Archivos del mes: 26 octubre 2012

89.- AMIGOS PODEROSOS


En una noche oscura de Diciembre; fría y con vientos fuertes. Por las calles desiertas camina Jesús de Nazareth. Su alta figura se pierde en la noche sin estrellas. Llega hasta su casa y piensa con tristeza:

–                     Es muy tarde. Esperaré al alba, para llamar.

Está a punto de irse cuando oye el rítmico rumor del telar. Sonríe y dice:

–                     Todavía no se ha acostado. Está tejiendo. Debe ser ella… con ese ritmo suele trabajar…

Llama a la puerta. Cesa el ruido del telar y la voz argentina pregunta:

–                     ¿Quién llama?

–                     Yo, Mamá.

–                     ¡Hijo mío! –un dulce grito de alegría.

La puerta se abre y los dos se abrazan en el umbral. Y entran felices a la casa.

María dice en voz baja:

–                     Todos duermen. Estaba despierta. Desde que regresaron Santiago y Judas Tadeo, diciendo que venías detrás de ellos, todos los días hasta muy noche te he esperado. ¿Tienes frío, Jesús? Sí. Estás helado. Ven. Todavía está encendida la hoguera. Echaré un poco más de leña. Te calentarás. – lo conduce de la mano como si todavía fuese un pequeñín.

A la luz de las llamas, María mira a Jesús que extiende sus manos para calentárselas.

–                     ¡Oh! ¡Qué pálido estás! No estabas así cuando te dejé… Cada vez te pones más flaco y amarillo, Hijo mío. En otros tiempos tenías color de leche y de rosa. Ahora pareces color marfil viejo. ¿Qué te ha pasado, Hijo mío? ¿Siempre los Fariseos?

–                     Sí. Y algo más. Pero ahora me siento feliz contigo. Este año celebraremos aquí las Encenias, Mamá. Llego a la edad perfecta contigo. ¿Estás contenta?

–                     Sí. Pero la edad perfecta para Ti, corazoncito mío, está todavía lejos. Eres joven y para siempre mi Niño. Mira. Aquí hay leche caliente…  ¿Quieres beberla aquí o allá?

–                     Allá, mamá. Ya me calenté. Me la beberé, mientras cubre el telar.

Regresan a la habitación y Jesús pregunta:

–                     ¿Qué estabas haciendo?

–                     Trabajaba.

–                     Lo veo. Pero, ¿En qué? Te apuesto a que te estabas fatigando por Mí. Déjame ver…

María se pone más roja que la tela que está en el telar y que Jesús mira sorprendido…

–                     ¡Púrpura!…  ¿Quién te la dio?

–                     Judas de Keriot. La obtuvo de los pescadores de Sidón, me parece. Quiere que te haga un vestido regio. ¡Claro que te hago el vestido! Pero Tú no tienes necesidad de púrpura para ser rey.

Jesús mueve la cabeza y dice:

–                     Judas es más terco que un mulo.

Y es el único comentario sobre la púrpura regalada.

Jesús bebe despacio su leche y luego dice:

–                        ¿Con todo lo que te dio, alcanza para un vestido?

–                     ¡Oh, no, Hijo! Podrá ser para los ribetes del dobladillo del vestido y del manto. No alcanzará para más.

–                     Está bien. Ahora comprendo por qué lo haces con cintas abajo. Mamá, la idea me está gustando. De esta parte pondrás tiras y un día querré que las uses para un hermoso vestido. Todavía hay tiempo. No te canses mucho.

–                     Trabajo siempre que estoy en Nazareth.

–                     Así es. Y los otros, ¿Que han estado haciendo?

–                     Instruyéndose.

–                     Mejor dicho: los has estado instruyendo tú… ¿No es así?

–                     ¡Oh! ¡Los tres son buenos! Sin contarte a Ti; no he tenido discípulos más dóciles y atentos. He buscado los medios para que Juan se vigorice. Está muy enfermo. No resistirá mucho…

–                     Lo sé. Para él es un bien; él mismo lo desea. Espontáneamente ha comprendido el valor del sufrimiento y de la muerte. ¿Qué hay de Síntica?

–                     Da pena tener que alejarla. Vale por cien discípulas en santidad y en capacidad de comprender lo sobrenatural.

–                     Lo comprendo; pero debo hacerlo.

–                     Lo que haces, Hijo. Siempre está muy bien hecho.

–                     Vámonos a acostar. Bendíceme, Madre… Como cuando era pequeño.

–                     Bendíceme, hijo. Soy tu discípula.

Se besan Madre e hijo. Prenden una lamparita. Y cada uno se retira a descansar.

Al día siguiente, Juan de Endor va a lavarse en el estanque y se encuentra con Jesús que ya regresa también de su aseo matinal.  Y exclama lleno de júbilo:

–                     ¡Maestro! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío!

Marziam lo escucha y sale corriendo del cuarto de María, vestido con una tuniquilla corta y con los pies descalzos.

Y grita lleno de alegría:

–                     ¡Jesús está aquí!

Estos gritos despiertan también a Síntica que se ha dormido en el que era el taller de José. Se viste con premura y sale al huerto, donde Jesús tiene en brazos a Marzíam que está castañeteando los dientes por el frío.

Cómo hace un fuerte viento muy helado, Jesús los invita a entrar en la casa, al calor del fuego de la cocina; donde María ya está preparando el desayuno.

Los dos discípulos se postran, lo saludan y lo contemplan extáticos, mientras Jesús se sienta con Marziam sobre las rodillas y la Virgen viste al niño con las ropas calientes.

Jesús levanta su mirada y les dice sonriente:

–                     Os había prometido que vendría. También Simón Zelote vendrá hoy o tal vez mañana. Y estaremos juntos por varias semanas. ¿Cuántas cosas habéis aprendido en estos días que habéis estado con mi Madre?

Tanto Síntica como Juan de Endor responden enfáticos:

–                     La Sabiduría de Dios es luminosa cuando la explica la santa Virgen de Dios.

Jesús responde muy feliz:

–                     Lo sé. Los corazones más duros comprenden más fácilmente la sabiduría de Dios sobrenaturalmente luminosa, si mi Madre la explica. Vosotros no tenéis un corazón duro y por esto sacáis más provecho de su enseñanza.

María dice con dulzura:

–                     Pero ahora estás tú aquí, Hijo. Y la maestra se hace discípula.

Jesús objeta:

–                     ¡No! Tú sigues siendo la maestra. Te escucharé como ellos. En estos días seré solo ‘el Hijo’. No más. Tú serás la Madre y Maestra de los cristianos. Desde ahora lo eres. Yo tu Primogénito y primer Discípulo. Éstos, y con ellos Simón cuando llegue y luego los demás… ¿Comprendes, Madre? El mundo está aquí…

El mundo del mañana en el pequeño y puro israelita que ni siquiera se da cuenta de lo que es hacerse cristiano. –Y abraza estrechamente a Marziam. Luego prosigue- El viejo mundo de Israel, representado en Zelote. La Humanidad en Juan de Endor y los gentiles en Síntica.

Y todos vienen a ti, santa Madre que alimentas con la sabiduría y con la vida al mundo y a los siglos. Los patriarcas y los profetas suspiraron por ti, pues de tu seno fecundo nacería el que Es el alimento del Hombre. Te buscarán todos los ‘míos’ para obtener el perdón; para que los instruyas, los defiendas, los ames y los protejas, como otros tantos Marziam. ¡Y dichosos los que lo hicieren! Porque no se podrá perseverar en el Mesías, si la gracia no tiene tu ayuda; directamente de ti, la Madre llena de gracia.

María se ruboriza al oir las alabanzas de su Hijo y se ve como una rosa esplendorosa, que resalta más con el vestido de humilde y tosca lana oscura.

Más tarde…

En Diciembre anochece pronto y la familia se reúne para cenar. Mientras María trabaja en el telar y Síntica elabora un primoroso bordado. Jesús y Juan de Endor conversan entre sí. Marziam está terminando de lijar dos arcones que están en el suelo del taller. El niño emplea todas sus fuerzas hasta que Jesús se levanta y le dice:

–                     Ya basta. Todo está pulido y mañana daremos el barniz. Marziam, pon todo en su lugar; porque mañana volveremos a trabajar.

Marziam guarda todo y Juan de Endor recoge las virutas y el aserrín para echarlas al fuego. Todo está ya limpio y en orden, cuando se oye que tocan a la puerta de la calle y luego se percibe la voz ronca de Zelote que saluda a quién le abrió:

–                     Te saludo, Madre de mi señor y bendigo vuestra bondad que me concede el vivir bajo vuestro techo.

Los tres van a saludar al recién llegado y Jesús dice:

–                     La paz sea contigo Simón…

Simón, al mismo tiempo que entrega un gran fardo que trae, responde:

–                     ¡Maestro bendito! He llegado tarde porque…

Se dan el beso de paz y Simón prosigue:

–                     Estuve en casa de la viuda del carpintero y tu ayuda llegó a tiempo. El pequeño carpinterito se industria en trabajar pequeñas cositas y siempre te está recordando. Todos te bendicen. Luego fui a Tiberíades para las compras que me encargaste…

Luego algunos me entretuvieron porque pensaron que yo era un emisario y me secuestraron durante tres días. Querían saber muchas cosas y no me querían creer que nos habías despedido a todos y que Tú te habías ido por tu lado, al retirarte en lo más duro del invierno.

Fueron a la casa de Pedro y de Felipe y cuando se persuadieron de que era verdad, me dejaron libre. Por eso me retrasé.

Jesús responde:

–                     No importa. Aún tenemos bastante tiempo para estar juntos.  Te agradezco todo… –Y volviéndose hacia la Virgen, agrega-  Mamá, mira con Síntica lo que hay en el envoltorio y dime si te parece suficiente o hace falta alguna otra cosa…

Simón pregunta:

–                     Y tú Maestro, ¿Qué has hecho?

–                     Dos cofres y alguna que otra cosilla, para no estar de ocioso y porque serán muy útiles. He dado algunas caminatas y me he sentido muy feliz en mi casa…

Se oyen los gritos de alegría de Marziam que ve que surgen telas, lanas, velos y cinturones, hilos, etc.

Y el niño pregunta curioso:

–                     ¿Te vas a casar Jesús?

Todos sueltan la risa y Jesús pregunta:

–                     ¿Qué te hace sospecharlo?

–                     Estos vestidos que son de hombre y de mujer. Los dos cofres que hiciste y todos tus aprestos y los de la novia. ¿Puedes presentármela?

–                     ¿De veras quieres conocer a mi novia?

–                     ¡Claro que sí! Debe de ser muy hermosa. ¿Cómo se llama?

–                     Por ahora es un secreto, porque tiene dos nombres. Un día los conocerás.

–                     ¿Me vas a invitar a las bodas? ¿Cuándo será? ¿Dentro de un mes?

–                     ¡Oh! ¡Falta mucho más!

–                     ¿Entonces por qué has trabajado con tanta prisa que hasta te salieron ampollas en las manos?

–                     Me salieron porque hacía mucho tiempo que no trabajaba con ellas. Mira niño, la ociosidad es muy peligrosa.

–                     ¡Pero tú no has estado de ocioso!

–                     No. Pero me he ocupado de otros trabajos que no son manuales. Y ¡Mira lo que les ha costado a estas manos el tiempo que no han trabajado! – y Jesús muestra las palmas enrojecidas y con ampollas.

Marziam se las besa diciendo:

–                     Así me hacía mi mamá cuando me lastimaba, porque el amor es un buen médico.

–                     Sí. El amor cura muchas cosas. Ven Simón; dormirás en el taller…

La siguiente semana, Jesús sale de la casa con Marziam tomado de la mano y también acompañados de Simón Zelote. Y llegan hasta una humilde casita que está en medio de los campos preparados para la siembra y huertos de frutales que ahora están sin hojas…

Entran y Jesús saluda:

–                     La paz sea contigo Juana. ¿Estás mejor hoy? ¿Han venido a ayudarte?

Le contesta una anciana a quien rodea más de media docena de niños desde dos años hasta diez:

–                     Sí, Maestro. Me dijeron que regresarán para sembrar. Que la cosecha llegará tarde, pero que llegará una vez más.

–          Claro que llegará. Será un milagro de la tierra y de la semilla. Y será un milagro completo. Tus campos serán los mejores de la región. Y estos pajaritos que te rodean tendrán abundancia de trigo para llenar sus estómagos. No llores más. El año que viene todo mejorará. Pero te seguiré ayudando. Esto es, te ayudará quién tiene tú mismo nombre y que nunca se cansa de ser buena. Mira, te traje esto. –Le da una bolsa con monedas de oro-  Con esto te sostendrás, hasta que empiece la cosecha.

La anciana toma la bolsa juntamente con la mano de Jesús y con sus lágrimas baña la mano del Señor.

Luego pregunta:

–                     Dime quién es esa buena creatura, para que diga su nombre al Creador.

–          Una discípula mía y hermana tuya. Yo y el Padre que está en los cielos, sabemos quién es.

–                     ¡Oh, Eres Tú!

–          Yo soy pobre, Juana. Doy lo que me dan. De mi parte sólo puedo ofrecer milagros. Me desagrada no haber estado enterado antes de tu desgracia. Tan pronto como me la dijo Susana, he venido. Un poco tarde, pero de este modo brillará más la obra de Dios.

–          Tarde, sí. La muerte llegó y segó vidas. Segó las de los jóvenes, pero no la mía que es inútil. Ni la de éstos que son muy pequeños para valerse por sí mismos. Se llevó a los que podían trabajar. Maldita esa luna de Enul, preñada de malos presagios.

–          No maldigas el planeta. No tiene nada que ver con esto. Mira, ¿Ves este niño? También él perdió a su padre y a su madre. Y ni siquiera puede vivir con su abuelo. Pero Dios tampoco lo abandona y jamás lo abandonará mientras sea bueno. ¿No es así Marziam?

Marziam dice que sí con la cabeza. Y se pone a charlar con los pequeñuelos que le han rodeado. Los que son más pequeños en edad, pero lo sobrepasan en estatura y que están frente a él, les dice:

–          De veras que Dios no abandona. Yo puedo decirlo. Mi abuelo rogó por mí y estoy seguro que mi padre y mi madre todavía lo hacen, desde la otra vida.  Dios siempre escucha las plegarias, porque es muy Bueno y siempre escucha las oraciones de los justos, estén vivos o muertos.

Jesús está callado, escuchando lo que dice su pequeño discípulo a los huerfanitos.

Marziam prosigue su lección:

–                     ¿Queréis mucho a vuestra abuelita?

Los niños contestan a coro:

–                     ¡¡¡SI!!!

–          Así está bien. No debemos hacer llorar a los ancianos. A nadie se debe hacer llorar, porque a quien no los respeta, Dios lo hace llorar. Jesús quiere mucho a los niños y a los ancianos y los acaricia. Porque los niños son inocentes, y los ancianos sufren mucho por muchas cosas. Jesús siempre dice que quién no honra al anciano es un perverso completo. Igual que el que maltrata a los niños y es porque tanto unos como otros no pueden defenderse. Por esto, amad mucho a vuestra viejecita abuelita.

El niño más grande dice:

–                     Algunas veces yo no la yudo…

–          ¿Por qué? Te comes el pan que ella te da con su fatiga. ¿No te duelen sus lágrimas cuando la afliges? Y tú, mujer… (La ‘mujer’ tiene al máximo nueve años y está tan flaca, pálida y delgaducha, como todos los demás) ¿La ayudas?

Los hermanitos la defienden inmediatamente:

–          ¡Raquel es buena! Hasta muy noche se pone a hilar la lana y el estambre. Y hasta se ha enfermado con calenturas, por trabajar cuando moría nuestro padre en el campo por la fatiga para que estuviese listo para ser sembrado.

Marziam dice gravemente:

–                     Dios te lo premiará.

Raquel dice con sencillez:

–                     Ya me lo premió al aliviar de sus penas a la abuela.

Jesús interviene:

–                     ¿No pides otra cosa?

–                     No señor. ¡Muchas Gracias!

–                     ¿Estás curada?

–          No Señor. Pero no importa. Ahora que la abuela ha sido socorrida y consolada, ya no me importa morir.

–                     Pero la muerte es fea…

–          Así cómo Dios me ayuda en la vida, me ayudará en la muerte. E iré a donde está mi mamá. ¡No llores abuelita! A ti también te quiero mucho… Si tú quieres que me cure, pediré al Señor que me alivie… Pero no llores madrecita mía… –Y la niña abraza a la ancianita que se ha puesto muy triste.

Marziam mira a Jesús y suplica:

–          ¡Cúrala señor! Por mi causa hiciste que mi abuelo se sintiese feliz. Haz también ahora a esta anciana feliz….

Jesús pregunta:

–                     El favor se obtiene con sacrificios. ¿Cuál vas a hacer para obtenerlo?

Marziam piensa… Busca lo que puede costarle más…

Luego sonriente dice:

–                     No tomaré miel durante toda una luna.

–                     ¡Es poco! ¡La de Casleu ya está muy avanzada!

–                     Digo luna por decir cuatro fases. Y en estos días viene la Fiesta de las Luces y las empanadas de miel.

–                     Es verdad. Entonces Raquel se curará por mérito tuyo. Adiós Juana. Antes de irme, regresaré a verte. Adiós Raquel. Mi bendición quede en todos vosotros junto con mi paz. Ahora vámonos.

Y al salir los acompañan las bendiciones de la anciana y de todos los niños. Marziam se pone a brincar como un cabrito y a correr por delante.

Zelote, con una amplia sonrisa dice a Jesús:

–                     Su primer sermón y su primer sacrificio. Promete mucho. ¿No te parece así, Maestro?

–                     Sí. Muchas veces ya me ha predicado también a Judas de Simón.

–                     Al que le parece que el Señor haga hablar a los niños. Tal vez para impedir que se vengue…

–                     Que se vengue, no lo creo. No llegará hasta ese extremo. Pero sí tendrá reacciones violentas. Quien merece que se le regañe no ama la verdad… Y sin embargo hay que decirla… -Jesús lanza un profundo suspiro.

–                     Maestro, dime la verdad. Lo alejaste y tomaste la decisión de mandar a todos a su casa para las Encenias, para impedir que Judas estuviese ahora en Galilea. No te pido, ni quiero que me digas el porqué. Está bien que Judas no esté con nosotros. Me basta con saber que he adivinado.

Todos pensamos así. ¿Sabes? El mismo Tomás me dijo: “Me voy sin protestar porque comprendo que hay por debajo un motivo muy serio. El Maestro obra bien en hacer lo que hace. Los amigos de Judas: Nahúm, Sadoc, Yocana, Eleazar ben Annás, Simón… ¡Humm! ¡Demasiados, poderosos y similares!…” Tomás no es tonto. No es malo. Al contrario. Es muy bueno y te aprecia sinceramente…

–                     Lo sé. Es verdad lo que os habéis imaginado. Y pronto conoceréis la razón.

–                     No te la estamos pidiendo.

–                     Pero os pediré vuestra ayuda y os lo diré.

Marziam regresa corriendo:

–                     Maestro. Vino tu primo Simón a buscarte.

Zelote toma a Marziam de la mano y dejan solo a Jesús, que apresura el paso y encuentra a Simón, jadeante, apoyado en un tronco y con cara de angustia.

Al ver a Jesús, levanta los brazos y luego baja la cabeza, sin fuerzas.

Jesús llega y le pone una mano en la espalda.

Le pregunta:

–                     ¿Has venido a hacerme feliz con tus palabras de cariño, que hace mucho tiempo espero?

Simón baja mucho más la cabeza, pero no dice nada.

–                     Habla. ¿Acaso soy un extraño para ti? ¿Verdad que no? Tú siempre eres mi buen hermano Simón. Y Yo para tú; soy el pequeño Jesús; que cargabas en tus brazos con mucho trabajo, con tanto amor. Eso era cuando regresamos a Nazareth.

Simón se cubre la cara con las manos y cae de rodillas:

–                     ¡Oh, Jesús mío! Yo he sido el culpable… ¡Cuánto he sido castigado!

–                     Levántate. Somos parientes. ¡Ea! ¿Qué quieres?

–                     Mi hijo está… -el llanto le impide hablar.

–                     ¿Tu hijo? ¿Y qué…?

–                     Está muriéndose. Y con él también el amor de Salomé… Me quedo con dos remordimientos: el de perder a mi hijo y también a ella. Tú Eres el único que puede impedir mi desgracia. No es… No puede ser verdad, lo que me contó Judas. Me refiero a tu apóstol; no a mi hermano… Y Alfeo se me muere…

–                     Vete a tu casa, Simón. Tu hijo está curado.

–                     ¡Tú!… ¡Tú!… ¿Has hecho a favor mío;  a pesar de que te ofendí creyendo a aquella víbora? ¡Oh, Señor! ¡No soy digno de tanto! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¿Dime qué quieres que haga para reparar mis ofensas? Para decirte que te amo.

–                     No te preocupes de lo que pasó. Ni siquiera me acuerdo. Haz también tú lo mismo. Olvida las palabras de Judas de Keriot. ¡Es un muchacho! Te voy a pedir tan solo que no repitas ni ahora, ni nunca, tales palabras a mis discípulos; a mis apóstoles y mucho menos a mi Madre.

Esto te lo pido. Ahora vete tranquilo, Simón;  a tu casa. No tardes en gozar de la alegría que llena tu hogar. Vete.

Lo besa y lo empuja suavemente. Simón se va. Lo bendice. Y luego, en un mudo soliloquio; por su rostro pálido corren lágrimas y una sola palabra brota de sus labios trémulos:   “JUDAS”… 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

88.- EL MAYORDOMO DE HERODES


Y dice:

–                     Venid, niños. Pronto tendréis casa y pan.

Andrés toma en sus brazos a la niña cansada y la cubre con su manto. Jesús abraza al niño y se van por el oscuro sendero, con su carga que ya no llora más.

Pedro dice:

–                     ¡Maestro! ¡Qué suerte tuvieron éstos de que llegaras a tiempo! Pero para Jacob… ¿Qué le vas a hacer, Maestro?

Jesús responde terminante:

–                     Justicia. No conocerá el hambre, porque tiene repletas sus trojes por mucho tiempo. Pero sí la tristeza de ver que sus tierras no producirán nada. Éstos inocentes recibieron el pan, no de Mí, sino del Padre. Él les dio la fruta a estos huerfanitos, porque también es su Padre y los ama.

Al día siguiente…

Jesús navega con los apóstoles en las barcas, en el lago de Tiberíades. Las barcas se deslizan suavemente. Las velas no se hinchan para nada y hay que remar.

Pedro grita:

–                      ¡Hermoso bogar! – a los de la otra barca en la que Judas de Keriot hace cuarto remero. Y lo hace tan bien que Pedro lo alaba.

Santiago le responde:

–                     ¡Apúrate simón! ¡Apúrate o te ganamos!  Judas es tan fuerte como uno de los de las galeras. ¡Bravo Judas!

Pedro dice:

–                     Sí. Te haremos jefe de la tripulación. ¿A dónde vamos, Maestro?

–                     Al puerto de Cusa. –y a los niños les dice- vuestra mamá os trajo a Mí. Y Yo os llevo a una mamá que no tiene niños. Estará contentísima de teneros, en lugar del único que tuvo y que está donde está vuestra mamita. También ella ha llorado, ¿Saben? Se le murió su hijito. Así como a vosotros se os murió mamá.

La niña contesta:

–                     ¡Oh! Entonces vamos a donde está ella. Y él irá donde está mamá.

–                     Exactamente así y estaréis todos contentos.

Los pequeños quieren saber:

–                     ¿Cómo es esa mujer?

–                      ¿Qué hace?

–                     ¿Es campesina?

–                     ¿Tiene un buen patrón?

Jesús les dice:

–                     No es campesina, pero tiene un jardín lleno de rosas. Y es buena como un ángel. Tiene un buen marido y también él os va a querer mucho.

Mateo pregunta un tanto incrédulo:

–                     ¿De verdad lo crees, Maestro?

–                     Estoy seguro. Os convenceréis. Hace tiempo que Cusa quería hacer de Marziam un caballero.

Pedro grita:

–                     ¡Ah! ¡Eso no se va a poder!

Jesús dice:

–                     Marziam será un caballero del Mesías y no otra cosa, Simón. No te preocupes.

Cuando llegan a su destino atracan en el pequeño muelle. Se bajan y Juan corre a avisar a los jardineros.

Los niños espantados, jalan el vestido a Jesús y dicen:

–                     ¿Pero de veras será buena?

Jesús dice a todos:

–                     Esperad aquí.

Y Jesús se adelanta y entra a los jardines.

Cusa corre y se postra saludándolo con la mayor reverencia. Luego acompaña a Jesús, que camina lentamente hacia el interior.

Cusa está muy contento por tenerlo como huésped.

Y le dice:

–                     Mi Juana se sentirá feliz y yo también. Me contó lo del viaje. ¡Qué triunfos, Señor mío!

Jesús le pregunta:

–                     ¿No te sentiste mal?

–                     Juana es feliz. Yo soy feliz al verla contenta. Podía desprenderme de ella por un mes, Señor.

–                     Podías… Te la restituí. Procura ser agradecido con Dios.

Cusa lo mira un poco turbado…

Luego dice en voz baja:

–                     ¿Es un reproche, Señor?

–                     No. Un consejo. Sé bueno, Cusa.

–                     Maestro, soy siervo de Herodes…

–                     Lo sé. Pero tu alma, de ningún otro es sierva; sino solo de Dios, si lo quieres.

–                     Es verdad, Señor. Me enmendaré. Algunas veces me dejo llevar por el respeto humano…

–                     ¿Lo habrías tenido el año pasado cuando querías salvar a Juana?

–                     ¡Oh, no! Aunque hubiese perdido todos los honores, me hubiese dirigido a quién hubiese podido salvármela.

–                     Haz lo mismo con tu alma. Vale más que Juana. Mira, ahí viene.

Ella lo saluda:

–                     Maestro mío. No esperaba volver a verte tan pronto. ¿Qué bondad tuya te trae a tu discípula?

–                     Una necesidad, Juana.

–                     Una necesidad, ¿De qué se trata? Habla y si podemos te ayudaremos. –dicen ambos esposos conjuntamente.

–                     Ayer encontré por un camino, solos a dos pobrecitos. Una niña y un niño. Descalzos, con los vestidos rotos, hambrientos, abandonados. Y vi como un hombre de corazón de hiena, los echaba fuera como si fuesen perros. A ese hombre el año pasado le brindé favores.

Y él negó un pan a dos huérfanos que estaban desamparados, en medio del mundo cruel. Ese hombre recibirá su merecido. ¿Queréis tener mi bendición? Os tiendo la mano. Yo mendigo amor por unos huérfanos sin hogar. Vestido, comida, amor. ¿Queréis ayudarme?

Cusa dice impetuoso:

–                     Pero Maestro, ¿Lo preguntas? Di qué quieres. ¿Cuánto quieres? Dilo todo.

Juana no habla. Tiene las manos puestas sobre su corazón. Una lágrima se desprende de sus ojos. Una sonrisa de anhelo se dibuja en sus rojos labios. Espera. No habla; pero su silencio es todo un discurso…

Jesús la mira y sonríe:

–                     Quisiera que esos niños tuviesen una mamá. Un papá. Una casa. Y que la mamá se llamase Juana…

Aún no termina Jesús de pronunciar la última palabra, cuando se oye el grito de Juana, como el de un encarcelado que obtiene su libertad.

Se postra a los pies de Jesús, para besarlos adorándolo.

–                     ¿Y tú Cusa, qué dices? ¿Acoges en mi Nombre a estos dos seres a quienes amo mucho más que a joyas preciosas?

Cusa dice tembloroso de emoción:

–                     Maestro, ¿Dónde están? Llévame a donde están. Y bajo mi palabra te juro que desde que l momento en que ponga mi mano sobre sus inocentes cabecitas, los amaré como si fuese su verdadero padre, en tu Nombre.

–                     Venid, pues. Sabía que mi venida no iba a ser inútil. Venid. Son campesinos llenos de miedo, pero buenos. Confiad en Mí que veo los corazones y el futuro. No solo ahora, sino en el porvenir.

Os volveréis a encontrar en vuestro amor. Sus inocentes abrazos serán el mejor lazo en vuestras vidas. El Cielo estará siempre sobre vosotros; benigno, misericordioso, por esta caridad vuestra. Están afuera del cancel. Venimos desde Betsaida.

Juana no espera más. Se adelanta corriendo, llevada de su manía de acariciar a los niños. Llega, se arrodilla para abrazar a los dos huerfanitos a quienes besa en sus caritas demacradas.

Mientras ellos espantados miran a la hermosa señora de ricos vestidos y a Cusa, que los acaricia y que toma en sus brazos al pequeño Matías. Miran al espléndido jardín y a los siervos que acuden presurosos. Miran la casa que abre sus salas llenas de riquezas; a Jesús y a sus apóstoles.

Miran asombrados a Esther, que los aplasta con una avalancha de besos.

El mundo de los sueños se ha abierto para los pequeños extraviados…

Jesús contempla a todos y sonríe.

Una semana después…

En un atardecer del mes de Noviembre, las dos barcas atracan en la pequeña playa de Mágdala.

Jesús dice:

–                     Judas de Simón y Tomás, venid conmigo.

Los dos acuden.

–                     Os quiero encomendar algo que al mismo tiempo que es señal de confianza, os dará alegría… El encargo es el siguiente: acompañaréis a las hermanas  de Lázaro a Bethania. Con ellas irá Elisa. Os estimo mucho, para confiaros a las discípulas. Llevaréis una carta mía a Lázaro. Terminada vuestra misión, podréis ir a vuestra casa para las Encenias… No interrumpas Judas.

Todos celebraremos las Encenias en nuestras casas, este año. Está lloviendo mucho para poder viajar. Aprovechemos pues, para descansar y dar contento a nuestras familias. Os espero en Cafarnaúm, para Scebat.

Tomás pregunta:

–                     ¿Estarás en Cafarnaúm?

–                     Tengo conmigo a mi Mamá y estaremos aquí y allá. No estoy cierto todavía.

Judas dice:

–                     Prefiero estar contigo en las Encenias.

–                     Lo creo. Pero si me quieres obedece. Necesito que ustedes como hermanos mayores ayudéis a los discípulos en su formación y debéis estar contentos que os los confío. Es una señal de que estoy contento con ustedes.

Tomás dice:

–                     Muy bien Maestro. Por mi cuenta trataré de hacer ahora lo mejor. Me desagrada dejarte, pero pronto pasará. Mi viejo padre estará contento de tenerme para la Fiesta. Y también mis hermanas…

Por su parte, Judas comienza a hacer planes. No se acuerda para nada que se separa de Jesús y que hace poco protestó con fuerza, cuando le dijo que tenían que separarse por algún tiempo. Ya no piensa más en que verdaderamente Jesús está tratando de alejarlo.

Ha olvidado todo y está feliz de que Jesús lo haya tomado en cuenta para un encargo de importancia.

Promete:

–                     Te traeré mucho dinero para los pobres. –saca la bolsa- Toma esto. Es lo que tenemos. No hay más. Dame Tú lo necesario para nuestro viaje desde Bethania, hasta nuestra casa.

–                     ¡Oye! Si no vamos a partir esta tarde.

–                     No importa. No es necesario el dinero en casa de María. Es mejor no tener que manejarlo. Cuando regrese traeré a tu Mamá semillas de flores, que le pediré a la mía. También le quiero traer un regalo a Marziam… -está entusiasmadísimo.

Jesús lo mira…

Llegan a la casa de María de Mágdala y más tarde, después de la cena, cuando los apóstoles cansados, se han ido a dormir.

Jesús, que está sentado en una sala, en medio de las discípulas. Les da a conocer su deseo de que partan lo más pronto posible. No protestan. Dicen que sí y salen a preparar sus maletas.

Jesús llama a Magdalena, que ya está en el umbral.

–                     Bueno María, ¿Por qué me dijiste al oído cuando llegué: ‘Tengo algo que comunicarte en secreto?’

–                     Maestro. Vendí las piedras preciosas en Tiberíades. Las vendió Marcela con la ayuda de Isaac. Tengo el dinero en mi habitación. No quise que Judas se diera cuenta…

Magdalena se pone muy colorada.

Jesús la mira fijamente, pero no le dice nada. Ella va a traer una grande y pesada bolsa y la entrega  Jesús.

–                     Aquí está. Fueron bien pagadas.

–                     Gracias, María.

–                     Gracias, Rabonní. (Maestro mío) Porque tuviste a bien pedirme este favor. ¿Se te ofrece algo más?

–                     No. ¿Tienes algo más que decirme?

–                     No, Señor. Dame tu Bendición, Maestro.

–                     Sí, María. ¿Estás contenta de regresar con Lázaro?

–                     Sí, Señor. Pero…

–                     Termina maría. No tengas reparo en decirme lo que estás pensando.

–                     Regresaría más contenta si en lugar de Judas de Keriot, viniese Simón Zelote, que es un gran amigo de la familia.

–                     Lo necesito para un encargo.

–                     Entonces tus hermanos o Juan, el de corazón de paloma. En una palabra: cualquiera, menos él. Señor… No me mires enojado. Quién ha comido de la lujuria, siente su cercanía.

No le tengo miedo. Sé tener a raya a cualquiera. Y mucho más a Judas… siento miedo de no ser perdonada. Es mi propia persona. Es Satanás que da vueltas a mí alrededor. Es el Mundo. Pero si María de Teófilo no tiene miedo de nadie…

María de Jesús siente asco por el vicio que la tenía esclavizada y la… Señor… El hombre que busca solo los sentidos me causa vómito…

–                     No vas sola en el viaje, María. Acuérdate que debo hacer partir a Síntica y a Juan para Antioquia. Y que no debe saberlo uno que es imprudente…

–                     Es verdad. Bueno, me voy.

–                     Vete en paz. Te bendigo esta noche. Ya cada noche te bendeciré, igual que a tus hermanos.

María se inclina a besar los pies de Jesús y se va…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

87.- NO TODO EL QUE ME DICE SEÑOR…


En Naím, en casa de Daniel el resucitado, Jesús ha sido invitado a celebrar el matrimonio y están en el banquete de bodas.

Entran siete escribas y fariseos.

Y la madre los invita a pasar y les pide perdón por no poder ofrecerles algo más digno de ellos.

El Fariseo Ismael dice:

–                     Está el Maestro, mujer. Esto da valor a una cueva. Tu casa vale más que esto. Paz a ti y a tu casa. –es el fariseo más importante.

Todos están comiendo y disfrutando de la fiesta.

Y un fariseo llama la atención de Jesús, para preguntarle si estaba al corriente de la enfermedad de Daniel…

Jesús contesta:

–                     Venía de Endor por casualidad. Porque había querido contentar a Judas de Keriot y ni siquiera habíamos planeado pasar por Naím…

Un escriba pregunta sorprendido:

–                     ¡Ah! ¿No habías ido a propósito a Endor?

–                     No. No tenía el menor deseo de ir allá.

–                     ¿Y entonces por qué fuiste?

–                     Ya lo dije. Porque Judas de Simón quería ir.

El Fariseo Ismael ben Fabi, pregunta:

–                     ¿Y por qué este capricho?

–                     Porque quería ver la gruta de la maga.

–                     Tal vez les habías hablado de ella…

–                     ¡Nunca! Ni tenía porqué.

–                     Quiero decir, tal vez explicaste con este episodio, otros sortilegios; para iniciar a tus discípulos en…

–                     ¿En qué? Para iniciar en la santidad, no hay necesidad de peregrinaciones.

–                     Pero los milagros que ahora los discípulos realizan son tan prodigiosos y …

–                     Y son la manifestación de la Voluntad de Dios. No otra cosa. Serán santos y harán más milagros con la Oración, el sacrificio y la obediencia a Dios. Y no con otra cosa…

–                     ¿Estás seguro? –pregunta un escriba con la mano en el mentón, mirando a Jesús de arriba abajo.

Su tono es muy irónico y con cierto dejo de compasión. Lo que esconden estas dos palabras, se clava en el corazón de Jesús como una puñalada.

Pero sin manifestarlo, dice:

–                     Les di estas armas y estas enseñanzas. Pero si alguno de ellos, pues son muchos; se corrompe con prácticas indignas, por soberbia u otro vicio, no seré Yo el culpable de haberle dicho eso. Puedo orar para ver que el que falta se redima. Puedo imponerme duras penitencias expiatorias; para obtener que Dios lo ayude con luces particulares de sabiduría; a fin de que reconozca su error.

Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle con todo mi amor de hermano, Maestro y amigo, que deje la culpa. Nunca pensaré que me rebajaría al hacer esto, porque el precio de un alma es tal, que merece que se sufra cualquier humillación, para conquistarla. Pero más no puedo.

Y si a pesar de todo persevera en la culpa; de mis ojos y de corazón de Maestro y amigo traicionado e incomprendido, correrán lágrimas y sangre.

¡Qué dulzura y qué tristeza se notan en la voz y en el semblante de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí. Es un intercambio de miradas…  Pero no replican nada a lo que Jesús acaba de decir.

Después de un momento de silencio se vuelven hacia Daniel, con una avalancha de preguntas simultáneas:

–                     ¿Te acuerdas de lo que es la muerte?

–                     ¿Qué sintió al volver a la vida?

–                     ¿Y qué vio entre el espacio entre la muerte y la vida?

–                     ¿Qué sintió al regresar a la vida?

–                     ¿Qué recuerdos tienes del otro mundo?

–                     ¿Estás seguro de haber muerto?

–                     ¿Pero no te acuerdas de haber muerto?

El joven se impacienta:

–                     Os dije que no. – y añade- ¿Qué queréis decir con todas esas preguntas? ¿Qué todo un pueblo se haya imaginado que yo me había muerto? ¿Inclusive mi madre y mi prometida que moría de dolor y yo mismo, a quien vendaron y embalsamaron?

¿Y que en realidad no me había muerto? ¿Qué os parece? ¿Creéis que en Naím, todos hayan sido unos niños o unos estúpidos, con ganas de hacer una jugarreta? Mi madre en pocas horas encaneció.

Mi prometida tuvo que medicinarse porque el dolor y la alegría, casi le quitaron el juicio. ¿Y todavía dudáis? ¿Y qué objeto tenía que hubiéramos hecho esta comedia?

Los de Naím dicen a coro:

–                     ¿Por qué lo hubiéramos hecho?

–                     ¡Es verdad lo que dice Daniel!

Jesús no habla. Juega con el mantel como si nada le interesara.

Los fariseos no saben qué decir…

De pronto, cuando la conversación y los argumentos parecen haber acabado, dice mirando a Daniel:

–                     La razón es la siguiente. Éstos… -y señala a los escribas y fariseos- Quieren concluir que tu resurrección no fue sino un plan perfecto, llevado a cabo para aumentar la estimación que la gente tiene por Mí. Según ellos, sería Yo quién ideó el plan y vosotros los que lo realizasteis. Para hacer mentir a Dios y mentir al prójimo.

Dejo los embustes a los desvergonzados. No tengo necesidad de recurrir a brujerías o a engaños, para ser lo que Soy. ¿Por qué queréis negar a Dios el poder de restituir el alma a un cuerpo? Si Él la da cuando se forma el cuerpo y crea las almas; una por una, ¿No podrá devolverla logrando que regrese al cuerpo, porque se lo pide su Mesías?

¿Y conseguir de este modo que el hecho sea un incentivo, para que mucha gente se acerque a la Verdad? ¿Podéis afirmar que Dios no tiene poder para hacer milagros? ¿Por qué queréis negarlo?

–                     ¿Eres Tú Dios?

–                     Yo Soy Quien Soy. Mis milagros y mi Doctrina dicen Quién Soy yo.

–                     Pero entonces, ¿Por qué éste no recuerda nada, cuando los espíritus evocados saben decir lo que hay en el más allá?

–                     Porque esta alma santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad. Entretanto que lo que dicen los nigromantes, no es verdad.

–                     Pero Samuel…

–                     Samuel vino por orden de Dios. No por el mandato de la adivina, a comunicar al perjuro de la Ley, la sentencia del Señor. De aquí que nadie pueda reírse de sus Mandamientos.

–                     ¿Y entonces por qué tus discípulos lo hacen?

Es la voz arrogante del fariseo Ismael, que en ella ha puesto todo el énfasis posible y que llama la atención de los apóstoles. Pues al oír que se habla de ellos, ponen atención a lo que escuchan.

–                     ¿En qué quebrantan los discípulos los Mandamientos? Dilo. Si tu acusación es verdadera los amonestaré para que no hagan cosas contrarias a la Ley.

El Fariseo Ismael ben Fabi, prosigue implacable:

–                     En qué lo hagan lo sé y lo saben muchos. Pero Tú que resucitas muertos y que eres un Profeta, descúbrelo. No te lo diremos nosotros. Tienes ojos, ¿O no? Para ver muchas cosas que hacen tus discípulos, cuando no deben hacerlas u omiten cuando debían ponerlas en práctica. Pero Tú no te cuidas de esto.

–                     ¿Queréis señalarme algunas?

–                     ¿Por qué tus discípulos no observan las tradiciones de los antiguos? Entraron a la sala a comer y no se purificaron las manos.

Si los fariseos hubiesen dicho: ‘Y antes degollaron a unos ciudadanos’ No hubieran provocado un horror tan grande…

–                     Lo observasteis, es verdad… ¡Hipócritas! Bien dijo de vosotros el Profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Por esto me honran enseñando doctrinas y mandamientos humanos.” Vosotros, mientras despreciáis los Mandamientos de Dios, os aferráis a tradiciones humanas. A lavar jarras, copas, las manos y cosas semejantes. Pero justificáis a un hijo ingrato y avaro al decirle que aprovechándose de haber ofrecido algo, no tiene obligación de dar pan a quién lo engendró. Ni ofrecerle ayuda alguna.

Y os escandalizáis de alguien que no se lava las manos. Alteráis y violáis la Palabra de Dios; para obedecer palabras que creasteis y las constituisteis un precepto. Por esto os proclamáis más justos que Dios. Y os arrogáis el derecho de legisladores, cuando Dios lo es de su Pueblo. Vosotros…

Y continuaría de no ser porque el grupo de sus enemigos, se sale bajo la granizada de acusaciones. Al salir chocan con los que se habían congregado al oír el tono de la voz de Jesús.

Él, que se había puesto de pie; se sienta nuevamente y dice:

–                     Escuchadme y comprended lo siguiente. No hay nada externo al hombre que si entra en él, pueda contaminarlo. Pero lo que sale del hombre, eso sí lo contamina. Quien tiene orejas para escuchar, emplee su inteligencia para comprender y su voluntad para actuar. Ahora vámonos. Vosotros los de Naím, perseverad en el bien y mi paz esté siempre con todos vosotros.

Se levanta y se despide particularmente de los anfitriones. Luego sale y continúa su camino… Las primeras sombras de la tarde bajan a esconder la palidez de Jesús que está afligido por tantas cosas.

Regresa a Endor. Se hospedan en unos pesebres llenos de heno. Después de cenar leche recién ordeñada y pan, con los estómagos llenos. Los apóstoles caen en la cuenta de su mutismo.

Él cenó solo un poco de leche que tomó de un solo trago y está serio.

Andrés es el primero en preguntar:

–                     ¿Qué te pasa, Maestro? Me parece que estás triste o cansado…

Jesús contesta:

–                     Creo que lo estoy.

–                     ¿Por qué? ¿A causa de los Fariseos? Ya te habrás acostumbrado… ¿O no? Yo casi ya…

–                     ¿Recuerdas cómo me portaba al principio con ellos? Siempre repiten las mismas canciones…

Parte por convicción y parte, por tranquilizar a  Jesús, Pedro dice:

–                     Las serpientes solo pueden silbar y ninguna de ellas será capaz de cantar como un ruiseñor. Termina uno por no hacerles caso.

–                     De este modo se pierde el control y cae uno en sus cascabeles. Os ruego que no os acostumbréis jamás a las voces del Mal, como si fueran voces inofensivas.

Mateo dice:

–                     Está bien. pero si solo por eso estás triste, haces mal. Tú ves cómo te ama la gente.

Haciendo gala de una hipocresía magistral, Judas dice:

–                     ¿Por eso estás así de triste? Dímelo Maestro Bueno. ¿O acaso te contaron mentiras? ¿Te insinuaron calumnias, sospechas, qué sé yo; contra nosotros que te amamos? –lo pregunta muy solícito y cariñoso, mientras le pasa un brazo sobre los hombros de Jesús que está sentado en el heno a su lado.

Jesús vuelve su rostro en dirección a Judas. En sus ojos fulgura un relámpago a la tenebrosa luz de la lámpara de aceite que está en el suelo, en medio de todos.

Jesús mira fijamente a Judas de Keriot, luego dice despacio:

–                     ¿Y crees que Yo soy un tonto que tomo por verdaderas, las insinuaciones de cualquiera; hasta el punto de que me quite la tranquilidad? Son las realidades, Judas de Simón; las que me turban. 

Y su mirada sigue clavada cual una sonda, en las pupilas de Judas.

Iscariote insiste con aire seguro:

–                     ¿Qué realidades te perturban ahora?

–                     Las que veo en el fondo de los corazones. Y leo en las frentes DESTRONIZADAS. –Jesús pone énfasis en ésta última palabra.

Todos se alborotan:

–                     ¿Destronizadas por qué? ¿Qué quieres decir con eso?

–                     Un rey pierde el trono cuando se hace indigno de estar en él. Y se le quita como primera cosa, la corona que tiene en la frente; el lugar más noble del hombre. El único animal que tiene la frente levantada hacia el Cielo.

Cada hombre es rey de su alma y su trono está en el cielo. Cuando un hombre prostituye su alma y se convierte en un bruto, en demonio; se destrona. El mundo está lleno de frentes destronizadas, que ya no se levantan al Cielo; sino que están doblegadas hacia el abismo. Doblegadas con la palabra que Satanás esculpió en ellas.

¿Queréis conocerla? Lo que se lee en las frentes es: “VENDIDO” Y para que no tengáis duda sobre quién es el comprador, os digo que es Satanás mismo el que lo proclama por sí mismo, con los que tienen comercio directo con él o por medio de sus siervos que hay en el mundo.

Id a descansar ahora. Voy a salir a orar…

Al día siguiente…

El día está gris y lluvioso. Lodo y nubes. Silencio y neblina. El horizonte desaparece entre la niebla. Pasan por una vereda entre dos campos sembrados recientemente.

Jesús se detiene a acariciar a dos pequeñuelos, un niño como de cuatro años y una niña de siete; vestidos con harapos y con sus caritas llenas de tristeza y sufrimiento. Los mira fijamente mientras los acaricia. Y luego se apresura a ir a una bella casa que está cercana.

Una mujer lo saluda con alegría y corre a avisar al patrón. Un hombre viejo y obeso sale a la puerta.

Lo saluda:

–                     Es un gran honor verte, Maestro.

–                     La paz sea contigo. La lluvia está cayendo y la lluvia está cerca. Te pido un refugio y un pan para mí y para mis discípulos.

–                     Entra; Maestro. Mi casa es tuya. –y con mucha cortesía, sostiene la puerta abierta, inclinándose mientras pasa Jesús.

Pero luego cambia el tono y dice enojado:

–            ¿Todavía estás aquí? ¡Lárgate! ¿Entendiste? Lárgate. No hay nada para ti.

Una vocecita temblorosa por el llanto, responde:

–                     Piedad, señor. dame al menos un pan para mi hermanito. Tenemos hambre…

Jesús se asoma al umbral con el rostro cambiado.

Enérgico pero con tristeza pregunta:

–                     ¿Quién tiene hambre?

–                     Mi hermano y yo, Señor. Danos solo un pan y nos vamos.

Jesús sale y dice:

–                     Acércate.

–                     Tengo miedo.

–                     Ven aquí. Te lo mando. ¡No tengas miedo de Mí!

Los dos niños se adelantan temblando. A Jesús lo miran con temor. Al dueño, con terror.

Éste dice:

–                     Son unos vagabundos, Maestro. Y ladrones. Hace poco encontré a esa niña raspando la prensa de las aceitunas. Quería entrar a robar. No son de este lugar.

Jesús no parece hacerle caso. Mira detenidamente las caritas demacradas. Su mirada está llena de tristeza y de dulzura; pero sonríe para darles valor.

Y pregunta:

–                     ¿Es verdad que querías robar? Dímelo.

–                     No, Señor. pedí un poco de pan, porque tengo hambre. No me lo dieron. Ví un pedazo que estaba tirado en el suelo, junto a la prensa. Y quise recogerlo. Tengo hambre, Señor. ¡Oh! ¿Por qué no nos echaron al sepulcro con mi mamá?…

La niña llora sin consuelo y el hermanito la imita.

Jesús dice abrazándola:

–                     No llores. ¿De dónde eres?

–                     De la llanura de Esdrelón.

–                     Es muy lejos. ¿Hace mucho tiempo que murió tu madre? ¿No tienes padre?

–                     Mi padre murió, porque lo mató el sol; cuando era la cosecha del trigo. Y mi mamá murió la luna pasada… Ella y el niño que nació. –el llanto es mayor.

–                     ¿No tienes ningún familiar?

–                     ¡Venimos de muy lejos! No éramos pobres… Mi papá tuvo que meterse a servir…

–                     ¿Quién era el dueño?

–                     El Fariseo Ismael ben  Fabi.

–                     ¡El Fariseo Ismael ben Fabi!… (La expresión de Jesús es indescriptible al repetir este nombre) ¿Te viniste porque quisiste o porque te arrojaron?

–                     Me arrojaron, Señor. él dijo: “¡A la calle, perros hambrientos!”

Jesús se vuelve hacia el vejete:

–                     Y tú Jacob. ¿Por qué no has dado pan a estos niños?  ¿Por qué no los ayudaste?

–                     Pero, Maestro, ¡Apenas si alcanza para mí! Y tenerlos en casa… éstos son como animales errantes, si se les hace buena cara nunca se van.

–                     ¿Y te falta lugar y alimento para éstos infelices? La cosecha de tus trigales, la abundancia del vino, del aceite y de los huertos; todo lo que te ha hecho famoso este año. ¿Por qué te vinieron? ¿Te puedes acordar? Tuviste caridad conmigo, me diste pan y refugio. Me habías oído hablar y me creíste. Llevado de tu dolor, me abriste el corazón y tu casa.

Y Yo al salir, ¿Qué te dije esa mañana? “Jacob, has comprendido la Verdad, procura ser siempre misericordioso y tendrás misericordia. Por el pan que diste al Hijo del Hombre, estos campos te darán abundancia.” Lo has visto. Eres el más rico de la región este año. ¿Y niegas un pan a dos niños?

–                     Pero Tú eres el Rabí…

–                     Por lo mismo podría convertir estas piedras en pan. Éstos no pueden hacerlo. Ahora te digo: verás un nuevo milagro y te desagradará mucho… Y cuando lo veas, golpéate el pecho diciendo: ‘Me lo merecí’

Jesús se vuelve a los niños diciendo:

–                     No lloréis. Id a ese árbol y tomad frutos.

La niña replica:

–                     Si no tiene ni siquiera hojas, Señor.

–                     Ve.

La niña va y regresa con grandes manzanas frescas hermosas en su faldita.

–                     Comed y venid conmigo. –y a los apóstoles- llevaremos a estos dos pequeñuelos a Juana de Cusa. Ella se acuerda siempre de los beneficios recibidos y tiene misericordia por amor de quién la tuvo para ella. Vámonos.

El viejo no sabe qué hacer…

Y apenado, trata de obtener perdón:

–                     Ya es casi de noche, maestro. Viene la lluvia. Vuelve a entrar a mi casa. Te daré pan también para éstos.

–                     No es necesario. No me lo das por amor. Sino por miedo del castigo que te dije.

–                     ¿No es éste el milagro, que dijiste? –señala las manzanas que ávidamente comen los niños.

Jesús está muy enojado:

–                     No.

–                     ¡Oh, Señor! ¡Ten piedad! ¡Lo he comprendido! Me quieres castigar en los campos. ¡Piedad, Señor!…

–                     No todos los que me llaman: ¡Señor! ¡Señor!… podrán tenerme a su lado. Porque no con palabras, sino con acciones se da prueba del amor y del respeto. Se te compadecerá como antes. Adiós, Jacob.

–                     Yo te amo Señor.

–                     No es verdad. Sólo te amas a ti mismo. Cuando me ames como he enseñado, el Señor regresará. Adiós, Jacob.

Jesús ya no le hace caso y empieza a caminar.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

 

86.- RACIONAL DEL PONTÍFICE


Al día siguiente, la caravana se pone en movimiento bajo un cielo maravillosamente azul y despejado. Jesús lleva de las riendas, el mulo sobre el que cabalga su Madre. Marziam va sentado en la misma cabalgadura, que el mercader. Los apóstoles han colgado sus alforjas, en las monturas de los mulos, en que viajan las mujeres y van escoltándolas a pie.

Todos van felices al ver a Jesús tan contento. Cuando se paran a descansar a la orilla de un bosque, buscan leña para cocer sus alimentos. El mercader provee un corderito, que pronto es cocinado y que también pronto es consumido.

En el intervalo, Jesús y Misace hablan de la vida y de la muerte. De algunos pecados de Misace y de la eternidad.

Misace dice:

–                     ¿Quieres quedarte todavía conmigo?

Jesús responde:

–                     Si no me arrojas, ¿Por qué no he de querer?

–                     Por lo que te dije. Debo causarte náuseas a Ti que eres Santo.

–                     ¡Oh, no! He venido por los que son como tú. Os amo porque sois los que tenéis más necesidad. Todavía no me conoces. Soy el Amor que pasa mendigando amor.

–                     ¿Entonces no me odias?

–                     Te amo.

Una lágrima brilla en los ojos del mercader.

Y con una sonrisa dice:

–                     Entonces estaremos juntos. En Gerasa me detendré por tres días. Allí tomaré camellos en lugar de mulos. Tengo apostaderos para las caravanas. Y tengo un siervo que cuida de los animales que dejo. Y Tú, ¿Qué piensas hacer?

–                     Predicaré el Sábado. Te habría dejado si no te hubieses detenido; porque el Sábado es día consagrado al Señor.

El hombre arruga la frente. Piensa.

Y como si algo le doliese, dice:

–                     Es verdad. Está consagrado al Dios de Israel…   -mira a Jesús y agrega-  Si me lo permites, te lo consagraré.

–                     A Dios. No a su Siervo.

–                     A Dios y a Ti al escucharte. Hoy terminaré mis negocios. ¿Vendrás al albergue? Tengo apartadas grandes y amplias habitaciones, en donde puedo hospedarte junto con todos los tuyos…

–                     Dios te lo pague. Vienen conmigo las mujeres y aquí soy un Desconocido. Vamos…

El sábado Jesús habla al pueblo:

–                     Esta ciudad es muy hermosa. Hacedla también hermosa con la justicia y la santidad…

Y Jesús habla extensamente sobre el Pecado y sus consecuencias. Sobre Satanás y su tiranía.

Sobre los Diez Mandamientos y la conquista del Reino de Dios. Y concluye:

–                     …Ciudadanos de Gerasa, construid en vosotros y en vuestra ciudad el Reino de Dios.

Una fuerte voz de mujer grita:

–                     Bienaventurado el seno que te llevó y los senos que te amamantaron.

Jesús sonríe y dice:

–                     Más bienaventurados son lo que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Mi Madre es Bienaventurada por esto; pero más por haber dicho el: “Hágase en mí según tu Palabra.” Sin pensar jamás en el Dolor que esto significaba.

Después de esto, todos se entregan al descanso. Marziam, observa los camellos y como los tratan los camelleros. Como le hacen para que se arrodillen y se levanten, después de que son cargados.

Y como hombres y camellos, mastican los algarrobos con gusto. Emocionado, va con Pedro que está durmiendo. Y lo jala de una manga.

Pedro contesta amodorrado:

–                     ¿Quién es? ¿Qué se te ofrece?

El niño le dice:

–                     Soy yo. Ven a ver los camellos.

–                     Déjame dormir. ¡He visto tantos! Animales tan feos…

Ante esta respuesta, Marziam va con Mateo que está haciendo las cuentas; pues en este viaje es el tesorero.

Y le dice:

–                     ¿Ya viste los camellos? Comen como las ovejas. Se arrodillan como los hombres. Y parecen barcas, cuando van y vienen.

Mateo, que perdió las cuentas con la interrupción, responde un poco seco:

–                     Sí.

Y vuelve a contar el dinero, sin hacerle más caso.

¡Humm! Otra desilusión…

Marziam mira a su alrededor… y  ve a Zelote y a Tadeo que están conversando animadamente…

Y dice emocionado:

–                ¡Qué hermosos son los camellos! Y tan buenos. Los cargan y descargan. Y se arrodillan para que uno no se canse. Después comieron algarrobos y también esos hombres comieron. Me gustaría… Pero creo que no me entienden…  Ven tú…  -y toma de la mano a Simón.

Éste, que sigue absorto en su plática con Tadeo, contesta distraído:

–                     Si querido. Vete y no te lastimes…

Marziam lo mira casi a punto de llorar y va a apoyarse contra una columna…

Jesús sale de una habitación y lo ve… Le pone una mano sobre la cabeza y le pregunta:

–                     ¿Qué haces aquí tan solo y triste?

El niño contesta:

–                     Nadie me hace caso… -Y le cuenta la razón.

Jesús comprende al punto:

–                     Y tú quieres comer algarrobos. Ven vamos a donde están los camellos.

Y van con el camellero, al que Jesús le explica la situación.

El hombre, con una gran sonrisa se muestra dispuesto a complacer el deseo infantil. Le da un algarrobo y montándose sobre el animal, sube con él a Marziam y desaparecen al trote por la verde campiña.

Jesús regresa a la sala dónde están las mujeres y María le pregunta:

–                     ¿Qué te pasa Hijo mío, que estás tan contento?

–                     Me siento feliz, porque Marziam se fue a pasear en un camello. También es amor ocuparse de los juegos de un niño.

Luego llegan a buscar a Jesús para que cure a unos enfermos y Jesús los cura a todos. Y llueven las alabanzas y las bendiciones.

Alejandro Misace lo mira admirado.

Y Jesús dice a Zelote:

–                     Simón. Mañana cuando salga el sol, Alejandro parte para Aera. Iremos con él hasta el camino de Arbela y luego nos separaremos. Te diré Alejandro Misace, que has sido un excelente guía, para el Peregrino. Siempre me acordaré de ti…

El hombre está conmovido. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho a la manera oriental y se inclina ante Jesús.

Y contesta:

–                     Sobre todo acuérdate de mí, cuando estés e tu Reino.

–                     ¿Lo deseas Misace?

–                     Sí, Señor mío.

–                     También Yo deseo una cosa de ti.

–                     ¿Cuál Señor? si puedo, te la daré. Aunque sea la más preciosa de las que poseo.

–                     Es la más preciosa. Quiero tu alma. Ven a Mí. Te dije cuando empezamos a viajar juntos, que esperaba hacerte un regalo al final. Es la Fe. ¿Crees en Mí, Misace?

–                     Creo, Señor.

–                     Entonces, santifica tu alma, para que la Fe no sea en ti, no sólo un don inerte, sino perjudicial.

–                     Mi alma ya está caduca, pero me esforzaré por hacerla nueva. Absuélveme y bendíceme para que empiece desde ahora una nueva vida. Llevaré conmigo tu bendición como mi mejor escolta, en mi camino hacia tu Reino. ¿Nos volveremos a ver, Señor?

–                     En la tierra, jamás. Pero oirás hablar de Mí y creerás con mayor fuerza. Porque me encargaré de haya quién lleve hacia Mí. Adiós Misace. Mañana tendremos muy poco tiempo para despedirnos. Hagámoslo ahora, antes de que comamos juntos, por última vez.

Lo abraza y le da el beso de paz.

Y dos días después, llegan a la cima de una hermosa colina y en la llanura se asienta una ciudad: Arbela. Cuando descienden y llegan a la llanura hasta un cruce de caminos, Jesús se detiene y dice:

–                     Es hora de separarnos. Comamos y luego nos dividiremos. Este camino va a Gadara. Es el más corto y antes de que anochezca estaréis en las tierras de Cusa.

Ninguno muestra alegría… Pero están dispuestos a obedecer.

Durante la comida, Marziam dice:

–                     Entonces es también el momento de que se te de esta bolsa. Me la dio Misace el mercader, cuando venía con él en la silla de su camello. Y me dijo: ‘Se la entregarás a Jesús antes de que te separes de Él y le dirás que me ame, como te ama a Ti.’ Está muy pesada.

Todos tienen curiosidad.

Jesús desata las cintas de cuero de una bolsa de piel de gacela. Y vacía su contenido sobre su túnica. Corre dinero, pero no es mucho: unas pocas y grandes monedas de oro. También salen doce bolsitas de viso muy fino, amarradas con un cordoncillo.

Jesús las abre y de cada una cae una cascada de piedras preciosas: topacios, rubíes, esmeraldas, zafiros, ónices, etc. En la última, la más pesada y que es un resplandor dorado de crisolitos, hay un pergamino que dice: “Para tu Racional de Verdadero Pontífice y Rey.’

Todos se quedan asombrados con aquel tesoro…

Pedro dice admirado y lanzando un silbido:

–                     ¡Si estuviese aquí Judas de Keriot!

Tadeo contesta cortante:

–                     ¡Cállate! Es mejor que no esté.

Jesús se queda pensando y mete las piedras de nuevo en la bolsa. Apartando las monedas que da a Zelote para que las guarde.

Los apóstoles comentan:

–                     ¡Qué si es rico ese hombre!

Y Pedro los hace reír con:

–                     Caminamos al trote sobre un trono de piedras preciosas. Nunca me imaginé que estuviese en medio de un resplandor semejante. ¡Con razón no estaba suave! ¿Qué piensas hacer con ellas?

Jesús contesta:

–                     Las venderé para los pobres. –levanta los ojos y mira a las mujeres con una sonrisa.

Pedro insiste:

–                     ¿Y dónde encuentras aquí al joyero que te compre esto?

–                     ¿En dónde? Aquí. Juana, Martha y María, ¿Compráis mi tesoro?

–                     ¡¡¡Sí!!! –contestan con todas sus ganas, las tres al mismo tiempo.

Martha agrega:

–                     Aquí no tenemos dinero.

–                     Procurad tenérmelo en Mágdala. Para la luna nueva.

Juana pregunta:

–                     ¿Cuánto quieres, Señor?

–                     Para Mí, nada. Para mis pobres, lo posible.

Magdalena toma la bolsa y la guarda.

Y dice:

–                     Vas a tener mucho de aquí.

Jesús se levanta. Los bendice. Los besa y se despide.

Sus primos, Pedro y Juan de Endor, se van con las mujeres.

Y Jesús con los demás, toma el otro camino, que lleva hacia la ciudad.

Al día siguiente; después de haber hablado en la plaza principal, la multitud se desborda en expresiones de entusiasmo. Después le acomodan en dos filas a gran cantidad de enfermos.

Jesús le pregunta a su discípulo, Felipe de Arbela:

–           ¿Por qué no los curaste tú?

Felipe contesta:

–            Para que Tú los curases personalmente, como me curaste a mí.

Jesús pasa bendiciendo a uno por uno de los enfermos y se produce el acostumbrado prodigio de ciegos que ven, sordos que oyen, lisiados que se enderezan, enfermedades graves que desaparecen, etc.

Cuando termina con el último enfermo; se le acercan cuatro Fariseos:

–                     La paz sea contigo, Maestro. ¿Y a nosotros no nos dices algo?

Jesús contesta:

–                     Hablé ya para todos.

–                     Pero nosotros no necesitamos esas palabras. Somos los santos de Israel.

–                     Os digo a vosotros que sois maestros comentad entre vosotros lo que sigue en el Libro de Esdras. Acordándoos de cuantas veces Dios tuvo hasta ahora misericordia y golpeándoos el pecho, decid como si fuese una plegaria, la parte con la que termina el texto indicado.

–                     Has dicho bien, Maestro. ¿Y lo hacen tus discípulos?

–                     Sí. Es la primera condición que les exijo.

–                     ¿A todos? ¿También a los homicidas que hay en tus filas?

–                     ¿Os repugna el olor de la sangre?

–                     Es voz que grita al Cielo.

–                     Entonces tratad de no imitar a los que la derraman.

–                     ¡No somos asesinos!

Jesús los mira, traspasándolos con su mirada.

No se atreven a decir palabra alguna, por algunos minutos. Después se acercan al grupo que va a entrar a la casa de Felipe para el banquete y entran también ellos, como si fueran sabuesos. Miran, escudriñan, hacen preguntas astutas a los siervos.

Y uno de ellos, sin responderles abiertamente, se inclina ante Jesús que está hablando con Felipe y le pregunta:

–                     ¿Dónde está Juan de Endor? Este señor lo busca.

El fariseo fulmina al siervo con la mirada y dice:

–                     ¡Estúpido! –Con una sonrisa viperina añade- Era para congratularnos con este prodigio de tu Doctrina, Maestro y honrarte por el que se te convirtió.

Jesús, que conoce sus intenciones dice:

–                     Juan ya está lejos y para siempre lo estará.

–                     ¿Ha vuelto a caer en pecado?

–                     No. Está subiendo en dirección al Cielo. Imitadlo y lo encontraréis en la otra vida.

Los cuatro no saben que decir y prudentemente hablan de otra cosa.

El banquete continúa…

A la semana siguiente, la comitiva apostólica va por un camino lodoso, como si hubiera llovido mucho. El cielo está nublado.

Ermasteo pregunta:

–                     Esos fariseos… ¡Qué desengaño! Hasta el mal tiempo sirvió para convencerlos de que Juan de Endor no estaba. Pero, ¿Por qué se la traen contra él? –pues quiere mucho a Juan de Endor.

Jesús responde:

–                     No es contra él. Ni solo contra él que sienten rencor. Sino que se aprovechan de él, como de un instrumento para odiarme.

Mateo exclama:

–                     Todavía sigue lloviendo. ¡Dios nos libre de los achaques! –que es poco amigo de caminar con mal tiempo.

Juan le contesta bromeando:

–                     No hay necesidad de buscar manantiales para calmar la sed. Basta con que uno eche la cabeza para atrás; abra la boca y los ángeles le meten a uno el agua que quiera.

Ermasteo que también es muy joven, dice:

–                     Simón de Jonás se quejaba de los camellos. Pero yo prefiero estar en una de esas torres bamboleantes, que en este lodazal. ¿Tú que opinas?

Juan suspira:

–                     Yo me encuentro bien dondequiera que sea, con la condición de que esté Jesús…

Andrés dice:

–                     Maestro. En Aera estará Judas de Simón…

Jesús contesta:

–                     Ciertamente. Y con él, Tomás, Bartolomé y Felipe.

Santiago de Zebedeo suspira:

–                     Maestro, ¡Cuánto me gustan estos días de paz! ¡Y se van a terminar!

–                     No digas eso, Santiago.

–                     Lo sé. Pero no puedo menos que decirlo. –y da otro suspiro más grande.

–                     También estará Simón-Pedro con mis hermanos, ¿No estás contento?

–                     ¡Yo, mucho! Maestro, ¿Por qué Judas de Simón es tan diferente de nosotros?

–                     No todos los hombres son iguales. Cada uno tiene su misión y su forma de ser. A ti te parece que Judas no hace nada o hace mal. Te recuerdo que me ha anunciado y bien, por la Judea meridional. Y que tú mismo dijiste que sabe ser diplomático con los fariseos.

–                     Es verdad.

Mateo observa:

–                     También es muy inteligente en buscar dinero para los pobres. Pide. Y sabe pedir. Cosa que yo no sé. Tal vez porque ahora el dinero me causa vómito…

Simón Zelote baja la cara, ardiente como una brasa.

Andrés lo nota y le pregunta:

–                     ¿Te sientes mal?

–                     No, no… La fatiga… No creo que sea nada…

Jesús le mira fijamente y Zelote se pone más colorado.

Jesús no dice nada. Después de un rato se lo lleva consigo y se retira discretamente de los demás.

Cuando están aparte le pregunta:

–                     ¿Por qué te pusiste colorado, Simón?

Se pone como una ascua… Pero no dice nada.

Jesús repite la pregunta y Simón se pone más rojo todavía, pero sigue callado.

Jesús pregunta por tercera vez…

Simón contesta en voz alta, como si sufriese un tormento:

–                     Señor, Tú lo sabes… ¿Por qué quieres que te lo diga?

–                     Para que tú descanses.

–                     Es que… Cuando Judas recibe dinero, no administra todo para los pobres. Siempre se guarda una parte…

–                     ¿Estás seguro de ello?

–                     No me lo negó. Con todo cinismo añadió: “Lo hago para prever. Tengo buen sentido común. El Maestro no piensa en el mañana.” Puede que sea verdad. Pero hoy siempre… Es siempre… Maestro, Tú di la palabra exacta.

–                     Es la señal de que Judas es tan solo un ‘hombre’. No sabe elevarse para ser un espíritu. Pero más o menos, todos sois iguales. Tenéis miedo de cosas que no tienen valor. Os atormentáis por cosas inútiles. No tenéis confianza en la Providencia que es poderosa y está presente en todas partes. Bueno. Que esto quede entre nosotros dos. ¿O no?

–                     Sí, Maestro.

Hay un silencio.

Luego Jesús dice:

–                     Regresaremos al lago. Será algo bello detenernos un poco, después de tanto caminar…

Después de que pasan el poblado, ya tienen encima otro aguacero. Por el camino inundado encuentran a Pedro, esperándolos con unos asnos. Tiene tres días viniendo al mismo lugar y siempre con la lluvia.

Después de los saludos, Jesús le pregunta:

–                     ¿Quién está en Aera?

Pedro le contesta:

–                     Tadeo, Santiago, además de Judas de Keriot con los otros. Parece que Judas ha hecho mucho bien, pues todos le alaban…

–                     ¿Te ha preguntado algo?

–                     Muchas cosas. A todas respondí que no sabía nada. No le dije nada de Juan de Endor, ni de Síntica. Cree que Juan está contigo. Deberías decirlo a los demás…

–                     No. Tampoco lo saben. Es inútil decirlo. Pero, ¡Estos borricos por tres días!… ¡Cuánto habrás gastado!… ¿Y los pobres?

–                     Los pobres… Judas tiene mucho dinero y piensa en ellos. Los borriquitos no me cuestan nada. En esta población todos te quieren y creen en Ti. Son mejores que nosotros. –y da un suspiro.

–                     ¡Simón! ¡Simón!…  Nos tributaron honores en la otra parte del Jordán. Un galeote, unas mujeres paganas y pecadoras, dieron ejemplo de perfección. Acuérdate siempre de ello, Simón de Jonás. Siempre.

–                     ¡Lo trataré, Señor!

Y se alejan conversando en dirección a la ciudad…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

85.- SETENTA VECES SIETE


Jesús regresa con sus apóstoles, después de una gira evangelizadora, por los alrededores de Bethania.

Zelote dice:

–                     Fue una buena idea la de Salomón el barquero, ¿No crees Maestro?

–                     Sí. Fue una buena idea.

Judas dice desdeñoso:

–                     Pues yo no veo nada de bueno en esto. Nos dio lo que a él que es discípulo, no le sirve para nada. No hay porqué alabarlo.

Zelote contesta serio:

–                     Una casa siempre sirve para algo.

–                     Siquiera hubiera sido como la tuya. Pero, ¿Qué fue? ¡Una casucha apestosa!

–                     Eso es todo lo que tiene Salomón. –replica Zelote.

Pedro pregunta:

–                     Pero si durante tantos años a él no le ha pasado nada. Nosotros también podemos estarnos un poco. ¿Qué quieres? ¿Qué todas sean como la de Lázaro?

–                     No quiero nada. No veo la necesidad de este regalo. Si uno está allá; se puede estar mejor en Jericó. No hay más que unos cuantos kilómetros de distancia. Y para gente como nosotros que parecemos perseguidos. Obligados de ir de acá para allá, ¿Qué son unos cuantos Km?

Jesús interviene antes de que la paciencia de os demás se acabe, como se deja entrever:

–                     Salomón, en proporción a sus riquezas, ha dado más que todos, porque dio todo. Lo dio por amor. Lo dio para proporcionarnos un asilo, en caso de que la lluvia nos sorprendiese en esos lugares poco hospitalarios. Y sobre todo, por si llegase a suceder que la mala voluntad de los judíos fuese tan grande, que nos obligase a poner el río de por medio… Esto por lo que se refiere al regalo.

A mí me ha causado una gran alegría que un discípulo pobre y vulgar, pero muy fiel y lleno de voluntad, haya llegado a esta generosidad que muestra a las claras que tiene el deseo de ser siempre mi discípulo. En realidad estoy viendo que muchos discípulos, con las pocas lecciones que les di; os superan a vosotros que habéis escuchado tantas.

No sabéis sacrificar por Mí, sobre todo tú Judas, ni lo que os cuesta menos: el juicio personal. Tú eres terco en tu modo de pensar y nada te puede doblegar.

Judas responde:

–                     Tú dices que la lucha contra sí mismo es la más difícil…

–                     ¿Y con esto quieres darme a entender que me equivoco, diciendo que no es difícil? ¿O no es así? Tú has comprendido muy bien lo que he querido decir. Para el hombre. Y eso eres netamente tú. No tiene valor sino lo que puede venderse o comprarse.

El ‘juicio personal’ no se vende, ni se compra con dinero. A no ser que… que uno lo venda a alguien, esperando alguna utilidad. A la manera de un comercio ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás y hasta más vasto. Porque comprende además del alma, el pensamiento, el criterio o la libertad propia.

Dale el nombre que tú quieras. Existe también esta clase de desgraciados. Por el momento, no pensemos en ellos. Elogié a Salomón, porque veo todo el bien que hubo en su acción. Y basta con ello.

Dentro de poco Ermasteo podrá caminar sin ningún daño y Yo volveré a Galilea. Pero no vendréis todos conmigo. Una parte irá por Judea, para que regrese allá, con los discípulos judíos. De forma que todos estéis unidos para la Fiesta de las Luces.

Los apóstoles dicen entre sí:

–                     ¿Tanto tiempo?

–                     ¡Oh, no!

–                     ¿A quién le tocará?

Jesús escucha y responde:

–                     Tocará a Judas de Simón. A Tomás, Bartolomé y Felipe. Quiero que aviséis a todos los discípulos, para que se encuentren en la Fiesta. Por esta razón los buscaréis, los juntaréis y se los diréis. Los ayudaréis en todo y después me seguiréis; llevando con vosotros a los que hayáis encontrado y recomendando a otros que esparzan la noticia de que se reúnan.

Tenemos amigos en los principales lugares de Judea, nos harán el favor de avisar a los discípulos. Yo subiré a Galilea a lo largo del otro lado del Jordán. Recogeréis también a los que la otra vez no se atrevieron a venir. Los que quieran que se les instruya o necesiten algún milagro; que vengan. Porque luego se arrepentirá de no haberlo hecho. Los traeréis a Mí. Me quedaré en Aera, hasta que lleguéis.

Judas dice:

–                     Entonces es mejor que nos vayamos pronto.

–                     No. Partiréis la tarde anterior a la mía. Os quedaréis con Jonás en Getsemaní, hasta el día siguiente y luego partiréis por la Judea. De este modo podrás ver a tu mamá y ayudarla en estos tiempos de contratos comerciales.

–                     Ya aprendió a hacerlo por sí misma, desde hace años.

Pedro le pregunta con sorna:

–                     ¿No te acuerdas que el año pasado le fuiste indispensable para la vendimia?

Judas se pone colorado como un jitomate. Su cara se afea con la ira y la vergüenza.

Pero Jesús se adelanta a cualquier respuesta:

–                     Un hijo siempre sirve para ayudar a su madre y para consolarla. Después, hasta Pascua, no la verás otra vez. por esto, vete a hacer lo que te digo.

Judas no se revuelve contra Pedro; pero arroja su ira contra Jesús:

–                     Maestro, ¿Sabes qué debo decirte? Que me da la impresión de que quieres deshacerte de mí. Por lo menos alejarme, porque me crees sospechoso. Porque injustamente me crees culpable de algo y porque faltas a la caridad contra mí. Porque…

Jesús contesta con severidad:

–                     ¡Judas! ¡Basta!… Podría decirte muchas cosas. Tan solo te digo: “OBEDECE”

Jesús es majestuoso, al pronunciar estas palabras. Alto. Con ojos centelleantes en su rostro severo… Infunde un gran respeto.

Judas se atemoriza y se pone detrás de todos.

Mientras Jesús solo, se pone a la cabeza.

Entre el uno y el otro; el grupo mudo de los apóstoles…

Y de este modo, llegan a Bethania.

Al día siguiente…

Lázaro está semi-tendido en un triclinio, leyendo un pergamino… Jesús se asoma por el umbral de la sala blanca de la casa de Lázaro y dice:

–                     Lázaro amigo mío, te ruego que vengas conmigo.

Lázaro se levanta inmediatamente:

–                     Al punto, Maestro. ¿A dónde vamos?

–                     Por el campo. Quiero estar solo contigo.

Lázaro lo mira preocupado y le pregunta:

–                     ¿Tienes noticias tristes que darme en privado?

–                     Sólo quiero pedirte un consejo. Y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos. Manda traer el carro, porque no quiero que te canses. Cuando estemos en el campo, te hablaré.

–                     Entonces yo guiaré; de este modo ni siquiera el siervo oirá lo que hablemos.

–                     Es mejor así.

–                     Vengo al punto, maestro.

Lázaro va por el carro y Jesús se queda pensativo por unos momentos.

Luego sale al patio interior, en donde están los apóstoles.

–                     ¿A dónde vamos Maestro? –preguntan al ver que Jesús se pone el manto.

–                     A ningún lugar. Salgo con Lázaro. Esperadme aquí juntos. Pronto estaré de regreso.

Los Doce se miran entre sí, no muy contentos…

Lázaro llega en un carro muy veloz que viene cubierto.

El discípulo más pequeño pregunta:

–                     ¿Vas con el carro?

Jesús contesta:

–                     Sí. Para que Lázaro no se canse de sus piernas. Hasta pronto, Marziam. Pórtate bien. la paz sea con todos.

Sube al carro que patina sobre la grava de la calle y se van por el camino principal.

Tomás grita:

–                     ¿Vas a Aguas Hermosas, Maestro?

–                     No. Os vuelvo a repetir que seáis buenos.

El caballo parte con un buen trote. El camino que desde Bethania va a Jericó pasa por los campos que pronto empezarán a perder su follaje. Siguen hasta la llanura.

Jesús sigue pensativo y Lázaro no habla; tan sólo se ocupa de guiar el caballo. Cuando llegan hasta los viñedos, Jesús hace señales para detenerse.

Y Lázaro obediente. Lleva el caballo por una vereda que lleva a otro poblado…

Lázaro dice:

–                     Aquí estaremos más tranquilos que en el camino principal. Con estos árboles, nadie nos verá.

Y en realidad es así. Porque unos arbustos con follaje tupido impide que sean vistos. Se bajan del carro y Lázaro está de pie ante Jesús, esperando sus palabras.

Jesús dice:

–                     Lázaro, me veo obligado a alejar a Juan de Endor y a Síntica. Comprendes que la prudencia lo aconseja y también la caridad. Sería una prueba muy dolorosa para ambos que llegaran a percatarse de las persecuciones de que son objeto. Y podría provocar en uno de los dos, sorpresas muy amargas.

Lázaro dice:

–                     En mi casa…

–                     No. Ni siquiera en tu casa. Tal vez físicamente no se les tocaría, pero moralmente se les humillaría. El mundo es cruel. Hace pedazos a sus víctimas. No quiero que se pierdan estas dos fuerzas. Por esto voy a unir a mi pobre Juan con Síntica. Quiero que muera en paz y que no esté solo. Y que lleve la ilusión de que va a otras partes, no porque sea el ‘exgaleote’, sino porque es el discípulo prosélito, que puede ir a otras regiones a predicar al Maestro.

Síntica lo ayudará… Es una hermosa alma. Y será una gran fuerza en la Iglesia futura. ¿Me puedes decir a donde estaría bien enviarlos? ¿A dónde que sean útiles y que estén seguros?

–                     Maestro… yo… ¿Aconsejarte a Ti?

–                     No, no. Habla. Tú me quieres. Tú no traicionas. Amas a quien amo. Tú no tienes cabeza estrecha como los demás.

–                     Yo… Sí… Te aconsejaría que los enviases a donde tengo amigos… a Chipre o a Siria. Escoge. En Chipre tengo personas de confianza. En Siria… Tengo todavía una casita, de la que cuida un mayordomo que es más fiel que una oveja. ¡Nuestro viejo Felipe!

Si me lo permites; esos a quién Israel persigue y tú amas, podrán desde ahora considerarse mis huéspedes. Y estarán seguros allí… ¡Oh! ¡No es un palacio! Son la propiedad secreta de mi madre. Los jardines, los huertos de flores y los árboles de esencias raras… ¡Ella los amaba tanto!… Mi mamá.

¡Cuántas cosas buenas hacía con lo que producían! –Lázaro llora y luego se controla- pero hablemos de Ti. ¿Te parece bueno el lugar?

Jesús lo mira y sonríe:

–                     Sí. Una vez más te doy las gracias. Me quitas de encima un gran peso…

–                     ¿Cuándo partirán? Te lo pregunto para preparar una carta para Felipe. Le diré que dos amigos míos tienen necesidad de tranquilidad. Y con eso bastará.

–                     Tienes razón. Con eso bastará. Pero te ruego que ni siquiera el aire sepa algo de esto. Tú lo estás viendo. Se me espía…

–                     Lo sé. No lo diré a nadie. Pero, ¿Cómo harás para llevarlos allá? Tienes contigo a los apóstoles…

–                     Los enviaré a diversas misiones y en ese intervalo, haré que se vayan a Antioquia los dos. A esto me obligan…

–                     A que te cuides de los tuyos. Tienes razón, Maestro. Sufro al verte afligido.

–                     Tu buena amistad me llena de consuelo, Lázaro. Te lo agradezco. Pasado mañana parto y me llevo a tus hermanas. Tengo necesidad de muchas discípulas, para que entre ellas se pierda Síntica.

–                     Se hará como Tú deseas. Mis hermanas te pertenecen, como Yo te pertenezco; con todas mis propiedades, mis siervos y mis bienes. Todo es tuyo, Maestro. Úsalo como Tú lo consideres más conveniente. Te prepararé la carta para Felipe y te la entregaré en tus manos.

–                     Gracias Lázaro.

–                     Es todo lo que puedo hacer. Si estuviese sano iría yo mismo. Cúrame, Maestro e iré.

–                     No, amigo. Yo te necesito tal como estás.

–                     ¿Aunque no haga nada?

–                     Aunque no hagas nada. ¡Oh, Lázaro mío! –y Jesús lo abraza y le da el beso de la amistad.

Vuelven a subir al carro para regresar.

Ahora es Lázaro el que está muy pensativo. Jesús no le pregunta la razón.

Pero él se la dice:

–                     Pienso en que perderé a Síntica. Me atraen su saber y su bondad.

–                     La adquiere Jesús.

–                     Es verdad… Es verdad. ¿Cuándo volveré a verte, Maestro?

–                     En primavera.

–                     ¿Hasta la primavera? El año pasado estuviste conmigo en la  Fiesta de las Encenias.

–                     Este año daré contento a los apóstoles. Pero el año entrante estaré mucho contigo. Te lo prometo.

Casi están para llegar a Bethania.

Lázaro detiene el carro y dice:

–                     Maestro. Haces bien en alejar de Ti al hombre de Keriot. Desconfío de él. No te ama. No me gusta. Jamás me ha gustado. Es un sensual y un ambicioso. Y así puede ser capaz de cometer cualquier pecado. Maestro, él es el que te denunció…

–                     ¿Tienes pruebas?

–                     No.

–                     Entonces no juzgues. No eres muy experto en juzgar. Acuérdate que juzgabas que María estaba del todo perdida.

–                     Es verdad. Pero mira… Ten cuidado de Judas.

Jesús ya no dice nada y momentos después entran en el jardín; donde los apóstoles, curiosos los esperan.

Y en una mañana tranquila de Octubre, todos se dirigen a Jericó. La ausencia de los cuatro apóstoles y sobretodo, de Judas; hace que el grupo de los restantes, se sienta más íntimo y feliz.

Juan de Endor camina fatigosamente bajo el peso que lleva en la espalda.

Pedro lo nota y le dice:

–                     Dámelo. Ya que quisiste cargar con este lastre. ¿Lo extrañas mucho?

–                     Me lo ordenó el Maestro.

–                     ¿Sí? ¡Oh! ¿De qué se tratará?

–                     No lo sé. Ayer por la tarde me dijo: ‘Toma tus libros y me seguirás con ellos’

–                     ¡Oh, qué bonito!… Bueno. Si lo dijo Él, quiere decir que se trata de algo bueno. ¿Eh? ¿También tú sabes cómo ella?

–                     Casi como ella. Es muy docta.

–                     Pero no vas a seguirnos con ese peso, ¿Verdad?

–                     No lo creo. No lo sé. También yo puedo cargarlo.

–                     No amigo. Me interesa que no te vayas a enfermar. Estás un poco desvencijado, ¿Sabes?

–                     Lo sé. Siento que me muero.

–                     No digas tonterías. Déjanos llegar siquiera hasta Cafarnaúm. Nos sentimos tan bien ahora, sin que esté ese… ¡Maldita lengua! Falté otra vez a la promesa que le hice al Maestro…-Y Pedro corre para alcanzar a Jesús-  ¡Maestro!… ¡Maestro!

Jesús pregunta:

–                     ¿Qué quieres Simón?

–                     Murmuré de Judas y te había prometido no hacerlo otra vez. ¡Perdóname!

–                     Bien. Procura no hacerlo más.

–                     Todavía me quedan cuatrocientos ochenta y nueve veces que me puedes perdonar…

Andrés pregunta admirado:

–                     ¿Pero qué estás diciendo hermano?

Y Pedro con una cara de pícaro, torciendo el cuello, bajo el peso del saco de Juan de Endor, dice:

–                     ¿No te acuerdas que dijo Él, que debíamos perdonar setenta veces siete? Por eso me quedan todavía cuatrocientos ochenta y nueve perdones. Iré haciendo bien las cuentas…

Todos sueltan la carcajada…  Hasta Jesús…

Pero dice:

–                     Harás mejor en llevar la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno. ¡Muchacho grandulón!

Pedro se acerca y Jesús y dice:

–                     ¡Oh, Maestro querido! Qué feliz soy de estar contigo sin… Deja eso. También Tú estás contento… Y sabes lo que quiero decir. ¿En dónde nos quedaremos esta noche?

–                     En Jericó.

–                     Allí, el año pasado vimos a la velada. Pero quién sabe lo que fue de ella. Cómo me gustaría saberlo. Y también encontramos a ese de los viñedos… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!…

La risa de Pedro es tan ruidosa  y contagiosa, que todos comprenden y recuerdan. Y también se ríen del momento en que se encontraron con Judas de Keriot que con mentiras se había escapado del grupo apostólico…

Y Jesús dice con reproche:

–                     En realidad. ¡Eres incorregible, Simón!

–                     No dije nada, Maestro. Tan solo me vino a la mente la cara que hizo cuando nos encontró allí… en sus viñedos…

Y Pedro se ríe con tantas ganas, que tiene que pararse mientras los otros siguen caminando.

Las mujeres alcanzan a Pedro y María le pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué te pasa, Simón?

Pedro contesta:

–                     ¡Oh, no puedo decirlo porque cometería otra falta contra la caridad! Pero, Madre, dime tú que eres sabia. Si hago una insinuación o lo que es peor, si digo una calumnia, peco. Pero si me río de una cosa que todos conocen. De un hecho que todos saben. Como por ejemplo, cuando se acuerda uno de haber sorprendido con las manos en la masa a un mentiroso. La sorpresa que sufrió, sus excusas… Y uno vuelve a reírse de aquello, ¿Es malo?

María dice.

–                     Es una imperfección contra la caridad. No es pecado como la murmuración o la calumnia. Ni siquiera como la insinuación. Pero siempre es una falta de caridad. Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido. No se trata de un agujero que eche a perder la tela, pero es algo que perjudica y da pie para que haya rasgaduras y agujeros. ¿No te parece?

Pedro se restriega la frente un poco avergonzado y dice:

–                     Así es. No había reparado en ello.

–                     Piénsalo bien y no lo volverás a hacer. Hay risas que son más ofensivas a la caridad, que una bofetada. ¿Se equivocó alguien? ¿Lo sorprendimos en una falta? ¡Y qué!…  ¿Por qué debemos recordarlo y hacer que otros lo recuerden? Bajemos el velo sobre las culpas del hermano, pensando siempre: ‘Si yo fuese el culpable, ¿Me gustaría que otro se acordase de esta falta mía e hiciese que los demás se acordasen de ella?’

Hay bochornos, Simón; que causan muchos dolores. No sacudas la cabeza. Sé lo que quieres decir… También los culpables sufren. Créemelo. Procura siempre partir del pensamiento: ‘¿Me gustaría a mí esto?’ Y comprobarás que así no pecarás jamás y que siempre tendrás paz en ti… Abandónate a Dios.

–                     Así lo haré, María. Te lo prometo.

Pedro ya no ríe. Meditando en lo que le dijo la Virgen, alcanza a sus compañeros…

Más adelante se encuentran una caravana grande y rica que va custodiada por hombres altos y morenos, que van muy bien armados. Y se agregan a ella.

Atraviesan la llanura del otro lado del Jordán y cuando abrevan sus animales en un estanque, Jesús platica con el rico mercader que la conduce y se entera de que van a pasar por las ciudades por las que Él también pasará. Como sabe que los ladrones se la pensarán bien antes de asaltarlos, decide ir con él, para que las mujeres vayan más seguras.

El mercader le pregunta:

–                     ¿Eres el Mesías?

Jesús le contesta:

–                     Sí.

–                     Me llamo Alejandro Misace. Hace días estuve en el Templo; en el Patio de los Gentiles y te oí. Yo te protegeré y Tú me protegerás. Llevo un cargamento de mucho valor. Nos detendremos en el siguiente poblado. En el albergue me conocen bien; porque dos veces al año hago este viaje. Me alegro de haberte encontrado, porque he perdido de vista a Dios.

–                     Porque tienes por dioses el comercio, el dinero, la vida… Y Dios es el que te concede estas cosas. ¿Por qué entraste al Templo?

–                     Por curiosidad. Fui a hacer algunos negocios, vi a un grupo de personas que te veneraban y recordé lo que había oído de Ti en Ascalón, de un fabricante de tapetes. Pregunté quién eras y te seguí. Cómo habían terminado mis negocios de ese día… luego en Jericó te volví a ver y ahora te vuelvo a encontrar.

–                     Es Dios Quién une y entrelaza nuestros caminos. Yo no tengo nada que darte por tu bondad. Pero antes de separarnos, espero darte un obsequio…

–                     No es necesario. ¡Mira! Detrás de aquel recodo empieza el poblado. Voy a adelantarme. ¡Nos veremos en el albergue!  -y a galope tendido se va por el camino.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

84.- EL ESPÍA DEL SANEDRÍN


Jesús al llegar al jardín de Lázaro, bendice la casa que le hospeda. Y se encuentra con la familia y con José de Arimatea y Nicodemo que también son huéspedes de Lázaro.

Todos corren al encuentro de Jesús.

Después de los primeros saludos, Jesús pregunta:

–                      ¿No está Síntica?

Maximino contesta:

–                     Está con Sara y Marcela adornando las mesas. Ahorita viene.

Jesús avanza hasta el pórtico y entra en el salón donde los sirvientes los ayudan con las purificaciones rituales antes de la comida.

Mientras las mujeres se retiran, Jesús se queda con los apóstoles en la sala.

Juan de Endor y Ermasteo, van a la casa de Simón Zelote, para dejar los sacos con los que venían cargados.

José de Arimatea pregunta:

–                     ¿Aquel joven que se fue con Juan el Tuerto, es el filisteo que aceptaste?

Jesús contesta:

–                     Sí, José. ¿Cómo lo supiste?

–                     Maestro… Nicodemo y yo, hace días que nos estamos preguntando, ¿Cómo pudieron saberlo los otros del Templo? Y sin embargo así es. Lo único cierto es que lo sabemos.

En la sesión que precedió a la Fiesta de los Tabernáculos; algunos fariseos dijeron que sabían exactamente, que entre tus discípulos; además de… Perdona Lázaro… las pecadoras conocidas y las ignotas. Y… Perdona Mateo… Los cobradores de impuestos y los galeotes; se habían unido un filisteo incircunciso y una pagana.

Por lo que se refiere a la pagana… Que en este caso, sin duda es Síntica; se comprende que se puede saber o por lo menos adivinar. La batahola que se armó con el romano no fue para menos…

Y se convirtió en tema de pleito entre los suyos y entre los judíos. Porque se fue, quejoso y amenazador al mismo tiempo, a buscarla por todas partes.

Fue a molestar al mismo Herodes; porque insistía en que estaba escondida en casa de Juana de Cusa y que el Tetrarca debía ordenar a su mayordomo, que se la entregase. Porque entre tantas personas que te siguen; que se pueda saber que unos es filisteo incircunciso y otro galeote… es extraño. Muy extraño, ¿No te parece?

–                     Me parece y no me parece. Voy a tomar las providencias necesarias en el caso de Síntica y del galeote.

–                     Sí. Harás bien en alejar sobre todo a Juan. No está bien entre tus seguidores.

Jesús pregunta severo:

–                     José, ¿También tú te has hecho Fariseo?

–                     No… Pero…

–                     ¿Debería Yo, arrastrado por un necio escrúpulo del peor farisaísmo, humillar a un alma que se ha regenerado? ¡No! No lo haré. Pensaré en su tranquilidad. En la suya; no en la mía. Vigilaré por su formación, como velo por la del inocente Marziam.

¡En verdad que no hay diferencia en la ignorancia espiritual! Uno dice por vez primera, palabras de sabiduría; porque Dios ya lo perdonó. Ha renacido y Dios lo estrecha contra su corazón. El otro las dice; porque al pasar de una niñez abandonada, a una adolescencia por la que vela el amor humano, además del de Dios; abren su alma como una corola al sol.

Su sol es Dios. Uno está por decir sus últimas palabras. ¿No veis con vuestros ojos, que se está consumiendo de penitencia y de amor? ¡Oh! ¡Cómo me gustaría tener muchos Juanes de Endor! ¡En Israel y entre mis siervos! Quisiera que también tú, José… Y tú, Nicodemo, tuvieseis su corazón. Y sobre todo que lo tuviese su Delator… La abyecta víbora que se oculta bajo el manto de amigo y que hace de ESPÍA, antes de convertirse en ASESINO. 

La víbora qué envidia al pájaro las alas y que espera agazapada, poder quitárselas; para arrojarlo en la cárcel. ¡Ah! ¡No!…  El pajarito ya está para convertirse en un ángel. Y aún cuando la víbora pudiese… ¡Cosa que no podrá!…  Arrancarle las alas y ponérselas sobre su cuerpo viscoso. Se le convertirían en alas de demonio. Cada delator es ya un demonio…

Pedro exclama:

–                     ¿Pero dónde está ese tal? Decídmelo para arrancarle la lengua, ¡Ya!

Tadeo dice:

–                      Sería mejor que le arrancaras los colmillos; llenos de veneno.

Iscariote afirma secamente:

–                     No. ¡Mejor estrangularlo! Así no hará otra vez el mal.

Jesús lo mira fija y largamente… pero con más dolor que condena.

Y luego agrega un largo discurso contra la hipocresía que es ignorado totalmente por Judas de Keriot… 

Y termina diciendo:

–                     … Y mentir. Pero nadie debe hacerle daño. No vale la pena que por ocuparse de la víbora, se deje que perezca la avecilla. Con respecto a Ermasteo; Yo me detendré aquí en casa de Lázaro, para su circuncisión que se acepta por amor mío y para evitar que estrechas mentes hebreas; persigan la Religión Santa de nuestro pueblo.

Pero yo os digo: en esta hora del Cristo, no es necesaria esa cosa, para pertenecer a Dios. Basta la voluntad y el amor. Basta la rectitud de conciencia. ¿Y dónde circuncidaremos a la griega? ¿En algún punto de su espíritu, si ella ha sabido experimentar a Dios, mejor que muchos en Israel?

En verdad que entre los presentes hay muchos que son oscuridad, respecto a los que desprecian por tinieblas. De todos modos; El Delator y vosotros, Sinedristas, podéis informar a quien debéis, que a partir de hoy mismo quitaron el escándalo.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Quién? ¿Los tres?

–                     No, Judas de Simón. Ermasteo. Pensaré qué hacer con los otros dos. ¿Tienes algo más que preguntar?

–                     No, Maestro.

–                     Ni Yo tampoco tengo nada que agregar. Os pregunto a todos, ¿Qué pasó con

–                     el dueño de Síntica?

Nicodemo contesta:

–                     Pilatos lo regresó a Italia en el primer navío que se le presentó; para no tener querellas con Herodes, ni con los hebreos en general. El gobernador está atravesando momentos difíciles. Y que si le bastan…

–                     ¿Es segura la noticia?

Lázaro dice:

–                     Puedo comprobarlo si quieres.

Jesús dice:

–                     Sí. Hazlo y luego me dirás la verdad.

–                     Da lo mismo. En mi casa, Síntica está segura.

–                     Lo sé. También Israel defiende a la esclava fugitiva de un amo extranjero y cruel. Pero quiero saberlo.

Pedro dice:

–                     Y yo quisiera saber ¿Quién es el Delator; el Informante, el doloso Espía de los Fariseos?… Esto se puede saber y quiero saber quiénes son los fariseos delatores. Que sean descubiertos los nombres de los fariseos y los de sus ciudades.

Me refiero a los fariseos que realizan la hermosa tarea de informar, previa traición de uno de nosotros; porque solo nosotros sabemos ciertas cosas. Nosotros, discípulos viejos y nuevos; para poder informar al Sanedrín, sobre los hechos del Maestro. Hechos que son totalmente justos. Pero hay un demonio que piensa y dice lo contrario. Y…

Jesús dice:

–                     Ya basta, Simón de Jonás. Te lo ordeno.

–                     Yo… Yo obedezco, aunque se me revienten las venas del corazón, por los esfuerzos que hago. Sin embargo la alegría de hoy se perdió…

–                     ¡No! ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo entre nosotros?  Y, ¿Entonces? ¡Oh, Simón mío! Ven aquí a mi lado y hablemos de lo que es bueno…

Lázaro dice:

–                     Maestro. Me acaban de avisar que ya está lista la comida.

–                     Vamos ya…

Más tarde…

En el jardín de la casa de Lázaro. Jesús está sentado bajo el pórtico, sobre un banco de mármol, con cojines. Con la espalda apoyada contra el muro, rodeado de todos: dueños, apóstoles, discípulos, sirvientes y huéspedes.

Todos escuchan muy atentos a la esclava griega, que es una mujer muy hermosa. Ya no luce desaliñada, como el día que la encontrara Jesús. Viste una túnica de color malva. Tiene alrededor de veinte años.

Un porte severo y de radiante calma, en un cuerpo escultural. Sus ojos violetas, se ven casi negros; tienen una mirada inteligente, sincera, honesta y firme; en una cara de facciones armoniosas y perfectas. Su piel es muy blanca y sus cabellos ondulados y negros. Sus ademanes patricios, hablan de una noble cuna.

Y su voz grave, se escucha fuerte:

–                     Soy botín de guerra desde mi más tierna edad… -Síntica da su testimonio, repitiendo lo que dijera el día que encontró a Jesús y el por qué huyó del romano cruel- Sé que él anda en mi busca. Le costé mucho dinero y le agrado demasiado, para que me deje en paz. Busqué al Desconocido que no rechaza a los esclavos y habla del alma. Y quise venir a Él, para que me instruya y me levante otra vez. Quise estar cerca de Él. Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno. Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

¡Y lo encontré! –Síntica se postra y le besa los pies a Jesús- ¡Gracias, Salvador y Dios mío!… –lo adora durante un largo momento, con un silencio lleno de reverencia. Luego se levanta y continúa- Y creo en Él.

Amarlo es mi necesidad. Para no sentir todo el peso de mi condición. Significa ya no estar sola, ni ser esclava, ni estar desterrada de mi patria. Es pensar que mi madre y mis hermanos. Mi padre y mi amada y dulce Ismene, no se han perdido para siempre.

Porque aún cuando todo mundo se encarnizó en separarnos; como Roma nos había dividido; vendido como animales de carga a nosotros, que éramos libres. En la otra vida, un lugar nos reuniría.

Pensar que nuestro vivir no es solo materia que se encadena; sino que dentro de ella hay una fuerza libre que nadie puede encadenar, si no es el deseo voluntario de vivir en el desorden moral y en la crápula. Vosotros le llamáis “Pecado” Los que eran mis luces en la oscuridad de mi noche de esclava, lo definen de otro modo.

Pero también ellos admiten que un alma esclavizada por las pasiones malvadas; no llega a lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros, convivencia con los dioses en el Hades.  Por lo cual es necesario abstenerse de caer en el materialismo y esforzarse por llegar a la libertad del cuerpo. Hacerse de virtudes para poder poseer una inmortalidad dichosa y poder reunirse con los seres amados.

Pensar que el alma de los muertos puede estar cerca de la de los vivos y poder decir: ‘Sí, Mamá. Para ir a donde estás, mantendré mi alma libre; la única posesión que tengo y que nadie me puede quitar. Que quiero conservar, para poder razonar de una manera virtuosa.” Pensar de este modo significa para mí, libertad y alegría.

Y así quiero pensar y obrar; porque no es sino una filosofía falsa y a medias, pensar y obrar contra las propias ideas. Pensar de este modo es lo mismo que construirse una patria en el destierro. Una patria grande y misteriosa. La patria de las almas. El lugar de origen. El lugar de la vida. Pues la vida sale de la muerte.

¡Y todo fue luz! He comprendido en qué punto no se equivocaron los maestros de Grecia y como después sí, al carecer de un solo dato, para resolver el teorema de la vida y de la muerte. El dato era: ¡Existe el Verdadero Dios; Señor y Creador de todo cuanto hay!

¿Puedo ponerlo en estos labios de pagana? ¡Sí! ¡Sí puedo, porque como todos los demás, también vengo de Él! Porque Él puso en la inteligencia de todos los hombres esa capacidad. Y en los más sabios, una inteligencia superior, por la que aparecen cual semidioses, como dotados de un poder más que humano.

Puedo nombrarlo porque les hizo escribir esas verdades que son ya Religión Divina, capaz de tener las almas ‘vivas’ no solo durante el corto espacio de tiempo que es su estadía acá en la tierra; sino para siempre.

Y comprendí que la vida nace de la muerte, porque esta existencia no es sino el principio de la vida. Y que la verdadera Vida empieza cuando la muerte llega… En los Hades como pagana. En la Vida Eterna, si creo en Ti. ¿Dije mal?

Jesús aprueba:

–                     Hablaste bien, mujer.

Nicodemo interviene:

–                     ¿Pero cómo lograste conocer las palabras del Maestro?

–                     Señor… quien tiene hambre busca la comida. Yo buscaba la mía. Mi oficio es leer libros a mis patrones. Y podía leer mucho en las bibliotecas. No estaba del todo satisfecha. Me parecía que más allá de esas paredes había algo… y como aprisionada en una cárcel oro, me esforzaba por romper las paredes… En salir para encontrar…

Al venir a Palestina con el último patrón, tuve miedo de caer en las tinieblas. Y sin embargo venía al encuentro de la Luz. Las palabras de los siervos de Cesárea, eran como golpes de pico que resquebrajaban las paredes y que hacían agujeros cada vez más grandes, por los que entraban tus palabras.

Yo las recogía junto con las noticias. Y como un niño que enhila perlas, para adornarse con ellas, igual hacía yo y sacaba fuerzas para purificarme y poder así recibir la verdad.

En este plan de purificación, pensaba que daría con lo que buscaba y me propuse ser pura, aún a costa de la vida.  Por eso me defendí como fiera del lascivo romano. Para que cuando me encontrase con la Verdad; con la Sabiduría, con la Divinidad…

Señor Jesús estoy diciendo palabras tontas. Éstos me están mirando cómo aturdidos… Pero Tú me dijiste que hablase…

–                     Habla. Habla. Es necesario.

–                     Con fortaleza y templanza, resistí las presiones externas. Pude haber sido libre y feliz según el mundo, con tal de que lo hubiera querido. No quise trocar el saber por el placer; porque sin sabiduría, de nada sirven las demás virtudes.

El filósofo así lo dijo: “Justicia, templanza y fortaleza, sin tener como compañero el saber; son semejantes a un escenario pintado. Son virtudes de esclavo sin nada sólido y real. Yo quería poseer cosas reales.

Mi necio patrón, hablaba de Ti en mi presencia. Entonces sucedió como si las paredes se convirtieran en un velo. Bastaba querer para desgarrar el velo y unirse a la verdad. Y lo hice.

Judas de Keriot, le dice:

–                     No sabías que nos ibas a encontrar.

–                     Yo sabía y creía que los dioses premian la virtud. No quería ni oro; ni honores; ni libertad física. Ni siquiera ésta. Quería sólo la verdad. Pedía a Dios esto o que muriese. Ya no quería ser tratada como un ‘objeto’ Y pedía que me ayudase a no consentir en serlo.

Renunciando a todo lo que es corporal al buscarte, ¡Oh, Señor! pues las búsquedas con los sentidos son siempre imperfectas. Y Tú lo viste que cuando te vi huí, engañada por los ojos. Me puse en manos de Dios que está sobre nosotros y que informa al alma por Sí. Te encontré porque mi alma me condujo a Ti.

Judas de Keriot dice:

–           Tu alma es un alma pagana.

–                     Pero el alma tiene siempre en sí, algo de los divino. Sobre todo cuando con esfuerzos se guarda del error… Y por esto tiende a las cosas que son de su misma naturaleza.

–                     ¿Te comparas tú con Dios?

–                     No.

–                     Entonces, ¿Por qué dijiste eso?

–                     ¿Cómo? ¿Tú que eres discípulo del Maestro, me lo preguntas a mí que soy griega y que hace poco soy libre? Cuando Él habla, ¿Acaso no escuchas?

¿O en ti el fermento del cuerpo es tan fuerte que te aturde? ¿Acaso Él no dice siempre que somos hijos de Dios? Luego, somos dioses, si somos hijos del Padre.

De ese Padre tuyo y nuestro, del que siempre habla. Tú me puedes echar en cara que no sea humilde; pero el que sea incrédula o maleducada.

–                     ¿Entonces piensas que eres superior a mí? ¿Crees haber aprendido todo en los libros de tu Grecia?

–                     No. Ni una cosa, ni la otra. Pero los libros de los sabios me han dado lo mínimo para saber conducirme. No dudo que un israelita sea superior a mí; pero me siento contenta con la suerte que Dios me ha dado.

¿Qué más puedo desear? Lo he encontrado todo al encontrar al Maestro. Y me imagino que estaba ya escrito. Porque en verdad experimento que vigila sobre mí un Poder que me señaló el destino, al que he tratado de secundar, convencida de que es bueno.

–                     Bueno, has sido esclava y tus patrones fueron crueles… Si te hubiese capturado, ¿Cómo habrías secundado el destino? Dímelo sabia.

–                     ¿Tu nombre es Judas? ¿Verdad?

–                     Sí. ¿Y qué?

–                     Nada… Quiero recordar tu nombre, además de la ironía. Mira que la ironía no se ve bien, ni aún en los virtuosos… ¿Qué cómo habría yo secundado al destino? Me habría quitado la vida. Porque en verdad en ciertos casos, es mejor morir que vivir.

Cuando el filósofo diga que no está bien porque es algo impío procurarse el bien por sí mismo; porque solo los dioses tienen el derecho de llamarla a una a sí- y esto; esperar una señal de los dioses para quitarme la vida, fue lo que me entretuvo en medio de las cadenas de mi triste suerte.

Y si ahora el asqueroso patrón me capturase, vería esto como una señal y preferiría morir que vivir. También yo tengo mi dignidad, ¿Sabes?

–                     Y si volviese ahorita a apoderarse de ti? ¿Estarías siempre en las mismas condiciones?

–                     Ya no me quitaría la vida. Porque ahora sé que cuando se hace violencia a la carne, no se hace daño al espíritu que no consiente. Ahora resistiría hasta que me doblegase por la fuerza; hasta que me matase su violencia.

Pues también esto lo tomaría como señal de Dios, que me llamaría a Sí, a través de esa violencia. Y moriría tranquila; sabiendo que perdería lo que sí se puede perder.

Lázaro aplaude:

–                     Haz respondido bien, mujer.

Y Nicodemo es del mismo parecer.

Iscariote objeta:

–                     El suicidio jamás está permitido.

Jesús dice con dulzura:

Muchas cosas están prohibidas y no dejan de hacerse. Síntica, procura pensar que así como Dios te guió siempre; de igual modo de igual modo te habría librado de que te hubieses hecho violencia a ti misma. Ahora vete.

La mujer se inclina hasta la tierra y se va.

Todos la siguen con la mirada.

Lázaro dice en voz baja:

–                     ¡Así es siempre! No puedo dar con la clave de cómo las cosas que para ella han sido ‘vida’, para nosotros lo de Israel sean ‘muerte’. Si la vuelves a examinar, comprobarás que el helenismo que nos corrompió a nosotros que ya poseíamos una sabiduría, la salvó a ella. ¿Por qué?…

Jesús dice:

–                     Porque los caminos del Señor son admirables y los muestra a quién lo merece. Ahora amigos, es tiempo de que partáis, porque el atardecer ya está cerca. Estoy contento de que oísteis hablar a la griega. Sacad la conclusión de que excluir a cualquiera, por el hecho de que no sea de Israel, de las filas de Dios; es una cosa odiosa y peligrosa tenedlo como una norma para el futuro…

No refunfuñes, Judas de Simón. Y tú José, no tengas escrúpulos innecesarios. Ninguno de vosotros se ha contaminado porque la griega estuvo cerca. Procurad más bien, que el demonio no se os acerque. Hasta pronto. Espero veros otra vez, mientras estoy aquí…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

83.- SACERDOTES DISCIPULOS


Jesús está en las llanuras de Corozaím. Los campos están llenos de viñedos en donde ya empezó la vendimia.

Isaac se excusa de no haber podido llegar antes, porque dice que los nuevos discípulos lo retrasaron. Y no sabía si debía traerlos o no.

Y agrega:

–                     Pero pensé que el camino del cielo está abierto a todos los de buena voluntad y vinieron conmigo.

Jesús dice:

–                     Dijiste y obraste bien. Traédmelos aquí.

Isaac va y regresa con dos hombres jóvenes.

–                     La paz sea con vosotros. ¿Os parece tan segura la palabra de los apóstoles, que queréis uniros con nosotros?

–                     Sí. Y mucho más la tuya. No nos rechaces, Maestro.

–                     ¿Por qué habría de hacerlo?

–                     Porque somos de Gamaliel.

–                     ¡Y qué con eso! Yo honro a Gamaliel. Y quisiera que estuviese conmigo porque es digno de ello. Lo único que le falta es hacer de su sabiduría, una perfección. ¿Qué os dijo cuándo lo dejasteis? Pues seguramente fuisteis a saludarlo.

Esteban dice:

–                     Fuimos. Y nos dijo: “Bienaventurados vosotros que podéis creer. Rogad porque olvide para poder recordar.”

Los apóstoles, que se habían acercado curiosos alrededor de Jesús; se miran entre sí y se preguntan en voz baja:

–                      ¿Qué habrá querido decir?

–                     ¿Qué quiere olvidar para recordar?

Jesús oye el murmullo y explica:

–                     Quiere olvidar su sabiduría, para tomar la mía. Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel; para recordar que es un hijo de Israel en espera del Mesías. Quiere olvidarse de sí mismo, para recordar la Verdad.

Hermas dice en tono de excusa.

–                     Maestro. Gamaliel no es mentiroso.

–                     No lo es. Pero el fárrago de pobres palabras humanas que sustituyen a la Palabra, lo es. Es necesario olvidarlas. Despojarse de ellas y venir a la Verdad. Esto requiere humildad. El escollo…

–                     ¿Entonces también nosotros debemos olvidar?

–                     Así es. Olvidar todo lo que es y pertenecer al hombre. Recordar todo lo que es de Dios. Venid. Podéis hacerlo.

–                     Queremos hacerlo. –afirma Hermas.

–                     ¿Habéis vivido ya la vida de discípulos?

Esteban responde:

–                     Sí. Desde el día en que sepultamos al difunto Bautista. La noticia llegó a Jerusalén muy pronto. La llevaron los cortesanos y jefes de Herodes. Su muerte nos sacó del entorpecimiento.

–                     La sangre de los mártires, siempre es fuerza para los entorpecidos. Recordadlo.

–                     Sí, Maestro. ¿Hablarás hoy? Tengo hambre de tu Palabra.

–                     Hablaré. Y mucho…

La mirada aguda de Jesús, descubre a un hombre envuelto en su manto de lino.

Y le pregunta:

–                     ¿No eres tú el sacerdote Juan?

El hombre contesta:

–                     Sí, maestro. Más árido que el valle maldito, es el corazón  de los judíos. Huí en tu busca.

–                     ¿Y el sacerdocio?

–                     La lepra me expulsó de él la primera vez. los hombres la segunda y es porque te amo. Tu Gracia me aspira a Ti. También ella es la que me saca de un lugar profanado, para traerme a uno puro. Tú me purificaste, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu. Y lo puro no puede, no debe estar cerca de lo impuro. Sería ofensa para quién lo purificó.

–                     Tu juicio es severo, pero no injusto.

–                     Maestro, las deshonestidades de la familia las conocen, quienes viven dentro de ella. Y se cuentan a los que tienen corazón recto. Tú lo eres. Y también lo sabes. Yo no lo diré a otro. Aquí estamos Tú, tus apóstoles y dos que saben cómo Tú y como yo. Por esto…

–                     Está bien. Pero… ¡Oh! ¿También tú? La paz sea contigo. ¿Viniste a repartir otros alimentos?

El recién llegado responde:

–                     No. Para recibir los tuyos.

El escriba Juan.

–                     He venido con el leproso que curaste en mis tierras. Venimos para seguirte.

–                     ¡Venid! Uno, dos, tres, cuatro… ¡Buena cosecha! Pero… ¿Habéis reflexionado en la posición que teníais en el Templo? Sabéis y Yo sé… pero no añado más.

El sacerdote Juan afirma:

–                     Soy hombre libre y voy a donde yo quiero. Y quiero estar contigo.

Los otros tres confirman lo mismo y de esta forma se agregan al grupo de los discípulos.

Más tarde, cuando Jesús ha terminado de hablar, un hombre entre la multitud se abre paso y dice:

–                     No soy discípulo, pero te admiro. Quiero hacerte una pregunta: ¿Es lícito retener el dinero de otro?

–                     No. Es robo. Como lo es el quitar el dinero al que pasa.

–                     ¿Aunque sea el dinero de la familia?

–                     Aunque así sea. No es justo que alguien se apropie del dinero de los demás.

–                     Entonces Maestro, ven a Abelmain, que está sobre el camino de Damasco y ordena a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre, que murió sin dejar testamento. Él se quedó con todo y ten en cuenta que somos gemelos. Yo tengo los mismos derechos que él.

Jesús lo mira y dice:

–                     Es una situación difícil y tu hermano no obra bien. Pero lo que puedo hacer es orar por ti y por él; para que se convierta e ir a tu tierra a evangelizar para tocarle el corazón. No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros.

El hombre lleno de rabia grita:

–                     ¿Y para qué quiero tus palabras? Es otra cosa la que se requiere en este caso.

–                     Pero, no dijiste que ordenase a tu hermano que…

–                     Ordenar no es evangelizar. El mandar va unido a la amenaza. Amenázalo de que lo herirás en su persona, si no me da lo mío. Tú lo puedes hacer. Así como restituyes la salud, puedes provocar enfermedades.

–                     Oye, vine a convertir no a herir. Pero si tienes fe en mis palabras, encontrarás la paz.

–                     ¿Qué palabras?

–                     Te dije que rogaré por ti y por tu hermano, para que él se consuele y se convierta.

–                     ¡Cuentos! ¡Cuentos! No soy un estúpido para creerlo. Ven y ordena.

Jesús, que ha sido paciente y manso; cambia su aspecto en severidad. Antes estaba inclinado sobre el hombrecillo fuerte e iracundo.

Se endereza y dice:

–                     Hombre, ¿Quién me hizo juez y árbitro de vosotros? Nadie. Para quitar una división entre dos hermanos acepté ir. Para ejercer mi misión de pacificador y Redentor. Y si hubieses creído en mis palabras, al regresar habrías encontrado a tu hermano ya convertido.

No supiste creer. No tendrás el milagro. Tú, si hubieras sido el primero en apoderarte del tesoro, te habrías quedado con él privando de él a tu hermano. Porque en verdad, así como sois gemelos, tenéis iguales pasiones. Y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro. Una sola fe: el oro. Quédate pues con tu fe. Adiós.

El hombre se va maldiciendo, con escándalo de todos; que quisieron pegarle.

Pero Jesús se opone:

–                     Dejadlo que se vaya. ¿Por qué queréis ensuciaros las manos, pegando a un animal? Lo perdono porque es un hombre poseído por el demonio del oro, que lo extravía. Perdonad también vosotros y rogad porque este infeliz recobre la libertad.

Varios dicen:

–                     Es verdad. Su cara se volvió horrible por la avaricia. ¿Lo viste?

–                     Es verdad. Cuando el Maestro se lo negó por poco le pega.

–                     Mientras lo maldecía, su cara se hizo como de demonio.

–                     Un demonio que tentaba al maestro, para hacer un mal.

Jesús dice:

–                     Escuchad. En realidad los cambios del espíritu se reflejan en la cara. Sucedió como si el demonio se hubiese asomado a la superficie de su poseído. Pocos son los que siendo demonios con acciones o con aspecto, no traicionen lo que son. Y estos pocos son los perfectos en el Mal y completamente poseídos. 

La siguiente semana…

Jesús va hacia el Templo de Jerusalén.

Le preceden en grupo los discípulos y lo siguen las discípulas. Jerusalén está en la pompa de su mayor solemnidad y hay mucha gente. Se encuentran con Gamaliel que lo saluda grave y profundamente.

El gran Doctor de la Ley, mira fijamente a Esteban, el cual a su vez le envía una sonrisa, desde el grupo de los discípulos. Gamaliel, después de haberse inclinado ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras…  Después el discípulo regresa con los suyos.

Arrojarse en tierra y besar los pies de Jesús, es lo que hacen los campesinos de Yocana, capitaneados por su mayordomo.

La gente mira asombrada al grupo que también ha venido a la Fiesta de los Tabernáculos. El abuelo de Marziam responde con un grito, al grito del nieto. Y después de haber venerado al Maestro, abraza al niño, lo acaricia con lágrimas y besos, lleno de felicidad.

Al empezar a caminar, Jesús dice al mayordomo:

–                     Te ruego que me dejes tus hombres. Serán mis huéspedes hasta la noche.

El mayordomo responde respetuoso:

–                     Todo lo que ordenes, se hará. –y se va después de una profunda reverencia.

Jesús camina en medio del jubiloso grupo de campesinos.

El Templo está ya muy cerca y el hormiguero de gente es mucho mayor.

Un campesino de Yocana grita:

–                     Ved. Ahí está el patrón. –y se echa en tierra para saludarlo.

Todos los demás hacen lo mismo.

Y Jesús queda en medio de un grupo de postrados y frente a un tieso Saduceo que lo mira a su vez y que viene con otros de su casta. Un montón de telas preciosas, franjas, fíbulas, filacterias; todas mayores que las comunes.

Yocana mira atento a Jesús; una mirada llena de curiosidad, pero no irreverente. Luego hace un saludo tieso y una ligera inclinación de cabeza.

Jesús le corresponde con cortesía. Tres Fariseos lo saludan; mientras otros lo ven con desprecio y vuelven el rostro.

Uno solo; joven, con rostro duro y mirada de odio, le lanza un insulto que sobresalta a los que acompañan a Jesús.

El mismo Yocana voltea iracundo para contenerlo…

Después que pasan, un campesino dice a Jesús:

–                     El que te maldijo es Doras.

Jesús dice tranquilo:

–                     Déjalo en paz. Tengo a vosotros que me bendecís.

Cuando llegan al muro del Templo, Jesús da órdenes a Judas y a Zelote, para las compras del rito y de las ofertas.

Luego llama al sacerdote Juan y le dice:

–                     Tú que eres de este lugar, invita a algún levita que sepas que es digno de conocer la verdad; para que este año pueda celebrar realmente una fiesta alegre…

Juan se apresura a obedecer acompañado por Esteban.

Jesús les grita:

–                     Alcánzanos en el Pórtico de los Paganos.

Cuando salen del Templo, Jesús se reúne con los discípulos.

Y su Madre le dice:

–                     ¡Oh, Hijo! Juana de Cusa lloró conmigo, aunque parece muy serena.

Jesús pregunta:

–                     ¿Por qué Mamá?

–                     Por Cusa. Se está portando de manera inexplicable. A veces la ayuda en todo. otras, la rechaza completamente. Si están solos, donde nadie los ve; es el marido ejemplar de siempre. Pero si hay personas que sean de la corte, entonces se hace el autoritario y desprecia a su buena esposa. Ella no entiende el por qué…

–                     Te lo diré. Cusa es siervo de Herodes. Compréndeme, Mamá, SIERVO. No se lo digo a Juana, para no afligirla, pero así son las cosas. Cuando no tiene miedo de reproche o de burla del soberano, es el buen Cusa. Cuando los teme, deja de serlo.

–                     Es que Herodes está muy enojado por causa de Mannaém y…

–                     Herodes está así, por el remordimiento tardío de haber cedido al deseo de Herodías. Pero Juana tiene ya muchas cosas buenas en la vida. Debe llevar su cilicio bajo la diadema…

Se detienen ante una hermosa casa que Lázaro les ofreció para el banquete y donde todo está ya preparado. Les abren y entran todos hasta una sala dispuesta para más de un centenar de personas.

Llega María Magdalena que estaba ocupada en los preparativos y se postra ante Jesús.

Luego llega Lázaro con una sonrisa de dichoso en su cara de enfermo. Entran poco a poco los huéspedes y la cortesía de las mujeres, hace que pronto se sientan a sus anchas.

El sacerdote Juan conduce ante Jesús a los dos que tomó del Templo: Un anciano de aspecto patriarcal y un levita muy joven.

Los presenta:

–                     Maestro. Éste es mi buen amigo Jonathás y mi joven amigo Zacarías. Son verdaderos israelitas, sin malicia, ni rencor.

Jesús sonríe con dulzura:

–                     La paz sea con vosotros. Estoy contento de que estéis conmigo. El rito debe observarse, aún en estas dulces costumbres. Es hermoso que la fe antigua, extienda la mano amiga a la nueva fe que nace del mismo tronco. Sentaos a mi lado mientras llega la hora de la comida.

El viejo sacerdote, alisándose una larga barba blanca como la nieve, dice:

–                     Cuando fue a verme a mí, su maestro y me mostró su cuerpo curado, tuve deseos de conocerte. Pero Maestro, ya casi nunca salgo de mi lugar. Ya estoy viejo. Abrigaba la esperanza de verte antes de morir y Yeové, me escuchó. ¡Alabado sea Él! Hoy te escuché en el Templo. Superas a Hillell el viejo, el sabio.

Yo no puedo dudar de que seas lo que mi corazón espera. Pero, ¿Sabes lo que significa haber bebido por ochenta años la fe de Israel, como ha venido trasmitiéndose durante generaciones? ¿Fe de… una fabricación humana? Es como nuestra propia sangre y yo… ¡Yo estoy tan viejo!

Escucharte es como sentir el agua que brota de un fresco manantial. ¡Oh, sí! ¡Un agua pura! Pero yo… estoy lleno de agua sucia que viene de muy lejos. ¿Qué puedo hacer para vaciarme de esa agua y poder gustarte a Ti?

–                     Creer en Mí y amarme. El justo Jonathás, no tiene necesidad de otra cosa.

–                     Pero pronto moriré. ¿Tendré tiempo para creer todo lo que dices? No lograré ni siquiera escuchar todas tus palabras…

–                     Las aprenderás en el Cielo. Tan solo el condenado muere para la sabiduría. Quien muere en Gracia de Dios, alcanza la Verdad. ¿Quién piensas que Yo sea?

–                     El Esperado al que antecedió el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?

–                     Era mi pariente.

–                     ¡Oh! ¿Entonces Tú eres pariente del Bautista?

–                     Sí, sacerdote.

–                     Ya murió. Llevó a cabo su misión porque… ¡Oh, tiempos crueles que vivimos!

–                     Vendrán tiempos más crueles, sacerdote.

–                     ¿Lo dices Tú? Roma… ¿No es así?

–                     No solo Roma. El culpable Israel; será la primera causa.

–                     Es verdad. Dios nos castiga.

–                     Ven sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti, patriarca entre nosotros que somos todos más jóvenes, ofrecer y bendecir.

–                     ¡Oh! ¡No, Maestro! No. ¡No puedo hacerlo ante Ti! ¡Tú Eres el Hijo de Dios!

–                     Y sin embargo ofreces el incienso ante el altar. ¿No crees que allí también esté Dios?

–                     ¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!

–                     ¿Y entonces? Si no tiemblas de ofrecer ante la Gloria Santísima del Altísimo, ¿Por qué vas a temblar de miedo ante la Misericordia que se revistió de Carne, para traerte también a ti la Bendición de Dios, antes de que te sobrevenga la noche?

¡Oh! ¿No sabéis vosotros de Israel que para que el hombre pudiese acercarse a Dios y no morir; puse sobre mi Divinidad, el velo de la carne? Ven, cree y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos…

El anciano sacerdote tiembla de felicidad ante la actitud del Dios Encarnado y obedece.

El rito es celebrado y el banquete continúa con la Fiesta de los Tabernáculos…

Al día siguiente…

Jesús con los apóstoles y los discípulos, caminan en dirección a Bethania.

Esteban se acerca a su Maestro y le dice:

–                     Quisiera decirte una cosa, Maestro. Esperaba que me lo preguntases, pero no lo has hecho. Ayer me habló Gamaliel…

–                     Lo ví.

–                     ¿No me preguntas que me dijo?

–                     Espero que me lo digas, porque el buen discípulo no guarda secretos con su Maestro.

–                     Gamaliel… Maestro, adelántate conmigo un poco.

–                     Vamos pues. Podrías hablar en presencia de todos.

Esteban se pone colorado y le dice:

–                     Debo darte un consejo, Maestro. Perdóname.

–                     Si es bueno, lo aceptaré. Habla. Te escucho.

–                     Maestro, antes o después, en el Sanedrín todo se sabe. Es una institución que tiene miles de ojos y cientos de brazos. Por todas partes penetra. Todo lo ve. Todo lo oye. Tiene más informadores, que piedras hay en los muros del Templo. Muchos viven de ese modo.

–                     Haciendo de espías. Termina pues. Es verdad y lo sé. ¡Y bien! ¿Qué se dijo más o menos de verdad, al Sanedrín?

–                     Se refirió todo. No sé cómo pueden saber ciertos detalles. Ni siquiera sé si sean verdaderos. Pero voy a repetir textualmente lo que me dijo Gamaliel: ‘Dí al Maestro que haga circuncidar a Ermasteo o que lo aleje para siempre. No es menester agregar más.’

–                     Así es. No es menester agregar más. Primero porque por esta razón voy a Bethania. Dile a Gamaliel que le agradezco su consejo. Espera, que os voy a bendecir a todos, pues ya nos vamos a separar.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

82.- “TÚ ERES MUNDO”


Ya es de noche cuando Jesús regresa a la casa. Entra sin hacer ruido. Sube la escalera. En la gran habitación de arriba, están todos. Nadie habla y nadie duerme. Jesús entra despacio y Tomás es el primero que lo ve.

Pega un brinco y dice:

–                     ¡Oh, Maestro!

Todos se acercan y Jesús con voz cansada, como de quién ha sufrido mucho; responde a las condolencias que le muestran:

–                     Lo comprendo. Pero solo quien no cree, puede sentirse desolado ante la muerte. Nosotros sabemos y creemos. Juan no se ha separado de nosotros. Ahora, él está cerca de Mí. ¿Ya cenasteis?

Pedro dice:

–                     No, Maestro. Te estábamos esperando. Ya estábamos preocupados por tu retraso.

–                     ¡Ea! Preparad la cena, porque luego iremos a otras partes. Tengo necesidad de aislarme entre mis amigos. Y mañana, si nos quedamos aquí, nos veremos rodeados de gente.

–                     Yo te juro que no lo soportaría. Y mucho menos a esas almas viperinas de los fariseos. ¡Y sería muy duro que se les escapase una sonrisa en la sinagoga al vernos!

–                     Bien Simón. También pensé en esto y por eso vine para llevaros.

Rodeado de los suyos, ofrece y distribuye el parco alimento que comen sin ganas. La cena termina en unos minutos.

Jesús dice para animarlos:

–                     Contadme qué habéis hecho.

Pedro dice:

–                     Estuve con Felipe en la campiña de Betsaida. Predicamos el Evangelio y curamos a un niño.

Felipe, que no quiere apropiarse de una gloria que no le pertenece, dice:

–                     Fue Simón quién lo curó.

Pedro dice:

–                     ¡Oh, Señor! No sé cómo lo hice. Rogué mucho con todo el corazón. Sentí mucha compasión por el niño. Lo ungí con el aceite y lo froté con mis manos ásperas… Y se curó. Cuando ví que el color volvía a su carita y abrió sus ojitos. Que revivía, en una palabra; casi hasta tuve miedo.

Jesús le pone la mano en la cabeza, sin decir nada.

Tomás dice:

–                     Juan llamó la atención, porque arrojó a un demonio. Pero a mí me tocó hablar.

Mateo añade:

–                     También lo hizo tu hermano Judas Tadeo.

Santiago de Alfeo agrega:

–                     Pues también Andrés.

Bartolomé relata:

–                     Simón Zelote curó a un leproso. ¡Oh! ¡No tuvo miedo de tocarlo! A mí me dijo después: ‘No tengas miedo. A nosotros nos se nos pega ningún mal físico, por voluntad de Dios.’

Jesús confirma:

–                     Dijiste bien, Simón. ¿Y vosotros dos?

Santiago de Zebedeo estaba hablando con los tres pastores, discípulos del Bautista. Y Judas está solo y con la cara mustia.

Santiago de Zebedeo:

–                     ¡Oh! Yo no hice nada. Pero Judas hizo grandes milagros: curó a un ciego, un paralítico y un endemoniado. A mí me pareció que era un lunático. Pero la gente así lo afirmó…

Pedro pregunta:

–                     ¿Y por qué estás con esa cara, si Dios te ayudó?

Judas responde con altanería:

–                     También sé ser humilde.

Santiago continúa:

–                     Hasta fuimos huéspedes de un fariseo. Yo me sentí mal. Pero como Judas tiene mucho tacto, se adaptó y le quitó los humos. El primer día estaba muy soberbio. Pero luego… Todo cambió… ¿Verdad Judas?

Éste asiente sin decir una palabra.

Jesús dice:

–                     Muy bien. y lo haréis siempre mejor. La próxima semana, estaremos juntos. Simón, ve con Santiago a preparar las barcas.

Pedro objeta:

–                     ¿Para todos, Maestro? No cabemos.

–                     ¿No puedes conseguir otra?

–                     Si se la pido a mi cuñado, sí. Voy a verlo.

–                     Ve. No le des muchas explicaciones.

Parten los cuatro pescadores. Los demás bajan a tomar sus alforjas y mantos. Se queda solo Mannaém con Jesús.

Mannaém pregunta:

–                     ¿Maestro, vas lejos?

Jesús contesta:

–                     Están cansado y afligidos. También Yo. Pensaba ir a Tariquea. Por los campos, para aislarme en medio de la paz…

–                     Traigo caballo, Maestro. Si me permites, te seguiré a lo largo del lago. ¿Estarás mucho tiempo fuera?

–                     Una semana. No más.

–                     Entonces regresaré, Maestro. Bendíceme esta vez que es la primera en que nos despedimos. Quítame un peso del corazón.

–                     ¿Cuál Mannaém?

–                     El remordimiento de haber abandonado a Juan. Tal vez si hubiera estado…

–                     No. Era su hora. Yo sé que él estuvo contento al ver que venías a verme. No tengas este peso. Más bien trata de librarte pronto del único peso que tienes: el gusto de ser hombre. Hazte espíritu Mannaém. Lo puedes. Tienes la capacidad para hacerlo… Hasta pronto, Mannaém. Mi paz sea contigo.

Mannaém se arrodilla y Jesús lo bendice. Lo levanta y lo besa.

Vuelven a entrar los demás y regresan los pescadores.

–                     Está arreglado, Maestro. Podemos irnos.

–                     Está bien. despídanse de Mannaém que se queda aquí, hasta mañana por la tarde. Recoged los alimentos y el agua para el camino y vámonos. No hagáis ruido.

Todos se despiden de Mannaém que se queda en el umbral y se van por la calle solitaria, bañada por la luna. Se dirigen al lago y suben a las barcas…

Varios días después…

Cuando Jesús pone pie en la ribera del Jordán, cerca de Tariquea. Mucha gente lo está esperando. Y le vienen al encuentro sus primos, con Simón Zelote.

Éste dice:

–                     Maestro, las barcas nos denunciaron… tal vez Mannaém fue también una señal.

Mannaém se excusa:

–                     Maestro, partí de noche para que nadie me viera y no hablé con nadie. Créemelo. Cuando me preguntaron que donde estabas, siempre respondí: ‘Ya partió’ Creo que la culpa la tiene un pescador, que dijo que te había dado su barca…

Pedro grita:

–                     ¡Ése imbécil de mí cuñado! ¡Y se lo dije que no hablase! ¡Le dije que íbamos a Betsaida y que si hablaba le arrancaba la barba! ¡Y lo voy a hacer! ¡Oh, que si se la arranco! ¿Y ahora? ¡Adiós paz, aislamiento y descanso!…

Jesús dice:

–                     Está bien Simón. Nosotros ya tuvimos nuestros días de paz. Además, parte de lo que me proponía lo obtuve: adoctrinaros, consolaros y tranquilizaros; para impedir ofensas y choques con los fariseos de Cafarnaúm.

Ahora vamos con esas personas que nos aguardan. Vamos a premiar su Fe y su amor. ¿Y acaso no es este amor, algo que consuela? Sufrimos por el odio. Aquí hay amor y por lo tanto, gozo.

Pedro se calma como un viento que se apacigua en un instante.

Jesús va hacia el grupo de enfermos que lo esperan con el deseo clavado en su rostro. Cura a uno por uno con amor y con mansedumbre.

Incluyendo al hijo de un escriba que le dice:

–                     ¿Lo ves? Huyes. Pero es inútil hacerlo. Odio y amor son sagaces en encontrar. Aquí te encontró el amor, como se dice en el Cántico. Para muchos, eres ya el Esposo del Cántico. Se acerca uno a Ti como la Sulamita; desafiando los guardias de ronda y las cuadrigas de Aminadaf.

–                     ¿Por qué dices esto? ¿Por qué?

–                     Porque es verdad. Venir es peligroso, pues eres odiado. ¿No sabes que Roma te espía y que el Templo te aborrece?

–                     ¿Por qué me tientas? Pones trampas en tus palabras para trasmitir al Templo y a Roma, mis respuestas. No te curé a tu hijo con trampas…

El escriba, al oír el suave reproche; avergonzado baja la cabeza  y confiesa:

–                     Veo que realmente lees en los corazones de los hombres. Perdóname. Veo que realmente eres santo. Perdóname. Vine trayendo dentro de mí el fermento que otros me pusieron…

–                     Y que encontró un  lugar propicio…

–                     Así es. Es la verdad. Pero ahora regreso sin este fermento. Esto es, me voy con uno nuevo.

–                     Lo sé. Y no te guardo rencor. Muchos son culpables por su voluntad. Otros por la ajena. Diferente será la medida con que Dios los juzgará. Tú escriba, trata de ser justo y de no corromperte en lo futuro, como eras antes. Cuando el mundo te presione mira la gracia viviente que es tu pequeño hijo, que fue salvado de la muerte… Y sé agradecido con Dios.

–                     Y contigo.

–                     Con Dios. A Él se le dé toda gloria y alabanza. Soy su Mesías y Soy el primero en alabarlo y glorificarlo. El primero en obedecerlo. Pues el hombre no se envilece honrando y sirviendo a Dios en verdad. Se envilece sirviendo al pecado.

–                     Dices bien. ¿Siempre hablas así? ¿Para todos?

–                     Para todos. La verdad es sólo una.

–                     Habla entonces. Porque todos estamos aquí, mendigos de una palabra tuya o de una gracia tuya. Y una vez más…  Perdóname. Era sincero en mis convicciones. Creía servir a Dios combatiéndote.

–                     Eres sincero y por esto mereces comprender a Dios, que no es mentira. Pero tus convicciones no han muerto todavía. Yo te lo digo. Son como la grama que se quema. Por arriba parece muerta, pues el fuego es duro. Pero las raíces están vivas. Si no vigilas te verás nuevamente invadido por la grama. ¡Israel es duro para morir!

–                     ¿Por qué debe morir Israel? ¿Es una planta mala?

–                     Debe morir para resucitar.

–                     ¿A una reencarnación espiritual?

–                     A una evolución espiritual. No hay reencarnaciones de ninguna clase.

–                     Hay quienes creen en esto.

–                     Están en un error.

–                     El helenismo nos ha traído también estas creencias. Y los doctos se alimentan de ellas y se glorían como de un alimento delicadísimo.

–                     Contradicción absurda en que incurren los que lanzan el anatema, a los que no observan los seiscientos trece preceptos menores.

–                     Es verdad. Pero las cosas son así. Agrada imitar lo que más se odia.

–                     Entonces imitadme, pues me odiáis. Y será mejor para vosotros.

El escriba no puede evitar sonreír ante esta inesperada salida de Jesús.

La gente los escucha con la boca abierta.

–                     Pero Tú en confianza dime, ¿Qué crees que sea la reencarnación?

–                     Un error. Ya te lo dije.

–                     Hay quienes dicen que los vivos nacen de los muertos. Y los muertos de los vivos porque lo que existe no se destruye.

–                     Lo que es eterno, en realidad no se destruye. Pero dime según tú, ¿El Creador conoce límites?

–                     No, Maestro. ¡Ni pensarlo!

–                     Dijiste bien. ¿Puede entonces imaginarse que Él permitiría que un espíritu se reencarne porque no puede haber otros espíritus?

–                     No se debería pensar en esto y con todo, hay quién lo piensa así.

–                     Y lo que es peor: En Israel se piensa en ello. El pensamiento en la inmortalidad del alma, debería ser perfecto en un israelita. El espíritu no trasmigra sino del Creador a la existencia y de ésta, al Creador… Ante quién se presenta después de la vida, para que se le juzgue digno de vida o muerte. Ésta es la verdad. Y a donde se le envía, allí se queda para siempre.

–                     ¿No admites el Purgatorio?

–                     Sí. ¿Por qué lo preguntas?

–                     Porque dijiste: ‘A donde se le envía, allí se queda’ El Purgatorio es temporal.

–                     Exactamente. Al decir vida eterna, lo introduzco en este pensamiento. El Purgatorio es ya vida. Amortecida pero vital…  Después de la estadía temporal en el Purgatorio, el espíritu conquista la vida perfecta. La alcanza sin límites. Dos cosas quedarán: El Cielo y El Abismo. El Paraíso y El Infierno.

Dos categorías: los Bienaventurados y los condenados.

Pero de los tres reinos que ahora existen, ningún espíritu volverá a revestirse de carne; sino hasta que llegue la Resurrección Final que terminará para siempre con la encarnación de los espíritus en los cuerpos, de lo inmortal en lo mortal.

–                     De lo eterno, ¿No?

–                     Eterno es Dios. La eternidad consiste en no tener ni principio, ni fin. Y esto es Dios. La inmortalidad consiste en seguir viviendo, desde el momento en que se empezó a vivir. Y esto es el espíritu del hombre. He aquí la diferencia.

–                     ¿Y Tú?

–                     Yo viviré, porque también Soy Hombre y al espíritu divino uní el alma del Cristo en cuerpo humano.

–                     Dios es llamado ‘El que vive’.

–                     Y así es. No conoce la muerte. Él es vida. Vida inagotable. No vida de Dios, sino Vida. Sólo esto. Son minucias, ¡Oh, escriba! Pero es en las minucias donde se esconde sabiduría y verdad.

–                     ¿Así hablas  a los gentiles?

–                     No así. No entenderían. Les muestro el sol, como lo mostraría a un niño que ha sido ciego y corto de inteligencia. Y que curado milagrosamente, recibe también una gran capacidad intelectual. Pero vosotros de Israel no sois ciegos, ni cortos de inteligencia. Hace siglos que el dedo de Dios os abrió los ojos y despejó vuestra mente…

–                     Es verdad, Maestro. Y sin embargo somos ciegos y cortos de inteligencia.

–                     Os habéis hecho así. No queréis el milagro que os ama.

–                     Maestro…

–                     Es verdad, escriba.

Éste baja la cabeza y calla.

Jesús lo deja y sigue avanzando. Al pasar cerca de Marziam y del hijo del escriba que juegan con unas piedras de colores, los acaricia.

Horas más tarde los rayos del sol se filtran a través de los árboles, tiñéndolos con el tinte grisáceo del atardecer. Los apóstoles se lo hacen notar a Jesús, que continúa adoctrinando.

–                     Maestro, ya es tarde. El lugar es solitario y no hay caseríos o poblados. Dí al pueblo que se vaya a Tariquea o a los poblados, para que compre alimentos y busque alojamiento.

–                     No es necesario que se vayan. Dadles de comer. Pueden dormir igual que como lo hicieron por esperarme.

–                     No quedan sino cinco panes y dos pescados, Maestro. Lo sabes.

–                     Traédmelos.

Andrés va a buscar a Marziam que es el que trae la bolsa. Lo encuentra jugando con otros niños.

Y le dice:

–                     Ven, Marziam. ¡El Maestro te necesita!

Marziam deja plantados a sus amiguitos y rápido va. Los otros niños lo siguen y pronto, Jesús se ve rodeado del grupo de pequeñuelos.

Los acaricia mientras Felipe saca de la bolsa un envoltorio con pan y dos gruesos pescados asados. Le presentan al Maestro estos alimentos que son insuficientes para los dieciocho que forman la comitiva apostólica. .

–                     Está bien. Traedme cestos. Diecisiete. Cuantos sois vosotros. Marziam dará comida a los niños…

Jesús mira detenidamente al escriba que no se separa de Él y le pregunta:

–                     ¿Quieres también tú dar comida, a los que tienen hambre?

–                     Lo querría, pero ni yo mismo la tengo.

–                     Dales de la mía. Te lo permito.

–                     Pero… ¿Piensas dar de comer a cinco mil hombres; además de las mujeres y los niños con dos pescados y esos cinco panes?

–                     Sin duda. No seas incrédulo. Quién cree, verá realizarse el milagro.

–                     ¡Oh! ¡Entonces yo también quiero distribuir la comida!

–                     Bien. Haz que te den un canasto.

Regresan los apóstoles con canastos de todos tamaños. Grandes y pequeños.

–                     Está bien. Poned todo delante. Haced sentar a la gente en orden, en líneas regulares, lo más que se pueda.

Y mientras hacen esto, Jesús levanta el pan con los pescados encima. Los ofrece, ora y los bendice.

El escriba no le quita los ojos de encima, ni un instante. Enseguida Jesús despedaza en dieciocho partes, los cinco panes y  los dos pescados. Pone uno de cada cosa en cada cesto.

Y dice:

–                     Tomada hora y dad cuanto quieran. Id. Marziam, vete a dar a tus compañeritos.

El niño levanta el cesto que le correspondió y se lo lleva a los otros niños.

Y exclama:

–                     ¡Oh, qué pesado! –Y camina penosamente como si llevase una carga muy pesada.

Los apóstoles, los discípulos, Mannaém, el escriba; miran dudosos su andar… Luego toman sus canastos y moviendo la cabeza, se dicen mutuamente:

–                     ¡El niño se burla!

–                     ¡No pesa más que antes!

Aun así se dirigen todos hacia la gente y empiezan a distribuir. Dan. Dan. Dan. Y de vez en cuando se vuelven sorprendidos, siempre avanzando más lejos.

Y miran a Jesús que con los brazos abiertos, apoyado en un árbol, sonríe de su admiración.

La distribución es larga y abundante.

El  único que no muestra sorpresa es Marziam.

Que feliz regresa y dice a Jesús:

–                     Dí mucho, mucho, mucho… Porque sé lo que es el hambre.

Jesús le sonríe y lo acaricia. Y el niño se poya en Él.

Poco a poco regresan todos los apóstoles y los discípulos; mudos por el estupor.

El último, es el escriba que no dice una sola palabra; pero que hace algo que es más elocuente que un discurso: se arrodilla y besa la orla del vestido de Jesús…

Que sonriente dice:

–                     Tomad vuestra parte y dadme un poco. Comamos la comida de Dios.

Comen pan y pescado.

Cada uno según su apetito.

Entre tanto la gente, que ya está harta; cambia impresiones.

Los que están alrededor de Jesús, se atreven a hablar, al ver que Marziam, después de que terminó su pescado, se pone a charlar con sus compañeritos.

El escriba pregunta:

–                     Maestro, ¿Por qué el niño experimentó al punto el peso y nosotros no? Yo hasta lo registré por dentro y vi que eran los mismos. Comencé a sentir el peso cuando me dirigí a la multitud. Pero si hubiese pesado lo que di, hubiese sido necesario un par de mulas, para que lo cargasen. Y hubiese sido necesario no un canasto, sino un carro grande, lleno de comida.

Al principio me mostré parco, pero luego me puse a dar mucho y para no ser injusto, volví a pasar por los primeros, para darles otra vez; porque a ellos les había dado poco y sin embargo bastó.

Juan dice:

–                     También yo experimenté que pesaba mucho el cesto, cuando empecé a caminar. Y al punto di mucho, porque comprendí que era un milagro.

Mannaén por su parte:

–                     Yo por el contrario. Me detuve y me senté para echar en el manto el peso y ver… Y ví panes, panes y más panes. Y muchos pescados… Entonces me fui a repartir, dando gracias a Dios… ¡Me sentí tan feliz!…

Bartolomé comenta:

–                     También yo los conté porque no quería hacer el ridículo. Eran cincuenta pedacitos de pan. Me dije: ‘Le daré a cincuenta personas’ conté. Pero al llegar a cincuenta, el peso era el mismo.

Miré adentro y todavía había panes y pescados. Seguí adelante y di a cien más. Pero jamás disminuían y seguí dando, dando y dando…

Tomás suspira, avergonzado inclina la cabeza y dice:

–                   Yo  dije: ‘¿Y para qué sirven?’ ¡Jesús ha querido jugarnos una broma!…

Y los miraba… Y los miraba, oculto detrás de un árbol. Con la esperanza y desesperanza, de ver que aumentasen… ¡Pero siempre eran los mismos!

Iba a regresar, cuando pasó Mateo diciendo:

–                     ¿No has visto qué hermosos son?

Pregunté desconcertado:

–                     ¿Qué?…

–                     Los panes y los pescados.

–                     ¿Estás loco? Yo veo siempre los mismos pedazos…

Mateo sonrió y me dijo:

–                     Ve a distribuirlos con Fe y verás…

Eché en el cesto los pedazos y me fui a regañadientes. Y luego… ¡Perdóname Jesús, porque soy un pecador!

Jesús objeta:

–                     No. Eres un hombre con el espíritu del mundo. Y razonas como el mundo…

Judas de Keriot confiesa:

–                     Entonces también yo, Señor. Hasta pensé en dar una moneda junto con el pan, diciendo dentro de mí: ‘Comerán en otra parte.’ Esperaba ayudarte para que hicieses un buen papel. Pues… ¿Qué cosa soy yo? ¿Cómo Tomás o peor que Tomás?

Jesús lo mira fijamente y dice serio:

–                     Más que Tomás, ‘Tú eres Mundo’… 

–                     ¡Pero pensé en hacer una limosna para ser ‘Cielo’! Se trataba de dinero mío, personal…

–                     Limosna para ti mismo. Para tu orgullo. Limosna para Dios, el cual no tiene necesidad de ella. Y la limosna para tu orgullo es culpa; no mérito.

Judas baja la cabeza y calla.

Entonces Pedro pregunta a los primos de Jesús:

–                     ¡Y ustedes?

Tadeo dice con gravedad:

–                     Nos acordamos de Caná…

Y Santiago de Alfeo complementa:

–                     Y no dudamos.

El escriba se guarda un mendrugo.

Pedro pregunta:

–                     ¿Para qué lo quieres?

–                     Para… recuerdo.

–                     También yo tengo uno. –dice Pedro- Lo meteré en una bolsita que colgaré al cuello de Marziam.

Juan dice:

–                     Yo llevaré uno a nuestra mamá.

Los demás dicen apenados:

–                     ¿Y nosotros?

–                     Nos comimos todo…

Jesús dice:

–                     Levantaos. Id nuevamente con los canastos y recoged lo que haya sobrado. De entre la gente, escoged a los pobres y traedlos aquí. Despediré a la gente; después de que haya provisto con más a los pobres. Luego nos iremos a las barcas.

Los apóstoles obedecen y regresan con doce canastos llenos de restos sobrantes y una treintena de personas…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

81.- LA DANZA DE SALOMÉ


En la casa de Cafarnaúm, se preparan para el Sábado.

Mateo, que cojea todavía, recibe a los compañeros. Les brinda agua y frutas frescas. Les pregunta sobre las misiones.

Pedro arruga la nariz al ver que hay fariseos vagabundeando cerca de la casa. Y dice:

–                     Tienen ganas de amargarnos el Sábado. Quisiera ir al encuentro del Maestro y decirle que se vaya a Betsaida, para que éstos se queden con un palmo de narices.

Andrés le pregunta:

–                     ¿Y crees que el Maestro lo haría?

Y Mateo observa:

–                     Además… En la habitación de abajo está el pobre infeliz que lo espera.

Pedro insiste:

–                     Podríamos llevarlo en la barca a Betsaida y yo o cualquier otro ir al encuentro del Maestro, que hoy regresa de Corozaím.

Como Felipe tiene a su familia en Betsaida y nada le daría más gusto, dice entusiasmado:

–                     Pues vamos…

Pedro agrega:

–                     ¡Tanto más que estáis viendo cómo han reforzado la guardia con escribas! Vamos sin perder tiempo. Vosotros con el enfermo, pasáis por el huerto y salís por atrás de la casa. Yo llevo la barca hasta el pozo de la higuera y Santiago hará lo mismo. Simón Zelote y los hermanos de Jesús, irán al encuentro del Maestro.

Judas de Keriot grita:

–                     ¡Yo no voy con el endemoniado!

–                     ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se te pegue el demonio?

–                     No me hagas enojar, Simón de Jonás. Dije que no voy y no voy.

–                     Ve con los primos al encuentro de Jesús.

–                     No.

–                     ¡Uf! Ven en la barca.

–                     No.

–                     En resumidas cuentas… ¿Qué es lo que quieres? Eres siempre el de los obstáculos…

–                     Quiero quedarme en donde estoy. No temo a nadie y no me escapo. Por otra parte, el Maestro no estaría contento con ello. Sería causa para otro sermón de reproche y no me lo quiero merecer por vuestra culpa. Id vosotros. Yo me quedaré a informar…

Pedro grita:

–                     ¡Así no! Todos o nadie.

Zelote, que estaba mirando hacia el camino, dice muy serio:

–                     Entonces nadie. Porque el Maestro ya está aquí. Vedlo que se acerca.

Pedro disgustado, rezonga entre la barba y va a encontrar a Jesús con los demás. Y después de los saludos le dicen del endemoniado ciego y mudo que con los familiares le esperan desde hace mucho tiempo.

Mateo explica:

–                     Está como inerte. Se echó sobre unos sacos vacíos y de allí no se ha movido. Los familiares tienen confianza en Ti. Ven a tomar algo y luego lo curarás.

Jesús objeta:

–                     No. Voy al punto donde está él. ¿En dónde?

–                     En la habitación de abajo, cerca del horno. Allí lo puse junto con sus familiares. Porque hay muchos fariseos y también escribas que parecen estar al asecho.

Pedro refunfuña:

–                     Es cierto. Y sería mejor no darles gusto.

Jesús pregunta:

–                     ¿No está Judas de Simón?

Pedro vuelve a rezongar:

–                     Se quedó en casa. Siempre hace lo que otros no hacen.

Jesús lo mira pero no reprende. Se apresura a ir a la casa. Saluda a Judas, que parece muy ocupado en acomodar los trastes.

Jesús dice:

–                     Sacad al enfermo.

Un fariseo extraño a Cafarnaúm, replica:

–                     No es un enfermo. Es un endemoniado.

–                     Es siempre una enfermedad del espíritu…

–                     Le ha impedido el ver y el hablar.

–                     La posesión es siempre una enfermedad del espíritu, que se extiende a los miembros y a los órganos. Si me hubieses dejado terminar; hubieras sabido que me refería a esto. También la fiebre está en la sangre cuando uno se enferma. Y luego, a través de la sangre, ataca las diferentes partes del cuerpo.

El fariseo no puede replicar más y se calla.

Llevan al endemoniado ante Jesús. Se ve inerte y aniquilado. La gente se agolpa, junto con los notables de Cafarnaúm, los fariseos, escribas, Jairo y un centurión romano, con otros gentiles.

Haciendo el ademán de imperio, Jesús ordena:

–                     ¡En Nombre de Dios, deja las pupilas y la lengua de éste! Lo quiero. Sal de ésta criatura. Ya no te es lícito tenerla. ¡Largo!

El milagro se desenvuelve con un grito de rabia del demonio y termina con uno de alegría del liberado que exclama:

–                     ¡Hijo de David! ¡Hijo de  David! ¡Santo Rey!

Un escriba pregunta:

–                     ¿Cómo supo que fue Él quien lo curó?

Otro fariseo contesta:

–                     ¡Si todo es una comedia!

–                     ¡Esta gente ha sido pagada para representarla! –contesta uno más alzando los hombros.

Jairo replica:

–                     ¿Quién le pagó? ¿Se puede saber?

–                     Tú también.

–                     ¿Con qué fin?

–                     Para hacer célebre Cafarnaúm.

–                     No envilezcas tu inteligencia, diciendo estupideces. Y tu lengua, ensuciándola con mentiras. Sabes que no es verdad. Y deberías comprender que estás repitiendo una sandez. Lo que sucedió aquí, ha sucedido en muchas partes de Israel. ¿Habrá siempre quién pague? Yo no sabía que la plebe fuese tan rica, pues es la única que ama al Maestro.

–                     Tú eres el sinagogo y lo amas.

–                     Allí está Mannaém. En Bethania está Lázaro, el hijo de Teófilo.

–                     Ellos no pertenecen a la plebe.

–                     Pero ellos y yo somos honestos. No engañamos a nadie y menos en asuntos de creencia. No nos lo permitimos, pues tememos a Dios y a Él le agrada la honestidad.

Los fariseos le dan la espalda a Jairo y atacan a los familiares del curado:

–                     ¿Quién os dijo que viniesen aquí?

–                     Muchos que fueron sanados.

–                     ¿Qué os dieron?

–                     ¿Darnos? La seguridad de que Él lo sanaría.

–                     ¿Pero de veras estaba enfermo?

–                     ¡Oh, cabezas fraudulentas! ¿Pensáis que todo esto fue una pantomima? Si no nos creéis vayan a Gadara y preguntad por la desgracia de Anna de Ismael.

Se arma una discusión entre los que creen y  los que no creen.

Un escriba dice desdeñoso:

–                     Pero no aumentéis el fanatismo del pueblo con vuestras afirmaciones.

–                     ¿Y qué es entonces, según vosotros?

–                     ¡Un Belzebú!

Varios gritan al mismo tiempo:

–                     ¡Lenguas de víboras!

–                     ¡Queréis quitarnos la alegría del Mesías!

–                     ¡Blasfemos!

–                     ¡Usureros!

–                     ¡Ruina nuestra!…

Y se enciende más la disputa.

Jesús que había ido a la casa a beber un poco de agua, se asoma al umbral a tiempo para oír la necia acusación farisea:

–                     Este es un Belcebú, porque los demonios lo obedecen. El gran Belcebú, su padre le ayuda y es con su poder que arroja a los demonios.

Jesús se acerca derecho y severo; pero tranquilo. Se detiene frente al grupo de escribas y fariseos.

Los mira agudamente y les dice:

–                     Aún en la tierra vemos que un reino dividido en partidos contrarios, se debilita internamente…

Y en un larguísimo discurso habla de la astucia y la maldad de Satanás que vive para ‘robar, dañar, mentir, ofender, meter confusión, destruir…’ Del pecado contra el Espíritu Santo y de la posesión diabólica.

Casi ha terminado cuando dicen a Jesús:

–                     Maestro, están tu Mamá y tus hermanos. Da orden de que se aleje la gente, para que puedan acercarse a Ti, pues tienen una razón importante que los obligó a venir a buscarte.

Jesús levanta su cabeza y ve el rostro angustiado de María que lucha por no llorar, mientras que José de Alfeo, le habla irritado con gestos enérgicos. Y la cara de Simón, claramente afligida y disgustada…

Pero no sonríe y no da ninguna orden. Deja a la Afligida en su dolor y a sus primos, donde están. Mira a la multitud y responde a los apóstoles que están cerca y que tratan de hacer valer la sangre sobre el deber.

Solamente dice:

–            ¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?

Gira los ojos. Hay severidad en su rostro, que palidece por la violencia que debe hacerse a Sí Mismo, para colocar el deber sobre el afecto y la sangre.

Y lograr negar su unión con su Madre, para servir al Padre. Señala con un largo ademán a la multitud que se aprieta a su alrededor.

–                     He aquí mi madre. He aquí a mis hermanos. Los que hacen la voluntad de Dios, son mis hermanos y hermanas, son mi madre. No tengo otros. Los míos serán esto si cumplen la Voluntad Divina y con mayor perfección que cualquier otro; en hacer la voluntad de Dios hasta el sacrificio total de cualquier otro querer o voz de sangre y de afectos.

La multitud ruge como un mar agitado por el viento.

Los escribas son los primeros en huir diciendo:

–                     ¡Es un demonio! ¡Reniega hasta de su sangre!

Los parientes se adelantan:

–                     ¡Es un loco! ¡Tortura hasta a su madre!

Los apóstoles:

–                     En verdad que en esta palabra concentra todo el heroísmo.

La multitud dice:

–                     ¡Cómo nos ama!

A duras penas, María con José y Simón, se abren paso. María toda dulzura. José, todo rabia. Simón, todo turbado. Llegan hasta Jesús.

José al punto lo ataca:

–                     Eres un loco. Ofendes a todos. No respetas ni siquiera a tu Madre. Pero ahora estoy aquí y te lo impediré. ¿Es verdad que vas de acá para allá como trabajador? Si es verdad, ¿Por qué no trabajas en tu carpintería, para alimentar a tu Madre? ¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación? Ocioso e ingrato que eres; si luego vas a buscar en casa ajena un trabajo remunerado. ¡Responde!

Jesús se vuelve. Toma de la mano al niño, lo levanta sosteniéndolo por las axilas y dice:

–                     Mi trabajo fue para dar de comer a este inocente y a su familia. Y persuadirles de que Dios es Bueno. Se predicó a Corozaím la humildad y la caridad. Y no sólo a Corozaím, sino también a ti José, hermano injusto. Te perdono porque sé que la sierpe te mordió.

Te perdono a ti también, Simón inconstante. A mi Madre no tengo nada que perdonar, ni Ella a Mí, porque juzga con justicia. Que el mundo haga lo que quiera. Yo hago lo que Dios quiere. Y con la bendición del Padre y mi Madre soy más feliz; que si todo mundo me aclamase como Rey suyo. Ven Madre, no llores. Ellos no saben lo que hacen. Perdónalos.

María dice:

–                     ¡Oh, Hijo! ¡Yo sé! Tú sabes. No hay nada que decir…

–                     No hay otra cosa qué decir, más que: ‘Idos en paz.’

Jesús bendice a la multitud y tomando de la mano a María, sube la escalera…

Tres días después…

Los apóstoles se fueron a predicar. En el huerto de Cafarnaúm, en una fresca mañana, Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Después que terminan suben a la habitación del segundo piso y se sientan en la terraza.

Mannaém dice:

–                     Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–                     Y luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos… Y el invierno estará a las puertas. ¿Cuándo piensas partir?

–                     De mi parte no me iría nunca. Pero pienso en el Bautista. Herodes es un débil. Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno; por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien. ¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles. Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien. Pero no me importa.

Quisiera tener el valor de abandonarlo todo, para seguirte completamente, como aquellos discípulos que estás esperando. ¿Lo lograré alguna vez? Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte. ¿Por qué será?

–                     Porque los tentáculos de las pobres riquezas os tienen cogidos.

–                     Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí doctos. Y tampoco vienen.

–                     No solamente se es rico de dinero. Existe también la riqueza del saber. Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano, logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones e ir libre al encuentro del Sol.

–                     Quiero tener presentes estas palabras. Quiero acordarme de todo cuanto me has dado en estos días. Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios. Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad. Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior. Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–                     Lo lograrás.

–                     ¿Cuándo? ¿El año próximo? ¿O hasta que la ancianidad me haga prudente?

–                     Lo lograrás llegando a una madurez de espíritu y a una decisión perfecta. En el término de unas cuantas horas. –Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.

Mannaém lo mira pensativo… Indagador… pero no pregunta más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús:

–                     ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–                     No, Maestro. Nos hemos encontrado algunas veces. Pero yo con Herodes y Herodes contra él…

–                     Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas. Te mirará en Dios… Procura tratarlo como condiscípulo.

–                     Lo haré si así lo quieres…

Se oyen gritos alarmantes en el huerto, que buscan al Maestro. Y pasos apresurados que suben por la escalera. Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón. Se arrodillan besando el suelo, mientras Jesús los saluda.

–                     La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

–                     ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–                     Y ahora recógenos, Señor. Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas bajan por su cara.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–                     ¿¡Juan!?

–                      Lo mataron…

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire en un silencio horrorizado. Jesús palidece. Sus ojos se agrandan. Vidrian por el llanto que se asoma. Abre los brazos. Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea tranquila.

–                     Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los brazos. Su espíritu ora.

Mannaém no se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade. Se pone rígido y automáticamente su mano busca el puñal… Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado. Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–                     Venid. Me lo contaréis. De hoy en adelante me pertenecéis. Hablad.

Mannaém sigue petrificado y no dice una palabra.

Matías expone:

–                     Lo sucedido no se podía prever. Fue la noche de a fiesta. Tan sólo dos horas antes, Herodes había estado aconsejándose con Juan. Y se despidió de él, con aire afectuoso. Y poco antes de que sucediese… el crimen; había llevado a un criado suyo a que le llevase frutas heladas y vinos muy exquisitos al prisionero.

Juan nos distribuyó estas viandas… Jamás prescindió de su austeridad.

Éramos los únicos presentes. Gracias a Mannaém, trabajábamos en el palacio; para que pudiésemos ver siempre a nuestro Juan. En la cocina estábamos yo y Juan.

Simeón tenía a su cuidado a los criados de las caballerizas, para atender las cabalgaduras de los huéspedes. El palacio estaba lleno de grandes, de jefes militares y señores de Galilea.

Herodías se había encerrado en sus habitaciones, después de una violenta escena que había tenido con Herodes, por la mañana…

Mannaém interrumpe:

–                     Pero, ¿Cuándo llegó esa hiena?

Simeón contesta:

–                     Dos días antes. Nadie la esperaba. Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y menos en el día de su fiesta. Serpiente y bruja. Lo tiene convertido en un pelmazo.

Pero herodes, ya desde la mañana, aunque ebrio de vino y de lujuria; se opuso a conceder a la mujer lo que pedía a grandes gritos… Y nadie imaginaba que fuese la vida de Juan.

Juan agrega:

–                     Estuvo en sus habitaciones enojadísima. No aceptó los alimentos que Herodes le envió en una vajilla preciosa. Tan solo se quedó con una fuente con frutas y a cambio; envió a Herodes una jarra de vino con drogas… ¡Con drogas!… ¡Ah!

¡Ya su naturaleza ebria y viciosa, bastaba para arrojarlo al delito! Por los criados que asistían a las mesas, supimos que a la mitad de la danza de las bailarinas de la corte; irrumpió Salomé a la sala del banquete.

Matías:

–                     Las bailarinas, ante la jovencilla real, se retiraron a las paredes. Nos dijeron que la danza fue bella, lúbrica, perfecta. Digna de los huéspedes…

Herodes… ¡Oh! ¡Tal vez un nuevo placer de incesto, fermenta en su corazón! Pues al final de la danza, con satisfacción dijo a Salomé:

–                     ¡Bailaste bien! mereces un premio. Juro que te lo daré. Juro que te daré cualquier cosa que me pidas. Lo juro en la presencia de todos. Y la palabra de rey es fiel, aún sin juramentos. Pídeme pues lo que quieras.

Y Salomé, fingiendo no saber qué hacer. Aparentando inocencia y modestia; se cubrió con sus velos con un gesto púdico, después de tanta desvergüenza y respondió:

–                     ¡Permíteme, ¡Oh, Grande!, reflexionar un momento! Salgo un instante y luego regresaré. Porque tu gracia me ha turbado.

Y se fue derecha con su madre.

Selma me contó que entró riendo y que dijo:

–                     Madre, ¡Venciste! ¡Dame la palangana!

Y Herodías, con un gesto de triunfo, ordenó a la esclava que diese a la jovencilla, la palangana que había detenido antes, diciendo:

–                     Ve y regresa con la cabeza odiada. Y te cubriré de perlas y oro.

Selma horrorizada, obedeció.

Salomé volvió a la sala, danzando. Y danzando se postró a los pies del rey.

Y le dijo:

–                     Mira. En esta palangana que enviaste a mi madre en señal de que la amas y de que me amas; quiero la cabeza de Juan. Y luego volveré a bailar, si tanto te gustó. Bailaré la danza de la victoria, porque he vencido. Te vencí, ¡Oh, rey! Gané la vida y me siento feliz.

El copero que es amigo nuestro, nos repitió estas palabras.

Herodes se turbó, en medio de dos quereres: ser fiel a su palabra y ser justo. Pero no supo ser justo, porque es un desvergonzado. Hizo señal al verdugo que estaba detrás del trono real y tomando la palangana de las manos de Salomé, fue a las habitaciones inferiores.

Juan y yo vimos cuando atravesaba el patio…

Y poco después, oímos el grito de Simeón: “¡Asesinos!”

Luego lo vimos regresar con la cabeza en la palangana…

Juan tu Precursor, había muerto.

Matías inclina la cabeza y se cubre el rostro con las manos; llorando, al finalizar su relato.

Unos momentos después, Jesús pregunta:

–                     Simeón, ¿Puedes contarme cómo murió?

Simeón contesta:

–                     Sí. Estaba en oración. Me había dicho antes:

“Dentro de poco habrán regresado los dos a quienes envié y quién no cree, creerá. Acuérdate que si no estoy vivo a su regreso; pues estoy cada vez más cercano a la muerte; nuevamente te digo para que se los repitas: Jesús de Nazareth es el verdadero Mesías”…

Siempre pensaba en Ti…

Entró el verdugo y yo lancé un grito. Juan levantó la cabeza; lo vio.

Se puso de  pie y dijo: ‘Sólo puedes cortarme la vida. Pero la verdad que permanece, es que no es lícito hacer el Mal.’

E iba a decirme algo, cuando el verdugo levantó la pesada espada…

La cabeza cayó truncada del cuerpo, con un chorro de sangre que enrojeció la piel de cabra. Su enrojecida cara quedó como si fuera de cera. Pero quedaron vivos, abiertos y acusadores; los ojos. Me rodó hasta los pies. Yo caí sobre el cuerpo, presa del dolor…

Luego que Herodías se burló de ella, la echaron a los perros. Pero nosotros la recogimos pronto y la envolvimos en un velo precioso. La pusimos junto con el resto del cuerpo. Por la noche lo compusimos bien y lo sacamos fuera de Maqueronte.

Lo embalsamamos en un bosque de acacias, con ayuda de otros discípulos; cuando apenas iba a despuntar el sol. Pero otra vez nos lo quitaron para nuevas befas… Porque ella no puede destruirlo y no puede perdonarlo. Y sus esclavos llevados por el temor, fueron más crueles que los chacales al quitarnos la cabeza de Juan. Si hubieses estado, Mannaém…

Mannaén que está pálido por la ira y el dolor, dice con voz contenida:

–                     Si yo hubiera estado… Esa cabeza es su maldición. Nada se quita a la gloria del Precursor; aunque el cuerpo esté incompleto. ¿No es verdad, Maestro?

Jesús confirma:

–                     Es verdad. Aunque la hubiesen acabado los perros, no habría acabado su gloria.

Matías dice:

–                     Y su palabra no cambió, Maestro. Sus ojos aunque befados y con una gran herida, todavía repiten: ‘No te es lícito…’ ¡Pero nosotros lo hemos perdido!

Simeón agrega:

–                     Ahora somos tuyos porque él así nos lo dijo. Y también nos dijo que Tú ya lo sabías.

–                     Así es. Hace meses que me pertenecéis. ¿Cómo vinisteis?

–                     A pie. A etapas. Camino penoso en medio de arenas y sol abrasadores. Pero todavía más duro por el dolor. Hace como veinte días que estamos en camino…

Jesús dice:

–                     Ahora descansaréis.

Mannaém pregunta:

–                     Decidme. ¿No se sorprendió Herodes por mi ausencia?

Juan contesta:

–                     Sí. Primero se inquietó. Y luego se enfureció… Pero pasado el arrebato, dijo: ‘Un juez menos’ Así nos lo contó nuestro amigo el copero.

Jesús dice:

–                     ¡Un juez menos! Dios le espera como Juez y es suficiente. Id al lugar donde dormimos. Estáis cansados y sucios del polvo. Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros. Tomadlos. Lo que es de unos, es de los demás. Tú Matías, que eres alto; puedes tomar uno de mis vestidos. Luego proveeremos. Al atardecer, pues es vigilia del sábado, vendrán mis apóstoles. La semana entrante vendrá Isaac con los discípulos y luego, Benjamín y Daniel. Y después de la Fiesta de los Tabernáculos, llegarán Elías, José y Leví. Es tiempo que a los Doce, se unan  otros. Id ahora a descansar.

Mannaém los acompaña y luego regresa.

Jesús se queda con él. Se sienta pensativo y muy triste. Su color es plomizo y su cara refleja una tempestad.

Después de un tiempo, Jesús lo mira y le pregunta:

–                     ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora?

Mannaém contesta dudoso:

–                     Todavía no lo sé. La razón para estar en Maqueronte ha terminado. Quisiera permanecer todavía en la corte para saber… Y para protegerte si sé algo.

–                     Te sería mejor que me siguieses sin vacilación. Pero no te hago fuerza. Vendrá cuando esté deshecho pedazo por pedazo, el viejo Mannaém…

–                     Quisiera también quitarle la cabeza a esa mujer. No es digna de tenerla…

Un pálido esbozo de sonrisa asoma en el rostro de Jesús y dice:

–                     Además, todavía no está muerto a las riquezas humanas. Pero de todos modos te quiero. Sé aguardar.

–                     Maestro, quisiera darte mi generosidad para consuelo tuyo. Porque sufres… Lo veo.

–                     Así es… Sufro mucho… ¡Mucho!

–                     Sólo por Juan. No lo creo. Sabes que está en paz.

–                     Sé que está en paz y no lo siento lejano.

–                     ¿Entonces?

–                     ¡Entonces… Mannaém! ¿A qué precede el alba?

–                     Al día, Maestro. ¿Por qué me preguntas?

–                     Porque la muerte de Juan precede al día en que Yo seré el Redentor. Y mi parte humana se estremece fuertemente ante esta idea… Mannaém, voy al monte. Quédate a recibir a quién venga. A ayudar a los que acabaron de llegar. Quédate hasta que yo regrese… Después harás lo que quieras. Hasta pronto.

Jesús sale y baja despacio la escalera. Atraviesa el huerto y se va por una vereda entre olivos, manzanos, vides e higueras; hacia la colina…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

 

80.- UNA LECCIÓN DE CARIDAD


Mannaém ha comprendido la verdad de la vida y de la muerte. Y ve la verdadera grandeza escondida, bajo las apariencias pobres…

Al día siguiente, Jesús está trabajando con alegría en la carpintería. Está terminando una rueda. Un niño delgadito y de cara triste, lo ayuda llevándole lo que necesita para realizar su trabajo. Mannaém, testigo inútil pero entusiasta; está sentado en un banco, cerca de la pared.

Jesús se quitó su vestido blanco de lino y se puso uno negro que le llega a la mitad de las espinillas. Es ropa de trabajo, limpio pero remendado, que al parecer era propiedad del difunto. Jesús anima con sus palabras y con su sonrisa al niño. Le enseña lo que se debe hacer para preparar bien la cola y para pulir la superficie del cofre.

Mannaém se ha puesto de pie y pasa un dedo sobre las molduras del cofre al que el niño saca lustre con un líquido y dice:

–                      Terminaste pronto, Maestro.

Con su hermosa voz de tenor, Jesús contesta:

–                     Ya casi estaba terminado.

–                     Yo quería tener este artefacto, pero ya vino el comprador que lo adquirió… Le quitaste las ilusiones… esperaba poder llevarse todo y recuperar no solo el dinero prestado… Pero no le quedó más que irse con sus cosas y basta.

Si fuera al menos uno que creyese en Ti… Tendría un valor ilimitado para él. –y suspirando agrega- ¿Me escuchaste?…

–                     Déjalo en paz. Por otra parte aquí hay madera y la mujer estará feliz en usarla y en sacar provecho. Dime que te haga un cofre y te lo hago…

Mannaém pega un brinco de felicidad y pregunta:

–                     ¿De veras, Maestro? ¿De veras quieres seguir trabajando?

Jesús sonríe con ganas y dice:

–                     Hasta que se acabe la madera. Soy un obrero concienzudo.

–                     ¡Un cofre que me des Tú! –Mannaém parece un niño con un juguete nuevo- ¡Oh! ¡Qué reliquia! ¿Qué meteré dentro?

–                     Todo lo que quieras Mannaém. No será más que un cofre.

–                     ¡Pero fue obra tuya! –dice maravillado.

–                     ¿Y qué? Mi Padre hizo al hombre. A todos los hombres. Y sin embargo el hombre y los hombres, ¿Qué han metido dentro de sí?

Jesús habla mientras sigue trabajando. Va de aquí para allá. Buscando los instrumentos necesarios. Apretando tornillos. Taladrando, torneando, cepillando, según es necesario a lo que hace.

Mannaém contesta:

–                     Hemos metido el pecado. Es verdad.

–                     ¿Lo ves? Y sabes que el hombre que Dios creó, es mucho más que un cofre que Yo haga. No confundas jamás el objeto con las acciones. Hazte de mi trabajo, sólo una reliquia para tu alma.

–                     ¿En otras palabras?

–                     En otras palabras, da a tu espíritu la enseñanza que brota de lo que hago.

–                     Caridad. Humildad. Laboriosidad…. Estas virtudes, ¿No es así?

–                     Sí. Y en lo futuro, obra tú en igual modo.

–                     Sí, Maestro. Pero, ¿Me haces el cofre?

–                     Te lo hago. Pero recuerda que como tú lo verás siempre como una reliquia, haré que lo pagues por lo que vale. Así se podrá decir que al menos en una ocasión, estuve lleno hasta de dinero. Pero tú sabes para quién… Para estos huerfanitos.

–                     Pídeme lo que quieras. Te lo daré. Así por lo menos tendrá alguna justificación mi ociosidad. Mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas.

–                     Está dicho: ‘Comerás tu pan, bañado con el sudor de tu frente.’

Mannaém objeta con énfasis:

–                     ¡Pero eso se dijo por el hombre culpable! ¡No contra Ti!

–                     ¡Oh! Un día seré el Culpable y tendré sobre Mí, todos los pecados del Mundo. Los llevaré conmigo, en mi primera partida.

–                     ¿Y piensas que el mundo no pecará más?

–                     Debería no hacerlo… pero siempre pecará. Por esto el peso que tendré sobre Mí, será tal; que me hará pedazos el corazón. Tendré los pecados desde Adán hasta ahora y los de esa Hora, hasta los del último siglo. Todo lo descontaré por el hombre.

–                     Y el hombre no te entenderá y mucho menos te amará… ¿Crees que Corozaím se convierta con esta lección silenciosa y santa que estás dando con tu trabajo, para socorrer a una familia?

–                     No se convertirá. Dirá: ‘Prefirió trabajar para pasar el tiempo y ganarse unos centavos.’ Yo no tenía dinero. Lo había dado todo. Siempre doy cuanto tengo, hasta el último céntimo.  He trabajado para dar dinero.

–                     ¿Y para que comieses tú y Mateo?

–                     Para eso, Dios proveyó.

–                     A nosotros nos diste de comer.

–                     Así es.

–                     ¿Cómo lo hiciste?

–                     Pregúntaselo al dueño de la casa.

–                     Se lo preguntaré tan pronto regresemos a Cafarnaúm.

La sonrisa de Jesús ilumina su rostro hermosísimo y su barba rubia.

Se hace un silencio. Tan solo se escucha el chirrido del tornillo, que une las dos partes de la rueda.

Mannaém pregunta:

–                     ¿Qué piensas hacer para el sábado?

–                     Ir a Cafarnaúm a esperar a los apóstoles. Hemos convenido en reunirnos cada viernes por la tarde y pasar juntos el sábado. Después les daré órdenes y si Mateo ya está curado; serán seis las parejas que irán a evangelizar. Si no… ¿Quieres ir con ellos?

–                     Prefiero estar contigo, Maestro… Pero, ¿Me permites darte un consejo?

–                     Dilo. Si es atinado lo aceptaré.

–                     Nunca estés solo. Tienes muchos enemigos, Maestro.

–                     Lo sé. ¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

–                     Creo que te aman.

–                     Ciertamente. Pero de nada serviría. Los enemigos, si tuvieran intención de apresarme; vendrían con mayores fuerzas que las de los apóstoles.

–                     No importa. No estés solo.

–                     Dentro de dos semanas muchos discípulos se me unirán. Los preparo para mandarlos también a ellos a evangelizar. Ya no estaré solo. Puedes estar tranquilo.

Mientras ellos hablan, muchas personas curiosas de Corozaím vienen a fisgar y luego se van sin decir nada.

Mannaém los ve y dice:

–                     Se quedan sorprendidos al verte trabajar.

–                     Sí. Pero no son lo bastante humildes para decir: ‘¿Nos das una lección?’ Los mejores que tenía aquí, están con los discípulos; menos un viejo que ya murió. No importa. La lección es siempre lección.

–                     ¿Qué dirán los apóstoles cuando sepan que te pusiste a trabajar?

–                     Son once. Porque Mateo ya dio su juicio. Serán once pareceres diferentes y en general chocarán entre sí. Pero me darán oportunidad para adoctrinarlos.

–                     ¿Me permitirás asistir a la lección?

–                     Si quieres quedarte…

–                     Pero yo soy discípulo y ellos son apóstoles.

–                     Lo que hace bien a los apóstoles, lo hace también al discípulo.

–                     Ellos se sentirán incómodos, de que se les llame la atención en mi presencia.

–                     Les servirá para que sean humildes. Quédate Mannaém. Me alegra que estés conmigo.

–                     Y yo me quedo de muy buena gana.

Se asoma la viuda y dice:

–                     La comida está lista, Maestro. Tú trabajas demasiado.

–                     Me gano el pan, mujer. Y luego… Mira, aquí tienes otro cliente. También él quiere un cofre. Y pagará muy bien. Se te acaba la madera. –dice Jesús quitándose un delantal roto que se había puesto.

Se dirige a la salida para lavarse en una jofaina que la mujer le llevó al huerto. Ella, con una de esas sonrisas que florecen después de mucho tiempo de llanto, dice:

–                     En el cuarto ya no hay madera. Mi casa está llena de tu Presencia y el corazón repleto de paz. Ya no tengo miedo al mañana, Maestro. Y Tú puedes estar tranquilo, que jamás te olvidaremos.

Y entran en la cocina.

Al atardecer, Jesús junto con Mannaém, sale de la casa de la viuda y dice:

–                     La paz sea contigo y con los tuyos. Nos volveremos a ver después del sábado. Adiós Josesito.  Mañana descansa y juega, porque después me ayudarás. ¿Por qué lloras?

–                     Tengo miedo de que no regreses más…

–                     Siempre digo la verdad. ¿Te desagrada tanto que me vaya?

El niño asiente con la cabeza.

Jesús lo acaricia diciendo:

–                     Un día pasa pronto. Mañana quédate con tus hermanitos. Yo estaré con mis apóstoles y les hablaré. Estos días te he estado enseñando a trabajar. Ahora voy con ellos a enseñarles a predicar y a ser buenos. No estarías a gusto conmigo, en medio de tantos hombres.

El niño replica:

–                     ¡Oh! ¡Lo estaré si estoy contigo!

–                     Entendí, mujer. Tu hijo hace como muchos y son los mejores. No me quiere dejar. ¿Tendrías desconfianza en dejármelo hasta mañana?

–                     ¡Oh, Señor! ¡Te los puedo dar a todos! Contigo están seguros como en el cielo. Este niño era el que siempre estaba con su papá y es el que ha sufrido más. En un momento se encontró solo, ¿Ves? No hace más que llorar y penar. –y le dice al niño- No llores hijito mío. Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo. –se vuelve a Jesús- Maestro, para consolarlo le digo, que su padre no ha muerto; sino que solo fue lejos y por un tiempo.

–                     Es verdad. Es así como dice tu mamá, Josesito.

–                     Pero hasta que no me muera me lo encontraré. Soy pequeño. ¿Cuánto deberé esperar, para que me haga viejo como Isaac?

–                     ¡Pobre niño! No te preocupes, el tiempo pasa veloz.

El niño dice:

–                     No, Señor. Hace tres semanas que no tengo a  mi papá. Y me parece mucho, mucho tiempo. No puedo vivir sin él. – y llora silenciosa pero amargamente.

La mujer dice:

–                     ¿Lo ves? Así siempre hace y sobre todo cuando no hay nada que lo distraiga completamente. El sábado le es un tormento. Tengo miedo de que se me muera.

–                     No. Tengo otro niño huérfano. Estaba flacucho y triste. Ahora vive con una buena mujer de Betsaida. Tiene la seguridad de no estar separado de sus padres y con esto ha reflorecido en su cuerpo y en su corazón. Así le pasará al tuyo. Estará más tranquilo con lo que le diré. Con el tiempo que es un buen médico y con verte más tranquila, sin preocupación por lo que tendrán que comer. Adiós mujer. Va a ocultarse el sol y debo irme. Ven, José. Despídete de tu mamá, tus hermanitos y tu abuelita. Y luego alcánzame corriendo.

Jesús se va.

Mannaém le dice:

–                     ¿Y qué vas a decir a los apóstoles?

–                     Que tengo conmigo a un viejo discípulo y a uno nuevo.

Se dirige a Corozaím. Está llena de gente.

Un grupo de hombres detiene a Jesús, diciéndole:

–                     ¿Ya te vas? ¿No te quedas el sábado?

–                     No. Voy a Cafarnaúm.

–                     Sin habernos dicho una sola palabra durante toda la semana. ¿No somos dignos de ella?

–                     ¿No os he dado la mejor predicación durante seis días?

Varios preguntan al mismo tiempo:

–                     ¿Cuándo?

–                    ¿A quién?

–                     A todos. Desde el banco de la carpintería. Durante estos días he predicado que al prójimo, se le debe amar y ayudar en todos modos. Especialmente dónde hay personas débiles, como viudas y huérfanos. Hasta pronto, vosotros de Corozaím. En el sábado meditad en esta lección que os di.

Y Jesús reemprende la marcha sin esperar contestación.

Pero el niño lo alcanza corriendo y hace que se despierte en ellos la curiosidad. Y lo vuelven a detener.

–                     ¿Le quitaste ya su hijo a la mujer? ¿Para qué?

–                     Para enseñarle a creer que Dios es Padre y que en Dios encontrará también a su padre muerto. Y también para que aquí haya alguien que crea en lugar del viejo Isaac.

–                     Con tus discípulos hay tres que son de Corozaím.

–                     Con los mío. No aquí. Este estará aquí. Hasta pronto. –y tomando de la mano al niño, entre Él y Mannaém, se va rápido por la campiña en dirección a Cafarnaúm.

Llegan cuando ya los apóstoles están ahí.

Sentados en la terraza, a la sombra del emparrado, cuentan a Mateo que todavía no está curado, sus hazañas.

Se voltean al oír el ruido de pasos en la escalera y ven la rubia cabellera de Jesús, que va emergiendo sobre la barda de la terraza. Corren hacia Él que los recibe con una sonrisa y se quedan como estatuas cuando ven que detrás de Él, viene un niño pobre.

La presencia de Mannaém, con su vestido blanco de lino muy fino; adornado con un cinturón adornado con oro y piedras preciosas. Cubierto con un manto rojo fuego tan brillante, que parece de seda y le cae sobre la espalda como una cauda. Lleva un turbante de viso sostenido con una delgada lámina de oro burilada, que le pasa por la mitad de la ancha frente; dándole el aire de un rey egipcio; impide la avalancha de preguntas.

Pero con los ojos las hacen muy claras.

Pero se reponen de la sorpresa y después de haberse saludado recíprocamente y ya sentados alrededor de Jesús; los apóstoles le preguntan señalando al niño:

–                     ¿Y éste?

Jesús contesta:

–                     Éste es mi última conquista. Josesito, carpintero como el José que fue mi padre. Por esto lo quiero muchísimo, como él a Mí también, ¿No es verdad chiquito? Ven aquí. Te presento a estos amigos míos, de los que has oído hablar tanto. Éste es Simón-Pedro, el hombre más bueno con los niños que puedas imaginar. Y éste es Juan: un niño grande que te hablará de Dios, en medio de los juegos.

Y éste es Santiago su hermano, serio y bueno como un hermano mayor. Éste es Andrés, hermano de Simón-Pedro; estarás muy bien con él, porque es paciente como un cordero.

Aquí tienes a Simón Zelote: a éste le gustan mucho los niños que no tienen padre. Y creo que giraría por toda la tierra para buscarlos, si no estuviese conmigo. Éste es Judas de Simón y junto a él, Felipe de Betsaida y Nathanael. ¿Ves como te miran? Ellos también tienen niños y les gustan mucho los niños. Éstos son mis hermanos, Santiago y Judas: aman todo lo que amo y por eso te amarán.

Ahora vamos con Mateo que tiene fuertes dolores en el pie y con todo, no guarda rencor por los niños que juegan irreflexivamente y que le hirieron, con una piedra picuda. ¿No es verdad, Mateo?

El apóstol sonríe:

–                     Así es, Maestro. ¿Es hijo de la viuda?

–                     Sí. Es muy listo, pero está muy triste.

Mateo lo acaricia atrayéndolo hacia sí, mientras dice.

–                     ¡Pobre niño! Te llamaré a Santiaguito y jugarás con él.

Jesús termina la presentación con Tomás, que práctico como siempre, la concluye ofreciendo al niño, un racimo de uvas arrancado del emparrado.

Jesús dice:

–                      Ahora sois amigos.

Se sienta, mientras el niño come sus uvas y charla con Mateo.

Pedro pregunta:

–                     ¿En dónde estuviste toda la semana?

–                     En Corozaím, Simón de Jonás.

–                     Esto ya lo sé, ¿Pero qué hiciste? ¿Estuviste en la casa de Isaac?

–                     Isaac el viejo, ya murió.

–                     ¿Y entonces?

–                     ¿No te lo contó Mateo?

–                     No. Solo dijo que estuviste en Corozaím, desde el día que nos fuimos.

–                     Mateo es mejor que tú. Sabe callar y tú no sabes refrenar tu curiosidad.

–                     No solo la mía. La de todos.

–                     Pues bien. Fui a Corozaím a predicar la Caridad con la práctica.

Varios le preguntan al mismo tiempo:

–                     ¿La caridad con la práctica?

–                      ¿Qué quieres decir?

Jesús aclara:

–                     En Corozaím hay una viuda con cinco niños y con su madre enferma. Su marido murió repentinamente en el taller de carpintería y dejó tras de sí, miseria y trabajos sin terminar. Corozaím no ha sabido tener una brizna de compasión, por esta familia infeliz. Fui a terminar los trabajos y…

–                     ¡¡¿Queeé?!!

Surge una gritería. Quién pregunta. Quién protesta. Quién reprende a Mateo por haberlo permitido. Quién admira. Quién critica. Y por desgracia quienes protestan o critican, son la mayoría.

Jesús deja que termine la borrasca como empezó.

Y por toda respuesta añade:

–                     Y mañana regresaré allí. Terminaré un trabajo. Espero que al menos vosotros comprendáis. Corozaím es un hueso de fruta cerrado, sin semilla. Por lo menos vosotros sed huesos de fruta con ella. Tú muchachito, dame la nuez que te dio Simón y también tú escucha…

¿Veis esta nuez? La tomo porque no tengo otros huesos de fruta en la mano. Pero para que entendáis la parábola. Imaginaos los huesos de piñón o palma. Los más duros. Los de las aceitunas, por ejemplo. Son cofrecitos cerrados, sin hendiduras. Durísimos, compactos por todas partes. Parecen cajitas mágicas que solo con fuerza, pueden abrirse. Y sin embargo cuando se arrojan en tierra.

Sencillamente sobre la tierra y si algún caminante lo oprime al pisarlo, lo suficiente para que entre un poco en el suelo, ¿Qué sucede? La cajita se abre y echa raíces y hojas. ¿Cómo lo logró? Nosotros tenemos que emplear el martillo. Y sin embargo, sin golpes; el hueso se abrió. ¿Tiene algo mágico esa semilla? No. Lo que tiene dentro es una pulpa. ¡Oh! ¡Una cosa débil respecto a la dura cáscara! Y con todo, alimenta algo todavía más pequeño: la semilla.

Esta es la poderosa palanca que forcejea, abre; produce la planta con raíces y hojas. Haced la experiencia de enterrar huesos de fruta y esperad. Veréis que unos nacen y otros no. Sacad los que no nacieron. Abridlos con el martillo y veréis que están semivacíos. No es pues, la humedad del suelo; ni el calor, los que hacen abrir el hueso. Sino la pulpa y algo más: la fuerza de la pulpa. El germen que hinchándose, hace de palanca y abre.

Ésta es la parábola. Apliquémosla a nosotros mismos. ¿Qué hice que no estuviera bien? ¿Nos hemos entendido tan poco, como para no comprender que la hipocresía es un pecado y que la palabra es viento, si no es la fuerza de la acción? ¿Acaso no os he dicho siempre: ‘Amaos los unos a los otros’? El Amor es el precepto de la gloria. Yo que predico, ¿Puedo faltar a la Caridad? ¿Daros el ejemplo de un Maestro Mentiroso? ¡No! ¡Jamás!

¡Amigos míos! Nuestro cuerpo es el hueso duro en el que está encerrada la pulpa: el alma. ‘Y en ella el germen que Yo deposité y que se compone de varios elementos; pero el principal es la Caridad.

La caridad que no se hace sólo con palabras o dinero. La caridad se hace con la sola caridad. Y no os parezca un juego de palabras. Yo no tenía dinero y las palabras no eran suficientes para el caso que se me presentaba. Se trataba de siete personas sentadas en el Umbral del Hambre y de la angustia.

La desesperación extendía sus negras alas, para asirlas y ahogarlas. El mundo egoísta y duro, se retiraba ante esta desgracia. El mundo mostró que no había entendido al Maestro, en sus predicaciones. El Maestro evangelizó con las obras.

Tengo capacidad y libertad de hacerlo y tenía la obligación de amar, por el mundo;  a estos pobrecitos, que el mundo no quiere. Esto hice. ¿Podréis criticarme nuevamente?

¿O debo ser Yo quién os critique delante de un discípulo que no se acobardó de meterse entre el aserrín y las virutas, por no abandonar al Maestro?

Y estoy seguro de que se convenció más de Mí, viéndome inclinado, trabajando sobre la madera; de lo que se hubiera persuadido viéndome sobre un trono o ante la presencia de un niño, que ha experimentado lo que Soy; no obstante su ignorancia; la desventura que lo oprime y su absoluta falta de conocimiento del Mesías, como Tal…

¿No respondéis? No os apenéis sólo cuando levanto mi Voz, para corregir ideas equivocadas. Lo hago por amor. Si no… Meted en vosotros el germen que santifica y que abre el hueso. De otro modo, seréis siempre seres inútiles.

Lo que hago debéis hacerlo con prontitud también vosotros… Ningún trabajo, por amor del prójimo; para llevar a Dios un alma; os debe pesar. El trabajo, cualquiera que sea; jamás humilla. Pero sí humillan las acciones bastardas; la falsedad; las acusaciones mentirosas; la dureza; las vejaciones; las usuras; las calumnias; la lujuria.

Éstas matan al hombre y con todo; las hacen sin experimentar vergüenza; aún aquellos que quieren ser llamados perfectos. Y que ciertamente se han sentido mal al verme trabajar con la sierra y el martillo…

¡Oh, hombre! ¡Criatura que deberías ser luz y verdad! ¡Cuán tenebroso y mentiroso eres! Pero vosotros al menos comprended qué cosa es el bien. Qué cosa sea la caridad. Qué la obediencia. En verdad os digo que los fariseos son muchos y que no faltan entre los que me rodean.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                     ¡No, Maestro!

–                     ¡No lo digas!…

–                     Nosotros, porque te amamos, no nos gustan ciertas cosas…

–                     Porque todavía no habéis entendido nada. Os hablé de la fe y de la esperanza. Y pensaba que no era necesario volver a hablaros de la caridad. Porque tanto fluye de Mí, que deberíais estar saturados. Pero comprendo que la conocéis solo de nombre. Sin conocer su naturaleza y forma, igual que conocéis la luna.

Y Jesús da una larga explicación de los que es la Caridad, practicada a través de Dios… luego exhorta:

No rechacéis a Dios, ni siquiera en las cosas más mínimas. Rechazar a Dios, es no ayudar al prójimo por orgullo pagano. Mi doctrina es un yugo que domina al linaje humano culpable. Es un mazo que destroza la corteza dura, para libertar al espíritu. Es un yugo y un mazo.

Pero quién la acepta, no siente el cansancio que emana en las otras doctrinas humanas y en todo lo humano. Aún el que se hace golpear, no siente el dolor de haber sido fracturado en su ‘yo’ humano. Sino que experimenta una sensación de libertad.

¿Por qué queréis libraros de ella, para cambiarla por lo que es plomo y dolor? Todos tenéis vuestros dolores y vuestras fatigas.

Todos los hombres tienen dolores y fatigas superiores quizás a sus fuerzas humanas. Desde el niño como éste que lleva sobre su espaldita un gran fardo que lo dobla y que le quita la sonrisa infantil de sus labios y la despreocupación de su edad. Hasta el viejo que se dobla ante la tumba, con todos los desengaños, fatigas, fardos y heridas, de su larga vida.

Pero en mi Doctrina y en mi Fe, está el alivio de estos pesos agobiadores. Por esto se le llama la Buena Nueva. Y quién la acepta y la obedece, será bienaventurado desde la tierra, porque tendrá a Dios como su ayuda.

Por qué queréis, ¡Oh, hombres! Estar fatigados y tristes, cansados, hastiados, desesperados. ¿Cuándo podíais ser aliviados y confortados? ¿Por qué queréis, vosotros apóstoles míos, sentir el cansancio de la misión, sus dificultades, dureza; cuando si tenéis la confianza de un niño, podéis tener solo una pronta diligencia; una luminosa facilidad para realizarla?

Y comprender y sentir que ella es dura solo para los impenitentes que no conocen a Dios. Ahora estáis tristes. Vuestra aflicción tuvo un principio muy lamentable. Estáis tristes ante mi humillación, como si fuese un crimen cometido contra Mí Mismo.

Ahora estáis tristes porque habéis entendido que me causasteis dolor y porque todavía estáis muy lejos de la perfección. Tened tan solo la humildad gozosa de aceptar la reprensión y confesar que os equivocasteis, prometiendo dentro de vuestro corazón, el desear la perfección por un fin sobrehumano. Luego venid a Mí. Yo os sostengo, comprendo y compadezco.

Venid a Mí, apóstoles míos. Venid a Mí, todos los hombres que sufrís por los dolores materiales, morales y espirituales; que Yo os confortaré.

Tomad sobre vosotros mi Yugo, no es un peso; es un sostén. Abrazad mi Doctrina como si fuese una esposa amada. Imitad a vuestro Maestro que hace lo que enseña. Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón. Encontraréis descanso para vuestras almas, porque mansedumbre y humildad conceden reinar en la Tierra y en el Cielo.

Os lo dije ya: que los verdaderos triunfadores son los que conquistan el Amor. Nunca os impondría algo que fuese superior a vuestras fuerzas, porque os amo y os quiero conmigo en mi Reino. Esforzaos por ser semejantes a Mí y como mi Doctrina enseña. No tengáis miedo porque mi yugo es dulce y su peso es ligero… y la gloria de que gozaréis si me sois fieles, será infinitamente grande, ilimitada, eterna….

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA