Archivos diarios: 4/10/12

63.- EN LA PISCINA DE SILOÉ


Jesús está en Jerusalén, cerca de la torre Antonia. Todos los apóstoles, menos Judas de Keriot, están con Él. Lucen sus vestidos de fiesta y hay muchos peregrinos por ser Pentecostés. Vienen del Templo y comentan como Gamaliel fingió no verlos, no obstante que Esteban, uno de sus discípulos, le señaló a Jesús cuando pasaba.

Bartolomé pregunta a sus compañeros:

–                     ¿Qué habrá querido decir ese escriba con la frase: “Un rebaño de terneros destinados a una vulgar carnicería?” 

Tomás responde:

–                     Se habrá referido a algún negocio suyo.

–                     No nos señaló. Lo ví bien. la segunda frase confirmó la primera. Pues sarcásticamente había dicho: “Dentro de poco, el Cordero será trasquilado y luego, el degüello.”

Andrés confirma:

–                     ¡Sí! Yo también oí lo mismo.

Pedro dice:

–                     ¡Bien! Yo me muero de ansia por regresar y preguntar al escriba, si sabe algo de Judas de Keriot.

Santiago de Alfeo comenta:

–                     ¿Y si no sabe nada? Esta vez Judas no está con nosotros, porque de veras está enfermo. Nosotros lo sabemos. Tal vez padeció mucho con el viaje. Nosotros somos gente fuerte. El está acostumbrado a vivir cómodamente aquí, entre el lujo y la riqueza del Templo. Se cansa.

Pedro pregunta:

–                     Así es como tú dices. Pero ese escriba dijo: ‘En el grupo falta el camaleón’. ¿No es el camaleón el que cambia de color cada vez que se le antoja?

Zelote aconseja:

–                     Es como tú dices, Simón. Pero sin duda alguna se han referido a sus vestidos, siempre nuevos. A él le gustan. Está joven. Hay que comprenderlo.

Pedro concluye:

–                     También esto es verdad. Pero, ¡Qué frases tan curiosas!

Santiago de Zebedeo observa:

–                     Parece siempre como si nos amenazaran…

Tadeo agrega:

–                     La verdad es que nosotros sabemos que nos amenazan. Y vemos amenazas también donde no hay.

Tomás concluye:

–                     Y vemos faltas también donde no están.

Pedro agrega:

–                     Bueno. No por eso deja de haber sospecha. Quién sabe cómo esté hoy, Judas. Entretanto se la pasa bien en su paraíso, con sus angelitos cuidándolo. También a mí me gustaría enfermarme, para tener todas esas comodidades…

Bartolomé responde:

–                     Esperemos que pronto se alivie. Es necesario terminar el viaje, porque los calores arrecian…

Andrés asegura:

–                     ¡Oh! A Judas no le faltan cuidados. Y luego, si le faltasen; ya pensaría el Maestro…

Santiago de Zebedeo dice:

–                     Tenía mucha fiebre cuando lo dejamos. Esa enfermedad le pegó tan de repente…

Mateo contesta:

–                     Como siempre vienen. Porque deben venir. Pero yo no sé nada… el Maestro no se preocupa por eso. Si hubiese visto que era una cosa seria, no hubiera dejado el Palacio de Juana.

Realmente Jesús no está nada preocupado. Va con Marziam, explicándole muchas cosas. Atraviesan la Puerta del Rebaño y llegan al ángulo noreste del muro del Templo. Hay un gran pórtico, en donde hay mucha gente.

Jesús explica:

–                     Esta es la Probática; la piscina de Betzaida. Ahora tiene mucha agua, ¿Ves que tranquila está? Dentro de poco verás que se mueve y que se levanta hasta llegar a aquella señal. ¿Lo ves? Ahora baja el ángel del Señor, él da órdenes al agua de curar a quién se eche en ella. ¿Ves cuanta gente? Pero mucho se distraen y no ven el primer movimiento…

Marziam escucha muy atento y mira el agua.

Luego pregunta:

–                     ¿Se puede ver al Ángel? Me gustaría.

–                     Leví, un pastor de tu edad lo vio. Mira bien y prepárate a alabarlo.

El niño se concentra en mirar el agua.

Jesús mira al pequeño grupo de enfermos, ciegos, paralíticos, que están esperando. Los apóstoles también están atentos. El sol juguetea con los rayos de luz sobre el agua e iluminan los cinco portales que rodean la piscina.

Marziam grita:

–                     ¡Mira! El agua sube, se mueve, resplandece… ¡Qué luz! ¡El Ángel!… –y el niño se arrodilla.

Rápido, un cojo se hecha el agua. Y poco después sale con la pierna curada; que antes estaba tullida con una gran cicatriz. Los demás se lamentan y pelean con el sanado, diciendo que él no estaba imposibilitado para el trabajo. Y se arma una riña.

Jesús mira a su alrededor y ve a un paralítico en su camilla, que llora en silencio. Se le acerca y lo acaricia.

Y le pregunta:

–                     ¿Lloras?

El hombre se lamenta:

–                     Sí. Estoy aquí. Todos se curan, menos yo. Hace treinta y ocho años que estoy acostado. Han muerto los míos. Ahora soy un peso para un pariente mío lejano, que me trae aquí en la mañana y me lleva en la tarde. Pero ya está cansado de hacerlo. ¡Oh! ¡Quisiera morirme!…

–                     No te desconsueles. Has tenido tanta paciencia y fe. Dios te escuchará.

–                     Tú eres bueno. Yo me esfuerzo en arrastrarme con mis manos hasta allí, cuando el agua se mueve; pero siempre otros se me adelantan y cerca del borde no se puede estar. Me aplastarían. Y aunque estuviese allí, ¿Quién me cuidaría? Si te hubiese visto antes, te lo habría pedido…

–                     ¿Quieres de veras curarte? Levántate pues. ¡Toma tu camilla y camina!

Jesús se ha erguido al dar la orden.

Y parece como si al enderezarse, levantase también al paralítico. Porque el hombre se pone de pie y empieza a caminar detrás de Jesús, que se va.

Y le grita:

–                     Pero,  ¿Quién Eres? En el Nombre de Dios ¡Dímelo! ¿Tal vez el Ángel del Señor?

–                     Soy más que ángel. Mi Nombre es Piedad. Vete en paz.

El paralítico toma su camilla y se va contento.

Jesús se mezcla entre la gente y se va en dirección contraria.

Unos fariseos detienen al curado:

–                     ¿Por qué vas cargando eso? Es sábado. No te es lícito.

El hombre los mira y dice:

–                     Yo no sé nada. Lo que sí sé; es que quien me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina’

Y lo interrogan implacables:

–                     Se tratará de un demonio; porque te ordenó que violases el sábado.

–                     ¿Cómo era?

–                     ¿Quién era?

–                      ¿Judío?

–                     ¿Galileo?

El hombre sanado responde:

–                     No lo sé. Estaba aquí. Me vio llorar y se me acercó. Me habló. Me curó. Y se fue con un niño de la mano. Tal vez era su hijo…

–                     ¿Un niño? Entonces no es Él. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿No se lo preguntaste? ¡No mientas!

–                     Me dijo que se llamaba Piedad.

–                     Eres un pedazo de alcornoque. Eso no es un nombre.

El hombre se encoge de hombros y se va.

Los otros dicen:

–                     Ciertamente era Él. Los escribas lo vieron en el Templo.

–                     ¡Pero Él no tiene hijos!

–                     Y sin embargo es Él. Estaba con sus discípulos.

–                     Pero no estaba Judas. Es al que conocemos bien. los otros pueden ser gente de cualquier parte.

–                     No. Te digo que eran ellos.

–                     Si les faltaba el Camaleón, ¿Cómo puedes estar tan seguro?

La discusión continúa.

Jesús vuelve a entrar al Templo por el otro lado. Los apóstoles lo siguen. Mira a su alrededor y encuentra al mayordomo de Juana, uno de los pastores.

Jonathás le dice:

–                     Judas se encuentra mejor, Maestro. La fiebre ha bajado. Tu Mamá dice que espera venir para el próximo sábado.

–                     Gracias Jonathás. Has sido puntual.

–                     No muy puntual. Maximino el de Lázaro me entretuvo. Te anda buscando. Fue al Pórtico de Salomón.

–                     Voy a alcanzarlo. Mi paz sea contigo. Y dala a mi Madre, a las discípulas y también a Judas.

Jesús, rápido va al Pórtico de Salomón y encuentra al mayordomo de Lázaro.

Maximino le dice:

–                     Lázaro se enteró de que estabas aquí. Te quiere ver para decirte una cosa importante. ¿Irás?

–                     Sin duda alguna y pronto. Dile que me espere dentro de esta semana.

Después de despedir a Maximino, se dirige al Atrio de los Hebreos, diciendo:

–                     Vamos a orar. Pues por eso vinimos aquí.

Se encuentra al paralítico curado que también ha venido a dar gracias al Señor. Cuando lo descubre entre la multitud, lo saluda con alegría y le cuenta lo que pasó en la piscina, después de su partida.

Termina diciendo:

–                     Luego, uno de los que estaban fuera de sí por verme sano, me dijo que Tú Eres el Mesías. ¿Es verdad?

–                     Lo Soy. Tu deber para con Dios es emplear la salud en buenas obras. Estás curado. Vete y no peques más, para que no te castigue Dios. Vete en paz. Adiós.

Y Jesús se dirige a orar.

Mientras tanto, los fariseos que vieron al curado hablar con Jesús, lo detienen para preguntarle si Él fue, el que lo curó. Y luego se acercan hasta la escalera por la que tiene que bajar para pasar a los otros patios y poder salir del Templo.

Cuando Jesús llega allí, sin siquiera saludarlo le dicen:

–                     Así pues, continúas violando el sábado; no obstante todos los reproches que se te han hecho. ¿Y así quieres que se te respete como a un enviado de Dios?

Jesús responde:

–                     ¿Enviado? Mucho más: como a su Hijo. Porque Dios es mi Padre. Si no me queréis respetar; no lo hagáis. Pero Yo no dejaré de cumplir con mi Misión por esto…

Y sigue una larga disputa en la que Jesús refuerza su Identidad. Y los fariseos se empeñan en rechazarlo.

Finalmente…

–                     Yo me voy. Por mucho tiempo no me volveréis a encontrar. Y tened en cuenta que no es un triunfo vuestro; sino un castigo. 

Y Jesús se abre paso entre la multitud…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

62.- EL SECRETO DEL PODER


Han emprendido el regreso de la gira por tierras fenicias. Y la comitiva se interna en el bosque para atravesarlo y bajar al valle donde está el camino que los llevará a Judea. Se encuentran con peregrinos que van a Jerusalén, para la Fiesta de Pentecostés.

También con la caravana de una novia…

En un prado donde se detienen para comer, cerca del grupo apostólico; dos hombres conversan acerca de la riqueza que rodea al que será un fastuoso matrimonio, digno de la hija de un rey.

Cuando termina la comida…

Bartolomé refunfuña:

–                     A mí no me gustó ese hombre que hizo hablar a aquel tonto de allá. Tan pronto como supo lo que quería, se fue por el monte. Estos lugares son malos y es la ocasión oportuna para que los bandidos den un golpe… Noche de luna, calor que adormece; árboles llenos de verdor. ¡Umm! ¡No me gusta este lugar! ¡Sería mejor proseguir!

Pedro pregunta:

–                     ¡Y ése imbécil que ha hablado de tantas riquezas!… ¡Y el otro que la hace de héroe y de custodio!… Bueno, yo vigilaré las hogueras. ¿Quién viene conmigo?

Zelote responde:

–                     Yo, Simón. ¡Aguanto bien el sueño!

Pasan las horas y quién no ronca, cabecea. Jesús está en Oración.

El silencio es profundo. El perro que cuida los rebaños de unos pastores, gruñe. Otro se pone alerta y también gruñe. Un ruido imperceptible viene del bosque…

Simón dice a Pedro:

–                     Vamos por el Maestro.

El pastor despierta a sus compañeros y el perro está cada vez, más inquieto.

Todos se despiertan y se reúnen…

Jesús dice:

–                     Llamad a los que están durmiendo, a todos. Decidles que vengan aquí sin hacer ruido. Sobre todo a las mujeres y a los esclavos con los cofres. Decidles que tal vez se trata de bandidos; pero no lo digáis a las mujeres. A los hombres, nada más.

Los apóstoles se desparraman, obedeciendo al Maestro.

Jesús dice a los pastores:

–                     Echad mucha leña al fuego, para que se levante una buena llama. No tengáis miedo. No se os quitará ni siquiera un pelo de lana…

Llegan los mercaderes, echando improperios contra los gobernantes romanos y judíos; porque no limpian el mundo de ladrones. Llegan las mujeres, llorando aterrorizadas. Jesús los conforta a todos y trata de tranquilizarlos.

Pone a las mujeres en el centro, reducido de hombres y bestias espantadas.

Los asnos rebuznan. Los perros aúllan. Las ovejas balan. Los hombres maldicen y están más aterrorizados que las mujeres.

Jesús está tranquilo, como si nada pasara. El ruido del bosque no se puede escuchar en medio de este alboroto.

Que los bandidos están en el bosque; lo denuncian las ramas que se quiebran o las piedras que ruedan…

Jesús ordena:

–                     ¡Silencio!

Y lo dice en tal forma, que todos callan.

Jesús se va en dirección al bosque, donde termina el prado.

Y empieza a hablar:

“La maldita hambre del oro, empuja al hombre a los sentimientos más abyectos…

Un largo discurso y un llamado al arrepentimiento a ‘los hombres sin conciencia cuyas manos chorrean sangre fraterna’. Y que termina así:

–                     … Yo no os odio., ni os temo. Os extiendo la mano y por eso digo a éstos: “Regresad a donde estabais durmiendo, sin tener rencor contra vuestros hermanos. Rogad por ellos. Yo me quedo aquí a mirarlos con ojos de amor y os juro que nada os sucederá. Porque el Amor desarma a los violentos y harta a los avaros. Sea bendito el Amor. Fuerza verdadera del mundo. Fuerza desconocida y poderosa. Fuerza que es Dios.

Escondidos en el bosque, los hombres que esperaban obtener un buen botín, están totalmente desconcertados.

Gestas, el líder; está aterrorizado. Una fuerza desconocida lo tiene paralizado… Su miedo está lleno de ira. Pero no puede hacer nada.

Su segundo en la banda: Dimas… Ha inclinado la cabeza y está llorando. Cada una de las palabras de Jesús ha tocado su corazón y le ha revelado una gran verdad. Se siente avergonzado e infinitamente desdichado…

Y volviéndose a todos, Jesús termina diciendo:

–                     Volved. Volved. No tengáis miedo. Allí ya no hay bandidos, sólo hombres asustados y hombres que lloran. Quién llora no hace daño. Quiera Dios que así permanezcan, como ahora son. Sería su redención.

Los bandidos se retiran, como si una fuerza invisible los alejara de allí.

Los integrantes de la caravana vuelven a sus lugares. Todos reflexionan en lo que han escuchado…

Al día siguiente…

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito. Ya no viene más el macho cabrío. Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos. La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Jesús dice:

–                     Os había dicho que quería la cabrita para Marziam, para que fuese un pequeño pastor. Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas… ¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–                     Tienes razón. Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–                     Y de hecho, desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables. Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–                     Entonces era un buen sortilegio. ¿No? Porque nada malo nos sucedió.

Zelote ratifica:

–                     Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–                     Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien. –voltea hacia Jesús-  Hermano, dime la verdad. ¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

Jesús contesta:

–                     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–                     Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente y luego responde con calma:

–                     No son errores. Es algo inherente a mi misión. Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro. Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro.

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia. Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie. Persuado. La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Pedro pregunta:

–                     ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–                     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos prontos a recibirlos.

Tomás objeta:

–                     No. Fueron persuadidos por sus palabras.

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–                     Maestro, dime la verdad. Desde ayer te lo quería preguntar. ¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–                     Yo creo que fue su voluntad la que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–                     También yo digo lo mismo y por eso; Él se quedó allí, mirando al bosque. Los tenía subyugados con su mirada.

Se traba una discusión.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás, dice:

–                     No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–                     Esto y algo más. Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–                     ¡Está bien! pero esto lo decimos nosotros. Son ideas nuestras quiero saberlo del Maestro. La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre. ¿Es porque eres el Mesías? O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–                     En verdad os digo que no solo Yo; sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha; podrá hacer esto y mucho más. La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios; puede hacer  que las fieras sean mansas.

Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu. Así como la palabra de un niño unido con el Señor e instrumento suyo, puede curar enfermedades. Hacer que las serpientes no sean venenosas. Obrar cualquier clase de milagros, porque Dios obra en él.

Pedro exclama:

–                     ¡Ah! ¡He entendido! –mira a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior- ¡Cierto! Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. Y lo mismo sucede con quién llega a estar unido con Dios. ¡He entendido bien! pero, ¿Cuál es la llave de esta unión? ¿Cuál es el secreto de este Poder? Una Oración o palabras secretas…

–                     Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido. Las bestias no traen ningún sortilegio consigo. Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás, es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías, así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor. Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto; el ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma. Y la palabra se hace poderosa. 

San Antonio predica a los peces

Tratad de llegar a esto y pronto harás lo que hacen los hijos de Dios y los que lo llevan consigo. Y recordad que para juzgar una conversión o una santidad; debéis tener siempre por medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido. Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia; estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacer de santo. Fingir milagros. Pero no es tal. La apariencia es hipocresía. Los prodigios, satanismo. ¿Habéis entendido?…

Para hacer milagros en nombre de Dios, es necesario estar unidos a Mí, como el sarmiento a la vid y participar de la santidad de Dios padre…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA