pone en camino.

Simón nota el desacostumbrado ademán y pregunta:

–           ¿Qué haces, Maestro?

–           He puesto una señal en todas las cosas, para que Satanás no pueda dañarlas, dañando también a esos infelices.

–           Maestro, caminemos más aprisa. Te quiero decir una cosa que nadie más oiga.

Se separan del grupo y Simón dice:

–           Lázaro tiene órdenes de usar el dinero para socorrer a todos los que en el nombre de Jesús, lleguen a él. ¿No podríamos liberar a Jonás? Ese hombre solo tiene la alegría de tenerte. Hay que dársela. Acá, los más ricos de Israel, tienen tierras óptimas y los exprimen con cruel usura, exigiendo de sus trabajadores el ciento por uno. Lo sabía desde hace años. Maestro, si quieres, da órdenes y Lázaro lo hará.

–           Simón. Ya había comprendido porqué te despojabas de todo. No me es desconocido el pensamiento del hombre. También por esto te amé. Al hacer feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Oh! ¡Cómo me angustia el ver sufrir a quién es bueno! Mi condición de pobre y despreciado del mundo, no me causa angustia alguna. Si Judas me oyese diría: ‘Pero ¿Acaso no eres Tú el Verbo de Dios? Manda y las piedras se convertirán en oro y en panes para los miserables’ y repetiría las asechanzas de Satanás. Deseo quitar el hambre a los que la tienen, pero no como Judas querría.

Todavía no estáis bien preparados para comprender la profundidad de lo que digo. Pero óyeme: si Dios proveyese a todo, haría un hurto a sus amigos. Los privaría de la facultad de ser misericordiosos y de obedecer con esto a su mandato del amor. La desgracia de otros, proporciona a mis amigos, la facultad de ejercitarla. ¿Has comprendido mi pensamiento?

–           Es profundo. Lo medito. Me humillo al comprender cuán obtuso sea yo y cuán grande es Dios, que nos quiere con todos sus atributos. Que seamos más benignos, para poder llamarnos hijos suyos…

Simón reflexiona y luego se unen con el grupo que continúa su viaje hasta Nazareth…

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

12.- UN HOMBRE DESCONCERTANTE


Jesús está en Jerusalén con Simón. Se abren paso entre la multitud de vendedores y asnos que forman una procesión.

Jesús dice.

–           Subimos primero al Templo, antes de ir a Get-Sammi. Rogaremos al Padre en su Casa.

Simón contesta.

–           ¿Tan solo esto, Maestro?

–           Nada más. No puedo entretenerme. Mañana al amanecer quedamos de estar en la Puerta de los Peces y si la multitud insiste… ¿Cómo puedo librarme de ella? Quiero ver a los demás pastores. Luego iremos a Galilea. ¿Has estado alguna vez allá?

–           Una vez de paso y en invierno. En uno de mis penosos andares de un médico a otro. Tengo deseos…

–           ¡Oh, es hermosa! ¡Y mi Nazareth!… ¡OH, Simón! ¡Allá hay una flor que vive sola! ¡Que despide aroma de pureza y de amor por su Dios y por su Hijo! ¡Es mi Madre! La conocerás. Y me dirás si hay otra criatura igual a Ella, también en belleza humana, sobre la tierra. ¡Es hermosa! Pero todo cae, bajo lo interno que mana de su corazón. Si un hombre brutal la despojase de sus vestiduras y la mandase a caminar errante… ¡Aun así parecería una Reina con vestiduras reales, porque su santidad le serviría de manto y de resplandor!

El mundo puede pagarme mal. Pero todo perdono al mundo; porque para venir a él, a Redimirlo; me cupo la dicha de tenerla a Ella: La humilde y gran Reina del Mundo que éste ignora; pero por la que recibió el Bien y por siglos lo tendrá. Hemos llegado al Templo. Guardemos el rito del culto judío. Pero en verdad te digo que la verdadera Casa de Dios; el Arca Santa, es su Corazón; que tiene por velo su carne purísima y en la que hay virtudes, cual brocado.

Entran y caminan por el Primer Patio, pasan un portal y se dirigen al Segundo Patio. Simón ve un grupo y exclama:

–           Maestro, mira… allí está Judas; en medio de aquel montón de gente. Hay también Fariseos y Sinedristas. ¿Me permites ir a oír lo que dice?

–           Ve. Te espero cerca del Gran portal.

Simón va ligero y se mete entre la gente, buscando la manera de oír mejor, sin ser visto.

Judas está hablando con convicción:

–           … y he aquí que hay personas que todos vosotros conocéis y respetáis, que pueden decir quién soy yo. Muchos de entre vosotros veneráis al Bautista. Él también lo venera y lo llama: ‘el santo igual que Elías por su misión’. Pero Él es todavía mayor que él.  Ahora bien. Si el Bautista es esto. Él, a quién el Bautista llama el Cordero de Dios y jura por su santidad haber visto que el fuego del cielo lo coronaba; mientras una Voz del Cielo lo proclamaba: ‘Hijo amado de Dios a quien se debe escuchar’, solo puede ser el Mesías.

¡Lo es! ¡Os lo juro! No soy un cualquiera, ni un tonto. ¡Lo es! Lo he visto en sus obras y he escuchado su Palabra. Os lo digo: Él es el Mesías. El milagro le obedece como el esclavo a su dueño. Enfermedades y desgracias caen como cosas muertas y en su lugar llegan la alegría y la salud. Los corazones se cambian más que los cuerpos. Podéis verlo en mí. ¿Tenéis enfermos o penas que aliviar? Si los tenéis, venid mañana al amanecer a la Puerta de los Peces. Él estará ahí y os hará felices. Entretanto ved: en su Nombre doy a los pobres esta ayuda.

Y Judas distribuye dinero a dos paralíticos y a tres ciegos. Y finalmente obliga a una viejecilla a aceptar el resto. Despide a la gente y se queda con José de Arimatea, Nicodemo y otros tres.

Judas exclama muy contento:

–           ¡Ah! ¡Ahora estoy bien! Ya no tengo nada. Soy como Él quiere.

José exclama:

–           En verdad que no te reconozco. Pensaba que era una burla, pero veo que lo haces en serio.

Judas lo mira y dice convencido:

–         En serio. ¡Oh! Soy un animal inmundo en su compañía. Pero ya he cambiado mucho.

Juan el escriba le pregunta:

–           ¿Ya no pertenecerás más al Templo?

–           ¡Oh, no! ¡Soy del Mesías! Quien se acerca a Él, a menos que sea una víbora; no puede menos que amarlo y desear pertenecerle solo a Él.

Eleazar dice:

–           ¿No vendrá más aquí?

–           Sé que vendrá. Pero no ahora.

Nicodemo expresa:

–           Me gustaría escucharlo.

–           Ya habló en este lugar, Nicodemo.

–           Lo sé. Pero estaba con Gamaliel. Lo vi. Pero me detuve.

Judas pregunta curioso:

–           Nicodemo, ¿Qué dice Gamaliel?

Nicodemo contesta:

–           Dijo: ‘Algún profeta nuevo’… No añadió más.

Judas se dirige a uno de los hombres más prominentes en el Sanedrín:

–           José, ¿No le dijiste lo que te dije?… ¡Tú eres su amigo!

José el Anciano, responde:

–           Se lo dije. Pero me respondió: ‘Ya tenemos al Bautista. Y según la doctrina de los escribas, deben pasar cien años entre esto y la preparación del Pueblo; para la venida del Gran Rey. Yo digo que se necesita menos, porque el tiempo ya se cumplió. Más no puedo admitir que el Mesías se manifieste de este modo. Un día creí que daba principio la manifestación mesiánica; porque su primer resplandor fue un relámpago verdaderamente celestial. No hubo más que un largo silencio y creo que me equivoqué…

–           Trata de hablarle otra vez. Si Gamaliel estuviese con nosotros y vosotros con Él…

Juan  el escriba, objeta:

–           No os lo aconsejo. El Sanedrín es poderoso y Annás lo gobierna con astucia y ambición. Si tu Mesías quiere vivir, le aconsejo que permanezca en la oscuridad. A menos que se imponga con la fuerza… pero  en este caso, está Roma.

Judas exclama:

–           Si el Sanedrín lo escuchase, se convertiría a Él.

Los tres escribas sueltan una carcajada y dicen:

–           ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! … ¡Judas! Creímos que habías cambiado y que eras inteligente. si es verdad lo que dices de Él, ¿Cómo puedes creer que el Sanedrín lo siga? –invitan a José- ¡Ven! Ven, José. Es mejor para todos. ¡Que Dios te guarde, Judas! Te hace falta.

Y se alejan. Judas queda solo con Nicodemo.

Simón se desliza cuidadosamente y va hacia donde está Jesús.

Cuando se encuentra con él le dice:

–           Maestro. Me acuso de haber calumniado a Judas, de palabra y de corazón. Ese hombre me desorienta tanto. Había pensado que era enemigo tuyo. Pero lo he oído hablar de Ti en tal forma, que pocos lo harían entre nosotros.  Sobre todo aquí, donde el odio puede suprimir en primer lugar al discípulo y luego al Maestro. Lo vi dar dinero a los pobres y tratar de convencer a los sinedristas…

Jesús dice con decisión:

–           ¿Lo ves, Simón? Me felicito de que lo hayas visto en esta ocasión. Lo dirás a los demás cuando lo acusen. Bendigamos al Señor por esta alegría que me proporcionas. Por tu honradez al decir: ‘He calumniado’. Y por la obra del discípulo al que tenías como un malvado y que no lo es.

Oran por largo tiempo y luego se retiran.

En el camino, Jesús pregunta:

–           ¿No te vio?

Simón contesta:

–           No. Estoy seguro.

–           No le digas nada. Es un alma muy enferma. Una alabanza sería semejante a alimentos fuertes dados a un convaleciente de una fiebre estomacal… Lo haría que se enfermase más. Porque se gloriaría de saber que es famoso… Y donde está el orgullo…

–           Guardaré silencio. ¿A dónde vamos?

–           A la casa a del olivar. Allí debe estar Juan a esta hora del calor.

Caminan ligeros, buscando sombra por las calles que son calcinantes. Cuando llegan, Juan está en la cocina y los saluda diciendo:

–           ¡Maestro! ¿Tú? Te esperaba en la tarde…

–           Vine antes. ¿Cómo has estado?

–           Como un cordero que hubiese perdido a su pastor. Hablaba a todos de ti; porque al hacerlo era como tenerte un poco. He hablado a los familiares, conocidos y extraños. También a Annás…

–           Hiciste bien. ¿Has visto a Judas?

–           No, Maestro. Pero me envió alimentos y dinero que repartí entre los pobres. Y también me mandó decir que los usase porque eran suyos.

–           Es verdad, Juan. Mañana iremos a Galilea.

Juan se pone muy feliz.

Al día siguiente al amanecer; las filas de borriquillos se amontonan en la Puerta semicerrada, Jesús está con Simón y con Juan. Algunos vendedores lo reconocen y se apiñan a su alrededor.

Un soldado de la guardia también corre hacia Él. Y cuando se abre la Puerta, lo saluda:

–                 Salve, Galileo. Di a estos rebeldillos que estén más tranquilos. Se quejan de nosotros, pero no hacen otra cosa más que maldecir y desobedecer. Dicen que para ellos, todo es culto. ¿Qué religión tienen si se funda en la desobediencia?

Jesús contesta:

–           Compadécelos, soldado. Son como quienes tienen a un huésped no grato en su casa y que es más fuerte. Por lo que no pueden vengarse más que con la lengua y el desprecio.

–           Bien. Pero nosotros debemos cumplir nuestro deber y entonces debemos castigarlos. Y de este modo nos hacemos los huéspedes no gratos.

–           Tienes razón. Debes cumplir con tu deber. Pero hazlo siempre como un humano. Piensa: ‘Si estuviese en su lugar, ¿Qué haría?’ Verás que entonces sentirás piedad por los sometidos.

–           Me gusta oírte hablar. No tienes desprecio, ni altanería. Los otros palestinenses nos escupen por detrás. Nos insultan. Muestran el asco que sienten por nosotros. A no ser que se trate de desplumarnos muy bien; ya sea por causa de una mujer o por compras. Entonces el oro de Roma no causa ningún asco.

–           El hombre, es hombre; soldado.

–           Sí. Y es más mentiroso que el mono. No es agradable estar con quién parece una víbora al acecho. También nosotros tenemos casa, madre, esposa e hijos. Y la vida nos importa.

–           Mira. Si alguien se acordase de esto. No habría más odios. Tú lo has dicho: ¿Qué religión tienen? Te respondo: una religión santa, que tiene como primer mandamiento el amor a Dios y al prójimo. Una religión que enseña obediencia a las leyes; aun cuando sean de países enemigos. –Jesús se vuelve hacia la multitud- Porque oíd: ¡Oh! ¡Hermanos míos en Israel! Nada sucede sin que Dios lo permita. También las dominaciones: desgracia sin igual para un pueblo…

Y Jesús exhorta al pueblo a dar testimonio con Obras de la Religión Santa del Dios Verdadero. Cuando termina y despide a sus oyentes.

Simón dice:

–           Judas se está tardando y también los pastores.

El soldado que había estado escuchando atentamente pregunta:

–           ¿Esperas a alguien, Galileo?

Jesús contesta:

–           A Algunos amigos.

–           Ven para que te refresques al ‘andrón’. El sol quema desde el amanecer. ¿Vas a la ciudad?

–           No. Regreso a Galilea.

–           ¿A pie?

–           Soy pobre. A pie.

–           ¿Tienes mujer?

–           Tengo una Madre.

–           También yo. Ven. Si no te causamos repugnancia, como a los demás.

–           Tan solo la culpa me la causa.

El soldado lo mira sorprendido y pensativo. Luego dice:

–           Nosotros nunca tendremos nada contra Ti. Jamás se levantará la espada contra Ti. Tú eres Bueno. Pero los demás…

Jesús entra en el ‘andrón’. Juan va a la ciudad. Simón está sentado sobre una piedra que sirve de banca.

El soldado pregunta:

–           ¿Cómo te llamas?

–           Jesús.

–           ¡Ah! ¿Eres el que hace milagros en los enfermos? Pensaba que fueses tan solo un mago, como los que tenemos nosotros. Pero un mago bueno. Porque hay ciertos tipos…Los nuestros no saben curar enfermos. ¿Cómo lo haces?

Jesús sonríe y calla.

El soldado continúa:

–           ¿Empleas fórmulas mágicas? ¿Tienes ungüentos de la médula de los muertos; polvo de serpientes; piedras fantásticas de las cuevas de los pitones?

–           Nada de esto. Tengo tan solo mi poder.

–           Entonces eres realmente santo. Nosotros tenemos arúspices y vestales. Algunos de ellos hacen prodigios y dicen que son los más santos. ¿Qué piensas Tú? ¡Pues vemos que son peores que los demás!

–           Y si es así, ¿Por qué los veneráis?

–           Porque… porque es la religión de Roma. Si un súbdito no respeta la religión de su estado, ¿Cómo puede respetar al César y a la Patria? ¿Y así, a otras tantas cosas?

Jesús mira atentamente al soldado y le dice:

–           En verdad estás muy adelantado en el camino de la justicia. Prosigue ¡Oh, soldado! Y llegarás a conocer lo que tu alma añora por tener, sin siquiera saber su nombre.

–           ¿El alma? ¿Qué es eso?

–           Cuando mueras, ¿A dónde irás?

–           Bueno… no sé. Si muero como héroe, iré a la Hoguera de los Héroes. Si llego a ser un pobre viejo, un nada: probablemente me secaré en mi cuartucho o al borde de un camino.

–           Esto por lo que se refiere al cuerpo. Pero, ¿A dónde irá el alma?

–           No sé si todos los hombres la tengan o tan sólo los que Júpiter destina a los Campos Elíseos, después de una vida portentosa, si es que antes no se los lleva al Olimpo, como hizo con Rómulo.

–           Todos los hombres tienen un alma. Y esto es lo que distingue al hombre del animal. ¿Te gustaría ser semejante a un caballo? O ¿Un pez? ¿Carne que al morir no es más que un montón de podredumbre?

–           ¡Oh, no! ¡Soy un hombre y prefiero serlo!

–           Pues bien. Lo que hace que seas un hombre, es el alma. Sin ella no serías más que un animal que habla.

–           ¿Y dónde está? ¿Cómo es?

–           Existe dentro de ti. Viene de Quien creó el mundo y regresa a Él, después de la muerte del cuerpo.

–           Del Dios de Israel, según vosotros.

–           Del Dios Único, Eterno. Señor Supremo y Creador del Universo.

–           ¿Y también un pobre soldado como yo, tiene un alma que regresa a Dios?

–           También un pobre soldado. Y su alma podrá tener a Dios como Amigo suyo, si es buena siempre. O como a su Juez, si fuese mala.

Juan lo llama:

–           Maestro, ya llegó Judas, con los pastores y unas mujeres.

–           Me voy soldado. Sé bueno.

–           ¿No te volveré a ver? Quisiera saber…

–           Estaré en Galilea hasta Septiembre. Si puedes, ven. En Cafarnaúm o en Nazareth, cualquiera te puede dar razón de Mí. En Cafarnaúm pregunta por Simón Pedro. En Nazareth, por María de José, es mi Madre. Ven y te hablaré del Dios Verdadero.

–           Simón Pedro. María de José. Iré si puedo. Si regresas, acuérdate de Alejandro. Soy de la centuria de Jerusalén.

Judas y los pastores llegan al andrón y Jesús se despide:

–           Paz a todos vosotros y también a ti, Alejandro.

Jesús se aleja y Judas le explica:

–           Nos tardamos. Se nos juntaron estas mujeres. Estaban en Getsemaní y querían verte. Tratamos de dejarlas, pero se nos pegaron más que las moscas. Quieren saber muchas cosas. ¿Curaste a la muchacha que tenía tisis?

–           Sí.

–           ¿Hablaste con el soldado?

–           Sí. Es un corazón honrado y busca la Verdad.

Judas suspira profundo y Jesús le pregunta:

–           ¿Por qué suspiras, Judas?

–           Suspiro porque… Porque querría que los nuestros fuesen los que buscasen la Verdad.  Por el contrario. O huyen de Ella, la escarnecen o permanecen indiferentes. Estoy muy desilusionado. Tengo deseos de no volver a poner un pie aquí. Quisiera quedarme sólo para escucharte. Como discípulo no puedo hacer gran cosa.

–           ¿Y crees que Yo sí? No te desanimes, Judas. Son las luchas del apostolado. Más derrotas que victorias. Acá son derrotas. Pero allá arriba son victorias. El Padre ve tu buena voluntad. Y aunque no lograses nada, lo mismo te bendice.

Judas le toma la mano y se la besa, mientras dice:

–           ¡Oh! ¡Tú eres bueno! ¿Llegaré a ser bueno alguna vez?

–           Sí. Si así lo quieres.

–           Creo haberlo sido en estos días. He sufrido mucho para serlo. Porque tengo muchos deseos… pero lo fui, pensando sólo en Ti.

–           Entonces persevera. Me haces muy feliz. –Jesús se vuelve hacia los pastores- Y vosotros, ¿Qué noticias me tenéis?

–           Yo te digo Maestro, que son mejores los humildes. A los que me dirigí, no tuvieron más que burlas o indiferencia.

Judas interviene y contrario a su costumbre, llama al pastor por su nombre:

–           Isaac, yo pienso como tú. Perdemos tiempo y fe a su contacto. Yo renuncio.

Isaac contesta con firmeza:

–           Yo no. Pero me hace sufrir. Renunciaré solo si el maestro lo manda. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por ser leal a la Verdad. No puedo mentir para congraciarme con los poderosos. Y Tú sabes Señor, cuantas veces fueron a mi lecho de enfermo a burlarse de mí prometiéndome, aunque yo sabía que eran promesas falsas; ayudarme, si decía que yo había mentido. ¡Y que Tú no eras el recién nacido Salvador! Pero yo no podía mentir. Hacerlo hubiera sido lo mismo que renunciar a mi alegría, matando mi única esperanza. ¡Rechazarte a Ti, Jesús y Señor mío! ¡No! No podía rechazarte. No lo hice y no lo haré.

Jesús coloca su mano en la espalda de Isaac y sonríe.

Judas, mirando a Isaac vuelve a hablar:

–           ¿Entonces tú persistes?

El pastor le contesta:

–           Yo sí. Hoy, mañana y pasado mañana, otra vez. Alguien vendrá.

–           ¿Cuánto durará tu trabajo?

–           No lo sé. Pero créeme. Basta con no mirar ni hacia delante, ni hacia atrás. Pensar solo en el día presente. Y si al anochecer se ha logrado algo, decir: ‘Gracias, Dios mío’. O si no hubo nada: Gracias, Dios mío. Espero con tu ayuda, hacer algo mañana.’

–           Eres un sabio.

–           Ni siquiera sé lo que significa eso. Pero hago en mi misión, lo que hice en mi enfermedad. Casi treinta años de enfermo, ¡No son un día!

–           ¡Eh! ¡Lo creo! Yo todavía no había nacido y tú ya estabas enfermo.

–           Estaba enfermo, pero jamás he contado esos años. ¿Qué veo del pasado? ¡Nada! Todo se ha ido.

Jesús dice:

–           Acá nada. Pero en el Cielo es todo. Y ese todo te está esperando. Es necesario obrar así. También Yo lo hago. Ir adelante sin fatigas. La fatiga también es una raíz de la soberbia humana. De igual manera que la premura. Mirad todo lo creado y pensad en Quién lo hizo. Lo creado es obra de una creación sin prisa. El Padre no hizo nada desordenadamente. Todo es paciencia.

–           Entonces, ¿Cuándo te conocerán?

–           ¿Quién, Judas?

–           El Mundo.

–           Jamás.

–           Pero, ¿No eres el Salvador?

–           Lo Soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Solo en la proporción de uno a mil me querrá conocer y en la proporción de uno a diez mil, realmente me seguirá. Y todavía digo más: ni siquiera mis íntimos me conocerán.

–           Pero si son tus íntimos te conocerán.

–           Si, Judas. Me conocerán como al Jesús Israelita, pero no como Soy. En verdad os digo que no todos mis íntimos me conocerán. Conocer quiere decir: amar con fidelidad y esfuerzo. Y habrá alguien que no me conocerá.

Jesús tiene su gesto resignado que siempre tiene cuando predice la futura traición. Con el rostro afligido que no mira a hombres, ni al cielo; sino a una visión espiritual que le da el futuro destino del traicionado.

Juan objeta:

–           No lo digas, Maestro.

Simón dice:

–           Te seguiremos, nosotros para conocerte mejor.

Y los pastores le hacen coro:

–           Te seguimos como a una esposa y nos eres más caro que ella. Somos más celosos de Ti. Que por una mujer.

Judas declara:

–           ¡Oh, no! Te conocemos tanto que no podemos desconocerte. –señalando a Isaac, agrega- él dice que renegar de tu recuerdo de recién nacido, le hubiera sido más atroz que perder la vida. Y sólo eras un bebé pequeñito. Nosotros tenemos al Hombre, al Maestro. Te escuchamos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, son nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un demonio podría renegar de Ti, después de haber sido un íntimo tuyo!

–           Es verdad, Judas. Pero así será.

Juan exclama:

–          ¡Ay de él! ¡Seré yo quien le ajusticie!

Jesús corrige:

–           No. Al Padre deja la Justicia. Tú sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende hacia Satanás. Ya se hizo tarde. Isaac, te bendigo, siervo fiel. Ten en cuenta que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que quiere ayudar a mis amigos. Me voy. Tú quédate a ararme el terreno árido de la Judea. Regresaré. Cuando me necesites, sabes en donde podrás encontrarme. Mi paz sea contigo.

Jesús bendice y besa a su discípulo.

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA