Archivos diarios: 4/11/12

107.- EL DESAFÍO


El grupo apostólico va caminando rodeado por un grupo de personas. Los lugareños van informando.

Uno de ellos dice:

–                       Sí. Nadie lo ha podido curar. Está más que loco. Es tan violento que se ha vuelto el terror de todos. Sobre todo de las mujeres, a las que sigue con muecas obscenas. ¡Ay si logra tomar a alguna de ellas!

Otro comenta:

–                       Nunca se sabe dónde se mete.

Otro más, añade:

–                       De improviso sale cual sierpe por los montes, por los bosques, en los surcos, por los prados… las mujeres tienen mucho miedo. Un día, una joven que regresaba del río, se vio perseguida por él. Solo Dios sabe lo que pasó. Porque ella también perdió la razón y al poco tiempo se suicidó.

Otro agrega:

–                       El otro día mi cuñado fue al lugar que escogió para su sepulcro y el de su familia, porque se le había muerto su suegro; a preparar todo para su sepultura. Pero tuvo que huir porque ahí estaba ese hombre. Estaba desnudo, aullaba como siempre y comenzó a arrojarles piedras. tuvo que enterrar a su muerto en mi sepulcro.

El primero que habló, dice:

–                       Una vez Daniel, Tobías y varios más, lo apresaron. Para llevarlo a Jerusalén. Iba amarrado como un bulto. ¡Qué viaje!… Te lo aseguro porque yo también fui. Yo ya no tengo necesidad  de viajar al Infierno, para saber lo que pasa allí. Pero no sirvió para nada… 

Jesús pregunta:

–                       ¿Fue igual que antes?

–                       ¡Peor!…  Después los estuvo esperando escondido entre el cañaveral y el fango del río. Y cuando los dos subieron a su barca para ir a pescar o para ir al otro lado, no sé bien…  Con una fuerza sobrehumana, levantó en lo alto la barquichuela y la volcó. No murieron por puro milagro. Pero todo lo que había en la barca, se perdió.  Y la misma barca quedó con la quilla rota y los remos hechos pedazos.

–                       ¿Pero cuando lo llevasteis a los sacerdotes?…

El hombre contesta:

–                       ¡Pero qué dices!… Se necesitaría… – No se atreve a seguir hablando y el hombre calla.

–                       ¿Qué cosa?… sigue.

Silencio.

–                       Habla. No tengas miedo. No te acusaré.

–                       Bien. decía… No quisiera pecar…  decía… que… ciertamente el sacerdote lo hubiese logrado, si hubiese sido…

Jesús completa:

–                       Si hubiese sido santo. Es lo que quieres decir y no te atreves. Yo te digo: trata de no juzgar. Pero es verdad lo que dices. Desgraciadamente es verdad.

Jesús calla y suspira.

Sigue un breve silencio embarazoso y después…

Alguien se atreve a decir:

–                       Si lo encontramos, ¿Lo curarías? ¿Librarías a estas comarcas?

–                       ¿Esperas que Yo pueda hacerlo? ¿Por qué?

–                       Porque Tú eres Santo.

–                       Santo es Dios.

–                       Y Tú eres su Hijo.

–                       ¿Cómo lo sabes?

–                       ¡Hey! ¡Todos lo dicen! ¡Curaste a dos ciegos en Pela!  Y lo sabemos…

Pedro le pregunta:

–                       ¿Lo harás Maestro?

–                       Lo haré si lo encontramos.

Ya se ven las primeras casas del poblado, cuando de repente se escucha un grito:

–                       ¡Largo! ¡Váyanse de aquí! ¡Regresen… o los mato!

Todos gritan:

–                       ¡Ahí está el poseído!

Todos se han quedado paralizados y algunos tratan de huir.

Jesús dice:

–                       No tengáis miedo. Quedaos y veréis.

Jesús lo ha dicho con tanto aplomo; que los más valerosos obedecen y caminan detrás de Él. Jesús camina con majestad imperturbable. Lo siguen los apóstoles y detrás de ellos, los demás.

El hombre grita:

–                       ¡Largo de aquí!

Es un grito gutural que penetra hasta los huesos y eriza los cabellos y la piel. Parece el gruñido de un animal feroz. Es como un aullido que es imposible que salga de una garganta humana.

–                       ¡Largo de aquí! ¡Retrocede o te mato! ¿Por qué me persigues? ¡No te quiero ver!

El hombre da saltos. Su cuerpo moreno, está desnudo. Su barba y cabellos hirsutos y desordenados, están llenos de tierra y hojarasca. Sus ojos de mirada torva, están inyectados de sangre y se ven rojos y fulgurantes; como si fueran a salir de sus órbitas. De su boca escurre espuma sanguinolenta, porque el hombre se ha golpeado con una piedra puntiaguda. Y dice:

–                       ¿Por qué no te puedo matar? ¿¡Quién ata mis fuerzas!? ¿Tú? ¡Tú!

Jesús lo mira fijamente y continúa avanzando.

El hombre se tira al suelo. Se retuerce, se muerde, espumea. Parece un ataque de epilepsia. Se golpea con la piedra. De repente, se levanta. Señala a Jesús a quién mira con el rostro desencajado y dice:

–                       ¡OID! ¡Oíd! ¡Este que se acerca es…!

Jesús lo interrumpe con imperio:

–                       ¡Cállate, Demonio! ¡Te lo ordeno!

–                       ¡No, no, no! ¡No me callo! ¿Qué hay entre nosotros y Tú? ¿Por qué no nos ayudas? ¿No te bastó con habernos arrojado a los Infiernos? ¿No te basta haber venido para arrancarnos de las manos a los hombres? ¿Por qué nos arrojas allá abajo?…

¡Déjanos vivir dentro de nuestras presas! Nos pertenecen, porque ellos nos han escogido a nosotros. Tú eres Grande y Poderoso… Pasa y conquista si puedes. Pero a nosotros, déjanos hacer lo que queramos. Para destruir y hacer el mayor daño posible. ¡Para eso estamos!

¡Oh, Mal…! ¡No! ¡No puedo decirlo! ¡No quieres que te lo diga! ¡No puedo maldecirte!… ¡Ahgggg!…¡Te Odio! ¡Te persigo! ¡Te espero para atormentarte!

¡Te Odio y Odio a Aquel de Quién procedes! ¡Y Odio al que es vuestro Espíritu! ¡Odio al Amor!… ¡Yo que soy el Odio!… No puedo más… ¡Pero te espero, Mesías! Te espero. ¡Te veré muerto!…!

Oh!…  ¡Qué momentos de alegría suprema!  -suelta una carcajada escalofriante- ¡Noooo!… ¡No de alegría!… ¿Muerto, Tú? ¡No! ¡No muerto!… ¡Yo seré el Vencido! ¡Siempre Vencido! ¡Para siempre Vencido!…

Jesús ordena:

–                       ¡Cállate! ¡Te lo ordeno!

El paroxismo ha llegado a su punto álgido.

Jesús continúa avanzando hacia el poseído. Dominándolo con su impresionante mirada en sus bellísimos ojos azules, que parecen zafiros centelleantes.

Ha quedado solo. Porque los apóstoles y los pobladores se han detenido unos treinta metros atrás. Cuando está a unos dos metros de distancia frente al hombre, se detiene…

Con los gritos, mucha gente del poblado se ha acercado y miran incrédulos la escena que se está desarrollando ante sus ojos. Prontos a huir, si es necesario…

Después de que Jesús intimida al poseído para que ya no hable más, éste no lo hace. Jesús mira fijamente al enfermo. Levanta sus brazos y los extiende hacia el endemoniado y va a hablar…

¡Entonces los gritos se vuelven verdaderamente infernales!… El hombre se retuerce. Salta a la derecha, a la izquierda. Pareciera que quiere huir o arrojarse contra Él, pero no puede. Está enclavado en el piso y fuera de los movimientos desesperados que hace; no pasa nada más.

Cuando Jesús extiende sus brazos como si conjurase; el hombre aúlla más fuerte que nunca. Y después de lanzar injurias, blasfemias y carcajadas espeluznantes; se pone a llorar y a suplicar:

–                       ¡En el Infierno no! ¡No en el Infierno! ¡No me mandes allí!… ¡Mi vida es horrible aún es esta cárcel humana! Yo quiero recorrer el mundo y destruir todo lo que has creado. Pero, ¡Allá, allá, allá!… ¡No, no, no! ¡Déjame afuera!…

–                       ¡Sal de este hombre!  ¡Te lo ordeno!

–                       ¡No!

–                       ¡Sal!

–                       ¡No!

–                       ¡Sal!

–                       ¡No!

–                       ¡Sal en el Nombre del Dios Verdadero!

–                       ¡Oh!… ¿Por qué me vences? Pero no salgo, ¡NO! Tú Eres el Mesías, el Hijo de Dios; pero yo soy…

–                       ¿Quién Eres?

–                       ¡Soy Belcebú!… Soy Belcebú, el Dueño del Mundo. ¡Y no me doblego! ¡TE DESAFÍO, OH MESÍAS!… 

El poseído se ha puesto rígido; como hierático…

Y mira a Jesús con unos ojos rojos y fosforescentes. Apenas mueve los labios, murmurando palabras ininteligibles y se pone las manos en la espalda; con los antebrazos pegados al cuerpo.

Jesús también se ha detenido. Con los brazos cruzados sobre el pecho; Él  también mueve los labios y dice palabras tan queditas, que nadie las puede oír.

Los presentes expectantes, hablan entre sí:

–                       ¡No puede!

–                       Si puede. Vas a ver. ¡Es el Mesías!

–                       No. Vence el Otro.

–                       ¡Es muy fuerte!

–                       No vence.

–                       Si vence.

Jesús abre los brazos. Su rostro resplandece con una impresionante majestad.

Su Voz parece un trueno:

–                       Sal. Te lo digo por última vez. ¡Sal, Satanás!… ¡Yo Soy Quien manda!

–                       ¡Aaaaaaah!  -Es un alarido aterrador. Larguísimo. Horripilante. Indescriptible. Que luego se convierte en palabras- Salgo, sí. ¡Me vences! Pero me vengaré. Tú me arrojas…  Pero recuerda que tienes un Demonio a tu lado. (Judas) ¡Lo es por su propia voluntad! ¡Por sus pecados me pertenece!  En él entraré para poseerlo; para revestirlo de mi poder… Y tus órdenes serán incapaces de arrebatármelo, porque será mío por su voluntad…

En todos los tiempos. En todos los lugares, me hago hijos. Yo, el Autor del Mal. Y como Dios se engendró a sí Mismo, yo también de mí mismo me engendro.

Y en la plenitud de los tiempos, te arrebataré Uno… (El Anticristo) Con el cual te venceré y entonces mi venganza será completa.

Me concibo en el corazón del hombre y este me pare. Pare un nuevo Satanás, que es él mismo. Y me lleno de júbilo… ¡Oh, gozo inmenso por tener tanta descendencia!

Tú y los hombres encontrarán siempre a estos hijos míos, que son otros tantos ‘yo’. ¡Me voy! ¡Oh, Mesías! A tomar posesión de mi nuevo reino, como me lo ordenas y te dejo esta piltrafa humana. Te dejo esto… (Lo dice con infinita aversión)- Una limosna de Satanás para Ti, Dios.  Y me tomo ahora miles y miles. Los encontrarás cuando seas un deshecho asqueroso de carne arrojado a los perros…

Y me tomaré en los siglos futuros, miles y millones que serán mis instrumentos y tu tortura. ¿Crees que vencerás con levantar tu señal? Los míos la abatirán y me apoderaré de lo que será lo más precioso para Tí y que habrás levantado con tu Muerte. (La Iglesia) ¡Y entonces yo te venceré!… ¡Ah!… ¡Aaaaaaaag!… ¡No te venzo!… ¡Pero cuánto tormento te doy y te daré, a Tí y a los tuyos!… 

Se oye un fragor como de un rayo; pero no se ve nada de luz, ni del retumbar del trueno. Solo un chasquido seco, desgarrador.

El hombre cae como si estuviera muerto. Y un árbol que estaba junto a los apóstoles, cae con su tronco desgajado, como si una sierra fulmínea, lo hubiera derribado. El grupo apostólico apenas si alcanza a separarse a tiempo. Los del poblado huyen despavoridos.

Jesús se inclina sobre el hombre y lo toma de la mano.

Llama a los demás:

–                       Venid. No tengáis miedo.

La gente está espantada. Pero regresa.

Jesús dice:

–                       Está curado. Traed unos vestidos.

Un vecino, va a traerlos a la carrera.

El hombre, poco a poco vuelve en sí. Abre los ojos y se encuentra con la mirada de Jesús. Se sienta. Con su mano libre se seca el sudor, la sangre, la baba. Se mira a sí mismo con asombro… ve que está desnudo. Que hay gente. Se avergüenza…

Se encoge y pregunta:

–                       ¿Qué ha pasado? ¿Quién Eres? ¿Por qué estoy aquí? ¿Desnudo?…

Jesús lo tranquiliza:

–                       Calma amigo. Ahora te traen vestidos y regresarás a tu casa.

–                       ¿De dónde he venido? ¿Y Tú, de dónde vienes?

Habla con una voz cansada y débil; como de quien está enfermo.

Jesús contesta:

–                       Yo vengo del mar de Galilea.

Llegan los vestidos que echan sobre el curado y una pobre vieja llorando, lo estrecha contra su corazón.

–                       ¡Hijo mío!

–                       ¡Mamá! ¿Por qué me abandonaste tanto tiempo?

La mujer llora mucho más fuerte. Lo besa, lo acaricia y antes de que pueda contestar.

Jesús le ordena con sus ojos y le inspira unas palabras, más adecuadas al momento:

–                       Has estado muy enfermo, hijo mío. Alaba a Dios que te curó y a su Mesías, que lo hizo en nombre de Dios.

–                       ¿Cómo se llama?

–                       Jesús de Nazareth. Pero su Nombre es Bondad. Bésale las manos, hijo. Y dile que te perdone lo que hiciste y dijiste…

Jesús la interrumpe para impedir palabras imprudentes:

–                       Claro que habló en medio de su fiebre. No era él el que hablaba. Y por eso no tengo nada que reprocharle. Que ahora sea bueno y que no peque más. Que sea continente.

Jesús hace hincapié en esta palabra.

El hombre baja su cabeza, lleno de vergüenza.

Pero lo que Jesús no dice, lo dicen los demás.

Entre ellos, los incansables fariseos:

–                       ¡Lo mereciste! Y mereciste encontrarte con Ese, que es el padre de los demonios.

El hombre grita aterrorizado:

–                       ¿Endemoniado yo?

La anciana grita:

–                       ¡Malditos! ¡No tenéis compasión, ni respeto! ¡Víboras odiosas! ¡También tú, inútil sinagogo!… ¡Soberano de los demonios es el Santo!

–                       ¿Y cómo no quieres que tenga dominio sobre ellos, si es su rey y padre…?

–                       ¡Sacrílegos! ¡Blasfemos! Sois una…

Jesús interviene:

–                       Silencio mujer. ¡Sé feliz con tu hijo! No injuries. De mi parte, no me preocupo de ello. Id todos en paz. A los buenos llegue mi bendición. –y dice a los apóstoles- Vámonos.

El curado le pregunta:

–                       ¿Puedo seguirte?

–                       No. Quédate. Sé un testigo mío. Y sé la alegría de tu madre. Puedes irte.

Entre gritos, aplausos y burlas; Jesús atraviesa la población y luego se encamina a la arboleda, junto al río.

Pedro le pregunta:

–                       Maestro, ¿Por qué el espíritu inmundo te hizo tanta resistencia?

–                       Porque era un espíritu completo.

–                       ¿Qué significa eso?

–                       Escuchadme: Hay quién se entrega a Satanás abriendo la puerta a un vicio capital. Pero hay quién con dos; quién con tres; quien con siete. Cuando alguien abre su corazón a los siete vicios capitales; entonces entra en él, un espíritu completo. Entra Satanás, el Príncipe Negro.

Bartolomé pregunta:

–                       Pero ese hombre es joven todavía. ¿Cómo pudo ser presa de Satanás?

–                       ¡Oh, amigos! ¿Sabéis porqué caminos llega Satanás? son tres en general sus caminos más trillados y uno nunca falla. Tres: los sentidos, el dinero y la soberbia de la inteligencia.

El de los sentidos nunca falla. Es el mensajero de las otras concupiscencias. Pasa sembrando su veneno y todo lo hace ver de color rosa. Por eso os digo: sed dueños de vuestro cuerpo. Que este dominio sea el principio de cualquier otra cosa.

Así como esta esclavitud es el principio de todas las demás: el esclavo de la lujuria se convierte en ladrón, estafador, cruel, homicida; con tal de servir a su deseo. La misma sed de dominio tiene parentesco con la carne. ¿No os parece? Meditadlo y veréis que así es.

Por la carne, Satanás entró en el hombre y es feliz al prolificar, legiones de demonios menores.

Judas dice:

–                       Tú dijiste que María Magdalena tuvo siete demonios y no cabe duda que eran demonios de lujuria. Y con todo, la liberaste muy fácilmente.

–                       Sí, Judas. Tienes razón. Pero ella quería liberarse del que la dominaba. QUERIA. La voluntad lo es todo.

Mateo pregunta:

–                       Maestro, ¿Por qué vemos que muchas mujeres son presa de Satanás  y de este demonio en particular?

–                       Mira Mateo. La mujer no es igual al hombre en su formación y en sus reacciones con respecto a la culpa del principio. El hombre tiene otras metas en lo que desea. Sea bueno completamente o no tanto…  La mujer tiene una sola: el amor.

El hombre está formado de otro modo. La mujer es sensible y más, porque ha sido destinada a engendrar. Sabes bien que toda perfección produce un aumento de sensibilidad.

Un oído perfecto, oye lo que se le escapa a otro menos perfecto y goza menos. Dígase lo mismo de la vista, del gusto, del olfato.

La mujer debía ser la dulzura de Dios en la tierra. Debía ser el Amor. La encarnación de este Fuego que mueve a Aquel que Es. La manifestación, la testigo de este amor. Dios la dotó de un espíritu extraordinariamente sensible, para que cuando llegase a ser madre, supiese y pudiese abrir a sus hijos los ojos del corazón, para que viese con amor a Dios y a sus semejantes; para que éstos pudiesen entender y obrar.

Piensa en la orden que Dios se dio a Sí Mismo: “Hagamos a Adán, una compañera…” Dios que es Bondad, quiso hacer una buena compañera a Adán. Quién es bueno, ama.

La compañera de Adán debía ser capaz de amar, para hacer feliz a Adán, en su estadía en el Paraíso. Debía ser tan capaz de amar de tal modo; que debía ser la segunda después de Dios, así como su colaboradora y ayudante en amar al hombre, criatura de Dios. De tal modo que en las horas en que la Divinidad no se manifestase a su criatura; el hombre, al oír la voz de Eva, no se sintiese infeliz por la falta de amor. Satanás conocía esta perfección.

Muchas cosas sabe Satanás. Él es el que habla por los labios de los adivinos; que dice mentiras mezcladas con verdad. Y si dice estas verdades que odia, porque es la Mentira. Lo hace solo para seducirlos con la quimera de que no es la Oscuridad, la que habla. Sino la luz.

Satanás: astuto, tortuoso, cruel. Se ha arrastrado y ha entrado en esta perfección. Y allí ha dado su mordida y dejado su veneno.

La perfección de la mujer en el amar, se ha convertido en instrumento de Satanás para dominar a la mujer y al hombre. Y de esta forma propagar el Mal.

Juan dice:

–                       ¿Y entonces nuestras madres?

–                       Juan, ¿Tienes miedo de ellas? No todas las mujeres son instrumentos de Satanás. Perfectas por su sentimiento, son siempre excesivas en el obrar: ángeles si quieren ser de Dios; demonios si quieren ser de Satanás. las mujeres santas y entre ellas tu madre, quieren ser de Dios y son ángeles.

Andrés pregunta:

–                       Maestro, ¿No te parece injusto el castigo que recibió la mujer? El hombre también pecó.

–                       ¿Qué vamos a decir del premio? Está escrito que por la mujer volverá el Bien al Mundo y Satanás será vencido. Como primera condición no juzguéis jamás las obras de Dios. Pensad que como el Mal entró por la mujer; es justo que por la mujer entre el Bien en el Mundo.

Hay que borrar la página que escribió Satanás y lo haré por el llanto de una mujer.

Y como Satanás aullará por toda la eternidad. Ved que la voz de una mujer, cantará para siempre su Magnificat, a fin de acallar sus aullidos.

Pedro pregunta:

–                       ¿Cuándo?

–                       En verdad os digo que su voz ya bajó del Cielo, donde por la Eternidad cantaba su Aleluya.

–                       ¿Será más grande que Judith?

–                       Más noble que cualquier mujer.

–                       ¿Qué hará?

–                       Vencerá a Eva en su Triple Pecado: Obediencia absoluta. Pureza absoluta. Humildad absoluta. Con esto se erguirá Reina y Triunfante.

–                       Pero, ¿No es tu Madre la más grande, porque te engendró?

–                       Grande es el que hace la Voluntad de Dios. Por esta razón María es grande. Todos sus otros méritos, le vienen de Dios. Por eso es suyo y por eso es Bendita.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

 

106.- LA ROSA DE JERICÓ


La llanura oriental del Jordán, debido a las continuas lluvias, parece una laguna. Sacar las piernas de este pantano no es fácil. Los apóstoles están de un humor turbio. En todo lo que dicen muestran su descontento. Son reproches que hieren.

Juan dice:

–                     Sois profetas de cosas sucedidas. ¿Quién podía prever esta lluvia?

Bartolomé contesta:

–                     Se podía prever. Estamos en la estación.

Zelote les reprocha:

–                     Los otros años, ¿No pasó lo mismo antes de Pascua? Y quienes os lamentáis, ¿Habéis olvidado la sed que tuvimos en la llanura filistea?

Judas de Keriot exclama lleno de ironía:

–                     ¡Ea! Es natural. ¡Hablan los dos sabios y quieren convencernos!

Tadeo le objeta de mal talante:

–                     ¡Tú cállate por favor! No sabes más que criticar, pero cuando llega la hora; cuando hay que decir algo a un Fariseo o sus semejantes, te quedas tan callado, como si tuvieras la lengua amarrada.

El siempre paciente Andrés, hoy está con los nervios de punta e interviene:

–                     Tiene razón. ¿Por qué no arrojaste ni una palabra en el último poblado a las tres serpientes? ¡Pero ni chistaste! Ahora te pones a criticar y te pones a hacerte el irónico con los mejores de nosotros y a criticar lo que hace el Maestro.

Pedro dice:

–                     ¡Tú cállate! Judas está equivocado. Él, que tiene muchos amigos… Demasiados samaritanos…

Judas respinga:

–                     ¿Yo? ¿Quiénes son? ¡Nómbralos si puedes!…

–                     ¡Claro que sí, querido! ¡Todos los Fariseos, los Saduceos, los poderosos de quienes te glorías de ser amigo y de que te conozcan si te ven! A mí jamás me saludan, ¡A ti sí!…

–                     Tienes envidia. Yo soy uno del Templo y tú no.

–                     Por gracia de Dios soy un pescador y de ello me jacto.

–                     Un pescador tan burro que ni siquiera supo prever este tiempo.

–                     ¡No! Yo dije: ‘Luna de Nissán con lluvia, trae agua que cae a chorros’

–                     ¡Ah! ¡Aquí es donde te quería! ¿Qué dices Tadeo? Y ¿Tú Andrés? Hasta Pedro nuestro Jefe, critica al Maestro.

–                     Yo no critico a nadie, cité un proverbio.

–                     Que para quién lo entiende, no deja de ser una crítica y un reproche.

Tomás aconseja:

–                     Está bien. Pero todo esto no sirve para que se seque el suelo. Ya estamos aquí y conformémonos. Guardemos las fuerzas para poder sacar los pies de este pantano.

Jesús calla. Va adelante entre el fango, buscando hierbas que sobresalgan. Pero basta con pisarlas para que arrojen agua hasta las rodillas. El calla y los deja que hablen y desahoguen su malhumor.

Casi llegan al torrente y Jesús ve a un hombre montado sobre una mula, pasar sobre un dique inundado.

Y le pregunta:

–                     ¿Dónde está el puente?

–                     Más arriba. Voy a pasar también yo. El otro. El romano que está en el valle, también quedó bajo el agua.

Otro coro de inconformidades…

Pero se apresuran a seguir al hombre que está hablando con Jesús.

El hombre dice:

–                     Te conviene que te internes en el monte. El río crece a cada momento…. ¡Date prisa! No te detengas. ¡Qué tiempo tan malo! Primero la nieve y luego el agua. Parece castigo de Dios.

Pero es justo. Cuando no se lapida a los blasfemos de la Ley, Dios castiga. Y nosotros los tenemos. Eres galileo, ¿No? Entonces debes de conocer a ese de Nazareth a quién los buenos están abandonando como causa de todas las desgracias. Hay que oír lo que cuentan de Él, los que lo han conocido.

Los fariseos tienen razón en perseguirlo. Debe infundir miedo como Belcebú. Yo tenía ganas de oírlo, porque supe de algunas cosas buenas que hizo… Pero se trataba de los de su banda. Gente sin escrúpulos como Él. Los buenos lo abandonan. Y hacen bien. Por mi parte, ya no quiero oírlo. Y si por casualidad lo encuentro, lo tomaré a pedradas, como debe hacerse con un Blasfemo…

Jesus habla con mansedumbre:

–                     Entonces hazlo. Yo soy Jesús de Nazareth. No huyo, ni te maldigo. He venido para redimir al mundo con mi sangre. Aquí me tienes. Cumple con tu deber y muestra que eres justo.

Jesús dice esto abriendo un poco sus brazos hacia la tierra. Sus palabras resonaron claras, lentas. Si hubiera maldecido al hombre, no le habría causado mayor impresión. Bruscamente tira de las riendas. Y por poco cae del dique al río revuelto.

Jesús ase el freno a tiempo y detiene al animal de tal modo, que salva a ambos.

El hombre no sabe más que repetir:

–                     ¡Tú!… ¡Tú!…

Y al ver el gesto que lo ha salvado grita:

–                     ¡Pero si yo he jurado que te lapidaría!… ¿No comprendes?

–                     Y Yo te digo que te perdono y que también por ti sufriré para redimirte. Este es el oficio del Salvador.

El hombre lo mira una vez más… espolea al mulo y huye…

Jesús baja su cabeza.

Los apóstoles sienten la necesidad de olvidar el fango, la lluvia y todas las demás miserias, para contentarlo.

Lo rodean y le dicen:

–                     ¡No te aflijas! No tenemos la necesidad de bandidos. Y ese lo es. Porque solo un malvado puede creer que sean verdaderas las calumnias que te achacan y tenerte miedo.

Y añaden:

–                     ¡Pero qué imprudencia, Maestro! ¿Y si te hubiera hecho algún daño? ¿Por qué dijiste que eres Jesús de Nazareth?

–                     Porque es verdad. Vamos hacia los montes, como aconsejó. Perderemos un día. Pero saldremos de este pantano.

–                     ¡También Tú! –replican.

–                     ¡Oh! ¡No es por Mí! Es el pantano de las almas muertas, el que me causa fatiga.  –dos lágrimas cubren sus bellos ojos.

–                     ¡No llores, Maestro! Nosotros refunfuñamos pero te queremos mucho. Si pudiéramos encontrar a los que te denigran, nos la pagarían.

–                     Tendréis que perdonar como Yo. Pero dejadme llorar. También soy Hombre. ¡Me causa aflicción el verme traicionado, renegado, abandonado!

–                     ¡Míranos! ¡Míranos! Somos pocos, pero buenos. Ninguno de nosotros te traicionará, ni te abandonará, ¡Créelo, Maestro!

Judas de Keriot exclama:

–                     ¡Ni siquiera menciones esas cosas! ¡Ofendes nuestros sentimientos pensando que podemos traicionarte!

Jesús está muy afligido. No responde. Pero despacio, caen abundantes lágrimas, por sus pálidas mejillas.

Los montes están cerca.

Pedro pregunta:

–                     ¿Subimos allá o damos vueltas por las faldas?

Jesús contesta:

–                     Comienza a atardecer. Tratemos de llegar a algún poblado.

Tadeo, que tiene muy buena vista, escudriña las pendientes.

Se acerca a Jesús y dice:

–                     Hay cuevas en el monte. ¿Las ves? Podemos refugiarnos en ellas, mejor que quedarnos dentro del lodo.

Andrés añade:

–                     Podemos prender fuego.

Judas pregunta irónico:

–                     ¿Con leña mojada?

Nadie le replica.

La oscuridad baja rápida. Deciden meterse en una cueva grande para escapar de otro violento chubasco.

Parece un lugar que sirve de refugio a los pastores. Encuentran paja; petates y una especie de horno. También ramas de Enebro.

Tomás las junta y prende una hoguera.

Humo y olor a resina suben, pero el calor que despiden agrada a todos.

Lo rodean y comen pan y queso.

Mateo, que sigue ronco y resfriado dice:

–                     Pudimos haber llegado a alguna población.

Pedro dice:

–                     Óyeme. ¿Para qué nos suceda lo mismo que hace tres días? De aquí nadie nos echa. ¡Hay bastante leña! Esto parece un redil. –revisa el lugar y agrega- Nos turnaremos para dormir y mantener vivo el fuego, ¡Cómo nos ha ayudado Dios!

Judas refunfuña entre dientes:

–          ¡Valiente séquito de bobos mojados estamos hechos! Estamos  progresando…

Y ahora vamos a vivir en cuevas…

Pedro se vuelve un poco disgustado:

–                     Respecto a la gruta de Belén, donde nació el Señor; esto es un palacio. Y si Él nació allá, nosotros podemos pasar una noche aquí.

Juan dice:

–                     Es mejor que la de Arbela. Allá no había otra cosa más que nuestro corazón. – Y se sumerge en sus recuerdos…

Zelote agrega secamente:

–                     Y es mejor que en la que estuvo el Señor, antes de su predicación. –Mirando a Iscariote como diciéndole que se calle la boca.

Jesús habla:

–                     Y sin duda es más acogedora y más cómoda que aquella en la que hice penitencia por ti, Judas de Simón; en el pasado Tebet.

Judas dice un poco altanero:

–                     ¿Penitencia por mí? ¿Por qué? ¡No había necesidad!

–                     En verdad te digo que Yo y tú deberíamos pasar la vida haciendo penitencia, para que te veas libre de lo que pesa sobre ti. ¡Y aun así no bastaría!…

Las palabras de Jesús. Calmadas, tranquilas, caen como un rayo en un día sereno. Judas baja la cabeza y se va a un rincón. No se atreve a reaccionar.

Jesús ordena:

–                     Yo velaré y me preocuparé del fuego. Vosotros dormid.

Pasan los minutos y el chasquido de la leña se une a la respiración pesada de los Doce, que están muy cansados. Que se han acostado fatigados, sobre las bancas y la paja. Jesús los cuida como una madre cuida a sus hijos. Y llora al ver esas caras.

Unas herméticas. Otras, serenas. Otras reflejan el malhumor. Mira a Iscariote que parece refunfuñar con sus puños cerrados. Mira a Juan que duerme con una mano bajo su mejilla, como si fuera un niño pequeño. Mira la cara fiel de Pedro. La adusta de Bartolomé. La cacariza de Zelote. La aristocrática de su primo, Judas Tadeo.

Se detiene por un tiempo, mirando la de Santiago de Alfeo, que se parece tanto a la de José de Nazareth, su padre putativo.

Se sonríe al oír los monólogos de Tomás y de Andrés, que parecen hablar con el Maestro. Cubre bien a Mateo, que respira fatigosamente. Le pone más paja que extiende sobre sus pies, después de haberla calentado al fuego.

Sonríe al oír que Santiago de Zebedeo, dice: ‘¡Creed en el Maestro y tendréis la Vida!…’ y que continúa lanzando su sermón en sueños…

Se inclina a levantar la bolsa de Felipe, que guarda recuerdos amados y se la pone cerca de la cabeza… en los intervalos medita y ora…

El primero en despertar es Zelote. Ve a Jesús que todavía está cerca del fuego. Y al ver que el montón de leña, casi se ha acabado…

Comprende que el tiempo ha pasado. Baja de su banca y de puntillas se acerca a Jesús.

Y dice despacio:

–                     Maestro, ¿No vas a dormir? Ahora yo velo.

–                     Es ya el alba, Simón. Hace poco que salí y vi que el cielo clarea.

–                     ¡Oh! ¿Por qué no nos llamaste? ¡Debes estar muy cansado!

–                     ¡Oh, Simón! Tenía muchas cosas en qué pensar… Y porqué orar. –y apoya su cabeza sobre el pecho de su discípulo.

Zelote se la acaricia y pregunta:

–                     ¿En qué pensabas, Maestro? No tienes necesidad de ello. Sabes todo.

–                     Pensaba en lo que debo de hacer. Me encuentro desarmado ante el mundo astuto. Porque no tengo su malicia, ni la astucia de Satanás. El mundo me gana… Me siento cansado.

–                     Y lleno de aflicciones. Nosotros también somos culpables. Perdóname a mí y a mis compañeros, Maestro. No somos dignos de que sufras por nosotros. Lo digo en nombre de todos…

–                     Os amo mucho… Sufro mucho… ¿Por qué tan frecuentemente no me comprendéis?

La plática de ambos despierta a Juan, que es el que está más cerca. Abre sus ojos, mira asombrado a su alrededor, recuerda bien lo que pasó, se levanta y se acerca.

Oye las palabras de Jesús:

–                     Todo el odio y la incomprensión serían nada, si tuviera vuestro amor. Si me comprendieseis… ¡Pero es todo lo contrario! No lo hacéis… Esto es mi primer tormento. ¡Y cuán pesado es! Pero no tenéis la culpa. Sois hombres…

Os dolerá el no haberme comprendido, cuando ya no podréis repararlo. Por esta razón y porque expiaréis la superficialidad de ahora; la mezquindad de estos momentos. Os perdono de antemano y digo: “¡Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan!”

Juan da la vuelta y cae de rodillas. Se abraza a las piernas de Jesús y casi llorando dice:

–                     ¡Oh, Maestro mío!

Zelote que continúa teniendo la cabeza de Jesús sobre su pecho, se inclina a besar sus cabellos y le dice:

–                     ¡Te amamos mucho! Tomaremos de Ti la fuerza suficiente para defenderte. Para defendernos. Para triunfar…  Nos duele muchísimo el verte como cualquiera de nosotros; sujeto a la intemperie, a la miseria, a la desgracia, a las necesidades de la vida… Somos unos necios. Pero las cosas son así.

Para nosotros eres el Rey, el Vencedor, Dios. No logramos comprender la sublimidad de tu Abnegación, por amor a nosotros. Porque eres el único que sabe amarnos y nosotros…

Juan añade:

–                     Así es, Maestro. Simón dice bien. No sabemos amar como Dios ama. Como lo haces Tú… Y lo que es bondad infinita, amor infinito, lo tomamos como debilidad y nos aprovechamos de ella. Aumenta nuestro amor. Aumenta tu Amor, Tú que eres su fuente… Haz que se derrame en nosotros como un río. Satúranos de él. No es necesaria la sabiduría, ni el valor, ni la austeridad, para ser perfectos cómo quieres. Basta con que amemos, Señor. Confieso en nombre de mis compañeros que no sabemos amar.

–                     Vosotros dos que me comprendéis os acusáis. Sois humildes. La humildad es amor. Los demás no tienen más que un obstaculillo para que sean como vosotros. Y Yo lo abatiré. Porque en verdad soy Rey, Vencedor y Dios. ¡Para siempre!

Ahora soy el Hombre. Mi frente se inclina bajo el suplicio de mi corona. Siempre ha sido una corona torturadora haber sido el Hombre. Gracias amigos míos. Me habéis consolado. El hombre tiene una ventaja y es el tener una Madre que lo ama y amigos sinceros. Vamos a despertar a sus compañeros. Ya no llueve. Los mantos están secos. Han descansado. Comeréis y partiremos.

Poco a poco su voz sube de tono, hasta que el ‘partiremos’ se convierte en una orden.

Todos se levantan y se duelen de haber dormido, mientras Jesús velaba.

Después de comer apagan el fuego; toman sus mantos y salen a la vereda húmeda. Las luces del alba y la luz de la luna, iluminan tenuemente el camino. La luz no es gran cosa, porque el sol no ha salido todavía; pero es suficiente para ver.

Andrés y los dos hijos de Alfeo van adelante. De pronto, se detiene. Miran. Y retroceden corriendo.

Llegan junto a Jesús y dicen:

–                     ¡Hay una mujer atravesada en el camino! ¡Parece que está muerta! ¡Está tirada sobre el camino!

Los apóstoles comentan:

–                     ¡Qué fastidio!

–                     ¡Empezamos mal!

–                     ¿Cómo vamos a hacer?

–                     ¡Ahora habrá que purificarse!

Son los primeros refunfuños del día.

Tomás dice a Iscariote:

–                     Vamos nosotros a ver si está muerta o no.

Judas rezonga:

–                     ¡Ni por chiste, voy contigo!

Zelote contesta:

–                     Yo voy contigo.

Se acercan. Se inclinan y Tomás vuelve gritando.

Santiago de Zebedeo dice.

–                     Tal vez la asesinaron.

Felipe agrega:

–                     O bien murió de frío.

Tomás llega y con su fuerte voz anuncia:

–                     ¡Tiene las vestiduras de los leprosos!…

Y por la cara que pone, parece como si hubiera visto el diablo.

Judas pregunta:

–                     ¿Pero está muerta?

–                     ¿Quién lo sabe? ¡Me regresé al punto!

Zelote después de mirarla atentamente, regresa donde está Jesús y dice:

–                     Maestro, una hermana leprosa. No sé si está muerta. No podría afirmarlo. Me parece que todavía late su corazón.

Varios gritan haciéndose a un lado:

–                     ¡¡¿¿La tocaste??!!!

–                     Sí. Desde que estoy con Jesús, no tengo ningún  miedo a la lepra. Y siento compasión porque sé lo que significa ser leproso. Tal vez alguien le pegó en la cabeza, porque está sangrando. Tal vez bajó en busca de comida. Es algo horrible, tenedlo en cuenta; morir de hambre y tener que desafiar a los hombres, para conseguir un mendrugo de pan.

–                     ¿Está flaca?

–                     No. Y hasta me admiro de que pueda vivir entre leprosos. No tiene ninguna escama, ni gangrena, ni llaga alguna. Tal vez no hace mucho que está enferma. Ven, Maestro; te lo ruego. ¡Ten piedad de la hermana leprosa, como la tuviste por mí!

Jesús dice a Judas:

–                     Vamos. Dame pan, queso y el poco vino que queda.

Judas grita aterrorizado:

–                     ¡No vas a hacer que beba donde bebimos nosotros!

Jesús responde:

–                     No tengas miedo. Beberá en mi mano. Ven Simón…

Se acercan. La curiosidad empuja a todos. Sin preocuparse por nada, suben por la cuesta para poder ver mejor.

Ven que Jesús se inclina. Que la toma por las axilas y que la hace que se recline contra una piedra. La cabeza le cuelga como si estuviera muerta.

Jesús dice:

–                     Simón, levántale la cabeza, para poder echarle alguna gota de vino.

Zelote obedece sin miedo alguno.

Jesús le echa sobre los pálidos labios semiabiertos, unas gotas de vino.

Y dice

–                     ¡Está congelada! ¡Pobrecita! ¡Está completamente mojada!

Andrés aconseja compadecido:

Si no es leprosa, la podríamos llevar a donde estuvimos.

Judas exclama:

–                     ¡Faltaría eso!

Tomás objeta:

–                     ¿Pero si no es leprosa? ¡No tiene ninguna señal!

Judas declara:

–                     ¡Tiene los vestidos y con eso basta!

El vino hace sus efectos. La mujer da un suspiro.

Jesús le echa más vino al ver que lo traga. La mujer abre los ojos espantada, al ver a los hombres.

Trata de huir gritando:

–                     ¡Estoy infectada! ¡Estoy infectada!

Pero las fuerzas no le ayudan. Se cubre la cara con las manos gimiendo:

–                     ¡No me lapidéis! ¡Bajé porque tenía hambre!… ¡Hace tres días que nadie me arrojaba ni un mendrugo!…

Jesús echa vino en la concavidad de su mano y dice:

–                     Aquí hay pan y queso. Come. No tengas miedo. Bebe un poco de vino de mi mano.

–                     ¿No tienes miedo?

Jesús responde con ternura:

–                     No. – Y sonríe al ponerse de pie, pero sin separarse de la mujer, que come ávidamente.

Después que ha calmado un poco su hambre, mira a su alrededor y dice:

–                     Uno… dos… tres… trece… Pero, ¿Qué?… ¡Oh!… ¿Quién es el Nazareno? ¡Tú!… ¿Verdad?… ¡Sólo Tú puedes compadecerte de una leprosa!   – la mujer fatigosamente se pone de rodillas.

–                     Soy Yo. ¿Qué quieres?… ¿Curarte?

–                     También. Pero antes debo decirte una cosa… Había oído hablar de Ti. Algunos que hace tiempo pasaron por aquí, me hablaron el otoño pasado. Pero para un leproso, cada día es un año. Quería verte. Dicen que estoy leprosa, pero no tengo más que una llaga en el pecho y me la contagió mi marido cuando se casó conmigo.

Yo era virgen y estaba sana y él no. Pero es uno de los grandes y puede todo. Hasta se atrevió a decir que cuando me tomó por esposa, yo estaba enferma y me repudió para poder unirse a otra mujer que ambicionaba. Me denunció como leprosa. Ayer por la tarde, pasó un hombre gritando que venías y que te echasen fuera. Yo había bajado a hurgar en los basureros, para encontrar algo que comer…

Yo que en otros tiempos, fui una ‘señora’; hubiera disputado a cualquier pollo la comida pestilente… -llora amargamente- Tenía ansias de encontrarte, para decirte que huyeras; que tuvieras compasión de mí… Yo tenía hambre, frío, miedo. Caí donde me encontraste, Señor. No estoy leprosa. Pero esta llaga que tengo, me impide regresar entre los vivos.

No quiero volver a ser la Rosa de Jericó, como cuando vivía mi padre. Pero quisiera al menos vivir entre los hombres y seguirte. Con quienes hablé en octubre, me dijeron que tenías discípulas y que te acompañan. Pero sálvate Tú primero. ¡No mueras! ¡Tú eres bueno!

–                     No moriré hasta cuando llegue mi hora. Ve a aquella roca. Hay una gruta segura. Descansa y luego ve a ver al sacerdote.

La mujer se estremece:

–                     ¿Por qué Señor? –la mujer tiembla de ansias.

Jesús sonríe y dice:

–                     Vuelve la Rosa de Jericó que florece en el desierto. Que sigue viviendo aun cuando parezca marchita. Tu fe te ha salvado.

La mujer se abre un poco el vestido para verse su pecho…

Y luego grita:

–                     ¡Ya no tengo nada! ¡Oh, Señor! ¡Dios mío!…  –y  se postra en el suelo.

Jesús ordena:

–                     Dadle pan y alimentos. Mateo, dale un par de tus sandalias. Yo le daré un manto para que pueda presentarse ante el sacerdote. Judas, dale algo de dinero para los gastos de su purificación. La esperaremos en Getsemaní, para que vaya con Elisa. Me había pedido una hija.

La mujer dice:

–                     No, Señor. No tengo necesidad de descansar. Me voy al punto.

–                     Baja al río entonces. Lávate y ponte este manto…

Zelote dice:

–                     Señor. Yo doy el mío a la hermana leprosa. Permíteme que lo haga y la llevaré con Elisa. Una segunda vez me veo curado, al verme reflejado en ella, que es feliz.

–                     Haz como quieras. Dale lo que necesite. Mujer, escucha bien: Irás a purificarte y luego irás a Bethania y preguntarás por Lázaro. Le dirás que te de hospedaje hasta que Yo llegue. Vete en paz.

Ella pregunta:

–                     ¿Señor, cuando podré besarte los pies?

–                     Muy pronto. Vete…  Pero recuerda que solo el pecado me causa asco. Y perdona a tu esposo; porque por su medio me encontraste.

–                     Es verdad. Lo perdono. Me voy… ¡Señor! ¡No te detengas aquí, porque te odian! Piensa que he caminado cansadísima, para venir a decírtelo. Y que si no te hubiera encontrado; otros me habrían encontrado y me habrían matado a pedradas, como a una sierpe.

–                     Lo tendré presente. Vete, mujer. Quema tu vestido. Acompáñala Simón. Nosotros vamos adelante. Nos alcanzaréis en el puente.

Se separan.

Judas dice fastidiado:

–                     Y ahora hay que purificarse. Todos estamos impuros.

Jesús afirma:

–                     No era lepra, Judas de Simón. Yo te lo aseguro.

–                     No importa. ¡Yo me purificaré! No quiero ninguna impureza en mí.

Pedro exclama:

–                     ¡Qué cándido lirio! Si el Señor no siente que tenga alguna impureza, ¿La sientes tú?

Tadeo dice:

–                     ¿Y por una que Él afirma que no es leprosa?

Andrés pregunta:

–                     ¿Qué tenía, Maestro? ¿Viste la llaga?

Jesús contesta:

–                     Sí. Era un fruto de la lujuria del hombre. Pero no era lepra. Si su marido hubiera sido un hombre recto, no la hubiera arrojado. Porque el enfermo era él…

Pero de todo se aprovechan los lujuriosos, con tal de saciar su hambre. –y volviéndose hacia su apóstol, dice con severidad- Tú, Judas. Si quieres vete también.

Nos encontraremos en Getsemaní. ¡Purifícate! ¡Purifícate! Y recuerda que la primera de las purificaciones, es la sinceridad. Eres un hipócrita. ¡Recuérdalo! ¡Y vete!

Judas reacciona muy rápido y dice:

–                     ¡No! ¡Me quedo! Si tú lo dices lo creo. Pues no estoy impuro y me quedo contigo. Lo que tratas de decirme es que soy un lujurioso y que aprovechaba la ocasión para… Me quedo y te demuestro que eres el único ser a quién amo.

Jesús lo mira fijamente,  con una mirada indefinible…

Pero ya no dice nada.

Y luego rápidos bajan.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

105- VIAJERO INCÓGNITO


En un cruce de caminos, cerca de un pequeño poblado, hay un montón de pordioseros que pide limosna a los peregrinos, con un coro de lamentos.

Jesús los ve y dice a Simón Zelote y a Felipe:

–                     Dadles dinero y pan. Judas tiene el dinero. Juan, el pan.

Ligeros van a cumplir lo que se les ordenó.

Los mendigos se sorprenden por los buenos modales de los que les dan un óbolo y les preguntan:

–                     ¿Quiénes sois que os compadecéis así de nosotros?

–                     Discípulos de Jesús de Nazareth, el Rabí de Israel. El que ama a los pobres y a los infelices, porque es el Salvador y pasa anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros.

Un hombre de párpados horrorosos grita:

–                     El milagro es éste. – Y se avoraza del pedazo de pan limpio.

Una mujer que pasa con su cántaro de bronce, les dice:

–                     Ese no es de acá. Es peleador y violento con todos. Roba a los pobres del poblado. Se dice que es un ladrón que por años robó y mató, bajando de los montes de Petra. Que es un soldado que desertó y ahora tuerto, vino a parar aquí. ¿Es aquel el Salvador? –pregunta señalando a Jesús.

Felipe contesta:

–                     Es Él. ¿Quieres hablarle?

–                     ¡Oh, no!  -responde con indiferencia.

Los apóstoles la saludan y se van a alcanzar al Maestro. Pero de pronto entre los ciegos surge un tumulto y se oye un llanto.

Todos voltean y la mujer da la explicación de lo sucedido:

–                     Ha de ser ese hombre malo que quita el dinero a los más débiles. Siempre hace lo mismo.

De hecho, un muchacho sale del grupo sangrando, llorando, lamentándose.

–                     ¡Me quitó todo! ¡Mi madre no tiene pan!

Unos sienten compasión. Otros ríen.

Jesús pregunta a la mujer:

–                     ¿Quién es?

–                     Un jovencillo de Pela. Es muy pobre. Anda mendigando. Todos en su casa están ciegos por contagio mutuo. Su padre ya murió. Su madre está en su casa. El pide limosna para sobrevivir.

El muchacho avanza con su bastoncillo, enjugándose las lágrimas y la sangre de la frente, con la punta de su raído manto.

La mujer lo llama.

–                     Espera Yaia. Te voy a lavar la frente y te daré un pan.

–                     Tenía dinero y pan para varios días. Mi madre me está esperando para comer. ¡Ya no tengo nada! –dice mientras se lava con el agua que le dieron.

Jesús se acerca y le dice:

–                     No llores. Te daré lo que tengo.

Judas interviene intranquilo:

–                     Pero Señor, ¿Por qué? ¿Dónde nos alojaremos? ¿Qué vamos a hacer?

Jesús responde:

–                     Alabaremos a Dios que nos conserva sanos. Lo que es ya un gran favor.

El muchacho dice:

–                     ¡Oh, que si lo es! Si yo pudiera ver, trabajaría para mi madre.

Jesús pregunta:

–                     ¿Quieres curarte?

–                     Sí.

–                     ¿Por qué no vas a ver a los médicos?

–                     Ninguno ha podido curarnos. Nos han dicho que hay uno en Galilea, que no es médico, pero cura. ¿Pero cómo podríamos ir allá?

–                     Ve a Jerusalén. Hay un olivar en las faldas del Monte de los Olivos, cerca del camino de Bethania. Pregunta por Marcos y Jonás. Todos los del suburbio de Ofel, lo señalarán. Puedes unirte a alguna caravana. Pregunta a Jonás  por Jesús de Nazareth.

–                     ¡Cierto! ¡Ese es el Nombre! ¿Me curará?

–                     Si tienes fe, sí.

–                     Fe, tengo. ¿A dónde vas Tú que eres así tan bueno?

–                     A Jerusalén para la Pascua.

–                     ¡Oh! ¡Llévame contigo! No te daré ninguna molestia. Dormiré al descubierto y me contentaré con un pedazo de pan. Vamos a Pela. ¿Vas para allá, verdad? Se lo decimos a mi madre y luego nos vamos. ¡Oh! ¡Poder vernos!… ¡Eres bueno, Señor!

–                     Ven. Te llevaré a la luz.

–                     ¡Bendito seas!

Vuelven a ponerse en marcha.

Jesús sostiene por un brazo al muchacho, para guiarlo con cuidado.

Éste le pregunta:

–                     ¿Quién eres? ¿Un discípulo del Salvador?

–                     No.

–                     ¿Lo conoces?

–                     Sí.

–                     ¿Crees que me curará?

–                     Lo creo.

–                     Bueno… Ha de querer dinero… y yo no tengo. ¡Los médicos piden tanto! Por tratar de curarnos hemos caído en las garras del hambre.

–                     Jesús de Nazareth solo quiere Fe y amor.

–                     Es muy bueno entonces. Pero también Tú lo eres.  –toca la manga de su vestido y exclama- ¡Qué hermoso vestido tienes! ¡Eres un Señor! ¡No te avergüenzas de mí que visto harapos!

–                     Sólo me avergüenzo de las culpas, las cuales deshonran al hombre.

–                     Yo cometo algunas veces la de sentirme disgustado de mi situación. Y la de desear vestidos calientes, pan y sobre todo, la vista.

Jesús lo acaricia.

–                     Esas no son culpas que deshonren. Sin embargo trata de no tener ni siquiera estas imperfecciones y serás un santo.

–                     Pero si me curo, no las cometeré más. O si no me curo, deberé prepararme, para aceptar mi suerte. Instrúyeme para ser otro Job.

–                     Te curarás. Pero deberás contentarte con tu situación, aun cuando no fuere de las más agradables.

Han llegado a Pela.

Algunas mujeres que trabajan en los surcos, en las hortalizas o que están lavando, saludan a Yaía, diciéndole:

–                     ¡Regresas pronto hoy!

–                     ¿Te fue bien?

–                     ¿Has encontrado un protector, pobre hijo?

–                     Yaía, si tienes hambre tengo una escudilla para ti. Si no la quieres, será para tu madre. ¿Vas a tu casa? Llévatela.

El cieguito contesta:

–                     Voy a decir a mi madre que me voy con este buen Señor a Jerusalén, para que me curen. Conoce a Jesús de Nazareth y me lleva a donde está Él.

A las puertas de la ciudad, el camino está lleno de gente, mercaderes y peregrinos. Una mujer de buena presencia que cabalga sobre un burro, acompañada de dos criados, se vuelve al oír hablar de Jesús.

Tira de las riendas, detiene al borrico, baja y se dirige a Jesús.

–                     ¿Tú conoces a Jesús de Nazareth? ¿Vas a donde está Él? También yo voy… Para que cure a mi hijo. Necesito hablar con el Maestro, porque… -y se pone a llorar dolorosamente bajo el velo.

Jesús le pregunta:

–                     ¿De qué está enfermo tu hijo? ¿Dónde está?

–                     Es de Gerasa, pero ahora está en Judea. Va como un poseído… ¡Oh! ¿Qué he dicho?

–                     ¿Está endemoniado?

–                     Señor, lo estuvo y se curó. Ahora es más demonio que antes, porque… ¡Oh! ¡Esto solo puedo decirlo a Jesús de Nazareth!

Jesús ordena:

–                     Santiago, Simón. Tomad al niño y seguid adelante. Me esperaréis al otro lado de la puerta. Mujer, puedes decir a tus criados que se adelanten. Hablaremos entre nosotros.

La mujer objeta:

–                     ¡Tú no eres el Nazareno! Sólo con Él quiero hablar. Porque sólo Él puede comprender y tener misericordia.

Los otros siguen adelante.

Jesús espera a que no haya nadie en el camino y dice:

–                     Puedes hablar. Yo soy Jesús de Nazareth.

La mujer lanza un gemido y trata de arrodillarse.

Pero Jesús se lo impide:

–                     ¡No! Por ahora nadie debe saberlo. Habla. Dios ha querido que nos encontrásemos.

–                     ¡No hay descanso para mí! Tengo un hijo. Estuvo endemoniado. Era una fiera en los sepulcros. Nada podía contenerlo. Nada curarlo. Te vio. Te adoró con la boca del demonio y lo curaste. Quiso seguirte. Tú pensaste en su madre y me lo enviaste, para devolverme la vida y la razón, que me empezaban a faltar, por el dolor de saber que tenía un hijo endemoniado. Y me lo enviaste también para que te predicase, pues él quería amarte. Yo… ¡Oh! Ser madre nuevamente y de un hijo santo. ¡De un siervo tuyo! ¡Pero él te abandonó después de haberte conocido!

Esto fue hace poco tiempo y se ha puesto como loco… Vino a Gerasa y ha destruido la fe que la ciudad tenía en Ti; diciendo infamias contra Ti. ¡Te ha traicionado, Señor! interpreta mal tus palabras. Para mí que soy israelita, esto es un tormento. ¡No vayas a maldecirme por haberlo engendrado! –la mujer solloza amargamente.

–                     ¡Oh, no! ¡Escucha pobre madre! ¡Cálmate! Tú no eres responsable de lo que él hace equivocadamente y puedes ser causa de su salvación. Las madres pueden reparar las ruinas de sus hijos y lo harás. Tu dolor no es estéril. Con él se salvará el alma que amas. Estás expiando por él. Y lo haces de tal modo, que le alcanzas el perdón de Dios. Él volverá a Dios. Ya no llores.

–                     Pero, ¿Cuándo será?

–                     Cuando tu llanto se haya diluido con mi sangre.

–                     ¿Tu sangre? ¿Entonces es verdad lo que anda diciendo? ¿Qué te matarán porque eres digno de ello?… ¡Horrible blasfemia!

–                     La primera parte es verdad. Me matarán para haceros partícipes de la Vida. Soy el Salvador. Y la salvación se entrega con la palabra, con la misericordia, con el holocausto.

Esto es necesario para tu hijo y lo daré. Pero ayúdame. Dame tu dolor. Vete con mi bendición. Consérvala contigo para que puedas ser misericordiosa y paciente con él. Y recuérdale de este modo que otro tuvo misericordia con él. Vete. Vete en paz.

–                     Pero Tú no vayas a hablar en Pela. ¡No hables en Perea! Ha hecho que todos se pongan en contra tuya. Y él no es el único.

–                     Haré algo y será suficiente para aniquilar las obras de los otros. Vete en paz a tu casa.

Continúan su camino. La mujer se une con sus criados y Jesús con los discípulos. Ella lo sigue como fascinada, mientras Él se dirige a una casucha que está en la falda del monte.

El cieguito grita:

–                     ¡Madre! ¡Madre!

Se asoma una mujer todavía bastante joven y también ciega por el tracoma:

–                     ¿Tan pronto has regresado, hijo mío? ¿Tantas fueron las limosnas que regresas, cuando todavía el sol está muy alto?

–                     Madre. He encontrado a alguien que conoce a Jesús de Nazareth  y que promete llevarme a dónde Él está, para que me cure. Es muy bueno. ¿Me dejas ir, madre?

–                     ¡Claro que sí, Yaía! Aunque me quede sola, ¡Vete! ¡Vete, bendito! ¡Y mira también por mí al Salvador!

El aplomo y la fe de la mujer son absolutos.

Jesús sonríe y pregunta:

–                     ¿Mujer, no dudas de Mí, ni del Salvador?

Ella contesta firme:

–                     No. Si lo conoces y eres su amigo, también debes ser bueno. ¡Y qué decir de Él! ¡Vete, hijo! No te detengas un momento. Dame un beso y vete con Dios.

Se buscan a tientas. Se besan.

Jesús pone sobre la rústica mesa, pan y dinero.

–                     Hasta pronto, mujer. Aquí tienes con qué comprarte alimentos. La paz sea contigo.

Salen. La comitiva vuelve a ponerse en camino.

Caen las primeras gotas de lluvia…

Los apóstoles sugieren:

–                     ¿No nos detenemos? Comienza a llover…

–                     Nos detendremos en Yabes Galaad. ¡Caminad!

Se echan los mantos sobre la cabeza. Jesús pone el suyo, sobre la cabeza del muchacho. La madre de Marcos de Yosía lo sigue con sus criados, cabalgando sobre su borrico. Parece que no puede separarse de Él. Salen de Pela y entran en la verde campiña, bajo el triste día lluvioso.

Caminan un kilómetro.

Jesús se detiene. Toma entre sus manos la cabeza del muchacho y lo besa en los ojos apagados diciéndole:

–                     Y ahora regresa. Ve a decir a tu madre que el Señor premia a quien tiene Fe. Y ve a decir a los de Pela, que Yo Soy el Señor.

Hace que regrese y ligero se aleja.

Pasan unos tres minutos, cuando el muchachito empieza a gritar:

–                     ¡Pero si yo veo! ¡Oh, no te vayas! ¡Tú eres Jesús! ¡Permíteme que lo primero que vea seas Tú!

Y cae de rodillas en el camino que la lluvia va mojando.

La mujer gerasena, con sus criados por una parte y los apóstoles por la suya, corren a ver el milagro.

También Jesús regresa, despacio y sonriente. Se inclina a acariciar al jovencito.

–                     Vete. Vete a donde está tu madre y procura creer siempre en Mí.

–                     ¡Sí, Señor mío!… ¿Y mi Madre? ¿Se quedará en la oscuridad, aun cuando cree como yo?

La sonrisa de Jesús es mucho más luminosa. Mira en torno suyo y ve en el borde del camino, un matorral de margaritas, bañadas por la lluvia.

Se inclina. Las corta, las bendice y se las da al jovencito, diciendo:

–                     Pásalas por los ojos de tu madre y recobrará la vista. No regreso. Sigo adelante. Quien es bueno, que me siga con su corazón y hable de Mí a los que vacilan. Habla de Mí en Pela, a los que titubean en su fe. Vete. Dios va contigo.

Luego se vuelve a la mujer de Gerasa:

–                     Tú síguelo. Ésta es la respuesta que Dios da a los que se esfuerzan por hacer que la fe de los hombres en el Mesías, empequeñezca. Que esto refuerce la tuya y la Yosía. Vete en paz.

Se separan. Jesús emprende nuevamente su camino hacia el sur. El muchacho, la gerasena y sus criados hacia el norte.

La lluvia tupida los separa, como si fuera un velo espeso…

El valle profundo y boscoso donde se levanta Yabes Galaad, rumorea con un arroyo bastante caudaloso, en su camino hacia el Jordán. Más el día lluvioso y gris, dan la impresión de que la población no tiene un corazón hospitalario.

Tomás, cuyo buen humor jamás se agota, pese a que trae los vestidos salpicados de lodo hasta la cintura, exclama:

–                     ¡Uhmm! No quisiera que después de tantos siglos se acuerden de la jugada que les hicieron los nuestros y se quieran vengar. ¡Faltaría más! ¡Pero vamos a sufrir por el Señor!

No los matan. No. Pero los arrojan de todas partes gritándoles ladrones y cosas peores.

Felipe y Mateo tienen que echar una buena carrera, para escapar de un perro que un pastor les azuzó, cuando fueron a pedir a la puerta del redil, que les permitiera pasar la noche, al menos bajo el tejado de los animales.

Los apóstoles comentan:

–                     ¿Qué hacemos ahora?

–                     No tenemos pan.

–                     Ni dinero. ¡Sin él no hay pan, ni alojo!

–                     ¡Y estamos muertos de frío, de hambre y llenos de lodo!

–                     La noche se nos viene encima.

–                     ¡Qué bien nos veremos mañana después de una noche en el bosque!

De los doce que son. Siete muestran claramente su malhumor. Tres no lo dicen, pero lo manifiestan en sus caras. Simón Zelote, con la cabeza baja, parece una efigie.

Juan parece gato sobre ascuas. Se vuelve hacia los descontentos. Se vuelve hacia Jesús, que continúa caminando y personalmente va a llamar a las puertas de las casas; pues los apóstoles, o no quieren o tienen miedo.

De este modo recorre las callejuelas empantanadas de lodo y suciedades. En ninguna parte lo admiten.

Llegan a la parte extrema del poblado, donde el valle se alarga en los pastizales de la llanura Transjordánica. Una que otra casa se ve… Pero es lo mismo. Nadie les da alojamiento.

Jesús dice:

–                     Busquemos por los campos. Juan, ¿Te atreves a subir en aquel olmo? Desde lo alto puedes ver mejor.

–                     Sí, Señor mío.

Pedro rezonga:

–                     El olmo está mojado y resbaloso. ¡No va a poder y se puede lastimar! Y además de todo, tendremos a un herido.

Jesús, con toda dulzura, responde:

–                     ¡Entonces subiré Yo!

Todos gritan:

–                     ¡Eso no!

Los que más protestan son los pescadores:

–                     Si es peligroso para nosotros los pescadores, ¿Cómo no lo va a ser para Ti, que no estás acostumbrado a trepar por los cantos y las cuerdas?

–                     Lo hacía por vosotros. Para buscaros donde os alojéis. ¡Por Mí, soy  indiferente! ¡No es el agua la que me molesta!

¡Cuánta tristeza! ¡Qué timbre tan doloroso resuena en sus palabras! Algunos se callan.

Bartolomé dice:

–                     Ya es muy tarde para encontrar algo.

Mateo añade:

–                     Debimos pensarlo antes.

Judas de Keriot grita con tono agresivo y muy agrio:

–                     ¡Claro! ¡Y no haberte encaprichado en salir de Pela, cuando empezaba a llover! Has sido terco e imprudente y ahora lo pagamos todos. ¿Qué cosa quieres encontrar ahora? ¡Si tuviéramos la bolsa llena, habrías visto las puertas abiertas!… ¡Pero Tú!… ¿Por qué no haces un milagro? ¡Al menos un milagro para tus apóstoles, Tú que los haces para los que ni siquiera los merecen!…

Lo hace de tal forma que los demás, aunque en el fondo estén de acuerdo con él, se ven precisados a llamarlo al orden.

Jesús parece el Condenado que dulcemente mira a sus verdugos. Calla. Este callarse que va acentuándose desde hace tiempo y que es como un preludio del ‘Gran Silencio’ que mantendrá en su Pasión.

Estos silencios de Jesús, gritan más que mil palabras, pues revelan todo su dolor ante la incomprensión de los hombres y ante su falta de amor.

Su mansedumbre que no reacciona al quedarse con la cabeza un poco inclinada, parece como si ya hubiese sido entregado a la rabia humana.

Le preguntan:

–            ¿Por qué no hablas?

Jesús contesta:

–                     Porque diría algo que en estos momentos vuestro corazón no puede comprender. ¡Vámonos! ¡Caminemos para no congelarnos!… Y Perdonad…

Se vuelve rápido. Se pone a la cabeza del grupo en el cual algunos lo compadecen, otros lo acusan y otros le dan la razón a sus compañeros…

Juan se queda atrás y sin que nadie lo note. Se va hasta un fresno muy alto. Se quita el manto y el vestido.

Y semidesnudo, con mucho trabajo, en medio de resbalones; se trepa como un gato y llega casi hasta la cresta. Escudriña bajo el cielo, a los grises reflejos de un atardecer moribundo, bajo las nubes plomizas… Su rostro se ilumina de alegría… Se deja resbalar hasta tierra. Vuelve a vestirse y corre a alcanzar a su Maestro.

Con el aliento entrecortado le dice:

–                     ¡Una choza, Señor!… Pero hay que regresar. Subí a ese árbol. ¡Ven! ¡Ven!

Jesús dice serio y cortante:

–                     Voy con Juan por este lado. Si queréis venir, está bien. Si no, continuad hasta el último poblado, cercano al río. Nos encontraremos allá.

Los apóstoles lo siguen a través de los campos y comentan refunfuñando:

–                      ¡Está regresando a Yabes!

–                     Yo no veo ninguna casa.

–                     ¡Quién sabe qué casa habrá visto el muchacho!

–                     Tal vez un pajar.

–                     ¡O la choza de algún leproso!

–                     Y así acabaremos de empaparnos…

–                     ¡Estos campos parecen esponjas!

Detrás de una hilera tupida de troncos hay una choza larga, baja. Con el techo de paja. Parece un redil. Una empalizada que sirve de patio, rodea la cabaña y dentro se ven verduras que gotean agua.

Juan llama.

Un hombre anciano se asoma preguntando:

–                     ¿Quién es?

Jesús responde:

–                     Peregrinos que vamos a Jerusalén. ¡Por favor, un refugio en Nombre de Dios!

–                     Porqué no. Es un deber. Pero no estaréis cómodos. No hay mucho espacio y no tengo camas.

–                     No importa. Por lo menos tendrás fuego.

El hombre abre.

–                     Entrad y la paz sea con vosotros.

Atraviesan la pequeña hortaliza. Entran a la única habitación que es cocina, recámara, todo. hay fuego. Hay orden y pobreza.

El hombre dice:

–                     ¡Ved! No tengo más que un corazón que es honrado. ¡Si os acomodáis! ¿Traéis pan?

Jesús contesta:

–                     ¡No! Solo un puñado de aceitunas.

–                     No tengo pan para todos. Pero os daré algo con leche. Tengo dos ovejas. Voy a ordeñarlas. Dadme vuestros mantos. Los extenderé en el redil, aquí atrás. Se secarán un poco y mañana el fuego hará el resto.

El hombre sale con los mantos y todos se acercan a la alegre llama. Regresa con un petate y lo extiende.

–                     Quitaos las sandalias. Les quitaré el fango y las colgaré para que se sequen. Os daré agua caliente para que os quitéis el lodo de los pies. El petate está limpio y es grueso. Será mejor que el suelo frío.

Quita un caldero en el que estaba hirviendo verduras y echa agua caliente en un lavamanos. Le agrega agua fría. En un cubo, hace lo mismo.

–                     Tomad. Os restableceréis. Lavaos. Aquí tenéis una toalla limpia.

En otro caldero pone leche a hervir, con cebada molida.

Jesús, que ha sido uno de los primeros en lavarse, se le acerca…

–                     Dios te dé su Gracia por tu caridad.

–                     No hago más que devolver lo que se me ha dado. Era ya un leproso. Desde los treinta y siete hasta los cincuenta y uno. Después me curé. Cuando regresé me encontré que habían muerto mis familiares, mi mujer y que mi casa había sido arrasada. Era yo ‘el leproso’ Me vine aquí y me he hecho un nido con mis esfuerzos y con la ayuda de Dios. Poco a poco edifiqué lo que ven.

El año pasado acomodé las ovejas. Las compré haciendo petates que vendo y otras cosas de madera. Tengo un manzano, un peral, una higuera, una vid. Detrás tengo un campo pequeño de cebada. Enfrente uno de verduras. Cuatro pares de palomas y dos ovejas. Dentro de poco tendrán sus corderitos. Esperamos que sean hembras esta vez. Bendigo al Señor y no pido más. ¿Quién eres?

–                     Un Galileo. ¿Tienes prejuicios?

–                     Ninguno, porque soy de raza judía. Me he acostumbrado a vivir solo.

–                     ¿Y para las fiestas?

–                     Lleno las bateas y me voy. Rento un borrico. Me doy prisa. Hago lo que debo y regreso. Nunca me ha faltado nada. Dios es Bueno.

–                     Tienes razón. Con los buenos y con los que no lo son tanto. Los buenos están bajo sus alas.

–                     También lo dice Isaías. Me ha protegido.

Tomás pregunta:

–                     ¿Estuviste leproso?

–                     Sí. Empobrecí y me quedé solo. ¡Pero mira si no es un favor de Dios, volver a la vida humana y tener techo y pan! Mi modelo en mi desventura, fue Job. Espero merecer como él, la Bendición de Dios; no tanto con riquezas, como con Gracia.

–                     La tendrás. Eres un justo. ¿Cómo te llamas?

–                     Matías.

Saca el caldero, lo pone sobre la mesa. Agrega mantequilla y miel, lo revuelve y lo regresa al fuego.

Y dice:

–                     Sólo tengo seis trastos entre platos y tazones. Os turnaréis.

–                     ¿Y tú?

–                     Quien hospeda se sirve al último. Primero los hermanos que Dios envía. Bueno. ¡Está listo!

Echa unas cucharadas de papilla en cuatro platos y dos tazones. Las cucharas son de palo.

Jesús dice a los más jóvenes que empiecen a comer.

Juan dice:

–                     ¡No! ¡Tú primero!

Jesús insiste:

–                     ¡No! ¡No! Que Judas se llene y vea que siempre hay comida para los hijos.

Iscariote cambia de color, pero come.

Matías pregunta:

–                     ¿Eres un Rabí?

–                     Sí. Éstos son mis discípulos.

–                     Cuando estaba en Betabara, solía ir con el Bautista. ¿No sabes nada del Mesías? Dicen que ya está y que Juan lo señaló. Cuando voy a Jerusalén, espero siempre verlo, pero no lo he logrado. Hago lo que debo, pero no tengo tiempo para detenerme. Por eso no lo veo. Me he aislado aquí y luego…

Hay gente que no es buena en Perea. He hablado con algunos pastores que vienen a apacentar sus animales, lo han visto. Me han hablado de Él. ¡Cuántas cosas no habrá dicho!

Jesús no se descubre. Le toca ahora comer. Y lo hace con mucha tranquilidad, sentado junto al anciano.

–                     ¿Y ahora cómo vamos a hacer para dormir? Os dejaré mi cama. Yo me iré con las ovejas.

–                     No. Iremos nosotros. El heno es bueno para el que está cansado.

La cena termina y piensan reposar, para partir con la aurora.

Pero el anciano insiste y Mateo, que es el que está acatarrado, va dormir a su cama.

La aurora es un diluvio. ¿Cómo partir con esta agua torrencial? Hacen caso al anciano y se quedan.

El hombre cuece cebada para todos y mete unas manzanas entre la ceniza. Empiezan a comer y están ya para terminar, cuando afuera se oye un grito:

–                     ¿Otro peregrino? ¿Cómo haremos?

El anciano se levanta y envolviéndose en una gruesa manta, sale. En la cocina hay fuego, pero no buen humor.

Jesús no dice nada.

El anciano regresa sorprendido… Mira a Jesús… Mira a los apóstoles. Parece atemorizado… Como si escudriñara.

Finalmente pregunta:

–                     ¿Entre vosotros está el Mesías? Decidlo. Que los de Pela lo buscan para adorarlo, por un gran milagro que hizo. Desde ayer noche lo andan buscando por todas las casas, hasta el río. Están afuera con carros. ¡Hay mucha gente!

Jesús se levanta y los Doce dicen:

–                     ¡No vayas! Si dijiste que no era conveniente quedarse en Pela, ¡Es inútil salir ahora!

El anciano comprende:

–                     ¡Pero entonces!… ¡Oh, Bendito Tú  y quién te envió! ¡Y yo también que te hospedé!… ¡Tú Eres el Rabí Jesús! El… ¡Oh!… –el hombre se arrodilla y pega su frente contra el suelo.

Jesús dice:

–                     Soy Yo. Pero permíteme ir a donde están los que me buscan. Después vengo contigo.

Se zafa de las manos del anciano que estaba asido a sus rodillas y sale al huertecito lleno de agua…

Todos gritan:

–                      ¡Vedlo! ¡Vedlo! ¡Hosanna!

Bajan de los carros. Hay hombres, mujeres, el ciego de ayer; su madre y la gerasena.

Sin importarles el lodo, se arrodillan y suplican:

–                     Regresa. Regresa con nosotros a Pela.

–                     ¡No! ¡A Yabes!

–                     ¡Queremos tenerte!

–                     ¡Estamos arrepentidos de haberte arrojado!

–                     ¡No! ¡No! ¡Ven con nosotros a Pela, donde tú milagro te proclama!

–                     A ellos les diste la luz de los ojos. Danos a nosotros la del alma.

Jesús responde:

–                     No puedo. Voy a Jerusalén. Allá me encontraréis de nuevo.

–                     ¡Estás enojado porque te arrojamos!

–                     Estás disgustado porque sabes que dimos oídos a las calumnias de un pecador.

La madre de Marcos se cubre la cara bañada de lágrimas.

La gente insiste:

–                     Pídeselo tú Yaía, pues te quiere mucho.

Jesús responde:

–                     Me encontraréis en Jerusalén. Idos y sed constantes. Adiós.

–                     No. Ven.

–                     Te llevaremos a la fuerza si no vienes.

–                     No levantéis la mano contra Mí. Esto sería idolatría, no una fe verdadera. La fe cree aún sin ver. Persevera aunque se le combata. Cree aún sin milagros. Me quedo con Matías que supo creer aún sin haber visto algo. Y que además es un justo.

–                     Acepta por lo menos nuestros dones.

–                     Dinero. Pan.

–                     Nos dijeron que diste todo lo que tenías a Yaía y a su madre.

–                     Toma una carreta, viajarás en ella. Tómala. Llueve y continuará lloviendo. No te mojarás tanto y lo harás más pronto.

–                     Danos una prueba de que no nos guardas rencor.

Los del otro lado de la empalizada, hacen mucho ruido.

Detrás de Jesús, está el viejo Matías de rodillas y con la boca abierta por el asombro. Y detrás de él, los apóstoles.

Jesús extiende su mano y dice:

–                     Acepto los regalos para los pobres. Pero la carreta no. Soy pobre entre los pobres. No insistáis. Os bendeciré.

Acaricia y bendice de un modo especial a Yaía, a su madre y a la mujer gerasena.

Y a los demás que se acercan y se postran ante Él. Dan a los apóstoles, dinero y víveres.

Jesús se despide de todos y regresa adentro.

Los apóstoles le dicen:

–                     ¿Por qué no les dijiste algo?

–                     El milagro hecho en los dos ciegos, está hablando.

–                     ¿Por qué no aceptaste la carreta?

–                     Porque es mejor ir a pie.

Se vuelve hacia Matías:

–                     Te habría recompensado solo con bendiciones. Ahora puedo agregar a ellas un poco de dinero, por los gastos que hiciste.

–                     ¡Oh, no! Señor Jesús… No acepto. Lo hice de todo corazón. Y ahora lo hago sirviendo al Señor. el Señor no paga. No está obligado. Soy yo quien tengo que pagar, no Tú. ¡Oh! ¡Este día, jamás se borrará de mi memoria! ¡Aún en la otra vida!

–                     Has dicho bien. tu misericordia que tuviste con los peregrinos, la encontrarás escrita en el Cielo, como tú Fe pronta en creer. Tan pronto aclare nos vamos. Podrían regresar aquellos.

Voy a mi destino. Dios y el hombre me empujan. Me impele el amor. Me impele el odio. Quién me ama puede seguirme. Pero el Maestro no va a correr detrás de las ovejas que no quieren.

Matías pregunta:

–                     ¿No te aman, Maestro Divino?

–                     No me comprenden.

–                     Son malos.

–                     La concupiscencia los tiene ciegos.

El anciano no se atreve a mostrarse más confianzudo.

Jesús por el contrario; ahora que ya no es el Desconocido, se muestra más franco y habla con Matías como si fuera un pariente.

Así pasan las horas hasta que llega el mediodía. El cielo se despeja.

Jesús ordena que se parta. El anciano corre a traer los mantos secos.

Jesús pone en una cajita el dinero y en una artesa, pan y queso.

El hombre vuelve y Jesús lo bendice. Emprende el camino, volviéndose una vez más a ver esa cabeza blanca, que se asoma entre la empalizada.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA