19.- EL COLEGIO APOSTÓLICO


Unos días después…

En la pequeña habitación que da al huerto que está lleno de follaje, con todo el esplendor del verano; Jesús está con María. Están sentados juntos en la banca de piedra junto a la pared. Después de terminada la cena, los demás se retiraron a descansar.

La Madre y el Hijo se sienten felices de estar cerca y de trabar una dulce conversación. Hablan de lo sucedido durante su separación: Del bautismo. Del ayuno en el desierto. De la formación del Colegio Apostólico. Jesús ha contado a su Madre sus primeras jornadas de evangelización. Sus primeras conquistas de corazones.

Y María está pendiente de cada palabra de su Jesús. Está más pálida y más delgada, evidenciando el sufrimiento de este tiempo. Sus bellísimos ojos azules, tienen las ojeras de quien ha llorado mucho y no oculta su preocupación. Pero ahora está feliz. Y sonríe acariciando la mano de su Hijo. Ha vuelto a tenerlo ahí, corazón con corazón; en el silencio de la noche que comienza.

La higuera tiene ya sus primeros frutos maduros, que se extienden hasta la casa. Y Jesús se pone de pie, a cortar algunos. Da los más bonitos a su Madre; limpiándolos con cuidado. Se los presenta como si fueran cálices blancos de estrías rojas, con su corona de pétalos blancos por dentro y púrpura por fuera. Los presenta en la palma de su mano y sonríe al ver que le gustan a su Mamá.

Después le pregunta a quemarropa:

–           Mamá, ¿Has visto a mis discípulos? ¿Qué piensas de ellos?

María, que está a punto de llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza. Suspende su movimiento, se sobresalta y mira a Jesús.

Él recalca:

–           ¿Qué piensas de ellos ahora que te los he presentado?

Ella contesta:

–           Creo que te aman y que podrás obtener mucho de ellos. Juan… Ama a Juan, como solo Tú puedes amar. Es un ángel y estoy tranquila cuando pienso que está contigo. También Pedro es bueno. Es duro porque ya es viejo. Pero franco y de convicción. Y su hermano Andrés; Felipe y Natanael. Y también Tomás… te aman como ahora son capaces de hacerlo. Después te amarán más. Zelote es agradecido y también Mateo. Así como los primos, ahora que se han convencido; te serán fieles.

Pero el hombre de Keriot… ese no me gusta, Hijo. Su ojo no es limpio y mucho menos su corazón. Me causa miedo.

–           Contigo es respetuoso.

–           Demasiado respetuoso. También contigo es muy respetuoso. Pero no es por ti, Maestro. Es por Ti, futuro rey de quien espera utilidades y gloria. Era un donnadie. Apenas un poco más que los demás de Keriot. Pero ahora espera desempeñar a tu lado, un papel de gran importancia y

¡Oh, Jesús!… No quiero faltar a la caridad. Pero pienso, aun cuando no quiero pensarlo; que en caso de que lo desilusiones, no dudará en reemplazarte.

O en tratar de hacerlo. Es ambicioso; avariento y vicioso. Está más preparado para ser ministro de un rey terrenal, que no un apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me causa mucho miedo!

Y la Mamá, mira a su Jesús con los ojos aterrorizados en su pálida cara… María, la plena de Gracia por el poder del Espíritu santo; ha leído en el corazón de judas, como en un libro abierto.

Jesús lanza un suspiro. Piensa por un largo momento. Luego mira a su Madre. Le sonríe para darle fuerzas.

Y dice:

–           También esto es necesario, Mamá. Si no fuese él, sería otro. Mi Colegio debe representar el mundo. Y en el mundo no todos son ángeles. Y no todos son del temple de Pedro y de Andrés. Si escogiese todas las perfecciones, ¿Cómo podrían las pobres almas enfermas; atreverse a poder llegar a ser mis discípulos? He venido a salvar lo que estaba perdido. Mamá; Juan por sí ya está a salvo. Pero, ¡Cuántos otros no lo están!

–           No tengo miedo de Leví. Se redimió porque quiso serlo. Dejó su pecado, junto con su banco de alcabalero. Y se hizo un alma nueva para venir contigo. Pero Judas de Keriot, no. Y además el orgullo llena más su alma manchada. Pero Tú sabes todas estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? No puedo sino rogar y llorar por Ti. Tú eres el Maestro…  Y también de tu pobre Mamá.

El coloquio sigue…

Y al día siguiente… El amplio taller de carpintería ha sido convertido en dormitorio. Con lechos bajos que han sido colocados junto a las paredes. Y los discípulos están cenando en el gran banco que sirve de mesa. Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.

Judas de Keriot, pregunta:

–           ¿Vas de veras al Líbano?

Jesús responde con firmeza:

–           No prometo nunca, si no voy a cumplir. Apenas salga la luna, partiremos. El camino será largo; aun cuando usemos la barca hasta Betsaida. Nos esperan los pastores y Juana de Cusa.

–           ¡Con este calor! ¡Apenas comienza el verano!  ¡Mira lo que haces! Lo digo por Ti.

–           Las noches están menos sofocantes. El sol pronto estará en león y los temporales harán que no se sienta tanto. Pero lo repito, no obligo a nadie a que venga conmigo. Y a mí alrededor todo es espontáneo. Si tenéis negocios u os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después.

–           Muy bien. Tú lo dices, yo tengo que ver por los intereses de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me rogó que viera a algunos amigos. Y como soy el hombre de mi familia…  

Pedro rezonga:

–           Menos mal de que se acuerda de que la madre es siempre la primera, después del padre.

Sea que Judas no oiga o no quiera oír, no da señales de comprender lo que ha dicho Pedro. A quién por otra parte, Jesús refrena con una mirada. Mientras que Santiago de Zebedeo, sentado junto a Pedro, le jala el vestido para hacerlo callar.

Jesús dice:

–           Ve pues, Judas. Comprendo que debes ir. No hay que faltar a la obediencia a la madre.

–           Me voy al punto, si me lo permites. Llegaré a Naím a tiempo para encontrar hospedaje. Adiós, Maestro. Adiós, amigos.

Jesús le dice:

–           Sé amigo de la paz y merece tener a Dios siempre contigo. ¡Adiós!

Todos le saludan con un gesto simultáneo.

No hay ninguna aflicción al verlo partir. Al contrario… Pedro, para que no se arrepienta, le ayuda a apretar las cintas de su alforja y a ponérsela. Lo acompaña hasta la puerta del huerto y se queda en el umbral para verlo partir. Y cuando ve que se ha alejado hace un gesto de alegría y de irónico saludo. Y regresa restregándose las manos. No dice nada. Pero ya lo ha dicho todo.

Los que lo vieron, ríen para sus adentros.

Pero Jesús no lo nota, porque está mirando fijamente a su primo Santiago que se ha ruborizado y deja de comer las aceitunas.

Y le pregunta:

–           ¿Qué te pasa?

Santiago de Alfeo contesta:

–           Dijiste: ‘No se debe faltar a la obediencia de la madre’… ¿Y entonces nosotros?…

–           No tengas escrúpulo. Como línea de conducta así es. Cuando uno no es más que hombre y más que hijo. Pero cuando está uno cerca de otra naturaleza y de otra paternidad, no. Ella es más sublime si se le sigue según órdenes y deseos. Judas llegó primero que tú y que Mateo. Pero está muy atrás todavía. Es necesario que se forme. Y lo hará muy despacio. Tened caridad con él. ¡Tenla, Pedro!

–           ¡Oh, Maestro! ¡Me es tan difícil con él…!

–           Lo comprendo, pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas molestas es una virtud. ¡Úsala!

–           Sí, Maestro. Pero cuando lo veo así… Así… mejor me callo. Tú me comprendes. Es bueno que se vaya y me reforzaré para soportarlo. Después…

 

            Jesús sonríe y mueve la cabeza, compadeciendo al justo y sanguíneo Pedro. Se oye el golpeteo de herraduras y de pronto en el umbral de la calle, se asoma el cuerpo negro y sudoroso de un caballo; del que se apea un jinete que se precipita como un bólido y se postra a los pies de Jesús. Los besa con adoración. Todos lo miran asombrados.

Jesús pregunta:

–           ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

El hombre contesta:

–           Soy Jonathás.

José responde con un grito, pues no lo había reconocido y corre hacia él.

Jonathás  exclama emocionado:

–           Sí. ¡Adoro a mi Señor amado! Treinta años de espera… ¡Oh! ¡Larga espera! Más ahora han florecido como la flor de un agave solitario. Y florecido de golpe en un éxtasis feliz. Y tanto más feliz, cuanto más lejano. ¡Oh, mi Salvador!

Jesús dice:

–           Levántate Jonatás. Estaba a punto de ir a buscarte. También a Benjamín y a Daniel.

–           Lo sé.

–           Levántate para darte el beso que he dado a tus compañeros.

Y lo levanta y lo besa.

–           Lo sé. –repite el  viajero robusto; bien parecido y lujosamente vestido- Lo sé. Ella tenía razón. No era delirio de agonizante. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo te ve el alma y cómo te siente cuando Tú la llamas!   –Jonathás está conmovido-    Estaba yo de viaje con la patrona que agoniza. Caminábamos despacio, pues ella sufre mucho con los vómitos de sangre. En Cesárea de Filipo parecía ya muerta y me dijo: ‘Jonatás, llévame otra vez a casa. Pero pronto…  ‘OBEDECE.’

Es la primera vez desde hace seis años que le sirvo, que me habla así. ¡Qué viaje! Casi he matado a los caballos, para llegar a Tiberíades. Llegamos esta madrugada. Y por las palabras de Esther comprendí que fuiste Tú el que te le apareciste al alma de mi patrona y le dijiste que la esperabas para darle la vida. Me ha mandado por delante. Para decirte: ‘¡Oh! ¡Ven, Salvador mío!’

–           Voy al punto. La fe merece su premio. Quien me quiere, me tiene. ¡Vamos!

–           Están por llegar unos borriquillos que contraté porque no tenían caballos. Así iremos más pronto. Espero encontrarla cerca de Caná.

La Virgen se acerca, seguida por María de Alfeo.

Jonathás cruza las manos sobre el pecho y la saluda inclinándose profundamente. Luego se arrodilla y besa la orla de su vestido, diciendo:

–           Te saludo, Madre de mi Señor.

Alfeo de Sara, dice al gran número de curiosos:

–           ¡Oh! ¿Qué decís de esto? ¿No es vergonzoso que solo seamos nosotros los que no tenemos fe?

Llegan los asnos y parten. La noche ha entrado y aparece la luna en su cuarto creciente. A la cabeza, van Jesús y Jonathás. Seguidos por todos los demás.

Después de un rato, Jesús vuelve su rostro al escuchar una carcajada fresca de Juan, a la que hacen coro los demás…

Pedro explica:

–           Soy yo, Maestro, el que hago reír. En la barca estoy más seguro que un gato. Pero aquí arriba, ¡Parezco un barril de madera suelto en el puente de una nave, con el viento del sudoeste!

Jesús sonríe y lo anima prometiéndole que pronto terminará el trote.

Pedro contesta:

–           ¡Oh! No importa. Si los muchachos se ríen, no hay nada de malo. ¡Vamos! Vamos a hacer feliz a esa buena mujer.

Siguen avanzando y Jesús vuelve otra vez su rostro ante otra explosión de risas.

Pedro exclama:

–           ¡No! Esto no te lo digo, Maestro. Aunque pensándolo bien… ¿Por qué no? Sí que te lo digo…

Decía yo: Nuestro supremo primer ministro, se roerá las manos cuando sepa que no estuvo cuando tenía que hacerla de pavo real, cerca de la dama’ -Todos se ríen. Y Pedro continúa-  Pero así es. Estoy seguro que si hubiera sabido, no hubiera habido viñedos que cuidar.

Jesús no contradice.

Llegan pronto a Caná y se acercan al carro cubierto. Jesús se apea y Jonathás anuncia:

–           ¡El Mesías!

La vieja nodriza se acerca suplicando:

–           ¡Oh, sálvala Señor! ¡Está muriendo!

Jesús sube al carro donde hay un montón de cojines. Y sobre ellos un cuerpo macilento. Una sierva llora mientras seca el sudor helado, de la agonizante. Jesús se inclina sobre la mujer de mejillas enjutas por la tuberculosis. La respiración es difícil y en los labios semiabiertos, hay una sombra purpúrea.

Jesús le toma la mano y le dice:

–           ¡Juana! ¡Juana, Soy Yo! Yo que te amo. Soy la Vida. Mírame vine a salvarte. ¿Puedes creer en Mí?

La moribunda asiente con la cabeza.

–           Yo lo quiero. Sé sana. Levántate.

Una fracción de minuto… Y luego Juana de Cusa, sin ayuda de nadie se sienta. Da un grito y se lanza a los pies de Jesús, con una voz fuerte y llena felicidad.

–           ¡Oh! ¡Amarte toda mi vida! ¡Para siempre tuya! ¡Nodriza! ¡Jonatás! ¡Estoy curada! ¡Pronto! ¡Corred a decirlo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor! Señor quédate en mi casa. ¡Soy tan feliz!

–           Voy. Pero tengo mis discípulos.

–           Mis hermanos, Señor. Juana tendrá para ellos, como para Ti; de comer, de beber y descanso. ¡Hazme feliz!

–           Está bien. Vamos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

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