Archivos diarios: 15/10/12

75.- OBISPO DE JERUSALÉN


–          Anunciad el Evangelio en la llanura de Esdrelón, hasta que vuelva. –dice Jesús a sus discípulos en la plácida mañana, a la orilla del río Kisón, terminando su parco desayuno: pan y frutas.

Los apóstoles no parecen muy entusiastas; pero Jesús los conforta y les da la pauta, para conducirse.

Termina diciendo:

–                     Hasta pronto, Mamá. Dios os bendiga por mi boca. Id tranquilos. Ven conmigo,  Santiago.

Jesús sube al Monte Carmelo con su primo Santiago. Ninguno de los dos habla. Dejan atrás el bosque y llegan a una pequeña llanura, sobre una cima coronada de robles gigantescos. Continúan hasta una saliente que parece una terraza sobre un precipicio.

Jesús dice:

–                     Santiago, hermano mío. Aquí pasaremos la noche. Y no obstante el cansancio corporal, te ruego que pases la noche en Oración y también el día de mañana, para recibir lo que Dios te quiere dar…

Jesús acerca a Sí a su primo, el cual toma la actitud de Juan: apoya su cabeza sobre el hombro de Jesús.

La tarde baja envuelta en los gorjeos de los pajaritos. En medio del rumor del viento que acaricia y refresca la cima y es preludio del rocío de la noche. Después de un momento, Jesús besa a su primo en la frente. Y dejándolo ahí, asciende más todavía…

Veinticuatro horas después, Santiago está todavía en la abertura del monte; sentado en cuclillas, con la cabeza inclinada hasta las rodillas, sostenidas con los brazos. Es tan profunda su meditación que parece que está dormido.

Jesús baja de la cima y se acerca a su primo.

La voz es solo un susurro:

–                     Santiago, ven aquí.

Inmediatamente, Santiago se pone de pie y se dirige a donde está Jesús, que lo mira sonriente.

–                     Santiago, ¿Sabes por qué quise estar a solas aquí contigo, después de haber orado y meditado?

El apóstol dice en voz baja:

–                     Para darme una lección especial.

–                     No tengas miedo, Santiago. No quiero tu ruina. si te destino a una responsabilidad que haría temblar a un héroe. Es una misión que lleva consigo la santidad posible, para que el hombre no eche a perder la voluntad de Dios. Es señal de que obtendrás de ella, no daño, sino gloria.

Escúchame Santiago, un día me iré, como todos los hombres que durante un tiempo permanecen en la tierra. Mi permanencia terminará de modo diferente del de los hombres, pero cesará. No me tendréis cercano sino con mi Espíritu. El cual os lo aseguro, jamás os abandonará.

Me iré después de haberos dado lo que se necesita para hacer avanzar mi doctrina en el mundo, después de que haya realizado el sacrificio y obtenido la Gracia. Con ésta y con el fuego del espíritu Santo, podréis hacer lo que ni siquiera os imagináis.

Me iré y vosotros os quedaréis. El mundo que no ha comprendido al Mesías, tampoco comprenderá a sus apóstoles. Por esto se os perseguirá y seréis dispersos, como los más peligrosos para el bienestar de Israel. Pero ya que sois mis discípulos, debéis estar felices por padecer las mismas aflicciones que vuestro Maestro.

Te quedarás donde hay que convencer a los que aunque creen en Mí, se desilusionarán ante el desarrollo de los acontecimientos. Tú serás el jefe de los creyentes que Jesús haya hecho en Jerusalén. Y deberás saber amar perfectamente, para ser un jefe santo.

Santiago contesta:

–                     Pero Tú, Verbo de Dios, ¿Por qué no te quedas?

–                     Porque Soy Verbo y Carne. Con el Verbo debo instruir. Con la Carne, Redimir.

–                     ¡Oh! Jesús mío, ¿Cómo redimirás? ¿De qué cosas vas al encuentro?

–                     Santiago. Recuerda a los Profetas…

–                     Jesús, para que yo no me desvíe, ni me escandalice en la hora tremenda, dime ¿Qué te harán?

–                     Es una gran cosa la que me pides.

–                     Dímela, Señor.

–                     Te servirá de tormento saberla con exactitud.

–                     No importa. Por el amor que nos ha unido…

–                     No debe ser conocido.

–                     Dímela y luego bórramela de la memoria, hasta la hora en que deba realizarse. Cuando llegue la hora, tráemela otra vez a la memoria, junto con estos momentos; así no me escandalizaré de nada y no seré enemigo tuyo, en el fondo del corazón.

–                     De nada servirá porque también cederás a la tempestad.

–                     ¡Dímela, Señor!

–                     Seré acusado, traicionado, preso, torturado y crucificado.

–                     ¡Noooh! –Santiago aúlla de dolor-  ¡No! Si a Ti te hacen así, ¿Qué nos harán a nosotros? ¿Cómo podremos continuar en tu Obra? No puedo. No puedo aceptar el puesto que me destinas… ¡No puedo!… ¡No puedo!… ¡Tú, Muerto! ¡También yo seré un muerto sin fuerzas! ¡Jesús! ¡Jesús! Escúchame. No me dejes sin Tí. ¡Prométeme esto al menos!

–                     Te prometo que vendré a guiarte con mi Espíritu; después que la gloriosa resurrección me haya libertado de las restricciones de la materia. Yo y tú seremos una sola cosa, como ahora que te tengo estrechado.

De hecho, Santiago se ha recargado llorando sobre el pecho de Jesús.

–                     No llores más. Salgamos de esta hora de éxtasis luminosa y llena de dolor. Ven. Te besaré para ayudarte a olvidar, el peso de mi suerte de hombre. Encontrarás el recuerdo a su tiempo.

Ambos primos, Jesús y Santiago, se quedan por un momento abrazados.

Jesús lo besa en la frente y Santiago parece como si perdiera el sentido, al recibir el beso de Dios que le quita todo el peso de su sufrimiento.

Cuando levanta la cabeza, ha vuelto a ser el Santiago de Alfeo, tranquilo y bueno, tan semejante a José, el esposo de María. Sonríe a Jesús con una sonrisa un poco triste, pero llena de dulzura.

Jesús dice:

–                     Vamos a comer Santiago. Y luego durmamos bajo las estrellas. Al amanecer bajaremos al valle. Regresaremos entre los hombres… -Y Jesús da un suspiro.

Pasan las horas.

A los primeros rayos del sol que iluminan la pendiente oriental del monte y disuelven la neblina que deja ver la belleza de los árboles y de los viñedos; Jesús baja por los senderos llenos de rocío, a través del bosque que se anima con los trinos de los pájaros y las voces de Jesús y de Santiago que va recibiendo instrucciones, respecto a la organización de la jerarquía de la Iglesia y la administración de los Sacramentos.

Santiago se queda pensando.

Después de un largo silencio, Jesús dice:

–                     ¿No tienes otra pregunta que hacerme?

–                     No, Jesús. Esta mañana pude entender mejor, la tremenda misión que me espera…

–                     Porque estás menos turbado que ayer. Cuando llegue tu hora tendrás más paz y comprenderás todavía mejor.

–                     Recordaré todas estas cosas, menos…

–                     ¿Cuál Santiago?…

–                     Menos la que no me dejaba mirarte esta noche sin llorar. ¿Cómo puedes estar tranquilo si deben sucederte estas cosas?

–                     Al Obedecer Yo al Padre, siempre tengo Paz.

Santiago llora bajando la cabeza.

–                     ¿De veras quieres olvidarlo?

–                     Lo que Tú quieras, Señor…

–                     Tienes dos caminos: Olvidar o recordar. El olvido te liberará del dolor y de que debes guardar silencio absoluto con tus compañeros, pero te dejará desprevenido.

El recuerdo te preparará para tu misión, porque no hay más que recordar lo que padece en su vida terrena el Hijo del Hombre, para no lamentarse jamás y para ser fuerte en el espíritu al ver todo en el Mesías, en su luz más radiante. Escoge.

–                     Creer. Recordar. Amar. Esto quiero. Y morir lo más pronto posible, Señor…

Santiago llora en silencio. Sus lágrimas se deslizan brillantes, hasta su barba castaña.

Después de un rato, dice:

–                     Y si en el futuro tú haces nuevas alusiones a tu martirio, ¿Deberé decir que sé?

–                     No. Deberás callarte. José supo guardar en el silencio, su dolor de esposo. De creerse traicionado y guardó silencio en la concepción virginal y de mi Naturaleza. Imítalo. También ese era un gran secreto y sin embargo lo guardó. Porque de no haberlo hecho, por orgullo o ligereza; hubiera puesto en peligro toda la Redención.

Satanás es constante en vigilar y en obrar. Recuérdalo. Si tú lo hablas ahora, causarías daño a muchos. Y por muchas razones, guardarás silencio.

–                     Lo guardaré.

Encuentran a un hombre que lleva sobre su espalda, a un niño desgraciado.

Jesús pregunta:

–                     ¿Es tu hijo?

–                     Sí. Al nacer mató a su madre. Ahora que murió mi madre, me lo llevo al trabajo para cuidarlo. Soy leñador. Lo extiendo sobre la hierba, sobre mi manto. Y mientras yo corto árboles, él se divierte con las flores. ¡Pobrecito de mi hijo!

Santiago dice:

–                     ¡Es una desgracia!

El hombre contesta:

–                     Sí. Pero lo que Dios quiere se acepta con paz.

Jesús se despide:

–                     Adiós, hombre. La paz sea contigo.

–                     Adiós. La paz sea con vosotros.

El hombre sube por el monte; Jesús y Santiago, siguen bajando.

Luego, Santiago suspira:

–                     ¡Cuántas desventuras! Pensé que lo curarías.

Jesús aparenta no escuchar.

–                     Maestro, si aquel hombre hubiera sabido que Tú eres el Mesías, tal vez te hubiera pedido el milagro…

Jesús no responde.

–                     Jesús, ¿Me permites alcanzarlo y decírselo? Tengo piedad por ese niño. Tengo el corazón lleno de tanto dolor… Concédeme la alegría de ver curado a ese pequeñuelo.

–                     Ve. Te espero aquí.

Santiago se echa a correr, alcanza al hombre, le grita:

–                     ¡Oye!… ¡Detente!… ¡Escucha!… El que estaba conmigo es el Mesías. Dame a tu hijo, que yo se lo llevo. Ven tú también, si quieres ver como el Maestro te lo cura.

El hombre contesta:

–                     Tú ve. Yo debo cortar toda esta leña. Estoy retrasado por causa del niño. Si no trabajo, no como. Soy pobre y él me cuesta mucho. Creo en el Mesías, pero es mejor que le hables tú, por mí.

Santiago se inclina para tomar al niño que está extendido sobre la hierba.

El leñador advierte:

–                     Con cuidado. Todo le produce dolor.

En cuanto Santiago trata de levantarlo, el niño se lamenta dolorosamente.

Santiago suspira:

–                     ¡Oh, qué pena!

–                     Una gran pena. –dice el leñador, que está cortando un tronco. Y añade- ¿No podrías curarlo tú?

–                     No soy el Mesías. Sólo soy un discípulo suyo.

–                     ¿Y bien? Los médicos aprenden de otros. Los discípulos del Maestro… ¡Anda! ¡Hazlo! No lo hagas sufrir. Haz la prueba. Si el Maestro hubiera querido venir aquí, lo habría hecho. Te envió, porque no quiere curarlo o porque quiere que tú lo cures.

Santiago está perplejo. Piensa en las palabras del campesino, luego se decide. Se endereza y ora como ha visto que lo hace Jesús.

Y luego declara:

–                     En el Nombre de Jesucristo, Mesías de Israel e hijo de Dios, ¡Cúrate!…

Y se pone de rodillas al punto, implorando:

–                     ¡Oh, Señor mío! ¡Perdón! ¡Lo hice sin tu permiso! Pero fue por compasión de esta pobre criatura de Israel. ¡Piedad, Dios mío! ¡Para él y para mí, pecador! –y llora sobre el niño extendido en el prado.

Las lágrimas caen sobre las piernitas torcidas e inertes.

Jesús sale de la vereda. Nadie lo ve, porque el leñador está trabajando y Santiago, llorando.

El niño lo mira con curiosidad y extiende su manita para acariciarlo, mientras le pregunta cariñoso:

–                     ¿Por qué estás llorando?

Y sin darse cuenta, se sienta por sí mismo. Se pone de pie y abraza a Santiago, para consolarlo.

El grito que lanza el apóstol, hace que el leñador se volteé y ve a su hijo derecho y firme. Parado sobre sus piernas que tienen vida y ya no están torcidas. Y al volverse, ve a Jesús.

–                     ¡Míralo! ¡Míralo! –grita señalando atrás de Santiago; que voltea y ve a Jesús,   que lo mira a su vez con el rostro radiante de alegría…

–                     ¡Maestro! ¡Maestro! No sé cómo sucedió… la compasión… este hombre… este pequeño… ¡Perdóname!

–                     Levántate. Los discípulos no son superiores al Maestro; pero pueden hacer lo que Él hace, cuando lo hacen por motivos santos. Levántate y ven conmigo. Sed benditos vosotros dos. Y acordaos que también los siervos del Señor, hacen las obras del Hijo de Dios.

Y se va llevando tras de sí, jalándolo.

Santiago que repite:

–                     ¿Pero cómo sucedió? Todavía no entiendo… ¿Con qué hice un milagro en tu Nombre?

Jesús contesta:

–                     Con tu compasión, Santiago. Con tu deseo de que ese inocente me amase y de que el hombre creyese en Mí y dejase de dudar. Juan, cerca de Yabria, curó a un moribundo con ungirlo y con orar.

Tú aquí, curaste a uno con tu llanto y tu compasión, además de la confianza en mi Nombre… Vámonos aprisa porque ese hombre nos viene siguiendo.

No está bien que tus compañeros sepan esto por ahora. Pronto os enviaré en mi Nombre… (Jesús da un gran suspiro) Pues Judas de Simón arde en deseos de obrar… (Otro suspiro mucho más grande) Y los haréis. Pero no para todos será un bien…

¡Apresúrate Santiago! Bajemos por este río cubierto de follaje. Si caminamos por la arena, desaparecerán nuestras huellas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA