61.- YO SOY DIOS


Al amanecer del día siguiente, Jesús y los suyos dejan Ascalón y se dirigen hacia las colinas, dando la espalda al mar.

Los apóstoles, descansados y contentos, conversan alegremente.

Tomás dice:

–                     Estaba escrito que tenía que probar los estrechamientos de los filisteos. El odio y el amor tienen las mismas manifestaciones. Y yo que no había tenido porqué quejarme del odio de los filisteos, por poco me hieren con su amor…

Tadeo confirma:

–                     Esos fanáticos del milagro, casi nos meten a la cárcel, para que les dijésemos en donde estaba el Maestro.

Santiago de Alfeo:

–                     Y qué griterío, ¿Verdad Juan? La ciudad hervía como un caldero. Los que estaban descontentos no querían admitir razones. Y querían encontrar a los judíos para darles de palos.

Juan asiente con un gesto.

Zelote dice:

–                     Los que recibieron el beneficio y sus amigos, querían persuadir a los primeros de que un Dios había pasado…

Tomás agrega:

–                     ¡Había una confusión! Tienen para discutir, por varios meses. Lo malo está en que discuten más con los bastones, que con la lengua. Y bien… que hagan lo que quieran.

Juan observa:

–                     Pero no son malos.

Zelote responde:

–                     No. Solamente están cegados por muchas cosas.

Jesús por un largo espacio de camino, no dice ni una palabra.  Hasta que llegan al crucero, es cuando Él dice:

Voy ahora a aquel pobladillo que está sobre el monte. Vosotros continuaréis hasta Azoto. Prestad atención: sed corteses, dulces, pacientes. Aunque se burlen de vosotros, soportadlo en paz, como ayer hizo Mateo y Dios os ayudará.

Salid al crepúsculo. Id cerca del estanque que está en las cercanías y allí nos volveremos a encontrar.

Judas de Keriot exclama:

–                     Pero Señor, ¡Yo no permito que vayas solo! Esa gente es violenta… es una imprudencia…

–                     No tengas miedo por Mí. Vete, vete Judas. Y tú sé prudente. Hasta la vista. La paz sea con vosotros.

Los doce se van poco contentos. Jesús los mira irse y toma el sendero que lleva al poblado…

Está por entrar cuando encuentra un extraño cortejo.  Mujeres y hombres que gritan alternadamente y forman una especie de danza alrededor de un macho cabrío que avanza con los ojos vendados. Le van pegando y el animal va sangrante.

Otro grupo que también vocifera y da alaridos, se agita alrededor de una escultura de piedra, que está rodeada por una especie de sartenes, en las que hay brasas encendidas, a las que arrojan resina y sal; a cuyo contacto se elevan olorosas volutas de humo.

Un tercer grupo rodea al que parece ser el sacerdote de aquel ritual, ante el cual se inclinan  gritando:

–                     ¡Por tu fuerza! (Hombres)

–                     ¡Tú solo puedes! (Mujeres)

–                     ¡Súplica al Dios! (Hombres)

–                     ¡Quita el sortilegio! (Mujeres)

Luego todos gritan al mismo tiempo al ídolo, que es una diosa de la fertilidad:

–                     ¡Da órdenes a la matriz! ¡Salva a la mujer! ¡Muerte a la maga! ¡Por tu fuerza! ¡Tú solo puedes! ¡Ordena al dios! ¡Por su poder! ¡Qué haga ver su poder! ¡Da órdenes al macho cabrío! ¡Que señale a la maga, a la que odia la casa de Farah!

Jesús detiene a uno del último grupo y pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué sucede? Soy forastero…

Como la procesión se detiene para golpear al macho cabrío, echar resina a los braseros y tomar alimento; el hombre explica:

–                     La esposa de Farah, el grande de Magdalgad, está muriendo de parto. Una que la odia, le hizo un maleficio. Las entrañas se le han anudado y el hijo no puede nacer. Buscamos a la maga. Sacrificaremos al macho cabrío, para impetrar la misericordia de la diosa Isthar Matriz.

Jesús dice a los tres hombres que se le han acercado:

–                     Deteneos. Soy capaz de curar a la mujer y de salvar al niño. Decidlo al sacerdote.

–                     ¿Eres médico?

–                     Mucho más que eso…

Los tres irrumpen entre la gente y van con su sacerdote. Hablan con él. Se corre la voz. Y la procesión que ya había empezado a caminar, se detiene otra vez.

El sacerdote imponente, con sus vestiduras multicolores, hace una señal y ordena:

–                     Joven. ¡Ven aquí!

Jesús se acerca…

Y cuando lo tiene enfrente, le pregunta:

–                     ¿Es verdad cuanto dijiste? Mira que si lo que has dicho no sucede; pensaremos que el espíritu de la maga se ha apoderado de Ti y te mataremos en su lugar.

Jesús responde con voz majestuosa:

–                     Es verdad. Llevadme al punto a donde está la mujer y entretanto dadme al macho cabrío. Lo necesito. Desatadlo y traédmelo aquí.

Así lo hacen. El pobre animal, atolondrado, tambaleante y sangrando, es llevado ante Jesús, que lo acaricia sobre la negra cerviz.

Y luego dice:

–                     Ahora es necesario que me obedezcáis todos. ¿Lo haréis?

La turba grita:

–                     ¡Sí!

–                     Entonces vamos. No gritéis más. No queméis más resina. Lo ordeno.

Se dirigen al poblado y llegan a la mejor casa, que está en el centro de un huerto. Gritos y llantos se oyen por las ventanas y las puertas abiertas. Y sobre todo el lúgubre y atroz lamento de la mujer, que no puede dar a luz al hijo.

Corren a avisar a Farah, que se acerca con el rostro pálido como la cera. El hombre viene despeinado y angustiado.

Mujeres que lloran lo acompañan, junto con otros que queman incienso, en el mismo ritual idolátrico que los demás…

El hombre grita llorando:

–                     ¡Sálvame a mi mujer!

Simultáneamente, dos viejos angustiados y la turba:

–                     ¡Salva a mi hija! ¡Sálvala! ¡Sálvala!

Jesús responde majestuoso:

–                     La salvaré. Y con ella a tu niño. Porque es un niño muy hermoso, con los ojos color aceituna que está madurando y de cabellos negros, como éstos. –Y señala la cabellera de Farah.

–                     ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso ves también en las entrañas?

–                     Yo veo todo. Y todo lo penetro. Reconozco y puedo todo. Soy Dios.

Si hubiese mandado un rayo, hubiese hecho menos efecto. Todos se arrojan al suelo como si estuvieran muertos.

Jesús manda:

Levantaos y escuchad: Soy el Dios Todopoderoso y no soporto a otros dioses delante de Mí… Haced una hoguera y arrojad esa estatua.

La multitud se rebela.

Comienza a dudar del ‘Dios Misterioso’ que ordena que sea quemada la diosa.

Los más encolerizados son los sacerdotes y la sacerdotisa.

Pero Farah y su suegra, a quienes importa la vida de la mujer; se oponen a la multitud hostil. Y como Farah es el grande el poblado; nadie se atreve a decir nada más.

Farah pregunta:

–                     ¿Cómo puedo creer que Tú eres Dios Todopoderoso?  Dame una señal y además, que se haga lo que quieres.

Jesús pregunta:

–                     Mira… ¿Ves las heridas de este macho cabrío? Están abiertas, ¿Verdad? Sangran… ¿No es así? La bestia está casi por morir, ¿No es verdad? Pues bien; Yo quiero que no sea así… ¡Mira!

El  hombre se inclina, mira y da un grito:

–                     ¡No tiene ninguna herida! –y se arroja a los pies de Jesús suplicando-  ¡Mi mujer!… ¡Mi mujer!…

Pero el sacerdote de la procesión objeta:

–                     ¡Ten miedo, Farah! No conocemos quien sea Éste. ¡Ten miedo a la venganza de los dioses! ¡Isthar furiosa puede destruirte!

El hombre se encuentra en medio de tres temores: los dioses… la mujer… la venganza de la diosa…

Y pregunta:

–                     ¿Quién Eres?

Jesús se yergue más majestuoso todavía y dice despacio, con voz fuerte y poderosa:

–                     Yo Soy el que Soy. En el Cielo y en la Tierra. Cualquier poder me está sujeto. Cualquier pensamiento me es conocido.

Los habitantes del Cielo me adoran. Los del Infierno me temen.

Y los que creen en Mí, verán que se cumple cualquier prodigio.

Farah exclama:

–                     ¡Creo! ¡Creo! Tu Nombre…

–                     Jesucristo. El Señor Encarnado. ¡Éste ídolo a las llamas! No soporto dioses falsos en mi Presencia. Esos incensarios que se apaguen. No existe más que mi Fuego que puede y quiere. Obedeced o Yo reduciré a cenizas ese ídolo y me iré sin salvarla.

Jesús está parado. Bellísimo, Majestuoso; con su vestido de lino muy blanco; de cuya espalda pende el manto azul-rey, que le llega hasta los pies. Ha levantado su brazo derecho en señal de poder y autoridad. Su rostro irradia una majestad que atemoriza.

Y todos quedan paralizados y mudos. Todos lo miran con miedo. Y ningún sonido brota ya de sus gargantas. En el silencio denso que se sigue; se oye el grito cada vez más débil y estrujante de la mujer que está sufriendo.

Se tardan en obedecer y el rostro de Jesús se hace cada vez más terrible.

Nadie resiste esa mirada azul-zafiro centelleante de sus ojos, que es como un fuego que quema materia y espíritu…

Los sartenes de cobre son los primeros que no resisten la fuerza que emana de ese Dios Airado y empiezan a doblarse como si fueran de plastilina; ante una fuerza invisible y poderosa, que los retuerce. Los carbones quedan apagados.

Los cargadores del ídolo, le han puesto en el suelo al ver como todo se empieza a desintegrar en cenizas, como si un fuego invisible lo consumiera. Finalmente, el mismo ídolo de piedra arde y se carboniza… ¡Y estalla en mil pedazos!… Consumido por aquella misteriosa e invisible llama o fuerza que lo desintegra completamente…

Y la gente huye aterrorizada.

Jesús se vuelve a Farah:

–                     ¿Puedes creer realmente en mi poder?

–                     Creo. Creo. Tú Eres Dios. Eres el Dios Jesús.

–                     No. Yo Soy el Verbo del Padre. De Yeové de Israel que ha venido en Carne, Sangre, Alma, Divinidad; a redimir al Mundo y a darte Fe en el Dios Verdadero, Uno y Trino; que está en los Cielos Altísimos.

Vengo a dar ayuda y Misericordia a los hombres; para que dejen el error y vengan a la Verdad, que es el Único Dios de Moisés y de los Profetas. ¿Puedes creer?

–                     Creo. Creo. Y creo que si has destruido a la diosa, sin que ella pudiera oponerse, también creo que puedes protegerme de la venganza de los dioses falsos que adoré hasta hoy…

Jesús no entra ni siquiera a la casa.

Extiende sus brazos en dirección a donde se oían los lamentos y grita:

–                     ¡Sal a la luz, para que conozcan la   Luz Divina! ¡Y por orden de la Luz que es Dios!

Es un mandato sin réplica.

Un momento después se oye un grito de triunfo, envuelto en un gemido de alegría. Enseguida, un imperceptible sonido del recién nacido, que poco a poco va aumentando en fuerza y en claridad.

Jesús dice:

–                     Tu hijo llora al saludar la tierra. Ve a donde él y dile ahora y después también, que la tierra no es patria; sino el Cielo. La tierra es solo el lugar de paso que nos señala el camino para llegar a Dios. Edúcalo y tú también edúcate para el Cielo. Esa es la Verdad que te habla.

Esos, -señala los restos y las cenizas del ídolo- Son la mentira del Padre de la Mentira, que ni ayuda,  ni salva. Adiós.

Y trata de irse. Pero una mujer corre hacia Él, llevando a un niño vivaz y dice:

–                     Es un varón, Farah. Muy hermoso. Robusto. Con ojos morados como de aceituna que está madurando y los mechoncitos negros, más finos que los de un macho cabrío destinado al sacrificio.

Y agrega admirada mirando a Jesús:

La dichosa mamá ya está descansando. No sufre más y está como si nada hubiera pasado. Sucedió algo imprevisto… Cuando ya estaba a punto de morir… Y después de aquellas palabras… Todo se calmó y el niño nació…

Jesús sonríe.

El hombre le presenta al recién nacido y Él lo toca en la cabeza con la punta de los dedos. La gente, menos los sacerdotes que se han ido furiosos por la defección de Farah; se acerca curiosa para ver al niño.  Y para ver a Jesús.

Farah quiere darle cosas y dinero por el milagro; pero Jesús dice dulce y resueltamente:

–                     Nada. El milagro se paga solo con fidelidad para con Dios que lo concedió.  Me quedo tan solo con este macho cabrío, como recuerdo de la ciudad.

Y se va con el animal que trota a su lado, como si fuese su dueño. Sin heridas. Balando de alegría de estar con uno que no lo golpea…

Cuando la tarde llega, cerca del estanque sombreado, Jesús ve que vienen sus discípulos y de ambas partes hay admiración. Ellos se admiran de que el Maestro venga con un macho cabrío…

Y Él, los ve con las caras tristes de quién no ha logrado nada…

Pedro informa desconsolado:

–                     Una desgracia, Maestro. No nos golpearon, pero nos arrojaron de la ciudad.

Tadeo:

–                     Hemos vagado por la campiña.

Judas:

–                     Y pagando muy caro, conseguimos algo de comida.

Jesús trata de confortarlos:

–                     No importa. También de Hebrón nos arrojaron el año pasado y hace poco nos hicieron honores. No debéis desalentaros.

Simón y Judas preguntan simultáneamente:

–                     ¿Y Tú Maestro?

–                     ¿Y ese animal?

Jesús contesta:

–                     Fui a Magdalgad y reduje a cenizas a un ídolo y los incensarios dedicados a él. Hice que naciera un niño. Prediqué al Dios Verdadero con milagros y me regalaron este macho cabrío, destinado al culto idolátrico. ¡Pobre animal era todo una llaga!

Juan dice:

–                     Pero ahora está bien y es un bello ejemplar.

–                     Un animal sagrado destinado al ídolo. Sano…sí. El primer milagro que hice para convencerlos de que Soy Poderoso y no su pedazo de leño.

–                     ¿Y qué vas a hacer con él?

–                     Se lo llevo a Marziam… será feliz.

–                     ¿Te lo vas a llevar a hasta Beter?

–                     Claro. Lo daremos a las mujeres y se lo llevarán a Galilea.

Los apóstoles están extrañados, apesadumbrados y desilusionados…

Extrañados del milagro. Apesadumbrados por no haberlo presenciado. Y desilusionados de su incapacidad…

Jesús por el contrario está muy contento y logra persuadirlos de que…

–                     Nada es inútil. Ni siquiera la derrota, porque sirve para que seáis humildes. El hablar sirve para dar a conocer un Nombre: el Mío y dejar un recuerdo en los corazones.

Y es tan convincente y radiante su alegría, que también ellos terminan por serenarse.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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