102.- LEPROSO ESPIRITUAL


Al día siguiente…

Al amanecer. En una hermosa mañana primaveral, la aurora tiñe de rosa el cielo e ilumina las hermosas colinas. Los discípulos se están reuniendo a la entrada del pueblo, mientras esperan a los retrasados.

Mateo dice frotándose las manos:

–                     Es el primer día que no hace frío, después de la granizada.

Andrés exclama:

–                     ¡Ya era tiempo! Estamos en el mes de Adar.

Cada quién va dando diferentes impresiones respecto a esto y al viaje que continúa.

Juan dice:

–                     Lo que os ruego es que no mostréis fastidio; falta de ganas o algo semejante. Jesús está muy afligido. Ayer por la noche lloró. Yo lo vi cuando preparábamos la cena. En la terraza no estaba orando como creímos. Estaba llorando.

Todos le preguntan:

–                     ¿Por qué?

–                      ¿Se lo preguntaste?

–                     Sí. Pero lo único que me dijo fue:

–                     “Ámame, Juan”

Santiago dice:

–                     Tal vez sea por los de Corozaím.

Zelote, que acaba de llegar dice:

–                     El maestro se acerca con Bartolomé. Vamos a su encuentro.

Van, pero continúan con su charla.

Mateo dice:

–                     O es por Judas…  Ayer estuvieron solos.

Felipe observa:

–                     ¡Tienes razón! Judas dijo que no se sentía bien y que no quería a nadie consigo.

Juan suspira:

–                     ¡No quiso quedarse ni con el Maestro! ¡Yo me hubiera quedado de muy buena gana!

Todos los demás dicen:

–                     ¡También yo!

Tadeo asegura:

–                     Ese hombre no me gusta. Está enfermo; embrujado, loco o endemoniado. No sé. Pero algo tiene.

Tomás afirma:

–                     Y sin embargo no lo vas a creer. En el regreso fue ejemplar. Siempre defendió al Maestro y a sus intereses como nadie de nosotros lo ha hecho. Lo vi con mis propios ojos. Lo oí con mis orejas. Espero que no dudaréis de mi palabra.

Andrés pregunta:

–                     ¿Crees que no confiamos en ti? ¡Claro hombre que nos fiamos! Y nos gusta que Judas sea mejor que nosotros. Pero lo estás viendo. Es muy raro…  ¿Sí o no?

–                     ¡Oh! ¡Raro si lo es! Tal vez sufra por cosas íntimas. Tal vez porque no pudo hacer el milagro. Es orgulloso aunque con un buen fin. Pero se preocupa mucho de ser alguien. De que se le alabe…

Pedro dice:

–                     ¡Uhmmm! ¡Tal vez así será! El hecho es que el Maestro está triste. Miradlo. Ya no parece el hombre que conocimos. Pero, ¡Vive el Señor que si logro descubrir quién es el que lo hace sufrir!… ¡Basta! Sé lo que haré…

Jesús, que estaba conversando con Bartolomé, los ve y apresura el paso sonriente, para encontrarlos.

Saluda:

–                     La paz sea con vosotros. ¿Estáis todos?

Andrés explica:

–                     Falta Judas de Simón… Creía que estaba contigo, porque en la casa donde tenía que dormir, me dijeron que no llegó y que todo estaba en orden.

Jesús arruga por un instante el entrecejo, se concentra dentro de Sí, bajando la cabeza…

Luego dice:

–                     No importa. Vámonos. Diréis a los de las últimas casas que vamos a Giscala. Si Judas nos busca, que se lo digan. Vámonos.

Todos presienten tempestad, pero obedecen sin replicar.

Jesús continúa hablando con Bartolomé, reanudando la conversación que sostenían antes:

–                     ¡Oh! ¡Si viviera todavía el sabio! Era bueno, pero también era un hombre de carácter. No hubiera perdido el buen sentido. Te hubiera reconocido por sí mismo.

–                     ¡No te enfades Bartolomé! Bendice al Altísimo que se lo llevó a su eterna paz. De esta forma el espíritu del sabio Hillel, no conoció el odio tan grande que se me tiene.

–                     ¡Señor mío, no solo Odio!…

–                     ¡Más odio que amor y así será siempre!

–                     No te pongas triste. Te defenderemos.

–                     No es la muerte lo que me angustia… ¡Es ver los pecados de los hombres!

–                     ¿La muerte? ¡No! No hables de ella. No llegarán a tanto, porque tienen miedo…

–                     El odio será más fuerte que el miedo, Bartolomé. Cuando haya muerto. Cuando esté lejos. Cuando esté en el Cielo santo, di a los hombres que: ‘Él sufrió más por vuestro odio, que por la muerte…’

–                     ¡Maestro! ¡Maestro! ¡No hables así! Nadie te odiará hasta el punto de matarte. Puedes siempre impedirlo; Tú que Eres Poderoso…

Jesús sonríe con una tristeza tan grande, que hasta parece cansado. Con paso lento sube por el camino montañoso.

La tristeza, el dolor y el desconsuelo en la Voz de Jesús es tan apabullante, que Bartolomé se siente herido en el corazón.

Y con tono cariñoso le dice:

–                     Maestro, ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres que haga por Ti, el viejo Nathanael?

–                     Nada Bartolomé. Tus oraciones… Ofrécelas para que vea bien lo que tengo que hacer. Nos están llamando. Esperemos aquí…

Esperan bajo un grupo de árboles.

El grupo de apóstoles dobla la curva y dicen:

–                     Maestro. Judas nos viene siguiendo a la carrera…

–                     Esperémoslo…

Todos se quedan bajo la arboleda unos minutos después, llega Judas jadeante:

–                     Maestro, me retrasé… Me quedé dormido y …

Andrés pregunta sorprendido:

–                     ¿En dónde, si no te encontré en la casa?

Judas se desconcierta y por un momento no sabe qué responder…

Pero rápido replica:

–                     ¡Oh! Me desagrada que os enteréis de mi penitencia. Estuve en el bosque toda la noche… Orando y haciendo penitencia. Al amanecer el sueño me venció. Soy un débil y… Pero el Altísimo Señor tendrá compasión de su pobre siervo. ¿No es verdad, Maestro? Me desperté tarde y todo amodorrado…

Santiago de Zebedeo observa:

–                     De veras que tienes cara de cansado…

Judas ríe con todo el cinismo del mundo y dice:

–                     ¡Oh, claro! Pero el corazón está más alegre. La oración hace bien. De la penitencia brota un corazón contento. Da humildad y generosidad. Maestro, perdona a tu tonto Judas. –y se arrodilla a los pies de Jesús.

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–                     Está bien. Levántate y vámonos.

–                     Dame la paz con un beso. Será la señal de que me has perdonado mi malhumor de ayer. Es verdad que no quise… Pero era porque quería orar.

–                     Hubiéramos podido hacerlo juntos.

Judas se acerca a besarlo y dice riendo despreocupado:

–                     No. No hubieras podido estar conmigo esta noche… Y menos estar en donde yo estuve… – Su sarcasmo pasa desapercibido para todos sus compañeros; menos para su Maestro.

Judas, que pasó la noche en brazos de un par de prostitutas y rememora los placeres disfrutados…  Sonríe con escarnio satisfecho…

Pedro exclama muy sorprendido:

–                     ¡Oh, qué cuentos! ¿Por qué? Siempre ha estado con nosotros y nos ha enseñado a orar…

Todos se echan a reír, menos Jesús que mira fijamente a Judas que lo ha besado y lo mira con ojos alegres y maliciosos. Como si lo desafiara.

Con mucho cinismo se atreve a repetir:

–                      ¿No es verdad que no hubieras podido estar conmigo esta noche?

Jesús responde tajante:

–                     No. No hubiera podido. Y nunca podré condividir los brazos entre mi espíritu y mi Padre, con un tercero todo carne y sangre cómo eres tú. Y en los lugares a donde vas… Amo la soledad poblada de ángeles; para olvidar que el hombre es hedor de carne corrompida por los sentidos, por el oro, por el mundo y por Satanás.

Los ojos de Judas dejan de reír…

Responde seco:

–                     Tienes razón. Tu espíritu ha visto la verdad. ¿A dónde vamos ahora?

–                     Vamos a Giscala.

Y siguen por el camino montañoso. Entran en el poblado y todos ejercen su ministerio. Sanan a los enfermos y socorren a los pobres.

Al final del día, Judas da cuenta de lo repartido y dice a Jesús:

–                     … Y aquí tienes mi ofrenda. Juré dártela esta noche para los pobres, como penitencia. No es gran cosa y así me quedo sin dinero. Convencí a mi madre de que me mande con frecuencia por medio de muchos amigos que tenemos. Las otras veces cuando me despedía, me traía mucho dinero. Pero esta vez, como tenía que andar dando vueltas por los montes, solo con Tomás, tomé solo lo suficiente para el viaje. Lo prefiero de este modo.

Solo que deberé pedirte permiso algunas veces para separarme por unas horas, para ir a ver a mis amigos. Todo lo he arreglado, Maestro. ¿Puedo seguir teniendo la bolsa? ¿Aún me tienes confianza?… –pregunta con ansiedad.

Jesús contesta:

–                     Judas, esto lo dices porque quieres. No comprendo por qué lo digas. Ten en cuenta que Yo no he cambiado en nada… Porque espero que el que cambie,  seas tú. Que vuelvas a ser el discípulo de otros tiempos. Que te hagas un hombre recto. Por esto pido y sufro.

–                     Tienes razón, Maestro. Con tu ayuda lo lograré. Por otra parte… No son más que defectos de juventud. Cosas fútiles. Sirven más bien  para poder comprender a mis semejantes y poder ayudarlos mejor.

–                     ¡De veras Judas, que tu moral es muy rara! Jamás se ha visto que un médico se enferme voluntariamente, para poder decir: ‘Ahora sé curar mejor a los enfermos de este mal’ ¿Así pues, Yo soy un incapaz?

–                     ¿Quién lo ha dicho, Maestro?

–                     Tú…  Como no cometo pecados; por lo tanto, no sé curar a los pecadores.

–                     Tú eres Tú. Nosotros no somos Tú y tenemos necesidad de la experiencia, para poder hacer algo…

–                     Es una vieja idea tuya. La misma de hace veinte lunas. Con la diferencia de que entonces pensabas que debía pecar, para ser capaz de redimir. Realmente me admiro de que no hayas tratado de corregir este… Defecto mío, según tu modo de pensar. Y dotarme con esta… Capacidad, para comprender a los pecadores.

–                     Te burlas, Maestro. Y me gusta. Me dabas pena…  Estabas tan triste y que sea yo quien te hace ponerte de buen humor, me halaga. Pero nunca he pensado convertirme en tu pedagogo. Por otra parte lo estás viendo… He corregido mi manera de pensar. Tanto que ahora afirmo que esta experiencia, solo a nosotros nos es necesaria. A nosotros los pobrecitos hombres. Tú eres el Hijo de Dios, ¿No es verdad? Posees pues una sabiduría que no tiene necesidad de experiencias.

–                     Pues bien. Ten en cuenta que también la inocencia es sabiduría mucho mayor; que el conocimiento vil y peligroso del pecador. Donde la ignorancia santa del mal limitaría la capacidad de poderse guiar y de guiar. Ayudan los ángeles cuyo auxilio jamás está lejos de un corazón puro; al que guían por el sendero justo y a acciones justas.

El pecado no aumenta el saber. No es luz. No es guía. Jamás lo será. Es corrupción. Es ceguera. Es caos. De manera que el que lo comete conocerá su sabor y además, perderá la capacidad de saber muchas otras cosas espirituales y no tendrá jamás al ángel de Dios, espíritu de orden y de amor, para que lo guíe. Sino que tendrá al ángel de Satanás, que lo llevará a un desorden siempre mayor, por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.

–                     Bien. Maestro óyeme… Si alguien quiere volver a tener como guía a los ángeles, ¿Basta el arrepentimiento o permanece el veneno del pecado, aunque uno se haya arrepentido y haya sido perdonado?… ¿Sabes? Por ejemplo, uno que se haya entregado al vino; aunque jura no volverse a embriagar. Y lo jura con verdadera voluntad, de no volver a hacerlo. Siente sin embargo el estímulo de beber… Y sufre…

–                     Ciertamente que sufre. Por eso no debería haberse hecho esclavo de ese vicio. Pero sufrir no es pecar. Es expiar. Así como un borracho arrepentido no comete ningún pecado. Antes bien, conquista méritos si resiste heroicamente al estímulo y no bebe más licor…  De igual modo el que ha pecado; si se arrepiente y se resiste a cualquier estímulo, conquista méritos y no le falta la ayuda sobrenatural para poder resistir. No es pecado ser tentados. Más bien es una batalla que lleva a la victoria. Créeme también que Dios no tiene sino el deseo de perdonar; de ayudar al extraviado si se arrepiente…

Por unos minutos, Judas no habla.

Luego se inclina. Toma la mano de Jesús y se la besa encorvado, diciendo:

–                     Yo ayer brinqué las trancas. Te insulté, Maestro. Te dije que terminaría por odiarte… ¡Oh! ¡Cuántas blasfemias dichas!… ¿Se me perdonarán?…

–                     El pecado más grande, es desesperar de la Misericordia Divina… Judas, ya lo he dicho: ‘Cualquier pecado contra el Hijo del Hombre, será perdonado’ el hijo del Hombre vino a perdonar, a curar, a salvar, a llevar al Cielo. ¡Oh, Judas! ¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas! ¡Judas! ¡Mírame! ¡Lávate el alma en el amor que sale de mis ojos!…

–                     ¿No te causo ningún asco?

–                     Sí. Pero el amor es mayor que la repugnancia, Judas. ¡Pobre leproso espiritual! El mayor de todo Israel. Ven a invocar la salvación de quién te la puede dar….

–                     Dámela, Maestro.

Jesús advierte:

–                     No. No así. En ti no existe el verdadero arrepentimiento y una voluntad decidida. Tan solo existe el esfuerzo de un amor que sobrevive, debido a tu vocación pasada. Existe algo de arrepentimiento, pero es del todo humano. Esto no es malo. Es el primer paso hacia el bien. cultívalo. Auméntalo. Injértalo en lo sobrenatural. ¡Ámame de verdad! Trata de volver a ser lo que eras cuando te acercaste a Mí. ¡Por lo menos eso!

Haz que ese arrepentimiento no sea un palpitar transitorio, emotivo. Un sentimentalismo muerto. Sino un verdadero arrepentimiento activo; que te arrastre hacia el bien. Judas, Yo lo espero. Sé esperar. Yo ruego. Soy Yo quién suplo en esta espera, a tu ángel que está disgustado de ti.

Mi compasión, mi paciencia, mi amor, siendo perfectos; son superiores a los de los ángeles y pueden seguir estando a tu lado, en medio de los hedores insoportables de lo que fermenta en tu corazón; para poder ayudarte

Judas realmente está conmovido. Con labios temblorosos y con una voz que traiciona su sentimiento; pálido pregunta:

–                     Pero, ¿Entonces es verdad que sabes lo que hice?

–                     Todo, Judas. ¿Quieres que te lo diga? O ¿Prefieres que te libre de esta humillación?

–                     ¡Es que no lo puedo creer! ¡Eh!… ¡No es otra cosa!…

–                     Pues bien. Ya que no crees, vamos a la verdad. Esta mañana ya has mentido varias veces, por el dinero y por el modo como pasaste la noche… Ayer por la noche buscaste sofocar con la lujuria todos tus sentimientos, tus odios, tus remordimientos, tu…

Judas se lleva las manos al rostro:

–                     ¡Basta! ¡Basta! ¡Por caridad no prosigas o huiré de tu Presencia!

–                     Más bien deberías asirte a mis rodillas, pidiéndome perdón.

–                     ¡Sí, sí! ¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío! ¡Perdón! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo! ¡Todo es más fuerte que yo!…

Jesús lo toma entre sus brazos, derramando sobre la cabeza de Judas cuantiosas lágrimas y orando en silencio.

Los demás, unos cuantos metros atrás, se han detenido con prudencia y comentan:

–                     ¿Lo estáis viendo?…

–                     Tal vez Judas tiene serios problemas…

–                     Y esta mañana abrió su corazón al Maestro.

–                     ¡Es un tonto! Yo lo hubiera hecho inmediatamente.

–                     Tal vez se trata de cosas penosas.

–                     Ciertamente no será porque su madre no sea buena.

–                     ¡Esa mujer es una santa!

–                     ¿Qué otra cosa penosa puede haber?…

–                     Tal vez intereses que no van bien…

–                     ¡Oh, no! Gasta y hace limosnas con dinero propio.

–                     ¡Bueno! ¡Negocios suyos! Lo importante es que esté de acuerdo con el Maestro.

–                     Y parece que sí. Hace tiempo que van hablando y en calma.

–                     ¡Ahora se han dado el abrazo!… ¡Muy bien!…

–                     La razón es que él es muy capaz y tiene muchas amistades. Está bien que se ponga de acuerdo. Que sea nuestro amigo, sobre todo del Maestro.

Jesús se vuelve y los llama.

Todos corren.

–                     Venid. La ciudad está cercana. Tenemos que atravesarla para ir a la tumba de Hillel. Atravesémosla juntos. –dice Jesús sin dar ninguna explicación.

Los apóstoles se miran entre sí; como queriendo descubrir lo sucedido entre Jesús y Judas. Más si éste último tiene una cara tranquila, Jesús no tiene su rostro  luminoso…  Más bien está serio.

Entran en Giscala que es una ciudad grande y hermosa. Parece ser un gran centro rabínico, porque hay muchos doctores con grupos de discípulos, que escuchan sus lecciones. Muchos se quedan viendo cuando pasan los apóstoles y sobre todo el Maestro. Algunos se hacen señas. Otros llaman a Judas de Keriot. Como él camina al lado de Jesús, ni siquiera se digna voltear a verlos.

Salen del otro lado de la ciudad y llegan hasta donde está la tumba de Hillel.

–                     ¡Qué desvergüenza!

–                     ¡Nos está provocando!

–                     ¡Es un profanador!

–                     Díselo, Uziel.

–                     No. No me contamino. Díselo tú Saúl, que no eres más que un discípulo.

–                     No. Digámoslo a Judas. Voy a llamarlo.

Y el joven se acerca a Judas:

–                     Ven. Los rabíes quieren hablarte.

Judas replica:

–                     No voy. Me quedo donde estoy. No me molestéis.

Saúl va y refiere la respuesta de Judas.

Entretanto, Jesús ora junto al sepulcro de Hillel, en medio de los suyos.

Los rabíes se acercan despacio, como serpientes cautelosas y dos vejetes le jalan el vestido a Judas.

Éste se vuelve y pregunta con coraje:

–                     ¿Qué se os ofrece? ¿Ya no es posible ni siquiera orar?

–                     Permítenos una palabra… Luego te dejamos.

Simón Zelote y Tadeo, se voltean y hacen señas a los rabíes, pidiendo silencio. Judas se parta unos pasos.

–                     ¿Qué queréis?

El más viejo murmura algo que solo Judas oye.

Su rostro cambia y dice airado:

–                     No. Dejadme en paz, corazones venenosos. No os conozco y no quiero más tratos con vosotros.

Una risa llena e ironía brota del grupo rabínico.

Y se escucha una amenaza:

–                     ¡Cuidado con lo que haces, estúpido!

–                     No yo, sino vosotros. Idlo a decir a los demás. A todos. ¿Comprendido? ¡Dirigíos a quien queráis, pero no a mí! ¡Demonios! –y los deja plantados.

Habló en voz tan alta, que los apóstoles admirados, voltean.

Jesús se mantiene orando imperturbable y no voltea ni siquiera ante la burla y la amenaza, que repercuten en el silencio del santo lugar.

–                     ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón! ¡Nos volveremos a ver!

Judas vuelve y hace a un lado a Andrés que se había acercado a Jesús. Y como si buscara protección, toma la punta del manto de Jesús entre sus manos.

Los rabíes vuelven su rabia contra Jesús. Se acercan con los puños amenazadores. Aúllan llenos de odio:

–                     ¡Qué estás haciendo aquí, Anatema de Israel!… ¡Lárgate de aquí! ¡No perturbes los huesos del hombre justo! A los que no eres digno de acercarte. Se lo diremos a Gamaliel y te castigará.

Jesús se vuelve y los mira de uno por uno…

–                     ¿Por qué nos miras así, endemoniado?

–                     Para grabarme vuestras caras y vuestros corazones. Mi discípulo os volverá a ver, como también Yo.

–                     ¡Bueno! ¡Ya nos has visto!… ¡Ahora lárgate! Si estuviera Gamaliel, no lo hubiera permitido.

–                     El año pasado estuve con él.

–                     ¡No es verdad, mentiroso!

–                     Preguntádselo. Y como es honrado, dirá que sí. Amo y venero a Hillel. Respeto y honro a Gamaliel. Son dos hombres en que se refleja el origen del hombre por su modo santo de proceder y por su sabiduría. Cosas que recuerdan que el hombre fue hecho a semejanza de Dios…

Lo interrumpen varios cómo energúmenos:

–                     ¿En nosotros no, verdad?

–                     En vosotros está ofuscada por intereses y por el odio.

¡Oídlo! ¡En casa ajena habla así y ofende! ¡Largo de aquí! ¡Corruptor de los mejores de  Israel! O cogeremos piedras. Aquí no está Roma para defenderte,

Jesús pregunta con mansedumbre:

–                     ¿Por qué me odiáis? ¿Por qué me perseguís? ¿Qué mal os he hecho? He hecho favores a algunos de vosotros. A todos respeto. ¿Por qué sois crueles conmigo?…

Les habla humilde, suavemente, con pena amorosa. Su mansedumbre es una petición de amor que es tomada por ellos como una señal de debilidad y de miedo. Se envalentonan y pasan a la obra. La primera piedra pega a Santiago de Zebedeo. Rápido, éste la devuelve contra los judíos.

Mientras los demás apóstoles se estrechan alrededor de Jesús….

Pero son doce contra más de un centenar…

Otra pedrada golpea a Jesús en la mano, cuando ordena a  los suyos que no reaccionen. Del dorso de su mano empieza a brotar sangre.

Jesús se endereza imponente. Los atraviesa con sus ojos que parecen centellear. Otra pedrada, saca sangre a la sien de Santiago de Alfeo. Entonces Jesús usa su poder para paralizar a los enemigos en defensa de sus apóstoles; que mansamente soportan las pedradas.

La Presencia y la Majestad de Jesús es pavorosa.

Y con voz atronadora les dice:

–                     Me voy. Pero tened en cuenta que Hillel, jamás hubiera aprobado lo que acabáis de hacer. Me voy. Pero recordad que ni siquiera el Mar Rojo detuvo a los israelitas en el camino que Dios les había trazado. Todo se allanó ante la Voluntad de Dios que pasaba. Y esto mismo sucederá conmigo…

Lentamente, pasa en medio de los paralizados rabíes y sus discípulos. Continúa su camino despacio, seguido por sus apóstoles, en medio del silencio estupefacto de todos los hombres… 

Al día siguiente continúa su marcha por el camino montañoso. La mañana es fría. Jesús lleva su mano vendada y Santiago de Alfeo, su frente. Andrés cojea mucho. Santiago de Zebedeo no trae su alforja, pues la lleva su hermano Juan.

Por dos veces, Jesús ha preguntado a Andrés:

–                     ¿Podrás caminar, Andrés?

–                     Sí, Maestro. Camino mal por las vendas y porque el dolor es fuerte. ¿Y cómo estás de tu mano?

–                     Una mano no es una pierna. Basta con no tocarla y no hace daño.

Pedro dice preocupado:

–                     ¡Uhmm! No creo que no duela mucho. Mira qué hinchada está. Llegó hasta el hueso… ¡Si tuviéramos del ungüento que prepara tu Mamá! Así te va a doler mucho…

Jesús responde:

–                     No, Simón. Tú me quieres mucho y tu amor es un buen ungüento.

–                     ¡Oh! ¡Si así fuera, ya te hubieras curado! Todos sufrimos al ver cómo te trataron. Y algunos hasta lloraron…

Pedro mira a Juan y a Andrés.

–                     Ved. Estoy mucho más contento que ayer; porque hoy sé que sois muy obedientes y que me amáis. Todos. –y Jesús los mira con dulzura y alegría.

Tadeo exclama:

–                     Pero ¡Qué hienas! ¡Jamás había visto un odio semejante! ¡Tenían que ser Judíos!

Jesús pregunta:

–                     No, hermano. No tiene nada que ver el lugar. El odio es igual en todas partes. Recuerda que hace meses me arrojaron de Nazareth y también intentaron apedrearme. ¿Ya lo olvidaste?

Y con estas palabras consuela a los que son de Judea.

Y tanto los consuela que Judas dice:

–                     ¡Pero esto sí que lo diré! No estábamos haciendo ningún mal. No nos defendimos. Y desde que Él empezó a hablar, lo hizo pacíficamente. Y luego la emprendieron a pedradas contra nosotros. Como si fuéramos sierpes. ¡Lo diré!

Andrés pregunta:

–                     ¿Pero a quién si todos son iguales?

–                     Sé a quién. Apenas vea a Esteban o a Hermas, se los contaré. Lo sabrá inmediatamente Gamaliel. Y en Pascua lo diré a quién se debe. Diré: ‘No es justo obrar así. Vuestra rabia os empuja a hacer esto. Sois vosotros los culpables. No Él.

Felipe aconseja sabiamente:

–                     ¡Será mejor que no te acerques a estos tipos!… ¡Me parece que ellos también tienen algo contra ti!…

–                     Es verdad. Es mejor que no los vuelva a ver. Es mejor, pero sí se lo diré a Esteban. Él es bueno y no envenena.

Calmado y persuasivo, Jesús replica:

–                     No te preocupes, Judas. No vas a cambiar nada. He perdonado. No pensemos más en ello.

Dos veces encuentran arroyos. Tanto Andrés como los dos Santiagos, se echan agua en el lugar golpeado…

Jesús no. Sigue tranquilo como si no sintiese dolor. Y sin embargo debe dolerle mucho porque cuando se sientan a comer, pide a Andrés que le parta el pan. O cuando se tiene que desatar las sandalias, pide a Mateo que lo haga…

Cuando van por un atajo pendiente, se resbala y pega contra un tronco. No reprime un lamento y la venda se tiñe de sangre. Tanto, que cuando llegan al siguiente poblado, se detienen a pedir agua y bálsamo, para curarle la mano.

Al retirarle las vendas, se ve muy hinchada, cárdena en el dorso, con la herida rojiza en el centro. Todos miran la mano herida y hacen sus comentarios.

Juan se retira un poco para esconder su llanto y Jesús lo llama:

–                     Ven aquí. No es gran cosa. No llores.

Juan responde:

–                     Lo sé. Si me hubiera tocado a mí, no lloraría. Pero te tocó a Ti. No dices cuanto te duele esta mano, que no ha hecho más que hacer beneficios.

Y tomando la mano herida de Jesús, la acaricia con la punta de sus dedos. La voltea dulcemente para besarle la palma y apoyar su mejilla.

Y exclama sorprendido:

–                     ¡Está caliente!… ¡Oh! ¡Cuánto debe dolerte!… –y lágrimas de compasión caen sobre ella.

Luego le cura la herida y le venda la mano…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

 

 

 

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