44.- EXAMEN DOCTRINAL

El pequeño Yabé va prendido de la mano de Jesús, mientras van caminando…

Felipe pregunta:

–           ¿Llegaremos esta tarde a Enganím?

–           Ciertamente. Pero ahora tenemos al niño. ¿Estás cansado Yabé? –Pregunta amorosamente Jesús- Sé sincero como un ángel.

El niño responde:

–           Un poco, Señor. Pero procuraré tener ánimos para seguir caminando.

Juan de Endor dice:

–           Este niño está debilucho.

Pedro exclama:

–           Lo mismo digo yo. Con la vida que tuvo durante varios meses… Ven chiquito, que te llevo en  mis brazos.

El niño contesta:

–           ¡Oh no, señor! no te fatigues. Todavía puedo caminar.

–           Ven. Ven que no estás pesado. Pareces un pajarito mal comido. –Y Pedro se lo hecha sobre su espalda, fuerte y robusta, con sus piernitas flacas que le cuelgan a los lados.

Caminan de prisa y llegan Meggidó. Se paran a descansar a la orilla de un riachuelo. Se respira aire de fiesta y se ven muchos niños alegres, con la ceremonia en la que serán mayores de edad.

Dos muchachitos ricos que se han acercado a jugar junto al manantial, cerca de donde están Yabé y Pedro, le preguntan al niño:

–           ¿Tú también vas para ser hijo de la Ley?

Yabé responde casi escondiéndose detrás de Pedro:

–           Sí.

–           ¿Este es tu padre? ¿Eres pobre, verdad?

–           Sí. Soy pobre.

Los muchachos que parecen ser hijos de fariseos lo escudriñan irónicos y curiosos. Le dicen:

–           Se ve.

Y de hecho, sus vestidos son miserables harapos y demasiado cortos. Sus pequeños pies calzan unas sandalias muy feas, sostenidas con burdas correas, que son una tortura para sus pies.

Y los muchachitos, llevados por un egoísmo cruel propio de muchos niños que no son buenos, dicen:

–           ¡Oh! ¡Entonces no vas a tener vestido nuevo para tu fiesta! ¡Nosotros, mira…! ¿Verdad Joaquín? Mi vestido es rojo y también el manto. El de él es azul. Y tendremos sandalias con hilos de plata. Y un cinturón bordado con oro y un talet sostenido con una lámina de oro y…

–           Y un corazón de piedra, ¡Digo yo! –Grita Pedro que ha terminado de llenar las cantimploras- ¡Sois malos, muchachos! La ceremonia y los vestidos valen un comino, si el corazón no es bueno. Prefiero a mi niño. ¡Largaos orgullosos y presumidos! ¡Idos con los ricos y tened respeto a quién es pobre y honesto! Ven Yabé. El agua es buena para los pies cansados. Ven para que te los lave. Después caminarás mejor. Te llevaré en brazos hasta Enganím. Buscaré uno para que te haga sandalias nuevas.

Y Pedro lava y seca los pequeños pies lastimados, que desde hace tanto tiempo no han sido acariciados.

Yabé va a cumplir doce años, pero parece un niño escuálido de nueve. El niño mira a Pedro, titubea, luego se inclina sobre el hombre que le está acomodando las sandalias, lo rodea con sus bracitos flacos y le dice:

–           ¡Qué bueno eres! –Y lo besa en los cabellos alborotados.

Pedro se conmueve… Se sienta en la tierra mojada y le pide:

–           Ahora dime: ‘padre’…

El cuadro es enternecedor. Jesús se acerca junto con los demás.

Los dos niños, que se habían quedado por curiosidad, dicen:

–           Luego, ¿No es tu padre?

Yabé responde con firmeza:

–           Para mí es padre y madre.

–           Sí querido. Dijiste bien: padre y madre. Y a vosotros señoritos; os aseguro que no irá mal vestido a la ceremonia. Irá como un rey.

Los dos rapazuelos se sorprenden y se van corriendo.

Jesús pregunta con una gran sonrisa:

–           ¿Qué haces ahí sentado en la humedad?

–           ¿En la humedad? ¡Oh, sí! No me había dado cuenta. ¡Ah, Maestro! Debes dejar que me encargue de este pequeño. Luego lo entregaré. Hasta que no sea un verdadero israelita es mío.

–           ¡Pero claro que sí! Tú serás su tutor, como un viejo padre. ¿Está bien? Vámonos. Para llegar al atardecer y para no hacer correr mucho al niño…

–           Yo lo cargo. Pesa más mi red. No puede caminar con estas suelas rotas. Ven, Yabé. –Y Pedro, cargándose a su ‘hijito’, continúa feliz su camino.

Están ya cerca de Enganím y se ve su acueducto; cuando el ruido de un pelotón de soldados, los obliga a hacerse a un lado del camino pavimentado y resuenan los cascos de los caballos.

–           ¡Salve, Maestro! Milagro de verte por aquí. –Grita Publio Quintiliano que bajando del caballo, lo detiene de la brida y se acerca a Jesús con una sonrisa franca.

Sus soldados aflojan el paso, por respeto a su comandante.

Jesús contesta:

–           Voy a Jerusalén para la Pascua.

–           Yo también. Durante las fiestas se refuerzan las guardias, pero también viene Poncio Pilatos a ellas y está Claudia. Somos su estafeta. Son caminos inseguros. Las águilas espantan a los chacales. –Dice el tribuno muy sonriente y mira a Jesús. Después en voz baja agrega- Este año doble guardia para proteger las espaldas del desvergonzado de Antipas. Hay mucho descontento porque arrestó al Profeta.

Descontento en Israel y descontento de remache entre nosotros. Pero… hemos pensado en dar una cadenciosa melodía de flautas al Sumo Sacerdote y a sus compinches. –Y en voz más baja aún- Tú estás seguro. Los de uñas largas no las sacarán. ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Nos tienen miedo. Basta con aclarar la voz; para que crean que es un rugido. ¿Hablarás en Jerusalén? Ven cerca del Pretorio. Claudia habla de Ti, diciendo que eres un gran filósofo. Eso es bueno para Ti, porque… el verdadero Procónsul es Claudia; es nieta de Augusto.

Mira a su alrededor y ve a Pedro colorado, sudado y cargando al niño.

Pregunta con curiosidad:

–           ¿Y ése?

–           Es un huérfano que tengo conmigo.

–           ¡Pero ese hombre tuyo se cansa mucho! –Le grita al niño- ¡Muchacho! ¿Tienes miedo de venir conmigo en el caballo por unos cuantos metros? Te echaré encima la clámide y cabalgaré despacio. Te devolveré a este hombre cuando lleguemos a la Puerta…

El niño no opone resistencia. Es tan manso como un corderito.

Publio lo pone consigo sobre la silla. Y al ir a dar órdenes a sus soldados, para que caminen  más despacio, ve al hombre de Endor.

Lo mira fijamente y dice:

–           ¿Tú, aquí?

–           Sí. Ya no venderé huevos a los romanos. Pero allá dejé las gallinas. Ahora estoy con el Maestro…

–           Bien para ti. Tendrás más tranquilidad. ¡Adiós! Salve, Maestro. Te espero en aquel montón de árboles. –Y espolea su caballo.

Varios preguntan a Juan de Endor:

–           ¿Lo conoces? ¿Te conoce?

–           Sí. Le vendía pollos. Lo conocí una vez que fui llamado a Naím, para fijar la distribución. Allí estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesárea a comprar libros u otras cosas, siempre me saludaba. Me llama Cíclope o Diógenes. Es un hombre bueno. Y aunque odio a los romanos, no le he ofendido en nada, porque esperaba que me fuera útil.

Pedro dice:

–           ¿Has oído, Maestro? Mis palabras al centurión de Cafarnaúm dieron resultado. Ahora estoy más tranquilo.

Llegan a la sombra de la arboleda a cuya sombra, la patrulla se ha detenido.

El tribuno dice:

–           Bien. Aquí está el niño. ¿Algunas órdenes, Maestro?

–           No, Publio. Que Dios se te muestre.

–           Salve. –Y se sube al caballo.

Lo espolea y los suyos le siguen. Se oyen los cascos de los caballos y se ven brillar las corazas.

Entran a la ciudad y Pedro lleva al niño a comprarle sus sandalias.

Zelote dice:

–           Este hombre se muere por tener un hijo. Tiene razón.

Jesús contesta:

–           Os daré millares. Ahora vamos a buscar refugio para que continuemos mañana al amanecer.

Al día siguiente, por los caminos cada vez más atestados de Jerusalén, un fuerte aguacero que cayó por la noche, ha dejado los caminos lodosos, pero en cambio se ha llevado el polvo y el aire está muy limpio. Los campos parecen jardines muy bien cuidados.

Todos caminan aprisa porque están muy descansados y porque el niño con sus sandalias nuevas, puede caminar mejor. Y ahora que ya ha cobrado confianza, platica con todos y es conmovedor ver cómo este grupo de hombres, la mayoría sin hijos, muestran un cariño paternal y lleno de cuidados, por el discípulo más pequeño de Jesús.

El hombre de Endor hace beber un huevo crudo al niño y le corta ramitas de hierbas silvestres y se las da para calmarle la sed y que no tenga necesidad de beber mucha agua. Le hace ver y contemplar los panoramas, para que no piense en el cansancio.

El antiguo pedagogo de Cintium, al que arruinó la maldad humana; vuelve a la vida por este niño que es una miseria como él. Los amigos de la desgracia y de la amargura, se hinchan con una sonrisa de bondad.

Yabé no tiene ya el aspecto lastimero; trae sus sandalias nuevas y en su cara hay menos tristeza. Ya le quitaron el aspecto salvaje de la vida de bestezuela, que por tantos meses llevó. Y se ve muy limpiecito en medio de su pobreza.

También Juan de Endor es otro. Su cara ha perdido la dureza y ahora es seria, pero sin infundir miedo. Y estas dos piltrafas humanas que volvieron a la vida por la Bondad de Jesús, corresponden con amor por Él.  Cuando llegan a la cima de un monte,

Jesús dice al niño:

–           Yabé, ven aquí. ¿Ves aquel punto dorado? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obedecer la Ley.  ¿La sabes bien?

Yabé contesta:

–           Mi mamá me hablaba de ella y mi padre me enseñaba los Mandamientos. Sé leer. Y…Tú dices que abrirás las Puertas de los Cielos. ¿No están cerradas por el Gran Pecado? Mi mamá me decía que nadie podía entrar, hasta que no hubiese llegado el Perdón… Y que los justos lo esperaban en el Limbo.

–           así es. Pero luego iré al Padre, después de haber predicado la Palabra de Dios y… de haber obtenido el Perdón. Entonces bajaré a llamar a todos los justos.

–           ¿Y estará mi mamá con ellos?

–           Claro. Ella y tu padre.

–           ¡Oh! ¡Cuánto te quiero! –el niño lo abraza y lo besa emocionado.

–           Ahora prosigamos a la Ciudad Santa. A donde llegaremos mañana por la tarde. ¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo puedes decir? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?

–           No. No sería lo mismo. Porque mañana es la preparación de la Pascua y después del crepúsculo no se puede caminar más de 1,200 metros, porque ha empezado el sábado su descanso.

–           Luego, ¿Debemos de estar ociosos el sábado?

–           No. Se ruega al Altísimo Señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Adonai. Pero sólo los santos pueden decir su Nombre.

–           También los niños buenos. Dímelo si lo sabes.

–           Yeové.

–           ¡Ah, sí! ¿Y qué mandó?

–           Mandó santificar el sábado: ‘Trabajarás durante seis días, pero descansarás el séptimo. Y descansarás porque así lo hice Yo, después de la Creación.’

–           ¿Cómo? ¿Descansó el Señor? ¿Se había cansado de Crear? ¿Y propiamente creó Él? ¿Cómo lo sabes? Yo sé que Dios nunca se cansa.

–           No se había cansado porque Dios no camina y no mueve los brazos. Pero lo hizo para enseñar a Adán y a nosotros. Y para tener un día en que pensemos en Él. Él creó todo. Es verdad. Lo dice el Libro del Señor.

¿Escribió Él el Libro?

–           No. Pero es la verdad. Y hay que creerlo para no ir con el Demonio.

–           Me dijiste que Dios no camina. Que no mueve los brazos. ¿Entonces cómo creó? ¿Cómo Es? ¿Una estatua?

–           No es un ídolo. Es Dios. Y Dios es… Dios es… Déjame pensar y acordarme cómo me decía mi mamá…Y mejor que ella; aquel hombre que iba en tu Nombre a encontrar a los pobres de Esdrelón… Mi mamá me decía, para hacerme entender a Dios: ‘Dios es como mi amor por ti. No tiene cuerpo y con todo existe.’ Y aquel hombre, con una sonrisa dulce, decía: “Dios es un Espíritu Eterno. Uno y Trino. Y la Segunda Persona ha tomado carne, por amor nuestro; por nosotros los pobres… Y su Nombre… ¡Oh, Señor mío!… Ahora que me acuerdo… ¡ERES TÚ!

Y el niño sorprendido; se arroja en tierra y adora a Jesús…

Todos corren, creyendo que se ha caído. Pero Jesús les hace una seña con su dedo en los labios y luego dice:

–           Levántate Yabé. Los niños no deben tener miedo de Mí.

El niño levanta con veneración profunda su cabeza y mira a Jesús con otros ojos. Un poco atemorizado.

Jesús le sonríe y le tiende la mano diciendo:

–           Eres un sabio, pequeño israelita. Continuemos nuestra investigación. Ahora que me has reconocido, ¿Sabes si se habla de Mí en el Libro?

–           ¡Oh! ¡Claro, Señor! Desde el principio hasta ahora. Él habla sólo de Ti. Tú Eres el Salvador Prometido. Ahora entiendo por qué abrirás las Puertas del Limbo. ¡Oh, Señor! ¡Señor! ¿Y me quieres mucho?

–           Sí, Yabé.

–           Ya no me digas Yabé. Dame un nombre que quiera decir que me amas; que me has salvado…

–           Escogeré el nombre junto con mi Madre. ¿Está bien?

–           Pero que quiera significar esto. Y me llamaré así desde el día en que me convierta en hijo de la Ley.

–           Desde aquel día así te llamarás.

Se detienen en un valle pequeño, fresco y abundante en aguas, para tomar sus alimentos.

Yabé ha quedado medio atolondrado con la revelación y come en silencio. Con respeto profundo, acepta cualquier pedazo de pan que le ofrece Jesús. Pero poco a poco, vuelve a su antigua manera de ser. Sobre todo, después de haber jugado con Juan; mientras los demás descansan en la verde hierba. Regresa a Jesús, junto con Juan que es todo sonrisas y los tres forman un círculo.

Jesús dice:

–           No me dijiste quién habla de Mí, en el Libro.

Los profetas, Señor. ¡Oh!… me decía mi papá que eras el Cordero… ¡Oh!… Ahora comprendo. El Cordero de Moisés… ¡Tú Eres la Pascua!… Pero… el Mesías… ¡Será inmolado!… su voz se quiebra y cuando está a punto de llorar.

Jesús le pregunta:

–           Por ahora basta. Oye… ¿Sabes los Mandamientos?

–           Sí, Señor. Creo que los sé. Los repetía en el bosque, para no olvidarlos y para oír las palabras de mi mamá y de mi papá. Pero no lloro más; porque ahora te tengo.

Juan se abraza a Jesús sonriendo:

–           ¡Mis mismas palabras!

–           Todos los niños de corazón, hablan igual.

Más tarde, antes de llegar a Jerusalén, el cielo está lluvioso y Pedro lleva al niño sobre su espalda, cubierto con su manto.

A Pedro le gusta chapotear en las charcas.

–           ¿Podrías dejar de hacer eso? –refunfuña Judas que está nervioso, porque está totalmente empapado y el agua le escurre por todas partes.

Juan de Endor clava su único ojo en el gallardo Judas y responde:

–           ¡Eh! ¡Hay tantas cosas que no se deberían de hacer!

–           ¿Qué quieres decir?

–           Quiero decir que es inútil desear que los elementos nos respeten, cuando nosotros no respetamos a nuestros semejantes y en cosas que no son dos gotas de agua o rociadas de lodo.

–           Es verdad. Pero a mí me gusta andar bien presentado y entrar en la ciudad bien vestido y limpio. Tengo muchos amigos importantes y que están arriba.

–           Entonces trata de no caer.

–           ¿Me estás provocando?

–           ¡Oh, nooo! Soy un viejo maestro… y un viejo estudiante. Aprendo. Desde que vivo, estoy aprendiendo a vivir. Y comprendes que naturalmente me vienen ganas de repetir las lecciones.

–           Pero yo soy apóstol.

–           Y yo soy un desgraciado. Lo sé. Y no debería atreverme a enseñarte. Pero mira, nunca se sabe a lo que puede uno llegar. Esperaba morir como un pedagogo honrado y venerado en Chipre y me convertí en homicida y presidiario. Pero cuando levanté el puñal para vengarme y cuando arrastraba las cadenas odiando a todos, si me hubiesen dicho que llegaría a ser discípulo del Santo, habría pensado que no estaban bien de la cabeza. Y sin embargo… lo ves. Por esto tal vez también yo puedo darte una lección a ti, que eres apóstol. Con mi experiencia; no con mi santidad. Porque ni siquiera en ella pienso.

–           Ese romano que te llama Diógenes; tiene razón.

–           Sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró. Yo, más afortunado que él, encontré una víbora en pensaba encontrar a la mujer. Y un cuco donde veía al hombre que creí un amigo. Pero después de haber vagado durante tantos años, sin poder conocer nada, encontré al Hombre; al Santo.

–           Yo no conozco otra sabiduría que la de Israel.

–           Así es. Tienes con qué salvarte. Pero ahora tienes también la Ciencia de Dios.

–           Es la misma cosa.

–           ¡Oh, no! Es como un día nublado y un día lleno de sol…

–           Bueno. ¿Me quieres enseñar? No tengo ganas.

–           Déjame hablar. Antes hablaba a los niños. No me ponían atención. Luego a las sombras: me maldecían. Después a los pollos. Debo decir que eran mucho mejores que los dos primeros. Ahora hablo conmigo mismo, no pudiendo hablar con Dios. ¿Por qué me lo quieres impedir? Tengo un solo ojo. La vida destruida en las minas. El corazón enfermo desde hace muchos años. Permite que al menos mi mente no se haga estéril.

Judas replica con firmeza:

–           No entiendo por qué dices que no puedes hablar con Dios. Jesús es Dios.

–           Lo sé. Lo creo más que tú. Porque he vuelto a nacer por obra suya. Tú no. Pero aunque sea Bueno, es siempre ÉL: DIOS. Y yo el pobre desgraciado que no me atrevo a tratarlo con la familiaridad con que tú lo haces. Le habla mi alma, pues mis labios no se atreven. El alma que me imagino que la oye gritar de gratitud y de amor penitente.

–           Es verdad, Juan. Yo oigo tu alma. –Jesús interviene en la conversación de los dos.

Judas enrojece de vergüenza. El hombre de Endor de alegría.

Jesús agrega:

–                      Oigo tu alma, es verdad. Escucho el trabajo de tu inteligencia. Has hablado bien. Cuando en Mí llegues a formarte, te ayudará mucho el haber sido maestro, alumno estudioso. Habla. Habla también contigo mismo.

Judas advierte con aspereza:

–           Maestro, hace poco me dijiste que era malo hablar con el propio ‘yo’.

–           Es verdad que lo dije. Pero la razón es que tú, murmurabas con tu propio ‘yo’. Este hombre no murmura, medita. Y con un fin bueno. Eso no hace daño.

Judas replica de mal humor:

–           En resumidas cuentas, ¡Siempre estoy equivocado!

Jesús dice con calma:

–           No. Tienes desasosiego en el corazón. No siempre puedes estar tranquilo. Cuando la carne muerde, es cosa horrible Judas…

Judas no responde. Se retira chapoteando con coraje en los charcos.

Bartolomé pregunta:

–           ¿Qué le pasa hoy a ése?

–           Cállate. Que Simón de Jonás no te oiga. Evitemos altercados y no envenenemos a Simón. Está tan contento con su niño.

–           Es verdad, Maestro. Pero no está bien. Se lo diré.

–           Es joven, Nathanael. También tú lo fuiste…

–           Sí. Pero no debe faltarte al respeto.

Sin querer ha levantado la voz y Pedro oye:

–           ¿Qué pasó? ¿Quién te faltó al respeto? ¿El nuevo discípulo? –Y mira a Juan de Endor que discretamente se había retirado al comprender que Jesús corregía al apóstol y se ha puesto a hablar con Zelote.

–           ¡Ni pensarlo! Es respetuoso como una doncella.

–           ¡Ah, bien! Porque si no… ¡Eh! Su único ojo estaba en peligro.  Entonces… -Pedro mueve la cabeza afirmando- ¡Entonces fue Judas! ¿Verdad?…

–           Oye Simón, ¿No podrías mejor ocuparte de tu pequeño? Me lo quitaste y ahora quieres intervenir en una conversación amigable entre Bartolomé y yo. ¿No te parece que quieres hacer muchas cosas?

Jesús, con una sonrisa tranquila mira a Pedro que queda dudoso sobre lo que tiene que hacer… Mira a Bartolomé.

Pero éste levanta su cara aquilina hacia el cielo. Y Pedro comprende que no hay nada que hacer.

Cuando llegan a la ciudad; todos, en un arroyuelo cercano se asean y se componen los vestidos. Se preparan para entrar a la Ciudad Santa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: