78.- EL CAMALEÓN


No hay ninguna otra casa en donde se pueda elevar el espíritu como en Nazareth. Hay en ella paz, silencio, orden. Está llena de santidad. Y esa santidad emana de quien vive en ella. De quien pronta y silenciosa, con ademanes suaves, juveniles y perfectos, se mueve por todas partes con su sonrisa que tranquiliza, que acaricia…

Son las primeras horas de la mañana y el sol ilumina las copas de los olivos en el huerto, así como el almendro y los manzanos. Un granado y una higuera están junto a las flores y las verduras cultivadas con sumo esmero en los cuadros rectangulares, junto a los cercados que están bajo el emparrado cargado de sarmientos.

Las abejas, como gotas de oro voladoras, zumban sobre todo lo que pueda darles perfumados y dulces néctares. Y atacan la madreselva y las campánulas.

María va ligera a los nidos de las palomas y a la pequeña gruta, cerca de la cual canta una pequeña fuente, donde admira sus flores y a sus pajarillos, que gorjean saludándola.

Entra judas cargado de plantas y estacas, diciendo:

–                     Buenos días, Madre. Me dieron todo lo que quería. Corrí para que no les pasara nada. Espero que prenderán como la madreselva. El año que viene tu jardín será como un canasto lleno de flores y así te podrás acordar del pobre Judas y de su estancia aquí.

María contesta:

–                     Muchas gracias, Judas. Es mucho. No puedes imaginar que feliz soy con esa madreselva, junto a la gruta. José era bueno hasta en las cosas más pequeñas.  Plantó una madreselva y una hiedra que vive todavía. La madreselva murió en los años de destierro. La volví a plantar y hace tres años, murió. Ahora tú la has vuelto a plantar. ¿Ves? Ya prendió. Eres un buen jardinero.

–                     Sí. Cuando era pequeño me gustaban mucho las plantas y mi mamá me enseñó a cuidarlas. Ahora vuelvo a ser niño a tu lado, Madre. Y descubro mi antigua habilidad para agradarte. ¡Eres muy buena conmigo! –dice Judas, que como un experto trabaja colocando las plantas en los lugares más apropiados y aprieta la tierra con un azadón- A éstas no les hace falta mucho sol. No me las quería dar el siervo de Eleazar, pero le insistí hasta que me las dio.

–                     Tampoco a José le querían dar aquellas gardenias. Pero él hizo algunos trabajos sin remuneración, para poder obtenerlas. Aquí han estado muy bien.

–                     Ya acabé, Madre. Ahora las voy a regar.

Las riega y luego se lava las manos en la fuente.

María lo mira… ¡Es tan diferente de su Hijo! ¡Y también tan diferente del Judas de ciertas horas de borrasca! Lo escudriña. Piensa… se le acerca. Y poniéndole una mano en el brazo, dulcemente le pregunta:

–                     ¿Te sientes mejor Judas? Quiero decir en tu espíritu.

–                     ¡Oh, Madre! Muy bien. Me siento tranquilo, lo estás viendo. Encuentro gusto y salvación en las ocupaciones humildes y en estar contigo. No debería jamás salir de esta paz, de este recogimiento. Aquí… ¡Qué lejos está el mundo de esta casa!… –Judas mira el huerto, las plantas, la casita… Suspira y agrega- Pero si me quedase aquí, jamás sería apóstol y quiero serlo.

–                     Créeme Judas. Es mejor ser un alma justa, que un apóstol pecador. Si te das cuenta que las alabanzas y los honores de apóstol te dañan; renuncia, Judas. Es mejor para ti ser un simple fiel, que un apóstol pecador.

Judas inclina la cabeza pensativo…

María lo deja con sus pensamientos y entra en la casa para continuar con sus quehaceres.

Por un rato, Judas se queda clavado en el mismo lugar. Después pasea bajo el emparrado. Lleva los brazos cruzados, la cabeza inclinada. Piensa. Piensa. Piensa… Luego monologa. Hace ademanes.

Un monólogo incomprensible; pero los gestos indican que sostiene una lucha muy fuerte. Que es presa de ideas contradictorias. Parece como si suplicase o rechazase… llora.

Luego maldice. Pasa de una expresión interrogante, a otra de miedo, de angustia suprema. Hasta que su cara refleja la de sus peores momentos.

Inclina la cabeza como si se sintiese derrotado. Se detiene y continúa así por unos momentos. Luego levanta el rostro y ¡Es el de un demonio!…

Se lleva las manos a la cara y huye entre los olivos hacia el montecillo. Llora con la cara oculta entre las manos, hasta que se calma. Está sentado con la espalda apoyada contra un olivo, como si estuviese atolondrado…

Por la tarde, el cielo se pinta con un hermoso crepúsculo. Nazareth abre las puertas de sus casas que estuvieron cerradas todo el día a causa del calor estival. Calor de Oriente.

Hombre, mujeres y niños salen a los huertos, a las calles en busca de aire. Van a la fuente a jugar; a platicar, mientras llega la hora de la cena. Saludos, chanzas, carcajadas, gritos; salen de bocas de hombres, mujeres y niños.

También Judas sale y se dirige a la fuente, con las jarras de cobre. Los nazarenos lo ven y  lo señalan como ‘El discípulo del Templo’ cosa que al llegar a los oídos de Judas le suena como música. Pasa saludando con afabilidad; pero con un aire de reserva que es en realidad una refinada soberbia.

Un Nazareno le dice:

–                     Eres muy bueno con María, Judas.

Iscariote contesta:

–                     Se lo merece y mucho más. En realidad es una gran mujer de Israel. Sois felices de que sea vuestra conciudadana.

La alabanza tributada a la mujer de Nazareth, seduce a muchos nazarenos, que de boca en boca repiten lo que dijo Judas.

Cuando él llega a  la fuente, espera su turno y se ofrece cortésmente a llevar los cántaros a una viejecita que no termina de bendecirlo. También ayuda a sacar agua a dos mujeres que no podían por tener a sus niños en los brazos.

Ellas levantando un poco sus velos, dicen:

–                     Dios te lo pague.

Judas responde con una inclinación:

–                     El amor del prójimo es el primer deber de un amigo de Jesús.

Llena sus jarras y regresa a la casa.

Antes de llegar, el sinagogo y otros lo invitan a hablar el sábado siguiente:

–                     Hace más de dos semanas que estás entre nosotros y no has hecho otra cosa más que mostrarte cortés con nosotros. –dice quejumbroso el sinagogo a quien acompañan otros ancianos del poblado.

Judas replica:

–                     Pero si no os gusta la manera de hablar de vuestro Gran Hijo, ¿Podrá agradaros la de su discípulo y que por añadidura es judío?

–                     Tu actitud es injusta y nos causa pena. Somos sinceros al invitarte. Tú eres discípulo y judío, es verdad. Pero eres del Templo. Por esto puedes hablar. Porque en el Templo hay doctrina. El hijo de José es tan solo un carpintero…

–                     ¡Es el Mesías!

–                     Él lo dice… ¿Será verdad? ¡O más bien es un delirio!

Judas está escandalizado de la incredulidad de los nazarenos y exclama:

–                     ¡Su Santidad, nazarenos! ¡Su Santidad!

Pero ellos objetan:

–                     Es grande. Es verdad. ¡Pero que sea el Mesías!… Y luego, ¿Por qué debe hablar tan duramente?

–                     ¿Duro? No. A mí no me parece duro. Antes bien… bueno… es muy sincero e intransigente. No deja encubierta ninguna culpa. No duda en denunciar un abuso… Y esto causa desagrado.

Pone el dedo exactamente en el centro de la llaga y esto causa dolor. Pero es por santidad. ¡Oh! ¡Claro que por eso obra así! Se lo he dicho más de una vez: ‘Jesús te haces daño’ ¡Pero no quiere entenderme!…

–                     Lo quieres mucho y cómo eres docto, podrías guiarlo.

–                     ¡Oh! Docto, no… pero hombre práctico, sí. Del Templo, ¿Sabéis? Conozco las costumbres. Tengo amigos… Eleazar el hijo de Annás, es como si fuese mi hermano. Y si queréis algo del Sanedrín, decídmelo… Bueno. Ahora dejadme que lleve el agua a María, que me está esperando para la cena.

–                     Regresa después. En mi terraza hay aire fresco. Estaremos entre amigos y hablaremos…

–                     Sí. Hasta pronto.

Y Judas se va a casa, donde se excusa con María por haberse tardado.

Le explica el motivo y concluye:

–                     Quieren que yo hable el sábado. El Maestro no me lo ordenó. ¿Tú que dices? Guíame, Madre.

María pregunta:

–                     ¿Hablar con el sinagogo? O ¿Hablar en la sinagoga?

–                     Ambas cosas. Yo no quisiera hablar con nadie, ni a nadie, porque sé que son contrarios a Jesús. Y también porque hablar donde solo Él tiene el derecho a ser el Maestro, me parece un sacrilegio, pero… ¡Me insistieron tanto!… Quieren que vaya con ellos, después de la cena… casi lo prometí.

Si crees que hablando con ellos pueda quitarles el espíritu de resistencia contra el Maestro, que es tan dura. Aunque no me siento capaz para ello, iré a hablar; tratando de ser magnánimo con su terquedad. Pues he experimentado que ser duro con ellos es peor.

¡Eh! ¡No caeré más en el error que cometí en Esdrelón! ¡Al Maestro le desagradó muchísimo! No me dijo nada, pero lo comprendí. No lo haré más. Quiero abandonar Nazareth, después de haberlos persuadido de que el Maestro es el Mesías. Para que crean y lo amen.

Judas está hablando mientras come lo que María le ha servido como una mamá y está sentado en le lugar, donde se sienta siempre Jesús.

María contesta:

–                     Estaría bien que Nazareth comprendiese la verdad y la aceptase. No te detengo. Nadie mejor que tú, puede decir si Jesús merece amor o no. Piensa cuanto te ama y te lo demuestra, disculpándote siempre y dándote gusto en todo lo que puede… Que esta reflexión te de palabras y acciones santas.

La cena ha terminado.

Judas va a regar las flores del huerto, antes de que oscurezca. Luego sale, dejando a María en la terraza, doblando la ropa que había puesto a secar. Judas saluda a Alfeo de Sara y a María Cleofás. Luego se dirige a la casa del sinagogo; donde están presentes los otros dos primos de Jesús: José y Simón, junto con otros seis ancianos. Después de los pomposos saludos, se sientan y beben agua fresca.

El sinagogo lo colma de honores y dice:

–                     Estoy contento de que hayas aceptado nuestra invitación y estés aquí. Eres joven. Un poco de distracción, hace bien.

Judas contesta gentil:

–                     No me atreví a venir antes para no importunaros. Sé que despreciáis a Jesús y a sus seguidores.

–                     ¿Despreciar? No. No creemos… Y digámoslo claro. Estamos heridos por sus verdades demasiado duras. Nosotros creíamos que tú nos desdeñarías. Y por eso no te invitábamos.

–                     ¿Desdeñaros yo? Al revés. Os comprendo muy bien… ¡Bah! Estoy convencido de que terminará por haber paz entre vosotros y Él. A Él le conviene, igual que a vosotros. A Él, porque tiene necesidad de todos. Y a vosotros porque no os conviene que os llamen enemigos del Mesías.

José de Alfeo pregunta:

–                     ¿Y crees tú que Él sea el Mesías? En Él no existe nada de la catadura real que ha sido profetizada. Tal vez se debe a que lo vemos solo como carpintero… ¿Pero en qué aspecto es el Rey Libertador?

–                     También David, sólo parecía un pastorcillo. Vosotros sabéis que ni siquiera Salomón en toda su gloria, fue un rey tan grande como él.  Porque viéndolo bien Salomón no hizo otra cosa, que proseguir la obra de David y jamás fue inspirado como él. Pero David, ¡Considerad la figura de David! es gigantesca. Con una realeza que toca el cielo. No juzguéis pues los orígenes del Mesías, para dudar de su realeza. David, pastor y rey. Jesús, carpintero y Rey.

El sinagogo dice:

–                     Tú hablas como un rabí. Se descubre en ti, al que fue educado en el Templo. ¿Podrías hacer saber al Sanedrín, que yo el sinagogo, tengo necesidad de ayuda del Templo, para una causa privada?

–                     ¡Pero claro que sí! Seguro. Con Eleazar, ¡Figuraos! Y luego, José el Anciano, ¿Sabes? El rico de Arimatea. Y el escriba Sadoc…y luego… ¡Oh! ¡Ni hablar!…

–                     Entonces mañana serás mi huésped y hablaremos…

–                     ¿Huésped? No. Yo no abandono a esa santa y dolorida mujer que es María. Vine con el fin de hacerle compañía.

Simón de Alfeo, dice:

–                     ¿Qué le pasa a nuestra pariente, que está sana y feliz en medio de su pobreza?

José de Alfeo confirma:

–                     Sí. Nosotros no la abandonamos. Mi madre siempre la cuida. También yo y mi mujer. Aunque no puedo perdonarle su debilidad para con su Hijo. También fue lo que afligió a mi padre que murió por causa de Jesús, sólo con dos hijos suyos alrededor de su lecho. ¡Y luego!… Pero todos los problemas de familia no se exponen a los cuatro vientos. – termina con un suspiro.

–                     Tienes razón. Se murmura en secreto, echándolo en un corazón amigo. Pero así sucede con muchos dolores. También yo tengo los míos de discípulo… ¡Pero no hablemos de ellos!

José insiste:

–                     No. Hablemos de ellos. ¿De qué se trata? ¿De qué se avergüencen de Jesús? No aprobamos su conducta pero no dejamos de ser parientes suyos. Y estamos prontos a hacer causa común con Él, contra sus enemigos. ¡Habla!

–                     ¿Vergüenza por Jesús? Sólo fue un decir… Luego, los dolores de discípulo son tan grandes. No solo por el modo que el Maestro emplea con amigos y enemigos; causándose mal a sí mismo, sino también porque veo que no se le ama. Yo quisiera que todos le amaseis…

El sinagogo se disculpa:

–                     Pero, ¿Cómo se puede hacer?… Tú lo estás diciendo, ¡Tiene un modo de obrar! Antes de dejar a su Mamá, no era así. ¿No es verdad?

Todos aprueban con gravedad y todos aprueban en hablar bien del Jesús silencioso, manso, solitario, de otros tiempos.

Uno de los ancianos dice:

–                     ¿Quién iba a pensar que se convertiría en el que es ahora? Entonces todo era para su casa y para sus familiares. ¿Y ahora?

Judas lanza un suspiro y dice:

–                     ¡Pobre mujer!

José grita:

–                     ¿Qué sabes? ¡Habla!

–                     No más de lo que tú no sepas. ¿Crees que le sea agradable el estar abandonada?

Otro de los ancianos afirma:

–                     Si José se las hubiese podido arreglar como vuestro padre, no habría sucedido esto.

Judas dice:

–                     No creas. Habría sido lo mismo. Porque cuando se le meten a uno ciertas ideas.

Un siervo trae lámparas y las pone sobre la mesa, porque esta noche no hay luna, aunque el cielo está cuajado de estrellas. También traen bebidas y el sinagogo se apresura a ofrecerle a Judas.

Judas se pone de pie y dice:

–                     Gracias pero no puedo entretenerme más. Tengo mis obligaciones con María.

También los dos hijos de Alfeo se levantan.

–                     Vamos contigo. Es el mismo camino.

Y con muchos saludos se despiden. Quedando sólo el sinagogo y los ancianos.

Las calles están desiertas y silenciosas. En lo alto de las ricas casas, se oyen voces y se ven los destellos de las lámparas de aceite. Caminan en silencio por un largo trecho y luego José se detiene.

Toma del brazo a Judas y le dice:

–                     Oye. Veo que sabes algo que no quisiste decir en presencia de extraños. Pero ahora debes hablar. Soy el mayor de la casa y tengo el derecho y el deber de saberlo todo.

Judas responde:

–                     Y yo fui con la intención de decíroslo y de proteger al Maestro, a María, a nuestros hermanos y a vuestro nombre. Es algo tan penoso de decirse, como de oírse. Muy penoso de llevarse a cabo, porque me hará parecer un espía. Os ruego que me comprendáis. No se trata de eso. Es tan solo amor y prudencia.

Sé muchas cosas que vosotros ignoráis. Las sé por mis amigos del Templo. Y sé que son un peligro para Jesús y para el buen nombre de la familia. He tratado de hacérselo comprender al Maestro, pero no lo he logrado. ¡Al revés! Cuanto más lo aconsejo, tanto peor hace Él.

Se está haciendo criticar y odiar cada vez más. La razón es que es muy santo para entender lo que es el mundo. Es muy triste ver perecer una institución santa, por la imprudencia del fundador.

–                     ¿De qué se trata? ¡Dilo todo y nosotros nos haremos cargo! ¿No es verdad, Simón?

–                     Ciertamente. Pero me parece imposible que Jesús cometa imprudencias y haga cosas contrarias a su misión…

José explota:

–                     ¡Pero si este buen joven que ama a Jesús lo dice! ¿Ves cómo eres? Siempre el mismo. Incierto, titubeante. Me abandonas en el momento necesario. Yo lucho solo contra toda la parentela. ¡Ni siquiera tienes compasión de nuestro nombre y de nuestro pobre hermano que va a la ruina!

Judas exclama:

–                     ¡No! ¡Ir a la ruina, no! ¡Pero desprestigiándose, sí!

José insiste:

–                     ¡Habla! ¡Habla!

Mientras Simón calla perplejo…

Judas dice en voz baja:

–                     Hablaría. Si estuviera seguro de que no me mencionaríais ante Jesús… ¡Juradlo!

José dice:

–                     Lo juramos sobre el Santo Velo. ¡Habla!

–                     Lo que voy a decir no lo diréis ni siquiera a vuestra madre y mucho menos a vuestros hermanos.

Simón confirma:

–                     Tranquilízate respecto a nuestro silencio.

–                     ¿Y no le diréis nada a María? Para no causarle dolor. Como yo lo hago. Guardo silencio. Es un deber tomar precauciones; aún para la paz de esta pobre madre…

José repite:

–                     No diremos nada a nadie. Te lo juramos.

Satanás se aprovecha de los celos de Judas. Una pasión nacida de la envidia y la soberbia y que el apóstol infiel, no se preocupa por rechazar. Satanás está furioso y recurre a medidas extremas para detener a Jesús; pues le está minando su poderío, de una forma implacable. Y de este modo y por estos pecados, Judas le da entrada y es su instrumento perfecto.

Satanás-Judas sigue con su intriga:

–                     Entonces escuchad:

Jesús no se limita a acercarse a los gentiles, publicanos y prostitutas. A ofender a los fariseos y a otras personas valiosas e importantes. Ahora está haciendo todo al revés. Imaginaos que fue a tierra de filisteos, acompañado de un macho cabrío negrísimo. Ahora ha aceptado aun filisteo por discípulo. ¿Y aquel niño que recogió? ¡No sabéis los comentarios que se hicieron! Pocos días después fue una griega pagana. Y por remate esclava que huyó de su patrón romano.

Luego, discursos que no concuerdan con la sabiduría del sentido común. En resumidas cuentas, parece un loco que busca hacerse daño. En tierras de filisteos se entrometió en una ceremonia de brujos y se puso al tú por tú, con ellos. Los venció. Pero ya los escribas y los fariseos, lo comienzan a odiar. ¿Si estas cosas llegan a sus oídos, qué sucederá? Tenéis el deber de intervenir… De impedir…

Simón dice:

–                     Esto es grave. Muy grave. ¿Pero cómo podíamos saberlo? ¡Estamos aquí!… ¿Y ahora? ¿Cómo podremos estar al tanto de lo que sucede?

–                     Y sin embargo es vuestro deber intervenir e impedir. La Madre es madre y es muy buena. No debéis abandonarlo en estas circunstancias. Por Él y por el mundo.

Además. Esto de seguir arrojando demonios… Corre la voz de que se sirve de Belcebú. Pensad si esto lo favorece. ¡Y luego! ¿Qué clase de rey podrá llegar a ser, si las multitudes se ríen ya desde ahora o se escandalizan?

Simón pregunta incrédulo:

–                     ¿Pero de veras hace cuánto dices?

–                     Pregúntaselo a Él Mismo. Os lo confirmará porque hasta de esto se jacta.

–                     Deberías avisarnos…

–                     ¡Claro que lo haré! Cuando vea algo raro, os lo mandaré avisar. Pero os lo ruego: silencio ahora y siempre. Silencio con todos.

–                     Lo juraremos. ¿Cuándo te vas?

–                     Después del sábado. Ya no hay razón para estar aquí. He cumplido con mi deber. 

José de Alfeo, dice:

–                     Te lo agradecemos. Ya decía yo que Él estaba cambiado. Tú hermano, no me quisiste creer. ¿Ves que tenía razón?

Simón de Alfeo objeta:

–                     Yo… Me resisto a creerlo todavía. Judas y Santiago no son unos tontos. ¿Por qué no nos han dicho nada? ¿Por qué no hacen algo, si suceden estas cosas?

Judas replica resentido:

–                     Hombre, ¡No vas a decirme ahora que no crees en mis palabras!…

Simón responde:

–                     ¡No!… Pero… ¡Basta! Perdona que te lo diga: creeré cuando lo vea.

–                     Está bien. pronto lo verás y me dirás: ‘Tenías razón’ bueno. Aquí está vuestra casa. Os dejo. Dios sea con vosotros.

José dice:

–                     Dios sea contigo, Judas. Y… ¡Oye! Tú tampoco digas esto a otros. Está en juego, nuestra honra…

–                     Ni siquiera me lo diré a mí mismo. ¡Adiós!

Y se va rápido. Vuelve a entrar tranquilo a la casa. Sube a la terraza, donde María está sentada, contemplando el cielo lleno de estrellas.

Y a la lucecilla de la lámpara que Judas prendió para subir por la escalera; se ven dos hileritas de llanto, que descienden por las mejillas de María.

Judas pregunta con ansiedad:

–                     ¿Estás llorando, Madre?

Ella contesta con dolor:

–                     Porque me parece que el mundo está cargado con más asechanzas, que cuantas estrellas hay en el cielo… Asechanzas contra mi Jesús…

Judas la mira atento y no sabe qué hacer.

María termina suavemente:

–                     Pero me da fuerzas el amor de los discípulos… Amad mucho a mi Jesús. Amadlo. ¿Quieres quedarte aquí, Judas? Bajo mi habitación. María Cleofás se fue a dormir, después de preparar la levadura para mañana.

–                     Sí. Aquí me quedo. Aquí se está bien.

–                     La paz sea contigo, Judas.

–                     La paz sea contigo, María.

Y María se retira a su habitación.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

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