Archivos diarios: 6/10/12

66.- LA OVEJA PERDIDA


Jesús está hablando a la gente, de pié en el borde lleno de árboles de un riachuelo. Es un atardecer muy bello y la luna empieza a salir. Los rebaños regresan a sus rediles y se oye el repiqueteo de sus campanitas, que se mezcla con el canto de los grillos y las chicharras.

Jesús los mira y dice:

–                     “Vuestro Padre es como un pastor solícito. ¿Qué hace el buen pastor? Busca buenos pastos para sus ovejas. Busca que donde está la comida haya también frescura, agua limpia y que no haya animales ponzoñosos, ni hierbas nocivas. Evita los pastizales de hierba alta, porque puede haber culebras. El buen pastor ve una por una a sus ovejas.

Las cura si están enfermas. Les pone medicina si están heridas. Las cuida de las enfermedades por comer demasiado, de la humedad, del frío, del sol. Las lleva a lugares distintos. Y si una no come, trata de buscarle hierbas aciduladas y aromáticas, para despertarle el apetito y se las da con su propia mano, hablándole como un amigo.

Así hace el Buen Padre que está en los Cielos, con sus hijos que andan errantes por la tierra. Su amor es la vara que los reúne. Su Voz es el guía. Sus pastizales son la Ley. Su redil, el Cielo.

Ved ahí que una oveja lo abandona… ¡Cuánto la amaba! Era joven, limpia, cándida. El Pastor la veía con ojos de amor, al pensar en lo que podría hacer por ella. Pero ésta lo abandonó.

Había pasado por el camino que bordea el pastizal, un Tentador.

No tiene la casaca austera, sino un vestido de miles de colores. Tiene en sus manos un incensario brillante de piedras preciosas; de donde se levanta un humo que es hediondez  y perfume al mismo tiempo, pero que aturde. Y emboba el puñado de joyeles que son falsos.

El tentador pasa cantando y deja caer puñados de algo que parece sal y que brilla en el camino…

Hay noventa y nueve ovejas. La centésima. La más joven. A la que más quería; da un brinco y desaparece detrás del tentador.

El pastor la llama, pero no entiende.

Prueba la sal que al entrar le quema con un delirio extraño; con el que tiene necesidad de aguas verdes que están en la selva. Y detrás del tentador, cae en su espesura. Y una, dos, tres veces; siente el contacto viscoso de reptiles.

Y al querer beber agua, muerde hierbas que brillan con baba asquerosa.

Entretanto, ¿Qué hace el Buen Pastor?

Deja a buen recaudo a las noventa y nueve fieles. Y va a buscar a la oveja perdida.

Y como ella no regresa a Él, que sigue invitándola con sus gritos; Él va a donde ella está.

La ve desde lejos. Ebria entre lazos de reptiles. Tan ebria que no siente nostalgia de quién la ama. Y se burla de él.

La vuelve a mirar, a ella que es culpable de haber penetrado cual ladrona en la casa de otro y se siente tan culpable, que no se atreve a mirarlo…

Y sin embargo el Pastor no se cansa… la busca; la encuentra. La sigue, la alcanza.

Va llorando sobre las huellas de la perdida. Vellones de lana; vellones del alma, manchas de sangre. Crímenes diversos. Suciedad, prueba de su lujuria.

Él sigue adelante y la alcanza.

¡Te he encontrado amada! ¡Te he alcanzado! ¡Cuánto he caminado por ti, para llevarte al redil! No bajes la frente envilecida.

Tu pecado está sepultado en mi corazón. Nadie fuera de Mí, que te amo lo conocerá.

Te defenderé de las críticas de los demás. Te cubriré con mi persona como escudo, contra las piedras de los acusadores.

¡Ven! ¿Estás herida? ¡Oh, muéstramelas! Las conozco. Pero quiero que me las muestres con la confianza que tenías cuando eras pura y me mirabas a Mí. Tu Pastor; tu Dios, con ojos inocentes.

Aquí están las heridas. Tienen nombre propio. ¡Qué profundas! ¿Quién te las infligió tan hondamente, en el fondo del corazón? El Tentador. Lo sé.

Es el que no tiene bastón, ni hachuela, pero que causa mucho mal con su mordida envenenada y con ésta; los joyeles falsos de su incensario, que te sedujeron con su brillante color… y que eran azufre de Infierno expuesto a la luz, para enardecer tu corazón.

¡Mira! ¡Cuántas heridas! Tu lana está deshecha. Tiene sangre. Tiene cardos…

¡Oh, pobre pequeña alma engañada!

Pero dime: si Yo te perdono,  ¿Me amarás? ¿Si te tiendo los brazos, vendrás a ellos? Dime, ¿Tienes sed del Amor Bueno? Entonces ven y renace. Regresa a los pastizales santos…  Lloras.

Tu llanto y el mío, lavan las huellas de tu pecado. Y Yo para alimentarte, pues estás enflaquecida; me abro el pecho; me abro las venas y te digo. ¡Aliméntate y vive!

Ven para llevarte en mis brazos. Iremos pronto a los pastizales santos y seguros. Olvidarás esta hora de desesperanza. Las noventa y nueve; las buenas, se alegrarán con tu regreso.

Porque Yo te aseguro, ovejita perdida, a quién he buscado desde tierras muy lejanas. A quién he encontrado… He salvado. Que los buenos harán más fiesta por alguien extraviado, que no por noventa y nueve justos, que jamás se han alejado del redil.”

Jesús jamás ha volteado a mirar a su espalda. Al camino por el que llegó entre la penumbra del atardecer, María de Mágdala que viste todavía muy elegantemente, pero que al menos está vestida.

Trae un velo oscuro que oculta su cara.

Cuando Jesús dice: “Te he encontrado amada…” María se lleva las manos bajo el velo y llora quedito, pero mucho.

La gente no la ve, porque está en el otro borde del camino. Solo la ven, la luna que ya está alta y el espíritu de Jesús…

Al día siguiente…

Jesús está a punto de subir a la barca; en un amanecer que está claro, cuando llega Martha con su criada, Marcela:

–                     ¡Oh, Maestro! ¡Escúchame por amor de Dios!

Entonces Él les dice a los apóstoles:

–                     Idos y esperadme cerca del río. Preparad todo… También la Decápolis espera la Palabra…

Y mientras la barca se aleja de la ribera y se va.

Jesús camina llevándose a Martha a su lado, a los que respetuosamente sigue más atrás Marcela.

Se alejan del poblado y empiezan a subir por una pendiente. Llegan a un lugar solitario, desde donde se ve el lago.

Entonces Jesús dice sonriente:

–                     ¿Qué se te ofrece?

Martha le dice:

–                     Maestro, esta noche apenas había pasado la segunda vigilia, cuando maría regresó a casa. ¡Ah! Me olvidaba decirte que ayer, cuando comíamos al mediodía, me dijo:

–                     ¿Te desagradaría prestarme un vestido tuyo y un manto? Me quedarán un poco cortos; pero me ceñiré el vestido y dejaré que el manto llegue hasta abajo.

–                     Toma lo que quieras, hermana.

Y el corazón me empezó a latir con fuerza, porque antes ya había dicho hablando con Marcela:

–                     Hay que estar en Cafarnaúm. Porque el Maestro habla a la gente esta tarde…

Y ví a maría turbarse. Cambiar de color. Inquieta, iba de un lugar a otro, como quién tiene una aflicción y una lucha. Como quién tiene que tomar una resolución y no sabe que hacer, si aceptar o rechazar. No podía estar tranquila. Yo la dejé en paz y me puse a orar por ella en silencio.

Después de la comida vino a mi habitación y tomó el vestido más serio que yo tenía, el más modesto. Se lo probó y pidió a la nodriza, que le bajase todo el dobladillo, porque era muy corto.

Ella había tratado de hacerlo, pero al ver que no podía, se echó a llorar diciendo:

–                     No soy capaz de coser. Todo lo bueno y útil, lo he olvidado.  –y me echó los brazos al cuello, mientras decía- Ruega por mí.

Y salió hacia el atardecer. ¡Cuánto pedí porque no hubiese alguien que la entretuviese! ¡Qué comprendiese tu Palabra! ¡Que lograse deshacerse definitivamente del Monstruo que la esclaviza!…

Con el carro se llega más pronto. Luego venimos yo y Marcela. No sé si nos viste entre la multitud. Pero, ¡Qué dolor! ¡Qué espina en el corazón, al no ver a María! Pensé que se había arrepentido y regresado a la casa. O que tal vez había huido, no pudiendo soportar mi autoridad, que ella misma me pidió.

Yo te escuchaba y lloraba bajo mi velo. Las palabras me parecían dirigidas a ella, ¡Y no las escuchaba! Me sentía tan desconsolada porque no la veía y regresé a casa tan desalentada.

Es verdad. Te desobedecí, porque me habías dicho: ‘Si viene, espérala en casa’ pero ten en cuenta mi corazón, Maestro. ¡Es mi hermana la que venía a Ti! ¿Cómo podía no ver cuando ella se acercase a Ti? Y más cuando me habías dicho: ‘Será despedazada’ Yo quería estar cerca de ella, para sostenerla.

Estaba yo de rodillas, bañada en lágrimas y oraba en mi habitación; cuando a eso de la segunda vigilia, entró tan despacito, que no la sentí.

Hasta que se arrojó sobre mí y abrazándome me dijo:

–                     Es verdad lo que dices bendita… ¡No! Es mucho más de lo que referiste, ¡Oh, Martha mía! ¡Ya no tienes necesidad de retenerme! Ya no me verás cínica, ni decaída. Su Misericordia es mucho más grande de lo que pudiera imaginarse.

Ya no me oirás decir: ‘Para no pensar’

Ahora quiero pensar. Sé en qué debo hacerlo: en la Bondad hecha Carne. Tú orabas hermana mía. Y ciertamente que orabas por mí. Tienes ya tu victoria en la mano: tu María ya no quiere pecar más. Renace ahora.

Mírale a la cara, porque es una María nueva, con su cara lavada por el llanto de la esperanza y el arrepentimiento. Me puedes besar, hermana santa. Ya no hay más huellas de vergonzosos amores en mis ojos.

Él dijo que ama mi alma, porque a ella le habló y de ella habló. Yo era la oveja perdida. Dijo; escucha si repito bien. Tú conoces el modo de hablar del Salvador…

Y me repitió perfectamente tu Parábola.

María tiene una inteligencia mejor que la mía y muy buena memoria. De este modo te oí dos veces. Y si tales palabras en tus labios, eran santas y adorables; en los suyos eran santas, adorables y amables. Porque salían de los labios de mi hermana a quién he vuelto a encontrar y quién ha regresado al redil de la familia.

Estuvimos sentadas y abrazadas sobre la alfombra, como cuando éramos pequeñas y así pasábamos las horas en la habitación de mamá. O cerca del telar en donde ella tejía y recamaba sus magníficas telas.

Y ya no estábamos separadas por el pecado. Me sentía como si mamá estuviese presente con su espíritu. Lloramos sin ningún dolor y con una gran paz. Nos besamos felices…

María estaba cansada por la caminata que había hecho, por la emoción, por tantas otras cosas y se quedó dormida entre mis brazos. Y con la ayuda de la nodriza, la extendimos en su lecho y así la dejé. Y vine corriendo hasta aquí.

Y Martha termina dichosa, besando las manos de Jesús que le dice:

–           también Yo te digo lo que te dijo María: ‘Tienes la victoria en la mano vete y sé feliz. Vete en paz. Sigue portándote con mucha dulzura y prudencia con la renacida. Adiós Martha. Hazlo saber a Lázaro, porque está muy angustiado.

–           Sí, Maestro. Pero, ¿Cuándo vendrá María con nosotras las discípulas?

Jesús sonríe y dice:

–           El Creador hizo todo en seis días y el séptimo descansó.

–           Comprendo. Es necesaria la paciencia…

–                      Paciencia, sí. No suspires. También es una virtud. La paz sea con vosotras; nos volveremos a ver pronto.

Y Jesús las deja para tomar otra barca…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA