36.- TRIBUNO IMPERIAL


En Cesárea Marítima, Jesús está en el centro de una amplia y bella plaza que continúa por una calle muy larga que llega hasta la playa. El mar está tranquilo. Una galera acaba de partir y es empujada por el viento y los remos. Otra está haciendo las maniobras para atracar.

Pedro reprocha:

–                     ¿A dónde vamos ahora? Quisiste venir aquí… Este lugar es de paganos. ¿Quién quieres que te escuche?

Jesús señala:

–                     Vamos allá, a aquel ángulo. Allí hablaré.

–                     ¿A las olas?

–                     También Dios creó las olas.

Y se van. Llegan al ángulo del puerto que Jesús indicara y ven que lentamente entra la galera que estaba tratando de atracar y que es acomodada en su lugar. Uno que otro marino vagabundea por el muelle. Los vendedores van a la nave romana y tratan de vender.

Jesús, apoyado contra la pared, parece como si hablase a las olas.

Lo rodean los apóstoles, descontentos con la situación. Algunos de pie. Otros, sentados…

Jesús continúa su largo discurso a las olas:

–                     … Es necio el hombre que al verse poderoso, sano, feliz; dice: ‘¿De qué tengo necesidad? ¿De quién? De nadie. No me falta nada, me basto a mí mismo. Por eso las leyes y órdenes de Dios o de la moral, no me importan nada. Mi ley es hacer lo que yo puedo, sin pensar si daña a los demás’

Un oficial romano se acerca y le dice:

–                     ¡Salve, Maestro! ¿Cómo es que te encuentras aquí? ¿Te acuerdas de mí? ¿Me conoces?

Jesús le dice:

–                     Dios venga a ti, Publio Quintiliano. ¿Lo ves? He venido.

El romano amplía su sonrisa franca al decir:

–                     Y exactamente al barrio romano. No esperaba volver a verte. Tengo deseos de oírte.

–                     Yo también. ¿En esa galera hay muchos destinados al remo?

–                     Muchos. Casi la mayor parte prisioneros de guerra. ¿Te interesan?

–                     Me gustaría ir cerca de la nave.

–                     Ven… te permito hasta aquí. No más allá. Es una nave militar y está llena de soldados.

–                     Me basta. Dios te lo pague.

Jesús torna a hablar y el romano de gallarda vestidura, se queda a su flanco, como si le hiciera guardia.

–                     … Esclavos por una desgracia. Esclavos hasta que dure la vida. Pero cada lágrima que cae sobre sus cadenas. Cada golpe que baja a escribir un grito de dolor más sobre sus carnes, disminuye sus grilletes, adorna lo que muere. Les depara la paz de Dios, quien es amigo de sus pobres hijos infelices a los que dará tanta alegría, cuanto fue su dolor.

De las bordas de la galera se asoman tripulantes y escuchan. Naturalmente entre ellos no hay galeotes, pero hasta ellos llega por todos lados, la potente voz de Jesús. Voz que se difunde por el aire tranquilo, en las horas de la baja marea. Un soldado llama a Publio Quintiliano y éste se va.

Jesús continúa:

–                     Quiero decir a estos infelices a quienes Dios ama, que se resignen a su dolor. Que hagan de su sufrimiento una flama que más pronto rompa las cadenas de la galera y de la vida; consumiendo con el deseo de ver a Dios, este pobre día que es la vida terrenal. Día oscuro, borrascoso, lleno de temores y trabajos; para entrar en el Día de Dios; día luminoso, sereno, sin miedos, ni languidez. Entraréis, ¡Oh, mártires! En la gran paz. En la infinita libertad del Paraíso; con tal de que sepáis ser buenos en medio de vuestros sufrimientos y de que aspiréis por Dios.

Publio Quintiliano regresa con otros soldados y detrás de él viene una lujosa litera que cargan esclavos. Los soldados le buscan un lugar…

La voz de Jesús sigue resonando poderosa:

–                     ¿Quién es Dios? Hablo a los gentiles que no saben quién es Dios. Hablo a  los hijos de los pueblos sometidos, que no saben quién es Dios. En vuestras selvas, ¡Oh, galos! ¡Oh, iberos! ¡Oh, tracios!, ¡Oh, germanos! ¡Oh, celtas!… tenéis una figura de Dios. El alma espontáneamente tiende a la adoración, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios Verdadero que puso un alma en vuestros cuerpos. Un alma igual a la de nosotros los de Israel. Igual a la de los poderosos romanos que os han subyugado. Un alma que tiene los mismos deberes y los mismos derechos hacia el Bien y a la que será fiel el Bien; esto es, el Dios Verdadero. Sedlo también para con Él.

El dios o los dioses que hasta ahora habéis adorado, cuando aprendisteis su nombre o sus nombres, sobre las rodillas maternas. El dios en el que tal vez no pensáis más; porque no sentís que os venga de él algún consuelo en vuestro sufrimiento. Al que tal vez llegareis a odiar y a maldecir en la desesperación del día; no es el Dios Verdadero.

El Dios Verdadero es amor y piedad. ¿Acaso lo eran así vuestros dioses? No. También ellos son dureza, crueldad, mentira, hipocresía, vicio, latrocinio. Y ahora os han abandonado sin ese mínimo de consuelo, que es la esperanza de ser amados y la certeza  de descansar después de tanto sufrir. Esto sucede porque vuestros dioses no existen.

Pero Dios; el Dios Verdadero que es Amor y Piedad y cuya existencia Yo os aseguro. Que es el que ha hecho cielos y mares, montes, selvas, plantas, flores, animales y el hombre. Él es el que inculca en el hombre vencedor; piedad y amor cómo Él lo es, para con los pobres de la tierra.

¡Oh, vosotros que tenéis poder, que sois dueños y sois buenos! Pensad que todos sois de una sola planta. No seáis crueles con los que un infortunio os ha puesto entre las manos. Sed humanos también con los que un crimen, los ha amarrado al bordo de una galera.

El hombre peca muchas veces. Ninguno está sin culpas más o menos secretas. Si pensáis en esto seréis muy buenos para con los hermanos que no tuvieron tanta suerte y que fueron castigados por cosas que también vosotros habéis cometido y con todo, no habéis sido castigados.

La injusticia humana es una cosa tan incierta en juzgar, que sería realmente una desgracia que lo fuese de igual modo la divina. Hay reos que no parecen serlo. Y hay inocentes que son tenidos como culpables. En las cárceles, no están todos los que son; ni son todos los que están.  No investiguemos el porqué. Esto sería una acusación contra el hombre injusto y lleno de odio contra su semejante.

Hay reos que llegaron al crimen impulsados por fuerzas poderosas que excusan en parte la culpa. Por esta razón, vosotros que presidís en la galera, sed humanos.

Sobre la justicia humana, hay una Justicia Divina que está muy por arriba de todo. La del Dios Verdadero Creador del rey y del esclavo. De la piedra y del granito de arena. Él os está mirando a vosotros los del remo y a vosotros, jefes de la tripulación.

¡Ay de vosotros si llegáis a ser crueles sin razón alguna! ¡Yo, Jesucristo Mesías del Dios Verdadero, os lo aseguro! Él, cuando muráis, os amarrará a una galera eterna. Confiará el látigo manchado de sangre a los demonios y seréis torturados y golpeados, como lo hicisteis vosotros.

Porque si es verdad que la ley humana dice que el reo debe ser castigado; conviene que al castigarlo no se exceda en la medida. Tratad de recordarlo. El poderoso de hoy puede ser el miserable de mañana. Sólo Dios es Eterno.

Querría cambiaros el corazón. Y querría sobre todo romper las cadenas y devolveros a la libertad y a vuestra patria. Pero hermanos galeotes que no veis mi rostro, pero cuyo corazón con sus heridas conozco. En cambio de la libertad y de la patria, de la tierra que no os puedo dar; ¡Oh, pobres hombres, esclavos de los poderosos! ¡Os daré una libertad más grande y una patria!

Por causa vuestra me he hecho prisionero y dejé mi Patria. Por causa vuestra me entregaré para rescate vuestro,  por vosotros. También por vosotros que no sois el oprobio de la tierra; aunque así se os llame. Sino vergüenza del hombre que olvida la medida en el rigor de la guerra y la justicia.

Yo os daré una nueva Ley sobre la tierra y una tranquila mansión en el Cielo. Acordaos de mi Nombre, hijos de Dios que lloráis. Soy Jesús de Nazareth. Es el nombre de vuestro amigo. Decidlo en vuestras penas: ‘Jesús de Nazareth’

Estad seguros de que sí me amáis y me invocáis: ‘Jesús de Nazareth’ Me tendréis aun cuando sobre la tierra, jamás nos veamos. Soy Jesucristo. El salvador. Vuestro Amigo.

En nombre del Dios Verdadero os consuelo. Que pronto venga sobre vosotros la paz.

La gente, en su mayoría romanos; se ha amontonado alrededor de Jesús; cuyos nuevos conceptos los han dejado estupefactos.

Uno exclama:

–                     ¡Por Júpiter! Me has hecho pensar en cosas nuevas, en las que jamás había pensado; pero que me parecen verdaderas.

Publio Quintiliano mira a Jesús que se ha quedado pensativo y abstraído…

Y luego, Jesús dice:

–                     Así es amigo… Si el hombre emplease su inteligencia…  No llegaría a cometer delitos.

El oficial exclama:

–                     ¡Por Júpiter! ¡Por Júpiter! ¡Qué palabras! ¡Las debo recordar! Dijiste… ‘Si el hombre emplease su inteligencia…

–                     …no llegaría a cometer delitos.

–                     ¡Es verdad! ¡Por Júpiter! ¿Pero sabes que eres Grande?

–                     Cualquier hombre que quiera, podría serlo como Yo, si se hace una sola cosa con Dios.

Publio continúa con su cadena de ¡Por Júpiter! Cada vez más lleno de admiración. Jesús le dice:

–                     ¿Podrías dar un poco de alivio a esos galeotes? Tengo dinero…  una fruta. Una ayuda. Para que sepan que los amo…

–                     Dámelo. Puedo hacerlo. Y por otra parte. Allí hay una mujer que puede mucho. Le voy a decir…

Publio va a la litera y habla a través de las cortinas semi abiertas.

Regresa y dice:

–                     Proveo yo a la distribución para que los cómitres no se aprovechen. Y será la única vez que un tribuno imperial, tendrá piedad de los esclavos de guerra.

Jesús confirma:

–                     La primera. Pero no la única. Llegará un día en que ya no habrá más esclavos. Y antes de esto mis discípulos habrán trabajado entre los galeotes y los esclavos, para llamarlos con el nombre de hermanos.

Otra sarta de: ¡Por Júpiter!…  Vuela por el tranquilo aire; mientras Publio da órdenes y cuida de que haya suficiente fruta y vino para los galeotes.

Luego, antes de subir a la galera, dice al oído de Jesús:

–                     Dentro de la litera está Claudia Prócula. Le gustaría oírte otra vez. Pero entretanto quiere pedirte una cosa. Ve a verla…

Jesús va  hacia la litera.

Y cuando llega, un saludo lo recibe:

–                     Salve, Maestro.

La cortina apenas se abre y deja ver a una hermosa mujer que tiene alrededor de veinticinco años.

Jesús responde:

–                     Qué llegue a ti el deseo de la sabiduría.

–                     Dijiste que el alma se acuerda del cielo. ¿Entonces es eterna esa cosa que dices que hay en nosotros?

–                     Es eterna. Por eso se acuerda de Dios. Del Dios que la creó.

–                     ¿Qué cosa es el alma?

–                     El alma es la verdadera nobleza del hombre. Tú eres gloriosa porque perteneces a la Familia de los Claudios.

El hombre lo es mucho más, porque es de Dios. En ti existe la sangre de los Claudios; una dinastía de emperadores. La Familia más poderosa que tuvo un principio y tendrá un fin. En el hombre, por el alma está la Sangre de Dios. Porque el alma es la sangre espiritual de un Dios que es Espíritu Purísimo. Y Él quiso darla como Creador del Hombre; que es el Dios Eterno, Poderoso, Santo. Así pues, el hombre es eterno, poderoso, santo…  Por el alma que existe en él  y vive, mientras esté unida con Dios.

–                     Yo soy pagana. No tengo alma…

–                     La tienes. Pero está aletargada. Despiértala a la Verdad y a la Vida…

Claudia reflexiona por un largo momento…

Finalmente exclama:

–                     ¡Adiós, Maestro!…

–                     Que la Justicia te conquiste. ¡Adiós!

Y Jesús ve alejarse la litera en la que la esposa de Poncio Pilatos, es conducida hacia el centro de la ciudad.

Jesús vuelve con los discípulos y les dice:

–           Cómo veis aquí también he tenido quienes me escuchasen.

Bartolomé dice:

–                     Sí. Pero fuera de los romanos, ¿Quién te pudo haber entendido? ¡Son bárbaros!

Jesús dice con dulzura:

–                     ¿Quiénes? ¡Todos me entendieron! La paz está en ellos. Y se acordarán de Mí, mucho más que otros tantos en Israel.  Vamos a la casa en la que nos hospedamos para comer.

Juan dice:

–                     Maestro, esa mujer es la misma que me habló en aquel día, en que curaste al leproso. La he visto y la reconocí.

–           Ved pues, que había alguien que nos estaba esperando. Pero no parecéis muy contentos. Mucho habré conseguido el día que os haya convencido, que no solo para los hebreos, sino para todos los pueblos, es que he venido.  Y que a todos os preparo. Pero os digo: acordaos de todo lo que hizo vuestro Maestro. No hay cosa, por insignificante que parezca; que algún día no llegue a convertirse para vosotros en regla de apostolado.

Nadie responde y en el rostro de Jesús se dibuja una sonrisa triste de compasión…

Y se van.

Al día siguiente; cerca de los mercaderes, que están situados junto al puerto; Jesús está esperando con Simón y sus primos, a que los demás apóstoles hayan comprado los alimentos que necesitan. Algunos niños miran a Jesús con cierta curiosidad.

Jesús los acaricia con dulzura, mientras sigue hablando con sus discípulos y les dice:

–                     Me desagrada ver la contrariedad que hay de que me acerque a los gentiles. Pero tengo el deber de ser bueno para con todos. Esforzaos en ser buenos, por lo menos vosotros tres y Juan. Los otros os seguirán por imitación.

Santiago de Alfeo, trata de excusarse:

–                     ¿Pero cómo puede ser uno bueno con todos? En fin; ellos nos desprecian y nos oprimen. No nos comprenden. Están llenos de vicios… Y así…  ¿Qué cómo puede uno…?

–                      ¿Estás contento de haber nacido de Alfeo y de María?

–                     Claro que lo estoy. ¿Por qué me lo preguntas?

–                     Si Dios te lo hubiera preguntado antes de haber sido concebido, ¿Habrías querido nacer de ellos?

–                     ¡Claro que sí! Pero no comprendo…

–                     Y si por el contrario; hubieras nacido de un pagano… Al oír que eres acusado de haber nacido de él, ¿Qué hubieras dicho?…

Santiago se turba y luego dice:

–                     Habría dicho… habría dicho: ‘No tengo la culpa de esto. Nací de él; como podría haber nacido de otro… sois injustos al acusarme. Si no hago el mal; ¿Por qué me odiáis?

–                     Tú mismo lo has dicho. También estos a quienes despreciáis porque son paganos, pueden decir lo mismo. Tú no tenías ningún mérito para haber nacido de Alfeo, un verdadero israelita. Debes dar gracias al Eterno, porque te hizo este gran favor. Y por agradecimiento y humildad, deberías tratar de llevar al Dios Verdadero, a otros que no tuvieron este don. Es necesario ser buenos.

–                     ¡Es difícil amar a quien no se conoce!

–                     No. Mira…

Jesús se vuelve hacia los niños y dice:

–                     ¡Eh, pequeñín! ¡Ven aquí!…

Se acerca un niño como de ocho años que estaba jugando en la esquina con otros dos pequeñuelos. Es un niño fuerte de cabellos negros, pero de piel muy blanca.

Jesús le pregunta:

–                     ¿Quién eres?

El niño contesta:

–                     Soy Lucio. Cayo Lucio de Cayo Mario. Soy romano, hijo del decurión de guardia; que se ha quedado aquí después de haber sido herido.

–                     ¿Y quiénes son aquellos?

–                     Son Isaac y Tobías. Pero no debes decirlo porque no está bien. Les pegarían.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque ellos son hebreos y yo soy romano. No se puede.

–                     Pero tú si puedes estar con ellos. ¿Por qué?

–                     Porque nos queremos. Siempre jugamos a los dados y al saltarelo. Pero nos escondemos.

–                     ¿Me querrías? También Yo soy hebreo y no soy niño. Piensa…  Soy un Maestro. Como quien dijera, soy un sacerdote.

–                     ¿Y a mí qué me interesa eso? Si me amas, yo te amo. Y te quiero mucho porque Tú me quieres.

–                     ¿Cómo lo sabes?

–                     Porque eres bueno. Quien es bueno, ama.

Jesús sonríe con su más maravillosa sonrisa y dice:

–                     He aquí amigos lo que os decía: el secreto para amar es ser buenos. Entonces se ama sin pensar si éste pertenece a esta o a aquella fe.

Y Jesús, llevando de la mano al pequeño Cayo Lucio, va a acariciar a los otros niños.  Unos pequeños hebreos, que espantados se esconden detrás de un zaguán.

Y les dice:

–           Los niños buenos son ángeles. Los ángeles tienen una sola patria: el Paraíso. Tienen una sola religión: la del Dios Único. Tienen un solo Templo: el corazón de Dios. Amaos siempre como ángeles.

Uno de los israelitas, le dice:

–                     Pero si nos ven, nos pegan.

Jesús mueve con tristeza la cabeza, pero no objeta nada.

Una mujer alta y muy hermosa, llama a Lucio; que deja a Jesús y grita:

–                     ¡Mamá! –Al acercarse a ella le dice- Tengo un amigo grande, ¿Sabes? ¡Es un Maestro!…

La mujer se sorprende y se dirige a Jesús, llevando de la mano al niño… Cuando llega junto a Él, le pregunta:

–                     Salve. ¿Eres tú el hombre de galilea que ayer habló en el puerto?

–                     Yo Soy.

–                     Entonces espérame aquí. Vengo pronto. –y se va con su pequeñuelo.

Los otros apóstoles se acercan y preguntan:

–                     ¿Quién es?

Simón responde:

–                     Una romana, me parece.

Pedro pregunta:

–                     ¿Qué quiere?

Jesús contesta:

–                     Dijo que la esperara aquí. Ya lo sabremos.

Mientras tanto, gente curiosa se ha acercado y espera.

La mujer regresa con otros romanos.  Y uno que parece ser el siervo de una casa de ricos, pregunta:

–                     ¿Eres Tú el Maestro?

–                     Sí.

–                     ¿Te causaría asco curar a una hijita de un amigo de Claudia? La niña está muriendo casi sofocada. Ni siquiera el médico sabe la causa. Ayer estaba bien. y esta mañana se encuentra en agonía.

–                     Vamos.

Caminan un poco rumbo al lugar donde estuvieron ayer y entran por el portón abierto de una lujosa casa de romanos.

–                     Espera un momento. –el hombre entra veloz y regresa rápido. Dice- Ven.

Les sale al paso una joven de aspecto señoril, pero en un estado de aflicción que todos ven. Trae en sus brazos una niñita de pocos meses, que lívida se va ahogando, víctima de una difteria mortal.

La mujer busca consuelo en el pecho de Jesús, cómo un náufrago que se aferra a una tabla de salvación. Su llanto es tan grande que no le permite hablar.

Jesús toma a la niñita que tiene unos postreros movimientos convulsivos, en las manitas exangües. Sus uñitas están moradas. La mamá, sin ninguna soberbia de ser romana y poderosa; se deja caer a los pies de Jesús y llora con la cara levantada, aferrada al borde el vestido y al manto de Jesús.

Están rodeados por una gran cantidad de hebreos y de romanos, que miran expectantes…

Jesús moja su dedo índice de la mano derecha con saliva y la mete en la boquita anhelante, hasta adentro. La niña se contorsiona y se ennegrece más su carita. La madre grita:

–                     ¡No! ¡No!

Y parece como si hubiera sido herida por un puñal, que se le hubiese clavado en el pecho.

La gente detiene la respiración. El dedo de Jesús sale envuelto en un montón de membranas purulentas y la niña no se contorsiona más. Luego; después de un brevísimo llanto, se calma y sonríe. Agita las manitas y mueve los labios, como un pajarito que pía.

Jesús dice a la madre:

–           Tómala, mujer. Dale leche. Está curada.

La madre está tan atolondrada, que toma a su hijita y sin levantarse del suelo la besa, la acaricia y le da de mamar. Está como enloquecida. Se ha olvidado de todo lo que no sea su pequeñita.

Un elegante romano pregunta a Jesús:

–                     Pero, ¿Cómo pudiste hacerlo? Soy el médico del Procónsul y soy un hombre docto. Traté de quitar el obstáculo, pero ya estaba abajo. ¡Muy abajo! Y Tú… ¡Así!…

–                     Eres docto. Pero el Dios Verdadero no está contigo. ¡A Él se le dé toda clase de bendiciones! Adiós.

Y Jesús trata de irse.

Pero un grupito de israelitas del Templo,  interviene y lo increpa:

–                     ¿Cómo has tenido el atrevimiento de acercarte a los extranjeros? Son depravados. Impuros. Y quien se acerca a ellos se hace igual.

Son tres.

Jesús los mira detenidamente y con severidad.

Luego dice:

–                     ¿No eres tú Ageo? ¿El hombre de Azoto que vino el pasado Tizri, para afianzar sus negocios con el mercader que está cerca del viejo fontanar? Y ¿No eres tú José de Rama, que has venido aquí para consultar al médico romano? Y tanto tú como Yo, sabemos el por qué… ¿Entonces no os sentisteis impuros?

El médico no es jamás un extranjero. Cura el cuerpo. Y el cuerpo es igual en todos.  El alma con mayor razón, es superior que el cuerpo. Por otro lado, ¿Qué cosa curé? El cuerpo inocente de una niñita. Y con este medio espero curar las almas no inocentes de los extranjeros. Como Médico y cómo Mesías, puedo acercarme a cualquiera.

–                     No puedes.

–                     ¿No, Ageo? ¿Y lo dices tú, que tienes trato con el mercader romano?

–                     No me acerco a él, sino con las mercancías y el dinero.

–                     Y como no tocas su cuerpo; sino solo lo que tocó su mano… ¿Te parece que no te contaminas? ¡Oh! ¡Ciegos y crueles!…

Y Jesús habla muy largamente sobre la hipocresía; la moral doble y como Dios creó iguales a todos los hombres…

Los tres se escapan bajo la granizada de reproches.

Los otros, tanto romanos como hebreos; se quedan asombrados y lloran de alegría y de emoción espiritual. Y también por el vibrante fin del discurso en el que Jesús parece resplandecer con una luz maravillosa, en medio del éxtasis… Todos están admirados. Tanto por la oratoria, como por el que la ha pronunciado.

Y Él, bajando los ojos y el espíritu del Cielo a la tierra, ve a la multitud… Ve a la madre… se despide y toca levemente la cabeza a la joven madre romana, bendiciéndola por su fe. Y se retira con los suyos… mientras la gente lo mira a su vez extasiada, casi sin caer en cuenta de lo que ha sucedido…

Días más tarde…

En la casa de Juana de Cusa en el Lago de Tiberíades; Jesús está en el lago, después de haber hablado a la gente.

Juana baja su cabeza y piensa. Parece una persona que pesa dos voluntades opuestas.

Jesús la observa…

Finalmente se decide y dice:

–           Señor, ¿Te desdeñarías de que amigas mías, paganas; se acercasen a Ti? Tú sabes… Cusa trabaja en la corte. Y el tetrarca galantea con los romanos en la casa del procónsul… Y casi se lo impone. En verdad debo decirte que no son mujeres peores que nosotras, pues algunas de las nuestras en estas mismas riberas, han descendido muy abajo. ¿Y de qué podemos hablar, si no hablamos de Herodías?

Cuando perdí a mi niña y estuve muy enferma, fueron muy buenas conmigo. Y la amistad permaneció. Pero si Tú dices que está mal me separo.

–           No.

–           ¿No? Gracias, Señor. Anteayer estuve en casa de una de estas amigas. Visita de amistad y de cortesía, por parte de Cusa. Eran órdenes del tetrarca… Te ruego… Tú eres pariente del Bautista, ¿No es verdad? Dile que no se fíe mucho. Que no salga jamás de los confines de Samaría. Y que si puede; es mejor que se pierda por algún tiempo. La sierpe se acerca al cordero. Y el cordero tiene porqué tener mucho miedo. Que esté sobre aviso, Maestro. Y que no se sepa que yo lo he dicho. Sería la ruina de Cusa.

–           Quédate tranquila, Juana. Advertiré al Bautista, por un medio que no hará daño alguno.

–           Gracias, Señor. Te quiero servir. Pero no quiero dañar a mi marido.

–           Tú me estabas hablando de una amiga tuya romana.

–           Sí. Es muy íntima de Claudia y creo que es su pariente. Quiere hablar contigo y oírte hablar. Ella y otras. Desde que curaste a la niña de Valeria, la noticia se extendió como un rayo y ellas tienen más deseos de conocerte.

En el último banquete de la otra tarde, en el palacio del Procónsul;  se habló mucho sobre Ti. Había muchos pros y contras; porque también había herodianos y saduceos. Había… me desagrada decirlo, porque sé que eres amigo del hermano… también estaba María de Mágdala con su nuevo amigo y otra mujer griega, tan libertina como ella.

Y se habla de Ti, porque el milagro hecho en la pequeña Faustina, ha provocado muchos comentarios y rumores. Y si los romanos te admiran. Los herodianos y saduceos arrojan mucho veneno sobre Tu Nombre.

Y María… ¡Oh! ¡María!… ¡Qué horror!  Principió por burlarse… Luego… ¡NO! No. Esto no te lo digo…  Lloré toda la noche…

–                     Aunque no lo digas, YO lo sé…

–                     ¡Oh, Señor!

(Lo que Juana calló, es que María de Mágdala dijo que había  convertido en un reto el seducir a Jesús. El hombre que la ha deslumbrado y al que ha deseado como a ningún otro… Ella dijo que era Apolo que se había encarnado otra vez y que solamente era un hechicero encantador… un hombre bellísimo y muy incitante… Y que finalmente y como hombre, también caería rendido a sus pies…)

Jesús simplemente dice:

–                     Déjala por ahora. Se curará.

–                     Ella no está enferma. ¿Sabes?

–                     No lo está en su carne. Pero en lo demás, está intoxicada. Se curará.

–                     Si Tú lo dices… Las romanas, sabes cómo son. Dijeron: ‘Nosotras no tenemos miedo a las brujerías, ni a los cuentos. Queremos juzgar por nosotras mismas.’ Y luego me dijeron a mí: ‘¿Podríamos oírlo?

–                     Diles que al fin de la Luna de Scebat,  estaré en tu casa.

–                     Se los diré, Señor. ¿Crees que vendrán a Ti?

–                     Hay un mundo en ellas que rehacer. Lo primero que es necesario destruir y luego se edificará… Pero no es cosa imposible. Adiós, Juana. Que el señor sea contigo. Te bendigo en su Nombre…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

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