Archivos diarios: 17/10/12

78.- EL CAMALEÓN


No hay ninguna otra casa en donde se pueda elevar el espíritu como en Nazareth. Hay en ella paz, silencio, orden. Está llena de santidad. Y esa santidad emana de quien vive en ella. De quien pronta y silenciosa, con ademanes suaves, juveniles y perfectos, se mueve por todas partes con su sonrisa que tranquiliza, que acaricia…

Son las primeras horas de la mañana y el sol ilumina las copas de los olivos en el huerto, así como el almendro y los manzanos. Un granado y una higuera están junto a las flores y las verduras cultivadas con sumo esmero en los cuadros rectangulares, junto a los cercados que están bajo el emparrado cargado de sarmientos.

Las abejas, como gotas de oro voladoras, zumban sobre todo lo que pueda darles perfumados y dulces néctares. Y atacan la madreselva y las campánulas.

María va ligera a los nidos de las palomas y a la pequeña gruta, cerca de la cual canta una pequeña fuente, donde admira sus flores y a sus pajarillos, que gorjean saludándola.

Entra judas cargado de plantas y estacas, diciendo:

–                     Buenos días, Madre. Me dieron todo lo que quería. Corrí para que no les pasara nada. Espero que prenderán como la madreselva. El año que viene tu jardín será como un canasto lleno de flores y así te podrás acordar del pobre Judas y de su estancia aquí.

María contesta:

–                     Muchas gracias, Judas. Es mucho. No puedes imaginar que feliz soy con esa madreselva, junto a la gruta. José era bueno hasta en las cosas más pequeñas.  Plantó una madreselva y una hiedra que vive todavía. La madreselva murió en los años de destierro. La volví a plantar y hace tres años, murió. Ahora tú la has vuelto a plantar. ¿Ves? Ya prendió. Eres un buen jardinero.

–                     Sí. Cuando era pequeño me gustaban mucho las plantas y mi mamá me enseñó a cuidarlas. Ahora vuelvo a ser niño a tu lado, Madre. Y descubro mi antigua habilidad para agradarte. ¡Eres muy buena conmigo! –dice Judas, que como un experto trabaja colocando las plantas en los lugares más apropiados y aprieta la tierra con un azadón- A éstas no les hace falta mucho sol. No me las quería dar el siervo de Eleazar, pero le insistí hasta que me las dio.

–                     Tampoco a José le querían dar aquellas gardenias. Pero él hizo algunos trabajos sin remuneración, para poder obtenerlas. Aquí han estado muy bien.

–                     Ya acabé, Madre. Ahora las voy a regar.

Las riega y luego se lava las manos en la fuente.

María lo mira… ¡Es tan diferente de su Hijo! ¡Y también tan diferente del Judas de ciertas horas de borrasca! Lo escudriña. Piensa… se le acerca. Y poniéndole una mano en el brazo, dulcemente le pregunta:

–                     ¿Te sientes mejor Judas? Quiero decir en tu espíritu.

–                     ¡Oh, Madre! Muy bien. Me siento tranquilo, lo estás viendo. Encuentro gusto y salvación en las ocupaciones humildes y en estar contigo. No debería jamás salir de esta paz, de este recogimiento. Aquí… ¡Qué lejos está el mundo de esta casa!… –Judas mira el huerto, las plantas, la casita… Suspira y agrega- Pero si me quedase aquí, jamás sería apóstol y quiero serlo.

–                     Créeme Judas. Es mejor ser un alma justa, que un apóstol pecador. Si te das cuenta que las alabanzas y los honores de apóstol te dañan; renuncia, Judas. Es mejor para ti ser un simple fiel, que un apóstol pecador.

Judas inclina la cabeza pensativo…

María lo deja con sus pensamientos y entra en la casa para continuar con sus quehaceres.

Por un rato, Judas se queda clavado en el mismo lugar. Después pasea bajo el emparrado. Lleva los brazos cruzados, la cabeza inclinada. Piensa. Piensa. Piensa… Luego monologa. Hace ademanes.

Un monólogo incomprensible; pero los gestos indican que sostiene una lucha muy fuerte. Que es presa de ideas contradictorias. Parece como si suplicase o rechazase… llora.

Luego maldice. Pasa de una expresión interrogante, a otra de miedo, de angustia suprema. Hasta que su cara refleja la de sus peores momentos.

Inclina la cabeza como si se sintiese derrotado. Se detiene y continúa así por unos momentos. Luego levanta el rostro y ¡Es el de un demonio!…

Se lleva las manos a la cara y huye entre los olivos hacia el montecillo. Llora con la cara oculta entre las manos, hasta que se calma. Está sentado con la espalda apoyada contra un olivo, como si estuviese atolondrado…

Por la tarde, el cielo se pinta con un hermoso crepúsculo. Nazareth abre las puertas de sus casas que estuvieron cerradas todo el día a causa del calor estival. Calor de Oriente.

Hombre, mujeres y niños salen a los huertos, a las calles en busca de aire. Van a la fuente a jugar; a platicar, mientras llega la hora de la cena. Saludos, chanzas, carcajadas, gritos; salen de bocas de hombres, mujeres y niños.

También Judas sale y se dirige a la fuente, con las jarras de cobre. Los nazarenos lo ven y  lo señalan como ‘El discípulo del Templo’ cosa que al llegar a los oídos de Judas le suena como música. Pasa saludando con afabilidad; pero con un aire de reserva que es en realidad una refinada soberbia.

Un Nazareno le dice:

–                     Eres muy bueno con María, Judas.

Iscariote contesta:

–                     Se lo merece y mucho más. En realidad es una gran mujer de Israel. Sois felices de que sea vuestra conciudadana.

La alabanza tributada a la mujer de Nazareth, seduce a muchos nazarenos, que de boca en boca repiten lo que dijo Judas.

Cuando él llega a  la fuente, espera su turno y se ofrece cortésmente a llevar los cántaros a una viejecita que no termina de bendecirlo. También ayuda a sacar agua a dos mujeres que no podían por tener a sus niños en los brazos.

Ellas levantando un poco sus velos, dicen:

–                     Dios te lo pague.

Judas responde con una inclinación:

–                     El amor del prójimo es el primer deber de un amigo de Jesús.

Llena sus jarras y regresa a la casa.

Antes de llegar, el sinagogo y otros lo invitan a hablar el sábado siguiente:

–                     Hace más de dos semanas que estás entre nosotros y no has hecho otra cosa más que mostrarte cortés con nosotros. –dice quejumbroso el sinagogo a quien acompañan otros ancianos del poblado.

Judas replica:

–                     Pero si no os gusta la manera de hablar de vuestro Gran Hijo, ¿Podrá agradaros la de su discípulo y que por añadidura es judío?

–                     Tu actitud es injusta y nos causa pena. Somos sinceros al invitarte. Tú eres discípulo y judío, es verdad. Pero eres del Templo. Por esto puedes hablar. Porque en el Templo hay doctrina. El hijo de José es tan solo un carpintero…

–                     ¡Es el Mesías!

–                     Él lo dice… ¿Será verdad? ¡O más bien es un delirio!

Judas está escandalizado de la incredulidad de los nazarenos y exclama:

–                     ¡Su Santidad, nazarenos! ¡Su Santidad!

Pero ellos objetan:

–                     Es grande. Es verdad. ¡Pero que sea el Mesías!… Y luego, ¿Por qué debe hablar tan duramente?

–                     ¿Duro? No. A mí no me parece duro. Antes bien… bueno… es muy sincero e intransigente. No deja encubierta ninguna culpa. No duda en denunciar un abuso… Y esto causa desagrado.

Pone el dedo exactamente en el centro de la llaga y esto causa dolor. Pero es por santidad. ¡Oh! ¡Claro que por eso obra así! Se lo he dicho más de una vez: ‘Jesús te haces daño’ ¡Pero no quiere entenderme!…

–                     Lo quieres mucho y cómo eres docto, podrías guiarlo.

–                     ¡Oh! Docto, no… pero hombre práctico, sí. Del Templo, ¿Sabéis? Conozco las costumbres. Tengo amigos… Eleazar el hijo de Annás, es como si fuese mi hermano. Y si queréis algo del Sanedrín, decídmelo… Bueno. Ahora dejadme que lleve el agua a María, que me está esperando para la cena.

–                     Regresa después. En mi terraza hay aire fresco. Estaremos entre amigos y hablaremos…

–                     Sí. Hasta pronto.

Y Judas se va a casa, donde se excusa con María por haberse tardado.

Le explica el motivo y concluye:

–                     Quieren que yo hable el sábado. El Maestro no me lo ordenó. ¿Tú que dices? Guíame, Madre.

María pregunta:

–                     ¿Hablar con el sinagogo? O ¿Hablar en la sinagoga?

–                     Ambas cosas. Yo no quisiera hablar con nadie, ni a nadie, porque sé que son contrarios a Jesús. Y también porque hablar donde solo Él tiene el derecho a ser el Maestro, me parece un sacrilegio, pero… ¡Me insistieron tanto!… Quieren que vaya con ellos, después de la cena… casi lo prometí.

Si crees que hablando con ellos pueda quitarles el espíritu de resistencia contra el Maestro, que es tan dura. Aunque no me siento capaz para ello, iré a hablar; tratando de ser magnánimo con su terquedad. Pues he experimentado que ser duro con ellos es peor.

¡Eh! ¡No caeré más en el error que cometí en Esdrelón! ¡Al Maestro le desagradó muchísimo! No me dijo nada, pero lo comprendí. No lo haré más. Quiero abandonar Nazareth, después de haberlos persuadido de que el Maestro es el Mesías. Para que crean y lo amen.

Judas está hablando mientras come lo que María le ha servido como una mamá y está sentado en le lugar, donde se sienta siempre Jesús.

María contesta:

–                     Estaría bien que Nazareth comprendiese la verdad y la aceptase. No te detengo. Nadie mejor que tú, puede decir si Jesús merece amor o no. Piensa cuanto te ama y te lo demuestra, disculpándote siempre y dándote gusto en todo lo que puede… Que esta reflexión te de palabras y acciones santas.

La cena ha terminado.

Judas va a regar las flores del huerto, antes de que oscurezca. Luego sale, dejando a María en la terraza, doblando la ropa que había puesto a secar. Judas saluda a Alfeo de Sara y a María Cleofás. Luego se dirige a la casa del sinagogo; donde están presentes los otros dos primos de Jesús: José y Simón, junto con otros seis ancianos. Después de los pomposos saludos, se sientan y beben agua fresca.

El sinagogo lo colma de honores y dice:

–                     Estoy contento de que hayas aceptado nuestra invitación y estés aquí. Eres joven. Un poco de distracción, hace bien.

Judas contesta gentil:

–                     No me atreví a venir antes para no importunaros. Sé que despreciáis a Jesús y a sus seguidores.

–                     ¿Despreciar? No. No creemos… Y digámoslo claro. Estamos heridos por sus verdades demasiado duras. Nosotros creíamos que tú nos desdeñarías. Y por eso no te invitábamos.

–                     ¿Desdeñaros yo? Al revés. Os comprendo muy bien… ¡Bah! Estoy convencido de que terminará por haber paz entre vosotros y Él. A Él le conviene, igual que a vosotros. A Él, porque tiene necesidad de todos. Y a vosotros porque no os conviene que os llamen enemigos del Mesías.

José de Alfeo pregunta:

–                     ¿Y crees tú que Él sea el Mesías? En Él no existe nada de la catadura real que ha sido profetizada. Tal vez se debe a que lo vemos solo como carpintero… ¿Pero en qué aspecto es el Rey Libertador?

–                     También David, sólo parecía un pastorcillo. Vosotros sabéis que ni siquiera Salomón en toda su gloria, fue un rey tan grande como él.  Porque viéndolo bien Salomón no hizo otra cosa, que proseguir la obra de David y jamás fue inspirado como él. Pero David, ¡Considerad la figura de David! es gigantesca. Con una realeza que toca el cielo. No juzguéis pues los orígenes del Mesías, para dudar de su realeza. David, pastor y rey. Jesús, carpintero y Rey.

El sinagogo dice:

–                     Tú hablas como un rabí. Se descubre en ti, al que fue educado en el Templo. ¿Podrías hacer saber al Sanedrín, que yo el sinagogo, tengo necesidad de ayuda del Templo, para una causa privada?

–                     ¡Pero claro que sí! Seguro. Con Eleazar, ¡Figuraos! Y luego, José el Anciano, ¿Sabes? El rico de Arimatea. Y el escriba Sadoc…y luego… ¡Oh! ¡Ni hablar!…

–                     Entonces mañana serás mi huésped y hablaremos…

–                     ¿Huésped? No. Yo no abandono a esa santa y dolorida mujer que es María. Vine con el fin de hacerle compañía.

Simón de Alfeo, dice:

–                     ¿Qué le pasa a nuestra pariente, que está sana y feliz en medio de su pobreza?

José de Alfeo confirma:

–                     Sí. Nosotros no la abandonamos. Mi madre siempre la cuida. También yo y mi mujer. Aunque no puedo perdonarle su debilidad para con su Hijo. También fue lo que afligió a mi padre que murió por causa de Jesús, sólo con dos hijos suyos alrededor de su lecho. ¡Y luego!… Pero todos los problemas de familia no se exponen a los cuatro vientos. – termina con un suspiro.

–                     Tienes razón. Se murmura en secreto, echándolo en un corazón amigo. Pero así sucede con muchos dolores. También yo tengo los míos de discípulo… ¡Pero no hablemos de ellos!

José insiste:

–                     No. Hablemos de ellos. ¿De qué se trata? ¿De qué se avergüencen de Jesús? No aprobamos su conducta pero no dejamos de ser parientes suyos. Y estamos prontos a hacer causa común con Él, contra sus enemigos. ¡Habla!

–                     ¿Vergüenza por Jesús? Sólo fue un decir… Luego, los dolores de discípulo son tan grandes. No solo por el modo que el Maestro emplea con amigos y enemigos; causándose mal a sí mismo, sino también porque veo que no se le ama. Yo quisiera que todos le amaseis…

El sinagogo se disculpa:

–                     Pero, ¿Cómo se puede hacer?… Tú lo estás diciendo, ¡Tiene un modo de obrar! Antes de dejar a su Mamá, no era así. ¿No es verdad?

Todos aprueban con gravedad y todos aprueban en hablar bien del Jesús silencioso, manso, solitario, de otros tiempos.

Uno de los ancianos dice:

–                     ¿Quién iba a pensar que se convertiría en el que es ahora? Entonces todo era para su casa y para sus familiares. ¿Y ahora?

Judas lanza un suspiro y dice:

–                     ¡Pobre mujer!

José grita:

–                     ¿Qué sabes? ¡Habla!

–                     No más de lo que tú no sepas. ¿Crees que le sea agradable el estar abandonada?

Otro de los ancianos afirma:

–                     Si José se las hubiese podido arreglar como vuestro padre, no habría sucedido esto.

Judas dice:

–                     No creas. Habría sido lo mismo. Porque cuando se le meten a uno ciertas ideas.

Un siervo trae lámparas y las pone sobre la mesa, porque esta noche no hay luna, aunque el cielo está cuajado de estrellas. También traen bebidas y el sinagogo se apresura a ofrecerle a Judas.

Judas se pone de pie y dice:

–                     Gracias pero no puedo entretenerme más. Tengo mis obligaciones con María.

También los dos hijos de Alfeo se levantan.

–                     Vamos contigo. Es el mismo camino.

Y con muchos saludos se despiden. Quedando sólo el sinagogo y los ancianos.

Las calles están desiertas y silenciosas. En lo alto de las ricas casas, se oyen voces y se ven los destellos de las lámparas de aceite. Caminan en silencio por un largo trecho y luego José se detiene.

Toma del brazo a Judas y le dice:

–                     Oye. Veo que sabes algo que no quisiste decir en presencia de extraños. Pero ahora debes hablar. Soy el mayor de la casa y tengo el derecho y el deber de saberlo todo.

Judas responde:

–                     Y yo fui con la intención de decíroslo y de proteger al Maestro, a María, a nuestros hermanos y a vuestro nombre. Es algo tan penoso de decirse, como de oírse. Muy penoso de llevarse a cabo, porque me hará parecer un espía. Os ruego que me comprendáis. No se trata de eso. Es tan solo amor y prudencia.

Sé muchas cosas que vosotros ignoráis. Las sé por mis amigos del Templo. Y sé que son un peligro para Jesús y para el buen nombre de la familia. He tratado de hacérselo comprender al Maestro, pero no lo he logrado. ¡Al revés! Cuanto más lo aconsejo, tanto peor hace Él.

Se está haciendo criticar y odiar cada vez más. La razón es que es muy santo para entender lo que es el mundo. Es muy triste ver perecer una institución santa, por la imprudencia del fundador.

–                     ¿De qué se trata? ¡Dilo todo y nosotros nos haremos cargo! ¿No es verdad, Simón?

–                     Ciertamente. Pero me parece imposible que Jesús cometa imprudencias y haga cosas contrarias a su misión…

José explota:

–                     ¡Pero si este buen joven que ama a Jesús lo dice! ¿Ves cómo eres? Siempre el mismo. Incierto, titubeante. Me abandonas en el momento necesario. Yo lucho solo contra toda la parentela. ¡Ni siquiera tienes compasión de nuestro nombre y de nuestro pobre hermano que va a la ruina!

Judas exclama:

–                     ¡No! ¡Ir a la ruina, no! ¡Pero desprestigiándose, sí!

José insiste:

–                     ¡Habla! ¡Habla!

Mientras Simón calla perplejo…

Judas dice en voz baja:

–                     Hablaría. Si estuviera seguro de que no me mencionaríais ante Jesús… ¡Juradlo!

José dice:

–                     Lo juramos sobre el Santo Velo. ¡Habla!

–                     Lo que voy a decir no lo diréis ni siquiera a vuestra madre y mucho menos a vuestros hermanos.

Simón confirma:

–                     Tranquilízate respecto a nuestro silencio.

–                     ¿Y no le diréis nada a María? Para no causarle dolor. Como yo lo hago. Guardo silencio. Es un deber tomar precauciones; aún para la paz de esta pobre madre…

José repite:

–                     No diremos nada a nadie. Te lo juramos.

Satanás se aprovecha de los celos de Judas. Una pasión nacida de la envidia y la soberbia y que el apóstol infiel, no se preocupa por rechazar. Satanás está furioso y recurre a medidas extremas para detener a Jesús; pues le está minando su poderío, de una forma implacable. Y de este modo y por estos pecados, Judas le da entrada y es su instrumento perfecto.

Satanás-Judas sigue con su intriga:

–                     Entonces escuchad:

Jesús no se limita a acercarse a los gentiles, publicanos y prostitutas. A ofender a los fariseos y a otras personas valiosas e importantes. Ahora está haciendo todo al revés. Imaginaos que fue a tierra de filisteos, acompañado de un macho cabrío negrísimo. Ahora ha aceptado aun filisteo por discípulo. ¿Y aquel niño que recogió? ¡No sabéis los comentarios que se hicieron! Pocos días después fue una griega pagana. Y por remate esclava que huyó de su patrón romano.

Luego, discursos que no concuerdan con la sabiduría del sentido común. En resumidas cuentas, parece un loco que busca hacerse daño. En tierras de filisteos se entrometió en una ceremonia de brujos y se puso al tú por tú, con ellos. Los venció. Pero ya los escribas y los fariseos, lo comienzan a odiar. ¿Si estas cosas llegan a sus oídos, qué sucederá? Tenéis el deber de intervenir… De impedir…

Simón dice:

–                     Esto es grave. Muy grave. ¿Pero cómo podíamos saberlo? ¡Estamos aquí!… ¿Y ahora? ¿Cómo podremos estar al tanto de lo que sucede?

–                     Y sin embargo es vuestro deber intervenir e impedir. La Madre es madre y es muy buena. No debéis abandonarlo en estas circunstancias. Por Él y por el mundo.

Además. Esto de seguir arrojando demonios… Corre la voz de que se sirve de Belcebú. Pensad si esto lo favorece. ¡Y luego! ¿Qué clase de rey podrá llegar a ser, si las multitudes se ríen ya desde ahora o se escandalizan?

Simón pregunta incrédulo:

–                     ¿Pero de veras hace cuánto dices?

–                     Pregúntaselo a Él Mismo. Os lo confirmará porque hasta de esto se jacta.

–                     Deberías avisarnos…

–                     ¡Claro que lo haré! Cuando vea algo raro, os lo mandaré avisar. Pero os lo ruego: silencio ahora y siempre. Silencio con todos.

–                     Lo juraremos. ¿Cuándo te vas?

–                     Después del sábado. Ya no hay razón para estar aquí. He cumplido con mi deber. 

José de Alfeo, dice:

–                     Te lo agradecemos. Ya decía yo que Él estaba cambiado. Tú hermano, no me quisiste creer. ¿Ves que tenía razón?

Simón de Alfeo objeta:

–                     Yo… Me resisto a creerlo todavía. Judas y Santiago no son unos tontos. ¿Por qué no nos han dicho nada? ¿Por qué no hacen algo, si suceden estas cosas?

Judas replica resentido:

–                     Hombre, ¡No vas a decirme ahora que no crees en mis palabras!…

Simón responde:

–                     ¡No!… Pero… ¡Basta! Perdona que te lo diga: creeré cuando lo vea.

–                     Está bien. pronto lo verás y me dirás: ‘Tenías razón’ bueno. Aquí está vuestra casa. Os dejo. Dios sea con vosotros.

José dice:

–                     Dios sea contigo, Judas. Y… ¡Oye! Tú tampoco digas esto a otros. Está en juego, nuestra honra…

–                     Ni siquiera me lo diré a mí mismo. ¡Adiós!

Y se va rápido. Vuelve a entrar tranquilo a la casa. Sube a la terraza, donde María está sentada, contemplando el cielo lleno de estrellas.

Y a la lucecilla de la lámpara que Judas prendió para subir por la escalera; se ven dos hileritas de llanto, que descienden por las mejillas de María.

Judas pregunta con ansiedad:

–                     ¿Estás llorando, Madre?

Ella contesta con dolor:

–                     Porque me parece que el mundo está cargado con más asechanzas, que cuantas estrellas hay en el cielo… Asechanzas contra mi Jesús…

Judas la mira atento y no sabe qué hacer.

María termina suavemente:

–                     Pero me da fuerzas el amor de los discípulos… Amad mucho a mi Jesús. Amadlo. ¿Quieres quedarte aquí, Judas? Bajo mi habitación. María Cleofás se fue a dormir, después de preparar la levadura para mañana.

–                     Sí. Aquí me quedo. Aquí se está bien.

–                     La paz sea contigo, Judas.

–                     La paz sea contigo, María.

Y María se retira a su habitación.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

77.- LA PRIMERA TRAMPA


En un cruce de caminos que van a Ptolemaida y a Nazareth, Jesús y los suyos están hospedados en una casa amiga.

Él regresa al gran salón donde los apóstoles se han quedado dormidos, rendidos por el cansancio. Menos Judas de Keriot, que parece revolverse sobre ascuas.

Jesús le pregunta:

–                     ¿Me necesitas, Judas?

Judas contesta:

–                     No, Maestro. Pero no puedo dormir y querría salir un poco.

–                     ¿Quién te lo prohíbe? Yo también salgo. Voy a aquel colladito que está en la sombra… Descansaré y oraré. ¿Quieres venir conmigo?

–                     No, Maestro. Te molestaría, porque no me encuentro en condiciones de orar. Tal vez… No me siento bien y esto me turba…

–                     Quédate entonces. No obligo a nadie. Hasta pronto…

Jesús se va y Judas deambula un rato por el huerto y luego se sienta en una banca de piedra, que está junto al emparrado.

En el portal, María está recogida en sí, meditando, mientras los demás duermen.

Judas la mira con los ojos muy abiertos y una fugaz expresión de hipocresía y de crueldad, se asoma a su mirada. Es como un destello que pronto se pierde. Se levanta y se acerca poco a poco. Tiene una belleza repulsiva. Algo en sus movimientos, da la impresión de ser una pantera o una serpiente, que se acerca a su presa.

En voz baja dice:

–                     ¡María!

La Virgen pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué se te ofrece, Judas?

–                     Quiero hablarte.

–                     Habla, te escucho.

–                     Aquí, no… No quiero que me oigan. ¿No podrías venir un momento allá afuera? Allí hay sombra…

–                     Vamos pues. Pero mira… todos duermen. Podrías hablar también aquí. –dice la Virgen. Pero se levanta y lo acompaña hasta el jardín.

–                     ¿Qué se te ofrece, Judas? –vuelve a preguntar; mirando fijamente al apóstol que se turba un poco y parece no encontrar las palabras.

–                     ¿Te sientes mal? O ¿Has hecho algo mal y no sabes cómo decirlo?… O bien, ¿Te sientes tentado de hacerlo y te duele confesarlo? Habla hijo. Como te curé cuando estuviste enfermo en el cuerpo, te curaré el alma. Dime lo que te está quitando la paz y si puedo, te devolveré la calma.

Si no puedo, se lo diré en privado a Jesús. Aunque hayas cometido muchos pecados, Él te perdonará si le pido su perdón. En realidad, Jesús al punto te perdonaría… Pero tal vez tengas vergüenza de Él, porque es tu Maestro. Yo soy una mamá. No te avergüences…

–                     Sí. No tengo vergüenza porque eres Madre y muy buena. Verdaderamente eres la paz entre nosotros. Yo… yo me siento muy turbado. Tengo un pésimo carácter, María. No sé qué tengo en la sangre y en el corazón… A veces no puedo controlarlos y es entonces cuando soy capaz de cometer las acciones más viles… las más perversas…

–                     Aunque tengas a Jesús cerca de ti, ¿No puedes resistir al Tentador?

–                     Aún así y sufro por eso. Créemelo. Pero así sucede. Soy muy infeliz.

–                     Rogaré por ti, Judas.

–                     No basta.

–                     Haré que rueguen personas justas, sin mencionar tu nombre.

–                     No basta.

–                     Haré que rueguen los niños. La Oración de los niños es agradable al Señor.

–                     Pero jamás como la tuya. Y sin embargo no es suficiente.

–                     Diré a Jesús que ruegue al Padre por ti.

–                     Aún así, no basta.

–                     Si esto no basta, no sé qué bastaría. La Oración de Jesús vence aún a los demonios.

–                     Sí. Pero Jesús no pediría siempre y yo volvería a ser yo… Jesús siempre dice que se irá un día. Debo pensar lo que haré cuando esté sin Él. Jesús ahora nos quiere mandar a predicar la Buena Nueva. Tengo miedo de ir con este enemigo que soy yo mismo, a esparcir la Palabra de Dios. Querría haber estado ya formado para esta hora.

–                     Pero hijo mío; si ni siquiera Jesús lo logra, ¿Quién quieres que pueda?

–                     ¡Tú, Madre! Permíteme que pase un tiempo contigo. Han estado paganos y prostitutas, puedo estar también yo. Si no quieres que pase la noche en tu casa, iré a dormir a la de Alfeo y María Cleofás. Pero el día lo pasaré contigo; con los niños. Otras veces he probado arreglándomelas yo solo y fue peor.

Si voy a Jerusalén tengo muchos amigos malos y en las condiciones en las que me encuentro… Cuando siento lo que estoy sintiendo, me convierto en su juguete. Si voy a otra ciudad me pasa lo mismo. La tentación del camino se enciende junto con la que ya tengo. Y si voy a un lugar solitario, el silencio me desgarra con los gritos de Satanás.

Pero cerca de ti… ¡Oh! Cerca de ti me siento diferente. ¡Permíteme que vaya contigo! ¡Dile a Jesús que me lo permita! ¿Quieres que me pierda? ¿Tienes miedo de mí?…

Me miras con ojos de gacela herida, que ya no tuviese fuerzas para huir de sus cazadores. No te haré ninguna ofensa, también yo tengo una madre y te amo más que a ella. ¡María, ten piedad de un pecador! ¡Mira! Lloro a tus pies. Si tú me rechazas puede ser mi muerte espiritual…

Y realmente Judas se echa llorando a los pies de María que lo contempla con una mirada de Piedad y de angustia, mezclados con miedo. Está muy pálida… Da un paso adelante, porque se había echado atrás del macizo de flores, para huir de Judas que poco a poco se le acercaba.

Espiritualmente María ha percibido en Judas, cara a cara al Enemigo de Dios. Pero venciéndose a sí misma,  pone una mano sobre los cabellos de Iscariote y dice:

–                     ¡Cállate! Que no te oigan. Hablaré con Jesús y si Él quiere, vendrás a mi casa. No me preocupo de lo que piense el mundo. No hace daño a mi alma. Sólo tendría horror de que yo fuese culpable ante Dios. La calumnia me deja indiferente.

No seré jamás calumniada porque Nazareth sabe que su hija jamás ha sido causa de escándalo. Y además, suceda lo que suceda, me interesa que te salves en tu espíritu. Voy a ver a Jesús. Tranquilízate.

Se pone su velo blanco como su vestido y camina rápida por la vereda que conduce a una colina pequeña, cubierta de olivos. Busca a Jesús y lo encuentra absorto en Meditación profunda.

María lo llama:

–                     Hijo, soy yo… ¡Escúchame!

Jesús dice muy feliz:

–                     ¡Oh, Mamá! ¿Vienes a orar conmigo? ¡Qué alegría! ¡Qué consuelo me das!

–                     ¿Qué cosa, Hijo? ¿Estás cansado en el espíritu? ¿Triste? ¡Dilo a tu Mamá!

–                     Cansado. Lo dijiste. Y afligido. No tanto por la fatiga y miseria que veo en los corazones, cuanto por la inmutabilidad de los que son mis amigos. Pero no quiero ser injusto con ellos. Uno solo me cansa y ese es Judas de Simón…

–                     Hijo. De él vengo a hablarte.

–                     ¿Hizo algo mal? ¿Te ha causado alguna pena?

–                     No. Me ha causado el dolor que tendría al ver a alguien muy infectado… ¡Pobre hijo! ¡Está muy enfermo en su espíritu!…

Jesús exclama con admiración:

–                     ¡Tienes piedad!… ¿No tienes miedo? Hace tiempo tenías…

–                     Hijo mío, mi piedad es todavía más grande que mi miedo. Quiero ayudarte a Ti y a él, salvarle su espíritu. Tú puedes todo y no tienes necesidad de mí. Pero Tú has dicho que todos deben cooperar con el Mesías en redimir… ¡Y éste hijo tiene tanta necesidad de Redención!

–                     ¿Qué hay que no haga por él?

–                     No puedes hacer nada. Pero podrías permitirme que yo pueda hacer algo. Me rogó que te dijese que le permitas estar en nuestra casa; porque le parece que allá, podrá librarse de su Monstruo… ¿Sacudes la cabeza? ¿No quieres? Se lo diré.

–                     No, Mamá. No es que no quiera. Sacudo la cabeza porque sé que es inútil. Judas es como uno que se está ahogando. Y aunque él lo ve y se da cuenta; rechaza por orgullo el lazo que se le lanza, para sacarlo a la orilla. A veces, presa del terror de ahogarse, busca y pide ayuda, se nos une… Y luego nuevamente esclavo de su orgullo, deja la ayuda. La rechaza, queriendo valerse por sí mismo.

No puede. Y siempre se hace cada vez más pesado, por el agua espesa que traga. Pero para que no se diga que no he hecho todo lo posible… Que también esto se haga… ¡Pobrecita, Mamá!… Sí. ¡Pobrecita Mamá! ¡Qué te sujetas por amor de un alma, al sufrimiento de tener cerca a uno que te infunde miedo!

–                     No, Jesús. No lo digas. Soy una pobre mujer, porque estoy sujeta a antipatías. Repróchamelo. Me lo merezco. No debería tener repugnancia nadie, por amor tuyo. No soy pobre por otro motivo. ¡Oh! ¡Si pudiese devolverte a Judas, espiritualmente curado! Darte un alma y darte un tesoro. Y quién da tesoros, no es pobre. Hijo, voy a decir a Judas que sí. Que lo permites. Tú dijiste: “Llegará un tiempo en que dirás: ¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!”

–                     Una vez ya lo dijiste, cuando lo de Aglae.

–                     Pero, ¿Qué puede ser una vez? ¡La fragilidad humana es tan grande! Y Tú eres Redentor de todos. ¡Hijo! Permite que mi amor pueda traerte a Judas, para que le des tu bendición…

–                     Mamá… Mamá… él no te merece.

–                     Déjame hacer la prueba con Judas.

–                     ¡Qué se haga como tú lo quieres! Y que seas bendita por tu intención de amarme y de amar a Judas. Ahora oremos juntos. ¡Mamá es tan dulce orar contigo!…

Al día siguiente, Jesús habla con los dueños de la casa, antes de despedirse y pregunta:

–                     ¿Dónde están Dina y Felipe?

La mujer responde:

–                     Dina dio a luz ayer a su tercera niña. Estamos tristes porque no ha llegado el nietecito. Pero también contentos, ¿Verdad Matatías?

El hombre responde:

–                     Sí,  Sara. Es hermosa y de nuestra sangre. El marido está enojado porque solo ha tenido niñas; pero nuestra hija no tiene la culpa.

Jesús dice:

–                     Son jóvenes. Que sigan amándose y tendrán varoncitos.

Sara dice:

–                     Fueron a traer a la niña, para enseñártela.

–                     La bendeciré.

Sara murmura turbada:

–                     Allí viene Felipe. Ahora se pondrá hosco… – Y agrega en voz alta- Felipe aquí está el Rabí de Nazareth.

El joven dice:

–                     Me alegro de verlo. La paz sea contigo, Maestro.

Jesús contesta:

–                     Y contigo, Felipe. Dios te bendice con niños hermosos, sanos y buenos… Debes estar muy agradecido…

Silencio.

¿No respondes? Pareces un poco malhumorado…

–                     ¡Esperaba un varoncito!

Jesús pregunta muy serio:

–                     No vas a decir que la culpa la tiene tu inocente por haber nacido mujer y mucho menos vas a ser duro con tu esposa, ¿Verdad?

El joven padre exclama resentido:

–                     ¡Yo quería un varón! ¡Para el Señor y para mí!

–                     ¿Y crees que lo tendrás con injusticia y rebeldía? ¿Leíste acaso el Pensamiento de Dios? ¿Puedes tú decirle cómo haga las cosas? Te casaste con una mujer fecunda. Has recibido la bendición de tres boquitas rosadas que te piden amor y ¿Estás irritado por ello? ¿Contra quién? ¿Por qué? ¿No quieres decirlo? Te lo diré Yo. Porque eres un egoísta. Deja al punto tu rencor. Abre los brazos a esta criatura que nació de ti y ámala. ¡Ea! ¡Tómala!

Y Jesús toma el pequeño envoltorio de lino y lo pone en los brazos del joven padre, mientras continúa diciendo:

–                     Ve a donde está tu mujer que llora y dile que la amas. De otro modo, Dios jamás te concederá un varón. Te lo digo Yo. Vete…

El hombre sube a la habitación en donde está su esposa.

La suegra dice en voz baja:

–                     Gracias, Maestro… Desde ayer se había mostrado muy cruel.

El hombre, después de algunos minutos, baja y dice:

–                     Ya lo hice, Señor. mi mujer te da las gracias y dice que te pida el nombre que va a llevar porque… Porque yo le quería dar un nombre muy feo, debido a mí enojo…

–                     Llámala María. Bebió las primeras gotas de leche junto con el llanto amargo, por tu dureza.

Jesús los bendice a todos y se va con los suyos.

Y los apóstoles comentan lo sucedido.

Pedro dice:

–                     ¡Qué si es tonto ese Felipe!

Tomás agrega:

–                     Ojala que le dure este arrepentimiento y no desprecie después a las mujeres. Aunque viendo bien las cosas, es por las mujeres que el mundo sigue adelante.

Bartolomé comenta:

–                     Es verdad, pero son más inmundas que nosotros…

Tomás lo interrumpe:

–                     Tampoco nosotros somos angelitos. Me gustaría saber si después de la Redención, cambiará la condición de la mujer. Nos enseñan a respetarla honrando a la madre, hermanas, tías, etc. Y luego… ¡Anatema aquí! ¡Anatema allá! En el Templo no… ¿Pecó Eva? ¡De acuerdo! Pero también Adán. Dios castigó a Eva muy severamente ¿No basta?

Bartolomé replica:

–                     ¡Pero Tomás! La mujer fue considerada también por Moisés como impura.

–                     Y Moisés sin las mujeres se hubiera ahogado… Pero ten paciencia, Bartolomé. Te recuerdo que aunque yo no sea docto como tú, sino un orfebre. Que Moisés se refiere a las impurezas de la carne de la mujer; para que la respetemos; no para que les echemos el anatema.

La discusión se prende.

Jesús se va adelante con las mujeres. Se detiene y dice:

–                     Dios tenía ante Sí, un pueblo moral y espiritualmente deforme. Contaminado por el contacto de los idólatras. En los siglos por venir la mujer redimida, no será oprimida como ahora. Yo quitaré los obstáculos para que puedan venir al Señor y serán preparadas las primeras sacerdotisas de la Era que está por venir.

Felipe pregunta al punto del desmayo:

–                     ¡Oh! ¡¿Habrá sacerdotisas?!…

–                     No serán sacerdotes como los hombres, pero pertenecerán a la clase sacerdotal, cooperando de muchos modos para el bien de las almas.

Bartolomé pregunta incrédulo:

–                     ¿Predicarán?

–                     Como ya lo hace mi Madre.

Mateo pregunta:

–                     ¿Harán peregrinaciones apostólicas?

–                     Sí. Llevarán muy lejos la   Fe. Y debo decirlo: Con mayor heroísmo que los hombres.

Judas de Keriot pregunta riendo:

–                     ¿Harán milagros?

–                     Alguna que otra hará milagros. Pero no os apoyéis en el milagro como en algo esencial. Ellas, las mujeres santas, harán también milagros en convertir a pecadores con sus oraciones.

Nathanael refunfuña:

–                     ¡Hummm!… ¡Qué las mujeres rueguen hasta el punto de hacer milagros!

Jesús dice:

–                     No seas cerrado como un escriba, Bartolomé. Según tú, ¿Qué cosa es la Oración?

–                     El volverse a Dios con las fórmulas que sabemos.

–                     Así es y algo más. La Oración es la conversación del corazón con Dios y debería ser el estado normal del hombre. La mujer se deja llevar a esta conversación con Dios, mejor que nosotros. En ella encuentra consuelo a sus dolores; alivio a sus fatigas; enjuga sus lágrimas y llena de alegría su corazón, porque ella sabehablar con Dios.

Y lo hará mejor en la Era que está por venir. Los hombres serán los gigantes de la Doctrina. Las mujeres serán siempre las que con su oración, sostendrán al mundo. Porque se evitarán muchas desventuras con sus oraciones y penitencias. Por esto harán milagros casi siempre invisibles, pero no por eso menos reales y que Dios conocerá.

Tadeo pregunta:

–                     Tú también hiciste hoy un milagro invisible pero real. ¿Verdad, Maestro?

–                     Sí, hermano.

Felipe observa:

–                     Era mejor que hubiese sido visible.

Jesús contesta:

–                     ¿Querías que cambiase la niña en niño? El milagro es una alteración de las cosas fijadas. Un desorden beneficioso para que Dios que lo concede pueda mostrar a quien lo ama. O bien, persuadir a que Él existe. Más teniendo en cuenta que Dios es orden, no viola en modo exagerado el orden. La niña nació mujer y mujer se queda.

La Virgen dice suspirando:

–                     ¡Esta mañana estaba yo tan afligida!

Susana contesta:

–                     ¿Por qué? La niña no era tuya.

–                     Porque miraba a Felipe y pensé: ‘Si Dios no me hubiera querido virgen. Si me hubiera caído su semilla, yo sería la madre de este infeliz’ Y por esto tengo compasión de todos, pues digo: “Podía haber sido mi hijo…” Y como madre habría querido que todos fuesen sanos, buenos, amados y atractivos. Pues es todo lo que una madre desea para sus hijos. –responde María con suavidad.

Jesús la mira con sus radiantes ojos y parece vestirla de Luz…

Judas de Keriot dice en voz baja:

–                     Es por eso que tienes compasión de mí…

–                     De todos. Aún cuando fuese el asesino de mi Hijo, pues pienso que sería el más necesitado de perdón… y de amor. Porque todo el mundo lo odiaría, sin duda alguna.

Pedro dice:

–                     Mujer, te cansarías muchísimo en quitarlo de en medio…

Jesús lo interrumpe:

–                     Mira, aquí nos despedimos. Que Dios esté con vosotros. Acuérdate que te he concedido un gran favor Judas. Hazte de él un bien y no un mal. Hasta pronto.

Se besan. Jesús, con los once que han quedado y con Susana, van ligeros hacia el oriente. Mientras María, su cuñada e Iscariote, se dirigen hacia Nazareth…

Días después…

Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaúm que pronto se llena de gente porque es sábado. Todos se sorprenden al verlo y lo señalan en medio de un murmullo.

Alguien tira del vestido del apóstol y Urías el Fariseo, le pregunta que cuando regresaron a la ciudad; pues nadie sabía que hubiesen llegado.

Pedro le responde:

–                     Acabamos de desembarcar exactamente ahora, junto al pozo de la higuera, viniendo de Betsaida; para no dar un paso fuera de lo prescrito, amigo.

El fariseo, ofendido de que un pescador lo llame ‘amigo’, desdeñosamente se va y se reúne con los suyos en primera fila.

Andrés amonesta:

–                     No lo provoques Simón.

–                     ¿Provocarlo? Me preguntó y le respondí; diciendo también que evitamos caminar, por respeto al sábado.

–                     Dirán que nos fatigamos con la barca.

–                     Terminarán por decir que nos fatigamos al respirar. ¡Necio! Es la barca la que trabaja, el viento y las olas; no nosotros que venimos en ella.

Andrés se traga la reprimenda y calla.

Después de las oraciones preliminares llega el momento de la lectura de un trozo y su explicación.

El sinagogo pide a Jesús que lo haga, pero Jesús señala a los fariseos diciendo:

–                     Que lo hagan ellos.

Pero como ellos no quieren hacerlo, Él tiene que hacerlo.

Jesús lee el primer trozo del Libro de los Reyes, donde se refiere como David fue traicionado por los de Zif al decirle a Saúl que estaba en Gabaa. Devuelve el rollo y empieza a hablar.

Explica el pasaje y finaliza diciendo:

–                     Ya terminé. Si alguno quiere decir algo más que lo diga.

Un fariseo le reclama:

–                     Queremos saber si hablaste por nosotros los fariseos.

–                     ¿Está acaso llena la sinagoga de Fariseos? Vosotros sois cuatro y aquí hay varios cientos de personas. La Palabra es para todos.

–                     Pero la alusión fue muy clara.

–                     En verdad que jamás se ha visto que alguien por una comparación, se acuse a sí mismo. Y vosotros lo estáis haciendo. ¿Por qué os acusáis, si yo no os acuso? ¿Tenéis conciencia y os sentís culpables de obrar como dije?

Si así es, corregíos. El hombre es débil y puede pecar, pero Dios lo perdona, si surge en él, un arrepentimiento sincero y la voluntad de no pecar más. Pero persistir sobre el mal es doble pecado y sobre él no baja el perdón.

–                     Nosotros no tenemos este pecado.

–                     Entonces no os resintáis con mis  palabras.

El incidente termina. La sinagoga se llena con el canto de los himnos. Luego Joaquín el Fariseo llama con señales a un hombre entre la multitud para que se acerque.

Es un hombre que tiene un brazo atrofiado e inmóvil, más chico que el otro, pues sus músculos fueron destruidos por la atrofia.

Jesús lo ve y comprende todo el engaño. Un gesto de disgusto y compasión, se dibuja en su rostro.

Pero afronta la situación y dice al hombre:

–                     Ven aquí, en medio.

Y cuando lo tiene delante, dice a los Fariseos:

–                     ¿Por qué me tentáis? ¿No acabo de hablar de las asechanzas y del odio? ¿Y no acabáis de negar este pecado?

Silencio.

–                     ¿No respondéis? Responded por lo menos a esto: ¿Es lícito hacer el bien o el mal en sábado? ¿Es lícito salvar o quitar la vida?

Silencio.

–                     ¿No respondéis? Responderé por vosotros y ante la presencia de todo el pueblo, que juzgará mejor que vosotros; porque es sencillo, sin odio, ni soberbia. No es lícito hacer ningún trabajo en sábado. Pero así como es lícito orar, así también lo es hacer el bien.

Porque el bien es oración más perfecta que los himnos y los salmos que hemos cantado. Pero ni en sábado, ni en cualquier otro día, es lícito hacer el mal. Y vosotros lo habéis hecho, buscando con dolo a este hombre que ni siquiera es de Cafarnaúm. Y al que hicisteis venir hace dos días, sabiendo que Yo estaba en Betsaida y previendo que vendría a mi ciudad.

De este modo cometéis también el pecado de matar vuestra alma, en lugar de salvarla porque lo hicisteis para tener un motivo con que acusarme. Por lo que respecta a Mí, os perdono y no desilusionaré la fe de éste, al que le dijisteis que viniese porque Yo lo curaría; cuando era para ponerme una trampa. Él no tiene la culpa, porque su única intención era la de ser curado. Y que así sea. Hombre, extiende tu mano y vete en paz.

El hombre obedece y su mano queda sana e igual que la otra. Al punto la usa para tomar la punta del manto de Jesús.

Se lo besa y dice:

–                     Tú sabes que yo no conocía su verdadera intención. Si la hubiese sabido, yo no hubiese venido; porque hubiera preferido tener la mano seca, que usarla contra Ti. Por esto, no te enojes conmigo.

–                     Vete en paz, hombre. Sé la verdad y para ti solo tengo benignidad.

La multitud se retira en medio de comentarios.

Jesús sale con sus once apóstoles.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA