Archivos diarios: 30/09/12

57.- DE DOS, EN DOS


Jesús está con los apóstoles en un lugar montañoso, pleno de bosques de coníferas y el olor balsámico de su resina invade todo el ambiente. Van caminando por los senderos del bosque y comentando del cambio en Elisa, que ha accedido a ir con Juana de Cusa a su propiedad en Beter.

También hablan de la nueva gira que harán hacia las fértiles llanuras filisteas.

Jesús dice:

–           Cuando lleguemos a la cima de este monte, os mostraré desde lo alto las zonas más importantes. Al verlas podréis sacar pensamientos para lo que tengáis que decir al pueblo.

Andrés se queja:

–           Pero ¿Cómo haremos Señor mío? Yo no soy capaz.

Pedro y Santiago se unen:

–           Somos los más desgraciados del grupo.

Tomás dice:

            –           ¡Oh! Por esto… Tampoco soy de lo mejor. Si se tratase de oro y plata podría hablarles… Pero de estas cosas…

            Mateo pregunta:

–           Y yo… ¿Quién era yo?

Andrés objeta:

–           Pero tú no tienes miedo al público… Sabes discutir.

–           De otras cosas distintas.

Pedro dice:

–           ¡Eh, bueno!… Pero… A final de cuentas tú sabes lo que yo querría decir y haz de cuenta que te lo he dicho. Lo cierto es que vales más que nosotros.

Jesús interviene:

–           Pero queridos míos, no es necesario llegar hasta lo sublime. Decid con sencillez lo que pensáis, con convicción. Tened en cuenta que cuando uno está convencido siempre persuade.

Judas de Keriot dice con voz de ruego:

–           Dadnos muchos puntos. Una idea bien dada puede servir para muchas cosas. Me imagino que estos lugares se han quedado sin oir una palabra de Ti, porque nadie da señales de conocerte.

Pedro contesta:

–           Es porque aquí todavía hay mucho viento que llega del Moria… Esteriliza…

Judas de Queriot, que se siente muy feliz con sus primeros triunfos, replica con firmeza:

–           Es porque no se ha sembrado. Pero nosotros sembraremos…

Han llegado a la cima del monte, un amplio panorama se descubre y bajo los árboles que coronan la cresta, se contempla la cordillera, el océano al que barren vientos contrarios y la vasta llanura en la que se yergue como un faro, la entrada de un puerto.

Jesús dice:

–           Ved. Aquel horizonte amplio, son las llanuras de la fertilísima tierra filistea. Iremos por allí hasta Ramle. Ahora vamos a Betginna. Tú Felipe que miras con ojos suplicantes, irás con Andrés por el poblado. Nosotros estaremos en la fuente de la plaza.

Los dos apóstoles suplican:

–           ¡Oh, Señor! No nos mandes solos.

–           ¡Ven también tú!

–           Id, he dicho.  Vuestra obediencia os ayudará más que mi presencia muda.

Los dos apóstoles obedecen y van por el poblado hasta llegar al pequeño albergue. Acude el dueño:

–           ¿Qué queréis? ¿Hospedaje?

Los dos se consultan con una mirada de susto.

Pero Andrés toma valor y dice:

–           Sí. Hospedaje para nosotros y para el Rabí de Israel.

El hombre los mira con displicencia y dice:

–           ¿Qué rabbí? Hay tantos y tan pomposos. Ellos no vienen a tierras pobres como éstas, a traer su sabiduría a los necesitados. Son los pobres quienes deben ir a ellos y ¡Todavía es un favor si nos soportan cerca!

Andrés responde dulcemente:

–           El Rabbí de Israel es uno solo. Él viene a traeros la Buena Nueva a vosotros los pobres. Y entre más pobres y más pecadores, tanto más los busca y los acerca.

–           Si es así, ¡No ganará dinero!

–           No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando puede salvar a un alma, está contento con ese día.

–           ¡Hum! Es la primera vez que oigo que un rabbí es pobre y bueno. El Bautista es pobre, pero es muy duro. Todos los demás, son severos y ricos; ávidos como sanguijuelas. – Se vuelve a los demás que están en el vestíbulo- ¿Oísteis? Venid aquí, vosotros que dais vueltas por el mundo. Estos hombres dicen que se trata de un maestro pobre y bueno; que viene a buscar a los pobres y a los pecadores.

Un mercader dice:

–           ¡Ah! Debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Hace tiempo que lo ví en Jericó.

Un pastor alto y nervudo replica:

–           No. Aquel está solo. Tal vez sea del que habla Tolmai y del que le hablaron los pastores del Líbano.

Otro exclama:

–           Sí, exactamente. Y viene hasta aquí, si estaba en el Líbano. ¡Por tus ojos de gato!

Mientras el hostelero habla y escucha a sus clientes, los dos apóstoles siguen allí como dos estatuas de piedra.

Y uno de los hombres pregunta:

–           ¡Ey! ¡Vosotros! Venid aquí. ¿Quién es? ¿De dónde viene ése del que habláis!

Felipe se yergue, con el aire de quién espera que se burlen de él y dice majestuosamente:

–           Es Jesús de José de Nazareth.

Andrés añade:

–           Es el Mesías predicho. Os lo aseguro por vuestro bien, escuchadlo.  Hicisteis mención del Bautista. Pues bien, yo estuve con él y él nos señaló a Jesús que pasaba, con estas palabras: ‘He aquí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.’ Cuando Jesús vino al Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una voz clamó: ‘Este es mi Hijo Amado, en quien me he complacido’ Y el amor de Dios bajó cual paloma a brillar sobre su cabeza.

Varios exclaman:

–           ¿Lo ves?

–           ¡Es exactamente el Nazareno!

–           Pero decid vosotros que os proclamáis sus amigos…

Andrés replica:

–           Amigos no. Somos sus apóstoles y sus discípulos. Él nos mandó para anunciaros su llegada; para quien tenga necesidad de salvación, venga a Él…

El mercader pregunta:

–           Está bien. Pero decidnos, ¿Es exactamente como dicen algunos, un hombre más santo que el Bautista?… ¿O es un demonio como lo llaman otros? Vosotros que estáis junto a Él responded sinceramente, ¿Es verdad que es lujurioso y deshonesto?

Otro agrega:

–           ¿Qué ama a las prostitutas y a los publicanos? ¿Qué es nigromante y que por la noche evoca a los espíritus, para conocer los secretos de los corazones?

Otro mercader interviene:

–           Pero, ¿Para qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es bueno. Éstos se enojarán y le irán a decir al Rabbí nuestras malas respuestas y seremos maldecidos. ¡Nuca se sabe! Sea Dios, sea el diablo; siempre es mejor tratarlo bien.

Felipe contesta:

–           Os podemos responder sinceramente, porque no hay nada malo que se deba ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Pasa el día entre las fatigas de enseñar. Incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Pasa la noche orando por nosotros. No desdeña ni la mesa, ni la amistad; pero no por sacar algún provecho propio; sino para acercarse a aquellos que de otro modo, nunca estarían cercanos.

No rechaza ni a publicanos, ni a prostitutas: pero los convierte en redimidos. Señala su vida con milagros de redención, curando a los enfermos. Le obedecen los vientos y el mar. ¡Y también la muerte!

No tiene necesidad de nadie para obrar prodigios. Ni tiene necesidad de evocar espiritus para conocer los corazones.

El hostelero pregunta:

–           ¿Cómo puede hacerlo?… has dicho que le obedecen vientos y mar. Se trata de seres sin razón. Y ¡¿Cómo puede darles órdenes?!

Un romano que está presente exclama:

–           ¡Por Júpiter! ¡A la muerte no se le dan órdenes! Al mar se le puede echar aceite y se le puede hacer frente con velas y si se piensa bien, no se va a él. Al viento se le puede enfrentar con cerrojos y puertas… ¡Pero a la muerte no se le manda!

No existe aceite que la calme. No existe vela que la haga tan veloz, que rápida pueda escapar de la muerte. Y tampoco existen cerrojos para ella. Cuando quiere venir… ¡Eh! ¡Nadie impera sobre esta reina!

Andrés responde:

–           Y sin embargo nuestro Maestro la manda. No solo cuando está cercana, sino cuando ya tiene a su presa. Un joven de Naím, estaba a punto de ser puesto en la tétrica boca del sepulcro y Él dijo: ‘Yo te lo digo, levántate’ y el joven volvió a la vida.  Naím no está tan lejos, podéis ir a comprobarlo.

Varios preguntan:

–           ¿Estás diciendo la verdad?

–           ¿En presencia de todos?

Felipe corrobora:

–           En el camino. Y en presencia de todo Naím.

Hostelero y clientes se miran en silencio.

Luego el hostelero dice:

–           ¿Será que estas cosa las hace sólo para sus amigos?

Felipe, que ya ha recuperado su confianza, responde:

–           No, hombre. Las hace para todos los que creen en Él y no solo para ellos. Es la Piedad sobre la tierra, créemelo.  Nadie se vuelve a Él en vano.

Oíd todos vosotros: ‘¿Hay entre vosotros alguno que sufra y llore a causa de algún enfermo que tenga en la familia; por dudas, remordimientos, tentaciones, ignorancias? Dirigíos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva.

El hostelero se despeina la cabeza; abre y cierra la boca. Se aprieta las franjas de la cintura y finalmente dice.

–           ¡Yo hago la prueba! Tengo una hija. Hasta el verano pasado estuvo muy bien, luego se volvió lunática. Se encuentra como una bestia muda en un rincón. Ahora su madre tiene que vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le quemó el cerebro; unos por el sol y otros por desilusión del amor.

El pueblo dice que está endemoniada. Pero, ¿Cómo pudo suceder si jamás ha salido de aquí? ¿En dónde pudo cogerla este demonio? ¿Qué cosa dice tu Maestro? ¡El demonio puede apoderarse también de una inocente?…

Felipe responde con seguridad:

–           ¡Sí! Para atormentar a los padres y arrastrarlos a la desesperación.

–           ¿Y Él cura a los lunáticos? ¿Puedo abrigar esperanzas?

Andrés recuerda el milagro con los gerasenos y responde rápido:

–           Debes creer. –Y se los cuenta. Luego agrega- ¿Si aquellos que eran una legión dentro del corazón de un pecador, huyeron de esta manera; cómo no huirá aquel que ha penetrado en el corazón de una joven inocente de pecado?

Yo te lo aseguro: a quién en ÉL espera, lo imposible se le hace fácil, cómo el respirar. He visto las obras de mi señor y doy testimonio de su Poder.

¡Oh! Y entonces ¿Quién de vosotros va a llamarlo?

–           Yo mismo. Espérame un momento.

Y Andrés se va ligero, mientras Felipe sigue contestando las preguntas que le llueven…

Cuando Andrés llega hasta donde está Jesús, parado bajo un zaguán donde se defiende de un sol implacable que llena la plaza del poblado, le dice:

–           Ven maestro. La hija del hostelero es lunática y el padre implora su curación.

Jesús pregunta:

–           ¿Me conocía?

–           No, Maestro. Tratamos de darte a conocer…

–           Y lo habéis logrado. Cuando alguien puede creer que Yo puedo curar a un incurable, ya está adelantado en la Fe. Y vosotros teníais miedo de no saber qué hacer. ¿Qué dijisteis?

–           Ni siquiera te lo podría decir. Dijimos lo que pensábamos de Ti y de tus Obras. Dijimos sobre todo, que eres el Amor y la Piedad. ¡Te conoce tan mal el mundo!

–           Pero vosotros me conocéis bien y eso es suficiente.

Jesús y toda su comitiva, se van detrás de Andrés y llegan al pequeño albergue. Todos los clientes curiosos están en la puerta. Felipe está con el hostelero, que continúa hablando consigo mismo y cuando ve a Jesús corre a su encuentro.

El hombre se arrodilla y suplica:

–           Maestro. Señor Jesús… yo… creo; yo creo muy bien que Tú Eres Tú. Que sabes todo. Qué te digo: Ten piedad de mi hija aunque tenga yo muchos pecados en el corazón. Que no se castigue a mi hija por no haber ido yo honrado en mi negocio. No seré más odioso, te lo juro. Tú ves mi corazón con su pasado y los pensamientos que ahora tiene. ¡Perdón! ¡Piedad, Maestro! Hablaré de Ti a todos los que vengan a mi casa…

Jesús contesta:

–           Levántate y persevera en los sentimientos que ahora tienes. Llévame a dónde está tu hija.

–           Está en un rincón del corral, Señor. El bochorno hace que se sienta peor y no quiere salir.

–           No importa. Voy a donde está ella. No es el bochorno. Es que el demonio siente que me acerco.

Entran en el corral y llegan hasta un rincón oscuro. Los demás se quedan atrás.

La jovencita, despeinada y demacrada se retuerce en lo más oscuro y cuando ve a Jesús, aúlla y grita con una voz que no es la suya:

–           Atrás. Atrás. No me perturbes. Tú Eres el Mesías del Señor y yo un derrotado tuyo. Déjame estar. ¿Por qué siempre vienes sobre mis pasos?

–           Sal de ella. Lárgate. Lo ordeno. Devuelve a Dios tu presa y cállate.

Se oye un aullido desgarrador, un fuerte golpe y la joven, se deja caer sobre la paja. Y luego las preguntas lentas, tristes, llenas de estupefacción:

–           ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quienes son esos? –y el grito- ¡¡¡Mamaaaá!!!

La jovencita se avergüenza por no traer el velo y por tener los vestidos rotos… Y por estar así ante los ojos de tantos extraños.

El hostelero cae de rodillas llorando de felicidad y exclamando:

–           ¡Oh, Señor Eterno! ¡Está curada!- Y besa una y otra vez las manos de Jesús.

Toda la familia está estupefacta por lo acontecido y la madre se arroja a abrazar a su hija liberada del demonio.

El patio se llena de gente y aumenta la algarabía. Todos celebran el prodigio.

El hostelero se levanta y dice:

–           Quédate Señor. Llega la tarde. Quédate bajo mi techo

Jesús contesta:

–           Somos trece, hombre.

–           Si fueseis trescientos, no serían nada. Comprendo lo que quieres decir. Pero el Samuel avariento e injusto acaba de morir, Señor. Se ha ido también con el demonio. Ahora está el Samuel nuevo y continuará hospedando, pero como un santo. Ven. Ven conmigo para que te honre como a un rey, como a un Dios. Cualquiera que seas. ¡Oh! ¡Bendito el día de hoy qué te trajo a mí!

Y detrás de Jesús, lo siguen sus doce apóstoles que comentan regocijados alrededor de Andrés y Felipe el nuevo milagro…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA