Archivos diarios: 18/09/12

45.- EL DISCIPULO MÁS PEQUEÑO


La mañana del sábado es ocupada en dar descanso a los cuerpos fatigados y en lavar los vestidos llenos de polvo y arrugados del camino, en las piletas del Getsemaní.

–                     Sólo tú pequeñín, no puedes cambiarte. Pero mañana… -Pedro mira con preocupación el vestido limpio, pero demasiado corto, desteñido, rasgado; que parece de un niño de la mitad de su edad y agrega en voz baja- ¿Cómo puedo hacer para llevarlo a la ciudad? Quisiera partir mi manto en dos, para que con un trozo se cubriese.

Jesús oye este soliloquio paterno y dice:

–                     Es mejor que descanse ahora. Iremos esta tarde a Bethania.

–                     Pero yo quiero comprarle un vestido. Se lo prometí.

–                     Lo harás. Mi Madre te acompañará. ¿Sabes?… las mujeres son más hábiles en las compras que nosotros. Y Ella se sentirá feliz de ocuparse de un niño. Iréis juntos.

La idea de ir de compras con María, llena de felicidad a Pedro.

Jesús pasea por el olivar y mira a Yabé que juega con los más jóvenes.

Judas está muy alegre. Los más viejos miran y sonríen.

Bartolomé pregunta:

–                     ¿Y qué dirá tu Madre de este pequeñín?

Tomás contesta:

–                     Yo creo que dirá: ‘Está muy delgaducho’

Pedro dice:

–                     ¡Oh, no! Dirá: ‘Pobrecito niño’

Zelote pregunta:

–                     Y tú Maestro, ¿Qué crees que dirá?

Jesús dice:

–                     Al besarlo dirá tan solo: ‘Que seas bendito’ Y lo curará como si fuese un pajarito caído del nido. Ella, como criatura perfecta; lleva la maternidad en la sangre y en el corazón. Porque la mujer ha sido hecha para ser madre y es una aberración, cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia.

Tadeo pregunta:

–                     ¿Qué quieres decir Maestro con amor de segunda potencia?

–                     Hermano mío. Hay muchos amores y muchas fuerzas. Está el Amor de primera fuerza: el que se da a Dios. El amor de segunda fuerza: el materno o el paterno…

Juan de Endor dice:

–                     Yo amaba mucho a mis discípulos.

–                     He comprendido que debiste haber sido un buen maestro, al ver cómo tratas a Yabé.

El hombre de Endor se inclina y besa la mano de Jesús, sin decir nada.

Zelote suplica:

–                     Continúa te lo ruego, tu clasificación de amores.

–                     Está el amor por la compañera; que es amor de tercera fuerza. Porque está hecho por mitad de espíritu y mitad de carne. Hablo siempre de amores puros y santos. El hombre para la esposa es un maestro y un padre, además de esposo. La mujer para él, un ángel y una madre, además de esposa. Estos son los tres amores más grandes.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Y el amor del prójimo? ¿No te has equivocado? ¿O lo has olvidado?

Los demás lo miran estupefactos… e irritados.

Tanto por las palabras como por la manera decirlas. En realidad, Judas fue educado en el Templo y su soberbia le empuja a actuar de esa manera. Ni él mismo se da cuenta de lo que hace, ni porqué lo hace. Una sombra pasa por la mirada de Judas… 

Las enseñanzas de Sciammai, están ejerciendo su tóxico… Fue su primer maestro y maestro de Sadoc. Y esas ideas aunadas a las raíces del pecado al que no se ha renunciado y a la creencia equivocada de que por ser sacerdote y descendiente de sacerdotes, se es miembro de una élite privilegiada y se es poseedor de la verdad absoluta. Además, la peor tragedia de Judas es creer que sólo la capacidad humana, desarrollada por la voluntad, es la clave del éxito…  

Jesús responde tranquilamente:

–                     No, Judas. Pero mira…

Y Jesús hace una larga y detallada exposición de lo que es el amor. Y concluye:

–            … el primero de la segunda serie es el del prójimo. En realidad es el cuarto en fuerza. Luego viene el amor por la ciencia; de aquí el amor por el trabajo.

–           ¿Y basta?

–           Y basta.

–           ¡Pero hay muchos otros amores! –exclama Judas de Keriot.

Jesús rechaza:

–           NO. Hay otras hambres, pero no son amores. Son des-amores. Niegan a   Dios, niegan al hombre. No pueden por lo tanto, ser amores, porque son negación y la negación es Odio.

–           Si me niego a consentir en el Mal es odio.

Pedro exclama exasperado.

–                     ¡Pobres de nosotros! Eres más caviloso que un escriba. ¿Me puedes decir que te pasa? ¿Es el aire fino de Judea el que te picotea los nervios como un calambre?

–                     No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas. Y muy claras. Aquí es fácil encontrarse y hablar con escribas. No quiero quedarme corto en argumentos.

Pedro pregunta:

–                     ¿Y crees que podrás en el momento en que te haga falta, sacar la hilacha del color necesario de tu saco donde metes todos esos harapos?

–                     ¿Harapos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!

–                     No te hagas el escandalizado. En su boca no hay harapos. Pero lo son cuando tratamos mal sus palabras. Da un viso precioso a un niño… y poco después no será más que un jirón sucio. Es lo que nos sucede… Ahora bien; si tú tratas de coger en el momento oportuno, el trapo que necesitas… entre éste y el que está sucio… ¡Hummm!… no sé qué te resultará.

–                     Tú no te preocupes. Son negocios míos.

–                     Puedes estar seguro de que no me meteré. Tengo suficiente con los míos… y luego… Me conformo con que no hagas daño al Maestro; porque en ese caso, pensaría en tus negocios…

–                     Cuando haga mal lo harás. Pero eso no sucederá jamás, porque yo sé lo que estoy haciendo. No soy un ignorante. Yo…

–                     Lo soy. Lo sé. Pero no acumulo nada para sacarlo después. Le ruego a Dios y Él me ayudará, por amor de su Mesías; de quién soy su siervo más pequeño y más fiel.

Judas replica, con altanería:

–                     Todos somos fieles.

Entonces Yabé interviene con energía:

–                     ¡Oye, sinvergüenza!… ¿Por qué ofendes a mi padre? Es viejo. Es bueno. No debes hacerlo. ¡Eres un hombre malo y me das miedo!

Santiago de Zebedeo da un codazo a Andrés y exclama en voz baja:

–                     ¡Y van dos!

Habló quedito, pero Judas alcanzó a oír y encendido por la ira, dice:

–                     Puedes ver Maestro, si las palabras del tonto muchacho de Mágdala no han dejado una huella.

El pacífico Tomás, pregunta:

–                     Así es, Maestro. ¿No sería mejor que el Maestro continúe con su lección, más bien que estar como gallitos?

Mateo exclama:

–                     Así es, Maestro. Háblanos un poco más de tu Mamá. ¡Es tan luminosa su infancia! Por reflejo nos hace el alma virgen y yo, pobre pecador; tengo tanta necesidad.

Todos forman un círculo alrededor de Jesús, sentados a la sombra de los olivos. Yabé escucha atentamente los episodios que Jesús relata como si fueran historias deliciosas.

Y al final pregunta con ansia…

–                     ¿Cuándo iremos a donde está tu mamá, Señor?

–                     Esta tarde. ¿Qué le dirás cuando la veas?

–                     “Buenas tardes, madre del Salvador” ¿Está bien así?

–                     ¡Muy bien! –afirma Jesús y lo acaricia.

Felipe pregunta:

–                     ¿Hoy no iremos al Templo?

–                     Iremos antes de partir para Bethania. –Y luego dice al niño- tú te quedarás aquí, ¿Verdad?

–                     Sí. Señor.

La mujer de Jonás el cuidador del olivar, que se ha acercado despacito, dice:

–                     ¿Por qué no lo llevas? El muchacho tiene ganas.

Jesús la mira fijamente, sin decirle nada.

Ella comprende y dice:

–                     ¡Entendido! Ahora vengo… -y corre ligera.

Yabé jala a Juan de la manga y pregunta:

–                     ¿Serán duros los maestros?

Juan lo anima:

–                     ¡Oh, no! No tengas miedo. Además no es para hoy. En pocos días serás más sabio que un doctor, con la Madre de Jesús.

Los otros oyen a Yabé y se ríen de sus temores.

Mateo pregunta:

–                     ¿Quién lo presentará como su padre?

Pedro responde:

–                     Yo. Es natural. A no ser que lo quiera presentar el Maestro.

Jesús dice:

–                     No, Simón. No lo haré. Te dejo esta honra.

–                     Gracias, maestro. ¿Pero también estarás Tú?

–                     Todos estaremos… ‘Es nuestro niño…’

Regresa maría de Jonás con un manto nuevo de un color violeta… ¡Verdaderamente horroroso!

Ella dice:

–                     Marcos nunca quiso usarlo porque nunca le gustó el color.

El pobre Yabé, con la cara cenicienta y con ese color parece un ahogado. Pero como él no se ve; está feliz de poder envolverse en él como si fuera un adulto.

Más tarde, Pedro entra solemne en el recinto del Templo, llevando de la mano a Yabé. Detrás, el resto de los apóstoles.

Jesús es el último. Mientras tanto Pedro se industria en explicarle al niño, las cosas de mayor relieve del Templo. Están cerca del gazofilacio para echar las ofrendas, cuando les habla José de Arimatea. Quién después de los saludos recíprocos,

Les pregunta:

–                     ¿Desde cuándo os encontráis aquí?

Pedro contesta:

–                     Desde ayer por la tarde.

–                     ¿El Maestro?

–                     Está allí con un nuevo discípulo. –señala la columna donde Jesús conversa con Juan de Endor- Pero ahora viene.

José mira al niño y pregunta a Pedro:

–                     ¿Un nieto tuyo?

–                     No… Sí… Más bien: nada por la sangre. Mucho por la Fe y todo por amor.

–                     No te entiendo.

–                     Es un huérfano… por esto nada por la sangre. Un discípulo; por esto, mucho por la fe. Un hijo, por esto todo por amor. El maestro lo recogió y yo lo cuido. En estos días será mayor de edad.

–                     Tan pronto doce años. ¡Qué chiquito está…!

–                     ¡Eh! Pero te lo dirá el Maestro… José, tú eres bueno. Uno de los pocos buenos que hay ahí dentro. Dime: ¿Me ayudarás con esto? Sabes… yo lo presento como si fuera mi hijo. Pero soy Galileo y tengo una lepra horrible en la espalda…

–                     ¿Lepra? –exclama y pregunta José retirándose.

–                     ¡No tengas miedo!… tengo la lepra de ser de Jesús. La más odiosa para éstos del Templo, salvo para pocas excepciones.

–                     ¡Nooo! ¡No digas eso!

–                     Es la verdad y hay que decirlo. Por esto temo que sean duros con el pequeño por mi causa y por causa de Jesús. Además no sé si sepa o como sepa la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrashot. Jesús dice que sabe demasiado…

–                     Bueno. Si lo dice Jesús, no debes temer.

–                     Con tal de darme un disgusto…

–                     ¡Quieres mucho a este pequeño! ¿Lo tienes siempre contigo?

–                     No puedo. Siempre estoy caminando. El niño es pequeño y delgaducho.

–                     Pero yo siempre vendré gustoso contigo… -dice Yabé que ha cobrado confianza al sentir las caricias de José.

Pedro suplica:

–                     José, ¿Me ayudas?

–                     Claro que sí. Vendré contigo. Delante de mí, no se atreverán a cometer ninguna injusticia. ¿Cuándo piensas hacerla?

–                     El miércoles antes de la Pascua.

–                     Iré a Bethania para traeros.

Ante la actitud de José el Anciano, Pedro está que revienta de felicidad.

–                     Te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del Incienso. –Y José se va.

Más tarde en Bethania…

Jesús  dice:

–                     Lázaro, vi a José de Arimatea. El lunes viene aquí con amigos suyos.

Lázaro exclama:

–                     ¡Oh! ¡Entonces ese día estarás conmigo!

–                     Sí. Viene a tratar de una ceremonia que tiene que ver con Yabé y a estar con nosotros. El niño, -explica Jesús a todos- Es nieto de un campesino de Doras. Pasé por Esdrelón. El viejo lo tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera. Estuvo allí desde el Invierno.

Todas las mujeres se conmueven:

–                     ¡Oh, pobre niño! Pero, ¿Por qué?…

–                     Porque sus padres quedaron sepultados en el derrumbe que hubo cerca de Emmaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él sobrevivió porque no estaba en la casa. Lo llevaron al abuelo. Pero, ¿Qué puede hacer un campesino de un fariseo cómo Doras?  Tú Isaac, le hablaste de Mí como de un Salvador, aún en este caso.

El pastor pregunta humildemente:

–                     ¿Hice mal, Señor?

–                     Hiciste bien. Dios lo quería. El viejo me dio al niño, que en estos días será mayor de edad.

María de Alfeo exclama:

–                     ¡Oh, pobrecito! ¿Tan pequeño a los doce? Mi Judas a su edad tenía casi el doble de su tamaño… Y Jesús, ¡Oh! ¡Qué flor!…

Martha dice:

–                     Realmente es muy pequeño. Pensé que tendría cuando mucho diez años.

Pedro explica:

–                     ¡Eh! ¡El hambre es horrible! Debe haberla padecido desde que vino al mundo. Además, ¿Qué cosa podía darle el pobre viejo, si allí todos mueren de hambre?

Jesús dice:

–                     Sí. Ha sufrido mucho. Pero es muy bueno e inteligente.  Lo tengo para consolar al viejo.

Lázaro pregunta:

–                     ¿Lo adoptas?

–                     No. No puedo.

–                     Entonces lo tomo yo.

Pedro ve que sus esperanzas se le van y con un verdadero grito de angustia, exclama:

–                     Señor, ¿Todo a él?

Jesús sonríe y dice:

–                     Lázaro, ya has hecho muchas cosas y te lo agradezco. Pero no te puedo confiar este niño. Es ‘nuestro niño’. De todos nosotros y la alegría de los apóstoles y del Maestro. Por otra parte, aquí crecería en medio de la abundancia. Quiero regalarle mi manto real: la pobreza honrada. Lo que el Hijo del Hombre quiere para Sí, para poder acercarse a todas las grandes miserias, sin mortificar a nadie.

–                     Al menos me permitirás…

Pedro grita:

–                     ¡Yo me ocuparé de su vestido para la fiesta!

Todos se echan a reír por lo inesperado del grito.

Lázaro dice:

–                     Está bien. Pero tendrá necesidad de otros vestidos. Simón, sé bueno. También yo estoy sin niños; permite que yo y Martha nos consolemos proveyendo algunas cosas.

Pedro, ante esta súplica de Lázaro se conmueve al punto y dice:

–                     Pero el vestido del miércoles, lo compro yo. Me lo ha permitido el Maestro y me dijo que iré mañana con su madre a comprarlo.

Pedro ha dicho esto por temor de que haya algún cambio en su contra.

Jesús sonríe y dice a María:

–                     Sí, Madre. Te ruego que vayas mañana con Simón; de otro modo este hombre se me muere de ansiedad. Lo aconsejarás en la compra.

Pedro dice:

–                     Ya dije: vestido rojo y faja verde. Se verá muy bien. Mejor que con ese color que trae ahora.

María sugiere dulcemente:

–                     El rojo le quedará muy bien. También Jesús iba vestido de rojo. Yo propondría que sobre el vestido rojo, hubiese una faja roja o al menos recamada en rojo.

Pedro contesta:

–                     Yo decía así, porque veo que Judas se ve muy bien con esa faja sobre su vestido rojo.

Iscariote replica con una sonrisa:

–                     Pero estas no son verdes, amigo.

–                     ¿No? ¿Entonces de qué color son…?

–                     Este color se llama ‘vena de ágatha’

–                     ¿Y cómo quieres que yo lo sepa? Me pareció verde. Lo he visto en las hojas…

María interviene con dulzura:

–                     Simón tiene razón. Es el color exacto con el que se revisten las hojas en las primeras aguas de Tisri.

Pedro concluye contento:

–                     Y como las hojas son verdes, yo pienso que son verdes tus fajas.

María ha puesto paz y ha dado alegría, aún en esta cosa tan pequeña.

Luego dice:

–                     Llamad al niño.

Cuando Juan lo trae, María pregunta acariciándolo:

–                     ¿Cómo te llamas?

–                     Me llamo… Me llamaba Yabé. Pero ahora estoy esperando el nombre…

–                     ¿Lo estás esperando?

Jesús responde:

–                     Sí. Yabé quiere un nombre que quiera decir que lo salvé. Lo buscarás, Madre. Un nombre que entrañe amor y salvación.

María piensa y luego dice:

–                     Marziam. Eres la pequeña gota en el mar de los que salva Jesús. ¿Te gusta? Y así recuerdas la salvación.

–                     Es muy hermoso. –dice contento el niño, mientras María lo acaricia.

María de Alfeo toca el manto de Yabé y dice:

–                     Esta es una buena lana. Pero, ¡Tiene un color!... ¿Qué te parece si lo teñimos de rojo oscuro? Quedará mejor.

María contesta:

–                     Lo haremos mañana por la tarde. Porque mañana tendrá un vestido nuevo y ahora no podemos desteñirlo.

Y de esta forma, todos siguen conversando…

Por la noche, Jesús y María están sentados en la terraza de la casa de Simón y hablan a solas. Jesús le cuenta todo lo sucedido.

Cuando llega el turno de María le dice:

–                     Hijo. Después de tu partida vino a la casa una mujer que te buscaba. Una gran miseria y una gran redención. Esta persona tiene necesidad de que la perdones, para que sea tenaz en su resolución. Se la confié a Susana diciéndole que era una a la que habías curado. Es verdad. La habría tenido conmigo si nuestra casa no fuese ya un mar, donde todos navegan… Y muchos con malas intenciones. La mujer siente ya el desprecio por el mundo. ¿Quieres saber quién es?

–                     Es un alma. Pero dime su nombre.

–                     Es Aglae. Romana, danzarina y pecadora, a la que empezaste a salvar en Hebrón. Que te buscó y te encontró en Aguas Hermosas. La que ha sufrido mucho por tratar de ser honesta. Me lo dijo todo. ¡Qué horror!…

–                     ¿Su pecado?

–                     También. ¡Qué horrible es el mundo! ¡Oh, Hijo mío! Desconfía de los fariseos de Cafarnaúm. Quisieron utilizar a esta infeliz para hacerte daño…

–                     Lo sé madre. ¿Dónde está Aglae?

–                     Llegará con Susana antes de la Pascua.

–                     Está bien. le hablaré. Todas las tardes estaré aquí. Menos la de la pascua que dedicaré a la familia. La esperaré. Si viene, sólo dile que me espere. Es como dijiste: una gran redención. Y ¡Tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones, mi semilla ha echado tan profundas raíces, como en este terreno pobre. Andrés la ayudó a crecer hasta que se hizo grande.

–                     Me lo dijo.

–                     Madre, ¿Qué has experimentado al acercarte a esa pobre alma?

–                     Asco y alegría. Me pareció estar cerca de un abismo del Infierno. Pero al mismo tiempo me sentí transportada a la región azul. ¡Cómo eres Dios, Jesús mío; cuando realizas estos milagros!

Se quedan callados bajo las brillantes estrellas y envueltos en la luz de la luna que pronto estará llena. Madre e hijo. Dos corazones que se aman…

La mañana siguiente es espléndida e invita realmente a dar un paseo. Los que viven en la casa de Zelote, salen a respirar el aire puro en el huerto de Lázaro, que rodea la casa. Y pronto se les unen los que se hospedan en la casa de Lázaro y que son: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo.

El sol ilumina las habitaciones sencillas y limpias. María de Alfeo y María Salomé, la madre de Santiago y de Juan; están en la cocina, preparando el desayuno. La Virgen María está viendo como un siervo de Lázaro, es el peluquero de Marziam. Cuando termina de arreglarle el cabello, lo lleva a bañarse y lo viste con un ajuar que perteneció a Lázaro, el que han arreglado para que sea de su medida.

María le quita la toalla en que estaba envuelto Marziam y le pone un vestido de lino con crespones en el cuello y en las muñecas. Encima, una bata roja de lana con un gran escote y mangas anchas. Aparece por el escote el lino muy blanco y en las mangas, el rojo oscuro. Le ciñe la cintura con una faja que termina en flecos de lana roja y blanca. Unge su cabello con aceite de almendras y de palma, aromatizado con finas esencias.

El niño se ve totalmente desconocido.

María lo acaricia con inmenso amor y le dice:

–                     Ahora vete a jugar sin ensuciarte, mientras yo me preparo.

El niño se va brincando alegre a buscar a sus amigos. El primero que lo ve, es Tomás:

–                     Pero, ¡Qué hermoso te ves! ¡Cómo para las nupcias! Me haces desaparecer. Ven. Vamos a donde están las mujeres. –El siempre alegre y regordete Tomás lo toma de la mano, diciéndole- Te buscan para darte de comer.

Y lo lleva a la cocina.

Después Simón Pedro y maría se van de compras.

Y Jesús dice a Zelote:

–                     Simón, me acompañarás a donde están tus amigos los leprosos. Los demás haced lo que mejor os parezca. Estáis libres hasta el miércoles. Los espero a las nueve de la mañana en la Puerta Dorada.

Juan dice:

–                     Yo voy contigo, Maestro.

–                     Nos vemos en Getsemaní para comer y al atardecer regresaremos aquí. Adiós  Lázaro.

–                     Yo también voy contigo. Me siento un poco mejor de las piernas.

–                     Vámonos. La paz sea con vosotros, mujeres.

Hasta las cercanías de Jerusalén, todos van juntos. Luego se separan.

Iscariote se va por su lado y entra en la ciudad en dirección a la torre Antonia…

Jesús dice:

–                     ¡Vamos a ver a esos pobrecitos!

Da la espalda a la ciudad y se dirige a un lugar desolado que está en las faldas de una colina rocosa que hay entre dos caminos que llevan de Jericó a Jerusalén. Un lugar extraño hecho como de escalones. Al dirigir la vista hacia abajo, se ve un foso como de tres metros de profundidad que baja en declive. El lugar es árido. Está muerto. Se respira mucha tristeza.

Simón Zelote grita:

–                     ¡Maestro! Aquí están. Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán y aquí están mis amigos.

–                     Iremos a donde están.

–                     ¡Gracias! En su nombre y en el mío.

–                     ¿Son muchos?

–                     El invierno mató a la mayoría. Hay todavía cinco de ellos, a los que les había hablado. Te están esperando, míralos. Están en el borde de su mazmorra.

Son como una docena. Entre ellos hay una mujer. Se distingue por sus cabellos largos hasta la cintura. Fuera de esto no se puede distinguir el sexo debido a la enfermedad que ha avanzado y la ha convertido en un esqueleto, destruyendo sus contornos femeninos. De los hombres, uno conserva en su cara rastros de bigote y barba. A los demás la enfermedad los ha dejado sin nada.

Gritan:

–                     ¡Jesús, Salvador nuestro! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Jesús Hijo de David, ten piedad! ¡Oh, Señor, ten piedad!

Y extienden sus manos deformes y ulceradas.

Jesús los mira con infinita compasión y levantando su rostro hacia aquellas miserias humanas,  les pregunta:

–                     ¿Qué queréis que os haga?

–                     Que nos salves del pecado y de la enfermedad.

–                     Del pecado salva la voluntad y el arrepentimiento.

–                     Pero si quieres puedes borrar nuestros pecados…

La mujer suplica:

–                      Por lo menos eso, si es que no quieres curar nuestros cuerpos.

Jesús declara:

–                     Yo os digo: Escoged entre ambas cosas, ¿Cuál queréis?

–                     El Perdón de Dios, para vivir menos abatidos.

Jesús hace una señal de aprobación. En su rostro brilla una sonrisa. Levanta los brazos y grita:

–                     Obtened lo que pedís. ¡Quiero!…

Y así fueron escuchados…

Los infelices quedan dudosos de si se trata del pecado o de la enfermedad. O de ambas cosas. Pero los apóstoles no dudan y gritan hosannas al ver que la lepra desaparece rápido, como un copo de nieve junto al fuego. Entonces ellos comprenden que fueron escuchados del todo… su grito resuena cual clarín de victoria. Se abrazan entre sí. Avientan besos a Jesús; porque no pueden ir a arrojarse a sus pies.

Luego se vuelven a sus compañeros de desgracia, diciéndoles:

–                     ¿Y no queréis creer todavía? ¿Pero qué clase de infelices sois?

Jesús dice:

–                     ¡Calma! Sed buenos. Nuestros pobres hermanos tienen necesidad de pensar. No les digáis nada. La fe no se impone. Se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia. Lo que haréis después de vuestra purificación, como Simón hizo con vosotros. Por otra parte, el milagro habla ya de por sí. Vosotros curados, id al sacerdote lo más pronto posible. Vosotros enfermos, esperad hasta la tarde. Os traeremos comida. La paz sea con todos vosotros.

Jesús regresa al camino seguido por las bendiciones de todos y dice a sus apóstoles:

–                     Ahora vamos a Ben Hinnóm.

Pasan el Cedrón. Flanquean el lado sur del Monte Tofet y entran en un valle lúgubre: ni un árbol. Ninguna defensa contra el sol que flagela con sus rayos en los escalones que descienden a este lugar infernal, de cuyo fondo sale un humo apestoso que aumenta el calor.

Y dentro de los sepulcros están los cuerpos de los pobres que se consumen vivos. Siloán será duro en el Invierno, húmedo, por estar orientado hacia el norte. Pero en este lugar el verano debe ser espantoso…

Simón Zelote llama con un grito. Aparecen tres, luego dos y luego más. Todos se acercan como pueden hasta el límite prescrito. Aquí hay dos mujeres. Una tiene de la mano a un niño monstruoso. La lepra le atacó especialmente en la cara y está ya casi ciego.

Hay un hombre de porte noble, no obstante su miserable condición.

Habla por todos:

–                     Sé bendito, Mesías del Señor que has bajado a nuestro infierno; para sacar de él a los que esperan en Ti. ¡Sálvanos Señor, que nos morimos! ¡Sálvanos, Salvador; Rey de la estirpe de David! ¡Rey de Israel! ¡Piedad para tus súbditos! ¡Oh, Retoño de la estirpe de Jesé, de quién se dijo que en su tiempo no habría ya mal! Extiende tu mano para que recojas a estos restos de tu Pueblo. Aparta de nosotros esta muerte. Seca nuestras lágrimas, porque así está escrito de Ti. Llámanos Señor a tus campos ubérrimos; a tus dulces aguas porque estamos sedientos. Llévanos a las eternas colinas en donde no hay culpa, ni dolor. Ten piedad, Señor…

–                     ¿Quién eres?

–                     Juan. Uno del Templo. Tal vez me contaminé con algún leproso. Hace poco, como puedes ver. ¡Pero éstos!… Hay quién hace años que está esperando la muerte. Esta niña, cuando todavía no comenzaba a caminar… No conoce las obras que Dios ha creado. Lo que conoce o recuerda de las maravillas de Dios, son estos sepulcros; este sol despiadado y las estrellas de la noche. Ten piedad para los inocentes y para los culpables, Señor, Salvador nuestro.

Todos están arrodillados y con sus brazos extendidos…

Jesús llora sobre tanta miseria.

Abre sus brazos y en voz alta, grita:

–                     Padre, lo quiero. Salud. Vida. Vista. Vengan sobre ellos…

Se queda con los brazos abiertos, orando intensamente, con toda su alma. Parece como si se elevase en el aire al orar. Cual una llama de amor blanca y poderosa, bajo el fuerte oro del sol…

Se escucha un grito infantil:

–                     ¡Mamá! ¡Yo veo!

A este primer grito, responde el de su madre que estrecha contra su corazón a la niña curada. Luego uno a uno, se oyen los de los demás y los de los apóstoles… se ha realizado el milagro.

Jesús dice:

–                     Juan, tú que eres sacerdote, guiarás a tus compañeros en el rito. La paz sea con vosotros. Os traeremos comida esta tarde.

Jesús bendice y trata de irse, pero Juan el ex leproso, grita:

–                     Quiero seguir tus pasos. Dime qué debo hacer. ¿A dónde debo ir a predicarte?

–                     En esta tierra desolada y desnuda que tiene necesidad de convertidos al Señor. sea la ciudad de Jerusalén tu campo. Adiós.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

44.- EXAMEN DOCTRINAL


El pequeño Yabé va prendido de la mano de Jesús, mientras van caminando…

Felipe pregunta:

–           ¿Llegaremos esta tarde a Enganím?

–           Ciertamente. Pero ahora tenemos al niño. ¿Estás cansado Yabé? –Pregunta amorosamente Jesús- Sé sincero como un ángel.

El niño responde:

–           Un poco, Señor. Pero procuraré tener ánimos para seguir caminando.

Juan de Endor dice:

–           Este niño está debilucho.

Pedro exclama:

–           Lo mismo digo yo. Con la vida que tuvo durante varios meses… Ven chiquito, que te llevo en  mis brazos.

El niño contesta:

–           ¡Oh no, señor! no te fatigues. Todavía puedo caminar.

–           Ven. Ven que no estás pesado. Pareces un pajarito mal comido. –Y Pedro se lo hecha sobre su espalda, fuerte y robusta, con sus piernitas flacas que le cuelgan a los lados.

Caminan de prisa y llegan Meggidó. Se paran a descansar a la orilla de un riachuelo. Se respira aire de fiesta y se ven muchos niños alegres, con la ceremonia en la que serán mayores de edad.

Dos muchachitos ricos que se han acercado a jugar junto al manantial, cerca de donde están Yabé y Pedro, le preguntan al niño:

–           ¿Tú también vas para ser hijo de la Ley?

Yabé responde casi escondiéndose detrás de Pedro:

–           Sí.

–           ¿Este es tu padre? ¿Eres pobre, verdad?

–           Sí. Soy pobre.

Los muchachos que parecen ser hijos de fariseos lo escudriñan irónicos y curiosos. Le dicen:

–           Se ve.

Y de hecho, sus vestidos son miserables harapos y demasiado cortos. Sus pequeños pies calzan unas sandalias muy feas, sostenidas con burdas correas, que son una tortura para sus pies.

Y los muchachitos, llevados por un egoísmo cruel propio de muchos niños que no son buenos, dicen:

–           ¡Oh! ¡Entonces no vas a tener vestido nuevo para tu fiesta! ¡Nosotros, mira…! ¿Verdad Joaquín? Mi vestido es rojo y también el manto. El de él es azul. Y tendremos sandalias con hilos de plata. Y un cinturón bordado con oro y un talet sostenido con una lámina de oro y…

–           Y un corazón de piedra, ¡Digo yo! –Grita Pedro que ha terminado de llenar las cantimploras- ¡Sois malos, muchachos! La ceremonia y los vestidos valen un comino, si el corazón no es bueno. Prefiero a mi niño. ¡Largaos orgullosos y presumidos! ¡Idos con los ricos y tened respeto a quién es pobre y honesto! Ven Yabé. El agua es buena para los pies cansados. Ven para que te los lave. Después caminarás mejor. Te llevaré en brazos hasta Enganím. Buscaré uno para que te haga sandalias nuevas.

Y Pedro lava y seca los pequeños pies lastimados, que desde hace tanto tiempo no han sido acariciados.

Yabé va a cumplir doce años, pero parece un niño escuálido de nueve. El niño mira a Pedro, titubea, luego se inclina sobre el hombre que le está acomodando las sandalias, lo rodea con sus bracitos flacos y le dice:

–           ¡Qué bueno eres! –Y lo besa en los cabellos alborotados.

Pedro se conmueve… Se sienta en la tierra mojada y le pide:

–           Ahora dime: ‘padre’…

El cuadro es enternecedor. Jesús se acerca junto con los demás.

Los dos niños, que se habían quedado por curiosidad, dicen:

–           Luego, ¿No es tu padre?

Yabé responde con firmeza:

–           Para mí es padre y madre.

–           Sí querido. Dijiste bien: padre y madre. Y a vosotros señoritos; os aseguro que no irá mal vestido a la ceremonia. Irá como un rey.

Los dos rapazuelos se sorprenden y se van corriendo.

Jesús pregunta con una gran sonrisa:

–           ¿Qué haces ahí sentado en la humedad?

–           ¿En la humedad? ¡Oh, sí! No me había dado cuenta. ¡Ah, Maestro! Debes dejar que me encargue de este pequeño. Luego lo entregaré. Hasta que no sea un verdadero israelita es mío.

–           ¡Pero claro que sí! Tú serás su tutor, como un viejo padre. ¿Está bien? Vámonos. Para llegar al atardecer y para no hacer correr mucho al niño…

–           Yo lo cargo. Pesa más mi red. No puede caminar con estas suelas rotas. Ven, Yabé. –Y Pedro, cargándose a su ‘hijito’, continúa feliz su camino.

Están ya cerca de Enganím y se ve su acueducto; cuando el ruido de un pelotón de soldados, los obliga a hacerse a un lado del camino pavimentado y resuenan los cascos de los caballos.

–           ¡Salve, Maestro! Milagro de verte por aquí. –Grita Publio Quintiliano que bajando del caballo, lo detiene de la brida y se acerca a Jesús con una sonrisa franca.

Sus soldados aflojan el paso, por respeto a su comandante.

Jesús contesta:

–           Voy a Jerusalén para la Pascua.

–           Yo también. Durante las fiestas se refuerzan las guardias, pero también viene Poncio Pilatos a ellas y está Claudia. Somos su estafeta. Son caminos inseguros. Las águilas espantan a los chacales. –Dice el tribuno muy sonriente y mira a Jesús. Después en voz baja agrega- Este año doble guardia para proteger las espaldas del desvergonzado de Antipas. Hay mucho descontento porque arrestó al Profeta.

Descontento en Israel y descontento de remache entre nosotros. Pero… hemos pensado en dar una cadenciosa melodía de flautas al Sumo Sacerdote y a sus compinches. –Y en voz más baja aún- Tú estás seguro. Los de uñas largas no las sacarán. ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Nos tienen miedo. Basta con aclarar la voz; para que crean que es un rugido. ¿Hablarás en Jerusalén? Ven cerca del Pretorio. Claudia habla de Ti, diciendo que eres un gran filósofo. Eso es bueno para Ti, porque… el verdadero Procónsul es Claudia; es nieta de Augusto.

Mira a su alrededor y ve a Pedro colorado, sudado y cargando al niño.

Pregunta con curiosidad:

–           ¿Y ése?

–           Es un huérfano que tengo conmigo.

–           ¡Pero ese hombre tuyo se cansa mucho! –Le grita al niño- ¡Muchacho! ¿Tienes miedo de venir conmigo en el caballo por unos cuantos metros? Te echaré encima la clámide y cabalgaré despacio. Te devolveré a este hombre cuando lleguemos a la Puerta…

El niño no opone resistencia. Es tan manso como un corderito.

Publio lo pone consigo sobre la silla. Y al ir a dar órdenes a sus soldados, para que caminen  más despacio, ve al hombre de Endor.

Lo mira fijamente y dice:

–           ¿Tú, aquí?

–           Sí. Ya no venderé huevos a los romanos. Pero allá dejé las gallinas. Ahora estoy con el Maestro…

–           Bien para ti. Tendrás más tranquilidad. ¡Adiós! Salve, Maestro. Te espero en aquel montón de árboles. –Y espolea su caballo.

Varios preguntan a Juan de Endor:

–           ¿Lo conoces? ¿Te conoce?

–           Sí. Le vendía pollos. Lo conocí una vez que fui llamado a Naím, para fijar la distribución. Allí estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesárea a comprar libros u otras cosas, siempre me saludaba. Me llama Cíclope o Diógenes. Es un hombre bueno. Y aunque odio a los romanos, no le he ofendido en nada, porque esperaba que me fuera útil.

Pedro dice:

–           ¿Has oído, Maestro? Mis palabras al centurión de Cafarnaúm dieron resultado. Ahora estoy más tranquilo.

Llegan a la sombra de la arboleda a cuya sombra, la patrulla se ha detenido.

El tribuno dice:

–           Bien. Aquí está el niño. ¿Algunas órdenes, Maestro?

–           No, Publio. Que Dios se te muestre.

–           Salve. –Y se sube al caballo.

Lo espolea y los suyos le siguen. Se oyen los cascos de los caballos y se ven brillar las corazas.

Entran a la ciudad y Pedro lleva al niño a comprarle sus sandalias.

Zelote dice:

–           Este hombre se muere por tener un hijo. Tiene razón.

Jesús contesta:

–           Os daré millares. Ahora vamos a buscar refugio para que continuemos mañana al amanecer.

Al día siguiente, por los caminos cada vez más atestados de Jerusalén, un fuerte aguacero que cayó por la noche, ha dejado los caminos lodosos, pero en cambio se ha llevado el polvo y el aire está muy limpio. Los campos parecen jardines muy bien cuidados.

Todos caminan aprisa porque están muy descansados y porque el niño con sus sandalias nuevas, puede caminar mejor. Y ahora que ya ha cobrado confianza, platica con todos y es conmovedor ver cómo este grupo de hombres, la mayoría sin hijos, muestran un cariño paternal y lleno de cuidados, por el discípulo más pequeño de Jesús.

El hombre de Endor hace beber un huevo crudo al niño y le corta ramitas de hierbas silvestres y se las da para calmarle la sed y que no tenga necesidad de beber mucha agua. Le hace ver y contemplar los panoramas, para que no piense en el cansancio.

El antiguo pedagogo de Cintium, al que arruinó la maldad humana; vuelve a la vida por este niño que es una miseria como él. Los amigos de la desgracia y de la amargura, se hinchan con una sonrisa de bondad.

Yabé no tiene ya el aspecto lastimero; trae sus sandalias nuevas y en su cara hay menos tristeza. Ya le quitaron el aspecto salvaje de la vida de bestezuela, que por tantos meses llevó. Y se ve muy limpiecito en medio de su pobreza.

También Juan de Endor es otro. Su cara ha perdido la dureza y ahora es seria, pero sin infundir miedo. Y estas dos piltrafas humanas que volvieron a la vida por la Bondad de Jesús, corresponden con amor por Él.  Cuando llegan a la cima de un monte,

Jesús dice al niño:

–           Yabé, ven aquí. ¿Ves aquel punto dorado? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obedecer la Ley.  ¿La sabes bien?

Yabé contesta:

–           Mi mamá me hablaba de ella y mi padre me enseñaba los Mandamientos. Sé leer. Y…Tú dices que abrirás las Puertas de los Cielos. ¿No están cerradas por el Gran Pecado? Mi mamá me decía que nadie podía entrar, hasta que no hubiese llegado el Perdón… Y que los justos lo esperaban en el Limbo.

–           así es. Pero luego iré al Padre, después de haber predicado la Palabra de Dios y… de haber obtenido el Perdón. Entonces bajaré a llamar a todos los justos.

–           ¿Y estará mi mamá con ellos?

–           Claro. Ella y tu padre.

–           ¡Oh! ¡Cuánto te quiero! –el niño lo abraza y lo besa emocionado.

–           Ahora prosigamos a la Ciudad Santa. A donde llegaremos mañana por la tarde. ¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo puedes decir? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?

–           No. No sería lo mismo. Porque mañana es la preparación de la Pascua y después del crepúsculo no se puede caminar más de 1,200 metros, porque ha empezado el sábado su descanso.

–           Luego, ¿Debemos de estar ociosos el sábado?

–           No. Se ruega al Altísimo Señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Adonai. Pero sólo los santos pueden decir su Nombre.

–           También los niños buenos. Dímelo si lo sabes.

–           Yeové.

–           ¡Ah, sí! ¿Y qué mandó?

–           Mandó santificar el sábado: ‘Trabajarás durante seis días, pero descansarás el séptimo. Y descansarás porque así lo hice Yo, después de la Creación.’

–           ¿Cómo? ¿Descansó el Señor? ¿Se había cansado de Crear? ¿Y propiamente creó Él? ¿Cómo lo sabes? Yo sé que Dios nunca se cansa.

–           No se había cansado porque Dios no camina y no mueve los brazos. Pero lo hizo para enseñar a Adán y a nosotros. Y para tener un día en que pensemos en Él. Él creó todo. Es verdad. Lo dice el Libro del Señor.

¿Escribió Él el Libro?

–           No. Pero es la verdad. Y hay que creerlo para no ir con el Demonio.

–           Me dijiste que Dios no camina. Que no mueve los brazos. ¿Entonces cómo creó? ¿Cómo Es? ¿Una estatua?

–           No es un ídolo. Es Dios. Y Dios es… Dios es… Déjame pensar y acordarme cómo me decía mi mamá…Y mejor que ella; aquel hombre que iba en tu Nombre a encontrar a los pobres de Esdrelón… Mi mamá me decía, para hacerme entender a Dios: ‘Dios es como mi amor por ti. No tiene cuerpo y con todo existe.’ Y aquel hombre, con una sonrisa dulce, decía: “Dios es un Espíritu Eterno. Uno y Trino. Y la Segunda Persona ha tomado carne, por amor nuestro; por nosotros los pobres… Y su Nombre… ¡Oh, Señor mío!… Ahora que me acuerdo… ¡ERES TÚ!

Y el niño sorprendido; se arroja en tierra y adora a Jesús…

Todos corren, creyendo que se ha caído. Pero Jesús les hace una seña con su dedo en los labios y luego dice:

–           Levántate Yabé. Los niños no deben tener miedo de Mí.

El niño levanta con veneración profunda su cabeza y mira a Jesús con otros ojos. Un poco atemorizado.

Jesús le sonríe y le tiende la mano diciendo:

–           Eres un sabio, pequeño israelita. Continuemos nuestra investigación. Ahora que me has reconocido, ¿Sabes si se habla de Mí en el Libro?

–           ¡Oh! ¡Claro, Señor! Desde el principio hasta ahora. Él habla sólo de Ti. Tú Eres el Salvador Prometido. Ahora entiendo por qué abrirás las Puertas del Limbo. ¡Oh, Señor! ¡Señor! ¿Y me quieres mucho?

–           Sí, Yabé.

–           Ya no me digas Yabé. Dame un nombre que quiera decir que me amas; que me has salvado…

–           Escogeré el nombre junto con mi Madre. ¿Está bien?

–           Pero que quiera significar esto. Y me llamaré así desde el día en que me convierta en hijo de la Ley.

–           Desde aquel día así te llamarás.

Se detienen en un valle pequeño, fresco y abundante en aguas, para tomar sus alimentos.

Yabé ha quedado medio atolondrado con la revelación y come en silencio. Con respeto profundo, acepta cualquier pedazo de pan que le ofrece Jesús. Pero poco a poco, vuelve a su antigua manera de ser. Sobre todo, después de haber jugado con Juan; mientras los demás descansan en la verde hierba. Regresa a Jesús, junto con Juan que es todo sonrisas y los tres forman un círculo.

Jesús dice:

–           No me dijiste quién habla de Mí, en el Libro.

Los profetas, Señor. ¡Oh!… me decía mi papá que eras el Cordero… ¡Oh!… Ahora comprendo. El Cordero de Moisés… ¡Tú Eres la Pascua!… Pero… el Mesías… ¡Será inmolado!… su voz se quiebra y cuando está a punto de llorar.

Jesús le pregunta:

–           Por ahora basta. Oye… ¿Sabes los Mandamientos?

–           Sí, Señor. Creo que los sé. Los repetía en el bosque, para no olvidarlos y para oír las palabras de mi mamá y de mi papá. Pero no lloro más; porque ahora te tengo.

Juan se abraza a Jesús sonriendo:

–           ¡Mis mismas palabras!

–           Todos los niños de corazón, hablan igual.

Más tarde, antes de llegar a Jerusalén, el cielo está lluvioso y Pedro lleva al niño sobre su espalda, cubierto con su manto.

A Pedro le gusta chapotear en las charcas.

–           ¿Podrías dejar de hacer eso? –refunfuña Judas que está nervioso, porque está totalmente empapado y el agua le escurre por todas partes.

Juan de Endor clava su único ojo en el gallardo Judas y responde:

–           ¡Eh! ¡Hay tantas cosas que no se deberían de hacer!

–           ¿Qué quieres decir?

–           Quiero decir que es inútil desear que los elementos nos respeten, cuando nosotros no respetamos a nuestros semejantes y en cosas que no son dos gotas de agua o rociadas de lodo.

–           Es verdad. Pero a mí me gusta andar bien presentado y entrar en la ciudad bien vestido y limpio. Tengo muchos amigos importantes y que están arriba.

–           Entonces trata de no caer.

–           ¿Me estás provocando?

–           ¡Oh, nooo! Soy un viejo maestro… y un viejo estudiante. Aprendo. Desde que vivo, estoy aprendiendo a vivir. Y comprendes que naturalmente me vienen ganas de repetir las lecciones.

–           Pero yo soy apóstol.

–           Y yo soy un desgraciado. Lo sé. Y no debería atreverme a enseñarte. Pero mira, nunca se sabe a lo que puede uno llegar. Esperaba morir como un pedagogo honrado y venerado en Chipre y me convertí en homicida y presidiario. Pero cuando levanté el puñal para vengarme y cuando arrastraba las cadenas odiando a todos, si me hubiesen dicho que llegaría a ser discípulo del Santo, habría pensado que no estaban bien de la cabeza. Y sin embargo… lo ves. Por esto tal vez también yo puedo darte una lección a ti, que eres apóstol. Con mi experiencia; no con mi santidad. Porque ni siquiera en ella pienso.

–           Ese romano que te llama Diógenes; tiene razón.

–           Sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró. Yo, más afortunado que él, encontré una víbora en pensaba encontrar a la mujer. Y un cuco donde veía al hombre que creí un amigo. Pero después de haber vagado durante tantos años, sin poder conocer nada, encontré al Hombre; al Santo.

–           Yo no conozco otra sabiduría que la de Israel.

–           Así es. Tienes con qué salvarte. Pero ahora tienes también la Ciencia de Dios.

–           Es la misma cosa.

–           ¡Oh, no! Es como un día nublado y un día lleno de sol…

–           Bueno. ¿Me quieres enseñar? No tengo ganas.

–           Déjame hablar. Antes hablaba a los niños. No me ponían atención. Luego a las sombras: me maldecían. Después a los pollos. Debo decir que eran mucho mejores que los dos primeros. Ahora hablo conmigo mismo, no pudiendo hablar con Dios. ¿Por qué me lo quieres impedir? Tengo un solo ojo. La vida destruida en las minas. El corazón enfermo desde hace muchos años. Permite que al menos mi mente no se haga estéril.

Judas replica con firmeza:

–           No entiendo por qué dices que no puedes hablar con Dios. Jesús es Dios.

–           Lo sé. Lo creo más que tú. Porque he vuelto a nacer por obra suya. Tú no. Pero aunque sea Bueno, es siempre ÉL: DIOS. Y yo el pobre desgraciado que no me atrevo a tratarlo con la familiaridad con que tú lo haces. Le habla mi alma, pues mis labios no se atreven. El alma que me imagino que la oye gritar de gratitud y de amor penitente.

–           Es verdad, Juan. Yo oigo tu alma. –Jesús interviene en la conversación de los dos.

Judas enrojece de vergüenza. El hombre de Endor de alegría.

Jesús agrega:

–                      Oigo tu alma, es verdad. Escucho el trabajo de tu inteligencia. Has hablado bien. Cuando en Mí llegues a formarte, te ayudará mucho el haber sido maestro, alumno estudioso. Habla. Habla también contigo mismo.

Judas advierte con aspereza:

–           Maestro, hace poco me dijiste que era malo hablar con el propio ‘yo’.

–           Es verdad que lo dije. Pero la razón es que tú, murmurabas con tu propio ‘yo’. Este hombre no murmura, medita. Y con un fin bueno. Eso no hace daño.

Judas replica de mal humor:

–           En resumidas cuentas, ¡Siempre estoy equivocado!

Jesús dice con calma:

–           No. Tienes desasosiego en el corazón. No siempre puedes estar tranquilo. Cuando la carne muerde, es cosa horrible Judas…

Judas no responde. Se retira chapoteando con coraje en los charcos.

Bartolomé pregunta:

–           ¿Qué le pasa hoy a ése?

–           Cállate. Que Simón de Jonás no te oiga. Evitemos altercados y no envenenemos a Simón. Está tan contento con su niño.

–           Es verdad, Maestro. Pero no está bien. Se lo diré.

–           Es joven, Nathanael. También tú lo fuiste…

–           Sí. Pero no debe faltarte al respeto.

Sin querer ha levantado la voz y Pedro oye:

–           ¿Qué pasó? ¿Quién te faltó al respeto? ¿El nuevo discípulo? –Y mira a Juan de Endor que discretamente se había retirado al comprender que Jesús corregía al apóstol y se ha puesto a hablar con Zelote.

–           ¡Ni pensarlo! Es respetuoso como una doncella.

–           ¡Ah, bien! Porque si no… ¡Eh! Su único ojo estaba en peligro.  Entonces… -Pedro mueve la cabeza afirmando- ¡Entonces fue Judas! ¿Verdad?…

–           Oye Simón, ¿No podrías mejor ocuparte de tu pequeño? Me lo quitaste y ahora quieres intervenir en una conversación amigable entre Bartolomé y yo. ¿No te parece que quieres hacer muchas cosas?

Jesús, con una sonrisa tranquila mira a Pedro que queda dudoso sobre lo que tiene que hacer… Mira a Bartolomé.

Pero éste levanta su cara aquilina hacia el cielo. Y Pedro comprende que no hay nada que hacer.

Cuando llegan a la ciudad; todos, en un arroyuelo cercano se asean y se componen los vestidos. Se preparan para entrar a la Ciudad Santa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

43.- EL RICO EPULÓN


Naím es una población importante, encerrada dentro de un cinturón de murallas; sobre una hermosa colina que domina una llanura muy fértil.

Jesús se dirige a ella por el camino principal y detrás de Él, hay toda una procesión… Son los habitantes de Endor que caminan charlando. Y cuando atraviesan una puerta de la ciudad, Jesús que está hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido; ve que viene entre un gran clamor de llantos, un cortejo fúnebre.

Los de Endor se adelantan a ver.

Jesús y los apóstoles también se acercan.

Judas de Keriot dice a Juan de Zebedeo:

–                 ¡Oh! ¡Se trata de un niño! ¡Mira cuantas flores y cintas hay sobre la camilla!

Juan le contesta:

–           O puede ser una doncella.

Bartolomé dice:

–                 No. Ciertamente debe ser un joven, por los colores que han puesto. Y faltan los mirtos…

La comitiva sale fuera de la muralla. Junto a la camilla en donde llevan el cuerpo, una mujer camina llorando; desgarrada por el dolor y dice:

–                 ¡Oh, no! ¡Despacio! Mi hijo sufrió tanto… -Y levanta una mano temblorosa, para acariciar el borde de la camilla…

Pedro dice afligido y con los ojos brillantes:

–                 Es la mamá…

Todos están conmovidos y a punto de llorar…

Judas de Keriot murmura:

–                 ¡Si fuese yo…! ¡Oh, pobre madre mía!…

Jesús, con una mirada de amor infinito, se dirige hacia la camilla.

La madre llora mucho más fuerte, porque el cortejo avanza hacia el sepulcro que ya está abierto, para recibir el cadáver.

Ella, con ojos de demente enloquecida por el dolor; al ver que Jesús trata de tocar la camilla, grita:

–                 ¡Es mío!…

Jesús dice con dulzura:

–                 Lo sé, madre. Es tuyo.

–                 Es mi hijo único. ¿Por qué la muerte? ¿A él que era bueno y amable? ¿A él que era la alegría mía; que soy viuda? ¿Por qué? –Las plañideras aumentan su llanto y ella continúa- ¿Por qué él y no yo? No es justo que quién ha engendrado vea perecer lo suyo. La semilla debe vivir, porque de otro modo, ¿De qué sirve que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre? –Y se pega en el vientre sin compasión.

–                 No hagas eso. No llores, madre. –Jesús le toma las manos y fuertemente se las estrecha con su mano izquierda, mientras con la derecha toca la camilla y dice a los cargadores- Deteneos y depositad la camilla en la tierra.

Ellos obedecen. Bajan la camilla que queda apoyada sobre cuatro patas.

Jesús toma la sábana que cubre al muerto y la hecha hacia atrás; descubriendo el cadáver.

La madre expresa todo su dolor al llamar a su hijo, con un grito:

–                 ¡Daniel!…

Jesús, sin soltar las manos de la mujer, se endereza. Su mirada despide imponente fulgor. Es la mirada de los grandes milagros… Baja la mano derecha y ordena con voz poderosa:

–                 Joven. Yo te lo mando, ¡Levántate!…

Después de unos segundos impactantes; el muerto envuelto en las vendas, se incorpora. Se sienta en la camilla y dice:

–                 ¡Mamá!… –es el grito de un niño aterrorizado.

Jesús, soltándole las manos, dice:

–                 Es tuyo, mujer. Te lo devuelvo en el Nombre de Dios. Ayúdale a quitarse el sudario. Sed felices.

Jesús trata de retirarse.

Pero no lo dejan. La multitud lo aprisiona junto a la camilla. A donde la madre se ha arrojado, gesticulando entre las vendas, para quitarlas lo más pronto posible.

Mientras se oye una y otra vez la voz implorante:

–                 ¡Mamá! ¡Mamá!…

Ella ha quitado el sudario y las vendas. Madre e hijo se abrazan, sin tomar en cuenta las capas de bálsamo que la madre retira de la cara, de las manos, con las mismas vendas. Luego se quita el manto y lo envuelve. Lo acaricia con inmenso amor…

Jesús los mira. Mira a esta pareja que se abraza llena de amor, estrechándose sobre la orilla de la camilla y viendo en el tiempo, contempla una escena similar y a la vez muy diferente… que sucederá en un futuro no muy lejano…

Y sus ojos se llenan de lágrimas.

Judas de Keriot ve este llanto y pregunta:

–                 ¿Por qué lloras, Señor?

Jesús voltea su rostro y dice:

–                 Pienso en mi Madre…

Esta breve conversación hace que la mujer se vuelva hacia su Bienhechor. Toma por la mano al hijo, lo levanta.

Ella se arrodilla y dice:

–                 También tú, hijo mío. Bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre.

Y se inclina a besar la orla del vestido de Jesús; mientras que la multitud prorrumpe en hosannas a Dios y a su Mesías; porque los apóstoles y los vecinos de Endor, lo han propalado así.

Toda la multitud grita:

–                 ¡Sea Bendito el Dios de Israel! ¡Bendito el Mesías, su enviado! ¡Bendito Jesús, Hijo de David! ¡Un gran profeta ha nacido entre nosotros! ¡Dios ha visitado realmente a su Pueblo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!…

Finalmente Jesús puede escabullirse y entra en la ciudad. La multitud lo sigue.

Le sale al paso un sacerdote que se inclina profundamente y lo saluda:

–                 Te ruego que te quedes en mi casa.

–                 No puedo. La Pascua me impide que me detenga fuera de lo establecido. Dentro de pocas horas llegará el atardecer y hoy es Viernes. Por esta razón debo llegar antes del crepúsculo a mi próxima etapa. Te doy las gracias como si me quedase. No me retengas.

–                 Soy el sinagogo.

–                 Hombre, hubiera bastado con que me tardase una hora, para que aquella mujer no hubiese recuperado a su hijo. Voy a donde otros infelices me están esperando. No retardes su alegría, por egoísmo. Otra vez regresaré y me hospedaré contigo en Naím, por algunos días. Te lo prometo. Ahora déjame ir.

El hombre no insiste más.  Se limita a decir:

–                 Lo has dicho. Te espero.

–                 Sí. La paz sea contigo. También a vosotros los de Endor. Regresad a vuestras casas. Dios os ha hablado a través del milagro. Haced que en todos vuestros corazones, por la fuerza del amor; haya otras tantas resurrecciones.

Y Jesús atraviesa diagonalmente la ciudad y sale hacia el Esdrelón.

Cuando están a la vista los campos de Yocana; el crepúsculo tiñe de un color anaranjado el cielo.

Jesús dice:

–                 Apresuremos el paso amigos, antes de que se meta el sol. Tú Pedro, ve con Andrés a avisar a nuestros amigos que están con Doras.

Los dos apóstoles obedecen.

Jesús continúa caminando ahora lentamente, hasta que por entre las ramas del viñedo se asoma la cara sudada de un campesino que corre a postrarse ante Jesús.

El Maestro lo mira y le dice:

–                 La paz sea contigo, Isaías.

El hombre lo mira sorprendido:

–                 ¡Oh! ¡Te acuerdas de mi nombre!

–                 Lo he escrito en mi corazón. Levántate. ¿Dónde están tus compañeros?

–                 Allá entre los manzanares. Ahorita les voy a avisar. Eres nuestro Huésped, ¿Verdad? No está el patrón y podemos hacer una fiesta. ¡Imagínate! Este año nos concedió el cordero y vamos a ir al Templo. Sólo nos dio seis días… Pero corriendo llegaremos. ¡Y todo gracias a Ti!… –El rostro del hombre rebosa de alegría; pues es la primera vez que lo tratan como humano y como israelita.

Jesús contesta sonriente:

–                 Que Yo sepa, no he hecho nada

–                 ¡Eh! ¡La hiciste! Doras… los campos de Doras… y ahora éstos al revés. ¡Tan hermosos este año! Yocana el Saduceo, se enteró de tu venida. No es tonto. ¡Tiene mucho miedo!…

–                 ¿De qué cosa?

–                 Miedo de que le suceda lo mismo que a Doras. De morirse y de perder todo. ¿Has visto los campos de Doras?

–                 Vengo de Naím.

–                 Entonces no los has visto…  Dan lástima. ¡Están todos destruidos! Nada de heno. Nada de pienso. Nada de fruta. Todos los árboles y los viñedos están secos. Muertos… ¡Todo muerto como en Sodoma y Gomorra!… Ven. Te los mostraré…

–                 No es necesario. Voy con aquellos trabajadores…

–                 ¡Ya no están!… ¿No lo sabías?… Doras el hijo de Doras; los ha regado o despedido. A los que dispersó por otros lugares de la campiña, les ha prohibido que hablen de Ti… so pena de latigazos… ¡Oh! ¡No hablar de Ti!… ¡Será difícil! También Yocana nos lo ha dicho…

–                 ¿Qué les dijo?

–                 Dijo: ‘Yo no soy tan necio como ese Doras. Y no les prohíbo que habléis del Nazareno. Sería inútil, porque de todos modos lo haréis y no quiero perderos; ni acabaros como animales brutos a latigazos. Yo de mi parte os digo: ‘Sed buenos como el Nazareno os enseña y decidle que os trato bien. Tampoco quiero ser yo maldecido.’ Él comprende qué bien están estos campos, después de que los bendijiste y lo que ha pasado con esos, que maldijiste…

Llegan Pedro y Andrés:

–                 ¡Oh, Maestro!

–                  ¡No hay nadie! Todos son caras nuevas.

–                 Y todo está asolado. En realidad sería mejor que ni hubiera trabajadores.

–                 Está peor que el valle de Sidim en el Mar Salado…

Jesús contesta:

–                 Lo sé. Me lo ha dicho Isaías.

–                 Pero ven a ver… ¡Qué espectáculo!…

Jesús quiere dar gusto a Pedro y dice a Isaías:

–                 Entonces me quedaré con vosotros. Dilo a tus compañeros. Pero no os molestéis. Yo tengo comida. Nos basta con un poco de heno, para acostarnos a dormir y vuestro cariño. Vengo pronto.

El espectáculo de los campos de Doras, es sencillamente devastador. Campos y pastizales secos y sin nada. Los viñedos, áridos. El follaje acabado.  Y la fruta de los árboles perforada con millares de animaluchos.

Cerca de la casa, el jardín que estaba lleno de árboles exuberantes, presenta el mismo aspecto desértico, de bosque aniquilado. Los trabajadores andan arrancando hierbas, pisoteando orugas, caracoles, lombrices.

Sacuden las ramas y debajo de ellas, en recipientes llenos de agua caen las mariposas y los parásitos que cubren las hojas y que están chupando las plantas hasta hacerlas morir.  Los viñedos se desbaratan al tocarlos y caen como si se les hubiese cortado desde la raíz.

El contraste con los campos de Yocana es clarísimo. La desolación de los campos maldecidos, parece más horrible cuando se le compara con la fertilidad de los otros.

Admirado, Zelote dice entre dientes:

–                 El Dios del Sinái tiene la mano pesada.

Jesús hace como si quisiera decir: ‘Aquí Estoy’ Pero no dice nada y solamente pregunta:

–                 ¿Cómo ha sucedido?

Un trabajador le responde:

–                 Topos, langostas, gusanos. Pero vete… El vigilante es fiel a Doras. No nos causes daño…

Jesús suspira profundamente y se vuelve para retirarse…

Otro campesino le dice:

–                 Iremos mañana a donde estás, cuando el vigilante se vaya a Yezrael para orar… Iremos a la casa de Miqueas…

Jesús los bendice con un ademán y se va.

Cuando regresa al crucero, ya se han reunido todos los trabajadores de Yocana. Muy felices rodean a su Mesías y lo llevan hasta sus casuchas.

Le preguntan:

–                 ¿Viste lo que hay allá?

Jesús contesta:

–                 Lo he visto. Mañana vendrán los labradores de Doras.

–                 ¡Claro!… Mientras las hienas están en oración. Cada sábado lo hacemos así.  Y hablamos de Ti, de lo que nos enseñó Jonás.

Al día siguiente…

En un viñedo que señala los límites de las posesiones de Yocana y cerca de un  pozo que siempre tiene agua; Jesús tiene todo preparado para esperar a los campesinos de Doras. Y rodeado de los campesinos de Yocana escucha a Isaías, cuando dice:

–                 ¿Ves? Yocana se peleó con Doras por esto. Yocana decía: ‘Es culpa de tu padre si todo esto es una ruina. Si no lo quería adorar, por lo menos debió haberlo temido… Y no debió provocarlo.’

Y Doras hijo aullaba de impotencia. Parecía un demonio. Y le contestó: ‘Tú has salvado tus tierras por este foso. Los animalejos no lo han pasado.’ Y Yocana le contestó: ‘Y entonces, ¿Porqué sobre ti tanta desolación, cuando antes tus campos eran los más bellos del Esdrelón? ¡Es el castigo de Dios! Créemelo. Habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua? Siempre ha estado y no es la que me ha salvado. La plaga no ha pasado los límites de mi propiedad.

Y Doras gritaba: ‘¡Esto prueba que Jesús es un demonio!’ Y Yocana le contestó contundente: ¡No! ¡Es un justo!

Y así continuaron mientras tuvieron aliento.

Después Yocana, con grandes gastos, trajo el agua del río y mandó excavar un gran número de canales entre los límites, para regar. Mandó hacer pozos más profundos y a nosotros nos dijo lo que te dijimos ayer… En el fondo, él está feliz con lo que ha sucedido. Tenía mucha envidia de Doras. Ahora espera comprar todo; porque Doras acabará por venderlo en unos cuantos céntimos.

Jesús escucha todas estas confidencias.

Luego llegan los campesinos de Doras y se postran ante Él.

Jesús les dice:

–                 La paz sea con vosotros, amigos. Venid. Hoy la sinagoga es aquí. Y Yo soy vuestro sinagogo. Pero primero quiero ser vuestro Padre de familia. Sentaos alrededor para que os de algo de comer. Hoy tenéis al Esposo y celebremos las Nupcias.

Jesús quita la tapadera de un canasto y saca panes que da a los estupefactos campesinos de Doras. Quesos, verduras cocidas y un cordero asado que reparte entre esos pobres. Luego les da vino en una copa grande.

–                 Pero, ¿Por qué? ¿Y ellos? –dicen los de Doras, señalando a los de Yocana.

Jesús les contesta:

–                 Ya tuvieron lo suyo.

–                 ¡Cuánto gasto! ¿Cómo lo has hecho?

–                 En Israel todavía hay buenas personas. –dice Jesús sonriendo.

–                 Pero hoy es sábado…

–                 Dad gracias a esta persona. –Jesús señala al hombre de Endor- él fue quien dio el corderito. Lo demás fue fácil obtenerlo.

Todos devoran la comida desconocida para ellos. Hay entre ellos un viejo que tiene a su lado a un niño. Come y llora.

Jesús le pregunta:

–                 ¿Por qué lloras, padre?…

–                 Porque eres muy Bueno.

Juan de Endor, con su voz gutural, añade:

–                 Es verdad… y hace llorar. Pero su llanto no tiene amargura.

El anciano dice:

–                 No la tiene. Es verdad y quisiera pedirte una cosa…

Jesús pregunta:

–                 ¿Qué deseas, padre?

–                 ¿Ves este niño?… Es mi nieto. Se ha quedado conmigo, después de la desgracia de este invierno. Ni siquiera Doras sabe que lo tengo; pues sólo el sábado lo veo. Si lo descubre, lo arrojará o lo pondrá a trabajar. Y sería peor que un animal de tiro, este pedazo de mi sangre… Es el hijo de mi hija.

–                 Puedes dármelo a Mí… No llores. Tengo muchos amigos que son buenos, santos y que no tienen hijos. Lo educarán santamente en mi Camino…

–                 ¡Oh, Señor! desde que supe de Ti, lo he deseado. Rogaba al santo Jonás. Él sabe lo que significa pertenecer a este patrón…  Que salvase a mi nieto de esta muerte…

Jesús pregunta:

–                 Muchacho, ¿Quieres venir conmigo?

–                 Sí, Señor mío. Y no te causaré molestias.

–                 Palabra dada.

Pedro jala a Jesús de una manga:

–                 Pero, ¿A quién se lo vas a dar? ¿También éste a Lázaro?…

–                 No, Simón. ¡Hay tantos sin hijos!…

En la cara de Pedro se dibuja el anhelo…

–                 También yo…

–                 Simón, ya te lo dije… Tú debes ser padre de todos los hijos que te daré en herencia. Pero no debes estar encadenado a ningún hijo tuyo. No te entristezcas…

El pobre Pedro hace un esfuerzo muy notable:

–                 Está bien, Señor. Que sea como Tú quieres. –Y es un héroe al aceptar la Voluntad de Jesús.

–                 Será el hijo de mi naciente Iglesia. ¿Te parece bien? De todos y de nadie. Nos seguirá y andará con nosotros, cuando lo permitan las distancias. ¿Cómo te llamas muchacho? Ven aquí.

El niño responde con aplomo.

–                 Yabé de Juan. Y soy de Judá.

El anciano confirma:

–                 Así es. Nosotros somos judíos. Yo trabajaba en tierras de Doras en Judea. Y mi hija se casó con uno de éstas regiones. Trabajaba en los bosques cercanos a Arimatea. Y en este invierno con la inundación, un deslizamiento de tierra …

–                 He visto la desgracia…

–                 El muchacho se salvó porque esa noche estaba en la casa de un pariente lejano.

–                 Y ahora que hemos satisfecho la necesidad del cuerpo y del alma, con un acto de amor por este niño; escuchad esta parábola:

Jesús abraza contra Sí al niño y empieza la parábola del rico Epulón…

La cual concluye diciendo… Aquí verdaderamente vivió conquistando la santidad, el nuevo Lázaro: mi Jonás; cuya gloria ante Dios es manifiesta por la protección que dispensa a quién espera en él. Jonás si puede venir a vosotros como protector y amigo, porque es un santo. Y Yo solo puedo ayudaros enseñándoles la gran sabiduría de la resignación; prometiéndoos el reino futuro…

No odiéis jamás por ningún motivo. El odio es poderoso en el mundo, pero siempre tiene sus límites. El amor no tiene límites. Ni en fuerza, ni en tiempo. Por lo tanto, amad, para poseerlo como defensa y consuelo sobre la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones…  Creédmelo. Buscad la manera de creerlo y seréis felices.

No tengáis en los sufrimientos de estos campos, ni una palabra de odio… Aun cuando los hechos los justificaren. No interpretéis mal el milagro…  Soy el Amor y no habría castigado…  Pero al ver que el amor no podía doblegar al cruel Epulón; lo entregué a la Justicia.

Y ésta vengó al mártir Jonás y a sus hermanos. Vosotros lo sabéis por el milagro; que la Justicia siempre vigila, aunque parezca ausente. Y que Dios es el Dueño de todo lo creado.

Se puede servir para aplicarla; de los animales pequeños como las orugas y las hormigas; para morder el corazón del cruel y del ambicioso. Y hacerlo morir con un desbordamiento de veneno que estrangule, en un absurdo ataque de soberbia y de ira…

Os bendigo. A cada aurora rogaré por vosotros. Y tú padre; no te preocupes más por el corderito que me confías. Te lo traeré de vez en cuando, para que puedas regocijarte de verlo crecer en sabiduría y bondad; en el camino de Dios.

Será tu cordero de esta pobre Pascua. El más agradable de los corderos que se presentarán ante el altar de Yeové.

Yabé, despídete de tu abuelo y luego ven a tu Salvador, a tu Buen Pastor. ¡La paz sea con vosotros!

Los campesinos protestan:

–                 ¡Oh, Maestro! ¡Maestro Bueno! Dejarte…

–                 Sí. Es doloroso. Pero no sería bueno que el vigilante os encuentre. Vine a propósito hasta aquí para evitaros castigos. Obedeced por amor del Amor que os aconseja.

Los desventurados se levantan con lágrimas en los ojos y se van a su cruz…

Jesús nuevamente los bendice. Y luego, con la mano del niño en la suya y con el hombre de Endor en el otro lado; regresa a la casa de Miqueas. Lo alcanzan Andrés y Juan…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA