Archivos diarios: 8/10/12

68.- EL PARANINFO


Días después…

En el camino que viene del lago de Merón  al de Galilea; cerca de un riachuelo y junto a un prado, a la sombra de una arboleda, Jesús está con Zelote y Bartolomé. Hace mucho calor y aun así, viene mucha gente detrás de los tres grupos que predicaron en la campiña. Los curados forman un grupo aparte y conforme van llegando, se sientan entre los árboles y su alegría es tan grande, que no les importa el cansancio, ni el calor, ni el polvo, ni la luz deslumbradora del sol.

Cuando el grupo que capitanea Judas Tadeo, llega hasta donde está Jesús; es notable el cansancio en todos los que lo forman.

El último en llegar es el capitaneado por Pedro, en el que hay muchos de Corozaím y Betsaida.

Pedro dice:

–                     Hicimos lo que se pudo, Maestro. Pero sería necesario que hubiese más grupos. ¿Ves? No se puede caminar mucho por el calor. Parece como si el mundo creciera en distancias. Jamás me hubiera imaginado que Galilea fuese tan vasta. Y los que sienten necesidad y deseo de verte son muchos.

Tadeo explica:

–                     No es que el mundo se extienda Simón. ¡Es que muchos conocen a nuestro Maestro!

Santiago de Zebedeo confirma:

–                     Sí. Es verdad. Mira cuánta gente nos ha seguido.

Andrés quiere dar ánimos:

–                     En Octubre vendrán también los pastores.

Pedro responde:

–                     ¡Ah, sí! Pastores. Discípulos. ¡Bonita ayuda! No sirven más que para decir: ¡Jesús es el Salvador! ¡Allí está!

–                     Pero al menos la gente sabrá dónde se encuentra.

Jesús habla:

–                     Tienes razón, Simón Pedro, también siento compasión por estas almas y por esta gente. Vosotros debéis ayudarme con todas vuestras fuerzas espirituales, morales y físicas. Deberéis aprender a ir no solo a grupos numerosos, sino a verdaderas multitudes.

Y a ellas mandaremos a los mejores discípulos. Porque realmente la mies es mucha. ¡Oh! En este verano os prepararé para esta gran misión. Rogad al Dueño de la Tierra, que mande muchos operarios a su mies.

Santiago de Alfeo, dice:

–                     Sí, Señor mío. Pero eso no cambiará gran cosa la situación de éstos que te buscan.

–                     ¿Por qué hermano?

–                     Porque no buscan sólo doctrina y Palabra de Vida. Sino que se les cure en sus debilidades, enfermedades. En todo lo que Satanás o la vida les ha causado mal; en su cuerpo o en su alma. Y esto solo Tú puedes hacerlo, porque en Ti existe el Poder.

–                     Aquellos que conmigo formen una sola cosa, llegarán a hacer lo que Yo hago. Y se socorrerá a los pobres en todas sus miserias. Pero todavía no poseéis en vosotros lo que es necesario para llegar a esto. Esforzaos en superaros a vosotros mismos.

En pisotear vuestra debilidad humana, para hacer triunfar el espíritu. Asimilad no solo mis palabras, sino su espíritu. Esto es, santificaos por medio de ella y luego podréis todo. Y ahora vamos a decirles la Palabra de Dios. Porque son muchos los que la están esperando…

Se dirige a  los que están sentados bajo los árboles y que miran a donde está Él, con ansias de oírlo.

Jesús les habla de la Parábola del Tesoro en el Campo y del Reino de Dios. Cuando los despide, la gente se dispersa lentamente por los caminos y veredas de la campiña; mientras Jesús, acompañado de los Doce, se dirige a Cafarnaúm, envuelto en la tarde que va bajando.

Tomás pregunta:

–                     Señor, ¿Es verdad que María de Mágdala pidió perdón en la casa del Fariseo Simón?

–                     Es verdad, Tomás.

Felipe pregunta:

–                     ¿Y Tú se lo concediste?

–                     Se lo di.

Bartolomé exclama:

–                     ¡Hiciste mal!

–                     ¿Por qué? Era un arrepentimiento sincero y merecía perdón.

Judas de Keriot reprocha:

–                     Pero no debiste dárselo en aquella casa. Públicamente…

Jesús dice:

–                     No veo en qué me haya equivocado.

Judas señala:

–                     En esto: tú sabes quienes son los fariseos, cuantas cavilaciones tienen en la cabeza. Cómo te espían, te calumnian, te odian. Tenías en Cafarnaúm un amigo que era Simón, ¡Y llamas a su casa a una prostituta para profanársela! Hiciste que todos se escandalicen de tu amigo Simón.

–                     Yo no la llamé. Ella vino. No era una prostituta, era una arrepentida. Esto cambia todo. Si antes no se sentía asco en acercarse a ella y en desearla siempre, aún en mi Presencia. Ahora no es más un cuerpo, sino un alma.

No se debe tener repugnancia en verla entrar para arrodillarse a mis pies y para llorar al acusarse. Envilecerse en una confesión humilde, pública, que manifestó con su llanto.

La casa de Simón el Fariseo se ha santificado con un gran milagro: con la resurrección de un alma. Hace unos cinco días que me preguntó en la plaza de Cafarnaúm: ‘¿Hiciste sólo éste milagro?’ y él solo se respondió: ‘Ciertamente que no’  Pues ardía en deseos de ver uno. Se lo di. Lo elegí para que fuese testigo, para que fuese Paraninfo en los esponsalicios de un alma con la Gracia. Debería estar orgulloso.

–                     Y es al contrario. Está escandalizado. Has perdido un amigo…

–                     Encontré un alma. Merece un hombre perder la pobre amistad de un hombre, si con ello se hace regresar una alma a la amistad con Dios.

–                     ¡Es inútil! Contigo no se puede reflexionar a la manera humana. Estamos en la Tierra, Maestro. Acuérdate de ello. Rigen las leyes y las ideas de la tierra.

Tú obras con el método del Cielo. Te mueves en tu Cielo que tanto amas. Todo lo ves a través de las luces del Cielo. ¡Pobre Maestro mío! ¡Cuán divinamente inepto eres para vivir entre nosotros, los perversos!

Judas de Keriot lo abraza entre admirado y triste.

Y agrega:

–                     Siento en el alma que te hagas de tantos y peligrosos enemigos, por demasiada perfección.

–                     No te acongojes Judas. Está escrito que así sea. Pero… ¿Cómo sabes que Simón se ofendió?

–                     No dijo haberse ofendido. Sino que a mí y a Tomás, nos dio a entender que eso no estaba bien. No debías haberla invitado a su casa, donde solo entran personas honestas.

Pedro exclama:

–                     ¡Ja! ¡Ja! Es mejor que no toquemos la honestidad de Simón.

Mateo agrega:

–                     Podría asegurar que el sudor de las prostitutas se ha filtrado en el pavimento de la casa de Simón, en sus mesas y en otros lugares más íntimos…

Judas objeta:

–                     Pero no públicamente…

Pedro sentencia:

–                     Los representantes de Dios, debieran ser santos en todo lugar… Y en privado no temen contaminarse… Todos en el Templo se conocen perfectamente. Y que son viciosos, todos lo sabemos.

En sus uniones asquerosas con prostitutas, se entiende que también los demonios, gustosos cambian de casa… ¡Por eso odian a Jesús!… ¡Y pretenden servir a Dios!… Y tienes razón. Públicamente no… Lo hacen con hipocresías, para ocultar el hecho.

Judas intenta defender:

–                     Pero entonces todo cambia…

Mateo interviene:

–                     También cambia cuando una prostituta entra para decir: ‘Dejo mi pecado infame’ Y no es lo mismo cuando otra dice: ‘Ya vine. Aquí estoy para que cometamos juntos el pecado’

Todos dicen:

–                     Mateo tiene razón.

Judas confirma:

–                     Si. Tiene razón. Pero ellos no piensan como nosotros. Es menester que hagamos transacciones con ellos. Que nos adaptemos a ellos para que sean nuestros amigos.

Jesús dice con voz fuerte:

–                     ¡Esto jamás, Judas! En la verdad; en la honestidad; en la conducta moral; no existen adaptaciones, ni transacciones. Por otra parte me consta que hice bien y es suficiente.

La tajante respuesta es determinante. Caminan un rato en silencio.

Luego Jesús se detiene y dice a todos:

–                     Escuchad: María caminará mucho desde este amanecer de su redención. Mucho. El amor la ha arrebatado como un torbellino, hacia arriba y hacia adelante. El amor la ha consumado como una hoguera; destruyendo en ella la carne impura y haciendo de ella un espíritu purificado. El arrepentimiento y el amor la han limpiado con el fuego de los serafines, hasta convertirla en un serafín.

Díganlo a las almas que no se atreven a venir a Mí, porque se sienten culpables. Mucho. Mucho se ha perdonado a quién mucho me ama. No podéis comprender pobres almas, cuanto os ama el Salvador. No tengáis miedo de Mí. Venid con confianza, con valor. Invocad el Nombre de Jesús y Yo os abro el corazón y los brazos.

No hago ninguna diferencia entre el que me ama con su pureza íntegra y el que me ama con su sincera contrición, de un corazón que ha renacido a la Gracia. Soy el Salvador. Acordaos siempre de esto. Siempre vengo cuando alguien ‘trata de comprender’ No soy un Dios duro y severo.

Soy Misericordia viviente. Y más rápido que el pensamiento, llego a quién se vuelve a Mí. Igual que hice con la pobre María de Mágdala, que estaba tan inveterada en el pecado. Veloz fui con mi espíritu, apenas sentí que se levantaba en ella el deseo de comprender.

Comprender la Luz de Dios y comprender su estado de tinieblas. Y me hice luz para ella, aquel día en que se acercó siguiendo el impulso de su corazón que luchaba contra la carne que la había esclavizado.

No tenía ante mis ojos sino a ella, con su pobre carita envuelta en una tempestad. Con la forzada sonrisa que escondía bajo un vestido que no era suyo y que era un desafío al mundo y a sí misma, con ese gran llanto interno.

Yo solo la veía a ella: a la ovejita metida entre las espinas. A ella que sentía náuseas de su vida…

No dije palabras llamativas. Ni toqué un argumento que se pudiera referir a ella, que era bien conocida como una pecadora. Para no mortificarla y para no obligarla a huir; avergonzándose de haber venido.

No toqué ese argumento. Dejé que mi palabra y mi mirada bajasen en ella y fermentasen; para que el impulso de un momento, se convirtiera en el futuro glorioso de una santa. Hablé con la más dulce de las parábolas: un rayo de luz, de bondad, derramada sobre su alma.

Y esa tarde, cuando entré en la casa del rico soberbio en la que mi Palabra no podía fermentar para una gloria futura, porque es esterilizada con la soberbia farisea. Yo sabía bien que ella vendría, después de haber llorado mucho en su habitación donde pecó; bajo la luz de aquel llanto que decidió su porvenir.

Los hombres que ardieron de lujuria al verla entrar, se alegraron en su carne y en su pensamiento. Todos menos Yo y Juan, la desearon. Todos creyeron que había ido por uno de esos caprichos que bajo la presión del Demonio, la arrojaban en aventuras imprevistas. Pero Satanás estaba ya vencido. Y sintieron envidia al ver que a ninguno de ellos se dirigía, sino a Mí.

El hombre cuando solo es carne y sangre, ensucia aún las cosas más puras. Sólo los puros ven lo justo, porque el pecado no turba su pensamiento. Que el hombre no comprenda esto, no debe asustarlo. Dios comprende y es suficiente para el Cielo.

La pobre María de Mágdala será siempre juzgada mal en sus buenas acciones. Pero no en las malas, porque se prestaban a ser bocados de lujuria para la insaciable hambre de los libidinosos.

Se le criticó y se le juzgó mal en la casa de Simón el fariseo; porque tanto él como sus amigos eran lujuriosos. La voracidad de los sentidos y del dinero, levantan su voz para criticar una acción buena.

Los buenos no critican. Jamás. Comprenden. Por eso repito. No importa la crítica del mundo, lo que importa es lo que piensa Dios.

Jesús calla y siguen caminando. Llegan a Cafarnaúm cuando ha entrado la noche. En silencio atraviesan la ciudad bajo la luz de la luna que es la única lámpara que hay por las callejuelas oscuras.

Entran al huerto que da al lado de la casa, pensando que ya todos están dormidos. Sin embargo hay una luz en la cocina, donde se ven tres sombras.

Pedro dice:

–                     Maestro, hay gente esperándote. Pero las cosas no pueden seguir así. Ahora mismo voy a decirles que estás muy cansado. Vete mientras a la terraza.

–                     No, Simón. Voy a la cocina. Si Tomás entretuvo a esas personas, es señal de que hay un motivo serio.

Jesús entra y encuentra a Martha llorando. Tomás y el siervo se retiran discretos.

Jesús saluda:

–                     La paz sea contigo, Martha.

Un sollozo es la respuesta.

–                     ¿Todavía lloras? ¿Pero no eres feliz?

Martha con su cabeza dice que no.

–                     ¡Qué pues!

Sigue una larga pausa llena de sollozos. Luego:

–                     Hace muchas noches que María no ha regresado. Y no la encontramos. Mandó preparar su carro. Iba muy pomposa y con sus vestiduras más elegantes. ¡Oh! No quiso ponerse otra vez los míos.

No iba semidesnuda, pero iba muy provocativa. Se llevó consigo, muchas joyas y perfumes. Y no ha regresado. Devolvió al siervo en las primeras casas de Cafarnaúm, diciéndole: ‘Volveré con otra compañía’ pero no ha regresado. ¡Nos engañó!

Y Martha se deja caer de rodillas, llorando.

Jesús, con su mirada dominadora, le dice despacio con tono seguro:

–                     No llores. Hace tres noches que María vino a Mí. Me embalsamó los pies y junto a ellos puso todos sus joyeles. De este modo se ha consagrado y para siempre. Y ocupa un lugar entre mis discípulas. No la denigres en tu corazón. Te ha ganado.

Martha grita con el rostro desencajado:

–                     ¿Pero dónde está mi hermana? ¿Por qué no regresó a casa? ¿Acaso la raptó algún amante? ¡Oh, María! La…

Martha está fuera de sí. Desesperada.

Jesús la toma por los puños y la hace que se aquiete con su fuerza hercúlea y que lo escuche, con su mirada magnética:

–                     ¡Basta! ¡Exijo de ti fe en mis palabras! Exijo de ti generosidad. ¿Has entendido?

No la suelta hasta que ve que se tranquiliza un poco…

Luego le dice:

–                     Tu hermana fue a disfrutar de su alegría en medio de una soledad santa, porque existe en ella el pudor supersensible de los redimidos. Te lo dije antes. No puede soportar que sus familiares la miren dulce, pero escrutadoramente en su vestido de esposa de la Gracia. Lo que digo, siempre es verdad. Me debes creer.

–                     Sí, Señor. Sí. Pero María ha sido por mucho tiempo presa del Demonio. La ha vuelto a tomar él…

–                     Él se está vengando en ti, por la presa que perdió para siempre. ¿Acaso debo ver que tú, la fuerte; te conviertes en su presa por un miedo necio que no tiene razón de ser? ¿Debo ahora ver que por causa de ella que cree en Mí, pierdes tú la radiante fe que siempre has manifestado?

¡Martha! Mírame bien y escúchame. ¡No escuches a Satanás! ¿No sabes que cuando se ve obligado a abandonar la presa, porque Dios lo ha vencido? ¿Este incansable atormentador de los hombres y ladrón de los derechos de Dios; se las ingenia inmediatamente, para encontrar otras presas?

¿No sabes que los tormentos de un tercero que resiste sus asaltos porque es bueno y fiel; son los que dan consistencia a la curación de un corazón? ¿No sabes que todo lo que sucede y existe en lo creado, está ligado y sigue una ley eterna de dependencia y de consecuencias? ¿Por lo que la acción de uno tiene repercusiones naturales y sobrenaturales vastísimas?

Tú llora aquí. Tú que conoces la duda cruel y continúas siendo fiel a tu Mesías, aún en esta hora de tinieblas. Y allá, en un lugar no muy lejano; María siente que se despeja su última duda de haber sido perdonada. Su llanto se cambia en una sonrisa y sus sombras en luz. Fue tu tormento el que la guió allá, donde hay paz. Allá donde se regeneran las almas, junto a la Mujer sin Mancha… tu hermana está con mi Madre. ¡Oh! ¡Tu hermana está en Nazareth!…  

–                     Pero, ¿Cómo fue a tu casa, si no conoce a tu Madre? Sola, sin medios, ¡Con aquel vestido!… Un camino tan largo. ¿Cómo?…

–                     ¿Cómo? Como regresa la golondrina cansada a su nido que la vio nacer. Atravesando mares y montes. Superando tempestades. Guiadas por el instinto, por el sol que las llama. También ella corrió al rayo de Luz que la llamaba… a la Madre Universal.

Y la veremos regresar con la aurora; feliz. Porque ha salido para siempre de las tinieblas, con una mamá a su lado, la mía. Para ya no ser jamás una huérfana. ¿Puedes creer esto?

–                     Sí, Señor mío.

Martha está como fascinada.

Jesús fue severo con la discípula perturbada… pero al final, ¡Qué luz hay en su mirada y en su sonrisa!  Cuando le dice:

–                     Ahora vete a descansar tranquilamente.

Martha le besa las manos y se va serena.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA