Archivos diarios: 24/10/12

86.- RACIONAL DEL PONTÍFICE


Al día siguiente, la caravana se pone en movimiento bajo un cielo maravillosamente azul y despejado. Jesús lleva de las riendas, el mulo sobre el que cabalga su Madre. Marziam va sentado en la misma cabalgadura, que el mercader. Los apóstoles han colgado sus alforjas, en las monturas de los mulos, en que viajan las mujeres y van escoltándolas a pie.

Todos van felices al ver a Jesús tan contento. Cuando se paran a descansar a la orilla de un bosque, buscan leña para cocer sus alimentos. El mercader provee un corderito, que pronto es cocinado y que también pronto es consumido.

En el intervalo, Jesús y Misace hablan de la vida y de la muerte. De algunos pecados de Misace y de la eternidad.

Misace dice:

–                     ¿Quieres quedarte todavía conmigo?

Jesús responde:

–                     Si no me arrojas, ¿Por qué no he de querer?

–                     Por lo que te dije. Debo causarte náuseas a Ti que eres Santo.

–                     ¡Oh, no! He venido por los que son como tú. Os amo porque sois los que tenéis más necesidad. Todavía no me conoces. Soy el Amor que pasa mendigando amor.

–                     ¿Entonces no me odias?

–                     Te amo.

Una lágrima brilla en los ojos del mercader.

Y con una sonrisa dice:

–                     Entonces estaremos juntos. En Gerasa me detendré por tres días. Allí tomaré camellos en lugar de mulos. Tengo apostaderos para las caravanas. Y tengo un siervo que cuida de los animales que dejo. Y Tú, ¿Qué piensas hacer?

–                     Predicaré el Sábado. Te habría dejado si no te hubieses detenido; porque el Sábado es día consagrado al Señor.

El hombre arruga la frente. Piensa.

Y como si algo le doliese, dice:

–                     Es verdad. Está consagrado al Dios de Israel…   -mira a Jesús y agrega-  Si me lo permites, te lo consagraré.

–                     A Dios. No a su Siervo.

–                     A Dios y a Ti al escucharte. Hoy terminaré mis negocios. ¿Vendrás al albergue? Tengo apartadas grandes y amplias habitaciones, en donde puedo hospedarte junto con todos los tuyos…

–                     Dios te lo pague. Vienen conmigo las mujeres y aquí soy un Desconocido. Vamos…

El sábado Jesús habla al pueblo:

–                     Esta ciudad es muy hermosa. Hacedla también hermosa con la justicia y la santidad…

Y Jesús habla extensamente sobre el Pecado y sus consecuencias. Sobre Satanás y su tiranía.

Sobre los Diez Mandamientos y la conquista del Reino de Dios. Y concluye:

–                     …Ciudadanos de Gerasa, construid en vosotros y en vuestra ciudad el Reino de Dios.

Una fuerte voz de mujer grita:

–                     Bienaventurado el seno que te llevó y los senos que te amamantaron.

Jesús sonríe y dice:

–                     Más bienaventurados son lo que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Mi Madre es Bienaventurada por esto; pero más por haber dicho el: “Hágase en mí según tu Palabra.” Sin pensar jamás en el Dolor que esto significaba.

Después de esto, todos se entregan al descanso. Marziam, observa los camellos y como los tratan los camelleros. Como le hacen para que se arrodillen y se levanten, después de que son cargados.

Y como hombres y camellos, mastican los algarrobos con gusto. Emocionado, va con Pedro que está durmiendo. Y lo jala de una manga.

Pedro contesta amodorrado:

–                     ¿Quién es? ¿Qué se te ofrece?

El niño le dice:

–                     Soy yo. Ven a ver los camellos.

–                     Déjame dormir. ¡He visto tantos! Animales tan feos…

Ante esta respuesta, Marziam va con Mateo que está haciendo las cuentas; pues en este viaje es el tesorero.

Y le dice:

–                     ¿Ya viste los camellos? Comen como las ovejas. Se arrodillan como los hombres. Y parecen barcas, cuando van y vienen.

Mateo, que perdió las cuentas con la interrupción, responde un poco seco:

–                     Sí.

Y vuelve a contar el dinero, sin hacerle más caso.

¡Humm! Otra desilusión…

Marziam mira a su alrededor… y  ve a Zelote y a Tadeo que están conversando animadamente…

Y dice emocionado:

–                ¡Qué hermosos son los camellos! Y tan buenos. Los cargan y descargan. Y se arrodillan para que uno no se canse. Después comieron algarrobos y también esos hombres comieron. Me gustaría… Pero creo que no me entienden…  Ven tú…  -y toma de la mano a Simón.

Éste, que sigue absorto en su plática con Tadeo, contesta distraído:

–                     Si querido. Vete y no te lastimes…

Marziam lo mira casi a punto de llorar y va a apoyarse contra una columna…

Jesús sale de una habitación y lo ve… Le pone una mano sobre la cabeza y le pregunta:

–                     ¿Qué haces aquí tan solo y triste?

El niño contesta:

–                     Nadie me hace caso… -Y le cuenta la razón.

Jesús comprende al punto:

–                     Y tú quieres comer algarrobos. Ven vamos a donde están los camellos.

Y van con el camellero, al que Jesús le explica la situación.

El hombre, con una gran sonrisa se muestra dispuesto a complacer el deseo infantil. Le da un algarrobo y montándose sobre el animal, sube con él a Marziam y desaparecen al trote por la verde campiña.

Jesús regresa a la sala dónde están las mujeres y María le pregunta:

–                     ¿Qué te pasa Hijo mío, que estás tan contento?

–                     Me siento feliz, porque Marziam se fue a pasear en un camello. También es amor ocuparse de los juegos de un niño.

Luego llegan a buscar a Jesús para que cure a unos enfermos y Jesús los cura a todos. Y llueven las alabanzas y las bendiciones.

Alejandro Misace lo mira admirado.

Y Jesús dice a Zelote:

–                     Simón. Mañana cuando salga el sol, Alejandro parte para Aera. Iremos con él hasta el camino de Arbela y luego nos separaremos. Te diré Alejandro Misace, que has sido un excelente guía, para el Peregrino. Siempre me acordaré de ti…

El hombre está conmovido. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho a la manera oriental y se inclina ante Jesús.

Y contesta:

–                     Sobre todo acuérdate de mí, cuando estés e tu Reino.

–                     ¿Lo deseas Misace?

–                     Sí, Señor mío.

–                     También Yo deseo una cosa de ti.

–                     ¿Cuál Señor? si puedo, te la daré. Aunque sea la más preciosa de las que poseo.

–                     Es la más preciosa. Quiero tu alma. Ven a Mí. Te dije cuando empezamos a viajar juntos, que esperaba hacerte un regalo al final. Es la Fe. ¿Crees en Mí, Misace?

–                     Creo, Señor.

–                     Entonces, santifica tu alma, para que la Fe no sea en ti, no sólo un don inerte, sino perjudicial.

–                     Mi alma ya está caduca, pero me esforzaré por hacerla nueva. Absuélveme y bendíceme para que empiece desde ahora una nueva vida. Llevaré conmigo tu bendición como mi mejor escolta, en mi camino hacia tu Reino. ¿Nos volveremos a ver, Señor?

–                     En la tierra, jamás. Pero oirás hablar de Mí y creerás con mayor fuerza. Porque me encargaré de haya quién lleve hacia Mí. Adiós Misace. Mañana tendremos muy poco tiempo para despedirnos. Hagámoslo ahora, antes de que comamos juntos, por última vez.

Lo abraza y le da el beso de paz.

Y dos días después, llegan a la cima de una hermosa colina y en la llanura se asienta una ciudad: Arbela. Cuando descienden y llegan a la llanura hasta un cruce de caminos, Jesús se detiene y dice:

–                     Es hora de separarnos. Comamos y luego nos dividiremos. Este camino va a Gadara. Es el más corto y antes de que anochezca estaréis en las tierras de Cusa.

Ninguno muestra alegría… Pero están dispuestos a obedecer.

Durante la comida, Marziam dice:

–                     Entonces es también el momento de que se te de esta bolsa. Me la dio Misace el mercader, cuando venía con él en la silla de su camello. Y me dijo: ‘Se la entregarás a Jesús antes de que te separes de Él y le dirás que me ame, como te ama a Ti.’ Está muy pesada.

Todos tienen curiosidad.

Jesús desata las cintas de cuero de una bolsa de piel de gacela. Y vacía su contenido sobre su túnica. Corre dinero, pero no es mucho: unas pocas y grandes monedas de oro. También salen doce bolsitas de viso muy fino, amarradas con un cordoncillo.

Jesús las abre y de cada una cae una cascada de piedras preciosas: topacios, rubíes, esmeraldas, zafiros, ónices, etc. En la última, la más pesada y que es un resplandor dorado de crisolitos, hay un pergamino que dice: “Para tu Racional de Verdadero Pontífice y Rey.’

Todos se quedan asombrados con aquel tesoro…

Pedro dice admirado y lanzando un silbido:

–                     ¡Si estuviese aquí Judas de Keriot!

Tadeo contesta cortante:

–                     ¡Cállate! Es mejor que no esté.

Jesús se queda pensando y mete las piedras de nuevo en la bolsa. Apartando las monedas que da a Zelote para que las guarde.

Los apóstoles comentan:

–                     ¡Qué si es rico ese hombre!

Y Pedro los hace reír con:

–                     Caminamos al trote sobre un trono de piedras preciosas. Nunca me imaginé que estuviese en medio de un resplandor semejante. ¡Con razón no estaba suave! ¿Qué piensas hacer con ellas?

Jesús contesta:

–                     Las venderé para los pobres. –levanta los ojos y mira a las mujeres con una sonrisa.

Pedro insiste:

–                     ¿Y dónde encuentras aquí al joyero que te compre esto?

–                     ¿En dónde? Aquí. Juana, Martha y María, ¿Compráis mi tesoro?

–                     ¡¡¡Sí!!! –contestan con todas sus ganas, las tres al mismo tiempo.

Martha agrega:

–                     Aquí no tenemos dinero.

–                     Procurad tenérmelo en Mágdala. Para la luna nueva.

Juana pregunta:

–                     ¿Cuánto quieres, Señor?

–                     Para Mí, nada. Para mis pobres, lo posible.

Magdalena toma la bolsa y la guarda.

Y dice:

–                     Vas a tener mucho de aquí.

Jesús se levanta. Los bendice. Los besa y se despide.

Sus primos, Pedro y Juan de Endor, se van con las mujeres.

Y Jesús con los demás, toma el otro camino, que lleva hacia la ciudad.

Al día siguiente; después de haber hablado en la plaza principal, la multitud se desborda en expresiones de entusiasmo. Después le acomodan en dos filas a gran cantidad de enfermos.

Jesús le pregunta a su discípulo, Felipe de Arbela:

–           ¿Por qué no los curaste tú?

Felipe contesta:

–            Para que Tú los curases personalmente, como me curaste a mí.

Jesús pasa bendiciendo a uno por uno de los enfermos y se produce el acostumbrado prodigio de ciegos que ven, sordos que oyen, lisiados que se enderezan, enfermedades graves que desaparecen, etc.

Cuando termina con el último enfermo; se le acercan cuatro Fariseos:

–                     La paz sea contigo, Maestro. ¿Y a nosotros no nos dices algo?

Jesús contesta:

–                     Hablé ya para todos.

–                     Pero nosotros no necesitamos esas palabras. Somos los santos de Israel.

–                     Os digo a vosotros que sois maestros comentad entre vosotros lo que sigue en el Libro de Esdras. Acordándoos de cuantas veces Dios tuvo hasta ahora misericordia y golpeándoos el pecho, decid como si fuese una plegaria, la parte con la que termina el texto indicado.

–                     Has dicho bien, Maestro. ¿Y lo hacen tus discípulos?

–                     Sí. Es la primera condición que les exijo.

–                     ¿A todos? ¿También a los homicidas que hay en tus filas?

–                     ¿Os repugna el olor de la sangre?

–                     Es voz que grita al Cielo.

–                     Entonces tratad de no imitar a los que la derraman.

–                     ¡No somos asesinos!

Jesús los mira, traspasándolos con su mirada.

No se atreven a decir palabra alguna, por algunos minutos. Después se acercan al grupo que va a entrar a la casa de Felipe para el banquete y entran también ellos, como si fueran sabuesos. Miran, escudriñan, hacen preguntas astutas a los siervos.

Y uno de ellos, sin responderles abiertamente, se inclina ante Jesús que está hablando con Felipe y le pregunta:

–                     ¿Dónde está Juan de Endor? Este señor lo busca.

El fariseo fulmina al siervo con la mirada y dice:

–                     ¡Estúpido! –Con una sonrisa viperina añade- Era para congratularnos con este prodigio de tu Doctrina, Maestro y honrarte por el que se te convirtió.

Jesús, que conoce sus intenciones dice:

–                     Juan ya está lejos y para siempre lo estará.

–                     ¿Ha vuelto a caer en pecado?

–                     No. Está subiendo en dirección al Cielo. Imitadlo y lo encontraréis en la otra vida.

Los cuatro no saben que decir y prudentemente hablan de otra cosa.

El banquete continúa…

A la semana siguiente, la comitiva apostólica va por un camino lodoso, como si hubiera llovido mucho. El cielo está nublado.

Ermasteo pregunta:

–                     Esos fariseos… ¡Qué desengaño! Hasta el mal tiempo sirvió para convencerlos de que Juan de Endor no estaba. Pero, ¿Por qué se la traen contra él? –pues quiere mucho a Juan de Endor.

Jesús responde:

–                     No es contra él. Ni solo contra él que sienten rencor. Sino que se aprovechan de él, como de un instrumento para odiarme.

Mateo exclama:

–                     Todavía sigue lloviendo. ¡Dios nos libre de los achaques! –que es poco amigo de caminar con mal tiempo.

Juan le contesta bromeando:

–                     No hay necesidad de buscar manantiales para calmar la sed. Basta con que uno eche la cabeza para atrás; abra la boca y los ángeles le meten a uno el agua que quiera.

Ermasteo que también es muy joven, dice:

–                     Simón de Jonás se quejaba de los camellos. Pero yo prefiero estar en una de esas torres bamboleantes, que en este lodazal. ¿Tú que opinas?

Juan suspira:

–                     Yo me encuentro bien dondequiera que sea, con la condición de que esté Jesús…

Andrés dice:

–                     Maestro. En Aera estará Judas de Simón…

Jesús contesta:

–                     Ciertamente. Y con él, Tomás, Bartolomé y Felipe.

Santiago de Zebedeo suspira:

–                     Maestro, ¡Cuánto me gustan estos días de paz! ¡Y se van a terminar!

–                     No digas eso, Santiago.

–                     Lo sé. Pero no puedo menos que decirlo. –y da otro suspiro más grande.

–                     También estará Simón-Pedro con mis hermanos, ¿No estás contento?

–                     ¡Yo, mucho! Maestro, ¿Por qué Judas de Simón es tan diferente de nosotros?

–                     No todos los hombres son iguales. Cada uno tiene su misión y su forma de ser. A ti te parece que Judas no hace nada o hace mal. Te recuerdo que me ha anunciado y bien, por la Judea meridional. Y que tú mismo dijiste que sabe ser diplomático con los fariseos.

–                     Es verdad.

Mateo observa:

–                     También es muy inteligente en buscar dinero para los pobres. Pide. Y sabe pedir. Cosa que yo no sé. Tal vez porque ahora el dinero me causa vómito…

Simón Zelote baja la cara, ardiente como una brasa.

Andrés lo nota y le pregunta:

–                     ¿Te sientes mal?

–                     No, no… La fatiga… No creo que sea nada…

Jesús le mira fijamente y Zelote se pone más colorado.

Jesús no dice nada. Después de un rato se lo lleva consigo y se retira discretamente de los demás.

Cuando están aparte le pregunta:

–                     ¿Por qué te pusiste colorado, Simón?

Se pone como una ascua… Pero no dice nada.

Jesús repite la pregunta y Simón se pone más rojo todavía, pero sigue callado.

Jesús pregunta por tercera vez…

Simón contesta en voz alta, como si sufriese un tormento:

–                     Señor, Tú lo sabes… ¿Por qué quieres que te lo diga?

–                     Para que tú descanses.

–                     Es que… Cuando Judas recibe dinero, no administra todo para los pobres. Siempre se guarda una parte…

–                     ¿Estás seguro de ello?

–                     No me lo negó. Con todo cinismo añadió: “Lo hago para prever. Tengo buen sentido común. El Maestro no piensa en el mañana.” Puede que sea verdad. Pero hoy siempre… Es siempre… Maestro, Tú di la palabra exacta.

–                     Es la señal de que Judas es tan solo un ‘hombre’. No sabe elevarse para ser un espíritu. Pero más o menos, todos sois iguales. Tenéis miedo de cosas que no tienen valor. Os atormentáis por cosas inútiles. No tenéis confianza en la Providencia que es poderosa y está presente en todas partes. Bueno. Que esto quede entre nosotros dos. ¿O no?

–                     Sí, Maestro.

Hay un silencio.

Luego Jesús dice:

–                     Regresaremos al lago. Será algo bello detenernos un poco, después de tanto caminar…

Después de que pasan el poblado, ya tienen encima otro aguacero. Por el camino inundado encuentran a Pedro, esperándolos con unos asnos. Tiene tres días viniendo al mismo lugar y siempre con la lluvia.

Después de los saludos, Jesús le pregunta:

–                     ¿Quién está en Aera?

Pedro le contesta:

–                     Tadeo, Santiago, además de Judas de Keriot con los otros. Parece que Judas ha hecho mucho bien, pues todos le alaban…

–                     ¿Te ha preguntado algo?

–                     Muchas cosas. A todas respondí que no sabía nada. No le dije nada de Juan de Endor, ni de Síntica. Cree que Juan está contigo. Deberías decirlo a los demás…

–                     No. Tampoco lo saben. Es inútil decirlo. Pero, ¡Estos borricos por tres días!… ¡Cuánto habrás gastado!… ¿Y los pobres?

–                     Los pobres… Judas tiene mucho dinero y piensa en ellos. Los borriquitos no me cuestan nada. En esta población todos te quieren y creen en Ti. Son mejores que nosotros. –y da un suspiro.

–                     ¡Simón! ¡Simón!…  Nos tributaron honores en la otra parte del Jordán. Un galeote, unas mujeres paganas y pecadoras, dieron ejemplo de perfección. Acuérdate siempre de ello, Simón de Jonás. Siempre.

–                     ¡Lo trataré, Señor!

Y se alejan conversando en dirección a la ciudad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA