46.- LA PRIMICIA

Cuando regresan a la ciudad, se encuentran a pedro y a María que llevan de la mano al niño y parecen una familia feliz.

Zelote comenta:

–                     Simón está muy dichoso.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–                     ¿Por qué sonríes así, maestro?

–                     Porque veo en ese grupito a una gran promesa.

Tadeo pregunta:

–                     ¿Cuál hermano? ¿Qué ves?

–                     Veo esto: que podré irme tranquilo cuando llegue la hora. No debo temer por mi Iglesia. Será pequeña y delgaducha como Marziam; pero estará mi Madre para llevarla de la mano y para prodigarle cuidados maternales. Estará Pedro para hacer las veces de padre. En su mano honrada y callosa puedo poner sin preocupación, la mano de mi naciente Iglesia. La protegerá con su fuerza. Mi Madre con su amor y crecerá la Iglesia como Marziam, ¡Es verdaderamente el niño-símbolo! Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y a su niño y nuestro.

Por la tarde en la casa de Bethania; muchos, cansados se han retirado.

Pedro camina por el sendero del jardín. Juan de Endor está hablando con Zelote y Jesús con María, sentados bajo un granado en flor.

Ella dice:

–                     Sí, Hijo mío. El hombre percibe el perfume de los vírgenes. Ve a Juan. Qué paz. Todos lo buscan. El mismo Judas de Keriot que… No, Hijo. Judas no ha cambiado. Lo sé y Tú lo sabes. No hablamos, pero aunque no lo hagamos, sabemos. Y aunque no hablemos, los otros lo intuyen…

¡Oh, Jesús mío! Hoy los jóvenes me contaron en Getsemaní el episodio  de Mágdala y el de la mañana del sábado. La inocencia habla… porque ve a través de los ojos de su ángel. Pero también los viejos lo entrevén. No están equivocados. Es un hombre falso. Todo en él es falso. Tengo miedo de él y tengo en mis labios, las mismas palabras de Benjamín en Mágdala y de Marziam en Getsemaní; porque siento la misma repugnancia por Judas, igual como la que sienten los niños.

–                     ¡Oh! ¡No todos pueden ser Juan!

–                     No lo exijo. La tierra sería entonces un paraíso. Mira, me has hablado de otro Juan. Un hombre que asesinó. Me causa solo piedad. Judas me causa miedo.

–                     ¡Ámalo, Madre! ¡Ámalo por amor mío!

–                     Sí, Hijo. Pero de nada servirá mi amor. Será para mí sufrimiento y para él culpa. ¡Oh! ¿Por qué entró? Molesta a todos… Ofende a Pedro que es digno de todo respeto.

–                     Sí. Pedro es bueno. Por él haré cualquier cosa, porque se lo merece.

–                     ¿Por qué no lo contentas dándole un hijo? Me ha contado todas sus esperanzas, sus deseos… sus rechazos.

–                     ¿Y no te dijo las razones por las cuales he justificado todo?

–                     Sí. Me las dijo y añadió: ‘Es verdad. Pero soy un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí un gran hombre. Pero yo sé que no soy más que un ser mezquino… Él podría darme un hijo. Me casé para tener hijos. Y muero sin tenerlos.’

María se calla. Observa a Jesús. Estudia su rostro. Espera una palabra…

Pero Jesús ha reclinado los codos en las rodillas, con la cabeza entre las manos y no dice nada. Mira lo verde del huerto.

María le toma la mano, se la acaricia y dulce y persuasiva, le dice:

–                     Simón tiene este gran deseo. Mientras estuve con él, no hizo más que hablarme de ello y con razones tan justas que… No pude decir nada para hacerlo callar. El niño no es fuerte. Si fuese como fuiste Tú… ¡Oh! Entonces podría hacer frente a la vida de discípulo, sin miedo alguno. ¡Está tan flacucho! Cuando un palomino es débil, no se le puede hacer volar pronto. Los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo el motivo por el cual le niegas un hijo propio, nacido de él. Un pequeñuelo nuestro es como un ancla. Y Simón, destinado a un fin tan alto, no puede tener anclas que lo detengan.

Pero debes aceptar que él será el ‘padre’ de todos los hijos que le dejarás. ¿Cómo puede ser padre, si no ha aprendido en la escuela de un niño? Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no es dulce. Es impulsivo e intransigente. Nadie más que una criatura puede enseñarle el arte sutil de compadecer al que es débil. Piensa en la suerte de Simón. ¡Está bien que sea tu sucesor! ¡Oh! ¡Qué aún debo pronunciar esta atroz palabra!

Pero por todo el dolor que experimento en decirla, escúchame. De Marziam quieres hacer un discípulo perfecto… Pero todavía es niño. Tú, te irás antes de que sea hombre. ¿A quién se lo darás para que termine su formación, que sea mejor que Simón? ¿Y la pobre criatura de su mujer? ¡Oh, tiene tantas ganas de amar y de ser amada! Déjale al niño.

Escucha hijo: me llevarás contigo a la casa de una antigua compañera mía del Templo, que está en Betsur. Cuando regresemos a Galilea se lo daremos a Porfiria. Cuando estemos en las cercanías de Betsaida, Pedro lo tomará. Cuando tengamos que ir lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah! ¡Ahora te estás riendo! Entonces le vas a dar gusto a tu Mamá. Gracias Jesús mío…

–                     Sí. Que sea como tú quieres.

Jesús se levanta y dice con voz fuerte:

–                     Simón de Jonás, ven aquí.

Pedro sale como disparado. Sube a la carrera los escalones y dice:

–                     ¿Qué quieres, Maestro?

–                     Ven aquí, hombre usurpador y sobornador.

–                     ¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué hice, Señor?

–                     Has sobornado a mi Madre. Por eso querías estar solo. ¿Qué haré contigo?…

Jesús sonríe y Pedro se serena.

–                     ¡Oh! ¡Me habías asustado! Pero ahora ríes… ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Es todo lo que tengo; porque me has quitado todo… Pero si quieres te la doy.

–                     No te quiero quitar, sino que te quiero dar. Más no te aproveches de la victoria y no le digas el secreto a los demás; hombre astutísimo que vences al Maestro con el arma de las palabras maternas. Tendrás al niño, pero…

Jesús no habla más, porque Pedro que se había puesto de rodillas; se pone de pie de un brinco y besa a Jesús con tal fuerza, que le quita la palabra.

Finalmente, Jesús dice:

–                     Agradécele a Ella, no a Mí. Pero recuerda que te debe servir de ayuda, no de obstáculo…

–                     Señor, no tendrás que arrepentirte del regalo hecho. ¡Oh, María! Que seas siempre bendita, santa y buena…

Y Pedro que había caído de rodillas, llora mientras besa la mano de María.

Al día siguiente…

Está cayendo la tarde plácida y serena, envuelta en los rayos del sol. Jesús entra solo en la casa de Zelote y se asoma a la puerta de la cocina. Saluda y sube a meditar a la habitación superior, preparada ya para la cena.

No parece estar muy contento. Lanza frecuentes suspiros y va y viene por el salón. De vez en cuando hecha una mirada por la campiña circundante, que puede verse por todas partes. Sale a pasearse por la amplia terraza. Dando vueltas a su alrededor.

Se detiene a mirar a Juan de Endor, que está sacando agua del pozo para Salomé. Mira, sacude la cabeza y suspira. La fuerza de su mirada hace voltear a Juan, que le pregunta:

–                     Maestro, ¿Se te ofrece algo?

–                     No. Solamente te miraba.

Salomé dice:

–                     Juan es bueno. Me está ayudando.

Jesús vuelve a entrar al salón y se sienta. Está tan absorto en sus pensamientos que no oye el alboroto de muchas voces y las pisadas rápidas que suben por la escalera y que se acercan. Sólo cuando maría lo llama, levanta la cabeza.

–                     Hijo, ha llegado Susana con la familia y trae a Aglae. ¿Quieres escucharla a solas?

–                     Sí, Madre. Al punto. Y que nadie suba hasta que no haya terminado. Espero que acabe todo antes de que regresen los demás. Te ruego que cuides que no haya curiosos indiscretos. Nadie. Sobre todo Judas de Simón.

–                     Vigilaré muy bien.

María sale y poco después regresa con Aglae de la mano.

Parece una hebrea en medio de Galileos y esto le ha impedido ser reconocida. Viste igual que María, un vestido azul oscuro, un velo blanco y un manto más oscuro. Entra con la cabeza baja. A cada paso que da, enrojece. Si maría no la empujase dulcemente hacia Jesús, se hubiera arrodillado en el umbral.

María se acerca a Jesús y dice:

–                     Mira hijo a la que tanto tiempo te ha buscado. Escúchala. –luego se retira, bajando las cortinas sobre las puertas entornadas. Cierra la que está más cerca de la escalera.

Aglae se quita la alforja que trae sobre la espalda. Se arrodilla a los pies de Jesús. Se dobla hasta el suelo y llora fuerte con la cabeza apoyada en sus brazos cruzados sobre él.

Jesús le dice:

–                     No llores así. Ya no es tiempo. Debiste haber llorado cuando no querías a Dios. No ahora que lo amas y te ama.

Pero Aglae continúa llorando.

Y Jesús le pregunta:

–                     ¿No es así?

En medio de los sollozos, se oye la voz:

–                     Lo amo. Es verdad. Como sé. Cómo puedo. Pero aun cuando sé y creo que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar que tenga yo su Amor. He pecado mucho… tal vez algún día lo tendré. Todavía me falta mucho que llorar. Por ahora estoy sola con mi amor. Estoy sola… No es la soledad sin esperanza de los años pasados. Es una soledad llena del deseo de Dios y por esto, de esperanza… pero muy triste. Muy triste…

–                     Aglae, ¡Qué mal conoces al Señor! este deseo que tienes de Él, es prueba de que corresponde a tu amor; que es tu Amigo. Que te llama, que te invita, que te quiere. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de la criatura. Porque ese deseo lo ha encendido el Creador y Señor de todas las cosas, en el corazón. Lo ha encendido Él, porque con amor privilegiado ama al alma que lo busca. El deseo de Dios, siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es Perfectísimo y por esto, su amor es más diligente e inflamado que el de la criatura.

–                     ¿Pero cómo puede Dios amar mi fango?

–                     No trates de entenderlo con tu inteligencia. Es un abismo de Misericordia incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede comprender la razón; lo comprende la inteligencia del Amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguro en el misterio que es Dios y en el misterio de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra porque Dios lo quiere.

–                     ¡Oh, Salvador mío! ¿De veras he sido perdonada? ¿Soy amada yo? ¿Lo debo creer?

–                     ¿Te he dicho mentira alguna vez?

–                     ¡Oh, no Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado como tu Nombre significa. Me has buscado a mí, alma perdida. Has devuelto la vida a mi alma que estaba muerta. Me dijiste que si te buscaba, te encontraría. Y es verdad. Me dijiste que estás donde el hombre tiene necesidad de médico y de medicina. Es verdad. Todo lo que dijiste a la pobre Aglae desde aquella mañana de Junio, hasta lo de Aguas Hermosas…

–                     Entonces debes creer lo que te acabo de decir.

–                     Sí. Creo, creo. Pero Tú dime: ‘Yo te perdono’

–                     Yo te perdono en Nombre de Dios y de Jesús.

–                     Gracias. Pero, ¿Ahora qué debo hacer? Dime Salvador mío, ¿Qué cosa debo hacer para tener la vida Eterna? El hombre se corrompe solo con mirarme… No puedo vivir con el continuo sobresalto de ser descubierta y rodeada… en este viaje temblaba ante cada mirada de un hombre.

No quiero pecar más, ni hacer pecar. Dime cuál es el camino que debo seguir. El que me indiques lo seguiré. Sabes que soy fuerte en las fatigas…  Y si tuviese que morir por mucha fatiga no tengo miedo. Llamaré a la muerte: ‘amiga mía’ porque me quitará de todos los peligros de la tierra y para siempre. Habla, Salvador mío.

–                     Vete a un lugar despoblado.

–                     ¿A dónde Señor?

–                     A donde quieras. A donde te lleve tu espíritu.

–                     ¿Será capaz de tanto mi espíritu que apenas se ha formado?

–                     Sí. Porque Dios te conduce.

–                     ¿Y quién me hablará de Dios?

–                     Tu alma que ha resucitado ahora…

–                     ¿Nunca te volveré a ver?

–                     Jamás sobre la tierra. Dentro de poco te habré redimido el todo y entonces vendré a tu espíritu para prepararte a subir a Dios.

–                     ¿Cómo se realizará mi redención completa si no te veré más?  ¿Cómo me la darás?

–                     Al morir por todos los pecadores.

–                     ¡Oh, no!… Tú… ¡Jamás!

–                     Para daros la vida, debo darme la muerte. Por esto he venido con carne humana.No llores. Muy pronto te juntarás conmigo, después de haber consumado mi sacrificio y el tuyo.

–                     ¿Mi sacrificio, Señor? ¿Moriré también yo por Ti?

–                     Sí. Pero de otro modo. Por ahora morirá tu carne y porque quiere tu voluntad. Hace como un año que está muriendo. Cuando hay muerto del todo, te llamaré…

–                     ¿Tendré la fuerza para destruir mi carne culpable?

–                     En la soledad donde estarás y donde Satanás te asaltará con una violencia libidinosa, cuanto más te acerques al Cielo, encontrarás a un apóstol mío que fue pecador antes y que ahora es redimido.

–                     ¿No es entonces ese que hablaba de Ti? Él ha sido muy bueno, para haber sido pecador.

–                     No es ese. Es otro. Cuando sea el tiempo preciso irá a donde estás. Te enseñará lo que ahora todavía no puedes comprender. Vete en paz. La Bendición de Dios venga sobre ti.

Aglae, que ha estado de rodillas, se inclina a besar los pies del Señor. no se atreve a algo más. Toma la alforja. La vacía. Caen vestidos sencillos, un bolsito que suena y un frasco de fino alabastro de color rosa. Aglae vuelve a meter los vestidos.

Toma el saquito y dice:

–                     Esto es para tus pobres: es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado el dinero para el largo viaje… Porque si tú no me lo hubieses dicho, me habría ido a tierras lejanas. Esto es para Ti…

Es menos suave que el perfume de tu santidad. Pero es lo mejor que puede dar de sí la tierra. Me servía para hacer el mal… helo aquí. Que Dios me conceda perfumar al menos como éste, ante tu Presencia en el Cielo.

Y desparrama su contenido sobre el suelo. Un fuerte aroma de rosas se levanta de los tapetes que se impregnan con la esencia.

Aglae quita el frasquito vacío y dice:

–                     Como recuerdo de esta hora.

Se inclina nuevamente a besar los pies de Jesús. Se levanta. Se retira sin dar la espalda, sale y cierra la puerta. Se oyen sus pasos que se alejan en dirección a la escalera y su voz que se mezcla con la de María. Luego se percibe el sonido de sus sandalias al bajar por la escalera y ya no se oye nada más.

Nada queda de Aglae. Solo su bolsito a los pies de Jesús y el aroma fortísimo que ha invadido toda la habitación.

Jesús se levanta y recoge el saquito. Y se lo guarda en el pecho. Se dirige a una ventana que da al camino. Sonríe al ver a la mujer que se aleja sola, envuelta en su manto hebreo, en dirección a Belén. ¡Su primera ermitaña santa!

Levanta su mano y la bendice con el signo de la Cruz.

Va a la terraza y llama a María.

–                     ¡Mamá!

María sube ligera por la escalera.

–                     La has hecho feliz Hijo mío. Se ha ido con fortaleza y paz.

–                     Sí, Mamá. Cuando regrese Andrés, mándamelo cuanto antes.

Pasa el tiempo. Luego se oyen las voces de los apóstoles que regresan.

Andrés  acude.

–                     Maestro, ¿Me necesitabas?

Jesús contesta:

–                     Sí. Ven aquí. Nadie lo sabrá, pero es justo que se te diga a ti. Andrés, gracias en Nombre de Dios y de un alma.

–                     ¿Gracias? ¿De qué cosa?

–                     ¿Percibes este perfume? Es el recuerdo de la mujer velada. Ha venido. Se ha salvado.

Andrés se pone rojo como una amapola. Cae de rodillas. No sabe que decir…

Al fin murmura:

–                     Ahora estoy contento. ¡Bendito sea el Señor!

–                     Sí. Levántate. No digas a los demás que vino.

–                     Me guardaré el secreto, Señor.

–                     Vete. Oye, ¿Está todavía Judas de Simón?

–                     Sí. Nos quiso acompañar diciendo tantas mentiras. ¿Por qué obra así, Señor?

–                     Porque es un muchacho con defectos. Dime la verdad. ¿Habéis peleado?

–                     No. Mi hermano está tan feliz con su niño, como para querer pelear. Y los demás, lo sabes… Son más prudentes. Pero en realidad en nuestro corazón, todos estamos disgustados. Después de cenar se irá. Con otros amigos, dice él. ¡Oh! ¡Y desprecia a las meretrices!…

–                     Sé bueno, Andrés. Esta noche también tú debes sentirte feliz.

–                     Sí, Maestro. Tengo también la paternidad, aunque invisible… Me voy.

Después de un rato suben en grupo los apóstoles, con el niño Marziam y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con los alimentos y con lámparas de aceite encendidas. Al último viene Lázaro con Simón.

Apenas entra en la habitación, exclaman:

–                     ¡Ah! ¡Pero si salía de aquí!

Y aspiran el aire cargado del perfume de rosas, que todavía permanece no obstante que las puertas están abiertas.

–            Pero, ¿Quién ha perfumado tanto esta habitación?

–           Tal vez fue Martha.

Lázaro dice:

–                     Mi hermana no se ha movido de la casa, después de la comida.

Pedro dice con sorna:

–                     Entonces, ¿Quién fue? ¿Algún sátrapa asirio?

Jesús contesta con seriedad:

–                     El amor de una redimida.

Judas de Keriot dice irritado:

–                     Podía haberse ahorrado este inútil deshago de redención y dar lo que gastó a los pobres. Hay tantos y saben que repartimos. Ya no tengo ni un centavo. Y tenemos que comprar el cordero., alquilar la habitación para el cenáculo…

Lázaro exclama:

–                     Pero, ¡Os he pagado todo yo!

–                     No es justo. El rito pierde su belleza. La ley dice: ‘Tomarás un cordero para ti y tu familia’, no dice aceptarás un cordero.

Bartolomé se voltea rápido, abre la boca, luego la cierra.

Pedro se pone colorado por el esfuerzo que hace por callar.

Pero Zelote, que está en su casa, habla:

–                     Estas son sutilezas rabínicas. Te ruego que no les hagas caso y que guardes en cambio respeto a mi amigo Lázaro. 

–                     ¡Bravo, Simón! –revienta Pedro-  ¡Bravo! Me parece que algunas veces nos olvidamos que el único que tiene derecho a enseñar es el Maestro.

Pedro ha dicho ‘nos olvidamos’ con un esfuerzo verdaderamente heroico, para no puntualizar que es Judas el que se olvida.

Judas contesta:

–                     Es verdad. Pero es que… estoy nervioso. Eso es todo. Perdona, Maestro.

Jesús dice:

–                     Sí y también oye lo que te voy a decir. La gratitud es una gran virtud. Estoy agradecido a Lázaro, como aquella redimida lo estuvo conmigo. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición y también sobre mis apóstoles que no saben hacerlo. Yo lo hago. Yo, la Cabeza de todos vosotros. La mujer esparció a mis pies el perfume de su alegría por haber sido salvada. Reconoció al Rey y vino a Él; antes que muchos otros sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor, que sobre ella. Lo que ha hecho no se lo critiquéis. No podrá asistir a mi aclamación y a mi unción. Su cruz la lleva ya cargada sobre su espalda.

Pedro, preguntaste si había venido algún sátrapa asirio. En verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos, tan puro y tan valioso, fue más delicado que éste. La esencia se ha difundido en el llanto y por eso es tan fuerte. La humildad sostiene el amor y lo hace perfecto. Vamos a comer amigos.

Y Jesús ofrece y bendice los alimentos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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