24.- EXPULSADO DEL TEMPLO


En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes. Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. Es la hora temprana de un día nublado de Noviembre, en una tarde que desciende.

Un vocerío en que se oye la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, se mezcla con las altas y chillonas de los hebreos. Es como la confusión de una lucha.

Se oye una voz femenina que grita:

–                 ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe. Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas se vuelven.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–                 ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–                 ¡Dejadme pasar, perros judíos! Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye la confusión.

Cuando llega a él, grita:

–                 ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

El soldado contesta:

–                 ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–                 Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

Jesús, al verlo le dice:

–                 ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño… mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada. Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada… Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’ Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–                 ¿Dónde está?

–                 Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–                 Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa. En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando. El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro. Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–                 La cabeza está abierta por delante y por detrás. Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza y le dice con infinita dulzura:

–                 No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona. Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza. El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–                 Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–           Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–                 ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–                 ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan. –ordena a su Predilecto-  Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–                 ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–                 ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados. Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño. Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–                 Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver. Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida. También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración. La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño. Y llora de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–                 Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–                 Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–                 El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo. Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo. El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’, responde:

–                 Nosotros no somos perros. Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús ha besado y entregado el niño a su madre. Se pone de pie y dice:

–                 ¡Calla, Alejandro! Yo hablo. –agrega mirando al que lo arroja- Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–                 Pero de explicar en el Templo la Ley, sí. Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién eres? ¡Quién eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–                 ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame. Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo. Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–                 Responde, Judas. Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–                 Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez? Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–                 Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’ y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’ Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–                 Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–                 ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–                 Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–                 Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–                 Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–                 Entiendo. Vámonos. Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo. Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–                 Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–                 ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron. Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–                 Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–                 Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma. Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú! Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–                 Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

Por la noche, Jesús está cenando con sus discípulos en la casita del olivar. Intercambian comentarios de lo sucedido durante el día y de la curación de un leproso, cerca de los sepulcros de Betfagé.

Bartolomé, dice:

–                 Había un centurión romano que observaba y me preguntó desde su caballo: ‘El Hombre a quién sigues, ¿Hace frecuentemente cosas similares? Y yo le dije que sí.  Y él me dijo:

–                 Entonces es más grande que Esculapio y será más rico que Creso.

–                 Será siempre pobre según el mundo; porque no recibe, sino que da. Y lo único que busca es llevar almas al conocimiento del Dios Verdadero.

El centurión me miró con tamaños ojos, lleno de admiración. Espoleó su caballo y partió al galope.

Tomás agrega:

–                 Había también una mujer romana en la litera. Tenía las cortinas corridas y ojeaba por ellas. Yo la vi.

Juan confirma:

–                 Sí. Estaba cerca de la curva alta del camino. Había dado órdenes de detenerse cuando el leproso gritó: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’ Entonces recorrió la cortina y yo vi que te miró a través de una lente preciosa y se rió con ironía. Pero cuando vio que Tú, sólo con tu Palabra la habías curado; me llamó y me preguntó: ‘Pero, ¿Ése es el que dicen que es el verdadero Mesías?’ respondí que sí. ‘¿Y es verdaderamente Bueno?’ Volví a decir que sí. ‘¿Estás tú con Él?’ Sí.

Pedro y Judas preguntan al mismo tiempo:

–                 ¡Entonces la viste!

–                 ¿Cómo era?

Juan contesta sencillamente:

–                 Pues… una mujer.

Pedro ríe:

–                 ¡Qué descubrimiento!

Iscariote insiste:

–                 ¿Era bella? ¿Joven? ¿Rica?

–                 Sí. Me parece que era joven y también hermosa. Pero yo estaba mirando más bien a Jesús que a ella. Quería cerciorarme, cuando el Maestro se pusiera en camino.

Judas dice entre dientes:

–                 ¡Estúpido!

Santiago de Zebedeo lo defiende:

–                 ¿Por qué? Mi hermano no es un libertino en busca de aventuras. Respondió por educación y no faltó a su primera cualidad.

Judas pregunta:

–                 ¿Cuál?

–                 La del discípulo que ama tan solo a su Maestro.

Judas irritado, inclina la cabeza.

Felipe dice:

–                 Y luego… no es muy bueno que lo vean a uno hablar con los romanos. Ya nos andan acusando de que somos galileos. Y por eso, menos puros que los judíos. Esto por nacimiento…  También nos acusan de detenernos en Tiberíades con demasiada frecuencia. Lugar de cita de los gentiles, sirios, fenicios… y… ¡Oh! ¡De cuantas cosas nos acusan!

Jesús, que hasta ahora había permanecido callado; dice:

–                 Eres bueno, Felipe. Y pones un velo en la dureza de la verdad que dices. Porque sin velo, es ésta: ¡De cuantas cosas me acusan!

Iscariote corrobora:

–                 En el fondo no están del todo equivocados. Demasiado contacto con los paganos. 

Jesús pregunta:

–                 ¿Tienes tan solo por paganos a los que no tienen la Ley Mosaica?

–                 ¿Y cuáles otros podrían ser?

–                 Judas… ¿Puedes jurar por nuestro Dios, que no tienes paganismo en el corazón? ¿Puedes  jurar que no lo tengan los israelitas más sobresalientes?

–                 Maestro, de los otros no lo sé. De mí… Puedo jurar.

–                 ¿Qué cosa es para ti, el paganismo, según tu manera de pensar?

Judas replica con vehemencia:

–                 Seguir a una religión que no es la verdadera. Adorar a otros dioses.

–                 ¿Y cuáles son?

–                 Los dioses de Grecia, Roma y de los egipcios. En una palabra; los dioses de mil nombres y de seres que no existen; pero que según los paganos, llenan sus olimpos.

–                 ¿Y ningún otro dios existe? ¿Sólo los olímpicos?

–                 ¿Y Cuáles otros? ¿Acaso no son ya demasiados?

–                  Demasiados. Sí. Demasiados. Pero hay otros. Y a ellos, cada hombre les quema  incienso en los altares de su corazón. También los sacerdotes; escribas, rabíes, saduceos y herodianos. Todos los de Israel. ¿No es verdad? No sólo ellos; sino que hasta mis discípulos, lo hacen.

Todos replican vivamente:

–                 ¡Ah! ¡Eso, no!

Jesús los mira a todos y dice:

–                 ¿No?… Amigos… ¿Quién de vosotros, no tiene un culto, o muchos cultos secretos? Uno, tiene la belleza y la elegancia. El otro, el orgullo de su saber. Otro, inciensa la esperanza de llegar a ser humanamente grande. Otro… adora todavía a la mujer. Otro; el dinero. Otro se postra delante de su saber. Y habrá quién; con un egoísmo monstruoso, se adorará a sí mismo; en un auto idolatría, infernal.  ¿De verdad queréis saber cuál es el ídolo que adoráis?… Responderos a vosotros mismos: ‘¿En qué pienso cuando me levanto por las mañanas? ¿En qué pienso a lo largo del día? ¿En qué pienso, cuando me acuesto a descansar? ¿En qué pienso todos los días? ¡Los siete días, de la semana! ¿A QUIÉN LE ESTOY DEDICANDO MI VIDA?…  La respuesta…

¡Es el nombre del ídolo de vuestro corazón! A quién le hemos entregado el dominio de nuestros pensamientos; es el nombre del ídolo al cual adoramos. Y así sucesivamente… en verdad os digo que no hay hombre que no esté manchado de idolatría. ¡¿Cómo entonces se puede desdeñar a los paganos?! Que lo son por desgracia; mientras que estando uno con el Dios Verdadero; permanece pagano por su voluntad…

Muchos exclaman al mismo tiempo:

–                 Pero somos humanos, Maestro.

–                 Es verdad. Entonces tened caridad para con los otros. Porque Yo la he tenido para todos. Y para eso he venido y vosotros no valéis más que Yo.

Judas objeta:

–                 Pero entretanto nos acusan y a tu misión le ponen trabas.

–                 Eso no importa. Seguiré adelante.

Pedro, dice:

–                 A propósito de mujeres… desde que hablaste en Betania la primera vez; después de tu regreso a Judea; hay una mujer velada que siempre nos sigue. Y la veo que te escucha detrás de un árbol o procurando pasar desapercibida, porque no habla con nadie. Ahora  la vi tres veces en Jerusalén. Hoy le pregunté: ¿Necesitas algo? ¿Estás enferma? ¿Quieres una limosna…? Y siempre negó con la cabeza.

Juan dice:

–                 A mí me dijo un día: ‘¿En dónde vive Jesús?’ y le contesté: ‘En Get-Sammi’

Judas de Keriot exclama iracundo:

–                 ¡Valiente bobo! ¡No debiste hacerlo! Debías haber dicho: ‘¡Descúbrete! ¡Hazte conocer y te lo diré!

Juan pregunta sencilla e inocentemente:

–                 Pero… ¿Desde cuándo exigimos esas cosas?

Judas explica con impaciencia:

–                 A los otros se les puede ver. Ella está cubierta completamente con el velo. O es una espía o una leprosa. No debe seguirnos y enterarse. Si es espía, es para hacer el mal. Tal vez el Sanedrín le paga por esto…

Pedro pregunta:

–                 ¡Ah! ¿El Sanedrín usa estos medios? ¿Estás seguro?

–                 Segurísimo. Estuve en el Templo y lo sé.

Pedro comenta:

–           ¡Qué belleza! Esto viene como anillo al dedo a lo que acaba de decir el Maestro…

Judas se pone rojo de ira e increpa:

–                 ¿Qué?

–                 Que también hay sacerdotes paganos.

–                 ¿Qué tiene que ver esto con pagar a una espía?

–                 ¡Qué si tiene!… ¿Por qué pagan? Para aplastar al Mesías y triunfar ellos. Se ponen pues en el altar con sus puercas almas, bajo sus limpísimos vestidos. –responde Pedro convencido, con su buen juicio de iliterato.

Judas concluye:

–                 Bien. En resumidas cuentas, esa mujer es un peligro para nosotros o para la gente. Para la gente, si es leprosa. Para nosotros, si es espía.

Pedro replica:

–                 Esto es: Para Él, en caso de que así fuese.

–                 Pero si cae Él; nosotros también caemos.

–                 ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! –ríe Pedro y concluye- Y si cae uno, el ídolo se rompe en pedazos. Y se pierde el tiempo, estima y tal vez hasta el pellejo. Y entonces… ¡Ah! ¡Ah!… entonces es mejor tratar de que no caiga… o retirarnos a tiempo…. ¿Verdad? Yo al revés. ¡Mira! –Pedro abraza estrechamente a Jesús y agrega- Lo abrazo con todas mis fuerzas. Si cae pisoteado por los traidores de Dios, quiero caer con Él.

Juan dice muy triste:

–                 No pensaba que había hecho tanto mal, Maestro. Pégame. Maltrátame. Pero sálvate. ¡Ay de mí, si yo fuera la causa de tu muerte!… ¡Oh!… ¡Jamás volvería a tener paz! Me quedaría ciego de tanto llorar. ¿Qué he hecho? ¡Judas tiene razón! ¡Soy un tonto!…

Jesús interviene:

–                 No Juan. No lo eres e hiciste bien. Déjala que venga siempre. Respetad su velo. Puede ser que lo use como medio entre el pecado y la sed de redimirse. ¿Tenéis idea de qué causa ese llanto y ese pudor? Dijiste Juan; hijo de corazón de niño bueno, que un llanto continuo surcaría tu rostro si fueses causa de un mal mío. Pero piensa que tan solo después de una redención completa; un alma puede rehacer una nueva belleza, santa y más perfecta que se muestra sobre el rostro en el que resplandece el Perdón de Dios.

–                 ¿Entonces no hice mal?

–                 No. Ni tampoco Pedro. ¡Dejadla! Y ahora cada uno vaya a descansar. Me quedo con Juan y Simón; a los que debo hablar. Podéis iros.

Los discípulos se retiran.

Jesús pregunta:

–                 ¿Dijiste Simón, que Lázaro envió a Maximino cuando ya estaba cerca de la Torre Antonia?… ¿Qué quería?…

–                 Quería decirte que Nicodemo estaba en su casa y que deseaba hablarte en privado. Me permití decir: ‘Que venga. El Maestro lo espera esta noche’ no tienes sino la noche para estar solo…  ¿Hice mal?

–                 Hiciste bien. Juan, ve a esperarlo.

Se quedan solos Simón y Jesús; el cual está pensativo.

Simón respeta su silencio; pero de pronto lo rompe Jesús. Como si terminase de hablar consigo mismo y dice:

–                 Sí. Está bien hacer así. Isaac, Elías y los demás bastan para tener viva la Idea, que ya se afirma entre los buenos y entre los humildes. Para los potentes hay otras levas… están Lázaro, Cusa, José y otros… pero los poderosos no me quieren. Temen y tiemblan por su poder. Me iré lejos de este corazón judío; que es siempre más hostil al Mesías.

Simón pregunta:

–                 ¿Regresamos a Galilea?

–                 No. Pero iremos lejos de Jerusalén. Aquí, todo sirve para acusarme. Me retiro y por segunda vez…

Juan lo interrumpe al entrar diciendo:

–                 ¡Maestro! ¡Aquí está Nicodemo!

Después de los saludos, Simón toma a Juan y salen de la cocina, dejándolos solos a los dos.

Nicodemo dice a Jesús:

–                 Maestro. Perdona si quise hablarte en secreto. Desconfío de muchos por Ti y por mí. No todo es vileza mía. También prudencia y deseo de ayudarte; más que si abiertamente te perteneciese. Tienes muchos enemigos. Soy uno de los pocos que te admiran. Pedí consejo a Lázaro. Éste es poderoso de nacimiento y lo temen porque goza del favor de Roma. Es justo. A los ojos de Dios, es sabio por madurez de ingenio y de cultura. Es en verdad amigo verdadero tuyo y mío. Por eso quise hablar con él. Y estoy contento de que él piense de la misma manera. Le platiqué de las últimas discusiones que tuvo el Sanedrín respecto a Ti.

–                 Las últimas acusaciones. Di la verdad como es.

–                 Las últimas acusaciones. Sí, Maestro. Estaba a punto de decir que soy uno de los tuyos; pero José, que estaba cerca de mí me susurró: ‘¡Cállate! Ocultemos nuestro modo de pensar. Luego te diré’ Y a la salida me dijo: ‘Es mejor así. Si saben que somos discípulos; nos tendrán a oscuras de cuanto piensen y decidan. Y pueden dañarle y dañarnos. Como sencillos admiradores de Él; no nos tendrán secretos’ Comprendí que tenía razón. ¡Son muchos!… ¡Y malos! También yo tengo mis intereses y mis obligaciones. Lo mismo que José… ¿Comprendes, Maestro?

–                 No os reprocho nada. Antes de que tú llegases, decía esto a Simón. Y he determinado alejarme también de Jerusalén.

–                 ¡Nos odias porque no te amamos!

–                 ¡No! ¡No odio ni siquiera a los enemigos!

–                 Tú lo dices. Pero es así. ¡Tienes razón! ¡Pero para mí y para José es un gran dolor! ¿Y Lázaro? ¿Qué dirá Lázaro que precisamente hoy ha decidido que te dijera que dejases este lugar, para ir a una de sus propiedades en Sión? ¿Sabes? ¡Lázaro es muy rico! Gran parte de la ciudad es suya y tiene muchas propiedades en Palestina. Y lo que más vale: una oculta pero muy poderosa amistad con Roma. Herencia también de su padre, cuando fue gobernador de Siria.

–                 No. Me retiro. Quién me quiere, vendrá a Mí.

Nicodemo dice preocupado:

–                 ¿Te vas por lo que te he dicho?

–                 No. Espera… ¡Persuádete! – y Jesús abre una puerta y dice-  ¡Simón! ¡Juan! ¡Venid!

Los dos acuden.

Jesús les pregunta:

–                 Simón. Di a Nicodemo lo que te dije cuando él estaba por llegar.

–                 Que para los humildes bastan los pastores. Para los poderosos: Lázaro, Nicodemo, José y Cusa. Y que Tú te retiras lejos de Jerusalén. Esto dijiste. ¿Por qué has hecho que lo repitiese? ¿Qué ha pasado?

–                 Nada. Nicodemo temía que me fuese Yo por sus palabras.

Nicodemo aclara:

–                 Dije al Maestro que el Sanedrín es cada vez más su Enemigo y que está bien que se ponga bajo la protección de Lázaro. Protegió tus bienes, porque tiene a Roma a su favor. Protegerá también a Jesús….

Simón confirma:

–                 Es verdad. Es un buen consejo. Y Lázaro es muy buen amigo tuyo, Maestro.

Nicodemo afirma:

–                 Maestro, Tú estás triste y desilusionado. Tienes razón. Todos te escuchan y creen en Ti; hasta poder obtener milagros. Hasta uno de los de Herodes. Uno que necesariamente debería tener podrida la bondad; en esa corte incestuosa. Hasta los soldados romanos. Sólo nosotros los de Sión, somos tan duros… ¿Lo ves Maestro? Sabemos que has venido de parte de Dios, para hablarnos de Él; mejor que ningún otro. También Gamaliel lo dice: ‘Nadie puede hacer los milagros que Él hace; si no tiene a Dios consigo.’ Hasta los doctores como Gamaliel, creen esto. ¿Por qué entonces sucede que no podemos tener fe, como la tienen los pequeños de Israel? ¡Oh! ¡Dímelo claro! ¡No te traicionaré aunque dijeses: ‘He mentido para dar valor a mis palabras sabias; con un  sello del que nadie puede burlarse.!’ ¿Eres Tú el Mesías del señor?… ¡El Esperado?… ¡La Palabra del Padre Encarnada, para instruir y redimir a Israel, según el Pacto?

–                 ¿Lo preguntas porque tú quieres? O ¿Por qué otros te mandaron a que me lo preguntases?

–                 Yo lo pregunto, Señor. Tengo aquí, un tormento. Hay en mí una borrasca. Vientos y voces contrarias. ¿Por qué no hay en mí, hombre maduro? esa pacífica seguridad que tiene, éste casi analfabeto muchacho; en cuya cara le pone esa sonrisa. En sus ojos, esa luz. Ese sol en su corazón. ¿De qué modo crees Juan, para estar así; tan seguro? Enséñame tu secreto, hijo. Ese secreto con el que supiste ver y encontrar al Mesías; en Jesús, el Nazareno.

Juan se pone colorado como un jitomate. Baja la cabeza como si pidiese permiso para decir una cosa muy grande. Y responde con sencillez:

–                 Amando.

–                 ¡Amando!… ¿Y tú, Simón, hombre probo y maduro? Tú, docto sobre quién ha habido tantas pruebas… ¿Cómo has hecho para convencerte?

–                 Meditando.

–                 ¡Amando! ¡Meditando! ¡Yo también amo y medito…! Y no estoy todavía seguro!

Jesús interviene:

–                 Yo te diré el verdadero secreto. Éstos han sabido nacer de nuevo. Con un nuevo espíritu; libre de toda cadena; desligados de todo compromiso; vírgenes de cualquier otra idea. Y por esto han comprendido a Dios. Si uno no nace de nuevo; no puede ver el Reino de Dios; ni creer en su Rey.

–                 ¿Cómo puede un hombre volver a nacer; si ya es adulto? ¿Aludes tal vez a la Reencarnación, como creen muchos paganos? ¡Cómo? ¿En qué forma?

–                 Sólo hay una existencia de la carne sobre la Tierra. Y una vida eterna del espíritu; más allá de la tierra. …

Yo no hablo de la carne y de la sangre; sino del espíritu inmortal, que renace a la vida verdadera por dos cosas: Por el agua y por el Espíritu.  Lo más grande es el espíritu; sin el cual, el agua no es más que un símbolo. Quien se ha lavado por el agua; debe purificarse luego con el espíritu y con Él; encenderse y renacer. Luego el alimentarse hasta llegar a la edad perfecta. En el reino de los Cielos; no habitarán sino los que hayan llegado a la edad perfecta espiritual. No os maravilléis si os digo: ‘Es necesario que nazcáis de nuevo.’ Éstos han sabido renacer. El joven ha matado la carne y ha hecho renacer el espíritu; poniendo su ‘yo’ en la hoguera del amor. Todo lo que era materia se quemó. De las cenizas; he aquí que se levanta su nueva flor espiritual. Maravilloso heliotropo que sabe dirigirse hacia el sol Eterno.

El de edad; puso la guadaña en la meditación honesta a los pies de su viejo modo de pensar. Y arrancó la vieja planta dejando sólo el retoño de la buena voluntad. Del que hizo nacer su nuevo pensamiento. Ahora ama a Dios con su espíritu nuevo y lo ve…

Lo que nace de la carne, es carne. Lo que nace del espíritu, es espíritu. Cada uno tiene su modo para llegar al puerto. Cualquier viento es bueno, con tal de que se sepa usar la vela. Vosotros oís que sopla el viento y por su corriente podéis regular y dirigir la maniobra. Peo no podéis decir de donde viene. Ni llamar al viento que necesitáis. También el Espíritu llama. Y viene llamando y pasa. Pero sólo el que está atento puede seguirlo. El Hijo conoce la Voz de su Padre. Y la voz del espíritu; conoce la Voz del Espíritu y Quién lo engendró…

–                 ¿Cómo puede suceder esto?

–                 Tú, Maestro en Israel; ¿Me lo preguntas? ¿Ignoras estas cosas? ¿Cómo podrás aceptar las cosas que no has visto; si no aceptas el testimonio que te traigo? ¿Cómo puedes creer en el Espíritu; si no crees en la Palabra Encarnada?… no bajes la frente, Nicodemo. He venido a salvar. No a destruir. Dios no ha enviado a su Unigénito al mundo para condenar al mundo; sino para que el mundo se salve por medio de Él. Bajé para ascender, llevándoos conmigo. ¡Venid! Quién cree en el Unigénito; no será juzgado. Ya está a salvo. Porque Él; el Hijo del Hombre, ruega al Padre, diciéndole: ‘Éste me ha amado’ Pero el que no cree; es inútil que haga obras santas. Está ya juzgado porque no ha creído en el Hijo Unigénito de Dios. ¿Cuál es mi Nombre, Nicodemo?

–                 Jesús.

–                 ¡No! ¡Salvador! Yo Soy Salvación. Quién no cree en Mí; rechaza su salvación. Y la Justicia Eterna lo ha sentenciado. La sentencia es ésta: ‘La Luz se envió a ti y al mundo para salvaros. Y tú y los hombres habéis preferido las tinieblas a la Luz…’

No es por ti, Nicodemo. Pero esta es la verdad. Y el castigo estará en relación con la sentencia. ¿Estás persuadido, Nicodemo?

–                 Sí, Maestro. ¿Cuándo podré hablarte otra vez?

–                 Lázaro sabrá llevarte. Iré a su casa, antes de separarme de aquí.

–                 Me voy, Maestro. Bendice a tu siervo.

–                 Mi paz sea contigo.

Nicodemo sale con Juan.

Jesús se vuelve a Simón:

–                 ¿Ves la obra del poder de las tinieblas?… como una araña tiende sus asechanzas; envuelve y aprisiona a quien no sabe morir; para renacer como una mariposa… Morir para daros la fuerza para morir. Vete a descansar Simón. Y Dios sea contigo.

El discípulo se retira y Jesús sale al huerto. Se postra a orar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

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