29.- “NO MATARÁS”


Tres días después…

El sinagogo; junto con muchísimos peregrinos; se han unido a las más de trescientas personas que escuchan atentas a Jesús; que extensa y minuciosamente el Quinto Mandamiento:

–                     … se dijo ‘No matarás’. Os pregunto: ¿Es solamente un pecado de homicidio? Al matar… ¿Sólo cometéis este único pecado?…

Y Jesús da un extenso discurso, sobre todas las implicaciones humanas y sobrenaturales que trastornan el orden en la creación, con la violación de este precepto.

Cuando está por finalizar su minuciosa disertación, añade:

–                     Hoy apenas os lo insinúo. Algún día lo explicaré mejor. Se comete pecado de homicidio no solo con las armas y el veneno; sino también con la calumnia. Meditad en ello. Y todavía añado: el patrón que hiriendo a su siervo, lo hace con astucia de tal forma que muera entre sus manos, es doblemente culpable. El siervo no es dinero del patrón. Es un alma de su Dios. ¡Sea para siempre maldito ese patrón, que trata a su siervo peor que al buey!…

De repente… Parece como si Jesús lanzara rayos y truenos. Su mirada centellea.

Todos lo miran espantados, porque antes hablaba con calma. Ahora, su ira es evidente…

–                                         … ¡Son muchos los Caínes que matan a los Abeles! Y… ¿Qué pensáis inmundos sepulcros blanqueados al exterior con palabras de la Ley. Y en cuyo interior se pasea Satanás y pulula el satanismo más astuto?… ¿Qué creéis…? ¡Vosotros que profanáis el milagro! ¡Qué profanáis al hombre! … ¡Asesinos!… ¡Sacrílegos!… ¡Fuera! ¡Idos de mi Presencia! ¡Basta! Yo os digo: ¡Basta!… ¡Y lo puedo decir porque Soy la palabra Divina que traduce el Pensamiento Divino!… ¡Largo!…

Jesús de pie sobre la pobre tribuna, causa miedo. Impone un terror imposible de describir… parece lanzar rayos contra los pecadores presentes, al señalar la puerta de la salida, con su brazo derecho extendido. Con sus ojos centelleantes que parecen dos hogueras de fuego azul.

La niñita que estaba a sus pies, se pone a llorar y corre hacia su madre. Los discípulos se miran espantados sin comprender lo que está sucediendo y tratan de descubrir contra quién es la invectiva. La gente también se vuelve con ojos interrogantes…

Finalmente el secreto se descubre…

En el fondo; fuera de la puerta; semiescondido entre un grupo de campesinos altos; está Doras. Ahora se ve más flaco, amarillo y arrugado. Su cara no parece más que nariz y mentón. Trae consigo a un siervo que le ayuda a moverse. Y está ahí… en medio del patio.

Y por fin se atreve a hablar con su ronca voz, llena de soberbia:

–                     ¿Te refieres a mí? ¿Es por mí, que lo estás diciendo?

La voz de Jesús es un trueno al responder:

–                     Por ti. ¡Sal de mi casa!

–                     Me voy. Pero dentro de poco, muy pronto saldaremos cuentas. ¡No lo dudes!

–                     ¿Pronto?… ¡Al punto! El Dios del Sinaí, te lo dije: ¡Te está esperando!…

–                     También Tú. Hombre malo que has hecho venir sobre mí la ruina y los animales que dañan los campos. Nos volveremos a ver y entonces será mi alegría…

–                     Sí. Y no querrás volverme a ver, porque Yo te juzgaré.

–                     ¡Ah! ¡Ah! Mald… – gesticula tratando de gritar y cae.

El siervo lo sostiene rápidamente, acerca su mejilla a su rostro y grita:

–                     ¡Ha muerto! ¡El patrón ha muerto! ¡Qué seas Bendito Tú, Mesías! ¡Nuestro Vengador!

–                     No Yo. Dios, Señor Eterno. Que nadie se contamine. Tan solo sea el siervo quién se ocupe de su patrón.

Pedro pregunta asustado:

–                     Pero, ¿Ha muerto por tu querer?

–                     No. Sino que el Padre entró en Mí… es un misterio que no puedes entender. ¡Acuérdate que no es lícito herir a Dios! Él por Sí Mismo se venga. Yo Soy Misericordia, no venganza.

El viejo sinagogo se acerca y dice:

–                     Maestro. Has resuelto todas mis dudas. Y hay Luz en mí. ¡Bendito seas! Ven a mi sinagoga. No rehúses a un pobre viejo tu palabra.

–                     Iré. Vete en paz. Que el Señor sea contigo.

Y la multitud se retira poco a poco.

Al día siguiente, al amanecer llegan los tres pastores que son discípulos de Juan el Bautista: Simeón, Juan y Matías.

Jesús los saluda:

–                     ¡Oh! La paz sea con vosotros, amigos míos. ¡Qué milagro que habéis venido! ¿Alguna desgracia sobre el Bautista?

Simeón dice:

–                     No, Maestro. Venimos con su licencia. Te saluda y dice que encomienda a Dios al león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones sobre su suerte. Pero ahora es libre y es feliz, porque sabe que tienes muchos fieles. Aun  los que antes eran suyos. Maestro, también nosotros tenemos el anhelo de serlo. Pero… no queremos abandonarlo ahora que lo persiguen. Compréndenos…

–                     Al contrario. Os bendigo porque lo hacéis. El Bautista es digno de todo respeto y amor. Es muy duro caminar en esta estación. Hoy es un día sereno. Pero hace tres días, ¡Cómo llovía por todas partes!

Matías confirma:

–                     Dices bien. El Bautista es grande y siempre crece más. Se parece al agave, que cuando está cercano a morir, forma el más grande candelabro de la flor de siete hojas; que blanquea y perfuma. Así, él dice siempre: ‘Sólo querría verlo una vez más…’ verte. Hemos recogido el grito de su alma y sin decírselo, te lo traemos. Él es el ‘Penitente’, el ‘Abstinente’. Se macera aún con el santo deseo de verte y oírte. Todo en él, es sabiduría. También hemos venido porque hace algunos días llegó Doras el fariseo, para purificarse. El Bautista le negó el rito con estas palabras: ‘el agua no entra en donde hay una costra tan grande de pecado. Sólo Uno te puede perdonar: el Mesías’ y él dijo: ‘Iré a donde está Él. Quiero curarme y pienso que este mal es un maleficio suyo’

Entonces el Bautista le arrojó como si hubiera arrojado a Satanás. Y cuando se iba, se encontró con Juan, aquí presente. Lo conoció cuando iba a visitar a Jonás y le dijo: ‘Yo voy. Todos van. Hasta Mannaém y los ‘lameculos’ van. Aguas Hermosas está lleno de ilusos. Ahora que si me cura y retira su anatema contra mis tierras, que están siendo excavadas como con máquinas de guerra por un ejército de topos y de gusanos de todas clases.

Y también de animales que acaban con las semillas y roen las raíces de los árboles frutales y de las viñas. Y no hay nada que los pueda derrotar. Seré su amigo. De otro modo, ¡Ay de Él!’

Y nosotros le respondimos: ‘¿Y con ese corazón vas a ir allá?’ y él contestó: ¿¡Y qué se cree el maldito pedazo de Satanás!? ¡Por otra parte: así como convive con prostitutas, puede hacer alianza también conmigo!’

Quisimos venir a decírtelo, para que tomes providencias.

Jesús dice:

–                     Ya todo está hecho.

Todos dicen al mismo tiempo:

–                     ¿Ya hecho? ¡Es verdad!

–                     ¡Él tiene carros y caballos y nosotros tan solo dos piernas!

–                     ¿Cuándo fue?

Jesús contesta:

–                     Ayer.

–                     Y ¿Qué pasó?

–                     Lo siguiente: que si preferís ocuparos de Doras, podéis ir a su casa de Jerusalén y hacer duelo por él. Están preparándolo para el sepulcro.

–                     ¿Muerto?

–                     Muerto aquí. Pero ya no hablemos de él.

–                     Sí, Maestro. Sólo dinos una cosa: ¿Es verdad cuanto ha dicho Mannaém?

–                     Sí. ¿Os desagrada?

–                     ¡Oh, no! ¡Es nuestra alegría! ¡Le hablamos tanto de Ti en Maqueronte! ¡Y qué quiere el discípulo, sino que el maestro sea amado! Esto quiere Juan y también nosotros…

–                     ¡Hablas bien, Matías! La sabiduría está contigo!

–                     Y también encontramos… Antes de la fiesta de los Tabernáculos fue a buscarte a donde estábamos. Y le dijimos: ‘A quien buscas no está aquí. Pero estará en Jerusalén para los Tabernáculos’ Así dijimos porque el Bautista dijo: ‘¿Veis a aquella pecadora? Es una costra de inmundicia. Pero dentro hay una llama que va creciendo. Se hará tan fuerte que saldrá de la costra y arderá toda. Cederá la inmundicia y quedará solamente la llama.’

Así dijo. Pero, ¿Es verdad que aquí duerme, como nos lo fueron a decir dos escribas muy famosos?

Jesús responde:

–                     No. Está en una de las caballerizas del panadero. Como a un kilómetro de aquí.

Los tres exclaman, simultáneamente:

–                     ¡Lenguas infernales! ¿Oíste?… ¡Y ellos!…

–                     Dejadlos que digan. Los buenos no creen a sus palabras, sino a mis obras.

–           También lo dice Juan. Y hace unos días… – y le notifican lo que el Bautista los ha enviado a decirle.

Más tarde…

El día sereno y sin viento ha traído mucha gente. Jesús atraviesa en medio de ella, como si fuese un poblado pequeño que lo llama por todas partes. Hay mucha curiosidad. Jesús está risueño como pocas veces. Da la bienvenida a todos y empieza a hablar…

–                     Se dijo: ‘No tentarás al señor Dios tuyo’

Se olvida frecuentemente este precepto. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios, cuando perdonados por Él, se vuelve a pecar. Se tienta a Dios, cuando habiendo recibido un beneficio de Él; se convierte en daño el bien recibido. De Dios nadie puede burlarse.

Ayer visteis que castigo espera a los que se burlan de Dios. El Eterno Dios que es todo piedad con quién se arrepiente; es todo severidad con el impenitente que por ningún motivo se cambia a sí mismo. Vosotros venís a Mí para oír la Palabra de Dios. Venís para recibir algún milagro. Venís para ser perdonados. El Padre os da la Palabra, milagro y perdón. Y Yo no extraño el Cielo; porque os puedo proporcionar milagros y perdón. Y puedo haceros conocer a Dios.

El hombre que ayer cayó fulminado como Nabad y Abiú, en el fuego de la Ira Divina. Absteneos de juzgarlo. Sólo cuanto sucedió, milagro nuevo; os haga meditar como hay que obrar para tener a Dios como Amigo. Él quería el agua de la Penitencia; pero sin el Espíritu sobrenatural. La quería por espíritu humano. Cómo si fuera una práctica mágica que lo sacase de la enfermedad y lo librase de la ruina. El cuerpo y las cosechas. Esto era su objetivo; no la pobre alma. Para él; ella no tenía valor. Lo que era valioso para él, era la vida y el dinero.

Yo digo: ‘Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Y donde está el corazón está el tesoro. Tenía en el corazón la sed de vivir y de poseer mucho dinero. ¿Cómo tenerlo? De cualquier modo. Aún con el crimen. Y, ¿Entonces pedir el Bautismo no era burlarse y tentar a Dios? Hubiera bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado, para darle una santa muerte. Pero era impenitente. No habiendo amado a nadie, ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata también el amor animal y egoísta del hombre. El llanto del arrepentimiento sincero debía ser su agua lustral.

Y también así sea para vosotros que me escucháis; porque no hay nadie sin pecado. Y por eso tenéis necesidad de esta agua. Ésta baja, exprimida del corazón y lo lava, purificando lo que está profanado. Vuelve a levantar lo que está caído, fortaleciendo la debilidad ocasionada por la culpa.

Este hombre se preocupaba solo de la miseria de la tierra. Pero una miseria única debe poner pensativo al hombre. Y es la eterna miseria de perder a Dios. Aquel hombre nunca faltaba en hacer las ofertas rituales. Pero no sabía ofrecer a Dios un sacrificio espiritual. O sea, alejarse del pecado, hacer penitencia. Pedir con sus acciones el perdón. Las ofertas hipócritas, hechas con riquezas mal adquiridas, son como invitaciones a Dios y sobornos para convertirlo en cómplice. Pero quién se atreve a esto, ¿No es burlarse de Dios? Dios arroja de Sí, al que ofrece sacrificios rituales, pero arde en deseos de seguir pecando. De nada sirve el ayuno, cuando el alma no se abstiene de pecar.

La muerte del hombre sucedida así, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para que Dios os ame. Ahora en su rico palacio, los familiares y las plañideras, hacen duelo sobre el cadáver que dentro de poco será llevado al sepulcro. No es otra cosa que un duelo sin esperanzas.

Porque el alma muerta estará separada para siempre de quienes amó por parentesco y afinidad de ideas. Aun cuando un mismo lugar los una para la eternidad, El odio que allí reina, los dividirá. Y es entonces cuando la muerte es verdadera separación. Sería mejor que en lugar de plañir por otro; plañese por la propia alma con el llanto de la contrición y el corazón humilde para devolverle la vida; con el perdón de Dios.

Idos. Sin odios y sin comentarios. Sin otra cosa que humildad. Como Yo que he hablado por Justicia, pero sin odio. La vida y la muerte, para vivir bien y morir bien. Y para conquistar la vida que no tiene muerte. La paz sea siempre con vosotros.

No hay enfermos, ni milagros.

Pedro dice a los tres discípulos del Bautista:

–                                         Lo siento por vosotros.

Matías contesta:

–                                         ¡Oh! No es necesario. Creemos sin ver. Estuvimos en el milagro de su Nacimiento, que nos hizo creer. Y ahora tenemos su Palabra, que confirma nuestra fe. No pedimos otra cosa que servirle. Hasta el Cielo; como Jonás, nuestro hermano.

Varios días después…

El cielo despejado y sin viento, ha traído muchísima más gente. Jesús se dirige hacia el lugar que ha escogido para hablarles, para que todos lo puedan escuchar.

Del sendero que conduce al río, se oye un lamento:

–                     Jesús, Hijo de David. ten piedad de este infeliz.

Jesús voltea hacia aquella dirección y todos los demás, también. Pero un montón de bojes esconde al que ha hecho la súplica. Jesús dice:

–                     ¿Quién eres? Sal fuera.

–                     No puedo. Estoy infectado. Debo ir al sacerdote, para ser borrado del mundo. He pecado y la lepra me ha salido en el cuerpo. ¡Espero en Ti!…

La multitud se amotina:

–                     ¡Un leproso! ¡Un leproso! ¡Anatema! ¡Lapidémoslo!

Jesús hace un gesto. Impone silencio e impide que nadie se mueva. Dice.

–                     Es uno que no está más infectado que el que ha pecado. A los ojos de Dios es mucho más inmundo el pecador impenitente, que el leproso arrepentido. Quién es capaz de creer, venga conmigo.

Además de los discípulos, algunos curiosos siguen a Jesús. Los demás solo alargan sus cuellos.

Jesús avanza, se detiene y ordena:

–                     ¡Muéstrate!

Se levanta un hombre que todavía es joven. De cara hermosa en la que despunta el bigote y la barba rala. Una mirada aún llena de vida; de ojos enrojecidos por el llanto. De en medio de las mujeres que están en el patio, se oye un fuerte grito:

–                     ¡Hijo, mío! –y la mujer cae llorando en brazos de otra.

Jesús, solo. Avanza más hacia el desdichado. Le pregunta:

–                     Eres muy joven. ¿Cómo es que estás leproso?

El joven baja los ojos. Se ruboriza. Balbucea. Jesús repite la pregunta y él se ve obligado a contestar:

–                     Mi padre… Fui… Y pecamos. No solo yo…

–                     Allí está tu madre que está esperando con lágrimas. En el Cielo está Dios; el Cual sabe. Aquí estoy Yo; que también sé.  Pero para tener compasión; tengo necesidad de que te humilles… ¡Habla!…

La madre gime:

–                     Habla, hijo. Ten piedad de las entrañas que te llevaron. –Ha llegado hasta Jesús y de rodillas ha cogido la orla del vestido con una mano y extiende la otra hacia su hijo. Tiene la cara bañada en lágrimas. Jesús le pone la mano sobre la cabeza y repite:

–                     ¡Habla!…

–                     Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios. Me mandó a Jericó, muchas veces para hablar con sus clientes. Y la esposa de uno de ellos, era bella y joven. Me gustó. Fui más veces de las necesarias. Le agradé. Nos deseamos y pecamos; en ausencia del marido. No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí. También yo estaba sano y la amé. Ignoro si junto conmigo, amaba a otros. Y se contagió. Lo único que sé es que muy pronto se marchitó y ahora está en los sepulcros, para morir viva.

Y yo… y… yo… ¡Mamá! ¡Tú lo has visto! ¡Es poca cosa! Pero dicen que es lepra… ¡Y que moriré con ella!… ¿Cuándo?… ¡No más vida!… ¡No más casa!… ¡Mamá! ¡Oh, mamá! Te veo y no te puedo besar… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de mi casa… del poblado… soy peor que un muerto y no tendré el consuelo de que mi madre llore sobre mi cadáver.

El joven llora. La madre se sacude por los sollozos; como una planta arrancada por el vendaval. La gente hace comentarios diversos.

Jesús está triste y dice con pesar:

–                     ¿Y cuándo pecabas no pensabas en tu madre? ¿Eras tan necio que no te acordabas que tenías una madre en la tierra y un Dios en el Cielo? ¿Y si no hubiese aparecido la lepra? ¿Habrías recapacitado en que ofendías a Dios y al prójimo? ¿Qué hiciste de tu alma? ¿Qué de tu juventud?…

–                     Fui tentado.

–                     ¿Eras un niño para no saber que aquel fruto era maldito? ¡Merecerías morir sin piedad!

–                     ¡Oh! ¡Piedad! ¡Sólo Tú puedes!…

–                     ¡No Yo! ¡Dios! Si juras aquí de no pecar más.

–                     ¡Lo juro! ¡Lo Juro! ¡Sálvame, Señor! me quedan pocas horas para oír la sentencia… ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ayúdame con tus lágrimas!…  ¡Oh, madre mía!…

La mujer se abraza a los pies de Jesús. Levanta su cara con los ojos agrandados por el dolor y la tragedia.

Jesús la mira y le sonríe piadoso:

–                     ¡Levántate, madre! ¡Tu hijo está curado! Pero por ti, no por él.

La mujer no puede creerlo y llora moviendo la cabeza.

Jesús ordena:

–                     Hombre. Quítate la túnica del pecho. Ahí tenías la mancha. Pero que tu madre se consuele.

El joven se quita el vestido y queda desnudo ante los ojos de todos. No se ve más que la piel perfecta y lisa de un hombre robusto.

–                     ¡Mira, madre! –y Jesús se inclina a levantarla del suelo. Lo que sirve para retenerla y que no corra a abrazar al hijo sin haberse purificado. Al presenciar el milagro; ella, feliz, llora y bendice. Jesús la acaricia y dice al joven.

–                     Ve al sacerdote y acuérdate de que Dios te ha sanado a causa de tu madre. Y para que seas justo en el porvenir. ¡Vete!

El hombre alaba al Señor y se va. La multitud prorrumpe en gritos de: ‘¡Hosanna!

Jesús predica sobre el Mandamiento: ‘No desearás la mujer de los demás… y sobre el Adulterio’ finaliza diciendo:

–                                         … el marido que va a otros amores, es un asesino: de su mujer. De sus hijos y de sí mismo.

Hice un milagro, por su pobre madre. Pero me provoca tanto asco la lujuria, que prefiero tocar a un muerto que ya está corrompido en su carne y en su espíritu que goza ya de paz; que acercarme al que huele a lujuria. Soy el salvador; pero Soy Inocente. Que lo recuerden todos los que vienen a Mí y que ponen a mi personalidad, lo que en ellos fermenta.

La ruina de una juventud, apenas formada y destruida por la libídine; me ha perturbado más, que si hubiese tocado la muerte. Vamos a los enfermos; ya que no puedo por el asco que me ahoga; ser la Palabra. Seré la salud de quién espera en Mí.

La paz sea con vosotros…

De hecho, Jesús se ve muy pálido. Y con un gran sufrimiento. No vuelve a sonreír hasta que se inclina sobre los niños enfermos…

Ha terminado la jornada del día. La gente se va, poco apoco. Jesús se queda a pasear bajo el sol que inunda la era.

Se le acerca Judas de Keriot:

–                     Maestro. No estoy tranquilo.

–                     ¿Porqué, judas?

–                     Por aquellos de Jerusalén. Los conozco bien. Déjame ir allá por algunos días. No te digo que me mandes solo. Al contrario. Prefiero que no sea así. Mándame junto con Simón y con Juan; quienes fueron tan buenos conmigo en el primer viaje a Judea. El uno me frena y el otro me purifica, aún el pensamiento. ¡No te imaginas lo que es para mí, Juan! Es un rocío que calma mis ardores. Y es aceite en mis aguas agitadas… créelo…

–                     Lo sé. No te debes admirar, si tanto lo amo. Es mi paz. Pero también tú serás mi consuelo, si siempre eres bueno. Si empleas los muchos dones de Dios, para el bien. Cómo desde hace días lo estás haciendo. Llegarás a ser un verdadero apóstol.

–                     ¿Y me amarás como amas a Juan?

–                     Te amo igual, Judas. Pero tan solo te amaré sin preocupación y dolor.

–                     ¡Oh, Maestro mío! ¡Qué bueno eres!

–                     Ve a Jerusalén. No servirá para nada. Pero no quiero quitarte tu deseo de ayudarme. Lo diré ahorita a Simón y a Juan. ¡Vamos! ¿Ves cómo sufre Jesús, por muchas culpas? Me siento como uno que haya levantado una carga demasiado pesada. No me deis jamás este dolor. No más….

–                                         No, Maestro. No. Te amo. Lo sabes. Pero soy débil…

–                                         El amor fortifica.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

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