101.- EL GRAN PECADOR

A la mañana siguiente, Jesús con los suyos atraviesa la llanura de Esdrelón. Al llegar al cruce de caminos dice a sus apóstoles:

–               Ahora dividámonos. Yo voy a Nazareth con mis hermanos, con Pedro y   Tomás. Vosotros, bajo la guía de Simón Zelote, iréis por el camino del Tabor. Os quedaréis donde más os insistan. Y por una noche en cada lugar. Por la tarde del sábado nos encontraremos en el camino de Sefet. Yo pasaré el Sábado en Corozaím, en casa de la viuda. Pasad a avisárselo. De este modo daremos paz al corazón de Judas, que terminará por convencerse de que Juan no está ni siquiera en rincones hospitalarios.

Judas replica:

–                     Maestro. Lo creo…

–                     Pero siempre es mejor que te convenzas, para que no vayas a avergonzarte ante Caifás y Annás, como Yo no me avergüenzo ante ti y ante nadie al afirmar que Juan ya no está con nosotros. Me llevo a Tomás a Nazareth. Así también él podrá tranquilizarse allí, al ver con sus propios ojos…

Tomás responde:

–                     Maestro, ¿Y crees que a mí eso me importa? Al contrario. Me desagrada no haberlo visto. Habrá sido lo que habrá sido; pero desde que lo conocimos, fue siempre mejor que muchos famosos fariseos. Me basta con saber que no ha renegado de Ti. Que no te ha causado ninguna pena. ¡Y lo demás no me importa! ¡Créemelo!

Aunque estuviese en mi casa, no tendría ningún escrúpulo por ello. Espero que pienses que tu Tomás no tiene más que una curiosidad natural. Y que no abriga ninguna mala intención de espionaje voluntario, involuntario o autorizado. Ningún deseo de hacer daño…

Judas explota furioso:

–                     ¡Me estás ofendiendo! ¡Insinúas! ¡Mientes! ¡Tú mismo viste que mi conducta en todo este tiempo, ha sido muy buena! ¿Por qué has dicho eso? ¿Qué puedes achacarme? ¡Habla!…

Jesús ordena:

–                     ¡Silencio! Tomás me respondió a Mí, que le hablé. Creo en las palabras de Tomás. Pero así lo quiero y así se hará. Nadie entre vosotros tiene el derecho de reprochar mi modo de proceder.

–                     No te lo reprocho. Es que me hirió su insinuación y…

Tomás pregunta:

–                     Sois doce. ¿Por qué te ha herido solo a ti, lo que dije a todos?

–                     Porque fui yo quien buscó a Juan.

Jesús interviene:

–                      También tus otros compañeros lo hicieron y otros discípulos lo harán. Pero nadie se sentirá ofendido por las palabras de Tomás. No es ningún pecado preguntar con honradez por el condiscípulo. No hay razón para sentirse mal, ante palabras semejantes, cuando en nosotros no existe más que amor y rectitud. Cuando nada remuerde el corazón. Cuando no es quisquilloso; a no ser que el diente del remordimiento lo haya mordido.

¿Por qué quieres ante la presencia de tus compañeros hacer estas bravatas? ¿Quieres hacerte sospechoso de algún pecado? ¡La ira y la soberbia son dos pésimas compañeras, Judas!Arrastran a perder el seso. Y uno que lo pierde, ve lo que no hay y dice lo que no debería decir….

Así como la avaricia y la lujuria arrastran a acciones culpables, con tal de sentirse satisfechas. ¡Líbrate de estas malas esclavas! Entretanto recuerda que durante los meses que no estuviste, hubo siempre  concordia entre nosotros. Y siempre hubo obediencia y respeto. Nos hemos amado, ¿Comprendes?… –y volviéndose a los demás-  ¡Adiós queridos amigos! Idos y amaos. Hablad poco y haced el bien. ¡La paz sea con vosotros!

Los bendice y ellos se van y luego dice a los que se quedan:

–                     ¿Estáis contentos vosotros dos de  venir conmigo a Nazareth?

Pedro contesta con toda su impetuosidad:

–                     ¿Y lo preguntas?

Tomás, más calmado, pero con su cara resplandeciente de alegría, dice:

–                     ¿No sabes que para mí, estar cerca de tu Madre es una dulzura que no encuentro palabras para describírtela? María es mi amor. Antes de ser discípulo había pensado en formar una familia y ya había puesto mis ojos en algunas muchachas, para escoger entre ellas a la que sería mi esposa. No había hecho promesa de no casarme…

¡Pero ahora mi amor es María! Un amor que los sentidos desconocen ¡Estos mueren cuando pienso en Ella! Es un amor que alegra mi espíritu. En Ella existe toda la perfección, toda la Gracia, toda la belleza. Su agraciado corazón es un jardín de hermosas flores… Ella, estoy seguro. Supera ante los ojos de Dios, a cualquier belleza angelical…

Jesús mira a Tomás que ama tanto a su Madre, que parece como espiritualizarse. Es tan grande su sentimiento por María que hasta su cara se transforma…

Jesús dice:

–                     Bueno. Por algunas horas estaremos con Ella. Y mañana iremos a Tiberíades y tomaremos la barca para Cafarnaúm…

Por la noche están en Nazareth, en la casita Pedro y Tomás están durmiendo.

La Madre y el Hijo hablan entre sí:

–                     Todo estuvo bien, Madre mía. Han encontrado la tranquilidad. Tus oraciones ayudaron a los peregrinos. Y ahora, como rocío sobre flores quemadas, se están curando de su dolor.

–                     ¡Quisiera yo curar el tuyo, Hijo mío! ¡Cuánto habrás sufrido! En tus sienes y en tus mejillas hay un hoyo. Una arruga te cruza la frente como si fuera una espada. ¿Quién te ha herido, corazón mío?

–                     ¡El haber tenido que causar un dolor, Madre!

–                     ¿Sólo esto, Jesús mío? ¿No te han dado ninguna aflicción tus discípulos?

–                     No Madre. Se han portado como santos.

–                     Los que estaban contigo… Quiero decir, ¿Todos?

–                     Estás viendo que te he traído a Tomás para premiarlo. Hubiera traído también a los que no estuvieron aquí la otra vez; pero tuve que enviarlos a otra parte a precederme…

–                     ¿Y Judas de Keriot?

–                     Judas va con ellos.

María abraza a su Hijo y reclina la cabeza sobre su espalda, llorando…

Jesus acaricia lo rubios cabellos y pregunta con ternura:

–                     ¿Por qué lloras, Madre?

María no dice nada. Llora.

Solo a la tercera vez que le pregunta; con voz apagada responde:

–                     Porque tengo miedo. Quisiera que te abandonase…  Peco al desear esto, ¿No es así? Pero es que tengo mucho, mucho miedo de él por Ti…

–                     Solo si la muerte se lo llevase, las cosas cambiarían… Más, ¿Por qué la muerte debería llevárselo?

–                     No soy tan mala para desearlo. ¡También él tiene una madre! Y es un alma… Un alma que todavía puede salvarse… ¡Oh, Hijo mío! ¿No sería para él un bien la muerte?

Jesús lanza un suspiro y murmura:

–                     Para muchos la muerte sería un bien… -y cambia de tema.

Jesús le cuenta todo, menos su aflicción, después de la partida de los perseguidos…

La semana siguiente…

Sobre un arroyo que baja al lago Tiberíades, hay un puente. Jesús y los suyos esperan a que lleguen los demás, bajo la sombra de la tupida arboleda que hay en las riberas, poco a poco van llegando y se unen alegres al Maestro y a sus compañeros.

Relatan todo lo sucedido en su viaje y los milagros que hicieron cada uno.

Cuando toca el turno a Judas de Keriot, dice:

–                     Menos yo que no logré hacer nada. –y al confesarlo se ve, que se siente avergonzado.

Santiago de Zebedeo le responde y luego explica:

–                     Te dijimos que la razón era porque teníamos ante nosotros a un gran pecador.

¿Sabes Maestro? Se trata de Jacobo que está muy enfermo y por eso te llama. Y además porque teme a la muerte y al juicio de Dios. Pero es más avaro que nunca. Ahora que prevé una ruina en sus cosechas que destruyó el hielo. Perdió toda la semilla. Tampoco puede sembrar porque está enfermo y porque su sierva enflaquecida con el trabajo y el hambre, pues economiza la harina, ya que tiene miedo de quedarse sin comer y no puede arar el campo.

Tal vez pecamos porque trabajamos todo el Viernes, más allá del crepúsculo. Aramos una gran extensión de terreno. Felipe, Juan y Andrés saben hacerlo. También yo. Fue un trabajo duro. Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros, limpiando los surcos de las plantas muertas.

Judas fue a pedir un  poco de semilla en tu Nombre y le dieron semilla seleccionada. Y al día siguiente la sembramos. Por eso nos tardamos un poco. Porque empezamos cuando el sol se ocultaba. Que nos perdone el Eterno, por el motivo por el que pecamos. Mientras tanto Judas se quedó con el enfermo para convertirlo. Él sabe hablar mejor que nosotros. Por lo menos así lo admiten Bartolomé y Zelote.

Pero Jacobo estuvo sordo a toda razón. Quería que se le curara, porque la enfermedad le cuesta. Se ponía furioso contra su sierva y para calmarlo, pues decía: ‘Me convertiré si me curo’

Judas le impuso las manos; pero sin ningún resultado. Y nos lo dijo desalentado. También nosotros lo intentamos, pero no obtuvimos ningún milagro.

Judas sostiene ahora que la razón es que está en desgracia ante Ti, porque te ofendió y está avergonzado.

Nosotros creemos que es porque estábamos ante un pecador obstinado que pretende obtener todo lo que quiere. Poniendo límites y dando órdenes aún a Dios. ¿Quién tiene la razón?

–                     Vosotros siete. Habéis dicho la verdad.

Andrés dice:

–                     Lo que nos llena de tristeza es el estado del alma de Jacobo. Y hubiera querido curarle más el alma que el cuerpo…

Y los apóstoles continúan relatando los milagros y las conversiones que obtuvieron mientras van caminando.

Jesús dice:

–                     Bueno. Estamos enfrente del poblado. Id todos a pedir hospedaje. Menos Judas de Keriot, que se queda conmigo.

Cuando se quedan solos en la sombra del atardecer, caminan juntos en el mayor silencio.

Finalmente, como si hablara consigo Mismo, Jesús dice:

–                     Y sin embargo si se ha caído en desgracia de Dios por haber traspasado su Ley; se puede volver a ser lo que se era antes, renunciando al pecado…

Judas no hace ningún comentario.

Jesús continúa:

–                     Y si uno comprende que no tiene el poder de Dios; porque Dios no está donde está Satanás. Esto se puede remediar fácilmente, dando preferencia a lo que Dios concede y no a lo que nuestra soberbia pretende.

Judas no habla.

–                     Y pensar que he sufrido una áspera penitencia para que él vuelva en sí y regrese a su Padre…

Judas tiene un sobresalto. Levanta la cabeza. Lo mira… Pero no dice nada.

También Jesús lo mira…

Y luego pregunta:

–                     Judas. ¿A quién he estado hablando?

Judas responde enojado:

–                     A mí, Maestro. Por tu culpa ya no tengo más poder. Me lo quitaste para aumentar el de Juan, el de Simón, el de Santiago.  ¡El de todos!…  ¡Lo que pasa es que no me amas!

Y yo terminaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé. Arruinándome ante los ojos del mundo, por causa de un rey imbécil  que se deja vencer aún de la plebe. No esperaba esto de Ti.

–                     Ni tampoco Yo de ti. Pero no te he engañado. Nunca te he forzado. ¿Por qué te quedaste a mi lado?

–                     Porque te amo. Ya no puedo separarme de Tí. Me atraes y me causas repugnancia. Te necesito como necesito el aire para respirar y… ¡Me causas miedo!…  ¡Ah! ¡Soy un maldito! ¡Estoy condenado! ¿Por qué no me liberas del Demonio que me domina? ¡Tú que puedes!…  

La cara de Judas está amarilla, descompuesta, enloquecida. Reflejando el miedo y el odio…

Jesús lo mira con tristeza y mucho dolor…

Y dice:

–                     Porque no hay arrepentimiento en Ti. Estás lleno de rencor contra Dios; como si Él fuera el culpable de tu pecado. 

Judas entre dientes, pronuncia una terrible blasfemia…

Los discípulos llegan y dicen:

–                     Maestro. Hemos encontrado alojamiento, repartidos en diferentes lugares…

–                     Está bien. Yo voy con Judas de Keriot.

Judas rechaza:

–                     No. Prefiero estar solo. No me siento bien. No te dejaría descansar.

–                     Como quieras. Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que queráis. Mientras tanto vayamos a donde hay más lugar, para poder cenar juntos…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

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