63.- EN LA PISCINA DE SILOÉ9 min read

Jesús está en Jerusalén, cerca de la torre Antonia. Todos los apóstoles, menos Judas de Keriot, están con Él. Lucen sus vestidos de fiesta y hay muchos peregrinos por ser Pentecostés. Vienen del Templo y comentan como Gamaliel fingió no verlos, no obstante que Esteban, uno de sus discípulos, le señaló a Jesús cuando pasaba.

Bartolomé pregunta a sus compañeros:

–                     ¿Qué habrá querido decir ese escriba con la frase: “Un rebaño de terneros destinados a una vulgar carnicería?” 

Tomás responde:

–                     Se habrá referido a algún negocio suyo.

–                     No nos señaló. Lo ví bien. la segunda frase confirmó la primera. Pues sarcásticamente había dicho: “Dentro de poco, el Cordero será trasquilado y luego, el degüello.”

Andrés confirma:

–                     ¡Sí! Yo también oí lo mismo.

Pedro dice:

–                     ¡Bien! Yo me muero de ansia por regresar y preguntar al escriba, si sabe algo de Judas de Keriot.

Santiago de Alfeo comenta:

–                     ¿Y si no sabe nada? Esta vez Judas no está con nosotros, porque de veras está enfermo. Nosotros lo sabemos. Tal vez padeció mucho con el viaje. Nosotros somos gente fuerte. El está acostumbrado a vivir cómodamente aquí, entre el lujo y la riqueza del Templo. Se cansa.

Pedro pregunta:

–                     Así es como tú dices. Pero ese escriba dijo: ‘En el grupo falta el camaleón’. ¿No es el camaleón el que cambia de color cada vez que se le antoja?

Zelote aconseja:

–                     Es como tú dices, Simón. Pero sin duda alguna se han referido a sus vestidos, siempre nuevos. A él le gustan. Está joven. Hay que comprenderlo.

Pedro concluye:

–                     También esto es verdad. Pero, ¡Qué frases tan curiosas!

Santiago de Zebedeo observa:

–                     Parece siempre como si nos amenazaran…

Tadeo agrega:

–                     La verdad es que nosotros sabemos que nos amenazan. Y vemos amenazas también donde no hay.

Tomás concluye:

–                     Y vemos faltas también donde no están.

Pedro agrega:

–                     Bueno. No por eso deja de haber sospecha. Quién sabe cómo esté hoy, Judas. Entretanto se la pasa bien en su paraíso, con sus angelitos cuidándolo. También a mí me gustaría enfermarme, para tener todas esas comodidades…

Bartolomé responde:

–                     Esperemos que pronto se alivie. Es necesario terminar el viaje, porque los calores arrecian…

Andrés asegura:

–                     ¡Oh! A Judas no le faltan cuidados. Y luego, si le faltasen; ya pensaría el Maestro…

Santiago de Zebedeo dice:

–                     Tenía mucha fiebre cuando lo dejamos. Esa enfermedad le pegó tan de repente…

Mateo contesta:

–                     Como siempre vienen. Porque deben venir. Pero yo no sé nada… el Maestro no se preocupa por eso. Si hubiese visto que era una cosa seria, no hubiera dejado el Palacio de Juana.

Realmente Jesús no está nada preocupado. Va con Marziam, explicándole muchas cosas. Atraviesan la Puerta del Rebaño y llegan al ángulo noreste del muro del Templo. Hay un gran pórtico, en donde hay mucha gente.

Jesús explica:

–                     Esta es la Probática; la piscina de Betzaida. Ahora tiene mucha agua, ¿Ves que tranquila está? Dentro de poco verás que se mueve y que se levanta hasta llegar a aquella señal. ¿Lo ves? Ahora baja el ángel del Señor, él da órdenes al agua de curar a quién se eche en ella. ¿Ves cuanta gente? Pero mucho se distraen y no ven el primer movimiento…

Marziam escucha muy atento y mira el agua.

Luego pregunta:

–                     ¿Se puede ver al Ángel? Me gustaría.

–                     Leví, un pastor de tu edad lo vio. Mira bien y prepárate a alabarlo.

El niño se concentra en mirar el agua.

Jesús mira al pequeño grupo de enfermos, ciegos, paralíticos, que están esperando. Los apóstoles también están atentos. El sol juguetea con los rayos de luz sobre el agua e iluminan los cinco portales que rodean la piscina.

Marziam grita:

–                     ¡Mira! El agua sube, se mueve, resplandece… ¡Qué luz! ¡El Ángel!… –y el niño se arrodilla.

Rápido, un cojo se hecha el agua. Y poco después sale con la pierna curada; que antes estaba tullida con una gran cicatriz. Los demás se lamentan y pelean con el sanado, diciendo que él no estaba imposibilitado para el trabajo. Y se arma una riña.

Jesús mira a su alrededor y ve a un paralítico en su camilla, que llora en silencio. Se le acerca y lo acaricia.

Y le pregunta:

–                     ¿Lloras?

El hombre se lamenta:

–                     Sí. Estoy aquí. Todos se curan, menos yo. Hace treinta y ocho años que estoy acostado. Han muerto los míos. Ahora soy un peso para un pariente mío lejano, que me trae aquí en la mañana y me lleva en la tarde. Pero ya está cansado de hacerlo. ¡Oh! ¡Quisiera morirme!…

–                     No te desconsueles. Has tenido tanta paciencia y fe. Dios te escuchará.

–                     Tú eres bueno. Yo me esfuerzo en arrastrarme con mis manos hasta allí, cuando el agua se mueve; pero siempre otros se me adelantan y cerca del borde no se puede estar. Me aplastarían. Y aunque estuviese allí, ¿Quién me cuidaría? Si te hubiese visto antes, te lo habría pedido…

–                     ¿Quieres de veras curarte? Levántate pues. ¡Toma tu camilla y camina!

Jesús se ha erguido al dar la orden.

Y parece como si al enderezarse, levantase también al paralítico. Porque el hombre se pone de pie y empieza a caminar detrás de Jesús, que se va.

Y le grita:

–                     Pero,  ¿Quién Eres? En el Nombre de Dios ¡Dímelo! ¿Tal vez el Ángel del Señor?

–                     Soy más que ángel. Mi Nombre es Piedad. Vete en paz.

El paralítico toma su camilla y se va contento.

Jesús se mezcla entre la gente y se va en dirección contraria.

Unos fariseos detienen al curado:

–                     ¿Por qué vas cargando eso? Es sábado. No te es lícito.

El hombre los mira y dice:

–                     Yo no sé nada. Lo que sí sé; es que quien me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina’

Y lo interrogan implacables:

–                     Se tratará de un demonio; porque te ordenó que violases el sábado.

–                     ¿Cómo era?

–                     ¿Quién era?

–                      ¿Judío?

–                     ¿Galileo?

El hombre sanado responde:

–                     No lo sé. Estaba aquí. Me vio llorar y se me acercó. Me habló. Me curó. Y se fue con un niño de la mano. Tal vez era su hijo…

–                     ¿Un niño? Entonces no es Él. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿No se lo preguntaste? ¡No mientas!

–                     Me dijo que se llamaba Piedad.

–                     Eres un pedazo de alcornoque. Eso no es un nombre.

El hombre se encoge de hombros y se va.

Los otros dicen:

–                     Ciertamente era Él. Los escribas lo vieron en el Templo.

–                     ¡Pero Él no tiene hijos!

–                     Y sin embargo es Él. Estaba con sus discípulos.

–                     Pero no estaba Judas. Es al que conocemos bien. los otros pueden ser gente de cualquier parte.

–                     No. Te digo que eran ellos.

–                     Si les faltaba el Camaleón, ¿Cómo puedes estar tan seguro?

La discusión continúa.

Jesús vuelve a entrar al Templo por el otro lado. Los apóstoles lo siguen. Mira a su alrededor y encuentra al mayordomo de Juana, uno de los pastores.

Jonathás le dice:

–                     Judas se encuentra mejor, Maestro. La fiebre ha bajado. Tu Mamá dice que espera venir para el próximo sábado.

–                     Gracias Jonathás. Has sido puntual.

–                     No muy puntual. Maximino el de Lázaro me entretuvo. Te anda buscando. Fue al Pórtico de Salomón.

–                     Voy a alcanzarlo. Mi paz sea contigo. Y dala a mi Madre, a las discípulas y también a Judas.

Jesús, rápido va al Pórtico de Salomón y encuentra al mayordomo de Lázaro.

Maximino le dice:

–                     Lázaro se enteró de que estabas aquí. Te quiere ver para decirte una cosa importante. ¿Irás?

–                     Sin duda alguna y pronto. Dile que me espere dentro de esta semana.

Después de despedir a Maximino, se dirige al Atrio de los Hebreos, diciendo:

–                     Vamos a orar. Pues por eso vinimos aquí.

Se encuentra al paralítico curado que también ha venido a dar gracias al Señor. Cuando lo descubre entre la multitud, lo saluda con alegría y le cuenta lo que pasó en la piscina, después de su partida.

Termina diciendo:

–                     Luego, uno de los que estaban fuera de sí por verme sano, me dijo que Tú Eres el Mesías. ¿Es verdad?

–                     Lo Soy. Tu deber para con Dios es emplear la salud en buenas obras. Estás curado. Vete y no peques más, para que no te castigue Dios. Vete en paz. Adiós.

Y Jesús se dirige a orar.

Mientras tanto, los fariseos que vieron al curado hablar con Jesús, lo detienen para preguntarle si Él fue, el que lo curó. Y luego se acercan hasta la escalera por la que tiene que bajar para pasar a los otros patios y poder salir del Templo.

Cuando Jesús llega allí, sin siquiera saludarlo le dicen:

–                     Así pues, continúas violando el sábado; no obstante todos los reproches que se te han hecho. ¿Y así quieres que se te respete como a un enviado de Dios?

Jesús responde:

–                     ¿Enviado? Mucho más: como a su Hijo. Porque Dios es mi Padre. Si no me queréis respetar; no lo hagáis. Pero Yo no dejaré de cumplir con mi Misión por esto…

Y sigue una larga disputa en la que Jesús refuerza su Identidad. Y los fariseos se empeñan en rechazarlo.

Finalmente…

–                     Yo me voy. Por mucho tiempo no me volveréis a encontrar. Y tened en cuenta que no es un triunfo vuestro; sino un castigo. 

Y Jesús se abre paso entre la multitud…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

2 comentarios

  1. hermoso relato sacado de maria valtorta y de los evangelios

    1. Efectivamente. María Valtorta, ésta mística iltaliana maravillosa es una de nuestras fuentes y como lo anunciamos en la introducción de la página CRÓNICA DE LA MAGNA TRAICIÓN. ¡Gloria a la Santísima Trinidad que sigue educando a su Pueblo! Por eso la Biografía de Judas es auténtica.

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