42.- PRINCIPIO DE LA CAÍDA


Jesús despide las barcas diciendo:

–                 No regresaré atrás.

Y seguido  por los suyos a través de un área que desde la ribera se veía frondosa, se dirige a un monte.

Los apóstoles malhumorados, caminan en silencio hablándose con los ojos. Avanzan despacio por el camino que atraviesa esta región hermosa pero selvática, en la que es muy difícil caminar, por los lugares engañosos de hierbas que parecen haber nacido en suelo firme y que ocultan hoyos de agua en los que de repente se sume el pie. Y esto sucede porque solo son montones de amarantos que nacieron en pequeñas charcas y  las esconden formando trampas, a veces algo profundas.

Jesús por su parte, parece muy feliz con todo este verdor de tantos matices. Con las flores, los pajarillos y sus nidos. Va admirando el paisaje y su naturaleza; la tierra que creó Dios Padre y que todavía el hombre no ha profanado. Quiere compartir su felicidad con los otros, pero no encuentra terreno propicio.

Los corazones están cansados y agriados de tanta perversidad y traen un mutismo negro.

Tan solo su primo Santiago, Zelote y Juan, se interesan por lo que interesa a Jesús. Pero los demás… parecen ausentes, por no decir hostiles.

De pronto se oye un grito de admiración, al ver a un halcón que llega hasta  su compañera, trayéndole un pescadito plateado.

Jesús dice:

–                 ¿Puede haber algo más agasajador?

Pedro responde:

–                 Más gentil, tal vez no. Pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí también está  húmedo y no hay comodidad.

Judas de Keriot dice:

–                 Hubiese preferido el camino real a este… jardín; si quieres llamarlo así. Y estoy completamente de acuerdo son Simón.

Jesús contesta:

–                 Vosotros no quisísteis el camino real.

Bartolomé gruñe:

–                 ¡Eh! Así es. Pero hubiera sido preferible estar al alcance de los gerasenos, si hubiéramos continuado  al otro lado del río siguiendo por Gadara, Pela y más abajo.

Felipe concluye:

–                 A fin de cuentas, los caminos son de todos y también nosotros podíamos pasar.

Jesús dice tranquilo:

–                 Amigos… amigos. Estoy afligido. Hastiado. No aumentéis más mi dolor con vuestras mezquindades. Dejadme buscar un poco de consuelo, en las cosas que no saben odiar…  

El reproche dulce y triste, llega al corazón de los apóstoles.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                 Tienes razón, Maestro.

–                 Somos indignos de Ti.

–                 Perdona nuestra necedad.

–                 Tú eres capaz de ver lo hermoso, porque eres Santo y miras con los ojos del corazón.

–                 Nosotros, piltrafa humana, no sentimos más que ésta… incomodidad.

–                 No hagas caso. Son tan solo nuestros cuerpos…

Jesús promete:

–                 Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos terreno más cómodo, aunque menos fresco.

Pedro pregunta:

–                 ¿A dónde vamos?

–                 Llegaremos al Tabor. Lo rodearemos y pasando cerca de Endor, iremos a Naím y después a la llanura de Esdrelón…

Juan exclama:

–                 ¡Oh! Será bello. Dicen que desde la cima se descubre el Mar Grande, el de Roma. Tanto que me gusta.  ¿Nos llevas a verlo? –suplica Juan con su carita de niño grande, mirando a Jesús.

Jesús pregunta acariciándolo:

–                 ¿Por qué te gusta tanto verlo?

–         No sé. Porque es grande y no se le ve el horizonte. Me hace pensar en Dios. Cuando estuvimos en el Líbano, por primera vez vi el mar; porque nunca había estado fuera del Jordán o en nuestro lago. Y lloré de emoción. ¡Qué azul! Tanta agua y no rebosa jamás. Qué cosa tan maravillosa… Y los astros que rielan en el mar con sus luces. ¡Oh! ¡No te rías de mí! Contemplaba el camino de oro del sol, hasta quedar deslumbrado.

El plateado de la luna hasta no tener más que su blancura fija en el ojo. Y los miraba cómo se perdían en lontananza. Esos caminos me hablaban. Me decían: ‘Dios está en aquella lontananza infinita y estos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para llegar a Dios. Ven. Sumérgete en lo infinito; navegando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito.’

Tadeo dice admirado:

–                 Eres poeta, Juan.

–                 No sé si sea poesía esto. Lo que sé es que me enciende el corazón.

Santiago de Zebedeo advierte:

–                 También has visto el mar en Cesárea y en Ptolemaida. Y muy de cerca. Estuvimos en la playa. No veo porqué debamos caminar tanto, para ver otra agua de mar. De hecho, hemos nacido en el agua…

Pedro exclama:

–                 ¡Y todavía lo estamos y en qué forma!…

Se distrajo por un momento, al escuchar a Juan. No vio un charco disimulado y se ha metido en él hasta la cintura.

Todos se ríen y él es el primero.

Juan responde:

–                 Es verdad. Pero desde arriba es más hermoso. Se alcanza a ver más lejos. Se piensa más elevado y más extensamente… Se desea… se sueña… -mira hacia adelante y sonríe a su sueño…

Jesús parece un padre que pregunta a su hijo más querido, al decir en voz baja a su predilecto:

–                 ¿Qué cosa deseas? ¿En qué sueñas?…

Juan suspira profundamente, antes de contestar:

–                 Deseo ir a ese mar infinito. Ver otras tierras que están más allá. Deseo ir allá para hablar de Ti. Sueño… sueño con ir a Roma. A Grecia. A los lugares desconocidos, para llevar la   Luz. Donde los que viven en tinieblas, entren en contacto contigo, Luz del Mundo… Sueño de un mundo mejor. En hacerlo mejor, conociéndote.

O sea, a través del conocimiento del Amor que los haga buenos, puros, heroicos. Un mundo que se ame por tu Nombre y levante tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina; sobre el odio, el pecado, la carne, el vicio de la inteligencia, el oro. Y sueño en que yo con éstos mis hermanos; vaya por esos mares de Dios. Por caminos de luz a llevarte… como tu Madre te trajo un tiempo entre nosotros, del Cielo.

Sueño… sueño en ser el muchacho, que sin conocer otra cosa más que el amor, está sereno aún en las tormentas… y que canta para dar fuerzas a los adultos que piensan demasiado. Y que va adelante al encuentro de la muerte con una sonrisa… al encuentro de la gloria con la humildad de quién no sabe cuanto hace; pero que sí sabe ir a Ti, Amor…

Los apóstoles ni siquiera parecen respirar durante la confesión extática de Juan. Miran admirados al más joven.

Miran a Jesús que se transfigura de gozo, al encontrarse así; perfecto en su discípulo.

Cuando Juan calla, quedando un poco inclinado, Jesús lo besa sobre la frente y le dice:

–                 Iremos a ver el mar, para hacerte soñar en el porvenir de mi Reino en el Mundo.

Judas de Keriot dice:

–                 Señor. Dijiste que iremos a Endor. Entonces conténtame a mí también. Para olvidar el juicio amargo de aquel chiquillo…

Jesús pregunta:

–                 ¡Oh! ¿Todavía estás pensando en eso?

–                 Sí. Me siento empequeñecido ante tus ojos y ante los compañeros. Pienso en lo que pensaréis de mí…

–                 ¡Cómo te exprimes el cerebro por nada! Ni siquiera Yo pienso en esa tontería. Ni en lo que dijo de los otros. Tú eres el que te acuerdas de eso… Eres un muchacho acostumbrado a las caricias. Y la palabra de un niño, te ha parecido la condenación de un juez.

No debes tener miedo a esta palabra, sino más bien a tus acciones y al juicio de Dios. Pero para demostrarte que te quiero como antes, te digo que te daré gusto. ¿Qué quieres ver en Endor? Es un lugar pobre entre las rocas…

–                 Llévame y te lo diré…

–                 Está bién. Pero ten cuidado de no sufrir luego…

–                 Si a éste no le puede hacer daño ver el mar; a mí tampoco ver Endor.

–                 ¿Ver?… No. No. Es el deseo del que quiere ver en el ver, lo que te hace mal. Pero iremos…

Toman el camino que va al Tabor. Pronto el camino deja de ser lodoso y está firme. La vegetación va desapareciendo y en su lugar, se ven árboles muy altos y montones de zarzas, llenas de hojas nuevas y de flores.

Después de pernoctar en las faldas del Tabor; llegan a una llanura entre montes y ascienden a la cima. El tiempo es fresco.

Jesús señala un ranchito aferrado a las primeras altitudes del grupo montañoso y pregunta:

–                 Judas, aquello es Endor. ¿De veras quieres ir allá?…

–                 Si quieres darme gusto.

–                 Vamos entonces.

Bartolomé que por su edad no es muy amante de excursiones panorámicas, pregunta:

–                 ¿Tendremos que caminar mucho?

Jesús aclara:

–                 ¡Oh, no! Si os queréis quedar…

Judas se apresura a decir:

–                 Sí. Sí. Mejor es que os quedéis. Me basta ir con el Maestro.

Pedro responde:

–                 Pues bien. yo quisiera saber qué hay de hermoso, antes de decidir… Sobre el Tabor vimos el mar. Y después del discurso del muchacho, debo confesar que fue como si lo viera por primera vez… y lo he visto como tú, Juan: con el corazón. Allí… -Pedro señala Endor- Quisiera saber qué otra cosa se puede aprender. Y en este caso voy; aunque me canse…

Jesús invita:

–                 ¿Lo oyes? ¡Tú no has dicho todavía tu intención! Por cortesía hacia tus compañeros, dila.

Judas lo piensa un poco y luego dice:

–                 ¿No fue Endor a donde quiso ir Saúl, a consultar a la pitonisa?

–                 Sí. ¿Y qué con ello?…

–                 Pues a mí me gustaría, Maestro; ir a aquel lugar y oírte hablar de Saúl…

Pedro exclama entusiasta:

–                 ¡Oh! Si es así, entonces hasta yo voy…

Y todos confirman:

–           Vamos.

Rápidamente caminan hasta llegar a Endor.

Es un lugar muy pobre. Las casas están construidas sobre la falda del monte, que más allá de este ranchito es muy áspera. La gente que vive ahí es pobre. Sus habitantes son pastores que llevan sus ganados por el monte y por los bosques de encinas centenarias.

Pocos campos de cebada o de pienso y árboles de manzanas o higos. Pocos viñedos junto a las casas que sirven para adornar las paredes oscuras. Parece un lugar más bien húmedo.

Jesús d            ice:

–                 Ahora preguntemos dónde era el lugar donde estaba la adivina.

Detiene a una mujer que viene de la fuente con cántaros. Ella los mira con curiosidad y luego que Jesús le pregunta; groseramente responde:

–                 No sé. Tengo otras cosas más importantes en qué pensar, que en estas estupideces. –Y lo deja plantado.

Jesús se dirige a un viejecito que talla un pedazo de leño. Lo mira extrañado y responde:

–                 ¿La adivina? ¿Saúl? ¿Y quién piensa más en ello?… Pero espera. Hay uno que ha estudiado y que tal vez, él si sabe. Ven…

El viejecillo sube por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy miserable y descuidada.

–                 Espérame aquí. Voy a llamarlo…

El hombre entra.

Y Pedro señala a las gallinas que escarban en un corralito sucio y dice:

–                 Este hombre no es israelita.

Apenas acaba de decirlo, cuando ya está de regreso el viejecillo a quién sigue un hombre tuerto, sucio y desaliñado, que dice:

–                 Iré con estos extranjeros.

El hombre tiene la voz dura y gutural; lo que aumenta el sentimiento de malestar. Y empieza a caminar para guiarlos.

Pedro, Felipe y Tomás, hacen señas a Jesús para que no vaya; pero éste no les hace caso.

Camina con Judas, detrás del hombre. Y los demás los siguen de mala gana.

El hombre pregunta a Jesús:

–                 ¿Eres israelita?

Jesús contesta:

–                 Sí.

–                 Yo también, aunque no lo parezca. Estuve mucho tiempo en tierras extranjeras y tomé costumbres que estos tontos no pueden aceptar. Soy mejor que los demás. Me dicen demonio porque leo mucho, crío gallinas que vendo a los romanos y sé curar con hierbas. Cuando era muy joven; por causa de una mujer reñí con un romano; estaba entonces en Cintium y lo apuñalé.

Él murió y yo perdí un ojo y mis bienes. Y fui condenado a prisión por muchos años… para siempre. Pero como sabía curar, sané a la hija del carcelero. Esto me valió su amistad y un poco de libertad. Me aproveché de ella para huir. Ciertamente hice mal, porque él pagó con su vida mi huida. La libertad parece atractiva cuando uno está prisionero…

–                 ¿Y después no lo es?

–                 No. Es mejor la cárcel; donde se está solo en contacto con hombres que no te permiten estar solo y que están juntos para odiarse…

–                 ¿Has estudiado a los filósofos?

–                 Era maestro en Cintium. Era prosélito…

–                 ¿Y ahora?

–                 Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio como fui odiado y lo soy…

–                 ¿Quién te odia?

–                 Todos. Dios es el primero. Tenía mi mujer y Dios permitió que me traicionase y arruinase. Era yo libre y respetado y Dios permitió que me convirtiera en presidiario. El abandono de Dios; la injusticia de los hombres; han borrado a Aquel y a éstos. Aquí no hay nada… -y se pega en la frente y en el pecho- esto es. Aquí en la cabeza está el pensamiento. El saber. Aquí está lo que es nada. –y escupe con desprecio.

Jesús objeta:

–                 Te equivocas. Tienes todavía dos cosas allí…

–                 ¿Cuáles?

–                 El recuerdo y el odio. Vacíate de ellos. Y te daré una cosa nueva para que la metas allí…

–                 ¿Qué cosa?

–                 El amor.

–                 ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Me haces reír. ¡Oye!… Hace treinta y cinco años que yo no me reía. Desde que comprobé que mi mujer me traicionaba con el mercader romano de vinos. El Amor… ¿A mí?… Es como si echase joyas a mis pollos. Morirían de indigestión si no lograsen arrojarlas en el estiércol. Lo mismo me sucederá a mí. Tu amor me sería pesado si no lo puedo digerir…

Jesús claramente afligido, le pone la mano sobre la espalda y Dice:

– No, hombre. No digas eso.

El hombre lo mira con el único ojo que tiene… Y lo que ve en ese rostro joven, dulce y hermosísimo, lo hace enmudecer y cambiar de expresión. Del sarcasmo pasa a una seriedad profunda. De ésta, a una verdadera tristeza.

Baja la cabeza y pregunta con una voz diferente:

–                 ¿Quién eres?

–                 Jesús de Nazareth. El Mesías…

–                 ¡¡¡Tú!!!

–                 Sí. ¿No sabías nada de mí, tú que lees?

–                 Sabía… Pero no que estuvieses vivo. Y no… ¡Oh! ¡Sobre todo, esto no lo sabía! No sabía que fueses bueno con todos… así… hasta con los asesinos. Perdóname lo que dije de Dios y del Amor. Ahora entiendo por qué quieres darme el Amor. Porque sin él, el mundo es un infierno. Y Tú Mesías, quieres convertirlo en un Paraíso…

–                 Un paraíso en cada corazón. Dame el recuerdo y el odio que te tienen enfermo y deja que Yo meta en tu corazón el Amor.

–                 ¡Oh! ¡Si te hubiese conocido antes!… Pero cuando yo lo maté; ciertamente no habías nacido todavía… Pero después; cuando libre. Como es libre la serpiente en el bosque; viví para envenenar con mi odio.

–                 Pero también has hecho el bien. ¿No dijiste que curabas con hierbas?

–                 Sí. Para que me toleren. Pero cuantas veces he luchado con el deseo de envenenar con pócimas… ¿Ves? Me vine a refugiar aquí. Porque es un lugar donde se ignora el mundo y en que éste a su vez, lo ignora a uno. Porque puedo comprar libros y estudiar… Y… Pero es un territorio maldito. En otros lugares me odiaban; yo odiaba y tenía miedo de ser reconocido… Pero soy malo.

–                 Tienes remordimientos de haber hecho mal al carcelero de la prisión. ¿Ves que todavía tienes algo de bondad? No eres malvado… Sólo tienes una gran herida abierta y nadie te la cura… Tu bondad huye de ella, como la sangre se escapa de las heridas. Pero si hubiese quién te curase la herida pobre hermano, tu bondad paulatinamente crecería en ti…

El hombre llora con la cabeza inclinada, sin que nada indique que llora.

Sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Pero no dice nada más.

Llegan al socavón que está hecho de ruinas y cuevas abandonadas en el monte.

El hombre trata de que su voz sea segura:

–                 Es aquí. Puedes entrar.

–                 Gracias, amigo. Eres bueno.

El hombre no dice nada y se queda allí; mientras Jesús con los suyos, subiendo sobre grandes piedras que fueron trozos de muros muy fuertes; perturbando lagartijas y otros animales; entran en una espaciosa gruta que está ahumada en las paredes.

Hay rastros del zodiaco y cosas semejantes en las piedras.

En un rincón que está más ahumado, hay un nicho y debajo un agujero, como si fuese un desagüe. Los murciélagos adornan el techo con sus alas extendidas que causan horror y un búho, que descansaba en el nicho, molestado con la luz de una rama que enciende Santiago de Zebedeo, para evitar pisar víboras o escorpiones, sacude sus alas y cierra sus ojos.

Se percibe el hedor de animales muertos y hay rastros de ratones, pájaros y comadrejas, además del estiércol y la humedad del suelo, que contribuyen a aumentar el ambiente de un marco tenebroso de horror…

Pedro dice con ironía:

–                 Un hermoso lugar en realidad. –Y volviéndose a Juan- Era mejor tu Tabor y tu mar. –Suspira y añade dirigiéndose a Jesús- Maestro, contenta pronto a Judas, porque aquí… Ciertamente no es la sala real de Antipas.

Jesús responde:

–           Al punto. –Y volviéndose hacia Judas-  ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

Judas lo mira y dice:

–                 Pues… quiero saber ¿Por qué pecó Saúl al venir aquí? ¿Y si es posible que alguien pueda de verdad llamar a los muertos? ¡Oh! ¡Mejor habla Tú! Te haré las preguntas…

Pedro suplica:

–                 Bonito negocio. Vámonos por lo menos allá afuera, al sol. Sobre las piedras, nos veremos libres de la humedad y del hedor.

Jesús asiente y salen. Se sientan como pueden sobre las ruinas.

El Maestro dice:

–                 El pecado de Saúl fue solo uno de muchos que cometió antes y muchos después. Todos graves.

Judas pregunta:

–                 ¿Contra Quién? No mató a nadie.

–                 Mató su alma. Exactamente aquí, terminó de matarla. ¿Por qué bajas la cabeza?

–                 Estoy pensando, Maestro.

–                 Que estás pensando lo veo. Pero, ¿En qué? ¿por qué quisiste venir aquí? No por mera curiosidad de investigar… confiésalo.

–         Siempre se oye hablar de adivinos, magos, espíritus invocados… Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo sucedió… Pienso que nosotros  estamos destinados a llamar la atención y para atraer, debemos ser un tanto adivinos. Tú Eres Tú y lo haces con tu poder. Pero también nosotros debemos  pedir un poder… una ayuda; para hacer obras prodigiosas que se impongan…

Varios gritan al mismo tiempo:

–                 ¡Oh!

–                 ¡Bah!

–                 ¿Estás loco?

–                  Pero, ¿Qué estás diciendo?

Jesús dice:

–                 Callad. Dejadlo hablar. No está loco. Continúa Judas…

–                 Sí. Me parecía que al venir aquí, podía entrar en mí algo de la magia de tiempos idos y así hacerme más grande. Por interés tuyo, créemelo.

–                 Sé que eres sincero en este deseo natural tuyo, hijo… Pero no extiendas tu mano al fruto prohibido. Aún sólo acercarla es imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno, tan sólo por temor de que no se te meta el veneno satánico.

Huye de lo oculto y de lo que no tiene explicación. Una sola cosa tiene que aceptarse con santa Fe: Dios. Pero lo que Dios no es y que no es explicable con las fuerzas de la razón o que pueden crearse con las fuerzas del hombre, huye de eso. Huye de eso. Que no se te abran las fuentes de la malicia y finalmente comprendas que estás desnudo. DESNUDO. Desnudo; cosa repulsiva aún al mundo.

Dios dijo a Adán y Eva, ¿Cómo supisteis que estabais desnudos? Sólo por haber comido del fruto prohibido… Y los arrojó del Paraíso de delicias.

Y en el Libro, de Saúl está escrito: “Dijo Samuel apareciendo, ¿Por qué me perturbaste con hacerme llamar? ¿Por qué preguntarme después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará cómo te lo dije, porque no quisiste obedecer a su Voz”

¿Por qué quieres llamar la atención con prodigios tenebrosos? Haz que los demás queden estupefactos con tu santidad y que sea luminosa, como cosa que viene de Dios.

No tengas deseos de rasgar los velos que separan a los vivientes de los que se han ido. No los perturbes. Escúchalos si son prudentes, mientras están en la tierra.

Venéralos con obedecerles, aún después de su muerte. Pero no disturbes su segunda vida. Quien no obedece la voz del Señor, pierde al Señor. 

Y el Señor ha prohibido el Ocultismo, la nigromancia y el satanismo en todas sus formas. ¿Qué quieres saber de más, que la Palabra no te lo haya dicho? ¿Qué quieres hacer de más; de cuanto tu bondad y mi Poder te conceden realizar? No ambiciones el pecado, sino la santidad; hijo.

No te mortifiques. Me gusta que te descubras tal cual eres. Lo que te agrada a ti, agrada a muchos. A demasiados  Solo el fin que pones a este deseo tuyo: ‘El de ser poderoso para atraer a Mí’, quita mucho peso a esta debilidad tuya y pone alas, pero son de pájaro nocturno. 

No, Judas mío. Ponte alas de sol. Pon alas de ángel a tu espíritu. Con el solo viento de ellas, atraerás corazones. Y los atraerás en tu estela a Dios. ¿Podemos irnos?…

–                 Sí, Maestro. Me equivoqué…

–                 No. Has sido un investigador. El mundo está lleno siempre de eso. Ven, ven. Salgamos de este apestoso lugar. Dentro de pocos días es la Pascua. Y luego iremos a la casa de tu madre. Te recuerdo tu casa honesta, a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo y la alabanza de Jesús a la madre, tranquilizan a Judas. Salen de las ruinas y empiezan a descender por el sendero. El hombre tuerto todavía está allí.

Tratando de no ver la cara enrojecida por el llanto, Jesús le pregunta:

–                 ¿Todavía estás aquí?

–                 Sí. Aquí. Si me lo permites, te seguiré. Tengo que decirte algo…

–                 Ven pues conmigo. ¿Qué es lo que quieres decirme?

–                 Jesús… Pienso que para tener fuerzas de hablar y de cambiarme a mí mismo, por medio de una magia santa; para evocar mi alma muerta del modo como  la adivina llamó a Samuel, porque era el deseo de Saúl; yo debo pronunciar tu Nombre, que es dulce como tu mirada. Santo como tu Voz. Tú me acabas de dar una nueva vida y no tiene forma. Está incapacitada como la de un ser que acaba de nacer, con miembros débiles. Lucha entre membranas que le estorban. Ayúdame a salir de mi muerte.

–                 Sí, amigo.

–                 Yo… yo comprendo que tengo todavía un poco de ser humano en mi corazón. No soy del todo una fiera. Puedo todavía amar y ser amado. Perdonar y ser perdonado. Esto me lo está enseñando tu amor, que es Perdón. ¿No es así?

–                 Sí, amigo.

–                 Entonces llévame contigo. Seré Félix. ¡Ironía! Dame otro nombre. Quiero que el antiguo quede muerto para siempre. Te seguiré como el perro callejero que al fin encuentra un dueño. Seré tu esclavo si así lo deseas. Pero no me dejes solo…

–                 Sí, amigo.

–                 ¿Qué nombre me das?

–                 Un nombre que amo: Juan. Porque eres el regalo que hace el Señor. ¿Y tu casa?

–                 Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Sólo dame amor y un pan.

–                 Ven. –Jesús se voltea y llama a los apóstoles- A vosotros, amigos. Y sobre todo a ti Judas, os doy las gracias. Hé aquí al nuevo discípulo. Viene con nosotros hasta que lo podamos dejar con los demás. Alabad a Dios conmigo.

Realmente los doce, no parecen muy felices. Pero hacen buena cara por obediencia y cortesía.

Juan de Endor, dice:

–                 Aquella es mi casa. Si me permites, me adelanto. Me encontrarás en el umbral.

–                 Ve pues.

El hombre parte a la carrera. Y Jesús dice:

–                 Ahora que estamos solos, os ordeno. Esto os ordeno, de que seáis buenos con él y que no digáis a nadie, nada de su pasado. Por ningún motivo. ¿Lo entendéis? Quién diga algo o falte a la caridad al hermano redimido, lo arrojaré al punto de Mí. ¿Habéis entendido? Y ¡Ved cuán bueno es el Señor! Venimos aquí por un fin humano y Él nos concede regresar con algo sobrenatural. ¡Oh! ¡Yo gozo por la alegría que hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan frente a la casa. En el umbral está el hombre con un vestido oscuro y limpio, un manto y un par de sandalias nuevas. Y una alforja sobre la espalda. Se ha aseado y se ve diferente. Cierra la puerta y toma una gallina blanca que acloca entre sus manos. La besa, llora y la deja.

Dice a Jesús:

–                 Vámonos. Perdona, pero estas gallinas me han amado. Platicaba con ellas y me entendían… -Y se vuelve hacia un vecino que lo mira pasmado- Ten. Esta es la llave de mi casa. Yo me voy para siempre. Haz con lo mío lo que tú quieras y cuida de mis gallinas. No las maltrates. Cada sábado viene un romano y compra los huevos… te dejarán utilidades. Y que Dios te lo pague.

El hombre está atolondrado. Toma la llave y se queda con la boca abierta.

Jesús agrega:

–                 Haz como él dice. También Yo te lo agradeceré. En Nombre de Jesús, Yo te bendigo.

El hombre lo mira asombrado y grita:

–                 ¡Oh! ¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor…! ¡Oh!

Y gritando a todo el pueblo:

–           ¡Vengan todos! ¡El Mesías está con nosotros!

El hombre está tan felíz y lo manifiesta abiertamente, gritando alabanzas.

Luego pregunta a Jesús:

–                 ¿A dónde vas?

Jesús contesta:

–                 A Naím. No puedo quedarme.

–                 Te seguiremos… ¿Quieres?

–                 Venid. Y a quién se queda, dejo mi paz y mi bendición.

Se dirigen hacia el camino principal y lo toman.

Juan de Endor, que camina junto a Jesús y que se dobla un poco bajo el peso de su alforja, atrae la curiosidad de Pedro.

El antiguo pescador le pregunta:

–                 Pero, ¿Qué llevas ahí que parece tan pesado?

Juan de Endor contesta:

–                 Mi ropa y… libros. Mis amigos, junto con los pollos. No pude separarme de ellos y pesan…

–                 ¡Eh! ¡La ciencia pesa! Y ¿A quién le gusta, he?

–                 No me dejaron enloquecer.

–                 Debes quererlos mucho. Qué libros son.

–                 Filosofía e historia. Poesía griega y romana.

–                 Hermosos, hermosos. Ciertamente hermosos. Pero, ¿Piensas llevarlos contigo?

–                 Algún día lograré separarme de ellos. Pero al mismo tiempo todo, no se puede. O ¿No es así, Mesías?

Jesús responde:

–                 Llámame Maestro. No se puede. Te buscaré un lugar donde puedas dar refugio a tus amigos, los libros. Te podrán servir para discutir con los paganos acerca de Dios.

–                 ¡Oh! ¡Cuán claramente sabes pensar y comprender!

Jesús sonríe y Pedro exclama:

–                 ¡Vive Dios! –Señala a Jesús- ¡Él es la misma Sabiduría Encarnada!

Juan de Endor agrega:

–                 Es la Bondad. Créemelo. Y ¿Tú eres culto?

Pedro dice:

–                 ¿Yo? ¡Cultísimo! Distingo una alosa de una carpa y ahí termina toda mi cultura. Soy pescador, amigo. –Y Pedro ríe humilde y francamente.

–                 Eres honrado. Es una ciencia que se aprende por sí misma. Y es muy difícil conseguirla. Me gustas.

–                 También tú porque eres franco. Y aún en el excusarte. Yo perdono todo. ayudo a todos. Pero soy enemigo jurado de los falsos e hipócritas. Me dan asco.

–                 Tienes razón. El falso es un criminal.

–                 Un criminal. Lo has dicho. Oye, ¿No tienes desconfianza en prestarme un poco tu alforja? Puedes estar seguro de que no me escaparé con los libros. Me parece que te pesan mucho.

–                 Veinte años de minas lo despedazan a uno. Pero, ¿Por qué quieres cansarte tú?

–                 Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámela y toma mis harapos. Mi alforja es ligera. No hay historias, ni poesía y la otra cosa que dijiste es Él… ¿Filosofía?…  Él, mi Jesús; nuestro Jesús…

Y siguen conversando mientras avanzan a lo largo del camino que atraviesa la montaña…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

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