Archivos diarios: 18/10/12

80.- UNA LECCIÓN DE CARIDAD


Mannaém ha comprendido la verdad de la vida y de la muerte. Y ve la verdadera grandeza escondida, bajo las apariencias pobres…

Al día siguiente, Jesús está trabajando con alegría en la carpintería. Está terminando una rueda. Un niño delgadito y de cara triste, lo ayuda llevándole lo que necesita para realizar su trabajo. Mannaém, testigo inútil pero entusiasta; está sentado en un banco, cerca de la pared.

Jesús se quitó su vestido blanco de lino y se puso uno negro que le llega a la mitad de las espinillas. Es ropa de trabajo, limpio pero remendado, que al parecer era propiedad del difunto. Jesús anima con sus palabras y con su sonrisa al niño. Le enseña lo que se debe hacer para preparar bien la cola y para pulir la superficie del cofre.

Mannaém se ha puesto de pie y pasa un dedo sobre las molduras del cofre al que el niño saca lustre con un líquido y dice:

–                      Terminaste pronto, Maestro.

Con su hermosa voz de tenor, Jesús contesta:

–                     Ya casi estaba terminado.

–                     Yo quería tener este artefacto, pero ya vino el comprador que lo adquirió… Le quitaste las ilusiones… esperaba poder llevarse todo y recuperar no solo el dinero prestado… Pero no le quedó más que irse con sus cosas y basta.

Si fuera al menos uno que creyese en Ti… Tendría un valor ilimitado para él. –y suspirando agrega- ¿Me escuchaste?…

–                     Déjalo en paz. Por otra parte aquí hay madera y la mujer estará feliz en usarla y en sacar provecho. Dime que te haga un cofre y te lo hago…

Mannaém pega un brinco de felicidad y pregunta:

–                     ¿De veras, Maestro? ¿De veras quieres seguir trabajando?

Jesús sonríe con ganas y dice:

–                     Hasta que se acabe la madera. Soy un obrero concienzudo.

–                     ¡Un cofre que me des Tú! –Mannaém parece un niño con un juguete nuevo- ¡Oh! ¡Qué reliquia! ¿Qué meteré dentro?

–                     Todo lo que quieras Mannaém. No será más que un cofre.

–                     ¡Pero fue obra tuya! –dice maravillado.

–                     ¿Y qué? Mi Padre hizo al hombre. A todos los hombres. Y sin embargo el hombre y los hombres, ¿Qué han metido dentro de sí?

Jesús habla mientras sigue trabajando. Va de aquí para allá. Buscando los instrumentos necesarios. Apretando tornillos. Taladrando, torneando, cepillando, según es necesario a lo que hace.

Mannaém contesta:

–                     Hemos metido el pecado. Es verdad.

–                     ¿Lo ves? Y sabes que el hombre que Dios creó, es mucho más que un cofre que Yo haga. No confundas jamás el objeto con las acciones. Hazte de mi trabajo, sólo una reliquia para tu alma.

–                     ¿En otras palabras?

–                     En otras palabras, da a tu espíritu la enseñanza que brota de lo que hago.

–                     Caridad. Humildad. Laboriosidad…. Estas virtudes, ¿No es así?

–                     Sí. Y en lo futuro, obra tú en igual modo.

–                     Sí, Maestro. Pero, ¿Me haces el cofre?

–                     Te lo hago. Pero recuerda que como tú lo verás siempre como una reliquia, haré que lo pagues por lo que vale. Así se podrá decir que al menos en una ocasión, estuve lleno hasta de dinero. Pero tú sabes para quién… Para estos huerfanitos.

–                     Pídeme lo que quieras. Te lo daré. Así por lo menos tendrá alguna justificación mi ociosidad. Mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas.

–                     Está dicho: ‘Comerás tu pan, bañado con el sudor de tu frente.’

Mannaém objeta con énfasis:

–                     ¡Pero eso se dijo por el hombre culpable! ¡No contra Ti!

–                     ¡Oh! Un día seré el Culpable y tendré sobre Mí, todos los pecados del Mundo. Los llevaré conmigo, en mi primera partida.

–                     ¿Y piensas que el mundo no pecará más?

–                     Debería no hacerlo… pero siempre pecará. Por esto el peso que tendré sobre Mí, será tal; que me hará pedazos el corazón. Tendré los pecados desde Adán hasta ahora y los de esa Hora, hasta los del último siglo. Todo lo descontaré por el hombre.

–                     Y el hombre no te entenderá y mucho menos te amará… ¿Crees que Corozaím se convierta con esta lección silenciosa y santa que estás dando con tu trabajo, para socorrer a una familia?

–                     No se convertirá. Dirá: ‘Prefirió trabajar para pasar el tiempo y ganarse unos centavos.’ Yo no tenía dinero. Lo había dado todo. Siempre doy cuanto tengo, hasta el último céntimo.  He trabajado para dar dinero.

–                     ¿Y para que comieses tú y Mateo?

–                     Para eso, Dios proveyó.

–                     A nosotros nos diste de comer.

–                     Así es.

–                     ¿Cómo lo hiciste?

–                     Pregúntaselo al dueño de la casa.

–                     Se lo preguntaré tan pronto regresemos a Cafarnaúm.

La sonrisa de Jesús ilumina su rostro hermosísimo y su barba rubia.

Se hace un silencio. Tan solo se escucha el chirrido del tornillo, que une las dos partes de la rueda.

Mannaém pregunta:

–                     ¿Qué piensas hacer para el sábado?

–                     Ir a Cafarnaúm a esperar a los apóstoles. Hemos convenido en reunirnos cada viernes por la tarde y pasar juntos el sábado. Después les daré órdenes y si Mateo ya está curado; serán seis las parejas que irán a evangelizar. Si no… ¿Quieres ir con ellos?

–                     Prefiero estar contigo, Maestro… Pero, ¿Me permites darte un consejo?

–                     Dilo. Si es atinado lo aceptaré.

–                     Nunca estés solo. Tienes muchos enemigos, Maestro.

–                     Lo sé. ¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

–                     Creo que te aman.

–                     Ciertamente. Pero de nada serviría. Los enemigos, si tuvieran intención de apresarme; vendrían con mayores fuerzas que las de los apóstoles.

–                     No importa. No estés solo.

–                     Dentro de dos semanas muchos discípulos se me unirán. Los preparo para mandarlos también a ellos a evangelizar. Ya no estaré solo. Puedes estar tranquilo.

Mientras ellos hablan, muchas personas curiosas de Corozaím vienen a fisgar y luego se van sin decir nada.

Mannaém los ve y dice:

–                     Se quedan sorprendidos al verte trabajar.

–                     Sí. Pero no son lo bastante humildes para decir: ‘¿Nos das una lección?’ Los mejores que tenía aquí, están con los discípulos; menos un viejo que ya murió. No importa. La lección es siempre lección.

–                     ¿Qué dirán los apóstoles cuando sepan que te pusiste a trabajar?

–                     Son once. Porque Mateo ya dio su juicio. Serán once pareceres diferentes y en general chocarán entre sí. Pero me darán oportunidad para adoctrinarlos.

–                     ¿Me permitirás asistir a la lección?

–                     Si quieres quedarte…

–                     Pero yo soy discípulo y ellos son apóstoles.

–                     Lo que hace bien a los apóstoles, lo hace también al discípulo.

–                     Ellos se sentirán incómodos, de que se les llame la atención en mi presencia.

–                     Les servirá para que sean humildes. Quédate Mannaém. Me alegra que estés conmigo.

–                     Y yo me quedo de muy buena gana.

Se asoma la viuda y dice:

–                     La comida está lista, Maestro. Tú trabajas demasiado.

–                     Me gano el pan, mujer. Y luego… Mira, aquí tienes otro cliente. También él quiere un cofre. Y pagará muy bien. Se te acaba la madera. –dice Jesús quitándose un delantal roto que se había puesto.

Se dirige a la salida para lavarse en una jofaina que la mujer le llevó al huerto. Ella, con una de esas sonrisas que florecen después de mucho tiempo de llanto, dice:

–                     En el cuarto ya no hay madera. Mi casa está llena de tu Presencia y el corazón repleto de paz. Ya no tengo miedo al mañana, Maestro. Y Tú puedes estar tranquilo, que jamás te olvidaremos.

Y entran en la cocina.

Al atardecer, Jesús junto con Mannaém, sale de la casa de la viuda y dice:

–                     La paz sea contigo y con los tuyos. Nos volveremos a ver después del sábado. Adiós Josesito.  Mañana descansa y juega, porque después me ayudarás. ¿Por qué lloras?

–                     Tengo miedo de que no regreses más…

–                     Siempre digo la verdad. ¿Te desagrada tanto que me vaya?

El niño asiente con la cabeza.

Jesús lo acaricia diciendo:

–                     Un día pasa pronto. Mañana quédate con tus hermanitos. Yo estaré con mis apóstoles y les hablaré. Estos días te he estado enseñando a trabajar. Ahora voy con ellos a enseñarles a predicar y a ser buenos. No estarías a gusto conmigo, en medio de tantos hombres.

El niño replica:

–                     ¡Oh! ¡Lo estaré si estoy contigo!

–                     Entendí, mujer. Tu hijo hace como muchos y son los mejores. No me quiere dejar. ¿Tendrías desconfianza en dejármelo hasta mañana?

–                     ¡Oh, Señor! ¡Te los puedo dar a todos! Contigo están seguros como en el cielo. Este niño era el que siempre estaba con su papá y es el que ha sufrido más. En un momento se encontró solo, ¿Ves? No hace más que llorar y penar. –y le dice al niño- No llores hijito mío. Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo. –se vuelve a Jesús- Maestro, para consolarlo le digo, que su padre no ha muerto; sino que solo fue lejos y por un tiempo.

–                     Es verdad. Es así como dice tu mamá, Josesito.

–                     Pero hasta que no me muera me lo encontraré. Soy pequeño. ¿Cuánto deberé esperar, para que me haga viejo como Isaac?

–                     ¡Pobre niño! No te preocupes, el tiempo pasa veloz.

El niño dice:

–                     No, Señor. Hace tres semanas que no tengo a  mi papá. Y me parece mucho, mucho tiempo. No puedo vivir sin él. – y llora silenciosa pero amargamente.

La mujer dice:

–                     ¿Lo ves? Así siempre hace y sobre todo cuando no hay nada que lo distraiga completamente. El sábado le es un tormento. Tengo miedo de que se me muera.

–                     No. Tengo otro niño huérfano. Estaba flacucho y triste. Ahora vive con una buena mujer de Betsaida. Tiene la seguridad de no estar separado de sus padres y con esto ha reflorecido en su cuerpo y en su corazón. Así le pasará al tuyo. Estará más tranquilo con lo que le diré. Con el tiempo que es un buen médico y con verte más tranquila, sin preocupación por lo que tendrán que comer. Adiós mujer. Va a ocultarse el sol y debo irme. Ven, José. Despídete de tu mamá, tus hermanitos y tu abuelita. Y luego alcánzame corriendo.

Jesús se va.

Mannaém le dice:

–                     ¿Y qué vas a decir a los apóstoles?

–                     Que tengo conmigo a un viejo discípulo y a uno nuevo.

Se dirige a Corozaím. Está llena de gente.

Un grupo de hombres detiene a Jesús, diciéndole:

–                     ¿Ya te vas? ¿No te quedas el sábado?

–                     No. Voy a Cafarnaúm.

–                     Sin habernos dicho una sola palabra durante toda la semana. ¿No somos dignos de ella?

–                     ¿No os he dado la mejor predicación durante seis días?

Varios preguntan al mismo tiempo:

–                     ¿Cuándo?

–                    ¿A quién?

–                     A todos. Desde el banco de la carpintería. Durante estos días he predicado que al prójimo, se le debe amar y ayudar en todos modos. Especialmente dónde hay personas débiles, como viudas y huérfanos. Hasta pronto, vosotros de Corozaím. En el sábado meditad en esta lección que os di.

Y Jesús reemprende la marcha sin esperar contestación.

Pero el niño lo alcanza corriendo y hace que se despierte en ellos la curiosidad. Y lo vuelven a detener.

–                     ¿Le quitaste ya su hijo a la mujer? ¿Para qué?

–                     Para enseñarle a creer que Dios es Padre y que en Dios encontrará también a su padre muerto. Y también para que aquí haya alguien que crea en lugar del viejo Isaac.

–                     Con tus discípulos hay tres que son de Corozaím.

–                     Con los mío. No aquí. Este estará aquí. Hasta pronto. –y tomando de la mano al niño, entre Él y Mannaém, se va rápido por la campiña en dirección a Cafarnaúm.

Llegan cuando ya los apóstoles están ahí.

Sentados en la terraza, a la sombra del emparrado, cuentan a Mateo que todavía no está curado, sus hazañas.

Se voltean al oír el ruido de pasos en la escalera y ven la rubia cabellera de Jesús, que va emergiendo sobre la barda de la terraza. Corren hacia Él que los recibe con una sonrisa y se quedan como estatuas cuando ven que detrás de Él, viene un niño pobre.

La presencia de Mannaém, con su vestido blanco de lino muy fino; adornado con un cinturón adornado con oro y piedras preciosas. Cubierto con un manto rojo fuego tan brillante, que parece de seda y le cae sobre la espalda como una cauda. Lleva un turbante de viso sostenido con una delgada lámina de oro burilada, que le pasa por la mitad de la ancha frente; dándole el aire de un rey egipcio; impide la avalancha de preguntas.

Pero con los ojos las hacen muy claras.

Pero se reponen de la sorpresa y después de haberse saludado recíprocamente y ya sentados alrededor de Jesús; los apóstoles le preguntan señalando al niño:

–                     ¿Y éste?

Jesús contesta:

–                     Éste es mi última conquista. Josesito, carpintero como el José que fue mi padre. Por esto lo quiero muchísimo, como él a Mí también, ¿No es verdad chiquito? Ven aquí. Te presento a estos amigos míos, de los que has oído hablar tanto. Éste es Simón-Pedro, el hombre más bueno con los niños que puedas imaginar. Y éste es Juan: un niño grande que te hablará de Dios, en medio de los juegos.

Y éste es Santiago su hermano, serio y bueno como un hermano mayor. Éste es Andrés, hermano de Simón-Pedro; estarás muy bien con él, porque es paciente como un cordero.

Aquí tienes a Simón Zelote: a éste le gustan mucho los niños que no tienen padre. Y creo que giraría por toda la tierra para buscarlos, si no estuviese conmigo. Éste es Judas de Simón y junto a él, Felipe de Betsaida y Nathanael. ¿Ves como te miran? Ellos también tienen niños y les gustan mucho los niños. Éstos son mis hermanos, Santiago y Judas: aman todo lo que amo y por eso te amarán.

Ahora vamos con Mateo que tiene fuertes dolores en el pie y con todo, no guarda rencor por los niños que juegan irreflexivamente y que le hirieron, con una piedra picuda. ¿No es verdad, Mateo?

El apóstol sonríe:

–                     Así es, Maestro. ¿Es hijo de la viuda?

–                     Sí. Es muy listo, pero está muy triste.

Mateo lo acaricia atrayéndolo hacia sí, mientras dice.

–                     ¡Pobre niño! Te llamaré a Santiaguito y jugarás con él.

Jesús termina la presentación con Tomás, que práctico como siempre, la concluye ofreciendo al niño, un racimo de uvas arrancado del emparrado.

Jesús dice:

–                      Ahora sois amigos.

Se sienta, mientras el niño come sus uvas y charla con Mateo.

Pedro pregunta:

–                     ¿En dónde estuviste toda la semana?

–                     En Corozaím, Simón de Jonás.

–                     Esto ya lo sé, ¿Pero qué hiciste? ¿Estuviste en la casa de Isaac?

–                     Isaac el viejo, ya murió.

–                     ¿Y entonces?

–                     ¿No te lo contó Mateo?

–                     No. Solo dijo que estuviste en Corozaím, desde el día que nos fuimos.

–                     Mateo es mejor que tú. Sabe callar y tú no sabes refrenar tu curiosidad.

–                     No solo la mía. La de todos.

–                     Pues bien. Fui a Corozaím a predicar la Caridad con la práctica.

Varios le preguntan al mismo tiempo:

–                     ¿La caridad con la práctica?

–                      ¿Qué quieres decir?

Jesús aclara:

–                     En Corozaím hay una viuda con cinco niños y con su madre enferma. Su marido murió repentinamente en el taller de carpintería y dejó tras de sí, miseria y trabajos sin terminar. Corozaím no ha sabido tener una brizna de compasión, por esta familia infeliz. Fui a terminar los trabajos y…

–                     ¡¡¿Queeé?!!

Surge una gritería. Quién pregunta. Quién protesta. Quién reprende a Mateo por haberlo permitido. Quién admira. Quién critica. Y por desgracia quienes protestan o critican, son la mayoría.

Jesús deja que termine la borrasca como empezó.

Y por toda respuesta añade:

–                     Y mañana regresaré allí. Terminaré un trabajo. Espero que al menos vosotros comprendáis. Corozaím es un hueso de fruta cerrado, sin semilla. Por lo menos vosotros sed huesos de fruta con ella. Tú muchachito, dame la nuez que te dio Simón y también tú escucha…

¿Veis esta nuez? La tomo porque no tengo otros huesos de fruta en la mano. Pero para que entendáis la parábola. Imaginaos los huesos de piñón o palma. Los más duros. Los de las aceitunas, por ejemplo. Son cofrecitos cerrados, sin hendiduras. Durísimos, compactos por todas partes. Parecen cajitas mágicas que solo con fuerza, pueden abrirse. Y sin embargo cuando se arrojan en tierra.

Sencillamente sobre la tierra y si algún caminante lo oprime al pisarlo, lo suficiente para que entre un poco en el suelo, ¿Qué sucede? La cajita se abre y echa raíces y hojas. ¿Cómo lo logró? Nosotros tenemos que emplear el martillo. Y sin embargo, sin golpes; el hueso se abrió. ¿Tiene algo mágico esa semilla? No. Lo que tiene dentro es una pulpa. ¡Oh! ¡Una cosa débil respecto a la dura cáscara! Y con todo, alimenta algo todavía más pequeño: la semilla.

Esta es la poderosa palanca que forcejea, abre; produce la planta con raíces y hojas. Haced la experiencia de enterrar huesos de fruta y esperad. Veréis que unos nacen y otros no. Sacad los que no nacieron. Abridlos con el martillo y veréis que están semivacíos. No es pues, la humedad del suelo; ni el calor, los que hacen abrir el hueso. Sino la pulpa y algo más: la fuerza de la pulpa. El germen que hinchándose, hace de palanca y abre.

Ésta es la parábola. Apliquémosla a nosotros mismos. ¿Qué hice que no estuviera bien? ¿Nos hemos entendido tan poco, como para no comprender que la hipocresía es un pecado y que la palabra es viento, si no es la fuerza de la acción? ¿Acaso no os he dicho siempre: ‘Amaos los unos a los otros’? El Amor es el precepto de la gloria. Yo que predico, ¿Puedo faltar a la Caridad? ¿Daros el ejemplo de un Maestro Mentiroso? ¡No! ¡Jamás!

¡Amigos míos! Nuestro cuerpo es el hueso duro en el que está encerrada la pulpa: el alma. ‘Y en ella el germen que Yo deposité y que se compone de varios elementos; pero el principal es la Caridad.

La caridad que no se hace sólo con palabras o dinero. La caridad se hace con la sola caridad. Y no os parezca un juego de palabras. Yo no tenía dinero y las palabras no eran suficientes para el caso que se me presentaba. Se trataba de siete personas sentadas en el Umbral del Hambre y de la angustia.

La desesperación extendía sus negras alas, para asirlas y ahogarlas. El mundo egoísta y duro, se retiraba ante esta desgracia. El mundo mostró que no había entendido al Maestro, en sus predicaciones. El Maestro evangelizó con las obras.

Tengo capacidad y libertad de hacerlo y tenía la obligación de amar, por el mundo;  a estos pobrecitos, que el mundo no quiere. Esto hice. ¿Podréis criticarme nuevamente?

¿O debo ser Yo quién os critique delante de un discípulo que no se acobardó de meterse entre el aserrín y las virutas, por no abandonar al Maestro?

Y estoy seguro de que se convenció más de Mí, viéndome inclinado, trabajando sobre la madera; de lo que se hubiera persuadido viéndome sobre un trono o ante la presencia de un niño, que ha experimentado lo que Soy; no obstante su ignorancia; la desventura que lo oprime y su absoluta falta de conocimiento del Mesías, como Tal…

¿No respondéis? No os apenéis sólo cuando levanto mi Voz, para corregir ideas equivocadas. Lo hago por amor. Si no… Meted en vosotros el germen que santifica y que abre el hueso. De otro modo, seréis siempre seres inútiles.

Lo que hago debéis hacerlo con prontitud también vosotros… Ningún trabajo, por amor del prójimo; para llevar a Dios un alma; os debe pesar. El trabajo, cualquiera que sea; jamás humilla. Pero sí humillan las acciones bastardas; la falsedad; las acusaciones mentirosas; la dureza; las vejaciones; las usuras; las calumnias; la lujuria.

Éstas matan al hombre y con todo; las hacen sin experimentar vergüenza; aún aquellos que quieren ser llamados perfectos. Y que ciertamente se han sentido mal al verme trabajar con la sierra y el martillo…

¡Oh, hombre! ¡Criatura que deberías ser luz y verdad! ¡Cuán tenebroso y mentiroso eres! Pero vosotros al menos comprended qué cosa es el bien. Qué cosa sea la caridad. Qué la obediencia. En verdad os digo que los fariseos son muchos y que no faltan entre los que me rodean.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                     ¡No, Maestro!

–                     ¡No lo digas!…

–                     Nosotros, porque te amamos, no nos gustan ciertas cosas…

–                     Porque todavía no habéis entendido nada. Os hablé de la fe y de la esperanza. Y pensaba que no era necesario volver a hablaros de la caridad. Porque tanto fluye de Mí, que deberíais estar saturados. Pero comprendo que la conocéis solo de nombre. Sin conocer su naturaleza y forma, igual que conocéis la luna.

Y Jesús da una larga explicación de los que es la Caridad, practicada a través de Dios… luego exhorta:

No rechacéis a Dios, ni siquiera en las cosas más mínimas. Rechazar a Dios, es no ayudar al prójimo por orgullo pagano. Mi doctrina es un yugo que domina al linaje humano culpable. Es un mazo que destroza la corteza dura, para libertar al espíritu. Es un yugo y un mazo.

Pero quién la acepta, no siente el cansancio que emana en las otras doctrinas humanas y en todo lo humano. Aún el que se hace golpear, no siente el dolor de haber sido fracturado en su ‘yo’ humano. Sino que experimenta una sensación de libertad.

¿Por qué queréis libraros de ella, para cambiarla por lo que es plomo y dolor? Todos tenéis vuestros dolores y vuestras fatigas.

Todos los hombres tienen dolores y fatigas superiores quizás a sus fuerzas humanas. Desde el niño como éste que lleva sobre su espaldita un gran fardo que lo dobla y que le quita la sonrisa infantil de sus labios y la despreocupación de su edad. Hasta el viejo que se dobla ante la tumba, con todos los desengaños, fatigas, fardos y heridas, de su larga vida.

Pero en mi Doctrina y en mi Fe, está el alivio de estos pesos agobiadores. Por esto se le llama la Buena Nueva. Y quién la acepta y la obedece, será bienaventurado desde la tierra, porque tendrá a Dios como su ayuda.

Por qué queréis, ¡Oh, hombres! Estar fatigados y tristes, cansados, hastiados, desesperados. ¿Cuándo podíais ser aliviados y confortados? ¿Por qué queréis, vosotros apóstoles míos, sentir el cansancio de la misión, sus dificultades, dureza; cuando si tenéis la confianza de un niño, podéis tener solo una pronta diligencia; una luminosa facilidad para realizarla?

Y comprender y sentir que ella es dura solo para los impenitentes que no conocen a Dios. Ahora estáis tristes. Vuestra aflicción tuvo un principio muy lamentable. Estáis tristes ante mi humillación, como si fuese un crimen cometido contra Mí Mismo.

Ahora estáis tristes porque habéis entendido que me causasteis dolor y porque todavía estáis muy lejos de la perfección. Tened tan solo la humildad gozosa de aceptar la reprensión y confesar que os equivocasteis, prometiendo dentro de vuestro corazón, el desear la perfección por un fin sobrehumano. Luego venid a Mí. Yo os sostengo, comprendo y compadezco.

Venid a Mí, apóstoles míos. Venid a Mí, todos los hombres que sufrís por los dolores materiales, morales y espirituales; que Yo os confortaré.

Tomad sobre vosotros mi Yugo, no es un peso; es un sostén. Abrazad mi Doctrina como si fuese una esposa amada. Imitad a vuestro Maestro que hace lo que enseña. Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón. Encontraréis descanso para vuestras almas, porque mansedumbre y humildad conceden reinar en la Tierra y en el Cielo.

Os lo dije ya: que los verdaderos triunfadores son los que conquistan el Amor. Nunca os impondría algo que fuese superior a vuestras fuerzas, porque os amo y os quiero conmigo en mi Reino. Esforzaos por ser semejantes a Mí y como mi Doctrina enseña. No tengáis miedo porque mi yugo es dulce y su peso es ligero… y la gloria de que gozaréis si me sois fieles, será infinitamente grande, ilimitada, eterna….

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

79.- DISCÍPULOS DEL BAUTISTA


Judas, cumplido su propósito, se ha reunido con sus compañeros y está sentado a la mesa, en la casa de Cafarnaúm. Terminada la cena, Jesús los invita a ir con Él a un collado, cubierto de olivos que está cercano. El viento refresca con su brisa, el calor que los agobia. Cuando llegan al lugar elegido, Jesús dice:

–                     Sentémonos. Poned atención. Ha llegado la hora de que empecéis a evangelizar. Estoy casi a la mitad de mi vida pública, para preparar los corazones a mi Reino. Ahora ha llegado el tiempo en que también mis apóstoles tomen parte en la preparación de este Reino. Todavía no estáis formados para poder entrar en contacto con cualquiera sin padecer daño o causarlo. Y mucho menos sois heroicos hasta el punto de desafiar al mundo por la Idea e ir al encuentro de sus venganzas.

En vuestro camino predicad: “El Reino de Dios está cercano”  Y que ésta sea la base de vuestro anuncio. Sobre esto apoyad toda vuestra predicación. Pero el hombre para ser atraído y convencerse de las verdades sobrenaturales, tiene necesidad de dulzuras materiales. Y Yo, para que tengáis modo de que se os crea y se os busque; os concedo el don del milagro.

Los apóstoles se ponen de pie; menos Santiago y Juan. Gritan, protestan, explotan de entusiasmo… Cada uno, según su propio temperamento.

Pedro dice:

–                     No, Señor. no somos dignos de tanto.

Zelote confirma:

–                     Esto es para los santos.

Quien en realidad se pavonea con la idea del milagro, es Judas de Keriot. Que a sabiendas de que lo que va a decir es falso e interesado, exclama:

–                     ¡Ya era hora de que también pudiésemos hacer esto, para tener un mínimo de autoridad sobre las turbas!

Jesús lo mira, pero calla.

Zelote lo reprende:

–                      ¿Cómo te atreves a reprochar al Maestro? ¡Hombre necio y orgulloso!

Pedro le grita:

–                     ¿El mínimo? ¿Quieres hacer más que el milagro? ¿Convertirte también en Dios? ¿Tienes el mismo prurito que Satanás?

Jesús ordena:

–                     ¡Silencio! – y continúa:

Hay una cosa que es más que el milagro y que igualmente convence a las multitudes. Y con mayor profundidad y duración: una vida santa. Pero de ésta, todavía estáis lejanos. Y tú, Judas; mucho más que los otros. Pero dejadme hablar porque la instrucción es larga…

Iréis curando enfermos, limpiando leprosos, resucitando muertos en el cuerpo y en el espíritu. Porque cuerpo y espíritu pueden estar igualmente enfermos. Sabéis también como se hace para efectuar un milagro: con una vida de penitencia. Una oración ferviente. Un deseo sincero de hacer brillar el poder de Dios. Una humildad profunda. Una caridad viva. Una fe, encendida. Una esperanza que no se intimida ante ninguna dificultad.

En verdad os digo que todo es posible a quién tiene en sí estos elementos. También los demonios huirán al oír de vuestros labios el Nombre del Señor, si tenéis en vosotros lo que acabo de decir.

Este poder os doy Yo y os lo da vuestro Padre. No se compra con dinero, sólo nuestro querer lo concede. Y solo una vida justa lo mantiene.

Y como gratis se os dio, dadlo gratis a los demás, a los que tengan necesidad de él. ¡Ay de vosotros si echáis a perder el don de Dios; sirviéndoos de él, para llenar vuestra bolsa! No es un poder vuestro. Es de Dios. Usadlo, pero no os lo apropiéis diciendo: ‘Es mío’ Como se os dio, se os puede quitar.

Pedro dice a Judas:

–                      ¿Tienes también el mismo prurito de Lucifer? Él dijo una cosa muy clara y muy recta. Decir: ‘Puedo hacer esto que hace Dios, porque soy como Dios’ es imitar a Lucifer.

Jesús los mira y prosigue:

–                     Conocéis su castigo. El único fruto que os es lícito tomar de lo que hagáis, son las almas que con el milagro conquistaréis para el señor y que entregaréis a Él. No llevéis oro, ni plata, ni monedas en vuestra cintura. Ni alforja de viaje, porque vuestras visitas apostólicas por ahora serán cortas y al atardecer de cada sábado, nos volveremos a encontrar y podréis cambiaros vuestros vestidos sudados.

No son necesarias armas. Estas las necesita el hombre que no conoce la santa pobreza e ignora el perdón divino. No tenéis tesoros que guardar, ni defender contra los ladrones. Al único al que debéis temer, es al Ladrón de Satanás. Y a éste se le vence con las constancia y la oración; no con espadas, ni puñales.

Dad preferencia a los pobres, al buscar hospedaje; para no humillarlos. Para recuerdo mío que soy pobre y que me glorío de ello. Y también porque los pobres suelen ser frecuentemente, mejores que los ricos. Siempre encontraréis pobres justos. Y rara vez encontraréis un rico que no sea injusto.

Si recibís la ofensa de ser arrojados, burlados, perseguidos, con paz, lograréis conversiones con la predicación más bella: el silencio de la verdadera virtud.

Ved que os mando como ovejas entre lobos. Sed pues prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas.

Sabéis como el mundo me trata a Mí, que soy el Mesías. Puedo defenderme con mi poder y lo haré mientras no sea la hora del triunfo momentáneo del Mundo. Pero vosotros no tenéis este poder y os falta más prudencia y sencillez. Por esta razón tenéis que usar de sagacidad, para evitar que se os encarcele y flagele.

En verdad os digo que aunque digáis que derramaríais vuestra sangre por Mí, no podéis soportar ni siquiera una mirada irónica o iracunda. Llegará el tiempo en que seréis fuertes como héroes contra todas las tentaciones. Más fuertes que héroes. De un heroísmo que el mundo no podrá concebir, por inexplicable y que llamará: ‘Locura’.

Pero locura no será. Será el haberos sumergido a fuerza de amor con el Hombre-Dios y sabréis lo que Yo hice. Para entender este heroísmo será necesario verlo, estudiarlo y juzgarlo desde un punto de vista ultraterreno, porque es algo sobrenatural; que está más allá de cualquier límite de la naturaleza humana. Los reyes de mi espíritu serán mis héroes; para siempre reyes y héroes.

Respondedme. ¿Para vosotros cuál es el mayor crimen? ¿Matar al padre, al hermano, al hijo o a Dios Mismo?

Judas de Keriot dice secamente:

–                     A Dios no se le puede matar.

Bartolomé confirma:

–                     Es verdad. Es espíritu que no puede asirse.

Y los demás con su silencio, son del mismo parecer.

Jesús dice tranquilamente:

–                     Yo Soy Dios y Hombre.

Iscariote objeta:

–                     Nadie piensa en matarte.

–                     Os ruego. Responded a mi pregunta.

Varios dicen:

–                     ¡Es más grave matar a Dios!

–                     ¡Eso se comprende!

Jesús los mira a todos y dice despacio:

–                     Pues bien. Dios será matado por el hombre, en la Carne del Hombre-Dios. Y así como se llegará a este delito sin que se horrorice quién lo lleve a cabo. De igual modo se llegará al crimen de que los padres, hermanos, hijos; se alcen contra los hijos, hermanos, padres.

Se os odiará por causa de mi Nombre; pero quién persevere hasta el fin, será salvo. Y cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, no por cobardía. Sino para dar tiempo a la recién nacida Iglesia de Cristo a que crezca y se fortalezca, hasta que sea capaz de afrontar la vida y la muerte, sin temor a la muerte.

A quienes el Espíritu aconsejare huir, que lo hagan. Así como Yo de pequeño huí. En verdad que en la vida de mi Iglesia se repetirán todas las vicisitudes de mi vida de Hombre. Todas. Desde el Misterio de su formación, hasta la humildad de los primeros tiempos. Desde las turbaciones y asechanzas que presentan los hombres crueles, hasta la necesidad de huir; para poder seguir subsistiendo.

Desde la pobreza y trabajo incansable, hasta otras muchas realidades que estoy viviendo actualmente, que padeceré en un futuro cercano, hasta llegar al triunfo eterno.

Aquellos a quienes el Espíritu aconsejare permanecer, que se queden. Porque si fueren muertos, vivirán y serán útiles a la Iglesia. Porque es siempre recto lo que el Espíritu de Dios aconseja

Y Jesús sigue dando instrucciones… que al final concluye:

He terminado. Oremos ahora y vámonos a casa. Al alba partiréis y será así: Pedro con Juan. Zelote con Judas de Keriot. Andrés con Mateo. Santiago de Alfeo con Tomás. Felipe con Santiago de Zebedeo. Tadeo con Bartolomé. Esta semana así será. Después os daré nuevas órdenes. Oremos…

Varias semanas después…

Jesús está solo con Mateo, que se hirió en un pié y no puede ir a predicar con los demás. Está terminando su discurso a toda la gente reunida en el huerto. Luego se dirige con los pobres y los enfermos. Escucha con bondad sus historias. Los socorre con dinero. Los aconseja. Los sana con la imposición de manos y con la palabra.

Mateo a su lado tiene el encargo de dar el dinero.

Una pobre viuda le refiere llorando, la muerte repentina de su marido; un carpintero que cayó muerto en el banco de su trabajo. Como eso sucedió pocos días antes, dice a Jesús:

–                     Vine corriendo a buscarte aquí. Pero toda la parentela del muerto me acusó de haber sido desordenada y dura de corazón. Y ahora me maldice. Yo vine porque sé que resucitas muertos. Y porque de haberte encontrado, él hubiera resucitado. Y no estabas.

Hace dos semanas que mi marido está en el sepulcro. Y tengo cinco hijos. Los parientes me odian y no me ayudan. Tengo olivos y vides. Pocos. Que me darían pan para el invierno, si pudiera tenerlos hasta la cosecha. No tengo dinero porque mi marido ya tenía tiempo enfermo y trabajaba poco. Para sostenerse, comía y bebía mucho. Decía que el vino le hacía bien… y fue al revés, pues le hizo doble mal: matarlo y acabar con los ahorros que se agotaron, porque trabajaba poco.

Estaba terminando un carro y un cofre. Había pedido dos lechos, tablas y ménsulas. Pero ahora… no fueron terminados y mi hijo mayor solo tiene siete años. Perderé el dinero… Tendré que vender los instrumentos, la madera. El carro y el cofre no pueden venderse como tales, aunque están casi terminados y tendré que rematarlos como leña.

Y el dinero no alcanzará, porque somos siete personas: yo y mi madre vieja y enferma… venderé el viñedo y los olivos… Pero Tú sabes como es el mundo, estrangula donde hay necesidad. ¿Dime que hago? Quería conservar el banco y la carpintería… quería conservar la tierra para vivir y para dote de las hijas…

Jesús está escuchando todo esto, cuando un bullicio de la gente le advierte que algo nuevo sucede y ve a tres hombres acercarse.

Al llegar hasta Él, Jesús reconoce a uno de ellos y entonces se vuelve a la viuda y le pregunta:

–                     ¿Dónde vives?

La mujer responde:

–                     En Corozaím; cerca de la calle que va a la fuente de aguas calientes. Es una casa baja en medio de dos higueras.

–                     Está bien, iré a terminar el carro y el cofre. Los venderás a quién los pidió. Espérame mañana al amanecer.

La mujer apenas si puede hablar de la admiración:

–                     ¡Tú!… ¡Trabajarás Tú por mí!…

–                     Volveré a tomar mi trabajo y te daré paz. A los de Corozaím que no tienen alma, les daré una lección de caridad.

–                     Es verdad que no tienen alma. No tienen corazón. Si viviese todavía el viejo Isaac, el sinagogo anterior, no nos dejaría morir de hambre. Pero ya regresó al seno de Abraham…

–                     No llores. Vete tranquila. Mira, esto es para hoy… Mañana iré. Vete en paz.

La mujer se arrodilla. Le besa la orla de su vestido y se va consolada.

Los tres hombres, respetuosamente han esperado a que Jesús termine de hablar con la mujer y han oído lo que Jesús le prometió.

Uno de ellos le pregunta:

–                     Maestro, tres veces Santo. ¿Puedo saludarte?

Jesús se vuelve con la sonrisa en los labios y responde:

–                     ¡La paz sea contigo, Mannaén! ¡Te acordaste de Mí!

–                     Siempre, Maestro. Me había propuesto ir a verte a la casa de Lázaro. O al Huerto de los Olivos, para estar contigo. Pero antes de la Pascua, estuve cerca del Bautista.

Con una traición, fue apresado nuevamente  y yo temía que cuando Herodes estuviese ausente por ir a Jerusalén para la Pascua; Herodías ordenara la muerte del santo. No quiso ir a las fiestas de Sión, porque dijo que estaba enferma. Enferma, sí. Pero de Odio y de Lujuria…

Estuve en Maqueronte para vigilar y contener a la pérfida mujer; que sería capaz de matarlo con sus propias manos. No lo hace porque tiene miedo a perder el favor de Herodes que… por miedo o por convicción defiende a Juan y solo se limita a tenerlo prisionero.

Ahora Herodías se largó de Maqueronte a causa del calor que hace allí y se fue a un palacio de su propiedad. Yo he venido con éstos amigos míos y discípulos de Juan. Él los mandó para que te preguntasen y me uní a ellos.

Al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla; la gente se arremolina curiosa a su alrededor.

Jesús dice después de los saludos mutuos con los otros dos:

–                     ¿Qué queréis preguntarme?

Mannaém contesta:

–                     Soy discípulo de Juan. Te conozco Tí y a Juan. A él lo venero por ser el Profeta y a Ti, por lo que Eres: El Mesías. Os amo a los dos con justicia y tanto es así; que aún cuando deseo estar contigo; preferí hacer el sacrificio de estar junto a Juan. Porque ahora él se encuentra en más peligro que Tú.

Por el rencor de los Fariseos, los demás discípulos comenzaron a dudar de que Tú fueses el Mesías y se lo confesaron a Juan; creyendo darle una alegría, diciéndole: ‘Para nosotros tú eres el Mesías. No puede haber nadie, más santo que tú’ Pero Juan, ante todo esto los reprendió y los llamó blasfemos.

Después del regaño, muy dulcemente les explicó; todas las circunstancias y las profecías que te señalan como el verdadero Mesías. Y como no estaban totalmente convencidos, escogió precisamente a estos dos y les dijo: ‘Id a donde está Él y decidle en mi nombre. ¿Eres Tú el que ha de venir o debemos espera a otro?’

No mandó a los discípulos que creen. Mandó a los que dudan más, para que éstos disipen las dudas de los demás compañeros. Es todo lo que tengo que decir. Ahora Tú haz que no vacilen…

Ellos dicen apresuradamente:

–                     ¡No nos tomes como enemigos, Maestro! Las palabras de Mannaém te lo podrían insinuar. Nosotros… desde hace años conocemos al Bautista y lo hemos visto siempre, portarse como un santo, penitente, inspirado.

Tú… a Ti, sólo te conocemos por las palabras de otros. Tú sabes lo que signifique las palabras de los hombres… Crea y destruye famas y alabanzas; según sea quién exalte o quién abata. Al igual que los vientos contrarios forman o deshacen una nube.

Jesús dice:

–                     Lo sé. Lo estoy leyendo en vuestros corazones. Y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea; así como vuestros oídos oyeron mi conversación con la viuda. Esto bastaría para persuadir. Pero Yo os digo, observad lo que me rodea.

Aquí no hay ni ricos, ni personas que se entreguen a la diversión; ni seres escandalosos. Sino pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la palabra de Dios y no otra cosa. Éste, ése, aquella mujer; aquella niña y aquel viejo; llegaron aquí enfermos. Y ahora están sanos.

Preguntadles a ellos y os dirán que tenían. Cómo los curé y como se sienten ahora. Id. Id. Mientras que hablo con Mannaém.

Y Jesús intenta retirarse.

Pero ellos le contestan:

–                     No, Maestro. No dudamos de tus palabras. Danos sólo una respuesta, para llevársela a Juan. Para que vea que vinimos y para que apoyado en ella, persuada a nuestros compañeros.

–                     Id a decir a Juan esto. Los sordos oyen. Esta niña era sorda y muda. Los mudos hablan. Aquel hombre era mudo de nacimiento. Los ciegos ven. Hombre… Ven aquí y di a éstos lo que antes tenías. –dice Jesús, tomando por el brazo a un curado.

Éste dice:

–                     Soy albañil y me cayó en la cara un cubo de cal viva. Me quemó los ojos. Hace cuatro años que vivía en las tinieblas. El Mesías me puso saliva suya en los ojos secos y se volvieron más vivos que cuando tenía veinte años. Que Él sea bendito.

Jesús vuelve a tomar la palabra:

–                     Y con los ciegos, sordos, mudos curados; se enderezan los cojos y corren los lisiados. Ved, aquel viejo que antes estaba tullido y ahora está más derecho que una palma del desierto y más ágil que un cervatillo. Las enfermedades más graves son curadas. Mujer, oye, ¿Qué tenías?

–                     Un mal en el seno por la mucha leche que daba a quienes no se hartaban de ella. El mal me iba royendo la vida, así como el seno. Mirad ahora. –y abre su vestido y muestra las tetas intactas- Era una llaga y te lo demuestra el pus que todavía está en la tela de la túnica. Ahora me voy a casa a cambiarme de ropa. Me siento fuerte y feliz. Ayer estaba muriendo y varias personas compasivas me trajeron. Me sentía muy desdichada porque iba a dejar a mis hijos huérfanos. ¡Sea dada eterna alabanza al Salvador!

Jesús prosigue:

–                     Habéis oído. Podéis preguntar al sinagogo de esta ciudad; de la resurrección de su hija y regresando por Jericó, pasad a Naím y preguntad por el joven resucitado en presencia de toda la ciudad; cuando ya lo llevaban al sepulcro. Así podréis decir a Juan, que los muertos resucitan.

Podéis informaros en muchos lugares de Israel, que los leprosos son curados. Pero si queréis ir a Sicaminón, buscadlos entre los discípulos y encontraréis a muchos de ellos. Decid pues a Juan que los leprosos son curados y decidle, pues lo estáis viendo; que se anuncia la Buena Nueva a los pobres y bienaventurado es el que no se escandaliza de Mí. Decidlo a Juan y decidle que lo bendigo con todo mi amor.

–                     Gracias, Maestro. Bendícenos antes de que partamos.

–                     No podéis partir a esta hora que hace tanto calor. Seréis mis huéspedes hasta el atardecer. Viviréis por una jornada, la vida de este Maestro que no es Juan, pero a quien Juan ama, porque sabe Quién Es. Venid a la casa. Hace fresco ahí. Y os daré algún alimento. Adiós a vosotros.

Y despide a toda la gente. Entra a la casa con los tres huéspedes.

Al atardecer, dos de ellos se preparan para irse a Jericó. Y Mannaém, hermano de Herodes y con gran poder en su corte; con sus modales respetuosos hacia Jesús, que asombran a los curiosos espectadores de aquella despedida, se queda.

Se encuentra también Jairo, el sinagogo, que dice:

–                     Juan estará contento. No solo le enviaste una respuesta completa; pues al entretenerlos los adoctrinaste y les mostraste un milagro. Les traje a mi niña para que la viesen. Jamás había estado mejor.

Es para ella una alegría acercarse al Maestro. ¿Oísteis su respuesta? “No me acuerdo que es la muerte. Pero recuerdo que un ángel me llamó y me llevó a través de una luz muy viva, hasta donde estaba Jesús. Y como lo ví en aquellos momentos con mi espíritu, no lo veo. Ni siquiera ahora.

Vosotros y yo vemos al Hombre. Pero mi espíritu vio a Dios, que está encerrado en el Hombre.” Mi hija, que era buena; hora es un ángel. ¡Ah! ¡Que digan lo que quieran todos, pero para mí, Tú Eres Dios!

Y Jairo se postra y besa los pies de Jesús.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA