98.- LAS DERROTAS DEL MESÍAS


Jesús y los apóstoles salen hacia la campiña… Y luego caminan por una región montañosa. Van en silencio, por el fondo de un valle.

Santiago de Zebedeo suspira y dice, como terminando un razonamiento:

–                     ¡Derrotas y más derrotas! Parece como si estuviéramos malditos…

Jesús le pone la mano en el hombro:

–                     ¿No sabes que es la suerte de los mejores?

–                     ¡Bah! Lo sé desde que estoy contigo. Pero de vez en cuando, es necesario cambiar. Antes lo teníamos. Para aliviar el corazón. Para sostener la fe.

La voz del Maestro es trémula al responder:

–                     ¿Dudas de Mí, Santiago?

–                     ¡No! –el ‘no’ es rotundo.

–                     Si no dudas de Mí, ¿De qué entonces? ¿No me amas como antes? ¿Te ha arrebatado el amor el verme arrojado? ¿Qué se burlen de Mí o que no me tomen en consideración en estos lugares fenicios?

Aun cuando no se ve una lágrima en los ojos de Jesús. Su voz es tan triste. Es su alma la que llora.

–                     Eso no, Señor mío! Antes bien, mi amor aumenta cuanto más veo que no se te comprende. Que no se te ama. Cuanto más te veo afligido. Humillado. Por no verte así. Para poder cambiar el corazón de los hombres, estaría dispuesto a dar mi vida. Créemelo.

Todos los apóstoles apoyan las palabras de Santiago y Él con un rostro luminoso de amor, los estrecha diciendo:

–                     ¿No sabéis que si no tuviese otra cosa, más que la alegría de hacer la Voluntad de mi Padre y vuestro amor; aun cuando todos me abofeteasen, sería feliz? Me siento triste, no por Mí, ni por mis derrotas, como las llamáis. Sino por compasión a las almas que rechazan la vida. Bueno. ¡Niños grandulones! ¡Ánimo! Id a pedir en Nombre de Dios, un poco de leche a aquellos pastores que ordeñan sus cabras.

Al ver la expresión desolada de sus apóstoles, agrega:

–                     No tengáis miedo. Obedeced con fe. Os darán leche y no pedradas. Aun cuando se trate de un fenicio.

Van. Jesús se queda en el camino, orando. Está triste… regresan los apóstoles con una jarrita de leche y dicen:

–                     Dijo aquel hombre que vayas allá; porque tiene algo que decirte. Pero que no puede dejar sus cabras a los pequeños pastores.

Van todos al lugar escarpado donde andan las cabras.

Jesús dice:

–                     Muchas gracias por la leche. ¿Qué se te ofrece?

–                     ¿Eres el Nazareno, verdad? ¿El que hace milagros?

–                     Soy el que predica la salvación eterna. Soy el Camino para ir al Dios Verdadero. La Verdad que se entrega. La Vida que da salud. No soy un hechicero que haga milagros. Éstos son manifestación de mi bondad y de vuestra debilidad, que necesita pruebas para creer. ¿Qué se te ofrece?

–                     ¿Fue hace dos días que estuviste en Alejandroscene?

–                     Sí. ¿Por qué?

–                     También estaba yo con mis cabras. Y cuando vi que se armaba la trifulca, me escapé. Porque es costumbre provocarlas para robar en el mercado. Yo soy prosélito y por la tarde, al salir de la ciudad, me encontré con una mujer que lloraba, llevando una niña entre sus brazos. Había caminado mucho para ir a verte. Le pregunté qué le pasaba. Es una prosélita que oyó hablar de Ti y la esperanza brotó en su corazón. Pero Tú comprendes que cuando se carga algo, se camina despacio. Y cuando llegó; Tú ya no estabas. Y supo que te habían arrojado. Como yo también soy padre, le dije que yo estaría en el crucero por donde pasarías; ya sea que fueras a Tiro o regresaras a Galilea. Le prometí decírtelo y te lo he contado.

–                     Que Dios te lo pague. Iré a donde está la mujer.

–                     Voy para Aczib. Podemos caminar juntos si no sientes desprecio hacia un pastor.

–                     No desdeño a nadie. ¿Por qué vas a Aczib?

–                     Porque tengo allá unos corderos… A no ser que ya no los tenga.

–                     ¿Por qué?

–                     Porque hay como una peste. No sé si sea brujería… mi ganado se enfermó. Y por eso me traje a estas cabras que todavía están sanas, para que no estén con las ovejas. Las dejaré con mis hijos y yo voy para allá a ver morir… a mis hermosas ovejas lanudas. –y el hombre lanza un suspiro. Mira a Jesús y agrega- Hablarte a ti de estas cosas cuando estás tan afligido por la manera en que te tratan. Pero las ovejas son cariño y también dinero. ¿Comprendes? Y nosotros…

–                     Comprendo. Se curarán.

–                     Los que saben me han dicho: ‘Mátalas y vende sus pieles. No hay otra cosa que hacer’ Hasta me han amenazado para que no las saque. Tienen miedo de que las suyas se les contaminen. Las tengo encerradas y cada vez mueren más. ¿Nada más éstos son tus discípulos?

–                     Tengo otros.

–                     ¿Te abandonaron?

–                     Ningún discípulo lo ha hecho.

–                     Me habían dicho que Tú… Que los Fariseos… En una palabra, que los discípulos te habían abandonado por miedo y porque eres un…

–                     Demonio. Dilo. Lo sé. Doble mérito hay en ti que pese a esto, crees.

–                     Y por este mérito, ¿No podrías…? Tal vez te pida una cosa sacrílega.

–                     Dila. Si es mala, te lo digo.

El pastor dice con ansiedad:

–                     ¿No podrías al pasar, bendecir mi ganado?

–                     Bendeciré tu ganado. Éste… -levanta la mano bendiciéndolas- y también tus ovejas. ¿Crees que mi bendición las cure?

–                     Como curas a los hombres de sus enfermedades, así podrás salvar a mis animales. Dicen que eres hijo de Dios. Y Dios creó las ovejas. Y por eso también son suyas. Yo no sabía si era respetuoso pedírtelo. Pero si se puede hazlo, Señor. Y yo llevaré al Templo, muchas ofrendas de alabanza. ¡Mejor no! Te daré a Ti algo para tus pobres y será mejor.

Jesús sonríe, pero no dice nada. Siguen caminando. Y se hospedan por la noche en la casa de Jonás, un campesino amigo del pastor. Un verdadero israelita.

Al día siguiente, al amanecer, Jonás pregunta a Tadeo:

–                     ¿Está el Maestro contigo?

–                     Habrá ido a orar. Sale frecuentemente con el alba, para estar solo. Regresará dentro de poco. ¿Para qué lo quieres?

–                     Hay una mujer con mi esposa. Es una fenicia. No sé cómo supo que el Maestro está aquí y quiere hablarle.

–                     Está bien. Él  espera a una mujer con su hija enferma. Tal vez sea ella.

–                     No. Está sola. No trae a nadie. La conozco porque nuestros poblados están cercanos y el valle es de todos. Yo pienso que no hay que ser duros con los vecinos, aunque sean fenicios y se sirva al Señor. tal vez me equivoque…

–                     El Maestro enseña siempre que hay que ser compasivos con todos.

–                     Él lo es. ¿No es así?

–                     Sí.

–                     Me contó Annás el pastor que lo han tratado mal. ¡Mal, siempre mal!… ¡En Judea como en Galilea! ¡Por todas partes! ¿Por qué Israel es tan malo con su Mesías? Quiero decir, los grandes entre nosotros, porque el pueblo si lo ama.

–                     ¿Cómo sabes estas cosas?

–                     ¡Oh! Vivo aquí, lejos. Pero soy  un fiel israelita. Basta ir a las fiestas de precepto al Templo, para saber todo el bien y todo el mal. El bien se sabe menos que el mal. Porque el bien es humilde y por sí mismo no se alaba. Deberían ser los que reciben favores de Él, quienes deberían alabarlo; pero pocos son los agradecidos. El hombre acepta el favor y luego se olvida de él…

El mal por el contrario, hace sonar fuerte sus trompetas. Hace oír sus palabras aún a los que no quieren oírlas. Vosotros que sois sus discípulos, ¿No sabéis cuanto se habla y se acusa en el Templo al Mesías? Las lecciones de los escribas solo tratan de esto. Creo que se han convertido en un librillo de acusaciones y de pruebas contra Él. Es necesario tener la conciencia muy recta y firme; libre,  para poder resistir y juzgar cuerdamente. ¿Él conoce estas intrigas?

–                     Lo sabe todo. También nosotros, más o menos las sabemos. Pero Él no se preocupa. Continúa su obra. Discípulos y fieles, aumentan cada día.

–                     Dios quiera que lo sean  hasta el fin. El hombre es de pensamiento voluble, débil…

Jesús llega. Jonás dice:

–                     Entra Maestro. El aire es frío esta mañana y en el bosque mucho más. Hay leche caliente para todos.

Desayunan leche con pan.

Y Jesús dice:

–                     Tenemos que irnos pronto para llegar al monte Aczib, antes de que oscurezca. Esta tarde empieza el sábado.

Annás el pastor dice:

¿Y mis ovejas?

Jesús sonríe y responde:

–                     Estarán curadas después de ser bendecidas.

–                     Pero yo vivo al oriente del monte y Tú vas en dirección contraria, para encontrarte con la mujer.

–                     Deja todo en manos de Dios. Él proveerá.

Terminan su desayuno, toman sus alforjas y se disponen a salir.

–                     Maestro. ¿No quisieras hablar con esa mujer que está allí?

–                     No tengo tiempo, Jonás. El camino es largo y por lo demás, vine para las ovejas de Israel. Adiós Jonás. Que Dios premie tu caridad. Mi bendición sea sobre ti y tu familia. ¡Vámonos!

Salen y empiezan a caminar.

La mujer se adelanta llorando, agachada, alcanza al grupo y grita:

–                     ¡Ten piedad de mí! ¡Oh, Señor! ¡Hijo de David! mi hija está muy atormentada por el demonio, que la hace cometer cosas vergonzosas. Ten piedad porque sufro mucho y todos se burlan de mí por ello. Como si mi hija fuera responsable de lo que hace… ¡Ten piedad, Señor! ¡Tú todo lo puedes! Levanta tu voz y tu mano y mándale al espíritu inmundo que salga de Palma. Solo la tengo a ella. Soy viuda… ¡Oh, no te vayas! ¡Ten piedad!…

Jesús camina sin hacerle caso y ella sigue suplicando:

–                     Yo te oí ayer cuando pasabas el arroyo. Y oí que te llamaban ‘Maestro’ Te seguí entre los matorrales. Oí lo que estos hablaron. Comprendí que Eres Dios… Y esta mañana me vine aquí, cuando todavía estaba oscuro. Me quedé en el dintel como una perrita, hasta que se levantó Sara y me dejó entrar. ¡Oh, Señor! ¡Ten piedad y compasión de una madre y de una niña!

Pero Jesús se va ligero sin escuchar a la viuda.

Jonás le dice:

–                     Resígnate. No quiere escucharte. Ha dicho que vino para los de Israel…

Pero ella se levanta desolada y al mismo tiempo llena de Fe. Y responde:

–                     ¡No! Le suplicaré tanto que me escuchará.

Y sigue al Maestro repitiendo sus súplicas, que hacen que la gente se asome a sus puertas. Y se une a ella la familia de Jonás; que quiere ver en que terminan las cosas.

Los apóstoles se miran sorprendidos y en voz baja comentan:

–                     ¿Cómo es posible que haga esto? ¡Jamás lo había hecho!…

Juan dice:

–                     En Alejandroscene curó a aquellos dos…

Tadeo replica:

–                     ¡Eran prosélitos!

–                     Y ésta, ¿A quién quiere curar?

El pastor Annás contesta:

–                     También es prosélita.

–                     ¡Oh! Pero cuantas veces ha curado a gentiles o  paganos. ¿Y la niña romana?… –dice Andrés preocupado, porque no puede comprender la dureza de Jesús para con la mujer cananea.

Santiago de Zebedeo dice:

–                     Yo os diré la razón. El Maestro está airado. Su paciencia se acaba con tantos golpes de la ingratitud humana. ¿No veis cómo ha cambiado? Tiene razón. De hoy en adelante se dedicará sólo a quién conozca bien y según yo; creo que será lo mejor.

Mateo refunfuña:

–                     Así será. Pero entretanto, ésta viene gritando y un buen grupo de gente la sigue. Si quería pasar inadvertido, ha encontrado el mejor modo para llamar la atención aún de las plantas.

Tadeo dice secamente:

–                     Vamos a decirle que la despida… ¿Ya vieron el cortejo que nos viene siguiendo? ¿Y cuando lleguemos a la vía consular?… ¡Vamos a traer a todo el poblado detrás de nosotros!

Santiago de Zebedeo le grita:

–                     ¡Cállate y vete!

Y varios apóstoles hacen lo mismo. Pero la mujer no hace caso ni a las amenazas, ni a las órdenes.

Y sigue suplicando.

Mateo dice:

–                     Vamos a decirle al Maestro que la despida si no quiere escucharla. Esto no puede continuar así.

Andrés dice:

–                     ¡Pobrecilla!

Juan está desconcertado:

–                     ¡No comprendo!…  ¡No comprendo!

Acelerando el paso, alcanzan al Maestro, que camina tan ligero como si lo persiguieran…

Y le dicen:

–                     ¡Maestro, dile a esa mujer que se vaya! ¡Es un escándalo! Viene gritando detrás de nosotros. La gente aumenta cada vez más… Muchos vienen detrás de ella, ¡Dile que se vaya!

–                     Decídselo vosotros. Yo ya le respondí.

–                     No nos hace caso. Mira, díselo Tú. Y con severidad.

Jesús se detiene y se voltea. La mujer cree que es señal de que va a recibir el favor. Acelera el paso, levanta más la voz.

Jesús le ordena:

–                     ¡Cállate mujer! Regresa a tu casa. Ya lo he dicho: ‘He venido para la ovejas de Israel’ Para curar a las enfermas y buscar a las que anden perdidas. Tú no eres de Israel.

Pero la mujer se arroja a sus pies. Se los besa, adorándolo. Se abraza a sus rodillas como un náufrago que ha encontrado un pedazo de madera y gime:

–                     ¡Señor ayúdame! ¡Tú lo puedes! ¡Tú Eres Dios! Ordena al demonio. Tú que eres Santo… ¡Señor! ¡Señor! ¡Tú eres el Dueño de todo! tanto de la gracia como del mundo. Todo te está sujeto, Señor. Lo sé. Toma tu poder y empléalo en favor de mi hija.

–                     No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros del camino.

–                     Yo creo en Ti. Al creer me he convertido de perra de la calle, en perra de la casa. Te lo dije. Llegué antes del alba a acurrucarme en el dintel de la casa donde estuviste. Y si hubieras salido te habrías tropezado conmigo. Pero Tú saliste por la otra parte y no me viste. No viste a esta perra destrozada. Hambrienta de tu favor. Que esperaba poder entrar arrastrándose hasta dónde estabas, para besarte los pies pidiéndote que no me arrojaras…

Jesús repite:

–                     No está bien arrojar el pan de los hijos, a los perros.

La mujer replica:

–                     Pero los perros entran en donde está su dueño comiendo con sus hijos. Y comen de lo que cae de la mesa o de los desperdicios que les dan de lo que no sirve. No te pido que me trates como hija y que me sientes a la mesa. Dame al menos las migajas…

El rostro de Jesús se transfigura con una sonrisa de júbilo, ¡Una sonrisa llena de amor! Todos lo miran admirados, presintiendo que algo va a pasar…

Y Jesús le responde:

–                     ¡Oh, mujer! ¡Grande es tu Fe! Con ella consuelas mi corazón. Vete y hágase cómo quieres. El demonio ha salido desde este momento de tu hija. Vete en paz y si como perra callejera has sabido convertirte en perra de la casa. De igual modo en el futuro, sé hija y siéntate a la mesa del Padre. ¡Adiós!

–                     ¡Oh, Señor! ¡Señor! quisiera correr para ir a ver a mi amada Palma… ¡Quisiera estar contigo y seguirte! ¡Bendito! ¡Santo!

Y se nota su angustia pues desea las dos cosas con igual fervor.

Jesús le dice:

–                     Vete, mujer. Vete en paz.

Jesús emprende su camino, mientras que la cananea corre veloz, seguida por la gente que curiosa, quiere ver el milagro.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–                     Maestro, ¿Para qué la hiciste suplicar tanto, para después hacer lo que te pedía?

–                     Por causa tuya y de todos vosotros. Esto no es una derrota, Santiago. Aquí no me arrojaron fuera, ni se burlaron de Mí, ni me maldijeron… Que esto levante vuestro corazón abatido. He gustado de una comida sabrosísima. Bendigo a Dios por ello. Ahora  vamos a donde está la otra; que sabe creer y que espera con fe segura.

–                     ¿Y mis ovejas Señor? Dentro de poco nuestros caminos se separan. Y yo tengo que ir a mi aprisco.

Jesús sonríe pero no responde.

Caminan todos ligeros y alegres con una nueva sonrisa en el rostro. Cuando llegan al crucero, Annás dice un poco avergonzado:

–                     Aquí debo dejarte… También yo tengo fe y soy prosélito. ¿Me prometes que vendrás después del sábado, para curar a mis ovejas?

–                     ¡Oh, Annás! ¿No has comprendido todavía que tus ovejas están curadas, desde que bendije a las otras? Vete tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.

El pastor palidece. Se queda paralizado y luego se arrodilla diciendo:

–                     ¡Bendito seas! ¡Eres Bueno! ¡Eres santo! Te prometí mucho dinero y aquí no traigo… ven a mi casa.

–                     Iré pero no por el dinero. Sino para bendecirte una vez más. ¡Hasta pronto Annás! ¡La paz sea contigo!

Se separan. Jesús dice a los apóstoles:

–                     ¡Y también esto no es una derrota, amigos míos! Tampoco aquí se han burlado de Mí, ni me han insultado o arrojado… ¡Ea! ¡Vamos rápidos! Hay una madre que hace días que está esperando…

Continúan la marcha. Después de un reposo breve junto a un arroyo; comen un poco de pan, queso y beben agua. El sol está en su cenit, cuando llegan a una bifurcación del camino.

Mateo exclama:

–                     ¡Allá está la escalera de Tiro! – feliz al pensar que han recorrido más de la mitad del camino.

Reclinada sobre la mojonera romana, hay una mujer con una niña de siete años de edad.

Andrés pregunta:

–                     ¡Ahí está la mujer! ¿En dónde habrá dormido estos días?

La mujer levanta sus ojos y mira la sonrisa de Jesús. Se inclina. Toma en brazos a su niña y la trae como si fuera una ofrenda a Dios. Llega hasta los pies de Jesús y se arrodilla, alzando o más que puede a la niña, que extática mira el bellísimo rostro de Jesús. La mujer no dice ni una palabra, ¿Qué puede decir cuando toda su actitud es ya una súplica?

Jesús pronuncia solo una palabra breve; pero llena de alegría, mientras pone su mano sobre el pecho de la niña:

–                     Sí.

–                     ¡Mamá! –grita la niña feliz.

Se sienta inmediatamente. Se pone de pie y abraza a su madre que está a punto de caer; por el contraste de los sentimientos que la embargan. Por el cansancio que ha soportado. Por el esfuerzo que ha soportado su corazón.

Jesús la ayuda mientras lágrimas de agradecimiento bajan por su cara cansada y dichosa al mismo tiempo.

–                     ¡Gracias, Señor mío! Gracias y bendiciones. Mi esperanza se ha visto colmada… ¡Tanto te había esperado!…

Y se arrodilla y adora a Jesús…

Después de unos momentos dice.

–                     Hace dos años que empezó a secársele un hueso en la espina dorsal. La había paralizado y ya la llevaba a la muerte, con grandes dolores. La vieron los médicos de Antioquia, Tiro, Sidón, Cesárea, Panéades… para curarla, vendimos casi todas las propiedades, ¡Y nada! Me enteré de lo que haces en otras partes. Te vi y tuve esperanzas de que me ayudarías… Y lo he conseguido. Ahora regreso pronto a mi casa y daré esta alegría a mis esposo.

Jesús acaricia sus cabellos y dice:

–                     Idos y sed siempre fieles al Señor. Que Él esté con vosotras. Os doy mi paz.

Ellas se van dichosas y Jesús continúa caminando por la senda que va a Ptolemaide.

–                     Y también esto no es una derrota amigos. Tampoco aquí me arrojaron fuera, ni se burlaron de Mí, ni me maldijeron.

Llegan a una casa.

El herrero los saluda.

Y Jesús le dice:

–                     ¿Me permites que me esté aquí un ratito, para comer mi pan?

–                     Sí, Rabí. Mi mujer, Esther. Es hebrea. Yo soy romano. Ella deseaba conocerte. Te vi en Alejandroscenne…

–                     Llámala pues.

Una mujer de unos cuarenta años, un poco avergonzada, sale y se acerca.

Jesús está sentado en la banca que está contra a la pared; mientras Santiago de Zebedeo distribuye pan y queso.

Jesús la saluda:

–                     La paz sea contigo Esther. ¿Tenías deseos de conocerme? ¿Por qué?

–                     Por lo que dijiste… Los rabinos nos desprecian a las casadas con un romano. Pero yo he llevado a todos mis hijos al Templo. Y todos mis varoncitos están circuncisos. Lo dije de antemano a Tito cuando me pretendía. Es bueno… Me deja que haga lo que quiera con mis hijos. Aquí todas las costumbres son hebreas. Lo mismo que los ritos. Pero los rabinos, los arquisinagogos, nos maldicen. En cambio tú no. Tú compadeciste…

¡Oh! ¿Sabes lo que significa esto? Es como volver a poner el pie en la casa abandonada y no sentirse extraña en ella. Tito es bueno. Cuando se celebran nuestras fiestas, cierra la herrería con mucha pérdida de dinero. Y me acompaña con los niños al Templo, porque dice que sin religión no se puede vivir. Él dice que la suya es la familia y el  trabajo; como antes lo era el ser soldado.

Pero yo Señor, quiero decirte una cosa… Tú dijiste que los seguidores del Verdadero Dios, deben quitar un poco del fermento santo y ponerlo en la harina buena para que fermente santamente. Lo he hecho con mi esposo. Durante veinte años hemos estado juntos. He procurado trabajarle su alma que es buena, con el fermento de Israel, pero él nunca se decide. Ya está viejo y yo quiero tenerlo conmigo en la otra vida… Unidos en la Fe, como lo estamos en el amor. No te pido riquezas, bienestar, salud. Con lo que tenemos es suficiente, ¡Bendito sea Dios! Pero quisiera esto… Ruega por mi esposo, para que pertenezca al Dios Verdadero.

–                     Lo será. Puedes estar segura. Pides una cosa santa y la alcanzarás. Has comprendido los deberes de la esposa para con Dios y para con el marido. ¡Si así fueran todas las casadas! Te digo que muchas deberían imitarte. Sigue este mismo camino y tendrás la alegría de tener a Tito a tu lado en la Oración y en el Cielo. Enséñame a tus hijos.

La mujer llama a los niños:

–                     Santiago, Judas, Leví, María, Juan, Ana, Elisa, Marcos. –Entra a la casa y sale con otros dos, uno que apenas puede caminar y otro de tres meses de edad- Éste es Isaac y la pequeñuela Judith. –dice presentándolos a todos.

Santiago de Zebedeo comenta sonriente:

–                      ¡Demasiados!

Tadeo exclama:

–                     ¡Seis varones y todos circuncisos!

Bartolomé y Felipe :

–                     ¡Y con nombres judíos!

–                     ¡Eres brava mujer!

La mujer se siente feliz. Hace elogios de Santiago, Judas y Leví, que ayudan a su padre todos los días, menos el sábado. Día en que Tito trabaja solo, poniendo las herraduras hechas. Elogia a María y a Ana que son el auxilio de la mamá. Pero no deja de alabar a los cuatro más pequeños, que son buenos y nada de caprichudos.

–                     Tito me ayuda a educarlos. Él que fue un soldado valiente y disciplinado. –dice mirando con ojos cariñosos a su marido. Que apoyado sobre el dintel ha escuchado todo lo que ha dicho su mujer con una gran sonrisa en su cara. Y se pone colorado al oír que recuerdan sus méritos como soldado.

Jesús dice:

–                     Muy bien. La disciplina militar no es contraria a Dios, cuando el soldado cumple su deber como se debe. Lo que conviene es obrar siempre honestamente en cualquier cosa y así ser virtuosos. Esta disciplina tuya que trasmites a tus hijos; debe prepararte para entrar en un servicio superior: en el de Dios. Ya es hora de despedirnos. Apenas tengo tiempo para llegar a Aczib antes de la puesta de sol. La paz sea contigo Esther y con toda tu casa. Lo más pronto procurad pertenecer al Señor.

Todos se arrodillan mientras Jesús levanta su mano para bendecir.

Y Tito hace algo sorprendente: ¡Mirando a Jesús; como si fuera aún un soldado de Roma, hace el saludo militar ante su emperador!

van. Después de avanzar algunos metros, Jesús pone la mano sobre el hombro de Santiago:

–                     Esta es la cuarta vez del día que te lo hago notar. No se trata de una derrota. No me arrojaron fuera. No me maldijeron, ni se burlaron de Mí… ¿Qué dices ahora?

–                     Que soy un tonto, Señor.

–                     No es eso. Tú como todos vosotros, sois todavía muy humanos. Tenéis el modo de pensar humano. El espíritu cuando es soberano, no se altera por cualquier soplo de viento, que no puede ser siempre una brisa perfumada… Podrá sufrir, pero no se altera.

Yo ruego siempre para qué lleguéis a esta independencia del espíritu. Pero debéis ayudarme con vuestros esfuerzos. Pues bien, el viaje ha terminado. He sembrado en él, todo lo que era necesario para prepararos, para cuando vosotros seáis los evangelizadores. Ahora podemos tomar el descanso sabático, con la conciencia de haber cumplido nuestro deber.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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