Archivos diarios: 19/10/12

81.- LA DANZA DE SALOMÉ


En la casa de Cafarnaúm, se preparan para el Sábado.

Mateo, que cojea todavía, recibe a los compañeros. Les brinda agua y frutas frescas. Les pregunta sobre las misiones.

Pedro arruga la nariz al ver que hay fariseos vagabundeando cerca de la casa. Y dice:

–                     Tienen ganas de amargarnos el Sábado. Quisiera ir al encuentro del Maestro y decirle que se vaya a Betsaida, para que éstos se queden con un palmo de narices.

Andrés le pregunta:

–                     ¿Y crees que el Maestro lo haría?

Y Mateo observa:

–                     Además… En la habitación de abajo está el pobre infeliz que lo espera.

Pedro insiste:

–                     Podríamos llevarlo en la barca a Betsaida y yo o cualquier otro ir al encuentro del Maestro, que hoy regresa de Corozaím.

Como Felipe tiene a su familia en Betsaida y nada le daría más gusto, dice entusiasmado:

–                     Pues vamos…

Pedro agrega:

–                     ¡Tanto más que estáis viendo cómo han reforzado la guardia con escribas! Vamos sin perder tiempo. Vosotros con el enfermo, pasáis por el huerto y salís por atrás de la casa. Yo llevo la barca hasta el pozo de la higuera y Santiago hará lo mismo. Simón Zelote y los hermanos de Jesús, irán al encuentro del Maestro.

Judas de Keriot grita:

–                     ¡Yo no voy con el endemoniado!

–                     ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se te pegue el demonio?

–                     No me hagas enojar, Simón de Jonás. Dije que no voy y no voy.

–                     Ve con los primos al encuentro de Jesús.

–                     No.

–                     ¡Uf! Ven en la barca.

–                     No.

–                     En resumidas cuentas… ¿Qué es lo que quieres? Eres siempre el de los obstáculos…

–                     Quiero quedarme en donde estoy. No temo a nadie y no me escapo. Por otra parte, el Maestro no estaría contento con ello. Sería causa para otro sermón de reproche y no me lo quiero merecer por vuestra culpa. Id vosotros. Yo me quedaré a informar…

Pedro grita:

–                     ¡Así no! Todos o nadie.

Zelote, que estaba mirando hacia el camino, dice muy serio:

–                     Entonces nadie. Porque el Maestro ya está aquí. Vedlo que se acerca.

Pedro disgustado, rezonga entre la barba y va a encontrar a Jesús con los demás. Y después de los saludos le dicen del endemoniado ciego y mudo que con los familiares le esperan desde hace mucho tiempo.

Mateo explica:

–                     Está como inerte. Se echó sobre unos sacos vacíos y de allí no se ha movido. Los familiares tienen confianza en Ti. Ven a tomar algo y luego lo curarás.

Jesús objeta:

–                     No. Voy al punto donde está él. ¿En dónde?

–                     En la habitación de abajo, cerca del horno. Allí lo puse junto con sus familiares. Porque hay muchos fariseos y también escribas que parecen estar al asecho.

Pedro refunfuña:

–                     Es cierto. Y sería mejor no darles gusto.

Jesús pregunta:

–                     ¿No está Judas de Simón?

Pedro vuelve a rezongar:

–                     Se quedó en casa. Siempre hace lo que otros no hacen.

Jesús lo mira pero no reprende. Se apresura a ir a la casa. Saluda a Judas, que parece muy ocupado en acomodar los trastes.

Jesús dice:

–                     Sacad al enfermo.

Un fariseo extraño a Cafarnaúm, replica:

–                     No es un enfermo. Es un endemoniado.

–                     Es siempre una enfermedad del espíritu…

–                     Le ha impedido el ver y el hablar.

–                     La posesión es siempre una enfermedad del espíritu, que se extiende a los miembros y a los órganos. Si me hubieses dejado terminar; hubieras sabido que me refería a esto. También la fiebre está en la sangre cuando uno se enferma. Y luego, a través de la sangre, ataca las diferentes partes del cuerpo.

El fariseo no puede replicar más y se calla.

Llevan al endemoniado ante Jesús. Se ve inerte y aniquilado. La gente se agolpa, junto con los notables de Cafarnaúm, los fariseos, escribas, Jairo y un centurión romano, con otros gentiles.

Haciendo el ademán de imperio, Jesús ordena:

–                     ¡En Nombre de Dios, deja las pupilas y la lengua de éste! Lo quiero. Sal de ésta criatura. Ya no te es lícito tenerla. ¡Largo!

El milagro se desenvuelve con un grito de rabia del demonio y termina con uno de alegría del liberado que exclama:

–                     ¡Hijo de David! ¡Hijo de  David! ¡Santo Rey!

Un escriba pregunta:

–                     ¿Cómo supo que fue Él quien lo curó?

Otro fariseo contesta:

–                     ¡Si todo es una comedia!

–                     ¡Esta gente ha sido pagada para representarla! –contesta uno más alzando los hombros.

Jairo replica:

–                     ¿Quién le pagó? ¿Se puede saber?

–                     Tú también.

–                     ¿Con qué fin?

–                     Para hacer célebre Cafarnaúm.

–                     No envilezcas tu inteligencia, diciendo estupideces. Y tu lengua, ensuciándola con mentiras. Sabes que no es verdad. Y deberías comprender que estás repitiendo una sandez. Lo que sucedió aquí, ha sucedido en muchas partes de Israel. ¿Habrá siempre quién pague? Yo no sabía que la plebe fuese tan rica, pues es la única que ama al Maestro.

–                     Tú eres el sinagogo y lo amas.

–                     Allí está Mannaém. En Bethania está Lázaro, el hijo de Teófilo.

–                     Ellos no pertenecen a la plebe.

–                     Pero ellos y yo somos honestos. No engañamos a nadie y menos en asuntos de creencia. No nos lo permitimos, pues tememos a Dios y a Él le agrada la honestidad.

Los fariseos le dan la espalda a Jairo y atacan a los familiares del curado:

–                     ¿Quién os dijo que viniesen aquí?

–                     Muchos que fueron sanados.

–                     ¿Qué os dieron?

–                     ¿Darnos? La seguridad de que Él lo sanaría.

–                     ¿Pero de veras estaba enfermo?

–                     ¡Oh, cabezas fraudulentas! ¿Pensáis que todo esto fue una pantomima? Si no nos creéis vayan a Gadara y preguntad por la desgracia de Anna de Ismael.

Se arma una discusión entre los que creen y  los que no creen.

Un escriba dice desdeñoso:

–                     Pero no aumentéis el fanatismo del pueblo con vuestras afirmaciones.

–                     ¿Y qué es entonces, según vosotros?

–                     ¡Un Belzebú!

Varios gritan al mismo tiempo:

–                     ¡Lenguas de víboras!

–                     ¡Queréis quitarnos la alegría del Mesías!

–                     ¡Blasfemos!

–                     ¡Usureros!

–                     ¡Ruina nuestra!…

Y se enciende más la disputa.

Jesús que había ido a la casa a beber un poco de agua, se asoma al umbral a tiempo para oír la necia acusación farisea:

–                     Este es un Belcebú, porque los demonios lo obedecen. El gran Belcebú, su padre le ayuda y es con su poder que arroja a los demonios.

Jesús se acerca derecho y severo; pero tranquilo. Se detiene frente al grupo de escribas y fariseos.

Los mira agudamente y les dice:

–                     Aún en la tierra vemos que un reino dividido en partidos contrarios, se debilita internamente…

Y en un larguísimo discurso habla de la astucia y la maldad de Satanás que vive para ‘robar, dañar, mentir, ofender, meter confusión, destruir…’ Del pecado contra el Espíritu Santo y de la posesión diabólica.

Casi ha terminado cuando dicen a Jesús:

–                     Maestro, están tu Mamá y tus hermanos. Da orden de que se aleje la gente, para que puedan acercarse a Ti, pues tienen una razón importante que los obligó a venir a buscarte.

Jesús levanta su cabeza y ve el rostro angustiado de María que lucha por no llorar, mientras que José de Alfeo, le habla irritado con gestos enérgicos. Y la cara de Simón, claramente afligida y disgustada…

Pero no sonríe y no da ninguna orden. Deja a la Afligida en su dolor y a sus primos, donde están. Mira a la multitud y responde a los apóstoles que están cerca y que tratan de hacer valer la sangre sobre el deber.

Solamente dice:

–            ¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?

Gira los ojos. Hay severidad en su rostro, que palidece por la violencia que debe hacerse a Sí Mismo, para colocar el deber sobre el afecto y la sangre.

Y lograr negar su unión con su Madre, para servir al Padre. Señala con un largo ademán a la multitud que se aprieta a su alrededor.

–                     He aquí mi madre. He aquí a mis hermanos. Los que hacen la voluntad de Dios, son mis hermanos y hermanas, son mi madre. No tengo otros. Los míos serán esto si cumplen la Voluntad Divina y con mayor perfección que cualquier otro; en hacer la voluntad de Dios hasta el sacrificio total de cualquier otro querer o voz de sangre y de afectos.

La multitud ruge como un mar agitado por el viento.

Los escribas son los primeros en huir diciendo:

–                     ¡Es un demonio! ¡Reniega hasta de su sangre!

Los parientes se adelantan:

–                     ¡Es un loco! ¡Tortura hasta a su madre!

Los apóstoles:

–                     En verdad que en esta palabra concentra todo el heroísmo.

La multitud dice:

–                     ¡Cómo nos ama!

A duras penas, María con José y Simón, se abren paso. María toda dulzura. José, todo rabia. Simón, todo turbado. Llegan hasta Jesús.

José al punto lo ataca:

–                     Eres un loco. Ofendes a todos. No respetas ni siquiera a tu Madre. Pero ahora estoy aquí y te lo impediré. ¿Es verdad que vas de acá para allá como trabajador? Si es verdad, ¿Por qué no trabajas en tu carpintería, para alimentar a tu Madre? ¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación? Ocioso e ingrato que eres; si luego vas a buscar en casa ajena un trabajo remunerado. ¡Responde!

Jesús se vuelve. Toma de la mano al niño, lo levanta sosteniéndolo por las axilas y dice:

–                     Mi trabajo fue para dar de comer a este inocente y a su familia. Y persuadirles de que Dios es Bueno. Se predicó a Corozaím la humildad y la caridad. Y no sólo a Corozaím, sino también a ti José, hermano injusto. Te perdono porque sé que la sierpe te mordió.

Te perdono a ti también, Simón inconstante. A mi Madre no tengo nada que perdonar, ni Ella a Mí, porque juzga con justicia. Que el mundo haga lo que quiera. Yo hago lo que Dios quiere. Y con la bendición del Padre y mi Madre soy más feliz; que si todo mundo me aclamase como Rey suyo. Ven Madre, no llores. Ellos no saben lo que hacen. Perdónalos.

María dice:

–                     ¡Oh, Hijo! ¡Yo sé! Tú sabes. No hay nada que decir…

–                     No hay otra cosa qué decir, más que: ‘Idos en paz.’

Jesús bendice a la multitud y tomando de la mano a María, sube la escalera…

Tres días después…

Los apóstoles se fueron a predicar. En el huerto de Cafarnaúm, en una fresca mañana, Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Después que terminan suben a la habitación del segundo piso y se sientan en la terraza.

Mannaém dice:

–                     Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–                     Y luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos… Y el invierno estará a las puertas. ¿Cuándo piensas partir?

–                     De mi parte no me iría nunca. Pero pienso en el Bautista. Herodes es un débil. Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno; por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien. ¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles. Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien. Pero no me importa.

Quisiera tener el valor de abandonarlo todo, para seguirte completamente, como aquellos discípulos que estás esperando. ¿Lo lograré alguna vez? Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte. ¿Por qué será?

–                     Porque los tentáculos de las pobres riquezas os tienen cogidos.

–                     Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí doctos. Y tampoco vienen.

–                     No solamente se es rico de dinero. Existe también la riqueza del saber. Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano, logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones e ir libre al encuentro del Sol.

–                     Quiero tener presentes estas palabras. Quiero acordarme de todo cuanto me has dado en estos días. Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios. Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad. Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior. Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–                     Lo lograrás.

–                     ¿Cuándo? ¿El año próximo? ¿O hasta que la ancianidad me haga prudente?

–                     Lo lograrás llegando a una madurez de espíritu y a una decisión perfecta. En el término de unas cuantas horas. –Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.

Mannaém lo mira pensativo… Indagador… pero no pregunta más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús:

–                     ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–                     No, Maestro. Nos hemos encontrado algunas veces. Pero yo con Herodes y Herodes contra él…

–                     Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas. Te mirará en Dios… Procura tratarlo como condiscípulo.

–                     Lo haré si así lo quieres…

Se oyen gritos alarmantes en el huerto, que buscan al Maestro. Y pasos apresurados que suben por la escalera. Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón. Se arrodillan besando el suelo, mientras Jesús los saluda.

–                     La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

–                     ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–                     Y ahora recógenos, Señor. Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas bajan por su cara.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–                     ¿¡Juan!?

–                      Lo mataron…

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire en un silencio horrorizado. Jesús palidece. Sus ojos se agrandan. Vidrian por el llanto que se asoma. Abre los brazos. Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea tranquila.

–                     Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los brazos. Su espíritu ora.

Mannaém no se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade. Se pone rígido y automáticamente su mano busca el puñal… Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado. Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–                     Venid. Me lo contaréis. De hoy en adelante me pertenecéis. Hablad.

Mannaém sigue petrificado y no dice una palabra.

Matías expone:

–                     Lo sucedido no se podía prever. Fue la noche de a fiesta. Tan sólo dos horas antes, Herodes había estado aconsejándose con Juan. Y se despidió de él, con aire afectuoso. Y poco antes de que sucediese… el crimen; había llevado a un criado suyo a que le llevase frutas heladas y vinos muy exquisitos al prisionero.

Juan nos distribuyó estas viandas… Jamás prescindió de su austeridad.

Éramos los únicos presentes. Gracias a Mannaém, trabajábamos en el palacio; para que pudiésemos ver siempre a nuestro Juan. En la cocina estábamos yo y Juan.

Simeón tenía a su cuidado a los criados de las caballerizas, para atender las cabalgaduras de los huéspedes. El palacio estaba lleno de grandes, de jefes militares y señores de Galilea.

Herodías se había encerrado en sus habitaciones, después de una violenta escena que había tenido con Herodes, por la mañana…

Mannaém interrumpe:

–                     Pero, ¿Cuándo llegó esa hiena?

Simeón contesta:

–                     Dos días antes. Nadie la esperaba. Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y menos en el día de su fiesta. Serpiente y bruja. Lo tiene convertido en un pelmazo.

Pero herodes, ya desde la mañana, aunque ebrio de vino y de lujuria; se opuso a conceder a la mujer lo que pedía a grandes gritos… Y nadie imaginaba que fuese la vida de Juan.

Juan agrega:

–                     Estuvo en sus habitaciones enojadísima. No aceptó los alimentos que Herodes le envió en una vajilla preciosa. Tan solo se quedó con una fuente con frutas y a cambio; envió a Herodes una jarra de vino con drogas… ¡Con drogas!… ¡Ah!

¡Ya su naturaleza ebria y viciosa, bastaba para arrojarlo al delito! Por los criados que asistían a las mesas, supimos que a la mitad de la danza de las bailarinas de la corte; irrumpió Salomé a la sala del banquete.

Matías:

–                     Las bailarinas, ante la jovencilla real, se retiraron a las paredes. Nos dijeron que la danza fue bella, lúbrica, perfecta. Digna de los huéspedes…

Herodes… ¡Oh! ¡Tal vez un nuevo placer de incesto, fermenta en su corazón! Pues al final de la danza, con satisfacción dijo a Salomé:

–                     ¡Bailaste bien! mereces un premio. Juro que te lo daré. Juro que te daré cualquier cosa que me pidas. Lo juro en la presencia de todos. Y la palabra de rey es fiel, aún sin juramentos. Pídeme pues lo que quieras.

Y Salomé, fingiendo no saber qué hacer. Aparentando inocencia y modestia; se cubrió con sus velos con un gesto púdico, después de tanta desvergüenza y respondió:

–                     ¡Permíteme, ¡Oh, Grande!, reflexionar un momento! Salgo un instante y luego regresaré. Porque tu gracia me ha turbado.

Y se fue derecha con su madre.

Selma me contó que entró riendo y que dijo:

–                     Madre, ¡Venciste! ¡Dame la palangana!

Y Herodías, con un gesto de triunfo, ordenó a la esclava que diese a la jovencilla, la palangana que había detenido antes, diciendo:

–                     Ve y regresa con la cabeza odiada. Y te cubriré de perlas y oro.

Selma horrorizada, obedeció.

Salomé volvió a la sala, danzando. Y danzando se postró a los pies del rey.

Y le dijo:

–                     Mira. En esta palangana que enviaste a mi madre en señal de que la amas y de que me amas; quiero la cabeza de Juan. Y luego volveré a bailar, si tanto te gustó. Bailaré la danza de la victoria, porque he vencido. Te vencí, ¡Oh, rey! Gané la vida y me siento feliz.

El copero que es amigo nuestro, nos repitió estas palabras.

Herodes se turbó, en medio de dos quereres: ser fiel a su palabra y ser justo. Pero no supo ser justo, porque es un desvergonzado. Hizo señal al verdugo que estaba detrás del trono real y tomando la palangana de las manos de Salomé, fue a las habitaciones inferiores.

Juan y yo vimos cuando atravesaba el patio…

Y poco después, oímos el grito de Simeón: “¡Asesinos!”

Luego lo vimos regresar con la cabeza en la palangana…

Juan tu Precursor, había muerto.

Matías inclina la cabeza y se cubre el rostro con las manos; llorando, al finalizar su relato.

Unos momentos después, Jesús pregunta:

–                     Simeón, ¿Puedes contarme cómo murió?

Simeón contesta:

–                     Sí. Estaba en oración. Me había dicho antes:

“Dentro de poco habrán regresado los dos a quienes envié y quién no cree, creerá. Acuérdate que si no estoy vivo a su regreso; pues estoy cada vez más cercano a la muerte; nuevamente te digo para que se los repitas: Jesús de Nazareth es el verdadero Mesías”…

Siempre pensaba en Ti…

Entró el verdugo y yo lancé un grito. Juan levantó la cabeza; lo vio.

Se puso de  pie y dijo: ‘Sólo puedes cortarme la vida. Pero la verdad que permanece, es que no es lícito hacer el Mal.’

E iba a decirme algo, cuando el verdugo levantó la pesada espada…

La cabeza cayó truncada del cuerpo, con un chorro de sangre que enrojeció la piel de cabra. Su enrojecida cara quedó como si fuera de cera. Pero quedaron vivos, abiertos y acusadores; los ojos. Me rodó hasta los pies. Yo caí sobre el cuerpo, presa del dolor…

Luego que Herodías se burló de ella, la echaron a los perros. Pero nosotros la recogimos pronto y la envolvimos en un velo precioso. La pusimos junto con el resto del cuerpo. Por la noche lo compusimos bien y lo sacamos fuera de Maqueronte.

Lo embalsamamos en un bosque de acacias, con ayuda de otros discípulos; cuando apenas iba a despuntar el sol. Pero otra vez nos lo quitaron para nuevas befas… Porque ella no puede destruirlo y no puede perdonarlo. Y sus esclavos llevados por el temor, fueron más crueles que los chacales al quitarnos la cabeza de Juan. Si hubieses estado, Mannaém…

Mannaén que está pálido por la ira y el dolor, dice con voz contenida:

–                     Si yo hubiera estado… Esa cabeza es su maldición. Nada se quita a la gloria del Precursor; aunque el cuerpo esté incompleto. ¿No es verdad, Maestro?

Jesús confirma:

–                     Es verdad. Aunque la hubiesen acabado los perros, no habría acabado su gloria.

Matías dice:

–                     Y su palabra no cambió, Maestro. Sus ojos aunque befados y con una gran herida, todavía repiten: ‘No te es lícito…’ ¡Pero nosotros lo hemos perdido!

Simeón agrega:

–                     Ahora somos tuyos porque él así nos lo dijo. Y también nos dijo que Tú ya lo sabías.

–                     Así es. Hace meses que me pertenecéis. ¿Cómo vinisteis?

–                     A pie. A etapas. Camino penoso en medio de arenas y sol abrasadores. Pero todavía más duro por el dolor. Hace como veinte días que estamos en camino…

Jesús dice:

–                     Ahora descansaréis.

Mannaém pregunta:

–                     Decidme. ¿No se sorprendió Herodes por mi ausencia?

Juan contesta:

–                     Sí. Primero se inquietó. Y luego se enfureció… Pero pasado el arrebato, dijo: ‘Un juez menos’ Así nos lo contó nuestro amigo el copero.

Jesús dice:

–                     ¡Un juez menos! Dios le espera como Juez y es suficiente. Id al lugar donde dormimos. Estáis cansados y sucios del polvo. Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros. Tomadlos. Lo que es de unos, es de los demás. Tú Matías, que eres alto; puedes tomar uno de mis vestidos. Luego proveeremos. Al atardecer, pues es vigilia del sábado, vendrán mis apóstoles. La semana entrante vendrá Isaac con los discípulos y luego, Benjamín y Daniel. Y después de la Fiesta de los Tabernáculos, llegarán Elías, José y Leví. Es tiempo que a los Doce, se unan  otros. Id ahora a descansar.

Mannaém los acompaña y luego regresa.

Jesús se queda con él. Se sienta pensativo y muy triste. Su color es plomizo y su cara refleja una tempestad.

Después de un tiempo, Jesús lo mira y le pregunta:

–                     ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora?

Mannaém contesta dudoso:

–                     Todavía no lo sé. La razón para estar en Maqueronte ha terminado. Quisiera permanecer todavía en la corte para saber… Y para protegerte si sé algo.

–                     Te sería mejor que me siguieses sin vacilación. Pero no te hago fuerza. Vendrá cuando esté deshecho pedazo por pedazo, el viejo Mannaém…

–                     Quisiera también quitarle la cabeza a esa mujer. No es digna de tenerla…

Un pálido esbozo de sonrisa asoma en el rostro de Jesús y dice:

–                     Además, todavía no está muerto a las riquezas humanas. Pero de todos modos te quiero. Sé aguardar.

–                     Maestro, quisiera darte mi generosidad para consuelo tuyo. Porque sufres… Lo veo.

–                     Así es… Sufro mucho… ¡Mucho!

–                     Sólo por Juan. No lo creo. Sabes que está en paz.

–                     Sé que está en paz y no lo siento lejano.

–                     ¿Entonces?

–                     ¡Entonces… Mannaém! ¿A qué precede el alba?

–                     Al día, Maestro. ¿Por qué me preguntas?

–                     Porque la muerte de Juan precede al día en que Yo seré el Redentor. Y mi parte humana se estremece fuertemente ante esta idea… Mannaém, voy al monte. Quédate a recibir a quién venga. A ayudar a los que acabaron de llegar. Quédate hasta que yo regrese… Después harás lo que quieras. Hasta pronto.

Jesús sale y baja despacio la escalera. Atraviesa el huerto y se va por una vereda entre olivos, manzanos, vides e higueras; hacia la colina…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA