Archivos diarios: 7/10/12

67.- LA PECADORA ARREPENTIDA


Al tercer día…

En una enorme sala riquísima, un candil con muchos quemadores arde en el centro. Las paredes están cubiertas con preciosos tapices. Los asientos tienen incrustaciones de marfil y adornos variados, con láminas muy hermosas. Los muebles son finos y muy bellos. En el centro hay un cuadrado de mármol que contrasta de color, en donde no hay nada.

El piso reluciente refleja el candelero de aceite. Alrededor hay triclinios, (lechos asientos) que ocupan los convidados. Todos son hombres. Muchos sirvientes van y vienen trayendo los manjares y los vinos; en una preciosa vajilla y en valiosas copas adornadas con oro, en las que sirven diligentemente.

En la parte más retirada de la puerta, está el dueño de la casa, con los invitados más importantes. Es un hombre de más de sesenta años y viste una lujosa túnica, con una faja recamada. En el cuello, en las mangas, en los bordes del vestido, hay galones bordados con hilos de oro.

En su rostro manifiesta orgulloso que está muy consciente de su poder y su mirada está llena de soberbia. La maldad, la crueldad y un frío menos precio, se reflejan en su duro semblante.

En el lado opuesto, frente a él; está Jesús. Recostado al igual que todos, sobre su codo izquierdo. Trae su acostumbrado vestido blanco. Cerca de Jesús está Juan, sentado en el piso, entre la mesa que está frente a ellos y su codo está a la altura de la ingle de Jesús, de modo que no le estorba para comer y le permite cuando quiere, apoyarse confiadamente sobre el pecho de su maestro.

No hay ninguna mujer. Todos hablan. Y de vez en cuando el dueño de la casa se dirige con exagerada condescendencia y una benignidad muy manifiesta, a Jesús.

Es evidente que quiere demostrar a todos los presentes, que ha hecho un gran honor al haberlo invitado a su rica casa; al pobre profeta de Israel a quien todos consideran un loco…

Jesús responde a todas las cortesías y elegantemente sonríe a quién le pregunta. Y con excelente amabilidad corresponde a todas las atenciones que le prodigan. Su sonrisa es luminosa, cuando Juan le habla y lo mira.

De repente se abre la pesada cortina y entra María Magdalena… Es una estampa magnífica de juventud esplendorosa.

Luce hermosísima, con un lujoso vestido escarlata que está sostenido con preciosos broches de esmeraldas y rubíes en la espalda. Joyas similares que sostienen los pliegues a la altura del pecho y lo realzan con cadenas de filigrana de oro.

Una faja recamada con oro y piedras preciosas, circundan su estrecha cintura y hacen resaltar su figura escultural y su impresionante hermosura. Está peinada con sumo esmero. Su cabello rubio es un adorno de mechones, artísticamente entrelazados y su abundante cabellera es tan resplandeciente, que parece como si trajera un yelmo de oro.

De la cabeza le cuelga un fino velo transparente, tan ligero que en realidad no cubre nada y la adorna resaltando aún más su belleza excepcional. Sus pies están calzados con sandalias de piel roja, adornadas con oro, perlas y amatistas en las correas y broches preciosos, entrelazados en los tobillos.

Todos voltean a verla, menos Jesús.

Juan la mira un instante y luego se vuelve hacia Jesús.

Todos los demás la miran con aparente y maligna complacencia.

Ella no los mira para nada. Los ignora como si no existiesen. Y no se preocupa del murmullo que se levantó cuando entró, ni del intercambio de guiños que se hacen todos; menos Jesús y el discípulo predilecto.

Jesús actúa como si no se diera cuenta de nada y continúa hablando con Simón el fariseo, totalmente concentrado en la conversación.

María se dirige a Jesús. Se arrodilla a sus pies. Deposita en el suelo una jarra muy barriguda, de alabastro blanco. Se levanta el velo y su belleza deslumbrante, se manifiesta en todo su esplendor.

Como si fuera un ritual, quita la diadema preciosa y se la quita junto con el velo. Siguen los anillos; los brazaletes, los broches de perlas y rubíes que sostienen el cabello y las joyas que adornan su vestidura. También sus sandalias…

Y  pone todo sobre el lecho asiento más próximo. A continuación, toma entre sus manos los pies de Jesús y le desata las sandalias. Primero el derecho, luego el izquierdo. Las pone en el suelo.

Enseguida besa con gran llanto los pies divinos y apoya su frente contra ellos. Los acaricia, mientras las lágrimas caen como una lluvia torrencial que brilla al esplendor de la lámpara; bañándolos completamente…

Jesús, lentamente vuelve la cabeza. Su mirada azul-zafiro se detiene por un instante en aquella cabeza inclinada. Una mirada que absuelve. Luego vuelve a mirar al centro…  Y la deja que se desahogue libremente…

Pero los fariseos se mofan de ella. Se miran mutuamente con muchos guiños y sobreentendidos. Se sonríen con sarcasmo.

Simón se endereza por un momento, para ver mejor. Y su mirada refleja un deseo; un tormento; una ironía. Un deseo por la mujer; esto se nota muy claro. Un tormento; porque entró sin permiso y eso significa que ella frecuenta su casa. Una ironía para Jesús…

Pero ella no se preocupa por nada.

Continúa llorando con todas sus fuerzas, sin  miedo alguno. Una cascada de lágrimas silenciosas, que se mezclan con profundos suspiros. Luego se despeina. Se quita las peinetas de oro que sostienen el complicado peinado y las pone junto a las otras joyas.

Las guedejas doradas caen sobre su espalda. Las toma con ambas manos y las pone sobre su pecho. Enseguida las pasa sobre los pies de Jesús, hasta que los ve secos…

La redimida enamorada, usa los medios humanos para demostrar su amor a Jesús: las lágrimas, los cabellos… No el agua, sino lágrimas. Gotas del corazón… Humor no contaminado con gérmenes impuros. Filtrado por el amor y el arrepentimiento. Rendido digno de Dios y juzgado precioso por Dios; porque es la señal de un espíritu que ha comprendido la Verdad.

No linos; sino los cabellos… seda viva de la cual la mujer hace una seducción y un culto y que la regenerada por la gracia humilla al hacerlos toalla de las plantas de su Salvador…

Entonces mete los dedos en la jarrita y saca una pomada ligeramente amarilla y olorosísima. Un aroma de lirios y tuberosas se extiende por toda la sala del banquete. Ella introduce los dedos una y otra vez, extendiendo el bálsamo; mientras besa y acaricia los pies divinos…

El perfume: uno de los instrumentos enseñados por Satanás a la mujer y que la mujer convertida a Dios, destruye para hacer bálsamo a su Señor. Pero nadie comprende esto…

Jesús ve y cuenta aquellas lágrimas que caen contritas. Aquellas caricias de mechones que no ponen en contacto la carne impura con la Inmaculada, sino que han puesto un velo entre la una y la otra. Y que por lo mismo; no puede ser desdeñado por Dios… Aquellas gotas de nardo, mucho menos perfumado, que el amor de quién las esparce…

Simón el fariseo está escandalizado porque ella lo toca… Pero ¿Puede escandalizarse uno que es escándalo?…  De su lóbrego corazón brota la impureza y mancha todo lo que ve con la malicia…

Cada lágrima y cada gota de nardo son una profesión de amor y una confesión de error…

Jesús, de vez en cuando la mira con amorosa piedad.

Juan, que ha volteado sorprendido al oír el llanto; ahora mira a Jesús… luego al grupo y enseguida a la mujer.

El fariseo anfitrión ha estado pensativo, diciéndose interiormente: ‘Si este hombre fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer, es la que lo toca: ¡Una pecadora!… –y su rostro se vuelve más y más ceñudo.

Y mientras la mirada desdeñosa de Simón el Fariseo, al cual hay mucho que reprocharle; mortifica a la arrepentida con las palabras de una escandalizada e hipócrita reflexión, sobre ésta voluntaria, valerosa, humilde profesión de fe; de arrepentimiento y de amor…

Jesús toma la palabra y dice:

–                     Simón, tengo algo que decirte.

–                     Dí, Maestro.

–                     Un prestamista tenía dos deudores. Uno le debía quinientas monedas y el otro, cincuenta. Cómo no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cual de los dos crees que lo querrá más?

–                     Pienso que aquel al que le perdonó más.

–                     Juzgaste bien.

Jesús mira a la Magdalena, es una mirada de completa absolución de todo el pasado. Ha sido lavado con su llanto. Sus tinieblas han sido vencidas con la luz del Amor. Y en su corazón que ha sido instrumento del Mal… En su mismo corazón ha encontrado el camino del Bien.

Y volviéndose a ella; sigue diciendo a Simón:

–                     ¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me ofreciste agua para los pies; mientras que ella los mojó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste al llegar… Pero ella desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies con sus besos.

No me echaste aceite en la cabeza… Y ella en cambio derramó perfume en mis pies. Por eso te digo que todos sus pecados; sus numerosos pecados; le quedan perdonados por el mucho amor que demostró. Pero aquel a quién se le perdona poco, demuestra poco amor.

Jesús lo ha dicho con un tono y una mirada que traspasa a Simón el fariseo. Una mirada que es todo un discurso… Mental…

Y que llega también a todos los que se han escandalizado al oír las últimas palabras de Jesús, pues se preguntaron: ‘¿Quién es este hombre que ahora pretende perdonar los pecados?…

Jesús responde más de lo que se le ha preguntado…

Aquel al que nada se le oculta de los pensamientos humanos… El Espíritu de Jesús, a través de su mirada, ha dicho al Fariseo y a sus compañeros:

–                     No hagas insinuaciones perversas, para justificarte tú mismo ante tus ojos. Yo no tengo tu ansia sexual. Ésta no ha venido a Mí, porque el sexo la haya traído.No Soy como tú, ni como tus compañeros. Ha venido porque mis palabras la iluminaron en su alma; en la que la lujuria había creado tinieblas e incredulidad. Ha venido porque quiere vencer los sentidos.

Y comprende que siendo una pobre criatura, por sí sola no puede lograrlo. Ama en Mí al Espíritu de Dios, al cual ha reconocido… Después de tantos males que recibió de todos vosotros, que habéis disfrutado de su debilidad y que le habéis pagado con los azotes del desprecio.

Viene a Mí, porque siente haber encontrado al Bien; la alegría, la paz, que inútilmente buscó entre las pompas del Mundo.

Cúrate de esta lepra tuya que tienes en el alma, fariseo hipócrita. Aprende a juzgar rectamente las cosas. Despójate de la soberbia de la inteligencia y de la lujuria de la carne. Éstas son las lepras más hediondas de vuestras personas.

 Puedo curaros de la lepra del cuerpo, si me lo pedís. Pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis curaros. Porque os gusta y amáis vuestros vicios.

Esta quiere curarse y mira como la limpio.Mira cómo le quito las cadenas de su esclavitud. La pecadora está muerta.Ha quedado ahí, en aquellos adornos que se avergüenza de ofrecer, para que Yo los santifique al usarlos en mis necesidades y las de mis discípulos. Y también en las de los pobres que socorro con lo superfluo de los demás; porque Yo, el Señor del Universo; no poseo nada, ahora que Soy el salvador del Hombre.

Ella está ahí, en ese perfume derramado a mis pies; que ha usado en la parte de mi cuerpo a la que no te dignaste dar un poco de agua fresca, a pesar de haber caminado tanto, para traerte a ti también, la Luz.

La pecadora está muerta. Ha renacido María. Es bella como una niña pudorosa. Se ha lavado con el llanto.

En verdad te digo, ¡Oh, Fariseo! Que entre aquella que me ama con su juventud pura y ésta que me ama con su sincera contrición, de un corazón que ha vuelto a nacer a la Gracia, no hago ninguna diferencia.

Y al que es puro y a la arrepentida, les doy el encargo de comprender mi Pensamiento, como no lo he hecho con nadie. Ella se honrará de dar el último tributo de honor a mi Cuerpo y recibirá el primer saludo, después de mi Madre, en mi Resurrección.

              Este mensaje mental penetró como una saeta ardiente en aquellas almas muertas y voraces. Ellos entendieron su mudo lenguaje, que contiene mayores reproches, que los que hubiese habido en sus Palabras. Y el viejo fariseo envidioso, baja la cabeza.

Luego Jesús dice a María con infinito Amor:

–                     Tus pecados te quedan perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

Y Jesús, con un gesto benignísimo; le pone por un momento la mano, sobre la cabeza inclinada.

Ella abandona a sus pies las joyas. Se echa encima el velo, cubriendo su cabeza despeinada. Y con los pies descalzos, se retira sin dar la espalda; adorando al Señor, tal y como se hace en el Templo; ante el Santo de los santos.

Fue amada porque mucho amó. Y porque mucho amó; TODO se le perdonó.

Dios perdona todo a quién le ama con todo su ser.

María Magdalena; como los Tres Reyes magos que adoraron a la Divinidad Encarnada de Jesús; humilló tres dones a los pies divinos: el corazón a través del llanto. La carne a través de los cabellos; la mente a través del perfume. Así es el que ama con todo. Da sin retener NADA para sí; ni siquiera el soplo vital.  

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA