Archivos diarios: 5/10/12

65.- CONVERSION DE MARIA MAGDALENA


Tres semanas después…

En un atardecer veraniego, Jesús en compañía de Zelote, llega al jardín de Lázaro. El jardinero, que ha corrido a recibir al Maestro, le señala la punta de una vestidura blanca que desaparece detrás de un seto, diciéndole:

–                     Lázaro va al emparrado de los jazmines a leer unos rollos, lo llamaré…

Jesús objeta:

–                     No. Yo Mismo voy.

Jesús camina rápido por la vereda a cuyos lados hay setos en flor. El pasto amortigua el rumor de los pasos. Lo sorprende cuando está con unos rollos encima de una mesa de mármol.

Lázaro voltea y dice:

–                     ¡Oh, Señor mío! Pero, ¿Cuándo llegaste?

Jesús contesta:

–                     Hace unos momentos.

–                     ¿Solo?

–                     Con Simón Zelote. Pero aquí donde estás he venido solo. Sé que me vas a decir una gran cosa. Dímela pues.

Y Jesús sonríe abriendo los brazos en ademán de invitación.

Lázaro exclama:

–                     ¡Dios Altísimo! Entonces Tú lo sabes. –Y Lázaro se hecha en los brazos de Jesús para contarle su secreto. –María mandó decirle a Martha que fuese a Mágdala. Martha fue con temor de que fuese una desgracia y yo me quedé con el mismo temor. Pero Martha me ha enviado esta carta, que me ha llenado de esperanzas. Son unas cuantas palabras…

Y la da a Jesús para que la lea…

–                     Lázaro, hermano mío. Sea contigo la paz y la bendición. Llegué pronto y bien. Mi corazón no tiene que temer porque he visto a María sana y en su cara ya no existe el frenesí de antes. Ha llorado sobre mi pecho. Un llanto largo… y luego en la noche, me preguntó tantas cosas acerca del Maestro. Por ahora sólo fue esto. Pero al ver la cara de María, sin tener necesidad de escuchar sus palabras, digo que la esperanza ha nacido en mi corazón.

Ruega, hermano. Espera. ¡Oh, si fuese verdad! Me quedo aquí todavía, porque me imagino que me quiere cerca de sí, como para poder escudarse conmigo en las tentaciones y para comprender… lo que ya sabemos. La Infinita Bondad de Jesús. Veo que piensa, piensa, piensa… haría falta Jesús. Ruega. Espera. El señor sea contigo.

Jesús envuelve el rollo y lo devuelve.

Lázaro dice:

–                     Maestro…

–                     Iré. ¿Podrías avisar a Martha que me salga al encuentro en Cafarnaúm, dentro de quince días al máximo?

–                     Sí, Señor. ¿Y yo?

–                     Tú te quedas aquí. A Martha la haré regresar aquí.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque las redenciones experimentan una vergüenza muy grande. Y la sienten mucho más, cuando están los padres o los hermanos. Yo también te digo: Ruega. Ruega. Ruega.

Lázaro llora sobre el pecho de Jesús.

Luego se calma un poco y dice:

–                     Hace como un año que estoy esperando. Que me desespero… ¡Qué tiempo tan largo es el de la Redención!…

Una semana después…

Jesús, soleado y lleno de polvo, regresa con Pedro y Juan a la casa de Cafarnaúm. Apenas entra en el huerto, cuando el dueño de la casa le dice:

–                     Jesús, ha regresado a buscarte la mujer de la que te hablé en Betsaida. Le dije que te esperara y la llevé arriba, en la habitación que está allí.

Jesús contesta:

–                     Gracias Tomás. Voy al punto. Si vienen los demás, no dejes que me interrumpan.

Jesús sube rápido por la escalera y en la habitación, toda velada; envuelta en un manto, sentada cerca de la ventana y muy absorta, mirando hacia el lago, está Martha.

Cuando Jesús la llama suavemente:

–                     Martha…

Ella grita:

–                     ¡Oh, Maestro! –cae de rodillas y se pone a llorar.

–                     Pero, ¿Qué sucede? ¡Levántate! ¿Por qué estas lágrimas? Quítate el velo y el manto. Debes estar muriéndote de calor. ¿Qué pasó?

Martha obedece sin dejar de llorar. Y se ve su rostro colorado y los ojos hinchados… está tan angustiada que no puede decir nada.

Y Jesús agrega:

–                     ¿Bueno? Te ayudaré… María te mandó llamar. Ha llorado mucho. Ha querido saber mucho de Mí. Y has llegado a imaginar que se trata de una buena señal, por lo que has querido que esté Yo aquí, para realizar el milagro. Aquí estoy. ¿Y ahora?…

Martha responde con voz ahogada:

–                     Ahora ya no hay nada, Maestro. Me equivoqué. Te hice venir por nada… María está peor que antes. Aunque ya no quiere más cerca de sí a los hombres, es diferente, pero sigue siendo mala. Me parece que está loca. Ya no la entiendo. Antes por lo menos la entendía, ¡Pero ahora! ¿Quién la entiende?

Y Martha vuelve a llorar.

Jesús dice:

–                     ¡Ea! Tranquilízate y dime qué cosa hace. ¿Por qué es mala? Si ya no quiere hombres a su alrededor y vive sola  en su casa. Eso está muy bien. El haber deseado que estuvieses cerca de ella para evitar las tentaciones; apartándose de relaciones culpables, es señal de buena voluntad.

–                     ¿De veras lo crees así, Maestro?

–                     Pues claro. ¿En qué te parece mala? Cuéntame que hace…

Martha, animada con las palabras de Jesús, habla con mayor claridad:

–           Mira. Desde que llegué, María no sale de casa. Y su nodriza me dijo que este cambio empezó en la Pascua. Iban a buscarla personas y no siempre las rechazaba.

Luego dio órdenes de que no se le permitiese entrar a nadie. Y parecían órdenes absolutas. Pero llegó a azotar a los siervos, presa de una ira injusta, cuando oía voces de visitantes y luego llegaba al vestíbulo y veía que ya se habían ido.

Desde que llegué no ha vuelto a hacerlo. La primera noche me dijo: “Detenme. Amárrame si quieres; pero no me dejes salir más. Que no vuelva a ver a nadie, que no seas tú o la nodriza. Yo estoy enferma y me quiero curar. Los que vienen a verme o quieren que vaya a verlos, son como pantanos donde hierve la fiebre. Hacen que me enferme más todavía.

Aparentemente son tan hermosos como frutos de aspecto agradable que no logro resistir, porque soy una infortunada. Una desgraciada, Martha. Tu hermana es débil. Y hay quién se aprovecha de su debilidad, para que cometa cosas infames…

Aunque una partecilla de mí, no consiente en ellas. Lo único que me queda de mamá todavía, de mi pobrecita mamacita.” Y se ponía a llorar.

Yo me porté con ella dulcemente, en las horas en que era más razonable. Y con firmeza cuando parecía una fiera enjaulada. Jamás se rebeló contra mí. Al contrario, pasados los momentos de mayor tentación, venía a llorar a mis pies, con la cabeza sobre las rodillas y me decía:

–    ¡Perdóname! ¡Perdóname!

–    ¿Por qué hermana, si no me has hecho nada?

–    Porque cuando me prohibiste salir en mi corazón te odiaba, maldecía y deseaba que te murieras.

Martha agrega con un sollozo:

–                     Esto es muy doloroso. ¿Acaso está loca? ¿A esto la llevó el vicio? Me imagino que algún amante suyo le dio una pócima para hacerla esclava de la lujuria y le llegó hasta el cerebro…

–                     No. Nada de pócimas. Es algo muy diferente. Es una adicción. Pero sigue…

–                     Conmigo es respetuosa y obediente. No ha maltratado más a los siervos. Pero después de la primera noche, ya no ha preguntado por Ti. Si Yo le hablo de Ti, desvía la conversación.

Se pasa horas en el peñasco del mirador y se queda contemplando el lago. Cuando ve pasar una barca, dice:

–                ¿Te parece que sea la de los pescadores galileos?

Jamás pronuncia tu Nombre, ni el de los apóstoles. Pero yo sé que te ve a Ti y a ellos, en la barca de Pedro.

A veces cuando paseamos por el jardín o yo estoy bordando y ella está mano sobre mano, sin hacer nada, me dice:

–     ¿De este modo es necesario vivir, según la doctrina que sigues?

Y a veces llora amargamente. Luego ríe con unas carcajadas sarcásticas de loca o de demonio.

Otras veces se pone uno de mis vestidos, se suelta los cabellos que siempre trae muy bien arreglados y hace dos trenzas. Luego se acerca toda tímida; púdica, jovencita virginal en la expresión de la cara y pregunta:

–           ¿A este punto debe llegar María?

Y luego se pone a llorar, besando sus espléndidas y gruesas trenzas que le llegan hasta las rodillas. Con esa belleza que era la gloria de mi madre.

A veces prorrumpe en horribles carcajadas o bien me dice:

–           Pero mira, mejor hago así y me mato.

Y se anuda el cuello con las trenzas. Se aprieta en tal forma, que se pone morada como si quisiera estrangularse. Otras veces cuando la tentación es más fuerte, se compadece a sí misma o se maltrata… La he encontrado golpeándose con furia el pecho, las piernas. Se rasguña la cara. Da cabezazos contra la pared.

Y si le pregunto:

–           ¿Por qué lo haces?

Me enfrento con una mirada feroz, de enajenada y me responde:

–           Para despedazarme y despedazar mis entrañas, mi cabeza. Las cosas nocivas y malditas, deben destruirse. Yo me estoy destruyendo. Tengo que destruir lo que me domina…

Cuando hablo de Ti, de la Misericordia Divina; porque Yo no le hago caso y le hablo de Ti, como si ella fuera la más fiel de tus discípulas.

Y te juro que a veces me arrepiento de hacerlo ante ella.

Me responde:

–           Para mí no puede haber misericordia. He pasado la medida.

Y es entonces cuando una desesperación se apodera de ella y grita golpeándose hasta que le mana sangre:

–           Pero, ¿Por qué? ¿Por qué este monstruo que me destroza? No me deja en paz. Me arrastra hacia el mal, con arrullos melodiosos…

Y luego se me juntan las voces de papá y mamá. De vosotros que me maldecís. Porque tú y Lázaro me maldecís, al igual que todo Israel. ¿Por qué este monstruo me hace enloquecer?

Cuando habla así, yo le respondo:

–           ¿Por qué piensas en Israel que es un pueblo y no piensas en Dios? Dado que no pensaste antes, cuando todo lo pisoteabas. Piensa ahora en vencer todo y deja de preocuparte por el mundo. Piensa en Dios, en nuestros padres. Ellos no te maldicen. Si cambias de vida, te abrirán los brazos…

Ella me escucha pensativa, estupefacta, como si le dijera algo imposible. Luego se pone a llorar y ya no dice nada. Algunas veces ordena a los siervos, que le lleven vinos y manjares. Y bebe, como ‘para no pensar’, como dice ella.

Desde que sabe que estás en el lago, cada vez que vengo me dice:

–          Alguna vez, también iré yo.

Y riéndose con esa sonrisa que es un insulto para ella misma; termina con:

–           Así al menos el ojo de Dios caerá sobre el estiércol.

Pero ya no quiero que venga. Espero a que ella cansada, por la ira; fatigada con el vino, con el llanto, con todo; se quede dormida.

Hoy también así he salido. Regresaré a la noche, antes de que se despierte. Esta es mi vida y no espero más…

Una explosión de llanto le impide seguir.

Jesús le dice:

–                     ¿Te acuerdas Martha de lo que te dije un día? “María está enferma” y no lo quisiste creer. Ahora lo estás viendo. Tú la crees loca. Ella misma te dice que está enferma de fiebre pecaminosa. Yo digo enferma del espíritu,  por ‘posesión diabólica’. Siempre es una enfermedad.

Sus incoherencias. Sus arrebatos de ira. Sus llantos, desconsuelos, ansias de venir a Mí. Son las fases de su mal, que cuando va llegando el momento de su curación, se manifiesta en estas crisis.

Haces bien en ser bondadosa con ella, en ser paciente, en hablarle de Mí. No te arrepientas de pronunciar mi Nombre en su presencia. ¡Pobre alma de mi María! También salió del Padre Creador, igual que las demás.

Y también ella está incluida entre las almas por las que me he hecho Carne, para ser Redentor.

¡Pobre alma de mi María a quien amo tanto! ¡Pobre alma envenenada con siete venenos, además del primordial y universal! ¡Pobre alma prisionera de María!

¡Déjala que venga a Mí! Deja que respire mi aliento. Que oiga mi Voz, que encuentre mi mirada. Si dice ‘estiércol’ ¡Oh, pobre alma que de los siete demonios, el menos fuerte que tiene, es la soberbia! Sólo por esto se salvará.

Martha pregunta con voz temblorosa:

–                     ¿Y si después de haber salido, encuentra alguien que la conduzca nuevamente al vicio? Ella misma siente este temor…

–                     Y siempre lo tendrá, ahora que ha llegado a experimentar náuseas con el vicio. Pero no te preocupes, cuando una alma ha concebido ya el deseo de ir al Bien y  tan solo la detiene el enemigo diabólico que sabe que va a perder su presa y trata de impedir al espíritu que domine al ‘yo’ humano; entonces esa alma ya se ha fortalecido contra los asaltos del vicio y de los viciosos.

No le hagas reproches de ningún tipo. Ella es toda una llaga. Solo tócala con el bálsamo de la dulzura, del perdón, de la esperanza. Déjala en libertad de que venga. Si llegas a ver en ella ese impulso, tú no vengas. Espérala en casa.

La Misericordia la hará suya. Porque la debo arrebatar a esa malvada fuerza que ahora la oprime. Y por unas horas parecerá como una que acaba de arrojar el veneno; una a quién el médico le haya quitado los huesos. Después se sentirá mejor. Estará atolondrada.

Tendrá necesidad de caricias y de silencio. Asístela como si fueses su segundo ángel custodio, sin hacérselo notar. Si la ves llorar, déjala que llore. Si la ves sonreír con una sonrisa cambiada, con una mirada diferente, con una cara distinta; no le hagas preguntas. No trates de dominarla. Sufre más ahora en el subir, que cuando bajó. Y debe hacerlo por sí misma. Como lo hizo por sí misma cuando bajó.  No tuvo valor de tolerar vuestras miradas cuando bajaba, porque en vuestros ojos estaba el reproche. Pero ahora no puede soportarlos por la vergüenza que por fin se le despertado.

Entonces era fuerte porque tenía en sí a Satanás; su dueño y la fuerza siniestra que la dominaba. Por eso podía desafiar al mundo y con todo, vosotros nunca la visteis cuando pecaba.

Ahora Satanás ya no está en ella como su dueño, sino como su huésped; pero a quién la voluntad de María tiene ya cogido por la garganta. Todavía no me tiene a Mí, por eso es muy débil.

No puede sostener ni siquiera la caricia de tus ojos de hermana, al declararse por su Salvador. Toda su energía está dirigida a tener asidos de la garganta a los siete demonios. En todo lo demás está indefensa, desnuda. Pero la volveré a vestir y la fortificaré.

Vete en paz, Martha. Y mañana. Con tacto, dile que hablaré cerca de la fuente, aquí en Cafarnaúm. Al atardecer. Vete en paz. Te bendigo.

Martha está perpleja.

Jesús la está mirando y le dice:

–                     No caigas en la incredulidad, Martha.

–                     No Señor. Pero pienso… María sufre mucho y yo tengo miedo de que no logre vencer al Demonio.

–                     ¡Eres una niña! María me tiene a Mí y a ti. ¿No lo logrará? Vete tranquila. Mi paz sea contigo.

Martha le hace una profunda reverencia y se va.

Jesús sonríe cuando la ve dirigirse a Mágdala. Luego baja a la cocina y al ver que Juan está por irse a la plaza, se va con él. Lo rodean los niños y conversan con Él.

Pasa simón el Fariseo y le hace una pomposa inclinación. Jesús también lo saluda. El hombre le dice:

–                     Vengo a invitarte a mi casa. Mañana.

–                     Mañana no puedo. ¿Qué te parece dentro de dos días?

–                     Muy bien. Tendré amigos…Y les tendrás paciencia…

–                     Sí. Sí. Iré con Juan.

–                     ¿Sólo él?

–                     Los otros tienen diversas misiones. Míralos… Ahora regresan de la campiña. La paz sea contigo, Simón.

–                     Dios sea contigo,  Jesús. Te espero.

El fariseo se va y Jesús se reúne con los apóstoles.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA