Archivos diarios: 14/10/12

74.- FLOR DE GRECIA


El mar es un verdadero milagro de belleza. Majestuosamente mueve sus olas coronadas de espuma. El crepúsculo tiñe de oro y violeta el horizonte.

Jesús dice a las discípulas:

–                     Pronto terminará en Cesárea vuestra fatiga, hermanas y también nosotros descansaremos. Vuestro carro os estará esperando y nos separaremos… ¿Por qué lloras, María? ¿Tendré que ver que todas las Marías lloran? –pregunta Jesús a Magdalena.

Martha trata de excusarla:

–                     Le duele dejarte.

María hace señal con la cabeza de que no llora por eso.

Y Zelote da la explicación:

–                     Tiene miedo de no ser siempre buena sin tu cercanía. Teme que será tentada muy fuertemente, cuando no estés cerca para alejar al Demonio. Hace poco me hablaba de ello.

Jesús dice:

–                     No tengas miedo por esto. Jamás retiro la Gracia que di. ¿Quieres pecar?

–                     No.

–                     ¿No? Entonces no te intranquilices. Está atenta, eso sí. Pero no tengas miedo.

–                     Señor. lloro también porque en Cesárea… Cesárea está llena de mis pecados. Ahora los veo todos… Tendré que sufrir mucho en mi ser humano.

–                     Me alegro de saberlo… Entre más sufras, mejor. Porque después no sufrirás con estas penas inútiles. María de Teófilo, quiero recordarte que eres hija de un valiente y que eres un alma fuerte. Yo quiero hacerte fortísima.

Compadezco las debilidades en las otras, porque han sido siempre mujeres mansas y tímidas, incluyendo a tu hermana. En ti no lo soporto. Te forjaré con el fuego y en el yunque; para que estés tan templada y no eches a perder el milagro de tu voluntad y la mía.

Esto tenlo en cuenta y quien de los presentes o de los ausentes pueda pensar que Yo porque te quiero mucho, voy a ser débil contigo. Te permito que llores por arrepentimiento y por amor. No por otra cosa. ¿Has entendido? – Jesús es claro y severo.

María de Mágdala lucha por controlar sus lágrimas y sollozos. Cae a los pies de Jesús. Se los besa y los moja con sus lágrimas.

Trata de decir con serenidad:

–                      Sí, Señor mío. Haré lo que quieres.

–                     Levántate y está tranquila.

Continúan caminando a lo largo de la costa. Llegan a una zona que está llena de gente que pasea a la luz de las antorchas o linternas que portan esclavos y que respira el aire y la brisa que viene del mar. Un gran consuelo para los pulmones cansados del bochorno estival.

La larga playa parece un salón vastísimo lleno de ricos paseantes a la hora más social. Pasar por ahí significa que lo desmenucen a uno completamente.

Y sin embargo, Jesús pasa por allí… a lo largo de la playa, sin importarle que lo vean; que hablen de Él; que se rían…

Lidia la romana, está sentada en una silla plegadiza a la orilla de la vía. Se pone de pie y pregunta:

–                     ¡Maestro! ¿Tú aquí? ¿A esta hora?

Jesús contesta:

–                     Se me ha hecho tarde en busca de alojamiento.

–                     Te diría que aquí está mi casa. –y señala una hermosa villa, detrás de ella- pero no sé si…

–                     No. Te lo agradezco. Vienen conmigo muchas personas y dos de ellas ya se adelantaron a donde vamos a llegar. Buenas noches, Lidia.

–                     Adiós, Maestro.

Jesús sigue adelante y los ojos de Lidia recorren las caras de las mujeres y al punto descubre a Magdalena.

Y exclama:

–                     ¡María! ¿Tú? Pero, ¿Entonces es verdad?

En los ojos de María hay una mirada de cierva acorralada. Una mirada llena de tormento. Y tiene razón, porque no solo a Lidia debe hacer frente; sino a muchos que la están mirando… Pero también ella mira a Jesús y cobra fuerzas.

Respira hondo sonríe y dice con firmeza:

–                     Es verdad.

–                     Entonces, ¡Te hemos perdido!

–                     No. Me habéis encontrado. Por lo menos espero volver a encontrarte algún día y con una amistad mejor en el camino que por fin encontré. Dilo a todos los que me conocen, te lo ruego. Hasta la vista Lidia. Olvida todo el mal que me viste hacer. Te ruego que me perdones…

–                     Pero María, ¿Por qué te envileces? Hemos vivido la misma vida de ricas desvergonzadas y no hay…

–                     No. Llevé una vida peor. Pero he salido de ella y para siempre.

–                     Dime la verdad, ¿Estás verdaderamente convencida?

–                     Convencida no. Feliz de ser discípula. Sólo una cosa lamento y es no haber conocido antes la   Luz. Y también haber comido fango en lugar de haberme alimentado de Ella. Hasta la vista, Lidia.

La respuesta suena clara en el silencio que rodea a las dos mujeres. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada.

María se vuelve rápida y trata de alcanzar al Maestro. Pero un joven romano, se le para por delante.

–                     ¿Es tu última locura? –dice tratando de abrazarla, pero como está medio borracho, no lo consigue.

Y María se le escapa gritándole:

–                     No. Es mi única sabiduría.

Alcanza a sus compañeras que van cubiertas con sus velos como si fueran mahometanas.

Martha le pregunta:

–                     María, ¿Has sufrido mucho?

–                     No. Tiene razón el Maestro. Ya no sufriré más por esto. No vale la pena.

Y siguen su camino.

Al día siguiente al atardecer, el sol se hunde en el horizonte. El mar parece que hierve de rojo, porque refleja el cielo; con ese rojo tan avasallador, que parece irreal. Es como si el firmamento se hubiera bañado de sangre.

A pesar de la brisa marina, todavía hace calor. Van caminando a la orilla del mar, para esquivar el ardor del terreno seco. Muchos se han quitado las sandalias y levantado los vestidos para ir en el agua.

Pedro afirma:

–                     Si no estuvieran las discípulas, me metería desnudo a nadar.

Pero debe salir también de allí, porque Magdalena dice:

–                     Maestro, conozco muy bien esta zona. ¿Ves allá donde el mar tiene aquella mancha amarilla, en su azul? Allí desemboca un río y es necesario saber vadearlo…

Pedro exclama:

–                     ¡Oh! ¡Hemos vadeado tantos! ¡No será el Nilo! Este también lo vadearemos.

–                     No es el Nilo, pero en sus aguas y en sus riberas, hay animales nocivos. Es necesario pasar con cuidado y no quitarse las sandalias, para no hacerse daño.

–                     ¡Oh! ¿Qué clase de bichos son? ¿Leviatanes?

–                     Dijiste bien, Simón. Se trata de cocodrilos. Aunque pequeños, son lo suficientemente grandes, para no dejarte caminar por un espacio.

–                     ¿Y qué hacen ahí?

–                     Creo que los fenicios los trajeron por razón de culto. Son pequeños y muy agresivos. Hay algunos grandes. Los romanos suelen venir aquí, para cazarlos y para divertirse… También yo venía con ellos. Las pieles son bellas y sirven para muchas cosas. Dejad que mi experiencia os guíe.

Pedro dice:

–                     Está bien. Me gustaría verlos.

–                     Tal vez veremos alguno, a pesar de que la caza los está exterminando.

Dejan la ribera y siguen por el camino principal. Llegan a un puente que cruza un río grande, que por ahora no lleva mucha agua. Hay muchas espadañas y cañas que forman pequeños islotes. La ribera tiene zarzas y árboles tupidos.

Revisan bien y no ven ningún animal, dejando a varios desilusionados. Pero cuando están a punto de atravesar el puente, Martha grita y retrocede aterrorizada. Un animal que se parece mucho al cocodrilo, está atravesado sobre el camino, como si estuviese dormido.

Magdalena dice:

–                     No tengas miedo. Cuando están allí no son peligrosos. Lo malo es cuando se esconden y pasa uno sin verlos. – y tomando una piedra, se la tira. Éste al sentirse golpeado en el costado, escapa entre la arena y se sumerge en el agua lodosa.

Pedro dice:

–                     De veras que es feo.

Judas pregunta:

–                     ¿Es verdad, Maestro que en otros tiempos les daban de comer víctimas humanas?

Jesús contesta:

–                     Se le consideraba un animal sagrado y así como nosotros ofrecemos un sacrificio a nuestro Dios, los idólatras lo hacían a su manera.

Susana pregunta:

–                     Pero, ¿Aún lo hacen?

Juan de Endor contesta:

–                     Sí. En algunos lugares idólatras.

–                     ¡Dios mío! Pero se los darán muertos, ¿O no?

–                     No. Se los dan vivos. Niños y niñas. Las primicias del pueblo.

Las mujeres lo miran espantadas.

Martha gime aterrorizada:

–                     ¡Oh! ¿Y si hay más animales de esos?…

Ermasteo dice:

–                     No tengas miedo. Basta con hacer algo de ruido y escapan. Soy práctico, he estado varias veces en el Bajo Egipto.- y golpea entre sí un par de varas.

Después de cruzar el punto peligroso…

Jesús pregunta:

–                     ¿Qué es lo que se mueve en aquellos zarzales?

Martha se espanta:

–                     ¡Oh, no! Otro cocodrilo…

Las hojas se mueven y se asoma una cara humana. Es una mujer que los mira y huye hacia la campiña con un alarido.

Todos preguntan perplejos:

–                     ¿Leprosa?

–                     ¿Loca?

–                     ¿Endemoniada?

Pero la mujer regresa corriendo, porque viene un carro romano y se encuentra acorralada. Es una joven muy bella, a pesar de sus vestidos desgarrados y su cabellera en desorden.

Jesús le dice con imperio:

–                     ¡Mujer! ¡Ven aquí!

Ella extiende sus brazos suplicantes:

–                     ¡No me hagas daño!

–                     Ven aquí. ¿Quién eres? No te haré ningún mal. –Y su voz es tan dulce que la persuade.

Ella se adelanta, se inclina y cae al suelo, diciendo:

–                     Quienquiera que seas, ten piedad de mí. Mátame pero no me entregues a mi patrón. Soy una esclava que se escapó…

–                     ¿Quién es tu patrón? ¿De dónde eres?

–                     Soy griega. La esclava griega de… ¡Oh, piedad! ¡Escondedme!… ¡El amo se acerca!…

Todos forman un círculo entorno a la infeliz que está agazapada en el suelo. El vestido desgarrado por las espinas, muestra su espalda surcada por los golpes y rasguños. El carro pasa sin que nadie de los que van en él, muestre interés por el grupo.

Jesús dice:

–                     Se han ido. Habla. Si podemos, te ayudaremos… -y le pone la punta de sus dedos, sobre la cabellera despeinada.

–                     Soy Síntica. Esclava griega de un noble romano, del séquito del Procónsul.

Magdalena exclama:

–                     ¡Entonces eres la esclava de Valeriano!

La infeliz suplica llorando:

–                     ¡Oh! ¡Piedad! ¡Piedad! No me denuncies a él…

Magdalena responde:

–                     No tengas miedo. Jamás volveré a hablar con Valeriano. –Y dice el por qué a Jesús- Es uno de los romanos más ricos y más repugnantes que hay acá. Es tan asqueroso, como cruel.

Jesús le pregunta:

–                     ¿Por qué has huido?

Ella levanta su cabeza con dignidad:

–                     Porque tengo un alma. No soy una mercancía. El me compró, es verdad. Podrá haber comprado mi persona para que embellezca su casa; para que le alegre las horas con leerle. Para que le sirva, pero nada más. ¡El alma es mía! No es cosa que se compre. Y él quería también ésta.

–                     ¿Qué sabes tú del alma?

–                     No soy literata, Señor. Soy botín de guerra desde mi más tierna edad. Pero no plebeya. Este es ni tercer dueño y es un fauno asqueroso. Pero en mí todavía estás las palabras de nuestros filósofos. Y sé que no somos sólo carne. hay algo inmortal encerrado en nosotros. Algo que no podemos definir claramente, pero hace poco que sé su nombre.

Un día pasó un hombre por Cesárea, hace como un año. Haciendo prodigios y hablando mejor que Sócrates y Platón. Mucho se ha hablado de Él, en las termas y en los banquetes o en los Pórticos Dorados; ensuciando su dulce Nombre al pronunciarlo en las salas de las inmundas orgías.

Y mi patrón; exactamente a mí, que ya sentía tener algo inmortal que pertenece solo a Dios y que no se compra como si fuera una mercancía; en los mercados de esclavos me hizo leer otra vez las obras de los filósofos; para comparar y buscar si esta cosa que ignoramos; que el Hombre que llegó de Cesárea, la llamó con el nombre de ‘alma’, estaba descrita en ellos. ¡El me hizo leer esto!…

Luego, ¡El quería que yo le complaciese en los sentidos! De este modo, llegué a saber que esta cosa inmortal es el alma. Y mientras Valeriano con otros compañeros suyos, escuchaban mi voz… y entre bostezos y eructos, trataban de comprender, parangonar y discutir.

Yo unía las palabras del Desconocido, a las de los filósofos y las ponía de mi parte. Con ellas me creaba una dignidad mucho mayor, para rechazar su pasión insensata…

Una noche, hace poco, me golpeó hasta casi matarme; porque a mordidas lo rechacé… Al día siguiente huí. Hace cinco días que vivo entre aquellos matorrales, recogiendo por la noche, moras y tunas.

Pero terminaré por ser atrapada otra vez, pues sé que anda en mi busca. Le costé mucho dinero y le agrado demasiado, para que me deje en paz.

¡Ten piedad, te lo ruego! Eres hebreo y ciertamente que sabes en donde se encuentra Él. Te ruego que me lleves al Desconocido que habla a los esclavos y galeotes. Y que habla del alma. Me dijeron que es pobre. No me importa sufrir hambre, pero quiero estar cerca de Él, para que me instruya y me levante otra vez.

Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno, aunque se resista a ellos. Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

Jesús dice con cierta admiración y una sonrisa radiante:

–                     El Hombre. El Desconocido que buscas, está delante de ti.

Síntica lo mira asombrada y dice:

–                     ¿Tú? ¡Oh! ¡Dios Desconocido de la Aerópolis! Yo te saludo… -y se postra delante de Él.

–                     Aquí no puedes estar. Estamos cerca de Cesárea.

–                     ¡No me dejes, Señor!

–                     No te dejaré. Estoy pensando…

Magdalena aconseja:

–                     ¡Maestro! Nuestro carro nos espera en el lugar convenido. En nuestra casa estará segura.

Jesús le pregunta:

–                     ¿Quieres venir con nosotros?

–                     Con cualquiera de los tuyos, con tal de que no sea ese hombre. Pero, ¡Esta mujer dice que lo conoce! ¿No me traicionará? ¿Y si me buscan los romanos, no…?

Magdalena le asegura:

–                     No tengas miedo. A Bethania no llegan los romanos y mucho menos los de esa clase.

Las mujeres se la llevan y la visten con un manto de Susana. Luego prosiguen a través de la campiña.

Al día siguiente atraviesan la espléndida llanura de Sarón; exuberante de flores y de frutos. Hay abundancia de manantiales y todo está muy verde y florido.

Pero los apóstoles no aprecian la belleza que los rodea, porque avanzan de mal humor. Parecen cansados, desilusionados y no hablan.

El camino traza una cinta blanca en esta campiña fertilísima y como todavía es temprano, encuentran mercaderes y viajeros que van a Cesárea.

Como si concluyera un discurso mental, Pedro dice:

–                     ¡Para lo que sirvió! No valió la pena haber caminado tanto…

Santiago de Zebedeo, agrega:

–                     ¡Pues claro! ¿Para qué fuimos a Cesárea, si ni siquiera dijo una palabra? Yo pensé que haría algún milagro sorprendente para persuadir a los romanos y sin embargo…

Tomás declara:

–                     ¡Nos expuso a la chacota y basta!

Judas remata:

–                     Y nos hizo sufrir. A Él le gustan las ofensas y piensa que también a nosotros.

Zelote observa tranquilo:

–                     Pero en realidad la que sufrió en esta ocasión; fue María, la hija de Teófilo.

Judas revienta:

–                     ¡María! ¡María! María se ha convertido en el centro del Universo. Nadie sufre, sino ella. Nadie es héroe, sino ella. Nadie tiene que formarse, sino ella. Si hubiese sabido, me hubiese hecho ladrón y homicida, para ser objeto de tanta deferencia.

Santiago de Alfeo, observa:

–                     La vez anterior que vinimos a Cesárea y que Él curó a la niñita romana y evangelizó; nosotros le dimos aflicción con nuestro mal humor, porque lo hizo.

Juan dice con serenidad:

–                     Es que no sabemos lo que queremos, hace de un modo y nos irritamos. Hace al contrario y refunfuñamos. Somos defectuosos.

Judas estalla con su ironía:

–                     ¡Oh! ¡Ahora tenemos al otro sabio que habla! Lo cierto es que hace tiempo que no hace nada bien.

Mateo le refuta:

–                     ¿Nada, Judas? ¿Y la griega? ¿Y Ermasteo, Abel, María, etc.…?

Judas replica fastidiado:

–                     Él ciertamente no fundará su Reino con estos inútiles. –obsesionado como está, con la idea de un  imperio y un triunfo terrenal.

Tadeo dice:

–                     Judas, te ruego que no juzgues las obras de mi hermano. Es algo tan ridículo como si un niño quisiera juzgar a su maestro. Sin reconocer que es una nulidad que quiere sentirse superior. –y se esfuerza por reprimir su profunda antipatía hacia Judas de Keriot.

Judas replica sarcástico:

–                     Te agradezco que te hayas limitado a llamarme ‘niño’. En realidad esperaba que después de haber servido tanto tiempo en el Templo, se me juzgara al menos como un adulto.

Andrés se lamenta:

–                     ¡Oh! ¡Qué fastidiosas son estas disputas!

Mateo observa:

–                     ¡Tienes razón! En vez de formar un solo haz, mientras más vivimos juntos, parece como si más nos separásemos. Hay que recordar que en Sicaminón dijo, que tenemos que estar unidos con la grey. ¿Cómo podremos hacerlo si como pastores no lo estamos?

Judas le replica:

–                     ¿Entonces no se debe hablar? ¿Jamás podremos manifestar nuestro pensamiento? Creo que no somos esclavos.

Simón le responde con calma:

–                     No, Judas. No somos esclavos, pero somos indignos de seguirlo, porque no lo comprendemos.

–                     Yo lo comprendo muy bien.

–                     No. No lo comprendes. Y nosotros tampoco. En mayor o menor grado, todos lo criticamos. Comprender es obedecer sin discutir, porque está uno persuadido de la santidad de quién guía. –insiste Zelote.

–                     ¡Ah! ¡Pero tú te refieres a comprender su santidad! Yo me refería a sus palabras. ¡Su Santidad es indiscutible! –se apresura a afirmar Judas.

–                     ¿Y puedes dividir su santidad de sus palabras? Un santo siempre poseerá la sabiduría y sus palabras serán sabias.

–                     Es verdad. Pero comete acciones que causan daño. Claro que es por demasiada santidad. Lo concedo. Pero el mundo no es santo y Él se busca problemas y malos ratos. Ahora por ejemplo, ¿Crees que nos sirva para algo este filisteo que ha sido agregado al grupo?

Ermasteo dice mortificado:

–                     Si soy causa de algún daño, me retiro. Vine con la idea de honrarlo y pensé que hacía una cosa recta.

Santiago de Alfeo contesta:

–                     Le causarías dolor, si te fueras por esta razón.

–                     Pensará que cambié de idea. Ahora le diré adiós y me voy…

Pedro interviene brusco:

–                     ¡No! ¡Tú no te vas! No es justo que por los nervios de otro, el Maestro pierda un buen discípulo.

Judas replica sarcástico:

–                     Pero si por cosa tan pequeña se quiere ir, es señal de que no está seguro de su voluntad. Déjalo que se vaya.

Pedro pierde la paciencia:

–                     Le prometí a Él, cuando me concedió a Marziam, que sería paternal con todos. Y me desagrada faltar a mi promesa, pero tú me empujas a ello. Ermasteo está aquí y aquí se queda. ¿Sabes una cosa? Tú eres el que metes confusión en la voluntad de los demás y los haces inseguros. Eres uno que separa y mete desorden. Esto es lo que eres y avergüénzate de ello.

–                     ¿Y qué eres tú? El protector de…

–                     Sí, señor. Dijiste bien. protector de la mujer velada. Protector de Juan de Endor, de Ermasteo y de cuantos ha encontrado Jesús. Y no son los magníficos ejemplares pavoneados del Templo.

Los pabilos que humean a alpechín del Templo, fabricados con sagrada argamasa y telarañas del Templo. Los pabilos que humean a alpechín del Templo, ¡Como tú! Para decirlo en una palabra y hacer más inteligible parábola. Si el Templo es gran cosa, a no ser que me haya vuelto estúpido, el Maestro es más que el Templo y tú le faltas al respeto…

Pedro grita tan fuerte, que Jesús se detiene y voltea. Intenta ir hacia ellos, dejando a las mujeres.

Juan dice:

–                     ¡Oyó! Ahora se afligirá…

Tomás dice rápido:

–                     No, Maestro. No vengas. Discutíamos… ¡Para no aburrirnos en el camino!

Jesús se detiene. Los discípulos se acercan a Él.

–                     ¿De qué discutíais? ¿Una vez más debo deciros que las mujeres os superan?

El dulce reproche toca el corazón de todos. Callan bajando la cabeza.

–                     ¡Amigos míos! No os hagáis objeto de escándalo, para los que apenas están naciendo a la Luz. ¿No sabéis que hace más daño una imperfección en vosotros, para redimir a un pagano; que todos los errores que hay en el paganismo?

Nadie responde. Porque nadie sabe qué decir para justificarse o para acusar.

Continúan caminando. Cerca de un puente donde hay un río seco, está parado el carro de las hermanas de Lázaro y éstas se despiden.

María Magdalena se arrodilla a los pies de Jesús y le dice:

–                     Te doy gracias por todo y también porque me hiciste hacer este largo viaje. Tú eres la Sabiduría. Ahora me voy despojada de los restos que quedaban de la María de otro tiempo. Bendíceme Señor para que me fortifique cada vez más.

Jesús pone su mano sobre su cabeza y dice:

–                     Te bendigo. Alégrate en tus hermanos que se forman según mis deseos. Hasta pronto, María. Martha. Dile a Lázaro que lo bendigo. Os confío a esta mujer. No os la doy. Es mi discípula. Pero quiero que le ayudéis a entender mi Doctrina. Luego iré Yo.

Hasta pronto, Síntica, Flor de Grecia, que supiste comprender por ti misma, que hay algo más que la carne. Ahora florece en Dios y sé la primera de las flores de la Grecia del Mesías.

Síntica besa la orla del vestido de Jesús y suben al carro. Éste se pone en movimiento…

Jesús dice:

–                     Y ahora vamos a buscar un poco de sombra…

Cómo María de Alfeo llora en silencio, Jesús le pregunta:

–                     ¿Tanto te desagrada, María;  que se hayan ido?

María de Alfeo contesta:

–                     Sí. son muy buenas.

–                     Las volveremos a ver pronto. Y vendrán más… Todo es amor. Bien sea el materno como el fraterno. –la consuela Jesús.

Judas de Keriot dice entre dientes:

–                     Con tal de que no cause molestias…

Jesús pregunta:

–                     ¿Causa molestias el amarse?

–                     No. Molestias el tener personas de otra raza y otra cultura.

–                     ¿Te refieres a Síntica?

–                    Sí, Maestro. Porque ella pertenece al romano y apropiársela está mal. Lo irritará contra nosotros y nos echaremos encima a Poncio Pilatos, que es tan cruel.

Pedro dice:

–                     ¿Pero tú crees que le moleste a Pilatos, que un funcionario suyo pierda una esclava? ¡Lo conocerá por lo que vale! Y si es un poco honrado, como pretende serlo. Por lo menos en lo que se refiere a su familia, dirá que esta mujer hizo bien en huir. Si es deshonesto, dirá: “Eso te mereces. Tal vez así la encuentre yo” Los deshonestos no son sensibles a los dolores de los demás.

Y luego, ¡Oh! ¡Pobre Poncio! Con todos los disgustos que le damos, no creo que vaya a tener tiempo de oír las quejas de alguien que le diga que su sierva se escapó.

Muchos le dan la razón, burlándose de las quejas del lascivo romano.

Jesús lleva la disputa a un terreno más alto:

–                     Judas, ¿Conoces el Deuteronomio?

Judas contesta:

–                     Ciertamente, Maestro. Y no dudo en decir que lo sé cómo pocos.

–                     ¿Qué piensas de él?

–                     Que es el portavoz de Dios.

–                     Portavoz. Por lo tanto repite las palabras de Dios. ¿O no?

–                     Exactamente así.

–                     Haz contestado bien. ¿Entonces por qué juzgas que no está bien hacer lo que ordena?

–                     Jamás he dicho eso. Al revés. Creo que lo descuidamos mucho al seguir la nueva Ley.

–                     La nueva Ley es el fruto de la antigua. Es la perfección a la que ha llegado el árbol de la fe. Ninguno de nosotros lo hace a un lado; porque Yo soy el primero en respetarlo y en impedir que otros lo descuiden. –Jesús es punzante al decir estas palabras y continúa- el Deuteronomio es intocable.

Cuando triunfe mi Reino y con él, la nueva Ley; con sus nuevos códigos que están basados en el Libro Mosaico, porque es el fundamento de mi modo de obrar y de mi enseñanza. En el Deuteronomio está escrito: “No entregarás al patrón, al esclavo que se ha refugiado contigo. Habitará contigo en el lugar que le pareciere. Estará contigo en una de tus ciudades. Y no le infligirás ningún mal.”

Esto en el caso de que alguien se vea obligado a huir de una esclavitud inhumana. En mi caso y en el de Síntica, la fuga no es por una libertad limitada; sino por la Libertad Ilimitada del Hijo de Dios.

¿Y quieres tú que Yo ponga de nuevo a esta alondra que huye de las trampas de los cazadores, del hielo y la devuelva a su prisión, para quitarle aún la esperanza de llegar a ser libre? ¡No! ¡Jamás!

Bendigo a Dios que así como el haber ido a Endor trajo un hijo al Padre, la ida a Cesárea me trajo a Mí, a esta criatura, para que la lleve al Padre.

En Sicaminón hablé de la Fuerza de la Fe. Hoy os hablaré de la luz de la Esperanza. Pero antes quedémonos bajo esta arboleda a descansar y a comer. Porque el sol quema como si el Infierno estuviese abierto.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

73.- LOS PROFETAS DEL FUTURO


Al día siguiente, Jesús y los suyos van caminando por las colinas. Águilas o buitres revolotean en lo alto, sobre las crestas de los montes y descienden en busca de presa. Se traba una pelea entre dos buitres, que luchan perdiendo plumas en un duelo feroz. Que termina con la derrota y la fuga de uno que tal vez va a morir en algún picacho, pues ya no se le ven fuerzas para seguir volando. Los apóstoles lo ven…

Tomás comenta:

–                     Le hizo mal su glotonería.

Mateo agrega:

–                     La glotonería y la terquedad siempre hacen mal. Como les sucedió a aquellos tres de ayer… ¡Misericordia Eterna! ¡Qué mala suerte!

Andrés pregunta:

–                     ¿Jamás se curarán?

–                     Pregúntaselo al Maestro.

Jesús, al ser interrogado, responde:

–                     Sería mejor preguntar si se convertirán. Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo, que ser sano y pecador. La lepra del cuerpo se queda en la tierra, en la tumba. Pero la lepra del pecado en el alma muerta, permanece en la eternidad.

Zelote dice:

–                     Me gustó mucho tu discurso de anoche.

Judas dice:

–                     A mí, no. Fue demasiado claro y directo, para muchos de Israel. 

Jesús pregunta:

–                     ¿Te encuentras entre ellos?

–                     No, Maestro.

–                     Y entonces, ¿Por qué te sientes ofendido?

–                     Porque te puede causar algún mal.

–                     ¿Debería entonces, para no ir al encuentro de ningún mal, pactar y ser cómplice de pecadores?

–                     No quiero decir esto. Ni Tú lo podrías hacer. Pero es mejor callar. No enemistarte con los grandes.

–                     Callar es consentir. Yo no apruebo a las culpas. Ni de grandes, ni de pequeños…

–                     Pero, ¿No estás viendo lo que le pasó al Bautista?

–                     Su gloria.

Judas lo mira estupefacto:

–                     ¡¿Su gloria?! A mí me parece que es su ruina.

–                     Persecución y muerte porque somos fieles a nuestro deber. Son la gloria del hombre. El mártir siempre es glorioso.

–                     Pero con la muerte, él mismo se obstaculiza de ser maestro, causa dolor a sus discípulos y padres. Él escapa de todo dolor; pero deja a otros en sufrimientos mayores. El bautista no tiene padres, es verdad. Pero siempre no deja de tener deberes para con sus discípulos.

–                     Sería lo mismo aunque tuviese padres. La vocación es más que la sangre.

–                     ¿Y el cuarto Mandamiento?

–                     Viene después de los que hablan de Dios.

–                     Tú mismo viste ayer como sufre una madre…

–                     ¡Mamá! ¡Ven aquí!

María acude rápida a la llamada de Jesús y le pregunta:

–                     ¿Qué quieres, Hijo mío?

–                     Mamá. Judas de Keriot está defendiendo tu causa, porque te ama y me ama.

–                     ¿Mi causa? ¿De qué se trata?

–                     Trata de persuadirme a que tenga una prudencia mayor, para que no me suceda lo que le ha pasado a nuestro pariente, el Bautista. Y me dice que es necesario tener piedad de la propia madre; no exponiéndonos a peligros por causa de ella. Porque así lo ordena el cuarto Mandamiento. ¿Tú que dices? Te cedo la palabra, Mamá. Para que amaestres a este Judas nuestro.

María dice dulce y firmemente:

–                     Yo digo que no amaría a mi Hijo como Dios. Que llegaría hasta a pensar que he vivido engañada, en lo que se refiere a su Naturaleza; si viese que se rebaja en su Perfección, al colocar en igual nivel su pensamiento y las consideraciones humanas, perdiendo así las sobrehumanas, esto es: Redimir. Tratar de redimir a los hombres, porque los ama y por Gloria de Dios, a costa de procurarse dolores y rencores.

Lo amaría, sí. Pero como a un hijo descarriado por alguna fuerza maligna. Lo amaría por piedad, porque es mi hijo. Porque sería un desgraciado. Pero no más con la plenitud de amor con que lo amo, ahora que lo veo fiel al Señor.

–                     Pero si le sucede alguna desgracia, ¿No llorarías?

–                     Derramaría todas mis lágrimas. Pero derramaría lágrimas y sangre, si lo viera perjuro para con Dios.

–                     Esto disminuirá mucho las culpas de los que lo perseguirán.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque tanto tú como Él, casi los justifican.

–                     No te engañes. Las culpas serán siempre las mismas a los ojos de Dios. Bien sea que juzguemos que eso es inevitable o que se piense en Israel que ningún hombre cometería ofensa alguna contra el Mesías.

–                     ¿Ningún hombre de Israel? ¿Y si fuesen gentiles? ¿No sería lo mismo?

–                     No. Para los gentiles solo sería otro pecado más, como los que cometen sus semejantes. Israel sabe Quién es el Mesías, Quién es Jesús.

–                     Muchos en Israel no lo saben.

–                     No lo quieren saber. Israel es incrédulo a propósito. Y por esto, a la falta de caridad une la incredulidad y se cierra a toda esperanza. Pisotear las tres virtudes principales, Judas, no es una culpa pequeña. Es muy grave. Espiritualmente es más grave que el acto material que se comete contra mi Hijo.

Judas, que ya no tiene argumentos, se inclina a amarrarse una sandalia y se queda atrás.

Jesús dice:

–                     Aquella ciudad es Sicaminón. Estaremos allí al atardecer. Ahora descansemos, porque la bajada es difícil…

Después de dejar Sicaminón, el grupo apostólico llega a Tiro. Desde la barca, Jesús habla a un grupo de pescadores.

Un pescador de Israel pregunta:

–                     Maestro, ¿Cómo debemos comportarnos con estos paganos? A todos los conocemos por la pesca. El trabajo en común hace a todos iguales. ¿Pero qué hacemos con los demás?

Jesús contesta:

–                     El trabajo en común hace a todos iguales. Tú lo has dicho. Y un origen común, ¿No serviría para unir? Dios creó tanto a los israelitas, como a los fenicios. El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre. El Hijo del Hombre vino a llevar al Paraíso a todos los hombres. El objetivo es conquistar el Cielo y dar alegría al Padre. Encontraos pues en el mismo camino  y amaos espiritualmente, así como os amáis por razón de trabajo.

–                     Isaac nos ha contado muchas cosas, pero queremos saber más. ¿Sería posible tener a un discípulo, aunque fuese de vez en cuando?

Judas, que no soporta a Juan de Endor, ve la oportunidad de deshacerse de él y sugiere:

–                     Mándales a Juan de Endor, Maestro. Es muy capaz para hacerlo y está acostumbrado a vivir con paganos.

Jesús responde seco:

–                     No. Juan se queda con nosotros. –y volviéndose a los pescadores, les pregunta- ¿Cuándo termina la temporada de la pesca del púrpura?

–                     Cuando lleguen las borrascas de Otoño. El mar se pone muy agitado.

–                     Entonces, ¿Regresaréis a Sicaminón?

–                     Sí. Y a Cesárea. Abastecemos a muchos romanos.

–                     Entonces podréis encontraros con los discípulos. Entretanto, perseverad.

–                     Hay a bordo de mi barca, un sujeto que yo no quería y lo acepté porque vino en tu Nombre.

–                     ¿Quién es?

–                     Un joven pescador de Ascalón.

–                     Tráelo.

El hombre va y regresa con un jovencito avergonzado de ser objeto de tanta atención.

El apóstol Juan lo reconoce:

–                     Es uno de los que nos dieron pescado, Maestro. –y se levanta a saludarlo- ¡Viniste, Ermasteo! ¿Estás aquí solo?

–                     Solo. Fui a Cafarnaúm… Me quedé en la playa, esperando.

–                     ¿Qué cosa?

–                     Ver a tu Maestro.

–                     ¿No es todavía el tuyo? ¿Por qué andas con rodeos, amigo? Ven a la Luz que te está esperando. Mira cómo te observa y sonríe.

–                     ¿Cómo me tratará?

Juan llama a Jesús y éste se levanta y va hasta donde están.

Juan le dice:

–                     No se atreve a acercarse, porque es extranjero.

Jesús dice:

–                     Para Mí, no existen extranjeros. ¿Y tus compañeros? ¿No erais muchos?… No te pongas colorado. Sólo tú has sabido perseverar. Pero aún solo por ti, soy feliz. Ven conmigo.

Jesús vuelve a su lugar con su nueva conquista.

Y le dice a Judas de Keriot:

–                     A éste, sí que se lo daremos a Juan de Endor.

Mientras tanto la gente de Sicaminón espera a que regrese el Maestro.

Las discípulas aprovecharon para lavar los vestidos polvorientos y sudados. Y sobre la playa se ve una alegre exposición de ropa, que se seca al viento. Cuando cae la tarde, los recogen y los doblan.

María de Alfeo dice:

–                     Llevemos pronto los vestidos a María, pues desde ayer está encerrada en aquella habitación sin aire, esperando que se sequen.

Susana responde:

–                     Lo bueno es que jamás se queja. ¡No pensaba que fuese tan buena!

–                     Tan humilde y modesta. ¡Pobre hija! Era exactamente el demonio que la atormentaba, el que la hacía que hiciera cosas malas. ¡Ahora que Jesús la liberó, ha vuelto a ser la antigua niña!

Y charlando entre sí, llevan a casa los vestidos lavados. En la cocina, Martha se da prisa en preparar los alimentos y la Virgen lava las verduras y las pone a hervir para la cena.

Susana le da los vestidos a Martha y dice:

–                     Mira. Todo está seco, limpio y doblado. ¡Vaya que les hacía falta! ¡Ve a donde está Magdalena y dale sus vestidos!

Poco después las hermanas regresan juntas y Magdalena dice sonriendo:

–                     Muchas gracias. El sacrificio más duro para mí, fue el de no cambiarme durante varios días. Ahora me siento toda fresca y limpia.

Martha le dice:

–                     Ve a sentarte allá afuera. Te hace falta aire, después de tanto tiempo encerrada.

Magdalena responde:

–                     Por esta vez así fue. Pero nos haremos una alforja igual que los demás y ya no tendremos ninguna molestia.

–                     ¿Cómo? ¿Piensas seguirlo igual que nosotras?

–                     ¡Claro! A menos que Él me ordene lo contrario. Voy a la playa a sentarme a esperarlos. Regresan esta tarde, ¿No?

La Virgen contesta:

–                     Así lo espero. Estoy preocupada porque fue a Fenicia. Pero me consuelo al pensar que está con los apóstoles y en que tal vez los fenicios serán mejores que otros. También lo están esperando muchos enfermos.

Martha dice:

–                     Más curaciones, que enseñanza.

–                     El hombre difícilmente es todo espiritual. Siente con más fuerza los gritos de la carne y sus necesidades.

–                     Muchos, después del milagro, nacen a la vida del espíritu.

–                     Sí, Martha. Y por esto mi Hijo hace tantos milagros. Por su Bondad hacia el hombre, pero también para atraerlo con este medio, a su camino; que de otro modo, muchos no lo seguirían.

Magdalena regresa diciendo:

–                     Ya están llegando cinco barcas que partieron ayer.

María de Alfeo, sale con los cántaros mientras dice:

–                     Estarán cansados y muertos de sed. Voy a traer más agua fresca de la fuente.

La Virgen dice:

–                     Vamos al encuentro de Jesús. Venid.

Costeando la playa, las barcas llegan a un dique y atracan. Cuando los viajeros desembarcan:

La Virgen saluda a Jesús:

–                     Dios te bendiga, Hijo mío.

Jesús responde:

–                     Dios te bendiga, Mamá. ¿Estuviste preocupada? En Sidón no estuvo quién buscábamos. Fuimos hasta Tiro y ahí lo encontramos. Ven Ermasteo. – y volviéndose hacia Juan de Endor- Mira Juan. Este joven quiere aprender. Te lo confío.

Juan de Endor responde:

–                     No permitiré que se desilusione. ¡Gracias, Maestro! Hay muchos que te están esperando. También hay enfermos.

–                     Los curaré primero, antes de la cena, para que así felices, regresen a su hogar. Y decid a quién me espera que les hablaré al anochecer.

Se separan. Jesús se va con Juan de Endor y con Ermasteo hacia la ciudad.

Los otros cuentan lo que vieron u oyeron, mientras caminan por la playa, hacia la casa. Están contentos como los niños cuando vuelven a ver a su mamá.

También Judas de Keriot está feliz. Muestra todas las limosnas que los pescadores de púrpura les dieron y un pequeño paquete con esta preciosa materia.

Judas dice:

–                     Esto es para el Maestro. Si no la lleva Él, ¿Quién puede llevarla? Me llamaron aparte y me dijeron: “Tenemos en la barca preciosas madréporas y una perla. ¡Un tesoro! No sé cómo nos llegó una fortuna tan grande. Gustoso te la damos para el Maestro. Ven a verla.” Fui con ellos. El Maestro se había retirado a orar. Eran bellísimos corales y una perla muy hermosa.

Yo les dije: ‘no os privéis de esto. El Maestro no usa joyas. Mejor dadme un poco de esa púrpura, para que adorne su vestido. Tenían este montoncito y quisieron dármelo todo. –Se vuelve hacia María- Madre, ten. Haz una bella labor a nuestro Señor. Pero lo haces, ¿Eh? Si la ve querrá que se venda para los pobres y a nosotros nos gusta verlo vestido como se merece. ¿No es verdad?

Pedro confirma:

–                     ¡Oh, claro que sí! Yo sufro cuando lo veo tan sencillo en medio de los ostentosos fariseos.  Ellos son peores que esclavos y todos adornados de flecos brillantes. Lo miran como a un pobre indigno de ellos.

Andrés dice a su hermano:

–                     ¿Viste que carcajadas lanzaron aquellos de Tiro, cuando nos despedimos de los pescadores?

Santiago de Zebedeo agrega:

–                     Yo dije: ‘Avergonzaos vosotros, perros. Vale más un hilo de su vestidura, que todas vuestras baratijas.’

Tadeo propone:

–                     Ya que Judas pudo conseguir esto, a mí me gustaría que se la preparases para la Fiesta de los Tabernáculos.

La Virgen dice:

–                     Jamás he hilado púrpura. Pero trataré… – tocando el hilo sedoso de hermoso color.

Magdalena, que es perito en estas preciosidades, dice:

–                     Mi nodriza es experta. La veremos en Cesárea. Te enseñará. Aprenderás al punto, porque todo lo haces bien. Yo le haré un galón para el cuello, para las mangas y para los bordes inferiores del vestido. Púrpura en lino blanquísimo o en lana purísima, con palmas y rosas, como están en los mármoles del Santo y con el nudo de David en el centro. Tal como en el Templo. Se verá muy hermoso.

Martha agrega:

–                     Nuestra madre hizo aquel diseño, bello en realidad, en el vestido de Lázaro, cuando fue a Siria a tomar posesión de sus tierras. Lo conservo porque fue el último trabajo de nuestra madre. Te lo enviaré.

La Virgen contesta:

–                     Y yo rogaré por vuestra madre.

Mientras tanto en la ciudad. Han llegado a las chozas. Los apóstoles se desparraman para juntar a los que quieren ver al Maestro y a los enfermos.

Más tarde, después de que Jesús los ha curado a todos y les habla de La Fe Verdadera y Sobrenatural.Después de cenar, se retiran a descansar.

Antes del amanecer, la luna llena brilla en todo su esplendor y la comitiva apostólica avanza silenciosamente a lo largo de la costa. El silencio es profundo y solo se escucha el rumor de las olas en la playa.

Santiago que va en medio de María de Alfeo y de Susana, dice a su madre:

–                     Jesús me prometió subir al Monte Carmelo sólo conmigo y decirme una cosa solo a mí.

María de Alfeo dice:

–                     ¿Qué te querrá decir hijo? Me lo dices después, ¿Eh?

Santiago responde sonriente:

–                     Mamá, si fuese un secreto, no te lo diré.

–                     Para la mamá no hay secretos.

–                     En realidad no los tengo. Pero si Jesús me quiere allá arriba solo, señal es de que no quiere que nadie sepa lo que me dirá. Y tú mamá, eres mi querida mamá a quién amo tanto; pero Jesús está sobre el amor que te tengo y también su voluntad. Cuando llegue el momento le preguntaré si puedo decirte sus palabras. ¿Contenta?

–                     Te olvidarás de preguntarlo…

–                     No, mamá. Jamás te olvido aunque estés lejos.

–                     Querido. ¡Dame un beso, hijo mío! –María de Alfeo está conmovida, pero no acaba con su curiosidad y después de un rato vuelve al asalto- dijiste ‘su voluntad’ Entonces has comprendido que quiere anunciarte alguna voluntad suya. ¡Ea! Al menos esto si me lo podrás decir. Te lo dijo delante de los demás

Santiago sonríe con dulzura y dice:

–                     En realidad estábamos solo Él y yo.

–                     Pero, ¿Qué te dijo?

–                     No me dijo gran cosa, mamá. Me recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo: “De los profetas del Señor, soy el único que he quedado. Escúchame para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor, Dios.”

–                     ¿Y qué quiso decir?

–                     ¡Cuántas cosas quieres saber, mamá! Ve con Jesús y te las dirá. La curiosidad es un defecto. Una cosa inútil, peligrosa y hasta cierto punto, dolorosa. Haz un buen acto de mortificación…

–                     ¡Ay de mí! El Bautista ha sido apresado. Jesús… ¡Hummm!… ¡Ay de mí! ¿No habrá querido decir que tu hermano será metido en prisión? ¡Tal vez hasta sentenciado a muerte!

–                     Judas no es ‘todos los profetas’ mamá. Aún cuando ante los ojos de tu amor, cada hijo tuyo representa el mundo…

–                     Pienso también en los demás porque… Porque entre los profetas futuros, ciertamente estáis vosotros. Entonces, si solo quedas tú, señal es de que mi Judas… ¡Oh!

Y María de Alfeo deja repentinamente a Santiago y a Susana. Y rápida como si fuera una jovencita, corre sin hacer caso a las preguntas de Tadeo y llega hasta el grupo donde viene Jesús.

Toda jadeante dice:

–                     Jesús mío. Venía hablando con mi hijo… de lo que le dijiste en el Carmelo… de Elías… de los Profetas… le dijiste que se quedará solo. Y ¿Qué será de Judas? Es mi hijo, ¿Sabes? –dice con todo el aliento que se le va, por la angustia y por la carrera.

Jesús contesta:

–                     Lo sé María. Y sé que también estás contenta de que sea mi apóstol. Tú tienes los derechos de madre y Yo, los de Maestro y Señor.

–                     Es verdad… Es verdad… ¡Pero Judas es mi hijo!… –y María, en un vislumbrar del futuro, se pone a llorar.

–                     ¡Oh! ¡Qué lágrimas inútilmente derramadas! Todo se excusa a un corazón de madre. Acércate, María. No llores. Otra vez te consolé. Entonces te prometí que ese dolor tuyo te proporcionaría muchas gracias de parte de Dios…

Jesús pone su brazo sobre la espalda de su tía y la acerca a Sí, mientras dice a los que venían con Él:

–                     ‘Adelantaos’

Luego, solo a María Cleofás vuelve a hablar:

–                      Y no mentí. Alfeo murió invocándome. Y por esto, todas sus deudas ante Dios, quedaron anuladas. Esta conversión para con el Pariente Incomprendido, para con el Mesías, la obtuvo tu dolor, María. Ahora este otro dolor, obtendrá que el inseguro Simón y el obstinado José; imiten a tu Alfeo.

–                     Sí, pero… ¿Qué harás a Judas, a mi Judas?

–                     Lo amaré mucho más de lo que lo amas ahora.

–                     ¡No, no! Hay una amenaza en esas palabras. ¡Oh, Jesús! ¡Oh, Jesús!…

La Virgen se acerca para consolar a su cuñada del dolor cuyo motivo no conoce.

Y al saberlo, porque María de Alfeo, llorando más fuerte al verla a su lado, se lo dice y llorando le suplica:

–                     Dile tú que no sea la muerte para mi Judas…

La Virgen palidece todavía más… Y dice:

–                     ¿Cómo puedo pedir esto, si ni siquiera pido para que mi hijo se salve de la muerte? María, di conmigo: “Que se haga tu voluntad, Padre. En el cielo, en la tierra y en el corazón de las madres.” Hacer la voluntad de Dios a través de la suerte de los hijos, es el martirio redentor de las madres. El tormento de las madres es el de verse separadas de los hijos…

El llanto de María, tan fuerte en los albores del amanecer, hace que todos se acerquen para saber lo que ha pasado. Y cuando se enteran, la turbación se propaga…

Santiago de Alfeo se acusa:

–                     ¡Me desagrada haber causado tanto dolor! Intuyó mucho más de cuanto le dije… ¡Créeme, Jesús!…

Jesús responde:

–                     Lo sé. Lo sé. María se está elaborando a sí misma… Y esto fue un golpe más fuerte que el escoplo. Sin embargo le quita un gran peso.

Tadeo, con acento severo dice:

–                     ¡Valor, mamá! ¡Deja de llorar! Me entristece que sufras como una pobrecita mujer que ignora la seguridad del Reino de Dios. No te pareces en nada a la madre de los jóvenes Macabeos. –a su madre, abrazándola. La besa en la cabeza, en sus cabellos entrecanos y añade- Pareces una niña miedosa.

¡Mamá, mamá! Deberías llorar si se te dijese que yo sería traidor a Jesús. Uno que lo abandonase. Un cobarde, renegado, un condenado. Entonces sí que deberías llorar. Y llorar lágrimas de sangre. Pero si Dios me ayuda, no te daré jamás este dolor, madre mía. Quiero estar contigo por toda la eternidad…

Primero el reproche, luego las caricias, terminan con las lágrimas de María de Alfeo, que está avergonzada de su debilidad.

Y siguen avanzando por la playa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA